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Dominio público

Opinión a fondo

El malestar de la izquierda

30 ene 2011
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JUSTO ZAMBRANA

Conforme pasan los meses, la izquierda política, en especial europea, comprueba perpleja que las salidas a la crisis que se preveían por la izquierda no sólo no se producen, sino que ocurre lo contrario. Hay un consenso generalizado de que lo ocurrido ha venido incubándose en las prácticas económicas de absoluto laissez-faire que se implantaron en los años ochenta. La tesis central del liberalismo conservador según la cual los mercados se autorregulan a sí mismos, haciendo inútil y perniciosa la intervención política, ha recibido el más rotundo de los desmentidos. Y, sin embargo, el poder político se tiñe más de conservador y ni siquiera se gana en el discurso, condición previa para ganar el poder.

Si vamos al origen, tres son los valores que han servido de motores a la izquierda política. El primero, la idea de emancipación como liberación y autorealización del potencial humano. Fue la idea de más peso en los premarxistas y en el joven Marx. El segundo ideal era la racionalidad. Frente a la superchería de muchas costumbres, la izquierda apostaba por la razón como fuente única de valores. El tercero, cómo no, es el ideal de igualdad. Dado que los dos primeros se comparten con el liberalismo hasta el punto de que Prieto se declaraba socialistas a fuer de liberal, el elemento igualdad ha sido el que más ha jugado como definidor del ser de izquierdas.

Los tres valores sufren fuertes turbulencias en la actual sociedad informacional. La emancipación sirve como diferenciación de izquierdas sólo allí donde la derecha es más conservadora que liberal. Es lo que ocurre en Estados Unidos o en España. En la práctica, desde Mayo del 68 para acá, la emancipación individual, degradada, la están proporcionando los consumos de bienes y experiencias que disuelven lazos sociales al tiempo que sustituyen al ciudadano crítico por el ciudadano conforme.

El segundo, la razón, aparece zarandeado por el rebrote de los identitarismos de todo tipo que acompañan la globalización. Hasta la crisis económica, esta cuestión ocupaba el centro del escenario político, y la izquierda europea se ha movido con notable incomodidad y muchas contradicciones en un terreno que es vivero de votos. O, para la izquierda, sangría de votos. El problema no sólo se da en el interior de las sociedades. Internacionalmente también prima la identidad.

Y, finalmente, el valor por excelencia, la igualdad. Hace casi un siglo que la socialdemocracia rompió con el comunismo y apostó por combinar mercado y Estado, economía y política. Desde entonces, Europa ha visto florecer los Estados de bienestar; el mejor mix de libertad, igualdad y seguridad. Las políticas económicas que han conducido a ello han tenido su mayor sostén en el pensamiento económico de Keynes. ¿Por qué, en esta crisis, la vuelta a Keynes sólo sirve para recomponer la situación causante de los males y no para alcanzar un nuevo equilibrio social como ocurriera tras la crisis del 29? Esa es la cuestión.

Cuatro son las causas centrales que pueden explicar lo que pasa. La primera es el modo en que se lleva a cabo la globalización. La globalización es una realidad económica, pero no política. Vivimos un mundo claramente asimétrico, cada vez más global por la economía y la tecnología y cada vez más local por la política. Con un agravante: los motores de la situación son la tecnología y el mercado. La política sólo interviene a toro pasado. La esencia del pensamiento keynesiano es la intervención de la política en economía, pero sus recetas están concebidas en el marco del Estado-nación y hoy el Estado-nación cada vez pinta menos, económicamente hablando. ¿Ejemplos? Todos, incluido España. El margen para cualquier política económica nacional es mínimo.
Detrás se constata la segunda causa: la financiarización del capitalismo. Hoy el tamaño de los activos financieros equivale a varias veces el PIB mundial. Con dos agravantes: la tecnología mueve estas masas de capital a la velocidad de la luz y las doctrinas dominantes de laissez faire han permitido que los apalancamientos de diferente signo multipliquen su potencia. No es de extrañar, pues, que no haya demanda (de consumo e inversión) capaz de contrarrestar esta oferta y que, desde hace 20 años, las “burbujas” se sucedan las unas a las otras. Cada vez que sobra capital, hay burbuja. Si en los años setenta se puso fin a la era keynesiana porque generaba inflación, qué decir de esta época neoliberal que acarrea una burbuja tras otra.

Derivada de este exceso de capitalización, la tercera causa. La realidad camuflada de la sociedad a crédito. Y de los países a crédito. Puesto que usted no tiene porque no gana suficiente, no se preocupe que se lo prestamos. Así, la desigualdad se disimula y el dinero que sobra se coloca de un modo rentable. Lo que dificulta terriblemente el fenómeno es nuevamente su carácter global. El crédito distorsiona el interior de las sociedades ricas, pero también genera desequilibrios en la economía mundial.

Todo ello –y es lo cuarto– con una transformación tecnológica que está cambiando de raíz la vida de la especie humana en el planeta. Una tecnología que transforma todas las anteriores y que, lejos de versar sobre la naturaleza, versa sobre el hombre mismo y su dimensión más básica, la comunicación.

En este panorama, la izquierda política tiene serios problemas para articular un relato. Más que refundar el capitalismo, que no se deja, quizá tengamos que pensar en dar una alternativa refundando la izquierda. Ante todo, recomponiendo una ideología; o sea, un marco conceptual para abordar la realidad.

Justo Zambrana es economista

Ilustración de Javier Olivares

La ‘cultura del límite’

13 abr 2010

JUSTO ZAMBRANA

04-13.jpgHoy, economía y sociedad son una y la misma cosa. No siempre fue así, o mejor, nunca fue así. Casi todas las actividades humanas se han mercantilizado y el hombre es más homo aeconomicus que nunca. La actual crisis económica se ha incubado en un sistema de valores sociales cuya sustitución por otros será, como siempre, lenta, compleja y en gran medida imprevisible.
A finales de los sesenta, la extinción del sistema de Bretton Woods fue de la mano del desahucio de Keynes y el triunfo del monetarismo de Milton Friedman. Socialmente, las revueltas estudiantiles simbolizadas en el Mayo del 68 parisino abrieron paso a la sociedad post-industrial, en la que desde entonces nos hemos desenvuelto. En Mayo del 68, el reino del “aquí-ahora” levantó bandera contra las transcendencias históricas de progreso con las que la razón ilustrada había querido sustituir dos siglos antes las eternas trascendencias religiosas. Desde entonces, ya no se lucha por “el gran día”.
Aunque las clases bienpensantes así las etiquetaran, aquellas revueltas estudiantiles no fueron una revolución de izquierdas, sino la defunción de las mismas, la avanzadilla de unos nuevos modos de vida que iban a llegar de la mano, no de la política, sino del mercado. La incubadora de la “sociedad líquida” en la que hemos vivido hasta ayer no fue ninguna ideología de izquierdas, sino el mercado capitalista; algo que ni la izquierda ha visto aún claro, ni el conservadurismo y los obispos tienen ganas de aclarar. El auténtico disolvente de lazos sociales es el modo de vida de los mercados de consumo.
Desde los años setenta, en las sociedades ricas la exaltación del individuo ha coincidido con la afirmación del presente como único valor vigente. A la muerte de Dios siguió la muerte de las utopías históricas. Los consumos de bienes y experiencias han satisfecho los anhelos de plenitud, antes siempre pospuestos, y el shopping ha ejercido como fármaco contra la depresión. El ciudadano-consumidor, que Robert Putnam nos describe como “solo en la bolera”, sitúa su perfección en el coleccionismo de experiencias. Las expectativas de progreso social han sido sustituidas por las exigencias de cambio y sólo el crecimiento económico sirve de parámetro para medir la salud de las naciones. En estos imperios de lo efímero, el “todo nuevo-todo joven” ha arrasado como valor de referencia, mientras la felicidad, entendida como euforia, se convertía en la más exigente obligación de nuestros días. Dionisos es el dios de la civilización contemporánea.
Estos modos de vida, tan dispersos en sus perfiles que sólo se les define como “post” de algo, han sido largamente descritos y analizados. Lo que no se ha hecho tan a menudo es relacionarlos con el sistema económico que los sustentaba. Sociología y economía han ido cada una por su lado, olvidando que son las dos caras de la misma moneda. Sin embargo, ha sido el capitalismo financiero el que ha mantenido la feria abierta. Este mundo de vida cash ha sido una sociedad a crédito, que ha venido como anillo al dedo al capitalismo en su etapa financiera. Los economistas clásicos, incluso Marx, siempre tendieron a analizar las concentraciones de capital en su propia dialéctica: capital contra capital en el territorio de la inversión. Hoy, tras Keynes, sabemos que las acumulaciones de capital necesitan además otra salida; el consumo. Un consumo que, si es preciso, y lo es, se hace a crédito. Las sociedades postmodernas de las últimas décadas se han instalado en el consumo a crédito. A crédito, no sólo de las acumulaciones de capital presentes, lo que denota una injusta distribución de la renta; sino a crédito de las generaciones futuras si miramos el planeta Tierra.
Con el pesimismo antropológico que caracteriza a la derecha conservadora, Alan Greenspan decía, en una reciente entrevista a la BBC, que las crisis económicas volverían a repetirse porque la naturaleza humana no tiene arreglo; reincide una y otra vez en la codicia. Igual de luterano, el gobernador del BCE Trichet dijo, durante una visita al Banco de España, que esta crisis era de designio divino (sic). Ambos piensan, con Adam Smith, que tras la mano invisible está la mano de Dios, y que, por tanto, no merece la pena pretender cambiar el invento. Pero los hombres son dueños de corregir su historia.
La corrección que toca ahora tiene un aspecto económico y un aspecto social que, o van unidos, o no van. Tras dos años de crisis, los financieros se aprestan a volver a ganar dinero, y el común de los mortales, a consumir. Las causas de la catástrofe se pierden en la nebulosa de la nueva metafísica: los mercados. Rendidos ante el nuevo tótem, dejamos de plantearnos lo básico: ¿qué se produce y se consume? ¿En qué condiciones trabajamos? O, ¿por qué no se controlan las finanzas? Lo único claro es que los agujeros negros que había en el sector privado se han trasladado a las finanzas públicas. Serán los impuestos de todos los que cubran la mala gestión de unos y el enriquecimiento de otros muchos.
Es posible que, tanto la economía como la sociedad, necesiten una nueva cultura del límite. Límites en el laissez faire económico que tienen que venir de la intervención pública, recuperando los equilibrios entre mercado y Estado. Límites en la vida del individuo-consumidor que exigirán más sociabilidad y menos euforia consumista. A la postre, no hace tanto que el ideal de felicidad era el beatus ille de la vida sosegada. En lugar de Dionisos, Epicuro. Sobre ambas cosas cabe el optimismo. La sociedad posmoderna está dejando de serlo y se hace, cada vez más, sociedad informacional. Esta es mucho más social porque su esencia es la conectividad; y menos consumista porque desplaza el consumo de las cosas a las ideas. Como dijera Holderlin, donde surge el peligro allí está la salvación.

Justo Zambrana es economista

Ilustración de Enric Jardí

El trasfondo económico de la crisis

21 feb 2010

JUSTO ZAMBRANA

02-21.jpgFue la foto de las Azores una foto exclusivamente político-militar o algo más? La crisis económica que nos asuela está poniendo de manifiesto que pretendía ser algo más. Que no se trataba sólo de las relaciones de poder entre países haciendo prevalecer el poder sobre la debilidad, tal como Robert Kagan nos aclararía en su celebre opúsculo cargando contra la debilidad de la vieja y “kantiana” Europa. Con los matices de cada cual, se trataba de escenificar una cosmovisión en la que ahora afloran no pocas similitudes económicas.
En efecto, Estados Unidos, Reino Unido y España son los tres países, entre las grandes economías, en los que la burbuja inmobiliaria ha alcanzado su máximo nivel. Los tres han financiado esa burbuja especulativa con fuertes déficits en su balanza por cuenta corriente; o sea, con ahorro exterior. En la crisis, también los tres han destruido bastante más empleo que sus socios del mundo desarrollado (Reino Unido en menor medida). Los tres se caracterizan, además, por una distribución de la renta más
desigual, y en todos ellos la presión fiscal es inferior a la existente en la Europa continental. De entre las diez primeras economías del mundo, las tres de las Azores son las que más similitudes guardan entre sí.
Obviamente las diferencias entre las tres son sustantivas desde otros muchos puntos de vista, comenzando por la moneda propia que dos tienen y uno no, y sin duda que en la foto predominan los componentes políticos. El laborista Blair seguramente acudió por un principio rudimentario de tradición identitaria, según el cual Gran Bretaña y Estados Unidos tienen que ir de la mano en política internacional. Aznar asistió deseando romper con la política europeísta que había sido una constante española desde la Transición y para recuperar el acercamiento a los sectores más conservadores del partido republicano americano, que tanto hicieron por mantener a Franco en el poder. En el mundo neocon, Aznar se encontraba y se encuentra como pez en el agua. Bush, por su parte, centraliza la foto en un momento, 2003, en que los neocon creían haber alcanzado ya el fin de la historia. En adelante, los mercados autorregulados de un capitalismo cada vez más financiero se encargarían de hacer avanzar al mundo, mientras los valores más reaccionarios de un fundamentalismo pretendidamente cristiano debían regir la vida colectiva e inspirar las decisiones políticas de los estados.
La existencia simultánea en los tres países, Estados Unidos, Reino Unido y España, de fuertes déficits en la balanza comercial –equilibrados con la entrada masiva de capitales extranjeros a bajos tipos de interés– y la existencia en los tres de una gran burbuja inmobiliaria apoyada en ese capital foráneo son muestras de la apuesta del pensamiento neocon por una de las características del capitalismo post-keynesiano: la sociedad a crédito.
En la crisis de 2008, como ya ocurriera en 1929, una de las causas ha sido un exceso de liquidez disponible en la economía internacional que desbordaba claramente las posibilidades de inversión real. En 2008 la economía mundial está más globalizada, y por ello el fenómeno es más complejo. Las ingentes cantidades de ahorro del sudeste asiático, en especial chino, los petrodólares de los países exportadores de petróleo, más los fondos de pensiones capitalizados de muchos países vienen a sumarse a una creciente desigualdad en la distribución de la renta en todo el Primer Mundo. Las políticas de la Reserva Federal americana de incrementar la liquidez y bajar los tipos de interés como respuesta a las anteriores crisis, y la desregulación de los mercados financieros, permitiendo todo tipo de apalancamientos y productos derivados, cierran el puzzle. A diferencia, sin embargo, de las crisis pre-keynesianas, esta vez se venía evitando la situación de subconsumo; y ello se hacía prestando dinero abundante y barato a quien quisiera o necesitara gastarlo en unos mercados a veces tan alocados como el inmobiliario. Desde el año 1987, en que Reagan instaló a Greenspan en la Reserva Federal, todas las crisis se han resuelto del mismo modo: inundando de liquidez los mercados. Detrás de la “exuberancia irracional” de toda burbuja hay siempre un exceso de liquidez.
Es así cómo España ha llegado a la crisis de 2008 con un endeudamiento exterior de 900.000 millones de euros, casi en su totalidad de familias y empresas, es decir, sector privado, que no público; aunque ahora los problemas sean, aquí y fuera, para los estados que han acudido a resolver la situación incrementando exponencialmente la deuda pública. El problema generado en la economía privada ha pasado a ser de las finanzas públicas, al tiempo que los enormes déficits de la balanza por cuenta corriente se han transformado en déficits públicos. Los mismos dirigentes del Partido Popular que incubaron tan nefasto modelo hoy dan lecciones como salvadores de la patria a quienes tratan de afrontar las consecuencias sobrevenidas tras el pinchazo del mismo. Obviamente, en toda burbuja hay beneficiarios y en toda crisis hay perjudicados. Estos son muchos más y, además, pocas veces son los mismos. De esto se habla poco y, sin embargo, este es el meollo político de la crisis.
Con lo aprendido en los años treinta, y Keynes en la mesa de los despachos, la crisis reciente parece estar conjurándose sin repetir la del 29. Ello está, sin embargo, contribuyendo a que se olvide la adopción de medidas de fondo que permitan situar a los mercados capitalistas en marcos de viabilidad. A la postre, la teoría y la práctica de los mercados autorregulados es algo con dos siglos de historia que ha dado sus mejores frutos sólo cuando se le ha sobrepuesto una racionalidad superior. De eso también habló Keynes, y no sólo de política fiscal. De no hacer correcciones de fondo, lo normal será que pronto venga otro tortazo mayor.

Justo Zambrana es economista

Ilustración de Jordi Duró