
JUANA SALABERT
Asfixiada por la crisis y por los desbarajustes provocados por esos mismos “mercados” a los que la mayoría conservadora de la UE –dirigida por la Alemania de Merkel– permite imponer “ajustes” letales para el Estado del bienestar, Europa incuba de nuevo su nidada ideológica más peligrosa.
Convenientemente “remodelada” para el gusto mediático de los tiempos, la electoral estrategia de la araña ultraderechista europea pasa por recabar los apoyos más dispares o disparatados mediante mensajes de hondo calado emotivo en momentos de malestar social y de torpe y egoísta acobardamiento ante las incertidumbres inmediatas.
De hecho, el Frente Nacional (FN) que la francesa Marine Le Pen heredó de su padre, antiguo editor musicográfico de marchas nazis, pesca en la estela de Doriot –el excomunista luego reconvertido al colaboracionismo pétainista-hitleriano– provechosos votos en muchos de los antiguos caladeros del Partido Comunista Francés (PCF).
La repugnante y sórdida raigambre de antaño, históricamente ducha en su búsqueda de chivos expiatorios, resurge disfrazada de “alternativa” que apela a lo “identitario” en el continente donde la acosada Grecia que tanto amó Lord Byron ya casi no tiene quien la defienda. Porque, en las crisis, la masa electoral suele votar, de manera reiterada y suicida, a las derechas desreguladoras y sus especulativas apuestas por la tierra enladrillada y los “bonus” prometidos a sus mejores tahúres, en paralelo a las supuestamente “inevitables” medidas de recorte a la estupefacta mayoría.
En nuestro continente, de reciente memoria aciaga y largas luchas por la libertad y los derechos civiles, urge que el pensamiento de izquierdas y la Internacional Socialista salgan analíticamente de sus impuestas miras cortoplacistas. Y de ciertos errores biempensantes, pagados muy caro, acerca del “relativismo cultural”, concepto oriundo en la tan distinta experiencia estadounidense y ahora utilizado por algunos, mitra y misal en mano, en su lucha contra los principios democráticos de 1789 y los fundamentos laicistas, tildados por ellos –precisamente por ellos, reaccionarios y antisemitas históricos– de fundamentalistas.
En esta coyuntura, hemos de repensar las variantes del mundo si no queremos que el nuestro, ya tan precario e industrialmente deslocalizado, se tercermundialice a pasos de siete suelas y deje despejado el terreno a los tamborileros populistas, siempre prestos al asalto en las encrucijadas virtuales y reales.
España es en este sentido, aparentemente, una excepción. Sin duda, porque aquí el ultraderechismo sociológico de nostalgias franquistas practica el voto útil al PP, a la vez que, con sus salidas de tono –propias de quien proviene de determinado eje y de ciertas tradiciones–, descentra la posibilidad de un conservadurismo verdaderamente alejado de sus raíces ultramontanas. En nuestro país, las xenofobias pasean relativamente camufladas… de momento.
Al revés que Francia; la antaño resistente Dinamarca que hoy blinda sus fronteras en abierto desprecio al Tratado de Schengen; la Flandes del Vlams Belang de masivos apoyos electorales, cuyo grito de guerra es “België Barst” (“que se hunda Bélgica”), o el austriaco FPÖ, reivindicador de señas de identidad nazis que utilizó obscenamente la imagen del Che para el agit-prop de su campaña juvenil, España parece indemne a la marea neofascista.
Pero ¿por cuánto tiempo? Se empieza por desdeñar el estudio de la historia, de la memoria democrática, en beneficio de un primario “conocimiento del medio”, y se terminará por admirar el lucrativo “triunfo de la voluntad” de gentes como Thilo Sarrazin, el destituido directivo de la Bundesbank, enriquecido gracias a un mediocre best seller sobre la supuesta destrucción de su país por obra de “los extranjeros”.
La España de la gobernanza religiosa y un modo de vida que sigue imponiendo funerales de Estado católicos –no laicos o siquiera ecuménicos– tras las desgracias colectivas alude agresiva y bochornosamente a sus peores “esencialidades”.
Y en el Este desdichado se reivindica, como cuestión “nacional”, a asesinos pogromistas como el atamán Petliura y su cohorte de criminales “blancos”, hoy recuperados allí con todos los honores por haber combatido, no precisamente por la libertad, a “rojos” que luego fueron a su vez aniquilados por la vorágine paranoide y reaccionaria de Stalin, exsoplón de la Ojrana.
Entretanto, la candidata Marine Le Pen usurpa ante los medios “los valores de la República” que hace poco expulsó, ignominiosa, de su “cuerpo natural” a los gitanos rumanos; Italia aguanta a sus no tan dementes herederos de Mussolini; la ultraderecha finlandesa se convierte en la tercera fuerza política del país con un 19% de los votos, y nosotros, todos nosotros, sólo pedimos ya no terminar como los griegos.
Los griegos que hoy sufren el mismo modelo arbitrario de “austeridad” –es decir, paro y miseria, según los expertos económicos Jacques Sapir y Bernard Conte– que el FMI impuso en los años ochenta a la América Latina de las dictaduras más feroces y obedientes durante la llamada “crisis de la deuda”. Entonces, y así quedó escrito en infames informes de la OCDE, a esa institución en absoluto inocente le gustaban los duros gobiernos dóciles y sus poblaciones atemorizadas como solvente garantía de pago al más fructífero y “renegociado” interés.
¿Vamos en esta crisis a olvidar las lecciones del ayer repitiendo errores que beneficiarán a las camadas negras europeas? Necesitamos con urgencia otro New Deal, un contrato social justo en el continente donde los “recortes” incuban el resurgir posfascista.
Juana Salabert es escritora
Ilustración de Jordi Duró
JUANA SALABERT
Vivo en un país PIGS, según la reveladora denominación adoptada por quienes, crupieres del tapete neoliberal antikeynesiano, propiciaron la crisis internacional y ahora exigen que otros paguemos el desplome a cambio de la entrega del secuestrado Estado del bienestar, al que los españoles nunca terminamos de llegar del todo. Vivo en un país bajo amenaza de los “mercados”. Y también en un continente camino a la ruina y ciertamente irreconocible por lo que a la izquierda se refiere.
¿Dónde está intelectualmente la Internacional Socialista en esta mala hora? Lamentablemente, puede que ya sólo nos quede esperar reacciones ciudadanas como la de los prestigiosos pensadores franceses que, encabezados por Askenazi y Orléan, han suscrito el manifiesto de los “Economistas Aterrados”. En ese texto abordan la fenomenología de la crisis y sus posibles soluciones, más allá de la tierra quemada impuesta al toque de queda de una Alemania obsesionada por sus fantasmas inflacionistas y del FMI, discípulo dogmático y obsequioso de teorías que confundieron la oferta y demanda de bienes productivos con el comportamiento –alcista hasta la inevitable burbuja– de los “improductivos” productos financiero-especulativos.
Pero, por si no bastase, vivo en un país anómalo que hostiga la sepultada memoria histórica de los demócratas republicanos y celebra, en muchos de sus medios de comunicación obsesionados hasta el delirio contra el acosado presidente Zapatero, un peligroso revisionismo alentado por los pseudohistoriadores y neopropagandistas del franquismo sociológico en la línea del Faurisson negacionista de la Shoah –tan aplaudido por ciertas webs islamistas– o del Nolte empeñado en exculpar al nazismo, “desideologizándolo” y expurgándolo de cuanto no fuese su “empeño antibolchevique”. Revisionismo posnazi y poscolaboracionista que ya trató de emponzoñar las universidades de los países liberados de la ocupación hitleriana, como demostró Pierre Vidal-Naquet, espléndido helenista francés de origen judío sefardí cuyos padres perecieron en las cámaras de gas de Auschwitz, en su ensayo Los asesinos de la memoria. Crisis económica mediante, los revisionistas hispánicos de recapitulado orden nuevo aducen que “no es el momento” de reivindicar cierta memoria histórica. Aseguran que seguir abriendo las fosas de los 130.000 civiles y defensores de la democracia y la legalidad republicanas asesinados en cunetas, tapias y prados le sale muy “caro” al país del ladrillo antes a precio de oro…
Un país anómalo, donde los no tan añejos e impunes crímenes contra la humanidad del franquismo son obviados de la enseñanza secundaria (Las fosas de Franco, de Emilio Silva y Santiago Macías, cofundadores de la valiente Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, ARMH, debiera ser materia aconsejada de estudio) y al juez Garzón se le inhabilita y encausa por haber pretendido investigarlos.
Un país donde en ciertas autonomías, como el Madrid de Esperanza Aguirre y antes de Joaquín Leguina –el ahora peculiar “socialista” dado a atacar a Zapatero en las televisadas mesas “camillas” de Curri Valenzuela–, se contrata a gentes como Pío Moa para que, con los impuestos de todos, adoctrinen, en neofascistas cursos de “capacitación”, a profesores sobre una guerra civil ganada por genocidas nacionalcatólicos con el apoyo de Hitler y Mussolini al ritmo del avance de la feroz guardia mora…
En este anómalo país, que no supo de rupturas y sí de rancios pactos de silenciosa Transición alcanzados bajo ruido de sables, descubrimos, tarde como siempre, que aquí los ogros tienen final feliz y vida larga. Supimos hace poco, gracias a Ricard Vinyes, Montse Armengou, Ricard Belis y Francisco González Tena, de esos 30.000 “niños perdidos” del franquismo, robados a sus madres fusiladas o presas, secuestrados en el exilio por el Servicio Exterior de Falange, de identidades, memoria y filiación cambiados, a partir del 41, en el “cuarto oscuro” del tenebroso Auxilio Social. Ahora, gracias a la ARMH y a la demanda de la Asociación Nacional de Afectados por Adopciones Irregulares (ANADIR), sabemos que el proceso de robo y tráfico de neonatos continuó hasta nuestra ensalzada Transición, cuya amnésica Ley de Amnistía y punto final permitió que en democracia se condecorase al torturador Conesa (que le cuenten, y no vía engolado serial televisivo, lo modélico del proceso a familiares y amigos de los abogados de Atocha, de Carlos González, de Mari Luz Nájera, de tantos otros). Primero, y por eugenésica recomendación del siniestro psiquiatra Vallejo-Nájera, educado en su admirada Alemania nazi, le robaron los hijos a las “rojas”… Después se los arrebataron a mujeres socialmente indefensas, por dinero. Médicos, religiosos y funcionarios del régimen anterior fingieron ante parejas destrozadas muertes que no eran tales y se lucraron hasta la Movida con la venta de miles de bebés a familias buenas y de orden.
Supongo que en el país de ex presidentes a soldada de empresas energéticas en plena crisis, y donde Gabilondo y Calleja son sustituidos por ágrafas hermandades de la alienación sin pausa, se olvidará pronto a nuestros desaparecidos de cuneta y cuna, “casos” a los que enterrar sin nombre ni historia en la fosa común del revisionismo y su “cuéntame” mentiroso del desarrollismo feliz donde el olvido sienta estómagos agradecidos a su banquete final de perdices.
Juana Salabert es escritora
Ilustración de Iker Ayestarán
JUANA SALABERT
Gracias, muchas gracias, “señorías”, por dejarnos sin derechos regulados a los creadores, a los artistas, a los productores y trabajadores de una industria cultural amenazada de inminente quiebra económica, intelectual y moral por quienes desde sus casas aplauden y practican el “gratis total” (pero la barra de pan, los filetes y los aperitivos en el bar sí que los pagan, ¿verdad?) descargándose el trabajo ajeno.
Al rechazar la ley antipiratería conocida como ley Sinde (mucho más tibia, por otra parte, que la francesa o la inglesa) han dado ustedes –con la única y dignísima excepción de los parlamentarios socialistas– una lección de populismo y demagogia. Por lo visto, la popularidad importa más que la justicia. “No se le pueden poner puertas al campo”, ha dicho sin rubor uno de ustedes en el país cuyos campos fueron hasta hace muy poco mina de oro para los especuladores del ladrillo. Y otros han pedido vergonzosamente, luego de abandonarnos a nuestro horizonte, quién sabe si inmediato, de futuros “sin techo y sin derechos”, la dimisión de una ministra de Cultura a la que ciertos abogados, de esos que llaman “libertad de expresión” al expolio que ya ha enviado a miles de trabajadores de nuestra industria cultural al paro, acusan de ser “juez y parte” en esta cuestión simplemente porque es “¡creadora!”. ¿Volvemos, acaso, a los tiempos en que se miraba con recelo y sospecha a pensadores y artistas?
“La industria cultural tendrá que reconvertirse”, ha perorado una de esas abogadas del “mundo libre” del “gratis total” a quien, sin embargo y muy lógicamente, no le temblará el pulso a la hora de facturarle a sus clientes por el trabajo realizado. ¿Sabe dicha señora, saben ustedes, señorías, que el pirateo de libros ha pasado de un 19% a casi un 36% en sólo seis meses desde la salida al mercado de los ebooks? Un formato que nada tendría de malo de no ser porque en nuestro país (al revés que en Francia o Inglaterra, donde la piratería es una práctica perseguida y socialmente mal vista) dos personas de cada tres escanean y se descargan sin coste alguno las novedades editoriales de su elección.
Primero fueron la música y la cinematografía (la única suerte de los primeros es que nadie ha podido arrebatarles aún el directo). Cerraron productoras y salas de cine, se perdieron miles de puestos de trabajo y ahora peligra de nuevo otro sector vital, el del libro. Sector este que aglutina a creadores –escritores, traductores, portadistas, diseñadores– y editores y agentes (¿cuánto tiempo podrán resistir esas pequeñas y bellas editoriales montadas con arriesgadísimo y vocacional esfuerzo?), a libreros, impresores y distribuidores, la sal de la tierra del pensamiento y la creatividad no domesticados en la era del usar y tirar y del todo vale. Por si no bastase con el acoso de esos mercados
–que, como los piratas de nuevo cuño, no tienen rostro pero sí el poder de doblegar globalizadamente a nuestros gobiernos de una UE donde los derechos sociales se hallan en franco retroceso y la Alemania de la señora Merkel impuso en el Tratado de Lisboa artículos que propiciaban el saqueo especulativo de la deuda pública de los estados de soberanías de hora en hora más mermadas–, ahora nos enfrentamos a una inminente hecatombe cultural en aras de una falsa “democratización”. Porque sin creación debidamente remunerada retrocederemos al oscurantismo, a la autocensura y a la tiranía. Consumidores entretenidos antes que ciudadanos lúcidos y responsables, perderemos capacidad crítica y ambición estética, seremos dóciles y por tanto manipulables. Y en semejante contexto, dudo mucho que puedan surgir los Visconti, los Marcel Carné, los Buñuel, los Cortázar, los Musil, los Ana María Matute futuros… ¿Quién, en efecto, se arriesgaría a producirlos a sabiendas de que hacerlo sólo le reportaría pérdidas? ¿Y quién entregará su vida, su trabajo y su esfuerzo al arte únicamente por amor al arte?
En un mundo que se transforma a la vertiginosa velocidad de un clic, damos saltos de gigantes hacia atrás. Pagamos ahora en los terrenos económicos y sociales el atroz precio de ciertas políticas económicas neoliberales abonadas por las doctrinas antikeynesianas de la escuela de Chicago, entusiasta de esas desregulaciones que nos están precipitando al caos y la vulnerabilidad sin límites. Las amargas uvas de la ira de nuestra época aún no han sido globalmente cosechadas, pero pronto habremos de vérnoslas con su acidez.
Se avecinan tiempos muy oscuros. Pero si además de sufrir los chantajes de los mercados, entremedias perdemos también la batalla artística, si dejamos que perezcan los sectores y los ánimos de nuestra industria cultural por el simple capricho de algunos consumidores decididos a conseguirlo todo gratis a costa de los derechos fundamentales de aquellos a quienes se les impide vivir de su obra y de su trabajo, habremos empezado a minar las bases mismas de nuestra sociedad democrática.
Piratear la propiedad intelectual no es, como muchos creen ingenuamente, un acto “alternativo” o inocuo. Es saquear al débil y mandar al paro a mucha gente.
Piénsenlo, señorías, la próxima vez que decidan abandonarnos sin red y sin derechos a la inminente mala hora que se nos echa encima. Claro, que a fin de cuentas, sólo somos “cómicos” y cuentistas, en definitiva “gentes de mal vivir”, casi que “vagos y maleantes”, ¿verdad?
Juana Salabert es escritora
Ilustración de Alberto Aragón
Juana Salabert
Se acaban de cumplir 70 años del comienzo de la guerra más cruenta de la historia, iniciada tras la invasión alemana de Polonia en septiembre de 1939, cuando al fin Francia e Inglaterra decidieron plantarle cara al monstruoso régimen nazi, que antes de apoderarse de Checoslovaquia ya había volado en ayuda del golpe franquista y estrenado su armamento sobre las indefensas poblaciones civiles de la República española. La enormidad e incurable herida de la Shoah o exterminio de seis millones de ciudadanos judíos europeos en las cámaras de gas y campos de concentración nazis (museos como el israelí Yad Vashem e investigadores como Klarsfeld y tantos otros luchan con denuedo por devolverle a cada víctima un rostro y una biografía en los memoriales más conmovedores e imprescindibles del mundo) son ya hoy, al menos, materia obligatoria de estudio en las enseñanzas de varios países europeos. Pero pocos conocen a fondo, sin embargo, los entramados económicos del Reich hitleriano, que extendió su rapiña por el continente esclavizado y los pillajes y saqueos subsiguientes de bienes privados o gubernamentales a que se dedicaron sus servicios en los países ocupados con ayuda de los repugnantes colaboracionistas locales. Muchos de ellos delincuentes comunes aupados a gestapistas, y otros, como en el caso de Francia y su régimen de Vichy, grandes empresarios de industrias varias (una de ellas, cosmética, ni siquiera se molestó tras la derrota alemana en maquillar su pasado y nombró a buscadísimos criminales de guerra altos directivos de sus divisiones española y estadounidense).
No son muchos, tampoco, pese a las reclamaciones efectuadas a museos o casas de subasta por herederos que reivindican lo robado a sus familiares judíos exiliados o asesinados por los alemanes, quienes saben que los gerifaltes nazis expoliaron y traficaron con arte moderno sustraído a galeristas, pintores y coleccionistas. El mismo que ellos tildaban en su vacua propaganda de “degenerado”, les sirvió –puesto en bandeja por marchantes y contrabandistas que se aprovecharon de la ignominiosa arianización de ciertas galerías de arte– para obtener divisas de inescrupulosos coleccionistas internacionales o para intercambiarlo por otro arte, igualmente robado, pero más afín a sus gustos. Arte germánico para los proyectos museísticos del pintorzuelo Hitler, que decoró la mansión del grotesco Goering, la sede del Banco Central alemán, los ministerios y residencias de los asesinos de tibia y calavera comandados por un jefe que años atrás suspendió en Viena su examen de ingreso en Bellas Artes… Algunos Cézanne, Picasso, Monet, Matisse, Pisarro, Modigliani, Soutine, Braque (los alemanes le robaron, como a Paul Rosenberg, el brillante galerista de Picasso, su colección depositada en una caja bancaria francesa), Léger, Renoir, Manet, Malevich o Toulouse-Lautrec, fueron a parar, durante su deambular de secuestrados a sus legítimos dueños, al parisiense museo Jeu de Paume y su entonces llamada “sala de los mártires”, en manos del organismo nazi ERR y visitada por los traficantes del colaboracioni smo, hienas a la disputa del inesperado botín. Allí, su valiente conservadora artística, la resistente Rose Valland, autora del libro “Le front de l’art” (“El frente del arte”), llevó, a espaldas de los ocupantes, una doble catalogación que, tras la victoria aliada, permitió rastrear la pista y recuperar bastantes lienzos de entre las más de cien mil obras de arte robadas en Francia por los nazis y sus fieles allegados pétainistas.
Lo recuerda muy bien el periodista Héctor Feliciano, autor de la excelente obra El museo desaparecido (Destino, 2004), cuya lectura me resultó fundamental para mi novela El bulevar del miedo, que indaga el robo, cuitas y paradero –aún hoy muchas veces desconocido– de las colecciones de los galeristas o particulares Rosenberg, Bernheim-Jeune, David David-Weill, Schloss o Rothschild. Su investigación, y la de otros expertos en el tema, les ha permitido, en varios casos, a nietos y sobrinos-nietos de los expoliados (y a veces luego asesinados en campos nazis), que contaban únicamente con fotos de casas de sus parientes donde se veían claramente colgadas las obras en litigio, exigir la devolución, o al menos el pago previo acuerdo, como sucedió con La familia en metamorfosis, de Masson, hoy en el Reina Sofía, de su patrimonio escamoteado.
El Thyssen de Madrid se enfrenta asimismo ahora a la reclamación de un Pisarro reclamado por descendientes de Cassirer, su legítimo propietario. Y el Gobierno austríaco tuvo que devolverle recientemente cinco Klimt a la sobrina de Adèle Bloch, retratada en su día por el pintor de Viena.
Pocos son, asimismo, los que saben que también la España de Franco (tan ensalzada por los actuales pseudohistoriadores del revisionismo posfascista), refugio de criminales de guerra como Darquier de Pellepoix, comisario “de Asuntos Judíos” en la Francia de Pétain, sacó partido del horror. Por Bilbao pasaron barcos cargados de cuadros robados, como bien ha demostrado el profesor de la UNED Miguel Martorell Linares en su informe “España y el expolio de las colecciones artísticas europeas durante la Segunda Guerra Mundial”. Ciertos anticuarios españoles, aún hoy en activo, así como varias agencias de aduanas, se lucraron con la venta de material saqueado por los nazis. Otros, como el anticuario colaboracionista francés Pierre Lottier, afincado en la España del Yugo y las Flechas, llegaron incluso en 1952 a decorar por encargo estatal los despachos del nuevo Instituto de Cultura Hispánica. Pero mejor olvidarlo, ¿verdad? Es más liberal sentirse provocado por el puño en alto de una joven socialista…
Juana Salabert es Escritora
Ilustración de Gallardo
JUANA SALABERT

El caso de la periodista sudanesa Loubna Ahmed Al-Hussein, enjuiciada por un tribunal islámico que pide una pena de 40 latigazos por vestir “indecorosos” pantalones en un país al que no le duelen prendas los miles y miles de animistas y cristianos exterminados por su Gobierno –acusado de genocidio por la Corte Penal Internacional– debería inducirnos a múltiples reflexiones. En un mundo de globalizadas tecnologías y oscurantismos en alza y liza, la modernidad, surgida de la Ilustración, los conceptos fundamentales de la separación entre Iglesia y Estado y del laicismo (una asignatura aún pendiente, por desgracia, en España), se inscribe hoy en clave de ineludible emancipación femenina “universal”.
Ya Engels escribió con anticipadora lucidez que “el grado de emancipación de una mujer es la medida del grado de la emancipación general”. En este sentido, habría que preguntarse, frente al reaccionarismo segregacionista de los llamados relativistas culturales (no tan diferente en su ceguera al de esos opusdeistas que vociferan en nuestro país contra los avances sociales y la laicidad), por los orígenes del miedo más viejo del mundo, que no es otro que el miedo a la mujer, a su cuerpo diferente capaz de albergar y alumbrar otros cuerpos en evolución.
Este ancestral miedo masculino, psíquico y asimismo físico, a las mujeres (a su sangre, que Plinio calificaba de “envenenada”, a su sexualidad y a sus gestaciones) determinó, entre otros muchos factores, la enajenación histórica de las mismas y dominó en mayor o menor grado los distintos corpus ideológico-religiosos estructurados por varones que le prestaron al habla de sus dioses parte de su propia aprensión e ignorancia. Más allá del pánico a la castración invocado por Freud, dicho temor originario a una naturaleza cambiante percibida a la vez como caos y misterio fue tornándose fantasma y pulsión represora.
El reaccionario, el fundamentalista, el machista sienten aversión por cuanto se transforma y evoluciona. Invocan “el derecho natural” o los “mandatos divinos” y aborrecen la modernidad porque su campo es el de las certidumbres inmutables y su territorio el acotado de los relatos cerrados (Etiemble señaló muy agudamente a este respecto que “la novela, al revés que el cuento, es un imposible en las sociedades teocráticas”).
Pero el que todas las tradiciones conocidas –y no digamos ya las jerarquías religiosas– abunden y hayan abundado en la misoginia (en el 942 Odón de Cluny escribió: “Si los hombres vieran lo que hay debajo de su piel, la mera visión de las mujeres les resultaría nauseabunda… ¿cómo podemos desear estrechar en nuestros brazos ese saco de estiércol?”) no es razón para desentendernos del drama padecido por Loubna Ahmed Al-Hussein o las mujeres flageladas, lapidadas y recluidas intramuros por las “policías del pudor” de Arabia saudí, Irán o Gaza, donde la brutal Hamás vela voluntades, apalea bañistas y retira maniquíes de los escaparates para ¡”no despertar los deseos masculinos”! No es de recibo pretender, como algunos “relativistas culturales”, que tales prácticas tradicionales tengan su lógica en sociedades subdesarrolladas porque también la quema de brujas fue tradición (en la misma y bien compleja época de Montaigne) en nuestro continente, por fortuna ya liberado de sus inquisidores y tribunales eclesiásticos dados a la tierra plana e inamovible, a la caza de disidentes, herejes y científicos y a los índices de prohibición.
Y tampoco viven precisamente como subdesarrollados unos dirigentes teocráticos que mientras se preocupan, móvil de última generación en mano, del “Tamaño natural” de maniquíes por desterrar de sus visiones o de la compostura de sojuzgadas compatriotas, encargan arsenales nucleares aseguradores de potencia en el reino excluyente de su mundo. Aquel donde la palabra de una hipotética Marie Curie en ciernes valdría la de dos hombres cualquiera ante un
tribunal.
Algunas tradiciones, como la ablación clitórica, los matrimonios forzosos, las palizas o los infames “crímenes de honor”, atentan contra los derechos fundamentales de la persona y son tan poco dignas de preservación como lo fueron los autos de fe, la esclavitud, las torturas inquisitoriales o la execrable costumbre, tan extendida antaño en Extremo Oriente, de ahogar a recién nacidas que no valían, según un poema contemporáneo de Confucio, su peso en “oro y jade”, sino en “polvo de ladrillos”. Asunto este que inspiró a Amin
Maalouf El siglo de Béatrice, inteligente novela de política ficción sobre las devastadoras consecuencias de desequilibrios poblacionales y guerras por las mujeres, escasas tras el uso en ciertas regiones del mundo de un elixir capaz de garantizar la elección del sexo, masculino, faltaría más, de los hijos…
La lucha por sus derechos de las feministas de ámbito musulmán (nada que ver con esas integristas sermoneadoras sobre “la degradación occidental”, cínica punta de lanza en foros internacionales de ciertas teocracias duchas en propagar a los antisemitas negacionistas de la Shoah) es también la nuestra, en pro de una universalidad capaz de “aliarse civilizadamente” por lo mejor de nuestras culturas y la abolición de cuanto nos rebaja. Derechos que implican, también, los de la disensión, el agnosticismo y la libre interpretación de los textos y los libros en su maravillosa pluralidad.
A mí, como a Loubna, me gusta llevar pantalones. Pero puedo hacerlo porque no hace tanto hubo quien exigió en las calles que sus hijas pudiéramos vivir, estudiar, votar, trabajar, elegir y vestirnos y desvestirnos sin miedo.
¿Vamos, acaso, a dejar solas a las Loubnas de ahora y de mañana?
Juana Salabert es escritora.
Ilustración de Daniel Roldán