Publicidad

Dominio público

Opinión a fondo

Guerra en la Red de redes

03 oct 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious
Etiquetas: ,

JOSÉ CERVERA

Google no es un buscador. Su negocio no es la búsqueda, ni tan siquiera la publicidad tal y como está definida hoy, por mucho dinero que le esté dando a ganar. Lo que Google está haciendo es construir el ordenador más grande del planeta, interconectando diferentes elementos en una entidad única. Parte de esos elementos están bajo su control en forma de enormes, ingentes servidores de datos diseñados para almacenar de forma segura y eficiente cantidades de información difíciles de imaginar. Otra parte está en nuestras mesas, en nuestras empresas y colegios: son nuestros ordenadores personales. El objetivo final de Google es tejer estos dos tipos de máquinas de tal manera que no esté claro, ni importe mucho, dónde está la información físicamente, si en la máquina en nuestras manos o en los servidores remotos. En su diseño, todos los ordenadores del mundo, los suyos y los nuestros, formarán una unidad capaz de realizar cualquier tarea que queramos encomendarle con precisión, velocidad y eficacia: el Googleputer. O mejor dicho, la GoogleNet, puesto que la Red de redes es la infraestructura básica que permite unificar todo este tipo de computadoras dispersas en una única entidad.

Esa entidad, ese macroordenador planetario, necesita un sistema operativo. La actual batalla entre Microsoft y Google es la disputa por el control de ese sistema operativo: por el alma de la futura red.

Microsoft quiere que la Internet de futuro sea como la de hoy: una red tonta de ordenadores listos, con la inteligencia, la capacidad de cálculo y la memoria repartida en los extremos: los ordenadores personales, que ellos controlan. Google quiere lo contrario: concentrar la inteligencia y la capacidad en unos pocos grandes ordenadores centrales, de modo que cualquier máquina, por reducida que sea su capacidad (móviles, PDAs, PC tontos), pueda llevar a cabo prácticamente las mismas funciones que cualquier otra, ya que quien trabaja en realidad es un gran ordenador que está bajo control del buscador. Microsoft quiere una red centrífuga; Google la quiere centrípeta. Y de momento Google gana: ahora mismo vamos camino de la GoogleNet.

La última batalla comenzó cuando Microsoft, forzado por el avance de Firefox, anunció la próxima versión de su navegador todavía mayoritario: Internet Explorer 8 (IE8). Para satisfacer a sus usuarios, Microsoft incluirá en IE8 una opción de navegación camuflada que no deja huellas en el ordenador de las páginas visitadas; casualmente (¡ja!) esta característica también inactiva el sistema publicitario que está dando tanto dinero a Google. Era un disparo de advertencia y Google así se lo tomó, respondiendo con la guerra total.

Porque eso, y no otra cosa, es Google Chrome: una declaración de guerra total. Tú amenazas mi yugular, yo amenazo la tuya: si Microsoft bloquea el sistema que proporciona los ingresos a Google, estos atacan la esencia del negocio de Microsoft, que es su control del sistema operativo de los PC. Google Chrome es la primera versión del sistema operativo del Googleputer o de GoogleNet, como queramos llamarlo. Su función es reemplazar al sistema operativo del PC, hacerlo innecesario y superfluo al permitir que un ordenador cualquiera dotado de apenas un puñado de funciones básicas y de reducida potencia pueda funcionar en la práctica como un PC completo, siempre que tenga conexión a Internet. Si funciona, la idea hace irrelevante a Windows, y por tanto a IE y los programas que forman parte de Office. Para Microsoft la amenaza es tan letal que, cuando hace 10 años Netscape coqueteó con la idea, Microsoft no dudó en violar la ley para eliminar el peligro.

Pero Google no es Netscape. Su capacidad económica está órdenes de magnitud por encima de la del fabricante de navegadores. Su estrategia ha sido paciente, sin amenazar antes de tiempo, sin provocar y fortaleciéndose antes de atacar, sólo en legítima defensa. La batalla que se avecina será de proporciones épicas. Microsoft es un pésimo enemigo, pero, a pesar de su potencia, comete errores, y tras su asesinato de Netscape está muy vigilado por los únicos poderes que de verdad tienen la capacidad de retener sus ambiciones: el Gobierno de EEUU y la Unión Europea. Google es rápido y ágil, tiene una enorme base financiera, cuenta con la simpatía de los internautas (por el momento) y, aunque también comete errores, suele ser veloz en corregirlos; no por ello es menos despiadado o eficaz. Es una lucha de colosos, y como dice el viejo proverbio africano: cuando los elefantes pelean la que muere es la hierba.

¿Quién nos conviene a los internautas que gane esta pelea? Microsoft es una empresa convicta por abuso de posición dominante y antipática, pero quiere que los internautas conservemos nuestros datos y la potencia de cálculo bajo nuestro control, en máquinas personales. Google se comporta con mucha menor arrogancia, rectifica y aprende de los errores y está comprometida con proporcionar a los usuarios servicios gratuitos (que después cobra a terceros), pero pretende hacerse con el control de una parte sustancial de nuestros datos y recursos informáticos, concentrándolos de tal manera que siempre existirá la tentación (con la posibilidad) de abusar de ellos o de ese control. Lo que realmente nos conviene es que ninguno de los dos consiga una victoria total; que los ordenadores personales sigan siendo inteligentes y capaces, a la vez que se haga posible el almacenamiento remoto de información y el uso de recursos externos de modo transparente. De tal modo que ni Microsoft ni Google consigan la supremacía absoluta; de modo que proyectos como Firefox y el software libre en general tengan espacio, y nosotros tengamos alternativas. Si uno de los dos vence decisivamente, todos perderemos.

José Cervera es periodista

Ilustración de Iker Ayestaran 

La era del petróleo caro

03 jul 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious
Etiquetas: ,

JOSÉ CERVERA

07-03.jpgSupongamos que el petróleo caro está aquí para quedarse; que el máximo de producción (peak oil) se ha sobrepasado, que Estados Unidos ataca a Irán, que los hallazgos en Brasil y otros lugares no compensan los descensos de producción en Rusia y Noruega, que las pizarras bituminosas de Canadá no compensan, que Arabia Saudí no consigue aumentar su producción, que los ataques en Nigeria e Irak pretenden multiplicar el precio del barril.

Supongamos, en suma, que entramos en una era del petróleo caro. ¿Cuáles pueden ser durante la próxima generación las consecuencias de un barril de petróleo por encima de los 200 dólares?

Todo sector económico o área geográfica que dependa del transporte más voraz (avión, camión, automóvil) sufrirá. Para saber quién, basta recordar la reciente huelga en España: pescadores, agricultores y camioneros dependen del petróleo. Pero de su trabajo dependen también otras industrias. Un ejemplo: los caladeros cercanos están agotados, así que la pesca industrial se lleva a cabo a grandes distancias y por tanto el pescado se encarecerá, como lo hará la agricultura al subir los abonos y el combustible. Para colmo, los cultivos para exportación sufrirán al subir el precio del transporte. Los grandes beneficios obtenidos en Europa con las fresas de Huelva, los tomates de Almería o las naranjas de Valencia serán historia, al tiempo que las redes de distribución de las cadenas de hipermercados aumentarán sus costes. En suma: se acabará la comida barata.

Las aerolíneas se están viendo ya afectadas; en Estados Unidos se están jubilando flotas de aviones antiguos, poco eficientes. Los países y regiones dependientes del turismo de masas sufrirán una drástica reducción de ingresos. Países como Maldivas o las islas del Caribe podrían encontrarse con problemas, como ocurrirá en Las Vegas, Florida o Hawaii en los Estados Unidos; París, Praga o Londres en Europa, o las Islas Canarias y Baleares en España. La mejor infraestructura turística no puede funcionar sin turistas. Debido a la combinación de estos dos factores, en España, la Comunidad Valenciana, Murcia y Almería se verán particularmente perturbadas, ya que industrias clave como la agricultura industrial, el transporte por carretera y el turismo se verán afectadas a la vez. El impacto, sin embargo, puede verse amortiguado por el mayor precio del transporte que sufrirán competidores más alejados de los mercados europeos (Norte de África, Israel, Turquía).

Otros países ya están ganando: el Golfo Pérsico y la Península Arábiga, Texas o Noruega. También resurge Rusia, que puede permitirse recobrar su pujanza gracias a que es el segundo exportador mundial de crudo.

Venezuela, Nigeria o Irán podrán seguir retando a Estados Unidos y a la comunidad internacional. Y si los nuevos hallazgos brasileños se confirman, y el elevado precio del crudo permite su desarrollo, Brasil puede beneficiarse económica y políticamente. Los nuevos yacimientos brasileños, junto con los de Angola, Nigeria y Guinea, y las pizarras bituminosas canadienses, podrían combinarse para reducir el interés de Estados Unidos en Oriente Medio, debilitando la posición de Israel y reduciendo la estabilidad regional.

En otras regiones, el petróleo caro anuncia malos tiempos. China está entre los más perjudicados, ya que carece de yacimientos propios. El petróleo caro afectará a la industria manufacturera china al encarecer a la vez las materias primas y el transporte, lo que puede provocar una reindustrialización del Primer Mundo con el retorno de factorías a donde están los mercados compradores. El fin del made in China dañará severamente una economía en desarrollo y (lo más peligroso) podría crear millones de desempleados y desestabilizar el país, con funestas consecuencias. La India, que también carece de petróleo, sufriría menos al estar mejor comunicada con Oriente Medio. En el mercado global, la especialidad de la India son los servicios por vía telemática, que no necesitan transporte y podrían expandirse. Los países recién incorporados
a la Unión Europea también podrían beneficiarse relativamente, ya que conservan capacidades de producción industrial y agrícola cercanas a las terciarizadas economías del resto de Europa.

El petróleo caro provocará cambios en los patrones de urbanización. Los grandes centros comerciales de las afueras se verán estrangulados por el precio de la gasolina. Las urbanizaciones quedarán aisladas, y se revitalizarán los centros urbanos. El transporte público crecerá y bajará la emisión de gases de efecto invernadero. El encarecimiento de los viajes aéreos y del coche potenciarán el tren y el barco, sobre todo para mercancías. Pero no sólo la fisonomía de las ciudades cambiará: también la organización industrial. Los sistemas de fabricación just-in-time dependen del transporte, así que industrias como el automóvil o la electrónica deberán recuperar los almacenes. Sectores como el comercio electrónico verán peligrar su viabilidad por los sobrecostes. En el sector agrícola, áreas de cultivo hoy abandonadas cerca de las ciudades serán de nuevo rentables; el movimiento locavorista, que propone alimentarse de productos producidos a menos de 200 kilómetros de casa, recibirá un espaldarazo.

En suma, la era del petróleo caro dañaría algunas industrias y regiones españolas clave e inestabilizaría regiones completas del planeta, pero a cambio forzaría la adopción de medidas similares al downshifting y la slow life y reduciría el daño antropogénico al planeta.

José Cervera es periodista

Ilustración de Álvaro Valiño