Publicidad

Dominio público

Opinión a fondo

Educación, crítica, democracia

15 ene 2009
Compartir: facebook twitter meneame delicious

 JUAN MANUEL
ARAGÜES ESTRAGUÉS

educacion-critica-y-democracia-ok.jpg

Las movilizaciones contra el plan de Bolonia pueden servir de contexto para una reflexión en torno a un tema tan recurrentemente controvertido como es el de la educación. Un primer elemento de reflexión nos lo aporta el hecho de que la educación sea un tema “recurrentemente controvertido”, cuando, si en un campo debiera propugnarse un acuerdo social duradero, es en este. Quienes procedemos de la enseñanza secundaria hemos sufrido en nuestras carnes la constante modificación de las leyes educativas en función de las orientaciones del Gobierno de turno, modificaciones que han conducido a una sensación de precariedad y volatilidad que en nada ha sido beneficiosa para el desarrollo de la función docente y que, por tanto, ha redundado de manera negativa en el alumnado. La educación se ha convertido en un caballo de batalla más entre los dos partidos mayoritarios, siendo su principal víctima la propia educación.
Resulta evidente que el sistema autoritario, jerárquico y memorístico de la época de la dictadura exigía una profunda reforma. Sin embargo, y es lo que aquí quiere subrayarse, las propuestas que han venido de posiciones supuestamente progresistas han producido resultados nada acordes con los valores que se decía defender. Y Bolonia puede ser vista como un hito más en esta cadena, en la que objetivos progresistas (crítica, participación, autonomía) pretenden ser alcanzados a través de unos métodos radicalmente formales y abstractos
–fruto de la psicopedagogía ambiente–, que acaban consiguiendo los efectos contrarios a los deseados.
Buena parte de las reformas aplicadas tanto en el ámbito de la secundaria como de la Universidad abogan, como objetivo no desdeñable, por la producción de sujetos participativos, activos, capaces de tomar en sus manos su propio futuro. Nada más atractivo desde una posición progresista. Sin embargo, esa misma participación que se reivindica como objetivo es negada en el proceso de gestación, debate e implantación de dichas leyes. Bolonia es expresión paradigmática de un proceso en el que la implantación de los grados se realiza de una manera tan precipitada, al menos en mi ámbito, que impide cualquier tipo de debate serio. Si tan beneficiosa es Bolonia, ¿por qué ese miedo a debatir, a ajustar los plazos para un verdadero debate social?
Esa participación se sustancia también, y bienvenida sea, en el marco docente. El alumnado ya no debe ser una materia inerte que recoge lo que el profesorado vomita desde la tarima, sino un sujeto activo en el acceso al conocimiento. Por ello, se le deben enseñar técnicas de acceso al conocimiento, de aprendizaje cooperativo. Sin embargo, en este país de extremos –que se tocan, en este caso–, este discurso viene acompañado de una desvalorización de la función docente, en la que el profesor se convierte en una especie de guía, un Sócrates redivivo, que no enseña, sino que acompaña en un proceso de aprendizaje en el que la carga queda de parte del alumnado.
¿Y por qué se entiende tan negativo que si el profesorado posee un conocimiento gestado a lo largo de muchos años de trabajo lo transmita directamente al alumnado? Comprendería que si el profesor es un mero reproductor de manuales se le coloque celo en la boca, pero dudo de que este modelo de profesor sea tampoco muy útil en cualquier otra tarea. Ahora bien: si las clases, como debe ser, son el resultado de la síntesis de decenas de monografías que el alumnado no podrá leer a no ser que decida especializarse en esa materia concreta, ¿dónde está el problema de la difusión del conocimiento? En esa dirección, la glorificación de las nuevas tecnologías no es sino uno más de los juicios en abstracto que se convierten en dogma de fe. No cabe duda de que dichas tecnologías se han convertido en un fantástico instrumento, pero un instrumento que no tiene por qué despreciar otras herramientas útiles y que, por otro lado, también posee sus zonas oscuras. Como toda herramienta, depende de su utilización, de su práctica, no de su consideración abstracta.
Se busca, desde esa perspectiva, la autonomía del alumnado. Estupendo, el buen alumno es aquel que no se contenta con lo que se le da, sino que toma la iniciativa en su proceso formativo. Pero autonomía no es decirle al alumnado lo que tiene que hacer: dos conferencias, diez horas de biblioteca, tres tutorías… Eso, más bien, es la más radical heteronomía, la tutela constante que hace al alumno más dependiente, pues ya decidimos nosotros por ellos qué es lo que deben hacer. En suma, una prolongación de la infantilización que tanto la sociedad como la propia enseñanza en sus niveles previos ha incentivado. Autónomo es el que decide ir a una conferencia porque tiene interés, la que navega por Internet para ampliar sus conocimientos, quien acude al profesor para pedir bibliografía adicional, no el que realiza todos estos gestos porque viene estipulado en un papel. ¡Si Kant levantara la cabeza, lanzaría la Crítica de la razón práctica a la cabeza de quienes adulteran de este modo el concepto de autonomía!
Por este motivo, cuando se habla de actitud crítica no se puede sino estar de acuerdo, pero se adivina que el camino no lleva a ese resultado. La tendencia psicopedagógica a valorar más los procedimientos y actitudes que los conocimientos en sí socava la posibilidad de crítica. Quiero decir que se puede debatir mucho de un tema, pero, si no se parte de un conocimiento razonable del mismo, el debate resultará estéril. Para ser crítico es preciso estar informado, poseer conocimiento, y es una tendencia común en el conjunto de Europa el descenso del nivel de exigencia como instrumento de superación del fracaso escolar. Es la propia administración educativa la que exige a los centros la no superación de determinados porcentajes de suspensos, cuya responsabilidad se tiende a colocar del lado del profesor (métodos inadecuados, excesiva exigencia). El igualitarismo, otro concepto abstracto convertido en tótem, ha sido, en su práctica, leído a la baja y no al alza.
Por concluir, la duda que se suscita es si este proceso de deterioro de la enseñanza es fruto de una bienintencionada mala gestión o una estrategia tendente a la laminación de sectores críticos. En cualquier caso, si la educación continúa, exclusivamente, en manos de expertos cuyo contacto con la docencia es mínimo o de una casta política sistémica más atenta a las controversias de partidos que a la Política con mayúsculas, nos veremos condenados a que la educación continúe en el estado de desprestigio que actualmente sufre. Trasvasar experiencias fracasadas de la secundaria a la Universidad no parece, desde luego el camino más adecuado. Acaso esa participación democrática y crítica de la que tanto se escribe, pero que luego se impide, pudiera ser una de las salidas.

Juan Manuel Aragüés Estragués es Profesor titular de Filosofía
en la Universidad de Zaragoza

La agonía de Izquierda Unida

26 ago 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious
Etiquetas:

JUAN MANUEL ARAGÜES ESTRAGUÉS

dominioiu.jpg Quedan lejanos los tiempos en los que una incipiente Izquierda Unida comenzaba un caminar lento pero firme en la política española. Ya casi no se recuerdan aquellos momentos en que decir Izquierda Unida era sinónimo de ilusión, de frescura, de algo diferente que venía a abrir la esperanza obturada por las políticas del PSOE. Todo aquello se truncó como se truncan estas cosas: a través de la lucha política.

La potencia política de IU comenzó a resultar peligrosa –no hay más que recordar los editoriales del ABC de la época– pues podía convertirse en piedra de toque de la política española, papel que en la Transición se había reservado a la, valga el pleonasmo para entendernos, derecha nacionalista. Era necesario acabar con IU. Y muchos se aplicaron a la tarea. La campaña de descrédito realizada desde numerosos medios de comunicación fue brutal, especialmente contra Julio Anguita. En algún editorial de prensa presuntamente progresista, se le llegó a calificar, a un mismo tiempo, de estalinista y de cursi, y se describía, con los tonos más dramáticos, los conflictos internos. Quienes asistíamos a las reuniones internas pensábamos haber asistido a reuniones diferentes a las que se describían en los medios. A ello se unió el eficaz trabajo de erosión interna desempeñado por un grupo de militantes, agrupados bajo la denominación de Nueva Izquierda, cuyos dirigentes posteriormente han visto recompensado su trabajo con cargos de alta responsabilidad
en el Estado o en el PSOE.

Si a todo esto unimos los evidentes errores de gestión que cometimos en aquellos años, las dificultades de un proyecto como IU, que pretendía una experiencia política de nuevo cuño basada en la elaboración programática colectiva y que quería dar cabida en su seno a muy diferentes tradiciones políticas y sociales, y la adversa coyuntura internacional, puede decirse que Gaspar Llamazares recibió una organización profundamente tocada y que quien suceda a Gaspar en la próxima asamblea recibirá, ya, una organización agonizante.

Izquierda Unida se muere. Sólo un milagro, bajo forma de una decidida acción política unitaria de quienes formamos parte de la misma, puede evitar el desenlace. Izquierda Unida se muere, pero su cura, paradójicamente, podría resultar sencilla. Muchas veces, los árboles no dejan ver el bosque. Izquierda Unida surgió sobre una base unitaria: un programa político común. Esa era la clave de bóveda o el pedestal que debía servir de mínimo común denominador de la organización en su praxis. Un programa de mínimos que permitiera encontrarse a comunistas, socialistas, libertarios, feministas, ecologistas y los muchos istas que surcaban IU (quiero dejar claro que excluyo intencionadamente un ismo, el nacionalismo, pues creo que una organización federal e internacionalista no puede nutrirse de ese ismo, no puede dar carta de naturaleza de izquierda a un nacionalismo cuyas derivas fascistas, en el caso del País Vasco, son un hecho). Programa de mínimos, efectivamente, pero que trasladado a la política cotidiana se convertiría en un programa de máximos. Quiero decir que la aplicación de ese programa de mínimos a la política española ya supondría de por sí una revolución.

¿Qué parte de ese programa de mínimos hemos conseguido que se desarrollara? Apenas nada, dada nuestra escasa influencia. Es decir, que lo que debería ser nuestra seña de identidad, actualizado y vuelto a hacer colectivo, continúa teniendo vigencia, y podría convertirse de nuevo en factor de unificación interna. Sin embargo, la perniciosa dinámica que arrastra a la organización desde hace años ha viciado hasta tal punto el ambiente que da la impresión de que sólo quienes lanzamos con cariño y desasosiego, desde los aledaños de IU, la mirada hacia dentro percibimos las posibles soluciones. Dentro se continúa esa perversa danza de sectores en la que los peones van saltando, unos más que otros, de posición en posición en función de intereses que poco parecen tener que ver con lo que pretende el proyecto de IU.

En estos momentos, IU no está inmersa en una lucha política, sino en una descarnada lucha de poder. Ciertamente, puede haber matices en las políticas o en algo tan sensible en IU como la política de alianzas, pero las diferencias no justifican el grado de enfrentamiento. Parece, precisamente, que esa política de alianzas esté en la base de posiciones irreconciliables. Sin embargo, quienes han dirigido la organización en esta legislatura desde posiciones de confluencia con el PSOE fueron, en otro tiempo, opositores encarnizados al PSOE; del mismo modo, quienes aborrecen esa política de cercanía han defendido candidaturas conjuntas al Senado…

IU se muere. Es preciso aplicarle una terapia programática, darle la medicina que ella misma ha recomendado como medio de regeneración de la política. Y para su aplicación es preciso una política de alianzas en la que lo táctico, lo inmediato, no desvirtúe el proyecto, la estrategia, pero, al mismo tiempo, en que la estrategia no imposibilite la influencia de IU en la política cotidiana. Es evidente que IU no puede aspirar a ser hegemónica en estos momentos y que su única opción es influir en los diferentes niveles de gobierno para propiciar políticas de izquierda. No se trata de renunciar a los contenidos políticos fundamentales de IU, sino de actuar con el suficiente pragmatismo como para influir, sin perder nuestro carácter alternativo. Lo podríamos calificar de realismo utópico o utopismo realista; es decir, intervenir en el ahora sin perder la mirada de futuro. No digo que sea fácil, pero es la opción que se debe trabajar para no diluirnos en el PSOE con una política de subalternidad y para no perder la ocasión de influir en la política cotidiana. La política es hija de las coyunturas e IU debe hacerse, de una vez, mayor y no temer dejar de ser quien es por tácticas políticas concretas. Pero ¿de qué hablo, si nos estamos muriendo?

JUAN MANUEL ARAGÜES ESTRAGUÉS es ex secretario General del Partido Comunista de Aragón 

Ilustración de IVÁN SOLBES