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Dominio público

Opinión a fondo

Cuatro cambios catalanes

11 sep 2010
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JOSEP-LLUÍS CAROD-ROVIRA

La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido”. Esa es la reacción de asombro ante la irrupción del independentismo catalán, tras la manifestación del 10 de julio en Barcelona, así como en distintas ciudades de Europa y América, por primera vez en la historia, coordinadamente, por parte de las comunidades catalanas allí establecidas. Sorpresa para quienes menospreciaban las profundas transformaciones producidas en el seno de la sociedad catalana los últimos años, o, peor aún, preferían ignorarlas, Catalunya ha cambiado muchísimo en un proceso dinámico de innovación nacional, en contraste con una España inmutable, reacia a reconocer la diversidad y a valorarla positivamente. Cuatro son, a nuestro entender, los cambios fundamentales producidos:
1. Cambio en el horizonte político.Tradicionalmente, el conservadurismo catalán aspiraba a influir en la política española en lo socioeconómico, enarbolaba un cierto catalanismo cultural y navegaba con destreza por las aguas de la indefinición política, llegando a lo sumo al puerto de la autonomía. La izquierda, a su vez, esgrimía el federalismo republicano, hoy ya federalismo a secas. El resto era marginal. La disyuntiva era, pues, entre autonomía y federación. En menos de cien años, España no ha aceptado ninguno de los estatutos de autonomía tal y como los había propuesto Catalunya (1918, 1931, 1978, 2005). Y nunca se ha vislumbrado el menor atisbo federal, ni siquiera gobernando los supuestos federales. El rechazo permanente a toda idea de pluralidad nacional y cultural, por parte de un Estado agazapado en el inmovilismo institucional y el uniformismo, ha dado alas al independentismo, que ha dejado de ser socialmente minoritario. Presente como opción posible en todos los partidos, sensible a la creación de nuevos estados europeos en las dos últimas décadas, animado por las expectativas de Escocia y Quebec, siempre por la vía democrática y pacífica, hoy el debate público ya no se ciñe a autonomía o federación, sino entre un federalismo utópico, porque depende de dos, y una independencia posible que, en la Unión Europea y tras la última sentencia de La Haya, depende únicamente de nuestra voluntad. La autonomía es ya insuficiente para resolver nuestros problemas, nunca más habrá un nuevo estatuto de autonomía y el horizonte de la independencia se ha instalado en la centralidad del debate social, no sólo político.
2. Cambio de clases sociales. A pesar de que siempre ha existido un catalanismo popular y de izquierdas, expresado en la etapa republicana por ERC, la hegemonía de lo nacional ha residido, generalmente, en la zona alta de la sociedad, a través de la Lliga de Cambó primero y de CiU después. Pero hoy, el independentismo catalán es interclasista y transversal, desde sectores de la burguesía y las capas medias catalanas, tan extensas, hasta las clases populares e incluso a la nueva inmigración. El monopolio simbólico ya no pertenece a las clases altas sino que es nacional, es decir, de todos. Y sólo ha fijado unos objetivos tan ambiciosos como la estatalidad, cuando la idea ha llegado a la base de la pirámide social, con el nuevo protagonismo de los sectores populares y las clases medias bajas. Sobre esta posibilidad ya teorizó Joaquim Maurín, en su artículo “Las tres etapas de la cuestión nacional” (1931).
3. Cambio de motivos. Tradicionalmente, la reivindicación independentista se basaba en los elementos clásicos: la lengua nacional, la cultura, la historia y el derecho propio, las tradiciones y el folklore popular, etc. La identidad cultural, siendo lógicamente muy importante, ha dejado de ser ya el motivo fundamental para reclamar la soberanía, pasando en todas las encuestas a un tercer lugar. El primer lugar lo ocupa el factor democrático. Felipe de Borbón afirmó hace un par de décadas que “Catalunya será lo que quiera ser”. Catalunya quería el Estatut que aprobó en referéndum y lo que ella quería no ha sido tenido en cuenta, como tampoco lo fue nunca antes. Por eso aumenta el número de catalanes partidarios de decidir su futuro como país, en las urnas, y sin límite alguno. Ante todo, democracia. Y en segundo lugar, figura el factor bienestar y progreso. Según una encuesta de la Universitat Oberta de Catalunya, más del 80% de los catalanes cree que en una Catalunya independiente, en el marco europeo, se viviría igual o mejor que ahora. ¿Por qué no intentarlo, entonces? España, hoy, aparece más como una carga, un freno o un obstáculo que como un estímulo, un motor o una compañía cómplice.
4. Cambio de modelo nacional. Desde posiciones progresistas catalanas hemos contribuido a que el actual proyecto catalán de nación no sea étnico, ni nacionalista, sino nacional, a diferencia del modelo clásico español, hecho de una suma de características y requisitos identitarios. Aún hoy, para negar mi catalanidad, se apela al origen aragonés de mi rama familiar paterna, como si eso fuera un impedimento. Tamaña miopía nacionalista es incapaz de aceptar que uno es lo quiere ser, lo que se siente. Y para ser catalán, no es preciso que nadie renuncie a ser lo que ya era antes, o lo que siempre se ha sentido (español, argentino, marroquí, rumano o senegalés). Ser catalán no es ni una herencia, ni una imposición, sino una elección, una voluntad. Catalunya es una nación en construcción, un proyecto dinámico, que deja un espacio de participación democrática en lo colectivo, tanto para los que sólo son catalanes, como para quienes lo son también. Los referentes nacionalpopulares catalanes del siglo XXI están aún por construir, van a ser nuevos y vamos a construirlos entre todos. Por esto la nación catalana es inclusiva, integradora, cívica, flexible, abierta, moderna, cosmopolita, plural. Por esto, precisamente, tiene futuro.

Josep-Lluís Carod-Rovira es Vicepresidente de la Generalitat de Catalunya

Ilustración de Iker Ayestaran

¿Otra España es posible?

21 oct 2007
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JOSEP-LLUÍS CAROD-ROVIRA

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“Estimado Sr. Carod-Rovira: Me gustaría poder dirigirme a usted en catalán pero lamentablemente desconozco tan bello idioma. Soy de Madrid y el motivo de esta carta es poder expresarle mi respeto y admiración por su persona y más aún después de haberle visto en el día de ayer en el programa de RTVE Tengo una pregunta para usted. Quisiera decirle que aunque no comparto algunas de sus opiniones, me ha agradado sobremanera poder escucharle personalmente y no a través de las habituales informaciones malintencionadas que pretenden situarle a usted como el causante de los males de este país. Tiene usted mucha razón cuando se queja del nacionalismo español, del que casi nunca se habla, y que no es capaz de ver más allá de su propia visión. (…) Quisiera decirle que gran parte de los ciudadanos en este país, entre los que me incluyo, no tenemos una visión tan encorsetada ni tan reaccionaria de España, como la que pudo quedar reflejada en la intervención de algunos de los participantes en el programa de ayer y respetamos las diferentes ideas políticas que, como las suyas, son defendidas con un escrupuloso sentido democrático”.

Este fue uno de los muchos correos electrónicos que he recibido esta semana después de asistir al programa Tengo una pregunta para usted de TVE. Decenas y decenas de correos de ciudadanos de todo el Estado que lamentaban algunas de las intervenciones de los invitados, me expresaban su apoyo y me aseguraban que España no es como algunos políticos y medios de comunicación la quieren dibujar. Junto con esos mensajes de apoyo, también he recibido muchos de ciudadanos de Catalunya, cosa más lógica si no fuera porque la mayoría eran de personas que viven y trabajan en Catalunya, pero que no han nacido aquí o son descendientes de personas venidas de otros lugares del Estado. Gente con raíces culturales castellanas, andaluzas o gallegas, que se sintió ofendida por el menosprecio que destilaban algunas preguntas y que se sintió orgullosa de ver cómo un político catalán defendía la Catalunya convivencial, respetuosa e integradora en la cual vivimos y que la caverna mediática española intenta romper tergiversando y manipulando la realidad.

El martes por la noche todo el mundo pudo constatar que por desgracia hay una parte de la opinión pública española que ha asumido las tesis –las mentiras– de la caverna mediática, que las ha hecho suyas. Personas que están convencidas de que en Catalunya hay discriminación lingüística, que se impone el catalán o incluso, llegando al delirio, que quien firma este artículo no se llama Carod-Rovira sino Pérez. Con este clima mediático y político es muy difícil hacer pedagogía porque persisten en buena parte de los ciudadanos algunas actitudes intolerantes hacia Catalunya, como la de aquella señora de Valladolid que mostró su rechazo y su menosprecio a la lengua catalana. La hostilidad hacia Catalunya que se respira hoy en determinados sectores españoles es muy superior a la que había durante la Transición. Eso no es debido solamente a que desde Catalunya quizá no hemos hecho bien las cosas, o no nos hemos sabido explicar bien. En ello puede haber parte de la explicación, pero la causa principal del clima de enfrentamiento actual no se tiene que buscar en la política catalana: Catalunya sólo pide respeto. La causa se tiene que buscar en el desacomplejamiento del nacionalismo español de los últimos años, al cual han contribuido todas las formaciones políticas, la derecha por acción y la izquierda puede que por omisión, porque no ha sabido presentar un modelo alternativo de España donde las diferentes naciones, culturas y lenguas que la integran nos sintiéramos cómodos. Después de tres décadas de democracia, los catalanes no podemos usar nuestra lengua en instituciones comunes como el Congreso de los Diputados. La única España posible, hasta ahora, es la monolingüe, monocultura, uniformista, la que vive secuestrada por Madrid.

Afortunadamente, hay muchos ciudadanos de todo el Estado que no comparten esta visión de España excluyente, como he podido comprobar esta semana con los mensajes de apoyo que he recibido, como el que encabeza este artículo. También los he recibido de ciudadanos de Valladolid. Porque en todos los sitios hay gente que me explica que tienen otra manera de ver España, más plural, más abierta, más integradora, más respetuosa con su diversidad política, cultural y lingüística. Es cierto, esa gente existe, pero el problema está en que esa gente es invisible a nivel político y mediático. En España aún hay demasiados silencios cuando se trata de hablar de Catalunya, de defender su lengua, su cultura, su derecho a ser. Estos días tenemos un ejemplo con la polémica sobre el retorno de los llamados Papeles de Salamanca. ¿Dónde están las voces defendiendo desde España lo que es una reparación de justicia histórica pendiente desde la dictadura? ¿Dónde están los intelectuales, los artistas, los políticos reclamando que vuelva a Catalunya aquello que el ejército franquista arrancó a punta de bayoneta de los hogares de muchos catalanes y de sus instituciones? No se les oye. También fue clamoroso el silencio de los sectores intelectuales progresistas españoles durante la negociación del Estatut, que prefirieron callar o incluso algunos mostrarse abiertamente hostiles, sumándose así a los conservadores. Cada vez hay más gente en Catalunya que considera que la derecha mediática y política española ha conseguido convertir en hegemónico su discurso, y que los sectores progresistas, aquellos que tendrían que decir si otra España es posible, han dimitido o han optado por el seguidismo. Si existen tendrían que hacerse oír, porque en caso contrario, en la España uniformista actual, Catalunya se siente cada vez más incómoda.

Josep-Lluís Carod-Rovira es el presidente de Esquerra Republicana de Catalunya