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Dominio público

Opinión a fondo

Neoliberalismo y conservadurismo

11 ene 2008
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JUAN TRIAS VEJARANO

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Neoliberalismo y conservadurismo aparecen asociados desde el acceso al gobierno de Reagan y Thatcher, que constituye su primera plasmación institucional, y lo continúan estando en la actualidad. Sin que postulemos una unión necesaria, creemos que su coexistencia es algo más que ocasional, pues, en nuestra opinión, las políticas neoliberales, por los efectos sociales de desarticulación que producen, requieren políticas conservadoras como nueva argamasa de cohesión.

Cuando hablamos de conservadurismo o neoconservadurismo no nos reducimos al plano de las políticas autoritarias, represivas, que no son más que la manifestación de un fenómeno más general. Pensamos en un campo que abarca valores, actitudes, etc. Veamos lo acontecido en el ámbito religioso. Cuando se habla del auge de la derecha cristiana en los Estados Unidos, se olvida que lo mismo es predicable del catolicismo. La década de 1960, una década denigrada por los conservadores actuales, fue una época de avance en la liberación en el terreno cultural. Por lo menos en Occidente, la emancipación de la mujer, la permisividad, dio pasos considerables. En la iglesia católica, en los mismos años, impulsado por Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, se dio una notable apertura en todos los campos.

La subida al papado de Juan Pablo II, que coincide en el tiempo con la llegada de Reagan y Thatcher, marcó un giro considerable tanto en el terreno político como en el moral, un acento conservador que en aspectos esenciales es paralelo al de los dos políticos mencionados: cruzada anticomunista, condena de los movimientos de liberación, exaltación de la familia, de la moral tradicional, estigmatización de las conductas permisivas. En estos puntos, Benedicto XVI no ha hecho sino seguir los pasos de su predecesor, en cuya política colaboró activamente.

El proceso de conservadurismo del catolicismo en las últimas décadas se ha dado claramente en el español, acentuado hoy en las orientaciones de la inmensa mayoría del episcopado con sus cardenales a la cabeza, con sus continuados ataques y manifestaciones contra el Gobierno del PSOE, que culminaron en la concentración en Madrid del último domingo del año 2007, acusándole de atacar a la Iglesia (¡), de destrucción de la moral y de la familia, de favorecer la descristianización de España. La involución del catolicismo español, que se manifiesta en la proliferación de movimientos de base de índole conservadora, que se hicieron presentes en la concentración del 30 de diciembre, sigue la pauta marcada desde el Vaticano, a la que ha impulsado la política de nombramientos episcopales realizada desde el papado de Juan Pablo II y seguida por su sucesor. De nada valen ni la moderación de algunos obispos ni la benevolencia del Gobierno en la enseñanza concertada y en materia de subvenciones.

Las palabras de los cardenales de Madrid, Valencia, Toledo, poniendo en cuestión el Estado laico y democrático nos devuelven a los tiempos del nacionalcatolicismo, a la iglesia tridentina; parece como si la Iglesia española, pasado el sarampión del Concilio Vaticano II y las incertidumbres de los últimos años de la dictadura y de la transición, quisiera recuperar la posición que ganó con el franquismo, de ser la guía de la moral del país, asumiendo la misión de hacer tabla rasa del proceso de laicización y de autonomía de la conciencia.

Hay otros registros del neoconservadurismo que conviene no olvidar, como son el cuestionamiento de los valores cívicos a favor de un patriotismo de cuño tradicional. En el caso de España, ha supuesto el ataque contra la nueva asignatura de educación para la ciudadanía con sus valores de laicismo, tolerancia y pluralidad, mientras se ha defendido el valor de la religión en el expediente académico en concordancia con las posiciones del episcopado. Y, por otro lado, una exaltación de un patriotismo español que pone en entredicho cualquier manifestación de la España plural y lleva a la denuncia de cualesquiera políticas que pretendan avanzar en la articulación territorial.

La concordancia de neoliberalismo y neoconservadurismo se ejemplifica máximamente en España en las comunidades que se han convertido en los baluartes del Partido Popular. Tal es el caso de Madrid. Esperanza Aguirre es una de las más extremas defensoras de las políticas neoliberales en el seno del PP; lo ha demostrado en su gestión al frente de la Comunidad en materia de sanidad y enseñanza, minando la titularidad pública de las mismas, a favor de la gestión privada; la principal beneficiaria de la escuela concertada es la católica. Y es notorio que la TV autonómica se ha convertido en la gran propagandista de las concentraciones y manifestaciones de la Iglesia y de otras instituciones de carácter conservador, otorgándoles una difusión masiva a través de su canal.

Por todo ello, no debe reducirse el conservadurismo o neoconservadurismo a las políticas represivas en el estricto sentido de la expresión. Éstas forman parte de su arsenal, pero se completan con la vuelta a valores tradicionales. Volviendo a las conexiones entre neoliberalismo y neoconservadurismo se puede apuntar que en una sociedad en la que el neoliberalismo predica en el terreno económico un individualismo a ultranza y la competitividad al máximo, en la que se debilitan los mecanismos e instrumentos de solidaridad, se busca obtener la cohesión invocando los viejos valores patrióticos y religiosos.

Juan Trias Vejarano es profesor emérito de la UCM

Ilustración de Patrick Thomas

Imágenes de España desde la derecha: de Castilla a Madrid

29 nov 2007
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JUAN TRÍAS VEJARANO

29-11-07.jpgSi en una literatura de honda raigambre histórica y que contó en el siglo XX con numerosas expresiones se identificó a Castilla con España, parece producirse hoy un desplazamiento a favor de Madrid de esta significación, en la mente de portavoces destacados de la derecha española. En las raíces de este hecho están, en nuestra opinión, una serie de fenómenos de índole socioeconómica, que conciernen a la relación entre Castilla y Madrid, al peso adquirido por la capital y a cambios en su perfil profesional. Son estos fenómenos, así como factores políticos, los que explicarían el citado desplazamiento.

A partir de mediados del siglo XX se inician unos procesos socioeconómicos que comenzados en el franquismo se consuman en la época de la democracia. Nos interesan aquí los que afectan a las dos mesetas, la Castilla histórica, y a Madrid. Hoy en día es visible el desequilibrio demográfico entre la Comunidad de Madrid, que se constituye en una región metropolitana, y las comunidades de Castilla y León, Castilla-La Mancha y Extremadura; la primera sobrepasa en población a la suma de las otras tres; es un centro de máxima densidad poblacional rodeado de una gran mancha de mínima. El fenómeno demográfico es la traducción de cambios relevantes en el peso de los diferentes sectores productivos así como de procesos de centralización económica.

Desde el punto de vista económico, Madrid no es sólo la capital política del Estado, sino su capital financiera; es la sede de las grandes corporaciones nacionales y de las delegaciones de las transnacionales, aunque en algunos casos la sede oficial de las primeras se mantenga en sus ciudades de origen. La capitalidad financiera se traduce en el peso en su tejido productivo del sector servicios, de los trabajadores de cuello blanco de las oficinas, en detrimento del estrictamente industrial; es cierto que existe en Madrid un proletariado de la construcción y de los servicios sin cualificación, pero éstos están constituidos mayoritariamente por emigrantes.

Madrid espejo y adelantada de España. Tal es lo que se podía deducir de las manifestaciones con las que el PP expresaba su alegría por los resultados obtenidos en la ciudad de Madrid y en la comunidad que lleva su nombre, en las elecciones municipales y autonómicas de la pasada primavera. Había varias muestras de ello, visibles en la noche electoral. Que el PP hubiese obtenido mayor número de votos en las municipales que el PSOE, la importancia del triunfo en la Comunidad Valenciana, cedían el paso, en las declaraciones de los dirigentes nacionales y madrileños presentes en el balcón de la sede central del partido, a la relevancia que se otorgaba a las victorias en la capital y en la Comunidad de Madrid, como signo anticipador de lo que iba a acontecer en las próximas generales. Otros datos venían a confirmarlo. Entre los manifestantes de la calle Génova, las banderas que ondeaban eran las españolas y las del PP con ausencia de la de la Comunidad, muestra del significado que se otorgaba a la victoria: el triunfo del PP en Madrid era el del partido de la unidad de España, de la que su capital se constituía en cifra y símbolo, frente a las supuestas vacilaciones del PSOE.

Más atrás en el tiempo, en el inicio de la campaña electoral, en el mitin celebrado en la plaza de Colón, Esperanza Aguirre evocaba el rotundo triunfo en la copa del Rey del Getafe frente al Barça con un énfasis que traslucía el sentimiento de una victoria de un equipo de Madrid, representante de la unidad de España, frente a uno de la Cataluña vacilante en su identidad española. Este significado otorgado a Madrid en contraposición a Barcelona se manifestó con ocasión del traslado a Barcelona de la sede de la Comisión del Mercado de Telecomunicaciones, y de la OPA de Gas Natural frente a Endesa, en la que, por parte de algunos, se veía el control por el capital catalán de una empresa del fundamental sector energético, una desespañolización. También en el campo de fútbol del Real Madrid, las banderas que ondean son las españolas, no las de la
Comunidad de Madrid.

Por otro lado, Madrid se ha convertido en el principal escenario de las grandes manifestaciones de la derecha. Se ha dado en los últimos tiempos una ocupación de las calles madrileñas por parte de ésta, que contrasta con lo que había sido la pauta desde la época franquista hasta las grandes manifestaciones a favor de la paz de principios de los dos mil.

Ante estos hechos, es comprensible la euforia del PP. Es cierto que para ganar una elecciones y acceder al Gobierno lo que cuenta es el número de diputados. Madrid es el escenario de las grandes celebraciones y manifestaciones, pero su peso electoral no corresponde a su potencia económica y demográfica. El número de diputados elegidos en la circunscripción de Madrid es de 35, frente a los 63 de Castilla-León, Castilla-La Mancha y Extremadura, es decir, una diferencia de casi la mitad cuando la población de la primera sobrepasa la de las segundas. El concurso de las comunidades de la vieja Castilla, de las que proceden buena parte de los actuales madrileños y en las que más receptividad puede encontrar el discurso español, ya sean gobernadas por el PP o lo sean por el PSOE (recuérdense las posiciones de Rodríguez Ibarra y Bono frente el estatuto catalán), es necesario. Madrid es vocero, faro de España, pero precisa que a su voz acompañen las voces de las que más se identificaron históricamente con España.

A la luz de lo expuesto resalta la importancia de la recuperación de Madrid y su comunidad por parte de la izquierda, no sólo electoralmente sino en la calle, respondiendo a una tradición que hizo de Madrid la capital de la resistencia democrática antifascista.

Juan Trías Vejarano es profesor emérito de la Universidad Complutense de Madrid

Ilustración de Iván Solbes