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Dominio público

Opinión a fondo

Sobre el final de ETA

27 jun 2010
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JOSÉ MARÍA BENEGAS

06-27.jpgLas recientes declaraciones de Jesús Eguiguren planteando la necesidad de diseñar un nuevo escenario en el que se contemple la legalización de Batasuna y medidas relacionadas con los presos de ETA, han reabierto la polémica sobre el final de la banda terrorista.
El atentado de la T-4 tuvo consecuencias que no se pueden ignorar cuando se trata de diseñar la estrategia antiterrorista y el horizonte del final de la violencia. Una fue la constatación, una vez más, de que ETA rompe de modo abrupto y unilateral las treguas que declara, burlando la buena fe de los gobiernos que intentan un final negociado. Así fue en Argel, en Lizarra, y en la última ocasión perpetrando el atentado de Barajas. Hoy sabemos que durante el transcurso de las treguas se van imponiendo las posiciones más duras que propician la ruptura y la vuelta a la violencia. Conocedores de esta circunstancia y de la experiencia acumulada, ningún gobierno democrático va a volver a intentar el final del terrorismo por esta vía.
La segunda consecuencia del atentado de la T-4 fue que produjo indignación en el seno de Batasuna por resultar incompresible. Y actuó como revulsivo, reforzando las posiciones de quienes piensan que, en las actuales circunstancias, el uso de la violencia para conseguir objetivos políticos instrumentalmente no sólo es inútil, sino que tiene elementos y consecuencias negativas para sus propósitos, como lo son la ilegalización de Batasuna, el encarcelamiento de sus dirigentes y el amplio rechazo social que hoy tiene el terrorismo en la sociedad vasca. Desde esta perspectiva, dirigentes de la llamada izquierda abertzale han dado pasos, desde luego tímidos, en la dirección de señalar que apuestan por vías exclusivamente democráticas para defender sus objetivos. Sin embargo, no se da el paso de la definitiva desvinculación de ETA y la condena rotunda de sus acciones y del terrorismo.
Los dirigentes de Batasuna no han considerado la paz como una estrategia en sí misma, tal y como hizo Gerry Adams, sino como una circunstancia en la que pueden alcanzarse logros políticos que resuelvan “el conflicto” o medidas de gracia para los presos. Este es el planteamiento que se ha hecho siempre que ETA ha declarado una tregua. Teórico final a cambio de logros políticos que no se han conseguido democráticamente. Este planteamiento no ha sido aceptado por los diferentes gobiernos del Estado puesto que, de haberlo hecho, hubiera supuesto la legitimación de la violencia para alcanzar objetivos políticos en un sistema democrático.
Desde el punto de vista de la estrategia antiterrorista desarrollada por el Gobierno, se trata de que Batasuna y ETA entiendan que no va a producirse un final negociado en ninguna circunstancia porque, entre otras razones, la oportunidad que se brindó en su día se repudió dramáticamente con un brutal atentado que causó dos muertos. Tienen que convencerse de que esto va a ser así y que sólo caben las vías políticas sin violencia y, en caso de no aceptarse, la cárcel. He aquí el error de Eguiguren. Su planteamiento reabre la posibilidad de que pudiera haber un final negociado y genera nuevas esperanzas de logros políticos, aunque sean mínimos. El error se acrecienta cuando ni el PSE ni el Gobierno del Estado están de acuerdo con estos planteamientos. Se puede nadar a contracorriente, pero contra tanta corriente no es posible.
La ilegalización de Batasuna, el encarcelamiento de sus dirigentes, la espectacular acción policial plagada de éxitos, están logrando que Otegui y compañía interioricen que no hay otro final diferente a su desvinculación de la violencia de ETA o su disolución sin ningún trueque político. El transcurso del tiempo, en contra de lo que piensan algunos, juega a favor de que esto se produzca en algún momento.
Soy menos optimista en cuanto a la disolución unilateral de ETA. Ojala esté equivocado y no sea así. El sistema de sustituciones que tiene ETA ante la detención de sus dirigentes y el papel nulo de estos cuando entran en prisión en cuanto a la dirección de la organización –a diferencia de lo que ocurría en el IRA, que tenía una estructura verdaderamente militar y los generales lo seguían siendo en la cárcel y con mando– no facilita la autodisolución. En general, los sustitutos no tienen historia, ni autoridad, y en muchas ocasiones son muy jóvenes. Es muy difícil que, concurriendo estas circunstancias, se atrevan a asumir la responsabilidad de dar el paso hacia una disolución unilateral de la banda. Podrían declarar una nueva tregua indefinida, ante la cual el Gobierno no debe variar un ápice su estrategia, pero es difícil que proclamen el cese definitivo de la violencia y su autodisolución.
En estas circunstancias, no debe descartarse una dilución de la organización terrorista. Un final sin final explícito. Una de-
sintegración con coletazos. Incluso una escisión sin futuro o un atentado que obligue a Batasuna a pronunciarse. En todo caso, debemos todos ser muy prudentes. Mantener la unidad democrática y la eficacia policial siendo conscientes de que la batalla que estamos librando es por la libertad y la convivencia democrática. Y la podemos ganar definitivamente.

José María Benegas es diputado del PSOE por Vizcaya

Ilustración de Iker Ayestaran

El inicio de la modernización en España

28 oct 2007
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JOSÉ MARÍA BENEGAS

28-10-07.jpgSon cosas sabidas, pero que conviene recordar para situar la victoria del socialismo español en el año 1982, en un momento de nuevas esperanzas para la sociedad española, pero, al mismo tiempo, lleno de dificultades e incertidumbres sobre nuestra estabilidad democrática y el futuro económico del país. Ramón Rubial había aprendido la lección de la historia.
Al día siguiente de la gran victoria del 28 de octubre de 1982, se reunió la Comisión Ejecutiva del PSOE. Brindamos con cava por el triunfo en un ambiente de euforia antes de empezar la reunión. Al poco tiempo, Ramón nos conminó a empezar el trabajo y nos dijo a modo de introducción: “Menos alegrías, compañeros. Lo intentamos en el 17, en el 31, en el 36, y en todas esas ocasiones fracasamos. Dimos con nuestros huesos en los cementerios, las cárceles y el exilio. Hemos sufrido una dictadura de cuarenta años. En esta ocasión, no podemos volver a fracasar. Tenemos que conseguir que la libertad sea algo irreversible en la futura historia de España. Éste es el objetivo. El camino no va a ser de rosas, compañeros, así que al trabajo”.

De esta manera inició Ramón Rubial aquella reunión de la Comisión Ejecutiva del PSOE. Hoy, con una cierta perspectiva, creo que se puede decir que cumplimos los objetivos que marcó Rubial y desarrollamos un proyecto de dimensión nacional, dirigido por Felipe González, del que podemos estar orgullosos por haber situado a España como un país atractivo en todos los órdenes, habiendo desterrado definitivamente nuestros males seculares.

En el primer tercio del pasado siglo, España era el enfermo de Europa y sus males, recurrentes. La democracia oligárquica y caciquil de la Restauración no pudo resistir los cambios económicos y sociales que trajeron el auge de la primera guerra y luego la crisis de los 30. Sólo una democracia real, asentada en una mayor integración social, habría podido probablemente hacerlo. La insurrección militar del 18 de julio truncó la experiencia republicana y dio paso a una Guerra Civil y a cuarenta años de dictadura.

A finales de 1982, la democracia española tenía poco más de cinco años de vida y una existencia complicada, cuyo peor sobresalto había sido el intento de golpe del 23 de febrero de 1981. La crisis económica estaba maltratando especialmente al país, entre otras cosas por el tiempo perdido desde 1975 a causa de la fragilidad de la base política de los diferentes gobiernos para dar respuesta a la crisis energética y a una situación económica que se
agravaba día a día.

La situación no era fácil. Recuerdo que en plena campaña electoral de las elecciones del 28 de octubre estaba esperando la llegada de Felipe González al aeropuerto de Fuenterrabía. Me comentó la Guardia Civil que habían recibido una comunicación para que Felipe llamara al Rey en cuanto se bajara del avión. Ya después, en el coche, camino del mitin de turno, me comentó Felipe que el Rey estaba preocupado porque los servicios de información habían detectado los preparativos de un golpe de Estado para el día de reflexión, el 27 de octubre, con el fin de evitar la presumible victoria
socialista. Parece que el nuevo intento antidemocrático estaba controlado. Ése era el clima en el que vivíamos en aquel entonces.

Creo que el gran mérito de Felipe González fue tener claro que en esta ocasión el diseño político del Partido Socialista debía ser un proyecto de carácter nacional, no partidista. Un proyecto de carácter nacional se fundamenta en el diagnóstico real y concreto sobre los males seculares de un país y en el diseño de una estrategia para resolverlos. El proyecto nacional de 1982, resumido sintéticamente, consistió en:

Primero. Consolidar la democracia de modo irreversible, terminando con la maldición histórica del intervencionismo militar y las tendencias autoritarias de sectores conservadores de la sociedad española. Para conseguirlo, era necesario consolidar e impulsar el nuevo modelo de convivencia definido en la Constitución de 1978.

Segundo. Superar el atraso económico, siendo imprescindible empezar por corregir el gran déficit en infraestructuras de nuestro país y hacer la reconversión
industrial que no quiso, o no supo hacer, la derecha. En síntesis,
modernizar el país.

Tercero. Resolver los problemas de estructura y modelo de Estado desarrollando el proyecto autonómico contenido en el título VIII de la Constitución.

Cuarto. Romper el aislamiento internacional de España con la incorporación del país a la Unión Europea para participar en su construcción con decisión y voluntad decididamente europeísta.

Éste es el proyecto que se puso en marcha a partir del 28 de octubre de 1982. Después de casi catorce años de gobiernos socialistas presididos por Felipe González, el balance sobre la realización y logro de los retos nacionales mencionados fue altamente positivo. La democracia se consolidó, se sentaron las bases para un desarrollo económico y social sostenible.
Se impulsó ampliamente la implantación del Estado de las autonomías, y España ingresó en Europa y desarrolló un papel protagonista en avances decisivos para su cohesión social. Estos logros tuvieron una dimensión histórica para España y los protagonistas de este periodo merecen el justo reconocimiento por la labor desarrollada.

José María Benegas es diputado del PSOE por Vizcaya