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Dominio público

Opinión a fondo

Pensar en clave social

24 sep 2011
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JULIA MONTSERRAT

Profesora de Política Social de la Universitat de Girona

Ilustración de Iker Ayestaran

El Impuesto sobre el Patrimonio ha sido reactivado de su estado de letargo desde que, en 2007, el Gobierno central decidió que podía renunciar a los 2.000 millones de euros que, bien o mal, se estaban recaudando en aquel momento. Eran tiempos felices. Aunque se presagiaba la crisis económica, vivíamos de los últimos coletazos de la época de vacas gordas. ¿Quién no recuerda que en aquellos años los presupuestos de las administraciones públicas se liquidaban con superávit?
Ahora, entre una crisis económica escalofriante que ha provocado una caída de ingresos fiscales de un tercio respecto a 2007 y con unos déficits presupuestarios que superan, en la mayoría de las administraciones, dos dígitos del PIB, el Gobierno decide reactivar el Impuesto sobre el Patrimonio, pero lo hace con la boca pequeña, como si se tratara de un acto involuntario y no deseado. Se aprueba con un horizonte de vigencia temporal –dos años–, y sólo para los “ricos”, aquellos tramos cuyo patrimonio neto sea superior a 700.000 euros y, como resultado, la recaudación bajará a la mitad de la cifra de 2007.
¿Por qué no se piensa en clave social? ¿Por qué las administraciones autonómicas renuncian a aplicarlo?
Si retrocedemos tan sólo cuatro años, podemos observar que tan confiado estaba el Gobierno de que los excedentes presupuestarios continuarían que, el mismo año que dejaba inactivo el Impuesto sobre el Patrimonio, entraba en vigor una ley de gran calado social –la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia– que iba a suponer un incremento del gasto público de un 1% del PIB, aproximadamente. No sólo no se previeron incrementos fiscales para sufragar el nuevo gasto, sino que se prescindió de unos ingresos que podían ayudar a financiar dicha ley.
La suspensión del Impuesto sobre el Patrimonio fue un error compartido entre el Gobierno central y los ejecutivos autonómicos. Al primero, esta acción le congraciaba con la clase media, ya que rebajaba la presión fiscal y, de paso, la clase alta también se beneficiaba. A las autonomías también les venía bien porque apenas lo iban a notar. Se compensaba dicho impuesto por una cuantía económica que, a pesar de que fuera de menor importe, les evitaba todo el trasiego de la recaudación. Mientras, nadie pensaba en clave social: ¿cómo se financiaría el incremento del gasto que iba a suponer la Ley de la Dependencia?
Como era de prever, el desarrollo de la ley está generando tensiones financieras entre los dos niveles de la Administración que participan en la financiación de este nuevo gasto social. Las administraciones autonómicas reclaman a la central más recursos financieros para poder atender a las personas beneficiarias –parece ser que los 2.000 millones de euros que les está aportando, actualmente, son insuficientes–. A su vez, la Administración central reclama a las comunidades autónomas que aporten, como mínimo, el mismo importe. Es la parte que les corresponde en la financiación del gasto nuevo generado por los beneficios sociales previstos en la ley. El problema de ello no es tanto cuánto tiene que poner cada nivel de las dos administraciones, sino cómo hacer cuadrar el gasto necesario con los ingresos fiscales.
A todas luces, los presupuestos destinados para financiar el gasto de la Ley de la Dependencia son insuficientes. Una respuesta adecuada a unas prestaciones de mayor calidad orientadas a servicios requiere dotaciones presupuestarias superiores a las actuales.
La reactivación del Impuesto sobre el Patrimonio es una oportunidad para las comunidades autónomas de aumentar sus ingresos fiscales y aplicarlos a cubrir el gasto en protección social a la dependencia y, aún con ello, será insuficiente. Los 1.000 millones de euros que se estima recaudar del Impuesto sobre el Patrimonio apenas alcanzan a cubrir la mitad del gasto nuevo que deben financiar las administraciones autonómicas en la aplicación de la Ley de la Dependencia.
También es una oportunidad para revisar el modelo de copago de los usuarios en las prestaciones de la dependencia. Este incorpora soterradamente un sucedáneo de gravamen sobre el patrimonio de las personas beneficiarias incrementando su capacidad económica. Dicho modelo no hace justicia con los usuarios, ya que el mayor peso de la cuota a pagar sólo recae en aquellos con rentas medias. A los beneficiarios con rentas medias-altas no les afecta, ya que alcanzan el tope del copago antes de que actúe la imputación del patrimonio. ¿No es más lógico gravar el patrimonio a través de la figura jurídica que le corresponde?
La reactivación del Impuesto sobre el Patrimonio no debería hacerse con la boca pequeña, sino que debería utilizarse la oportunidad para rediseñar un impuesto de mayor alcance asegurando mayores cotas de progresividad y equidad, evitando las grietas de la ingeniería fiscal que descafeínan la esencia del impuesto, y aplicarlo a la financiación de fines sociales. Todos nosotros tenemos muchas probabilidades de llegar a una situación de dependencia y de necesitar protección social en algún momento. Los impuestos son para esto: “Hoy por ti, mañana por mí”.

La reforma de las pensiones

25 oct 2010
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JULIA MONTSERRAT CODORNIU

Vuelven a agitarse las aguas turbulentas de las pensiones. El Gobierno tiene la intención de cerrar la reforma de las pensiones antes de acabar el año. A la espera de las conclusiones de la Comisión del Pacto de Toledo, han ido surgiendo propuestas de diferente signo pero todas ellas dirigidas a participar en un acto tan encomiable como es la salvaguarda de nuestro sistema de pensiones públicas. Aunque, analizando dichas propuestas, no todas ellas defienden la sostenibilidad de nuestros sistemas públicos de previsión social.
Bajo el pretexto del fenómeno demográfico que impacta en una disminución de la relación entre activos y pasivos, se está expandiendo la teoría neoliberal que propugna medidas para adelgazar el sistema público y, paralelamente, fortalecer el sistema privado de pensiones proponiendo o, mejor dicho, reforzando un sistema mixto público-privado. La idea de capitalizar una parte de nuestras cotizaciones sociales no es otra cosa que detraer fondos del sistema público y desplazarlos al sistema privado, ya que una parte de la contribución de cada individuo dejaría de ingresarse en las arcas de la Seguridad Social para ser invertida en fondos de pensiones privados.
Los vaticinios catastrofistas sobre el futuro de las pensiones públicas se dirigen a crear confusión y alarma entre la población emitiendo el mensaje de que los futuros pensionistas no vamos a percibir, o van a quedar muy rebajadas, nuestras pensiones de jubilación por una quiebra del sistema de la Seguridad Social. Las medidas propuestas ante esos nubarrones no constituyen una formula de salvación del sistema público, sino todo lo contrario: son medidas encaminadas a promover su agonía mediante la disminución de su financiación. Por ello se insiste tanto en la necesidad de introducir reformas con el fin de ir adelgazando la parte de la pensión pública a percibir.
Un sistema mixto público-privado desembocaría en una reducción de la pensión de la mayoría de las personas. La pensión privada que cobraría el individuo por su contribución al fondo de pensiones (parte capitalizada) dependería únicamente de su aportación; por lo tanto, a sueldos bajos corresponderían pensiones bajas. Al final, la suma de una pensión pública baja con otra pensión privada baja va a dar lugar a un importe inferior –o bastante inferior– al que resultaría si cotizara sólo al sistema público de pensiones. Sólo aquellas personas con salarios medios-altos saldrían beneficiadas.
Un sistema mixto público-privado contribuiría a agudizar la desigualdad entre rentas altas y medias-bajas que se da actualmente, en donde tres cuartas partes de las pensiones de jubilación están por debajo de los 1.000 euros al mes y un 45% del total están por debajo de los 600 euros mes; sólo un 6% de los individuos perciben importes superiores a 2.000 euros mes. Esa diferencia entre unas y otras se puede acentuar en periodos de crisis como el actual, en donde la rentabilidad de los fondos de pensiones privados es negativo. Ello contradice a los que defienden un sistema mixto argumentando que el sistema de gestión privada garantiza una pensión mayor que un sistema de gestión pública. No vale decir que ese fondo de pensiones podría ser gestionado por la Seguridad Social, porque lo que está en juego es la redistribución implícita en el sistema de reparto, que no se consigue en un sistema de capitalización en el que el retorno es estrictamente individual.
El trasfondo de las teorías neoliberales es diluir algunas funciones básicas del Estado del bienes-
tar como son la solidaridad y la redistribución de las rentas. “No gusta redistribuir las cotizaciones de forma solidaria, se paga mucho y se recibe poco”, sostienen aquellos con rentas elevadas; por ello, el discurso se centra en cómo asegurar una mayor proporcionalidad entre la cotización social y el importe de la pensión futura. Sus propuestas no se dirigen a incrementar el porcentaje de la cotización social, sino a desviar una parte de la misma hacia fondos de pensiones privados. Gran paradoja, si de lo que se trata es de reforzar su solidez financiera. En definitiva, la implantación de un sistema mixto público-privado supondría un adelgazamiento de los sistemas públicos de previsión social con la consiguiente rebaja de las pensiones públicas.
Asegurar la sostenibilidad del sistema público de pensiones es un derecho y un deber de los defensores de un Estado social. El debate de la reforma de las pensiones debe focalizarse en la sostenibilidad del sistema público proponiendo medidas que aseguren su robustez financiera en el futuro y esto, precisamente, no se consigue con un sistema mixto público-privado. Con este reforma, lo que está en juego es la esencia del Estado del bienestar del cual el sistema público de pensiones es un pieza importante.

Julia Montserrat Codorniu es profesora de Política Social de la Universidad de Girona

Ilustración de Alberto Aragón