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Dominio público

Opinión a fondo

Lo nuclear, «un asunto llamativo»

22 mar 2011
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LUIS SEPÚLVEDA

Mariano Rajoy es un orador de aquellos que prologan sus intervenciones advirtiendo: antes de hablar voy a decir unas palabras. A veces, muy pocas, esas palabras iluminadas quedan como un referente de su manera de pensar: “La gestión, todo lo realizado, los nuevos proyectos, esas son cosas que afectan a la gente. La guerra de Irak o la catástrofe del Prestige son dos asuntos llamativos, pero su influencia en la vida real de la gente no es tanta”.
Han pasado algo más de ocho años de tan profunda observación y en Japón un “asunto llamativo” ha puesto una vez más sobre la mesa el tema de la seguridad de las centrales nucleares, pero fuera de España, porque en el país que según el Gobierno tenía el tejido industrial y financiero más solvente del mundo, los dueños de las centrales nucleares representan al más lucrativo de los negocios.

No es casual que José María Aznar se declare “sin complejos” como el ferviente defensor de la energía nuclear y a los pocos días se conozca un estudio sobre seguridad nuclear realizado por el Foro de la Industria Nuclear Españo-
la y la Confederación Española de Organizaciones Empresariales. Este estudio concluye: “Con un programa nuclear implantado desde hace más de 40 años, las centrales españolas han acumulado 250 años de operación con las máximas garantías de seguridad”. Pero el estudio omite algunos “asuntos llamativos”, como que en marzo de 2005 hubo un paro simultáneo de las centrales de Garoña, Ascó I y Vandellós II, es decir, la tercera parte del potencial nuclear español, por motivos técnicos. Tal vez si el Gobierno hubiera exigido una mínima explicación al Consejo de Seguridad Nuclear, se habría enterado de que ya en 2002 el CSN acusaba a Unión Fenosa de no tener una mínima cultura de seguridad.

Las centrales de Garoña, Ascó I y Vandellós II son, respectivamente, de primera, segunda y tercera generación, de los años sesenta, setenta y ochenta. En Garoña se han detectado fallos en el sistema de venteos similares a los que causaron el accidente nuclear de Harrisburg (EEUU), en 1979. El 24 de agosto de 2004, en Vandellós II hubo una fuga originada por problemas de corrosión detectados en 1993, pero el CSN permitió que la central siguiera funcionando sin que se hicieran mayores estudios sobre el grado de la corrosión ni se procediera a una reparación definitiva. El porqué de la corrosión está más o menos claro: Vandellós II no se vale de agua destilada, como hacen las centrales alemanas o francesas, para extraer el calor del núcleo, sino de agua de mar, porque es gratis, porque evita una inversión en aras de la seguridad de los ciudadanos y del medio ambiente. A estos “asuntos llamativos” se debe agregar un estudio del CSN titulado Informe sobre la Degradación de los Servicios Esenciales en Vandellós II en el que critica duramente la falta de una cultura de seguridad en la Asociación Nuclear Ascó-Vandellós –Endesa e Iberdrola–, siempre dispuesta a reducir las inversiones en seguridad por motivos económicos.

El objetivo final es el lucro y no la seguridad. Y por mucho que Aznar se corte las venas apostando por la fiabilidad de las centrales nucleares españolas, el CSN denunció que las bocas de hombre –los agujeros por los que se ingresa para revisar las tuberías– en Vandellós II fueron cubiertas con una pintura que no respondía a ni un solo criterio de calidad que garantizara la seguridad de los trabajadores.
Estas y tantas otras demostraciones de puro desprecio a la vida, que sumado a los jugosos sueldos de los consejeros de los lobbies energético-nucleares y a la nula información que recibe una masa considerada consumidora de energía antes que ciudadanos, precisa de un urgente debate que necesariamente debe culminar en un plebiscito respecto del futuro energético que queremos.

Tenemos que saber y decir al vecino que las centrales nucleares fueron diseñadas para una vida útil de 30 años. Debemos gritar que en todo el mundo la vida media de una central nuclear, incluso de nueva generación, es de 27 años. Y tenemos que denunciar a los lobbies nucleares que mueven voluntades de gobiernos que voluntariamente permiten que la vida de las centrales nucleares se prolongue hasta los 60 años.
Los dueños de las centrales nucleares son parte de esa minoría dueña del 95% de la riqueza planetaria y a la que eufemísticamente se llama “el mercado”. A diario nos invitan a “tranquilizar a los mercados”, y una de las medidas tranquilizadoras consiste en leyes que eximen a las centrales nucleares de responsabilidades indemnizatorias en caso de accidentes o “asuntos llamativos”, como los llama Rajoy. Estas leyes limitarían los pagos por los daños ocasionados a 700 millones de euros, y el resto lo debe pagar el Estado, los ciudadanos, todos nosotros.
Es verdad que precisamos de energía y limpia, pero también es verdad que las centrales nucleares apenas aportan el 6% de la energía mundial y a la baja, porque el problema de los residuos nucleares, basura radioactiva para los próximos 3.000 años, las han puesto en jaque.
Ignorar el urgente debate sobre la energía que queremos, sobre el mundo que queremos, es actuar como aquel que si conduce a 110 km por hora se duerme. Si ignoramos este debate, lancémonos a 180 por hora, de ser posibles borrachos, sin ajustar el cinturón, hablando por el celular y fumando.

Luis Sepúlveda es escritor. Autor de ‘La sombra de lo que fuimos’

Ilustración de Jordi Duró

Esperando la tormenta

13 ago 2010
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LUIS SEPÚLVEDA

Este verano ha sido largo y caliente en el norte de España, el verde casi idílico de los valles asturianos se ha tornado mustio y los paisanos suspiran mirando al cielo en busca de las nubes que necesariamente han de traer la tormenta.
Hace ya muchos años, en casa del general Omar Torrijos, en Panamá, tuve el privilegio de conocer a Graham Greene y, en una tarde de tormenta tropical, me acerqué hasta la hamaca en la que el gran escritor bebía whisky con ademanes sacramentales. Tras compartir una media hora de silencio, me preguntó si quería saber en qué estaba pensando. Mi respuesta fue un sí rotundo, y el gran escritor me contó que tenía la frase final de una novela, pero nada más que la frase final, del resto del argumento no tenía ni la menor idea. La frase rezaba: “Y en eso llegó la tormenta”.

Nunca más volví a estar cerca de Graham Greene. Omar Torrijos murió en un extraño accidente urdido por la CIA que permitió a un sátrapa de apellido Noriega hacerse con el poder en Panamá y de paso facilitar una invasión norteamericana, y otros dos presentes en aquella tarde memorable tampoco están en este mundo: Hugo Spadafora perdió la vida en otro curioso accidente aéreo, y a Chuchú Martínez, la mano derecha de Torrijos, le falló su noble corazón de panameño, pero esa frase permanece en mi cabeza y suena con el timbre de voz susurrante de Graham Greene: “Y en eso llegó la tormenta”.

Cuando la canícula se hace insoportable, cuando el aire ahoga, cuando el cielo amenaza con pegarnos al suelo, entonces deseamos la tormenta salvadora, y desde hace ya varios años en España miramos al cielo buscando las señales de esa tormenta que tiene como misión hacer respirable el aire ciudadano, el aire calentado y envilecido por el odio de la derecha que ha reemplazado a los argumentos, a la posibilidad de discrepancia, al urgente diálogo civilizado.

Son muy pocos los países en los que el odio de la derecha ha llevado a situaciones tan grotescas como las que hemos presenciado en España. Desde el intento de sacar rédito político a la tragedia del 11-M, hasta buscar el enfrentamiento social mediante los mensajes apocalípticos que se sucedieron tras la aprobación de leyes como la que legaliza las uniones entre personas del mismo sexo, la Ley de Memoria Histórica, la que entrega una educación para la ciudadanía, o la que amplía un derecho tal elemental como es el de permitir que las mujeres decidan sobre su propio cuerpo, el lenguaje callejero de la derecha española ha sido de un odio virulento, de un odio que ha calentado la atmósfera hasta hacerla irrespirable.

Hemos presenciado el espectáculo de una Iglesia sedienta de volver a los tiempos del nacional catolicismo, llamando a defender a la familia, pero sin decir una palabra acerca de los miles de casos de abusos de menores perpetrados por sujetos de sotana y rosario. Hemos visto como el líder de la derecha abría las puertas a la más pura xenofobia proponiendo un contrato mediante el cual los extranjeros se comprometían a respetar las costumbres españolas, pero sin indicar ninguna. Hemos visto como, en lugar de proponer ideas, se festeja la subida monstruosa del paro como un éxito de la labor opositora.

Hace unos días tomé un taxi en Madrid y, aunque por regla de salud no converso con los taxistas, no pude evitar que me salpicara con sus babas de odio. El hombre sugería una intervención de la legión en Catalunya para poner en su lugar a esos cabrones, porque la prohibición de las corridas de toros era una ofensa a España, a los españoles, y sobre todo a él mismo, quintaesencia de la españolidad. Le pregunté si no sabía que los canarios habían hecho lo mismo el año 91, y su respuesta fue: los canarios, esos no son españoles, son africanos.

Días más tarde en mi pescadería de Gijón una anciana vaticinaba que lo de los catalanes prohibiendo los toros era el primer paso y que el siguiente era la quema de iglesias o la obligación de abortar. Su rebequita de ganchillo destilaba odio. Luego, en la fila frente a la caja de un supermercado, un asturiano y español de pura cepa indicó mi ramo de albahaca plastificada y exclamó: cómo no van a subir los precios si traen cosas que comen los extranjeros y de lo de siempre no se encuentra nada. Le indiqué que la albahaca era andaluza y su respuesta fue: si no te gusta lo de aquí, por qué no te largas a Barcelona o al país vasco que es donde os sentís a gusto.

Alguien puede alegar que las opiniones de ese taxista legionario, de la ancianita temerosa de abortos por decreto y del analfabeto gastronómico son excepciones, y tiene razón. Pero son excepciones que confirman una regla peligrosa pues el lenguaje del odio, el discurso del odio de la derecha española, va dirigido precisamente a esos minusválidos intelectuales cuyo patrimonio cultural se limita a una torpe idea la patria como hábitat, y a la religión como elemento autoafirmador de su ignorancia.

Y mientras tanto sigo esperando la tormenta. Una tormenta de ideas, pero progresistas, de izquierda, cargadas de humanidad e inteligencia, porque al odio desatado por la derecha sólo podemos responder desde la inteligencia social, desde la sensibilidad social.

Cuando llegue ese momento pensaré en el viejo Graham Greene con su vaso de whisky en la mano y susurrando: “y en eso llegó la tormenta”.

Luis Sepúlveda es escritor. Autor de ‘La sombra de lo que fuimos’

Ilustración de Iker Ayestaran

La escalera de Puyol

11 jul 2010
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LUIS SEPÚLVEDA

07-11-b.jpgDurante los tres días previos a la semifinal España-Alemania, seguí con atención la prensa alemana y, desde periódicos objetivos como el Frankfurter Allgemeine hasta el sensacionalista Bild, los periodistas deportivos proclamaban la superioridad alemana. Aludían a la defensa integrada por jugadores altos, fuertes, impenetrables, e incluso el Bild indicaba que si esos tíos bajitos querían tener la oportunidad de tocar una pelota en el área alemana, tendrían que llevar una escalera.
Y en eso apareció Puyol, cuando el aire olía a gol de España, y creo que debo ser el único que lo vio correr con su escalera, una de esas plegables de dos peldaños. La abrió, trepó, y cabeceó un gol de esos que transforman el fútbol en pura poesía.
Esos tíos bajitos lograron más que una victoria merecidísima sobre una selección experimentada, lograron mucho más que pasar a la final: lograron devolver al fútbol su esplendor de gran deporte en el que se conjuga la sagacidad con la inteligencia, la destreza física con la voluntad de vencer y, por sobre todo, el formidable espíritu de equipo que hace de los 11 un todo que se expande y apropia del área rival. El gran ganador del partido Alemania-España es el fútbol. Ahora sí que hay un antes y un después, algo que hacía mucha falta en un deporte en el que el dinero amenazó con desplazar a lo elemental y que se llama jugar bien.
Esos tíos bajitos que entraron a jugárselo todo no son “galácticos”, basta ver el semblante sereno de Casillas, el volcán interior de Villa cuando se le va un gol, el ímpetu irreverente de Pedro, o la seguridad apabullante de Iniesta, Xavi o Sergio Ramos, para saber que ninguno de esos tíos bajitos está ahí simplemente porque hay que cumplir con el país. Y a eso se suma la caballerosidad, el juego limpio que hace de La Roja un referente a la hora de hablar del respeto al adversario.
Vi el partido como todo el mundo, por televisión, pero también lo seguí por una radio alemana para saber qué pensaban los alemanes, y la palabra más usada por los comentadores era estupefacción, aludían al desconcierto alemán, a la imposibilidad de salir y hacer unos de sus contraataques letales. Un comentarista llegó a preguntarse cuántos eran los españoles, si alguien los había contado porque no era posible que siempre hubiera dos y tres frenando los intentos alemanes de alcanzar el área española, y otro le respondió que no importaba, que ni siquiera la derrota importaba porque asistían a una exhibición de gran fútbol que hacía de ellos unos afortunados.
Un deporte es grande cuando el resultado genera unanimidad, y esto es justamente lo que consiguió La Roja. En Berlín se congregaron casi 300.000 personas para ver el partido en las megapantallas instaladas en grandes avenidas y, pese al dolor de verse eliminados de la final, la opinión generalizada fue que los españoles merecieron el triunfo. En el resultado no intervino ni la suerte, ni un arbitraje injusto, ni un clima adverso. La Roja se impuso en una clase magna del mejor fútbol, y así lo vieron en todo el mundo.
El mérito es indudablemente de esos tíos bajitos, pero también de Del Bosque, ese hombre serio, parco de palabras, sensato en sus declaraciones y al que la prensa alemana saludó con el mejor de los cumplidos: “Del Bosque es un entrenador que sabe que antes de ponerse la piel hay que matar al oso”.
Hace varios años, Eusebio, el gran futbolista portugués, dijo que el fútbol era un deporte en que jugaban 11 contra 11 y siempre ganaban los alemanes. Así era, pero eso ya pasó desde el triunfo español en la Eurocopa y desde la inolvidable tarde de la victoria contra Alemania, desde el momento en que Puyol corrió con su escalera, saltó y marcó ese gol de antología.
Mientras escribo estas líneas se acerca el momento definitivo, pero no se trata de “la hora de la verdad”, porque La Roja ha demostrado de sobra su superioridad deportiva. Lo más probable es que regresen a España como campeones del mundo, pero si así no fuera, no hay ninguna razón para sentirse defraudados o insatisfechos. Esos tíos bajitos han devuelto al fútbol la belleza, la épica, el más sano espíritu de competencia y el elemental respeto al adversario. Hay un antes y un después en el fútbol del siglo XXI, y son esos tíos bajitos los que han impuesto la diferencia.
Cuando los estadios de Suráfrica cierren sus puertas y los jardineros se entreguen a renovar el césped, cientos de analistas deportivos hablarán del secreto de La Roja, secreto que es de sobra conocido: la selección española no gira en torno a una figura central, todos son igual de importantes, cada uno sabe cómo entregar lo mejor de su talento y cómo apoyar a sus compañeros de juego. Es un equipo en el mejor sentido de la palabra, una suma de voluntades individuales pero con un objetivo colectivo, y esa certeza los ha llevado muy lejos.
En África, en América, Asia y Europa, un grupo de chicos se aprestará a disputar un partido de fútbol en algún parque. Con lo que tengan a mano improvisarán las porterías, y cuando la pelota empiece rodar cambiarán sus identidades. Yo soy Villa, dirá un chico de piel oscura que juega descalzo, y yo Iniesta, dirá otro de ojos rasgados, mientras el que se llama Casillas se ajustará los guantes que tomó prestados de su padre. Otro quinceañero de acento chileno, argentino o colombiano decidirá que un humilde cordel ceñido a la cabeza lo convierte en Sergio Ramos, y el más crespo de los muchachos de la favela dirá que es Puyol, el del golazo contra los alemanes. El buen fútbol es el único deporte que multiplica héroes en las barriadas pobres y, por todo lo que han demostrado, los integrantes de La Roja son un formidable ejemplo para los chicos del mundo.
La Roja ha devuelto al fútbol el esplendor de un gran deporte y sólo resta decir: gracias campeones, ¡muchas gracias!

Luis Sepúlveda es escritor. Autor de ‘La sombra de lo que fuimos’

Ilustración de Javier Jaén

¿Quién ganó las elecciones en Chile?

20 dic 2009

LUIS SEPÚLVEDA

12-20.jpgEl pasado domingo 13 de diciembre hubo elecciones presidenciales en Chile y la opinión casi unánime de los chilenos es que la gran vencedora no pudo ser candidata porque la Constitución heredada de la dictadura se lo impide. La presidenta Michelle Bachelet se apresta a dejar el cargo con una aceptación de más del 80% y con una popularidad inédita en el Chile pos dictadura. Además de lo que alguien definió como “carisma de nuevo estilo” o “carisma no carismático”, la presidenta ofreció a los ciudadanos una gestión caracterizada por la recuperación de la normalidad democrática y las reglas de una sociedad civilizada. Ni más ni menos, y esto que en Europa podría sonar –no con mucha justicia– a perogrullada, en el país austral era una necesidad imperiosa que, sin embargo, ninguna coalición gobernante desde el fin de la dictadura se atrevió a afrontar.

Michelle Bachelet se atrevió –algunos dirán que tímidamente– a hacer que el Estado volviera a tener un papel decisivo en el devenir del país y limitó notablemente el poder omnímodo del mercado para decidir sobre cuestiones tan sensibles como la sanidad, la educación y el modelo de desarrollo. Además, y tal vez se trate de su gran logro: su gestión es el inicio del fin de la exclusión política de los comunistas y de la izquierda revolucionaria que, por mandato dictatorial y complicidad de los gobiernos que precedieron a Pinochet, impedía a la izquierda estar presente en el Parlamento.

A la elección del 13-D concurrieron cuatro candidatos. Eduardo Frei, ex presidente pos dictadura, es el hombre menos carismático de la política chilena, de imagen excesivamente fría, de discurso torpe y desapasionado, fome a decir de los chilenos, y que, o bien por miedo, o peor, por desinformado, no jugo la gran carta de triunfo que sus votantes esperaban: convertir la elección en un gran plebiscito para redactar una nueva Constitución y avanzar así hacia la plena recuperación democrática. Frei sabe que la llamada transición chilena, aunque se intente comparar con la española, carece de ese detalle tan importante que es una Constitución refrendada por toda la sociedad. Lo sabe, pero jamás se ha atrevido a decirlo en voz alta, y esa falta de valor es una de las razones del dramático 29% de los sufragios. A falta de mayoría absoluta, se convirtió en candidato para la segunda vuelta, que se producirá el próximo 17 de enero.

Por la izquierda el candidato era Jorge Arrate, un intelectual de gran prestigio, disidente de la coalición de gobierno que aglutinó a socialistas allendistas, comunistas y otras expresiones de izquierda con un discurso sensato y carente de triunfalismo, y expuso con mesura argumentos que enriquecieron el debate. Arrate apenas superó el 6% de los votos porque muchos electores de la izquierda, alarmados por las encuestas que daban por vencedor al candidato de la derecha, prefirieron votar al mal menor y lo hicieron por Frei.

La política suele transformar las derrotas electorales en victorias morales. En el caso de Jorge Arrate esto es rigurosamente así; fue el candidato con menos recursos, unió a la izquierda disidente, y sus llamados a participar votando, a ejercer el derecho ciudadano de elegir a sus representantes, a terminar con el simplismo del “todos los políticos son iguales”, deberían ser un ejemplo en un país que por presión de la derecha suprimió la Educación Cívica, la versión chilena de la Educación para la Ciudadanía en los institutos.

Por la derecha se postuló Sebastián Piñera apoyado por una coalición que une a irremediables pinochetistas con una suerte de híbrido llamado centro derecha. Su discurso, una sarta de respuestas fáciles a los problema complejos, pero avalado por su éxito como empresario al estilo Berlusconi, cosechó un 40% de los sufragios. Fue capaz de seducir con un mensaje de borrón y cuenta nueva, y ofrecer, de una parte la continuidad de las políticas sociales que hicieron exitosa la gestión de Bachelet y, de otra, la imposición de una remedo austral del american way of life en el que cada chilena o chileno podrá ser tan rico como él con sólo proponérselo. José María Aznar se encargó de darle el toque de cosmopolitismo que precisaba este hombre de provincias, pero, y esto es un punto a favor de Piñera, por más que lo intentó Aznar no consiguió enseñarle su arte de envenenar el ambiente y de crispar hasta reventar los modales democráticos.

Finalmente, la novedad fue la candidatura de Marco Enríquez Ominami, hijo de Miguel Enríquez, asesinado líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Su discurso y su programa pretendían ser una versión de la tercera vía de Tony Blair, una rebelión contra la derecha y la coalición gobernante, Silo y Young Power, que se deslegitimó por la adhesión a su candidatura de dudosos derechistas y figuras cercanas a los partidos de la coalición gobernante. Superó el 20% de los votos, pero no fueron fruto de la solidez de su discurso, sino una forma de castigar a la coalición (Concertación para la Democracia) que gobierna desde el fin de la dictadura.

Para la segunda vuelta es evidente que los votos de izquierda irán mayoritariamente a Frei y no por la ley de Murphy sino por la vieja costumbre latina de convivir con el mal menor, y el gran enigma es si los votantes de Enríquez Ominami persistirán en su opción de castigo.

Una simple visión aritmética de los resultados indican que la mitad más uno de los chilenos no quiere un gobierno de derecha. Ahora queda por comprobar si esta aritmética coincide con la realidad, aunque los analistas de centro izquierda, siempre más cerca de los desmanes liberales que de las políticas de beneficio social, ya cantan el triunfo de Piñera desde los grandes grupos internacionales de comunicación. Pero los chilenos son porfiados y a veces la realidad también lo es.

Luis Sepúlveda es escritor. Autor de La sombra de lo que fuimos

Ilustraición de Patrick Thomas

Bienvenidos, españoles…

04 sep 2009
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dominio-09-04.jpgLuis Sepúlveda

Cuando escribo estas líneas se cumplen 70 años de la llegada del Winnipeg a Valparaíso. Dos mil quinientos derrotados de la República tocaban tierra chilena una fría mañana de invierno, atrás quedaba la derrota, el horror del fascismo y el miedo a terminar en un campo de concentración nazi. En aquel lejano país gobernaba un profesor, Pedro Aguirre Cerda, que encargó al poeta Pablo Neruda hacer lo posible y lo imposible por salvar a la mayor cantidad de españoles. Para la llegada de esos derrotados se habían previsto unas instalaciones que servirían de primer alojamiento, pero la población de Valparaíso dijo no, rotundamente no, y agregaron que esos hermanos y hermanas de España tenían casas a las que llegar: sus casas. En el Winnipeg llegó a Chile un tesoro de cultura; pintores, impresores, bailarines, historiadores, pescadores, cineastas, que aportaron su creatividad con la misma generosidad con que fueron recibidos. Una bonita historia que, por desgracia, no ha encontrado una justa reciprocidad en la España moderna.

Celebro el aniversario de la llegada de ese barco bendito, varios de mis profesores eran de los que viajaron en él, y el próximo octubre quería celebrar mi cumpleaños número sesenta rodeado de todos mis hijos y mis nietos. No podrá ser, porque tengo una hija cuyo gran delito es ser ecuatoriana, para más inri casada con un ecuatoriano y, peor aún, ambos me dieron una nieta ecuatoriana. A ninguno de los que subieron al Winnipeg se le pidió que mostrara una cantidad exorbitante de dinero como condición para subir a bordo. A los ecuatorianos que quieren viajar a España, a mi hija y a mi nieta sí se les pide. Los chilenos nunca dejaremos de agradecer que José Balmes viajara en el Winnipeg porque con él llegó el arte contemporáneo en su más alta expresión. Pablo Neruda no vendió las citas con los españoles que necesitaban viajar, y habló con todas y todos en medio de la impotencia que significó para el poeta no poder llevar más derrotados de la República a Chile. Los ecuatorianos, mi hija, mi nieta, tienen que comprar en un banco una cita antes de ser atendidos en el consulado español de Quito, y en la jerga canalla de los funcionarios se habla, no de la necesidad de fijar una cita, sino de comprarla.

Nunca dejaré de agradecer que Víctor Pey llegara en el Winnipeg y fundara Clarín. El periódico más popular de Chile y en el que hice mis primeros intentos para ser periodista y escritor. Y Víctor Pey subió a ese barco glorioso sin tener que mostrar una fotocopia legitimada por un notario que demostrara que él era él, ni su DNI legitimado por un notario. Tampoco tuvo que mostrar la escritura de la propiedad de quienes le recibirían en Chile legalizada por un notario. Mi hija y mi nieta, en cambio, deben gastar una considerable cantidad de dinero llevando ante notarios la invitación que les hice para asistir a mi cumpleaños, la escritura de mi casa, mi DNI europeo, mi certificado de nacimiento y una serie de documentos absurdos que contradicen la existencia de otros documentos oficiales españoles como la tarjeta de residente comunitario.

Cuando Roser Brú desembarcó en Valparaíso, con ella llegó también un aire de frescura y renovación de la pintura chilena. Antes de subir a bordo se entrevistó con Neruda, sin que mediara pago de por medio, y supo que podía confiar en el poeta, que aplicaba rigurosamente las reglas de la legalidad chilena. Mi hija y mi nieta, en cambio, deben someterse a la arbitrariedad de medidas que son, o de pura invención del consulado español en Quito, o letra pequeña del convenio de Schengen que el resto de los mortales desconocemos. Celebro el aniversario de la llegada del Winnipeg a Chile y de la misma manera quería celebrar mi cumpleaños número sesenta junto a todos mis hijos, hija, yerno, nuera, nieta y nietos. No podrá ser en España, porque mi hija y mi nieta son ecuatorianas, y porque España se toma muy en serio el papel de portero de la Europa rica.

Luis Sepúlveda es Escritor. Su última novela es ‘La sombra de lo que fuimos’

Ilustración de César Vignau

Una palabra bella y nada más

06 ene 2009
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LUIS SEPÚLVEDA

shalom-ok.jpg

Shalom es una bonita palabra y nada más. Los bombardeos a la franja de Gaza dejan a los tertulianos estupefactos; entre medio mueren niños; el mundo occidental, tan empeñado en “solucionar el conflicto de Medio Oriente” cada vez que hay fotos para la Historia, se queda sin palabras; entre medio siguen muriendo niños, civiles, chicos que jugaban en la calle, y cualquier posible discusión, por lo demás estéril, se queda
empantanada en lo políticamente correcto.
Todo el mundo teme a la sospecha de antisemitismo, porque ser abiertamente pro Israel es, amén de políticamente muy correcto, garantía de estar en el bando de los justos. Hoy, como sabemos, existen dos bandos claramente definidos: el de los que tienen la razón pro occidental, cristiana y despojada de cualquier antiamericanismo y el de los que pertenecen al bando del terrorismo integrista musulmán por acción, omisión o pinta de árabe.
El atentado a la Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, estableció las bases del todo vale en la lucha contra el terrorismo e instaló la certeza de que todos los árabes son terroristas, simpatizantes del terrorismo o eventuales terroristas. ¿Todos? No, se dejó fuera de la lista a los grandes amos del petróleo, a los sátrapas saudíes o de los Emiratos, sujetos que hacen de la violación de los derechos humanos la base de su permanencia.
Hoy caen bombas en Gaza, y el discurso de los indignados al referirse a los palestinos habla de Hamás y Fatah. Por un lado, están los extremistas –yihadistas de Hamás– que reciben de Israel un castigo “desproporcionado”, faltaría más, y, del otro lado, Fatah, algo así como extremistas moderados en los que tampoco se puede confiar. Lo que no se menciona es la existencia de la Autoridad Nacional Palestina, nacida en 1994 tras los acuerdos de Oslo, encargada de gobernar y organizar la sociedad civil de una nación carente de Estado, cuyo estatus en las Naciones Unidas es de simple observador, con derecho a voz, pero no a voto. Y lo que es peor, se omite que la Autoridad Nacional Palestina, pese a haber renunciado a los ataques contra Israel, se debilitó sistemáticamente, hasta perder el gobierno en Gaza, justamente por los incumplimientos israelíes de resoluciones avaladas por Naciones Unidas, que eran su razón de ser. Cada mandato que Israel no ha cumplido ha avivado la hoguera del odio fundamentalista.
Nada justifica los ataques contra territorio israelí, el lanzamiento de una media de 80 proyectiles diarios dirigidos a blancos civiles, a escuelas, hospitales, centros de trabajo. El discurso de Hamás habla de echar al mar a los judíos y ello es desde todo punto de vista inaceptable, pero tampoco nada justifica el padecimiento de los palestinos, las humillaciones de todos los días, el despojo de tierras, la existencia de muros vergonzantes, la cotidiana anexión, metro a metro, de Jerusalén.
En España se tiene meridianamente claro que la banda terrorista ETA no es sinónimo de los vascos; en Irlanda, el IRA no fue sinónimo de los irlandeses; de la misma manera, Hamás no representa el deseo palestino de tener un país, un Estado soberano. Los palestinos y su diáspora en los campos de refugiados deberían avergonzar a Occidente, mas el mundo democrático y civilizado ha permanecido siempre impasible, inoperante, mudo, ante los padecimientos de un pueblo humillado.
En 1982, Occidente calló tras las masacres de Sabra y Chatila, cuando las milicias pro israelíes en Líbano, siguiendo órdenes precisas del ex primer ministro de Israel, Ariel Sharon, asesinaron a 3.000 hombres, mujeres, niños y ancianos; mataron a todo lo que se movía en esos dos campos de refugiados palestinos. No representaban ni el menor peligro para Israel y los asesinaron. Occidente no abrió la boca, porque nadie quiso, ni quiere ser sospechoso de antisemitismo.
Aunque parezca un contrasentido, se supone que los países –los estados reconocidos en el bando civilizado de la humanidad– deben, entre otras cosas, garantizar la seguridad de la población civil en caso de guerra. Existen convenciones como la de Ginebra, pero luego del ataque al Trade World Center, el todo vale, la ley del más fuerte, el cinismo y las “preocupaciones ante las respurael, que también existe, un cheque en blanco para la solución final del problema palestino.
Que Israel debe tener fronteras seguras es una perogrullada, mas la pregunta subyacente es: ¿cuáles son esas fronteras?
Que los palestinos tienen derecho a un Estado reconocido internacionalmente también lo es, y la pregunta que queda es: ¿tiene Occidente siquiera el mínimo deseo de que eso suceda?
A los bombardeos de Gaza seguramente seguirá una tercera intifada, y una vez más veremos al pequeño David palestino enfrentado con una honda al Goliat artillado israelí, y cada hijo, cada hermano, cada novia muerta, será aprovechado en las escuelas del odio para formar yihadistas dispuestos a inmolarse y, con ellos, a inmolar el sueño justo de una patria palestina.
Mal empieza el año 2009. Shalom no es más que una bella palabra y, como leí hace tiempo en un grafiti colombiano: mientras los miserables sean los dueños de la fuerza La Paz seguirá siendo una bonita ciudad boliviana.

Luis Sepúlveda es Escritor

Ilustración de Iker Ayestarán

El puro dolor

22 ago 2008
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LUIS SEPÚLVEDA

08-22.jpgSi existe algo inherente a los seres humanos que debería permanecer intocable en su pureza, eso es el dolor, y más aún si afecta a tantas personas como ocurre con el trágico accidente de Spanair. El dolor no se puede medir, es imposible de ponderar, limitar e incluso expresar, y la mayor actitud ética es respetar con rigor la pureza de ese dolor y estar incondicionalmente con las víctimas.

Esto solía ocurrir en las sociedades cuando estas aún no sucumbían al abandono moral del liberalismo, cuando los “medios”, es decir, la televisión, no eran los abanderados del mercado. Pero hoy no es así, y el sagrado dolor de los familiares de quienes viajaban en la aeronave siniestrada se vio agredido por actitudes repulsivas.

El vocero de Spanair es quien expresa el punto de vista de la empresa, y hasta es posible reconocer que es lícito si se expresa con eufemismos al referirse a problemas gremiales, pero resulta repulsivo que, cuando cientos de personas reclaman, desde el dolor y la incertidumbre, saber qué ha ocurrido, les escatimen la verdad hablando de un “incidente” a sabiendas de que en ese momento el avión ardía.

Sabemos que la prensa pasa por la peor época, ser periodista es dedicarse a un empleo más que precario, los becarios mal pagados son más rentables que los profesionales con experiencia, y en el caso de quienes trabajan para la televisión, la información dejó de ser un derecho ciudadano para ser la búsqueda de la noticia que venda, a cualquier precio, pues los índices de audiencia marcan y determinan la ética.

Era nauseabundo ver a jóvenes mal pagados y peor formados que, micrófono en mano, se precipitaban sobre personas sufrientes que se acercaban al aeropuerto a saber del hijo, la madre, los nietos.

¿Dónde? ¿En qué escuela de periodismo les enseñan que tener la alcachofa en la mano da bula de crueldad? La noticia estaba en la pista, en el avión que ardía, en la comparecencia de las autoridades indicadas de informar sobre la tragedia, pero desde “los medios” se ordena a muchachitos y muchachitas que suelen empezar una entrevista a un premio Nobel de Física con un candoroso “dígame quién es usted”, a lanzarse a la caza de algo que venda, que asegure audiencia, que nuestro canal sea más visto que los otros porque eso “vende”, es decir: consigue más contratos de publicidad.

Un canal de televisión mostró fugazmente la llegada de una mujer hasta el lugar habilitado por Spanair para los familiares de las víctimas, era la imagen nítida de la incertidumbre, de la duda, de la débil esperanza, todo ello resumido en una expresión sagrada de dolor. Con una mano rechazó sin violencia los cuatro o cinco micrófonos, cada uno con el logo del “medio” que los enviaba, y los absurdos “una palabras”, “ iba algún familiar en el avión”, quedaron flotando como basura verbal.

Desde el punto de vista de la información, es decir, del “aportar elementos para comprender objetivamente un hecho”, ¿de qué sirve que una madre o un padre diga desde el dolor que su hijo debía tomar ese vuelo? Desde el punto de vista de la comunicación, es decir, del “entregar una información veraz y confirmada que amplíe el conocimiento de un hecho”, ¿de qué sirve preguntar a una mujer que desde el dolor sólo quiere saber de sus nietos, si le han dicho algo de lo ocurrido? ¿De qué sirven, qué comunican, qué informan, primeros planos de personas estremecidas de dolor? Cuando el sentido común tan escaso en España reclama serenidad para poder sobreponerse a la magnitud de la tragedia, ¿de qué sirve mostrar planos de otros accidentes aéreos? Y como por fortuna los cuerpos de seguridad y los bomberos impidieron por razones obvias el paso hasta el lugar de la tragedia, a falta de tomas del avión ardiendo se pasaron una y otra vez los “reportajes” acerca de los accidentes anteriores. ¿De qué sirve el morbo?

¿Qué siente el periodista de una agencia que dio por buena la información que hablaba de siete muertos? ¿De dónde sacó la información el corresponsal de otra agencia que aseguró que eran ocho? ¿Es que ya en ninguna escuela de periodismo enseñan que en casos como este, por sobre el mérito de la “primicia” está el dolor de las víctimas?

Un bombero aceptó decir algo a los micrófonos que le rodeaban. Ignoró preguntas cargadas de puro y simple morbo, y dijo que el avión se había detenido en un lugar de difícil acceso. Con los dientes apretados dijo sin palabras que había hecho todo lo posible y que le dolía no haber hecho más. Ese hombre, ciertamente, pensaba en las víctimas y en sus familias.

Algo hay que revisar en la manera de hacer periodismo. No vale todo para mantener la cuota de pantalla, y menos aún cuando cientos de personas pierden a seres amados y sólo les queda el puro dolor.

El abuelo Luis y sus nietos milagrosos

29 jun 2008
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LUIS SEPÚLVEDA

06-29.jpgQue el fútbol une y desata las mejores y las peores pasiones ya se sabe, también es sabida la crueldad de la hinchada cuando los resultados adversos caen en serie y rebaños de sabelotodos exigen renuncias, reclaman cabezas, levantan guillotinas desde la comodidad de los micrófonos y redacciones. Pero cuando los resultados no coinciden con las previsiones de los agoreros, entonces es extraño y hasta cobarde el clamoroso silencio de los que afilaban cuchillas.

Los espléndidos resultados de la selección española, que ha reinventado el hermoso fútbol-fiesta amado por todos los seguidores del rey de los deportes entre los que me cuento, permiten destacar un par de asuntos que ojalá permanezcan en las memorias de los agoreros de mañana porque, aunque España gane el domingo la final frente a Alemania, la racha de victorias no es eterna y para bien del deporte es bueno que así sea.

Luis Aragonés demostró que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Este abuelo huraño que respira fútbol por todos los poros, con cada uno de sus gestos reclamó tiempo para preparar una buena selección, un buen elenco, un buen todo en el que cada uno de sus hombres es responsable del buen juego de los otros, y no dejó que la esperanza o la confianza recayera en uno sólo de los que salen al campo. Eso se llama crear espíritu de equipo, algo muy diferente a la filosofía de paletos con dinero que optaron por la contratación de “galácticos” que dejaron atrás la belleza del deporte y no representaron más que las monstruosas sumas de dinero que costaron.

La idea que Aragonés tiene del fútbol ha encontrado correspondencias en el Getafe y en la reciente ascensión del Sporting Gijón, equipos que salen al campo a jugárselo todo y con alegría contagiosa.

Ese abuelo hosco, de gesto agrio, de ataques de mala leche, en cada una de sus apariciones en la prensa anteriores a la Eurocopa nos estaba diciendo que el trabajo nunca da frutos de manera espontánea, que también en el deporte existe la suma de experiencias, la armonización de los talentos, la simetría de estilos, y muchas veces con sus silencios parecía decir: “Estamos trabajando, coño, dejadnos en paz”, y el resultado final es una selección que funciona con la precisión de un reloj, un equipo con vocación de victoria.

Lo más hermoso del fútbol se da cuando un equipo logra la necesaria simetría que confunde a los comentaristas, y los hombres que invaden el área contraria son el todo, son fuerza, determinación en las jugadas, y los goles son realmente marcados por todos. Y esa es la gran proeza conseguida por Luis Aragonés en años de trabajo e injustas incomprensiones.

Es muy hermoso lo que ha conseguido este abuelo gruñón; ha contagiado experiencia y sensatez a la selección española, algo que se ve incluso en las declaraciones de los jugadores, ajustadas, libres de lugares comunes que no dicen nada, pero que evidencian una valoración mesurada de sí mismos y respeto hacia el equipo contrario. Y respeto se siente solamente cuando se mira al adversario de igual a igual. Desde el complejo de inferioridad no se siente más que miedo y la selección española está por fin libre de tal complejo.

La selección española en esta Eurocopa no ha salido a jugar para los cálculos de los representantes de jugadores, sino para la gente que vibra con el fútbol, como la familia de Güiza apiñada en el salón de su casa, o como la hinchada del guaje Villa que hasta escribe bien como columnista de Público.

Hacía muchos años que no se veía un equipo, una selección dotada de tal agilidad, fuerza, vigor, determinación y capacidad de jugar con los pies y la cabeza. El último adversario antes de conquistar la Eurocopa tiene experiencia y conoce todas las mañas, pero los alemanes carecen de algo llamado alegría en el campo de juego, porque, ¡qué duda cabe! la selección española sale a ganar y a recuperar algo que la perversión del dinero estuvo a punto de desterrar al olvido: la alegría de un espléndido deporte.

Un absurdo lugar común dice que el fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y que siempre ganan los alemanes. Este domingo, con el abuelo gruñón dirigiendo a sus nietos desde un costado del campo, se verá que semejante afirmación ya es cosa del pasado.

Luis Sepúlveda es escritor. Autor de  Un viejo que leía novelas de amor

Ilustración de Iker Ayestaran 

Costumbres y tradiciones de Spain

17 feb 2008
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LUIS SEPÚLVEDA

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Soy un emigrante que luego de un largo periplo escogió España como lugar de trabajo y residencia, convencido de que eso que se llama Estado de Derecho garantizaba una vida normal, ciudadana, entendiendo “como es natural” que la normalidad consiste en cumplir con una serie de deberes y disfrutar de derechos. Y es sencillamente La Ley quien fija esa dichosa mezcla, sin que existan situaciones de excepción que sitúen a los emigrantes en el gueto de los potencialmente excluibles, a riesgo de cualquier discriminación impulsada, “como es natural”, por registradores de la propiedad sin atributos, que ofrecen la simplicidad atroz de la xenofobia para enfrentar un desafío tan complejo como el de la emigración, sus causas y sus efectos.

Por algo se llama Carta Magna a la Constitución, porque no hay nada ni nadie sobre ese contrato suscrito por todos y que rige para todos los que respiran en territorio español. Pero ahora, “como es natural”, al Gallego Sin Atributos se le ocurre que a la Constitución hay que agregarle a pie de página, con letra tramposa, un contrato que, en lo medular, obliga so riesgo de expulsión a que los emigrantes respeten las costumbres y tradiciones españolas.

¿Cuáles son estas costumbres y tradiciones más importantes que las leyes vigentes? Supongo que antes de las elecciones habrá una lista confeccionada por Carmen Sevilla, Lina Morgan y Federico Jiménez Losantos entre otros felices salvaguardas de la españolidad.

Imagino que al Ayuntamiento de Tordesillas no le caerá muy bien que cientos de miles de ecuatorianos, magrebíes, peruanos, chilenos, colombianos, alemanes, finlandeses, chinos, paraguayos y vietnamitas acudamos felices a darle puñaladas al toro que sacrifican cada año, sumándonos a una de las más caras costumbres y tradiciones de Spain.

¿De dónde sacaremos tantas cabras para lanzar vivas desde los campanarios, si debemos participar de otra de las sanas, patrióticas y cultas tradiciones que hacen de Spain una grande y única? Habrá que ponerse en primera línea de corredores en las miserables aldeas donde encienden los cuernos de un toro hasta que enloquece de pánico, nuestros hijos tendrán que aprender a mover las orejas como Astarloa, a estirar el mentón manteniendo impasible el ademán, como Acebes, cada vez que digan una mentira y, lo más importante, sin que importe la dimensión de la cagada, tendrán que aprender a no disculparse jamás, porque la caradura es costumbre y tradición de Spain.

Lo siento por mis amigas y amigos ecuatorianos que cada domingo se reúnen en la Casa de Campo a cantar unos sanjuanitos o unos pasillos, a disfrutar de unos llapingachos o una deliciosa fanesca durante la semana santa. Ahora y por contrato habrá que aprender los secretos del pasodoble y atragantarse de gambas congeladas. Todo sea por las costumbres y tradiciones de Spain.

Lo siento por aquellas mujeres que emigraron de cualquier país de América Latina, que trajeron una infinita capacidad de dar amor, manifestada en la calidez y cariño con que tratan a los ancianos que cuidan. Si un abuelo pide algo o hay que cambiarle los pañales, el nuevo contrato obliga al españolísimo “¡que se jodan!”, médula de las costumbres y tradiciones de Spain.

Puedo imaginar la desazón de un bogotano o un paceño cuando, por cumplir con el nuevo contrato, en lugar de decir algo como “estuve visitando La Alhambra y aún estoy emocionado por la belleza del lugar”, deba limitarse al “yo, La Alhambra y tal y cual”, porque es costumbre y tradición de Spain destrozar el español con entusiasmo.

En Francia, al ultraderechista Le Pen le preguntaron cuáles eran las costumbres y tradiciones francesas que la emigración ponía en peligro y, tras meditarlo largamente, respondió que los franceses bebían vino y comían queso. En Austria, al neonazi Jörg Heider le hicieron la misma pregunta y contestó: la puntualidad y la higiene.

Al parecer nuestro Registrador de la Propiedad Sin Atributos ignora que las costumbres se renuevan y que las tradiciones son objeto de permanente juicio. Hace muy poco se terminó por vía legal con la dudosa tradición de dar sopapos a los menores de edad, pese a los defensores del soplamocos como costumbre pedagógica. La Educación para la Ciudadanía terminará con tradiciones tan bellas como “todas putas menos mi madre y mi hermana”, con costumbres tan enaltecedoras como “no pide factura, qué tío tan enrollao”.

El año pasado, algunos emigrantes se sintieron preocupados al ver a Aznar con varias botellas de Ribera del Duero soltándole la melena y declarando que a él nadie le decía “si bebes no conduzcas”, pero ahora saben que esa chulería es, en esencia, la tradición, la costumbre, el sustento cultural que dio una Agustina de Aragón o una Esperanza Aguirre, o la madre que las parió.

Costumbre de mentir sin quitarse la peineta. Tradición de violar la voluntad ciudadana aun a costa de la ruptura social. Ésa es la Spain que propone la derecha.

Luis Sepúlveda es escritor. Autor de ‘Un viejo que leía novelas de amor’

Ilustración de José Luis Merino

Vercingetórix y los delfines

30 ene 2008
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LUIS SEPÚLVEDA

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Cuando en política se habla de delfines se ofende gratuitamente a estos cetáceos por lo demás inteligentes y sin pretensiones de suceder a ningún escualo. En la derecha española hubo un delfín llamado Jorge Verstrynge, hombre cuyo apellido nos recuerda la épica y final de Vercingetórix –consúltese Astérix y Obélix–, el héroe galo que, tras no rendir sus armas sino arrojarlas a los pies de César, fue condenado al olvido de los siglos. Verstrynge, el Vercingetórix de una hipotética derecha democrática en España fue elegido como delfín por Manuel Fraga, el dedazo de las sucesiones, tan caro al PRI mexicano y a la derecha española, lo aupó a la secretaría general de Alianza Popular en 1979, y desde ese puesto, el joven delfín cuyos atributos intelectuales pendulaban entre ser articulista de Fuerza Nueva, la admiración profesada a José Antonio Girón, uno de los falangistas más extremistas del franquismo, y los últimos vahos del espíritu mayo-68, intentó que un cierto aire de renovación democrática se llevara la pestilencia del antiguo régimen –Chanel 5 para sujetos como Jaime Mayor Oreja– que continuaba impregnando el discurso de la derecha.

Verstrynge, el Vercingetórix español, duró en el cargo hasta 1986, intentó limpiar el partido precursor del actual PP por una vía bastante peculiar como fue quemar las fichas de los militantes de reconocida actitud fascista, y tirar las cenizas al retrete. También trató de contagiar optimismo a una derecha cabizbaja frente a la perspectiva de sucesivos gobiernos socialistas, mediante la fabricación de encuestas espontáneas gracias a una calculadora Cassio de bolsillo, que auguraban victorias al estilo búlgaro, con el 99 % de los votos, hasta que un día chocó con Fraga, y el dedo índice patriarcal de las sucesiones se encogió, se convirtió en un capullo arrugado y fofo, y cuando volvió a recuperar la tesitura propia de Don Manuel ¡ole tu madre!, el gallego octogenario que nunca usó condones ni piensa hacerlo, apuntaba al nuevo delfín, un joven tímido y ceremonioso llamado Alberto Ruiz-Gallardón.

Verstrynge, como Vercingetórix, no rindió sus armas sino que las arrojó a los zapatones de Don Manuel, y fue condenado también al ostracismo. De la misma manera como Stalin se encargó de borrar a Trotski de las fotos mediante el más brutal Photoshop, Verstrynge fue eliminado de la memoria de la derecha para, de paso, olvidar también ciertos chanchullos que nunca fueron desmentidos de manera convincente.

En Memorias de un maldito Verstrynge dice que el 29 de julio de 1986 y tras la segunda victoria electoral socialista, la desesperación reinante en la derecha era de tal magnitud que entre queimada y queimada se empezó a pensar en ciertas situaciones llamadas hipótesis, pues como se sabe la derecha es maestra en el abuso de los eufemismos. La primera hipótesis se refería a que el rey Hassan ocupara Ceuta y Melilla, lo que obligaría a la formación de un gobierno de Concentración Nacional –la derecha siempre amó la idea de la Salvación Nacional– en el que Alianza Popular exigiría la vicepresidencia y los ministerios de Defensa, Justicia e Interior.

La segunda hipótesis contemplaba “algún movimiento militar” con los mismos resultados de la anterior y, la tercera, aludía a un atentado de ETA contra Felipe González, que obligaría a un urgente gobierno de Salvación Nacional.

Todo esto lo asegura Verstrynge, el delfín defenestrado que conoció las entrañas de la derecha española. Ruiz-Gallardón, el otro delfín degradado a la categoría de sardina, en tanto asistente a maitines también conoció los chanchullos generadores de hipótesis tales como la autoría de ETA de la masacre del 11-M, la “tesis del ácido bórico”, la necesidad de buscar a los verdaderos autores “no en montañas lejanas ni en remotos desiertos”. Ruiz-Gallardón es un pececillo al que la complicidad en semejantes patrañas cortó las aletas. Y no tuvo el valor del Vercingetórix ibérico de arrojar las armas no a los zapatones de Rajoy, que nos los calza, sino a los de Aznar, el indiscutible mandamás del PP.

Suponer que cuando Aznar señaló con su dedito a Rajoy pensara “he aquí a mi delfín” sería una ofensa a los delfines que ninguna sociedad protectora de animales podría ignorar. Rajoy es la encarnación gallega del hombre sin atributos, es inconsistencia en estado puro, no nada, se deja llevar por las corrientes de la FAES, de la Conferencia Episcopal, y de un ex peluquero lleno de odio que se atribuye todo el dolor de las víctimas del terrorismo, y de cualquiera que venga con la folclórica monserga de “la patria en peligro”.

Conscientes de las aguas turbias en que se mueven, Esperanza Aguirre, Acebes, Zaplana y Martínez Pujalte visitan los acuarios para observar el grácil movimiento de los delfines, pero ahí está Federico Jiménez Losantos conduciéndoles al
acuario de las pirañas.

Luis Sepúlveda es escritor. Autor de Un viejo que leía novelas de amor

Ilustración de Iván Solbes