Publicidad

Dominio público

Opinión a fondo

Hoja de ruta para la izquierda

29 nov 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

Juan Carlos Monedero
Profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid
Ilustración de Javier Jaén

La actitud de la izquierda tras las elecciones recuerda el cuento del loco que, abierta la veda, fue al campo a disparar a los patos sin escopeta. Tras la sorpresa de ver que uno caía abatido, el demente balbuceó mientras lo sostenía en sus manos: “Pero si no tengo escopeta…”. El pato, abriendo un ojo, susurró: “Canalla, vaya susto que me has dado”.
Las elecciones son la escopeta ficticia en las manos de una democracia representativa incapaz de dar respuestas. La política de izquierdas ha asumido, innecesariamente, el papel del pato. La veda la abre y cierra Goldman Sachs, y el campo donde este desencuentro tiene lugar no es otro que la incompatibilidad entre la democracia y un modelo económico que sigue gritando “no puedes opinar” y “tenemos que hacer lo que tenemos que hacer”. La pregunta, por tanto, es pertinente: ¿por qué se hace la muerta la izquierda?

El PP ha tenido un muy modesto resultado: apenas 560.000 nuevos votos y por debajo de Zapatero en 2008. Que el PP no tiene programa confesable lo piensan no sólo siete de cada diez españoles que no le han votado, sino también “los mercados”. Nunca una mayoría absoluta ha dejado tan frío a un país. Los mercados, que saben que más ajuste es más recesión, se curan en salud. La derecha económica nunca ha dejado de ser marxista.

El PSOE se ha estrellado, aunque escasea la reflexión de fondo detrás de su debacle. ¿Cuántos años llevan los militantes socialistas cambiando la discusión ideológica por la justificación de unas políticas que perdieron cualquier aroma socialista? La monarquía, la reconversión industrial, la OTAN, Maastricht, la Ley de Partidos, las reformas laborales… Perder cuatro millones de votos tiene su mérito, aunque si se piensa en los cinco millones de parados, los desahucios, los vaivenes, el desempleo juvenil, la desunión interna, la sumisión a los regaños de la Panzerdivision alemana, la reforma constitucional, la contrarreforma laboral, los préstamos a los bancos o la cesión de Rota, cabría repetir con Girondo que, conociendo a Van Gogh, lo extraño no es que se cortara una oreja sino que no se hubiera cortado también la otra. Un suelo de siete millones es sorprendente.

La enorme subida relativa en escaños de IU sólo puede producir un exceso de alegría si se acompaña de una venda en la conciencia. Apenas un 12% de los votos perdidos por el PSOE. Los 1,7 millones de votos siguen bien lejos de los más de dos millones de antaño, pese al aumento demográfico, la crisis económica, el 15-M y la perseverante renuncia del socialista PSOE a ser socialista.

El 15-M anunció una brecha generacional. ¿Pueden reinventar la izquierda los que la echaron a perder? Hay una saña de la vieja guardia de González contra Zapatero que casi lo hace simpático. También IU tiene dificultades para conectar con las nuevas generaciones. Esas que, ya no cabe duda, vivirán peor que sus padres. ¿Qué les ofrece la izquierda? ¿Resignación? Queda sin responder por qué el islamismo es capaz de representar el descontento en el mundo árabe mientras que en Europa la izquierda es incapaz de ganar el poder político con un programa radical. Un vacío que invita a buscar respuestas más allá de los partidos. ¿Un momento para la gobernanza extraparlamentaria?

El naufragio de la izquierda afecta también a los sindicatos. La mera posibilidad de que un exsecretario de CCOO pudiera ser ministro de Trabajo con el PP demuestra la deriva de unas organizaciones necesarias para los trabajadores, pero que se han visto encadenadas a la lógica del sistema. Al igual que los partidos, han terminado cartelizadas dentro de unas rígidas normas fuera de las cuales, piensan, todo es invierno.

La pelea entre Chacón y Rubalcaba puede entretener al PSOE, aunque ¿representan en verdad algo diferente? Dos ministros del mismo Gobierno que prometió una cosa e hizo otra. Nuestra democracia está madura para enfrentar una pregunta: ¿a qué espera la izquierda del PSOE para avanzar en la creación de una nueva formación emancipadora?

La respuesta, sin embargo, no es sencilla. IU no posee atractivo suficiente. No lo ha tenido para invitar al 15-M a reinventar la política. ¿Tendrá ahora la generosidad que no tuvo para abrirse a cambios reales? ¿Aprovechará su crecimiento para tener la benevolencia que le faltó y hacer de la refundación una práctica? ¿Será la brecha del sistema dentro del sistema?

El problema, en cualquier caso, no está en que vengan recortes sociales y salariales, hipotecas salvajes, el fin de los convenios colectivos, privatizaciones o subidas de impuestos a las clases populares (todo lo que intentó el fascismo y no pudo), sino que la izquierda sigue pensando en poner tiritas a las fisuras de un dique. Si estamos ante un cambio del contrato social en España y en Europa, hay que regresar a los lugares donde se reelaboran los contratos sociales. Esos espacios están en la sociedad civil, en la prensa crítica, en centros sociales, universidades, institutos, oficinas, fábricas y plazas. Es el momento de poner en marcha mesas populares constituyentes que discutan las claves del nuevo modelo. Mesas donde quepa cualquiera que comparta la necesidad de sentar nuevas bases para la convivencia en un momento de agotamiento de la democracia representativa y del capitalismo neoliberal, agravado por la llegada al modelo de otros países –China, Brasil o Rusia– y en un momento de crisis ecológica.

Terminada la ensoñación con Bruselas, es momento de pensar cuál es nuestra inserción internacional tras el desmantelamiento industrial. También en nuestros déficits energéticos y ecológicos, en nuestra especial relación con Suramérica y con el Mediterráneo, en nuestras crecientes desigualdades y en la necesidad de encontrar salidas que no supongan el hundimiento de otros pueblos. Para eso, es necesaria una ciudadanía con coraje. Si la izquierda política se contenta con permanecer en la balsa de los náufragos ¿no debiera estar la brújula en una izquierda social con mayores ambiciones?

El 15-M como pregunta

05 nov 2011
Compartir: facebook twitter meneame delicious

 

Juan Carlos Monedero

Profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid

Ilustración de Dani Sanchís

 

“El 15-M es emocional, le falta pensamiento. Con emociones sólo, sin pensamiento, no se llega a ninguna parte”
Zigmunt Bauman

Saben los neurobiólogos que las pasiones residen en nuestro cerebro más primitivo. Toda decisión “racional” es antes “emocional”. Para contrarrestar una emoción negativa es menester tener “una emoción positiva muy fuerte”. No es una apuesta por la irracionalidad. Lo es por una “razón emocionada” para salir de las trampas de un mundo que dice que la protesta es terrorista, la risa subversiva, los parados perezosos, los estudiantes revoltosos y las mujeres reivindicativas, aligeradas. Disfrazarse de payasos para manifestarse contra los recortes sociales lleva a que las cargas de los antidisturbios validen no solamente el capital financiero, sino también la imagen de verdugos de Fofó y Miliki. Emocionalidad bien inteligente.
La izquierda sólo ha entusiasmado cuando se atrevió a brindar un mundo diferente, siempre poco concretado. “Libertad, igualdad y fraternidad” en la revolución francesa, “tierra y libertad” en la revolución mexicana, “pan, paz y trabajo” en la revolución rusa o “patria, socialismo o muerte” de los procesos cubano y venezolano. ¿Puede acaso hoy tumbarse la jaula de hierro del consumismo sin emocionar a quien va a serrar los barrotes?
El 15-M ha sido capaz de lograr lo imposible para ninguna internacional anterior: convocar la primera manifestación global contra el modelo capitalista. Un G-90. Tantos como países salieron a la calle a recuperar la democracia en donde nació: en las plazas. Un momento destituyente. Una pregunta, no una respuesta.
Frente al shock de la crisis, la reacción popular ante la dictadura de los mercados está teniendo derroteros diferentes a los tradicionales. La emoción del 15-M se parece a esa generosidad que nace de los desastres (el terremoto de México, Fukushima o los deslaves tras las lluvias). Entonces se suspenden los egoísmos. Se trata de luchar por lo básico. Ahí nace el optimismo. ¿Son acaso mejores los libros de autoayuda o la guía de las vanguardias? La alegría del 15-M desborda los diques de los partidos, de los sindicatos, de las instituciones. Los hace más útiles cuando rompe las constricciones del sindicalismo para defender la educación pública. Los desafía cuando es la misma ciudadanía la que vota y la que comparte la visión del 15-M.
Cuando un rayo cae en la noche, el campo se ilumina y hace visible lo que estaba oculto. No bastaría entornar los ojos. Hay demasiados velos. Es una cuestión de sensibilidad. La emoción hace que el dolor se convierta en saber, el saber en querer, el querer en poder y el poder en hacer. Un joven que se prende fuego porque le han quitado el medio de supervivencia, unos estudiantes que acampan en mitad de la ciudad, pobres que se enfrentan a ricos en el corazón de su caja de caudales, un desahucio al que se le ven las lágrimas, un presidente que miró a los ojos y luego engañó. Sólo la sensibilidad puede convocar a la razón ausente. Sólo la emoción puede romper la clausura del pensamiento lograda por la sobreinformación, el afán consumista, el miedo al futuro, la negación del pasado y la zozobra ante la incertidumbre y el castigo. Si el sistema sólo entiende de objetos –una hipoteca no satisfecha, una plaza universitaria costosa, un viejo o un enfermo que incrementa el déficit, un interino que encarece la deuda, una protesta que enfada a los bancos– la sensibilidad devuelve a su lugar a las personas.
¿Gobernar mañana? El 15-M tendría que firmar, como el Lenin de 1917, onerosos tratados de paz. Perdería territorio, pagaría reparaciones, lastraría su vuelo. Todavía no se dirime en esas lides. No es la respuesta a la esclerosis del capitalismo neoliberal y de la democracia representativa: es el diagnóstico de su enfermedad. ¿Para qué enfermarse con ellos? No es un partido ni debe ahora mismo serlo. Un partido es un medio para un fin. El 15-M es un fin en sí mismo: una gran conversación que a fuerza de saber lo que no quiere, va a terminar sabiendo lo que quiere.
Sin líderes, sin programa, sin estructura, el riesgo de desaparición en el reflujo está ahí. Pero la crisis del sistema y la imposibilidad de encontrar soluciones desde dentro va a seguir alimentando la búsqueda. Estructura no significa verticalismo. Es tiempo de una implicación social más horizontal. Hay que reinventar la gobernanza y hacerla democracia. Decisiones políticas nacidas de la discusión, ejecutadas por la organización y supervisadas por una discusión regresada abajo.
Frente a la libertad reclamada por el 68, ahora se reclama la igualdad. La naturaleza rota, el futuro incierto, la violencia cotidiana no soportan las diferencias. De ahí la fuerza de la camaradería en el 15-M. Por eso también la relevancia de las redes sociales, por su horizontalidad, por su relación entre iguales que se reconocen y tratan como tales.
En el 15-M confluyen veteranos castigados por el sistema y también clases medias enfadadas que, por vez primera, se han sentido tratadas como proletarios. En el maltrato se reconocen y se reinventan. Ahí se entiende parte de su amabilidad. La lucha contra el autoritarismo generó un tipo de partido. La Guerra Fría, otro. Del 15-M saldrán maneras diferentes de organizarse políticamente. Lo relevante será ver en qué medida se genera un viaje de ida y vuelta constante al movimiento que marque con su sello las formas de hacer política.
Frente a un capitalismo rígido y cada vez menos tolerante –nada líquido, con perdón de Bauman–, el 15-M articula inteligente su oposición. El sistema sabe defenderse cuando se le niega o se le combate, pero no sabe qué hacer cuando se ve desbordado. Es la estrategia del movimiento desde hace apenas cinco meses. Pone patas arriba las teorías de esos intelectuales ignorados por los pueblos insurgentes que afirman: “Si la realidad no se parece a la teoría, peor para la realidad”. Una realidad tozuda e irreverente, que, con perdón de los intelectuales consagrados y con el favor de los poetas, al igual que el rayo, no cesa.

El reto de Wikileaks

17 dic 2010
Compartir: facebook twitter meneame delicious

JUAN CARLOS MONEDERO

Algo olía a podrido al sur de Dinamarca cuando las últimas filtraciones de Wikileaks fueron a parar a los medios que precisamente llevaron, por el ocultamiento obstinado de informaciones comprometidas, al nacimiento de la propia Wikileaks. Las repentinas conversiones, incluidas las de la prensa libre, no siempre responden al llamado de la fe. La información que se está brindando de los 250.000 cables refuerza las líneas editoriales tradicionales, más allá de algunos regalos que permiten pelear con más fuerza frente a alguna tropelía (Guantánamo o Couso, pruebas de la sumisión de las autoridades españolas a Estados Unidos).
Los borrones de la mucha tinta están pudiendo a las letras. Wikileaks, que se significó y adquirió credibilidad por sus informaciones sobre Kenia, Timor, Irak o Afganistán, se ponía ahora en manos de un neocártel informativo (Der Spiegel, The New York Times, The Guardian, Le Monde, El País) que compartía secretos, reglas y tamices. Si de las filtraciones del Watergate salieron los fontaneros políticos, en el neocártel, la fontanería es tarea de los propios medios.

El eco de los grillos aturde: que EEUU mantiene sus redes por el planeta; que los gobiernos latinoamericanos son, de una manera u otra, sospechosos; que los países árabes, aliados o no, sólo son tratables bajo el choque de civilizaciones; que los terroristas siguen conspirando; que Europa oscila entre el ridículo y la sumisión; y que Israel no aparece por ningún lado, aunque todo lo filtrado refuerza su peculiar manera de leer el mundo. En un curioso bucle, el poder imperial ha logrado poner en el planeta el más importante altavoz de sus interesados puntos de vista. No por culpa de Wikileaks, sino merced a la fontanería de ese neocártel que está elevando a verdad mundial las opiniones de embajadores, y también las del sastre de Panamá, de Tintín o del atribulado Cónsul Honorario de Graham Greene.

No conviene leer los cables filtrados como chismes o señal de la mala información de la diplomacia. Todo lo contrario. Los análisis serios no se hacen in situ. La inteligencia está en los servicios de estudios, universidades y fundaciones del país investigador, no del investigado. La tarea de las embajadas, por el contrario, consiste en captar informantes, espías y agentes, algo que se logra no con inteligencia, sino con dinero, chantaje, sexo, concesión de estatus o invitaciones a un rancho, una cacería, una intermediación o un desayuno con vistas. No es que los cables sean chuscos, es que la diplomacia es así. Y pese a su ridículo, al igual que los anuncios de detergentes, es útil. La sumisión de judicaturas, bancas, fiscalías y ejecutivos (los parlamentos, impotentes, ni aparecen) demuestra que esa diplomacia vulgar y anecdótica, como las monarquías campechanas, es profundamente eficaz.

Pero Wikileaks no debe confundirse con la espuma de los cables estadounidenses. La reclamación de una red libre y la exigencia de una información veraz y transparente ha roto uno de los principales requisitos del modelo neoliberal: presentar los privilegios como premisa del interés general. Las respuestas en la red ante esas empresas, a las que no les molesta el Ku Klux Klan pero sí el presupuesto kantiano de la publicidad de las normas, señala una nueva pelea. Se ha empezado a hablar de la primera ciberguerra mundial. Al tiempo, el terrorismo de Estado apunta con convertirse en ciberterrorismo de Estado (incluidas detenciones sobre la base de acusaciones fabricadas).
Wiklileaks y los voluntarios que comparten una nueva forma de compromiso en el éter de las redes representan un internacionalismo de nuevo perfil, alejado de las internacionales socialistas, comunistas o trotskistas, y también de ese germen de V Internacional que pretendía constituirse con los descolgados de las anteriores y los movimientos sociales. Esta VI Internacional no tiene sujeto, programa ni centro, moviliza puntualmente a brigadas o pelotones, es líquida, cambiante, dispersa y está conectada como la propia sociedad en la que opera. Por vez primera en la etapa del capitalismo de los últimos 60 años, la sociedad puede ir tan deprisa como las estructuras económicas del sistema. Si la bolsa se mueve por Twitter, los activistas también. No es extraño predecir que la inmediata gran batalla, derrotada por el momento la clase obrera por su nostalgia del bienestar perdido, el miedo a descender en la escala social, la televisión anestesiante y la falta de alternativas, tenga lugar en internet. Su trinchera será su democratización o su control. Wikileaks ha señalado la puerta del ágora mundial. ¿Quién tiene la llave?

Dice Slavoj Zizek que la filosofía germana, el utilitarismo inglés y la diplomacia francesa se expresan en sus retretes. El alemán deja las deyecciones patentes para su oportuno análisis. Los anglosajones evacúan en el agua para, según convenga, inspeccionar o eliminar los detritos. Los franceses mandan directamente las deposiciones a un agujero, lejos de la vista, lo que permite, diplomáticamente, negar cualquier relación del interfecto con las heces. Wikileaks nos ha hecho a todos guardianes de la mierda. Puede mirarse a otro lado, pero ahí está. Se trata de ver si, con las manos y la conciencia manchadas, pasamos a corresponsabilizarnos y romper el circuito perverso que confunde soberanía con privilegios.
Como a aquel polluelo caído del nido en el invierno, el estiércol diplomático puede hacernos revivir y también atraer al gato con nuestro restablecido piar. Pese a las dudas del pájaro, el gato dudará menos cuando, satisfecho, se lo esté comiendo.

Juan Carlos Monedero es profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid.

Ilustración de Enric Jardí

El extraño otoño de González

13 nov 2010
Compartir: facebook twitter meneame delicious

JUAN CARLOS MONEDERO

Se desnudan los ex presidentes sólo bajo fuego amigo. De ahí que suela ser más previsible el lugar que el contenido. Las primeras lluvias del otoño nos traen las reflexiones de Felipe González.
Afirma el que fuera primer presidente socialista que estuvo de su mano volar a la cúpula de ETA. Y que anduvo pensándolo y pensándolo. Y que no lo hizo. Pero que le hubiera bastado chascar los dedos. ¿Tan sencillo era? Igual es por el otoño que avanza, pero el escalofrío es inevitable. Imaginemos que hubiera mandado reventar sin juicio a esos ciudadanos (terroristas, pero ciudadanos), ¿lo habría reconocido como hizo Margaret Thatcher con los miembros del IRA asesinados en Gibraltar en 1988, o se los hubiera endosado a los GAL? La respuesta parece sencilla. Otro acto de incontrolados. Asuntos de esa democracia que, decían, gozaba de tanta calidad como para hacerla
exportable. La derecha, tan católica, hubiera dicho: no hay mal que por bien no venga. Y Fraga, con el franquismo aún caliente en los tirantes y en los nudillos, hubiera soltado alguna fresca de esas que helaban el aliento y detenían el tiempo. Los demás apenas contaban.

Pasado el tiempo, el ex presidente hace balance. No sabe si se equivocó. Lo que quiere decir que rondan por su cabeza profundas razones para pensar que quizá hubiera debido dar la orden. Qué firmeza moral en esa duda: ¿asesino a unos cuantos seres humanos o no los asesino? Mira que le veo ventajas… Hubiera salvado vidas, dice. Cosa poco creíble. Como esos ajustes de cuentas entre mafias, cárteles o grupos fuera de la ley, hubiera alimentado odio y algunos centenares se hubieran sumado a la lucha armada con razones que antes no tenían. La tesis absurda de ETA (esto es una guerra) habría cobrado fuerza. Más dolor, más odio, más rencor, más problemas. El avance hacia su propio otoño podía haber reforzado el humanismo en Felipe González. Pero ocurre todo lo contrario. Nicolás Salmerón, presidente de la I República española, nunca lamentaría haber renunciado por no querer firmar penas de muerte. Y eso que eran legales. Tiene razón Felipe González. Ya no hay estadistas como los de antes.
“Una de las cosas que me torturó durante las 24 horas siguientes fue cuántos asesinatos de personas inocentes podría haber ahorrado en los próximos cuatro o cinco años”. Salvar vidas…Fue el argumento para explicar las bombas de Hiroshima y Nagasaki. El argumento, que no la causa real. Se lanzaron para frenar el avance soviético por el Pacífico y hacer un recordatorio a la URSS de que Estados Unidos iba a ser la nueva potencia mundial. ¿Cuál hubiera sido la verdadera razón de González? ¿Salvar vidas de inocentes? No. En democracia, no. Ejecutar sin juicio para defender la inocencia de la ciudadanía es una perversión del orden democrático. Con nuestros impuestos. Da más luz pensar en una débil democracia procedente de una débil Transición que había dejado intactos los servicios de seguridad del franquismo. Una débil democracia que no dudaba en aplicar lo que Franco había hecho con los republicanos: ejecuciones extrajudiciales. El peso del franquismo sociológico era demasiado fuerte. Ya lo había anunciado el estadista González: las democracias se defienden también en las alcantarillas. Era una de las posibles concepciones de la democracia: democracia de alcantarilla. Otoñal, González se despoja de prejuicios propios de demócratas buenistas. Hide vence al doctor Jeckyll. Son los privilegios de los estadistas en el otoño de su sabiduría.

“Es que todavía hoy no se puede contar eso…”. No estaría de más escuchar alguna verdad. Nos dejó a Aznar subido en la prepotencia de vencer a un Gobierno corrupto; a Fraga convertido en la prueba de que se podía ser demócrata sin ser antifranquista; a la Iglesia subida a los altares y al monte; a una monarquía con una querencia excesiva a ir de caza con amigos de lo ajeno (los Albertos, Colón y Prado de Carvajal, Mario Conde, De la Rosa), pero encubierta en un relato de papel couché y glamour. ¿Qué se puede contar, Sr. González? Mirando hacia atrás, le preocupa sólo la corrupción. No nos gustan los ladrones. Somos cristianos viejos y de dinero no hablamos. Sin embargo, lo del GAL, nos dice usted sin decirlo, no quita prestigio. Eso de poder mandar asesinar es de auténticos hombres de Estado. Y se atreve a citar a Azaña. Repase el debate parlamentario sobre los sucesos de Casas Viejas. Notaremos una gran diferencia entre el Azaña dolido y el jactancioso que afirma: los pude volar a todos. Me debéis la vida. Tanto que aún me permito preguntarme si no debí hacerlo. “No te estoy planteando el problema de que yo nunca lo haría por razones morales. No, no es verdad”. Los estadistas como González no tienen problemas morales.

Queda otra pregunta en el aire. ¿Por qué ahora? ¿Para ayudar en el fin de ETA o para complicarlo? ¿Es una simple afirmación personal? ¿Se siente fuerte ahora que ha doblegado al impertinente Zapatero que no había querido escucharle al comienzo? ¿Está cobrando la foto malditizada en donde abraza a Vera y Barrionuevo a la entrada de la cárcel de Guadalajara? ¿Se está postulando a algún cargo internacional?
Me perdonan, pero, al menos desde Maquiavelo, la ingenuidad no es pasto de la política. Aunque algunas viejas ecuaciones parece que se van despejando.

Juan Carlos Monedero es profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid

Ilustración de José Luis Merino

De amargas victorias

08 oct 2010
Compartir: facebook twitter meneame delicious

JUAN CARLOS MONEDERO

La oposición al presidente Chávez ha regresado al Parlamento y, especulemos, a la política constructiva. En 2005, las mismas formaciones protagonizaron una sorpresiva retirada que entregó la Asamblea al oficialismo. Cinco años después han entrado con fuerza en la cámara, ganando 65 de los 165 escaños parlamentarios –98 para el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y 2 para Patria para Todos (PPT), que paga caro su alejamiento del oficialismo–. Años perdidos en apoyar todo tipo de desestabilización y también, no menos grave, de haber renunciado a una crítica desde las instituciones que hubiera ayudado al Gobierno a calibrar sus políticas.
La insistencia en la supuesta derrota del Ejecutivo tiene más que ver con las pretensiones movilizadoras durante la campaña que con el resultado: lograr los dos tercios de la cámara necesarios para la elección de cargos públicos y para la aprobación de leyes orgánicas.
¿Qué ha perdido realmente el Gobierno? El PSUV aventaja a la Mesa de la Unidad en 33 escaños; la oposición sigue sin lograr los diputados que tenía en 2000; y, no menor, tiene de unido solamente el nombre con el que concurrió a las elecciones. Añadamos que sigue careciendo de un candidato capaz de confrontar a Chávez.
Pero es miope decir que no ha ocurrido nada. Si bien las extrapolaciones no funcionan, no deja de ser cierto que la tradicional correlación seis a cuatro a favor del chavismo se ha convertido en un empate. (Aunque no es menos cierto que los seguidores de Chávez utilizan las elecciones intermedias para lanzar mensajes de disgusto al Gobierno, algo que no hacen cuando lo que está en juego es la figura del presidente). La oposición, con síndrome de abstinencia electoral, se movilizó ampliamente, a diferencia del chavismo, con cierto hastío después de 14 procesos electorales exitosos. Pero sólo el patriotismo de partido impediría entender que la victoria del oficialismo hubiera sido otra con una ley electoral que optara por la proporcionalidad del voto (algo que, desgraciadamente, bien conocemos en España).
¿Por dónde se ha deslizado el chavismo? Un año de crisis económica ha pasado necesariamente su factura (aunque Chávez mantiene mayor apoyo que, por ejemplo, Obama). Igual que 11 años de Gobierno con su correspondiente desgaste; repetidas fallas en el suministro eléctrico (debido a una pertinaz sequía); una más que preocupante inseguridad ciudadana; altas tasas de inflación que se comen los aumentos salariales; evidente corrupción en diferentes niveles del Gobierno; el inquietante ruido de guerra generado por Colombia y EEUU; la excomunión de facto del socialismo por parte de la acomodada y racista cúpula de la Iglesia católica venezolana; las lluvias torrenciales que desmoronan con inquina de ejército los cerros y las casas suspendidas… son todos aspectos que han pesado en estos comicios. Asuntos pendientes en un proceso al que se llama revolución pero que no siempre corre al ritmo de los discursos.
Hace un año, en un encuentro en el Centro Internacional Miranda, la intelectualidad afín al Gobierno se interrogaba acerca de las luces y las sombras del proceso bolivariano. Algunas alertas, todas heredadas de la historia venezolana, aparecieron: la corrupción, el burocratismo y la ineficiencia propias de un Estado clientelar levantado sobre la riqueza petrolera; el peso de los militares como única fuerza pública con capacidad de obediencia; el centralismo que pretende superar desde el centro la incapacidad de la periferia; la mentalidad rentista y la débil cultura del trabajo; el clientelismo de partido y la cooptación de los movimientos. Y como cierre de todas estas debilidades institucionales, un liderazgo muy potente que muestra sus fortalezas en los procesos electorales y en la creación de identidad, pero que también enseña su fragilidad en forma de liderazgo acomodaticio, esto es, en la subordinación de los principales actores políticos a un líder al que se encumbra y que termina por querer cargar con la tarea que no hace el resto.
La llamada revolución bolivariana ha enfrentado con éxito buena parte de los desafíos del neoliberalismo. Ha ayudado a unificar América Latina como en ningún otro momento de la historia y ha sembrado las bases para una relación diferente del continente con el Norte. En lo interno, ha conseguido alcanzar buena parte de las metas del milenio e, incluso, ha ido más allá, superando buena parte de los cuellos de botella de la IV República (erradicación del analfabetismo; caída de la mortalidad infantil; acceso a agua potable; tasa de desigualdad de las más bajas del continente; 7% de desempleo; ampliación de las jubilaciones; erradicación de los niños de la calle; uno de cada tres ciudadanos estudiando; reducción a la mitad de la pobreza). Todo junto a una ciudadanía politizada e instruida (no adoctrinada) que está aprendiendo a saber lo que quiere y cómo lo quiere. Por el contrario, es en la lucha contra los fantasmas del pasado donde las sombras se enseñorean. Un pasado que confunde, con sus armas melladas, la construcción del nuevo socialismo. Y ese reto no es de una persona, es de un pueblo.
El neoliberalismo ha vivido de ahogar las alternativas. De ahí la demonización internacional de Chávez. Sus enemigos no hacen de Venezuela un paraíso (¿existen los paraísos?), pero la justicia social desplegada estos años, junto al clima de libertad reinante, reclama el respeto de cualquier demócrata.
Con la entrada de la oposición en el Parlamento se inaugura una nueva etapa. Honduras o el golpe en Ecuador no auguran buenos tiempos. Hace 200 años, la independencia partió de esas tierras. Hoy el enemigo es otro. Y unos y otros lo saben perfectamente.

Juan Carlos Monedero es profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid

Ilustración de Mikel Casal

Aznar, un mal español

04 sep 2010
Compartir: facebook twitter meneame delicious
Etiquetas:

JUAN CARLOS MONEDERO

Tras el 11-S, Georg W. Bush convocó a su pueblo al sacrificio. “Somos ciudadanos –afirmó compungido– con obligaciones unos hacia otros, hacia nuestro país y hacia la historia. ¡Comencemos a pensar menos en los bienes que podemos acumular y más en el bien que podemos hacer!”. En nombre de la patria sagrada, los Bush, Halliburton o el vicepresidente Cheney hicieron caja. Mientras, Irak y Afganistán se de-
sangraban y Estados Unidos incrementaba su déficit, perdía prestigio internacional y hacía del mundo un polvorín amenazado.
El presidente Aznar les acompañó en aquella aventura con maneras de estadista en prácticas, lo que incluía poner los pies encima de la mesa y fotografiarse en las Azores con melena al viento y suficiencia de ungido. Todo, justificaba, para mayor gloria de la patria. Himnos eternos y banderas gigantes se recortaron en el horizonte.
Entre las muchas ideas de España, la más dañina ha sido históricamente la que ha hipostasiado el ser de la patria. No hay esencias sin escoria. Para Franco, Mola o José Antonio, media España era escoria. Y la calle, recordemos, no era de todos: era de Fraga.
La revisión histórica realizada por Aznar durante sus gobiernos reinventó retroactivamente una España esencialista guiada por designios divinos (con Isabel La Católica como icono). Una armonía preestablecida de reyes íberos, romanos, visigodos y castellanos llevaba a las obligaciones actuales. Carente la derecha de propuestas económicas propias, la patria era un buen recurso. Un discurso españolista heredado de la Restauración, elaborado en su día por minorías privilegiadas que apostaban por el sufragio censitario, pagaban para mandar a los pobres a morir por ellos en la guerra y santificaban las desigualdades sentando en su servida mesa al siempre hambriento clero.
La España que fracasó en el siglo XIX en la creación de un consenso liberal, la que tampoco pudo refundar el Estado sobre presupuestos antifascistas tras la Segunda Guerra Mundial (como hizo nuestro entorno europeo), fue reelaborada en la coartada aznarista. De ahí que sus enemigos sean los mismos que los de la Restauración: agitadores de la cuestión social (socialistas, anarquistas, sindicalistas); los que no asumen el centralismo que reduce España a Castilla; los republicanos, especialmente los críticos de la monarquía complaciente; y los que cuestionan el imperio nacional-católico (lo que da cuenta del odio de Aznar hacia Hugo Chávez y Evo Morales o explica su delirante afirmación de que en Lepanto los españoles ya combatieron a Al Qaeda). Añadamos que, pese a los intentos de reinventar una España deudora de Cánovas –con el turnismo como máximo valor–, en los planteamientos de Aznar también aparece el franquismo (y la reivindicación carlista del fracaso hispano del liberalismo), así como su filiación juvenil joseantoniana, que pueden explicar los modos soberbios falangistas, la mala relación personal con el rey (más sintonizado con el ubicuo Felipe González) o la desconfianza ante los militares constitucionalistas.
Las bases señoriales de nuestra historia, la larga dictadura que devoró medio siglo XX y la concepción patrimonialista del Estado (heredera de oligarcas y caciques) vienen con una paradoja: quienes más invocan a la patria, más lesivos resultan para sus paisanos. ¿Pudiera ser que esa España tan invocada les resultara indiferente?
A la fuerza ahorcan. Así vimos cómo Aznar, necesitado electoralmente, susurró el catalán, compartió mesa con el “Movimiento Vasco de Liberación”, abrazó a sindicalistas (enamorando incluso a alguno) y, pleno de esa empatía, confraternizó con la causa gay o asumió una visión no integrista del aborto.
Terminadas las urgencias, le regresó la patria, de manera que, tras casar a la hija en El Escorial (con Correa de testigo), no tuvo empacho en dejar fuera de los cementerios a decenas de miles de españoles asesinados tras la Guerra Civil (¿no eran España?); no puso gran empeño en identificar los cadáveres de militares muertos en Turquía (¿no se lo merecían?); enfrentó a España al mundo árabe metiendo al país en una guerra absurda y lejana; hizo de Perejil un castizo Independence Day con cabras; cuestionó los derechos laborales y recetó caridad a los fracasados. Alzó la voz contra el Gobierno en momentos complicados de la crisis, encareciendo la deuda española (ya había acusado de “pedigüeño” al Gobierno cuando se negociaban los fondos de cohesión); dejó el país sembrado de Gürtel, Fabra, Matas y Aguirre; y, finalmente, se paseó por la Melilla que no visitó como presidente a ver si ayudaba a complicar la situación.
Aznar nació a la política con una mentira (la falsa acusación de corrupción a Demetrio Madrid) y se marchó con otra (decir a los españoles que los atentados de Atocha fueron obra de ETA). ¿Quieren a la patria los mentirosos? Durante los funerales de los 191 muertos de Atocha, un padre roto gritó a Aznar su responsabilidad. A esas alturas, ya sabía que iba a trabajar con Murdoch en News Corporation (el grupo mediático que más alimentó la guerra de Irak). También que iba a gestionar varios fondos de inversión (esos que arrodillan a los países). Mientras, su yerno, coherente, hacía negocios con Berlusconi. En Madrid llovía.
Las patrias son comunidades imaginadas y las esencias son herméticas como los orígenes del lenguaje. De ahí que incumba a los que andan recreando Españas de Recaredo responder a una pregunta acerca del presidente que oraba en silencio en Silos: con la mano derecha en el corazón, ¿creen de verdad que Aznar es un buen español?

Juan Carlos Monedero es profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid

Ilustración de IKER AYESTARAN

Un nuevo sentido común

17 ago 2010
Compartir: facebook twitter meneame delicious
Etiquetas: ,

JUAN CARLOS MONEDERO

Si aplicáramos a las encuestas un ánimo interpretativo como el que el Tribunal Constitucional (TC) dedica a las leyes, encontraríamos que la poderosa “opinión pública” podría estar escribiendo con renglones torcidos. Dos interpretaciones del último barómetro del CIS podrían, de ser ciertas, explicar la deriva ideológica o electoral de los partidos de izquierda en España.
Según la primera, la ciudadanía estaría castigando moralmente al Gobierno al cuestionar duramente su tarea. La sorpresa, sin embargo, sería otra: un castigo aún mayor al PP y a su líder. Mientras la desconfianza hacia Zapatero es del 78,9%, en Rajoy no confía el 84,6% (con, además, una menor valoración que el presidente). La oposición destructiva del PP, junto a su íntima convivencia con la corrupción, le restaría credibilidad pese al desgaste de un Gobierno confrontado con la crisis. Respecto de IU en sempiterna refundación, algo está haciendo mal, pues no recibe ningún trasvase de votos del PSOE, pese a que el 9,4% vería probable votar a una fuerza como IU.
La ciudadanía desconfía de los partidos, cree que Gobierno y oposición lo hacen mal, pero no encuentra, ni en otros partidos, ni en sindicatos, ni en nuevos referentes, atisbo alguno de luz. Una suerte, concluyendo, de parálisis depresiva.
La segunda mirada (hipótesis doliente de la izquierda), se basa en la intención de voto salida de la cocina creativa del CIS. Un PP triunfante lleva a 6,3 puntos su distancia con el PSOE (4,8 puntos más que en abril). IU no deja de caer y UPyD, pese al apoyo decidido de algunos medios, apenas sube –igual que CiU– 5 décimas (consistente con el apoyo del grueso de la población al desarrollo autonómico).
En esta hipótesis, el Reino de España se habría deslizado, como el resto de Europa, hacia la derecha pese a su vergonzante autoubicación en la izquierda (36% frente al 12,5% en la derecha). Entenderíamos así por qué el PP no recibe castigo alguno en las urnas. El PP de Fabra, Camps, Matas, Gürtel o Brugal; el del “mejor callados que desenmascarados”; el que acusa sin pruebas a Gobierno, policía, inspectores de hacienda, sociólogos, jueces y cuanta institución se le tuerza; el PP proisraelí con el pañuelo palestino al cuello o el que quiere prohibir las huelgas mientras se declara el partido de los trabajadores. Y no andaríamos aquí muy desencaminados incluyendo a la CiU del 4%.
¿Un nuevo sentido común en el Reino de España? Algunos aspectos del barómetro refuerzan esta idea: fuerte desprecio por la política pero falta de conclusiones democráticas de esa desafección; aumento del odio al inmigrante; asunción del paro como el problema central, pero desinterés por la calidad del empleo (pese al auge del empleo basura); respeto por la corrupción y el fraude; abulia ante los problemas medioambientales; disociación entre lo correcto –lo que se define como problema– y lo que se está dispuesto a hacer.
Esos políticos despreciables justificarían otro tanto en la ciudadanía: cuatro de cada diez ve bien defraudar a Hacienda; crece la picaresca y la concepción clientelar del Estado; se comprende la anunciada huelga general pero se renuncia a cualquier sacrificio personal; desprecio por la política y desinterés por mejorarla. La inmigración corre de manera abstracta con las culpas y la política da coartada a la cuota de robo y mentira ciudadana.
Cierto que la izquierda occidental anda dando tumbos desde la crisis del keynesianismo. Pero en España, la socialdemocracia fungió de alumna aventajada con mucho menor recorrido. Renunció al marxismo como quien se quita de fumar (pese a los avisos de que ni Marx ni menos); privatizó exultante bienes públicos; bajó impuestos a los ricos; fomentó la escuela concertada; dio cancha a la telebasura; atacó a los sindicatos de clase; se dijo socialista a fuer de liberal; sostuvo un concordato obsceno con la Iglesia católica; cedió en la Ley de Partidos; y, finalmente, ha roto el principio necesario –aunque no suficiente– que diferencia izquierda y derecha: la fuerza de trabajo no es una mercancía más que pueda reducir su precio en virtud de la demanda.
IU ve enturbiado su espacio de renovación por quienes controlan los aparatos (en Madrid se convoca a una refundación, pero antes se blinda a los candidatos del PCE al Ayuntamiento y a la Comunidad). La izquierda verde en gestación tiene el problema de que no consolidará ser Die Grünen (escisión a la izquierda del SPD alemán) mientras pueda ser Die Linke (los verdes). Queda el oxímoron de la izquierda nacionalista. En un país donde se reclama una extrema sutileza para inventar el federalismo, el republicanismo territorial no puede coquetear con la victimización provinciana.
¿Hay soluciones a la altura de los problemas? Escoger candidatos intercambiables entre la derecha o la izquierda es más fácil que inventar un nuevo sentido común. Lo primero llevaría, como indica el CIS, a ahondar en la decepción y retirada del votante de izquierda (especialmente los jóvenes). Un camino de corto vuelo donde, al final, cualquier pregunta sobre los fundamentos de nuestras sociedades arañará los oídos, asumida la imposibilidad del cambio. “Si cuido de los pobres –decía Helder Cámara– me llaman santo; si pregunto por qué son pobres, me llaman comunista”. A menores herramientas intelectuales, mayores simplificaciones. Terminaremos creyendo, regresados a la infancia, que se invaden países para salvar a pobres mujeres asesinadas por locos feroces.

Juan Carlos Monedero es profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid

Ilustración de Federico Yankelevich

Retrato de derecha con crucifijo

10 jul 2010
Compartir: facebook twitter meneame delicious
Etiquetas: , ,

JUAN CARLOS MONEDERO

07-10.jpgNo nos equivocaríamos buscando nuestro teorema de Poincaré de la ciencia política en dos lugares: primero, por qué en tiempos de crisis no triunfa la revolución; luego, cuáles son las razones por las que una monja de filiación vaticana y misa y comunión diarias puede votar a un político putero, ladrón o mentiroso que incumple, cuando menos, 15 de los diez bíblicos mandamientos. El modelo es Berlusconi, pero no le andan a la zaga, aquí en Celtiberia, nuestros clásicos, jaleados por medios de comunicación que, si bien no desafinan, abundan, como lamentaba Valle-Inclán en Luces de Bohemia, en entonar “una nota más baja que el cerdo”.
El tradicional “calumnia que algo queda” se ha traducido a un bochornoso “miente, que les gusta creernos”. Esta síntesis de Trillo sobre un corolario de la ley de Murphy constituye la visión central del PP. Está detrás de las perennes negaciones de lo obvio con las que enfrentan sus problemas de corrupción (Gürtel, Fabra, Alicante); sustituye al estruendoso silencio de propuestas económicas (en una crisis de su propio modelo); o se esgrime al atacar en España lo que hacen sus socios en Europa. Escuchar a Soraya Sáez, Cospedal, Rajoy, Camps o a Aguirre, remite patéticamente al Homer Simpson de: “¡Yo no he sido! ¡No me has visto! ¡No puedes demostrarlo!”. Pícaro en Springfield, pero demasiado bufo incluso para la calle Génova.
Pero la pregunta, viendo las encuestas, sigue siendo: ¿brutos o astutos?
La única certeza humana es la muerte. De ese destino, salen dos grandes respuestas. Una, el miedo. La otra, la esperanza. El miedo es inmediato, pone en alerta la supervivencia y despierta mecanismos de defensa. El miedo monologa. La esperanza, por el contrario, tiene como objetivo el futuro. Es una construcción intelectual, un proceso que necesita pensarse con los otros. Es un diálogo. La derecha siempre ha apelado al miedo. La izquierda a la esperanza. Cuando caer en la escala social es probable, distanciarse de los fracasados es una opción. Otra, organizarse. Odiar es más sencillo.
Varias derechas se nutren de esa desconfianza. Una acomodaticia, obediente, amante del orden o rehén de algún privilegio. Otra tecnócrata, para la que no existen pobres sino perdedores. Otra españolista, recelosa de cualquier otra identidad próxima (las otras naciones de España). A menudo, también es cristiana, entroncando con esa España eterna que se alzó con Don Pelayo, expulsó católicamente a moros y judíos, y continuó su pelea con Austrias, Borbones, carlistas y franquistas contra bohemios, gitanos, masones, liberales, ateos y rojos.
La socialdemocracia, como en otros tiempos, se encarga de apuntalar responsablemente el capitalismo. Como si su tarea histórica fuera esa. Cubierta, la derecha, verdadero núcleo del actual modelo liberal capitalista, se da el lujo de decirse antisistema. Sarkozy, Sarah Palin, Berlusconi o Esperanza Aguirre hablan de rebeldía fiscal y desobediencia ciudadana, cuestionan a los jueces y hasta critican al Estado o a algunos poderosos. Sólo la derecha se atreve a ser políticamente incorrecta. Es la arrogancia sobrada del señorito. Torrente, al final, no es un antimodelo: es el paradigma a imitar. Que le pregunten a Aznar o a Mayor Oreja.
Al tiempo que la socialdemocracia argumenta con la gobernabilidad, la derecha sin complejos alimenta el miedo, ofrece coartadas ajenas a cualquier valor y organiza la rabia. Roban, ríen y dicen a la ciudadanía: no te preocupes. Soy tu representante, ego te absolvo. Miente, amenaza, piensa sólo en ti, que yo también lo hago. Para que no haya fisuras, lanza un mensaje a los cuatro vientos: ¡todos los políticos son iguales! Pura cultura nacional-católica. Esa que habíamos superado en la Inmaculada Transición. ¿Educación para la Ciudadanía? ¡Pecad! Estáis perdonados.
Este modelo necesita enemigos para funcionar. Lo ofrece esa izquierda financiada por Moscú, hecha anti España y pura horda en octubre de 1934, y representada hoy principalmente por el PSOE (en esencia porque les sustituyó, no porque sea de izquierdas). El otro enemigo necesario es el extranjero, que cubre una función terrible: la de decirle al damnificado del modelo neoliberal: “Tranquilo, que, pase lo que pase, tú eres de aquí”. Una recompensa simplemente moral asentada en una identidad que se alimenta negando a los otros.
El círculo lo cierran los que no rezan y se tocan. La derecha puede divorciarse, abortar en Londres, poblar sus medios de comunicación con anuncios de contactos, regentar burdeles, vender preservativos y armas o comerciar con Israel, Marruecos o China, y, al tiempo, monopolizar el discurso de la moral. Es la mentira que necesita creerse para no naufragar en la dureza de un mundo sin premios ni castigos de ultratumba. Un nosotros barato y funcional. Su orden se basa en el miedo y, por tanto, está lleno de represión. Es muy frágil. De ahí su fobia ante cualquier agresión a su débil credo (sea la adopción gay, los sindicatos, las descargas p2p, Chávez, las células madre, otros nacionalistas, la risa o los islamistas).
Ya no hay príncipes que salven a la huerfanita. Vemos también disolverse la “autoayuda colectiva” del Estado social. Tiempo de salvarse uno mismo. Es el éxito de Belén Esteban, de las telenovelas y los libros de autoayuda. Una concepción agónica de la vida que lleva al egoísmo justificado, al nihilismo y la violencia. También a falsos desafíos (las salidas de tono de Esperanza Aguirre y El Cobra o nombrar a Chiquilikuatre para Eurovisión). Mientras, la izquierda se desliza por interpretaciones morales de las cosas que dejan de lado análisis materiales de la realidad. Dios ha muerto, Marx ha muerto, la historia ha muerto y yo me encuentro francamente mal. Siempre nos quedará Suráfrica.

Juan Carlos Monedero es profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid

Ilustración de César Vignau

La Transición contada a mis padres

28 abr 2010
Compartir: facebook twitter meneame delicious
Etiquetas: , ,

JUAN CARLOS MONEDERO

04-28.jpgA la memoria de Pepín Vidal Beneyto

Mil veces oímos una petición de silencio que hoy resuena con cuento de furia y ruido: “Abuelo, deje de contar batallas”. Ignoraban los guardianes de los tiempos apacibles que la verdadera batalla no era esa que los viejos apuntaban. Era otra, apenas susurrada, que se contaban a ellos mismos en un silencio de décadas, con complicidad de café, trinchera y cuitas compartidas. “¡Deje de contar batallas, abuelo!”. Y los apaciguadores, al tiempo, contaban incontables veces su cuento incontinente: “La democracia nos la inventamos nosotros”. Lo dijeron, lo escribieron, lo repitieron, lo exportaron y, quizá –sólo quizá–, hasta se lo creyeron. Sociólogos corrieron a decir que antes de la Transición no hubo democracia y que, de pronto, ya éramos iguales al resto de Europa; filósofos cambiaron panfletos contra el todo por panfletos por lo que me caiga; historiadores oficiales dieron el pasado como inocuo pasto abierto sólo a anticuarios; sabedores de la política hicieron taxonomías borgianas para que encajara la democracia con un campo sembrado de fosas comunes y desmemoria; matemáticos trazaron la topología que permitía transitar en vez de retornar a la democracia perdida; periodistas y filólogos encontraron en el decir “consenso” una palabra mágica que contentaba a tirios y troyanos (a unos porque no cuestionaba ningún fruto de su victoria; a otros, porque les entregaba una excusa perfecta para explicar por qué eran tan vociferantes y tan poco consecuentes). Burlón este espíritu de la Transición democrática.
La Transición redujo la explicación dolida del pasado a un problema de derechos humanos. En la distancia, todos somos bienintencionados. Por eso era relevante explicar aquella época como una locura colectiva fruto del calor y los tiempos duros. Otras explicaciones sacan el hilo al ovillo y llegan hasta palacios reales, catedrales, cámaras bancarias y mansiones donde siguen los que nunca se fueron.
Recuerdo de la madre. Hija robada por la posguerra a un herrero anarquista –linchado cabeza abajo, colgando de un olivo, por el jefe de Falange, luego alcalde del pueblo–. Nueva vida en Madrid. Pudo estudiar. Su colegio tenía dos puertas, una principal para las niñas ricas y otra lateral para las hijas de la caridad. Recuerdo a la madre subiendo, junio de 1977, la calle del colegio donde estudiaban sus hijos. A suplicar un precio en los caros ejercicios espirituales. Carteles electorales en las paredes. Entendí cuando el cura afirmó: “Si no podéis permitíroslo, buscad otro colegio”. El franquismo fue una dictadura de clase. Pero nunca acepté el tuteo arrogante a la madre derrotada. Porque los mataron mil veces. En aquellos años de la guerra y la posguerra, y también en cada humillación, durante cuatro interminables décadas (las cartas que llegaron y las que no llegaron; compartir mesa con el verdugo; suplicar trabajo o limosna de lo que fue el propio patrimonio; los labios mordidos; pisar el suelo donde reposan los abandonados; las placas santas ensalzando al sayón; la impunidad de los togados, los purpurados, los condecorados; el interminable usted no sabe con quién está hablando…).
“Con la Transición, los demócratas vencimos”, y le cargaron al búnker toda la memoria del franquismo. Derrotado el búnker, derrotado el franquismo. ¿Un nuevo inicio? ¿Sin restitución? Hasta que un juez quiso llevar a juicio aquella etapa y se cayeron las caretas. El juicio al franquismo ha separado a los demócratas gratuitos de los demócratas con todas las consecuencias. “Las virtudes de la Transición son los vicios de la democracia” se reescribe: “Los vicios de la Transición son los vicios de la democracia”. Un sistema electoral indigno; Bartolín llamando a la Guardia Civil desde un maletero porque lo había secuestrado ETA. Cospedal y la Caudillesa gritando ¡golpe de Estado! por una reunión política en sede universitaria; un juez escondiendo residuos franquistas bajo alfombras progresistas; el filósofo de la ética para adolescentes recibiendo el premio literario más amañado de la historia de los premios; el ministro de Información de Franco, el que afirmó tras el asesinato en la Puerta del Sol de Julián Grimau que ese “caballerete” merecía morir, redactando la Constitución de la democracia que apuntaló a un rey de origen franquista, a comisarios de origen franquista, a catedráticos de origen franquista, a periodistas de origen franquista e, incluso, a franquistas de origen franquista. Ahí reposa nuestro miedo. Franco es más peligroso muerto que vivo. Vivo por lo menos se le veía venir.
Dudo de que la Transición hubiera podido ser radicalmente diferente. En 1973 fue el golpe contra Allende. Unos meses después, la Revolución de los Claveles alertó a los guardianes de la guerra fría. Y 40 años de exilio, represión y miedo. Lo reprochable es la falta de honestidad de sus voceros. No decir: “Hicimos lo que pudimos, lo que nos dejaron, lo que nos atrevimos”. Esconderlo tras “nos corresponde la mayor hazaña democrática de la historia de España”. Una Transición perfecta que no deja entender una democracia tan imperfecta.
Lo han tenido que recordar desde fuera: aquí hubo un propósito de genocidio. Hubo guerra porque los franquistas, aun ayudados por Hitler y Mussolini, no tuvieron la fuerza suficiente. Cuando ganaron, la intención genocida se consumó. Hoy se siguen repartiendo culpas con la excusa de la guerra. Para una lectura democrática, los luchadores por la República dieron todo para frenar el genocidio. Y los olvidamos.
Por eso, abuela, abuelo, perdonad por lo que no os dejaron hablar en estos años. Y contadme otra vez, desde el principio, todas aquellas batallas.

Juan Carlos Monedero es profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid

ILustración de Federico Yankelevich

Antes de que se vayan todos

14 feb 2010
Compartir: facebook twitter meneame delicious
Etiquetas: , ,

JUAN CARLOS MONEDERO

02-14.jpgContaba Jesús Ibáñez la historia de un monje zen que quiso dar la última lección a su discípulo. Después de años aprendiendo a diferenciar entre la verdad y la mentira, el aprendiz llegó a la sala de meditación y vio cómo el maestro ponía una vara sobre su cabeza. El anciano habló: “Si me dices que esta vara es falsa, te daré con ella en la cabeza. Si me dices que es verdadera, te daré con ella en la cabeza. Si guardas silencio, te daré con ella en la cabeza”. El miedo se abatió sobre el joven monje. No tenía mucho más remedio que asumir el golpe. La cercanía del castigo, la certeza de que la sentencia dependía de su respuesta y la propia sorpresa lo postraron a los pies del maestro en una actitud de total sumisión.
Una estaca pende sobre la cabeza de los que vivimos en este país interrogado que llamamos España. Nuestra sala de meditación muestra, por un lado, melancolía, miedo, resignación y frustración. Son los que esperan el golpe. Por otro, rabia, odio, oportunismo y seguridad. Son los que creen en las bondades del castigo. El bastón está firme en las manos de los respectivos maestros. Lo son precisamente por tenerlo en sus manos. Arrodillados, esperamos el castigo.
En el mismo momento en que se discute que los trabajadores tienen que alargar su vida laboral, cuando cobrar una pensión será más dificultoso o habrá que pagar más por los servicios, conocemos que un banco ganó casi 9.000 millones de euros. Los mismos que remuneran los depósitos con intereses que apenas cubren la inflación, que han sido inflexibles con los que no han podido cubrir las hipotecas, los mismos que han justificado con la crisis la necesidad de aumentar los costos de la intermediación bancaria o despidos de trabajadores, los que han negado créditos a pequeños empresarios que se la jugaban todo en ese préstamo, resulta que han vuelto a repetir resultados espectaculares. Menos mal, nos dicen. De lo contrario, sería aún peor.
Al tiempo que observamos cómo la cifra de parados supera los cuatro millones de almas, cuando un millón ya no recibe ningún tipo de ayuda, vemos acuerdos secretos entre partidos para repartirse el botín de la gerencia de una gran caja de ahorros, enredos apenas clarificados gracias a un oportuno micrófono abierto que ayuda a diferenciar entre hijoputas del mismo grupo de presión y adversarios ideológicos de lo que, al fin y al cabo, parece ser también el mismo grupo de presión, eso sí, presentados en diferentes envoltorios que garanticen que, en cualquier caso, el resultado no tendrá sorpresas.
Los trabajadores ven endurecer sus condiciones laborales, y el presidente de la patronal, todo un dechado de virtudes, insiste sin que le tiemble la voz en que la solución no pasa por que los empresarios paguen impuestos, cumplan sus compromisos o contraten y facturen legalmente, sino por acercar las condiciones laborales a las de hace un par de siglos.
Un presidente regional dice que hay que mover el Gobierno de Zapatero, eso sí, después del semestre europeo –cuyo éxito medimos por la cercanía del beso de Obama a la comisura de los labios de la vieja Europa– y la intelectualidad guerrista propone una grosse koalition entre el PSOE y el PP como particular estrategia para que parezca que todo cambia sin mudar de sitio.
España, dicen los eternos sabios
–los mismos que han hundido la economía mundial pero tienen la virtud de gozar de frágil memoria– está en riesgo. La vara pende sobre nuestras cabezas. Cualquier persona responsable sabe que no se puede hacer nada. ¡Son los datos, estúpido! Negar la complejidad de los problemas es una frivolidad. Los partidos políticos nos recuerdan la necesidad de ser responsables: esto es lo que hay. La lógica del sistema no permite cambios sencillos.
La Constitución de 1978 reforzó a los partidos en un país que salía de un régimen donde ser demócrata era delito. Los partidos políticos suelen ser heroicos en la clandestinidad y, con frecuencia, vulgares en la legalidad. La gobernanza, esa nueva palabra que quiere lavarle la cara a la malhadada gobernabilidad, asume el descrédito de los partidos y la dejación del Estado social e invita a la sociedad civil a gestionar lo público. Pero ningún individuo, ninguna ONG o movimiento social tiene los recursos y habilidades de lobbies y grandes empresas. Se acerca el golpe de la inevitable vara.
¿Todo es muy complicado? De acuerdo. Busquemos entonces cambios complicados. Complicados de verdad. Compliquemos esta lógica política que nos ata de pies y de manos. El “que se vayan todos” puede formar pronto parte de nuestro paisaje político. Un verdadero problema. Y hay muchas razones para perder el respeto a nuestros partidos políticos. El conservadurismo hispano, fiel a sus intereses, a sus odios bien construidos, al regalo, único en Europa, de haberles permitido ser demócratas sin haber sido antifascistas, se mueve con soltura en la sala donde la amenaza del castigo sobrevuela nuestras cabezas. Improvisaciones, mentiras, ocultamientos de otros sectores les ayudan. Va siendo hora de levantar todas las caretas.
En el salón de la meditación, el aprendiz titubea. Ante tamaña disyuntiva, la única solución pasa por quitarle la vara al maestro y dictar nuevas reglas. Sin nuevas normas, sólo resta esperar el golpe. “Cuando algo es necesario e imposible –decía Ibáñez–, hay que inventar otra dimensión”.
En democracia, los partidos políticos son necesarios. Pero cada vez es más evidente que no necesitamos diferentes combinaciones de los mismos partidos, sino, precisamente, otros partidos políticos. A poder ser, un poco antes de que se vayan todos.

Juan Carlos Monedero es  profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid

Ilustración de Jordi Duró