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Dominio público

Opinión a fondo

La izquierda conservadora

21 dic 2011
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Luis Yáñez-Barnuevo
Eurodiputado socialista
Ilustración de Javier Olivares

Felipe González llamó “izquierda conservadora” al Partido Comunista de la URSS cuando este se opuso frontalmente a los esfuerzos renovadores de Gorbachov. Tenía razón. La derecha en la URSS a finales de los ochenta era el PCUS. En general, el comunismo dejó de ser una fuerza de progreso –lo había sido sólo en algunos sitios y en determinadas épocas– cuando se opuso a las revoluciones de la libertad que acompañaron a la caída del muro de Berlín.
¿Está ocurriendo algo parecido en el PSOE? No exactamente, pero sí hay síntomas de esclerosis, de huida de la realidad. Hace muchos años que Juan Carlos Rodríguez Ibarra dijo que para ser concejal o diputado debería ser necesario haber trabajado en el mercado libre y haber cotizado a la Seguridad Social al menos durante dos años.

No se trata de crisis de la socialdemocracia, manida expresión que empezó a usarse en 1917-1919 (debate Lenin-Rosa Luxemburgo con el “renegado” Kausky de por medio), sino de crisis, espero que coyuntural, del socialismo español, porque pronto veremos a la socialdemocracia francesa, alemana y probablemente italiana ganar las elecciones. Ya nadie hablará, por el momento, de crisis de la socialdemocracia aunque esta deba reinventarse profundamente.
Pero a diferencia de Francia o Alemania, donde por unos pocos años se cuestionó incluso si la socialdemocracia era la alternativa a la derecha o lo eran nuevas formaciones, sobre todo verdes, en España, con el peor resultado de su historia, el PSOE no tiene detrás a nadie que le pise los talones. Los pequeños podrán oponerse, aliarse al PSOE, complementarlo o condicionarlo, pero no va ser reemplazado como alternativa a la derecha por mucho que a unos pocos les gustara.

El PSOE es el gran partido de la izquierda española desde 1879 y eso son razones muy sólidas para continuar siéndolo. Mi generación creció en la supuesta ignorancia general del PSOE. Perdonen la anécdota, pero cuando en octubre de 1974 fui detenido e interrogado en la Dirección General de Seguridad por el siniestro comisario Conesa, este me preguntó con sarcasmo: “¿Pero tú te crees que en España alguien conoce eso del PSOE? ¡Eso murió en 1939!”). Menos de tres años después, “eso” obtuvo 118 diputados y el 30% de los votos, y ocho años después Felipe González era presidente del Gobierno y el PSOE tenía 202 diputados. Pero era verdad que el PSOE, sus diputados, concejales y militantes habían muerto en 1939, por fusilamiento, cárcel o exilio. El catedrático Julián Besteiro, sucesor de Pablo Iglesias, es el mártir-icono de aquel terrible final: murió en las cárceles franquistas en 1940 junto con su pueblo, sin huir, sin abandonar a sus votantes.

El PSOE fue, sin duda, el partido más castigado durante la dictadura de Franco. Pero las raíces estaban ahí, y cuando volvió la libertad el PSOE volvió a renacer. Algunos dirán “eso es cosa del pasado”. Se equivocarán, porque la memoria histórica tiene una gran fuerza en el subconsciente colectivo. La UCD fue un conglomerado de intereses y después de hacer una gestión muy positiva desapareció porque no tenía un alma colectiva. El PSOE sí la tiene, hay un “patriotismo de partido” que no sólo comparten muchos de los siete millones de españoles que lo han vuelto a votar, sino una buena parte de los cuatro millones que han dejado de votarlo pero que volverán a hacerlo si le damos motivos para ello.

Eso sí, con “eso” solo no se ganan elecciones. El PSOE es su pasado, su presente, pero es sobre todo su futuro y este no se construye únicamente con llamamientos sentimentales. Si hacemos colectivamente una profunda transformación existen las bases para una recuperación política y electoral. Una condición necesaria es que se dé la palabra a la gente, a los ciudadanos. Ya hay movimientos en la red y fuera de ella que están indicando el camino, que no puede venir por
reuniones de exministros o ex secretarios de Estado (¡están tan lejos de la calle que se les ocurren ese tipo de sandeces!). La segunda condición es que los socialdemócratas sepan construir un discurso claramente alternativo a la derecha neoliberal, un mensaje que sea a la vez realista, creíble, realizable y al mismo tiempo atractivo y movilizador.

En realidad ya tuvimos una experiencia parecida en las primarias en 1997, y fue como un rayo de luz y libertad porque las bases, en contra de las indicaciones del aparato, votaron masivamente a Josep Borrell. Pero el aparato quedó vivo y se encargó de frustrar la experiencia. El resultado fue la debacle de las elecciones de 2000. Y de aquellos polvos estos lodos. Por cierto, no olviden leer el nuevo libro de Borrell y Andreu Missé, La crisis del euro.

Ahora no podemos equivocarnos de nuevo, no hay margen. Ahora los más lúcidos y generosos cuadros medios del PSOE encargados de ello deberán organizar unas primarias libres y abiertas a todos los españoles mayores de 18 años a las que podrán presentarse cualquier socialista que cumpla unos sencillos avales y condiciones y en las que se elegirá simultáneamente secretario general y candidato a la Presidencia del Gobierno. Con una buena campaña competitiva pero no de descalificaciones mutuas, es razonable esperar que vayan a votar de uno a tres millones de españoles y quien sea elegido de esa manera tendrá enormes posibilidades de ganar las futuras elecciones generales porque España, no se olvide, sigue siendo progresista y no reaccionaria. Hacer otra cosa sería comportarse como una “izquierda conservadora” y seguir perdiendo.

Cuba en el corazón

09 ene 2010
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LUIS YÁÑEZ-BARNUEVO

01-09.jpgDesde muy joven sentí que la libertad era una necesidad vital del ser humano que se valora especialmente cuando no se tiene, y entonces en España carecíamos de libertad. Ingresé en el clandestino PSOE en 1962, con 19 años, para luchar por la libertad. Quiero decir con ello que un demócrata, antes que socialista, popular, liberal, cristiano o de cualquier ideología, debe ser un defensor de las libertades. Es decir, poner a las personas por delante de abstracciones como la Patria, el Partido, Dios, la Revolución o las Ideologías, como nos enseñara Albert Camus. Como socialista o socialdemócrata considero que no se pueden desarrollar políticas sociales ni de igualdad, ni contra todo tipo de discriminaciones, sin un marco de libertades, de democracia, sin un sistema legal garantista, sin una división de poderes en el que cada uno, Ejecutivo, Legislativo y Judicial, conserve su autonomía e independencia en relación a los demás o con cualquier otro poder de los llamados

fácticos. Ya conocía el librito de Fernando de los Ríos en el que relata su viaje a Moscú en 1920 (Mi viaje a la Rusia soviética) y su conversación con Lenin, quien, a las preguntas del socialista andaluz sobre las libertades en la nueva URSS, contestó: “¿La libertad para qué?”, a lo que el ilustre profesor de derecho político replicó: “La libertad para ser libres”.
Por todo ello, para mí la lucha contra la patología totalitaria de la derecha –que es el fascismo– y la patología totalitaria de la izquierda –que es el comunismo cuando llega al poder– es la misma lucha. No hay socialismo sin libertad pero es que, además, el comunismo en el poder empobreció, y empobrece, las condiciones materiales de sus pueblos, además de privarles de la libertad. Y, hablando de libertades, recientemente he condenado el golpe de Estado en Honduras en este mismo periódico, porque era y es un gravísimo atentado contra la democracia y la soberanía popular. Entonces el PP español apoyó el golpe e IU lo condenó. Con Cuba se cambian las tornas. CiU y PNV son más consecuentes porque siempre han sido defensores de la democracia.

¿No podríamos PP, PSOE, IU, PNV y CiU mantenernos unidos en la defensa de la libertad allí donde se conculca, sea cual sea el disfraz que adopten los liberticidas?

Público me ha invitado, cosa que agradezco, a escribir este artículo a raíz de mi expulsión de Cuba el pasado 3 de enero desde el aeropuerto de La Habana, adonde acababa de llegar provisto de visado emitido por el consulado de Cuba en Sevilla con la intención de pasar cinco días con mi mujer en esa bella ciudad a la que amo tanto y donde tengo tantos amigos. No me dieron la menor explicación y, sólo dos días después, el embajador de Cuba en Madrid, Alejandro González, convocado por el Secretario de Estado para Iberoamérica, Juan Pablo de la Iglesia, declaró que mi viaje “no era inocente” (sic) y que estaba en juego la Seguridad Nacional y la soberanía de Cuba. Un viaje privado que pretendía ser discreto, sin la menor intención publicitaria, se convertía así, por decisión del Gobierno cubano, en un asunto de Estado. Creo que erró en el cálculo.
Pero lo más preocupante de las palabras del embajador es que dijera: “Sabíamos lo que Yáñez pensaba hacer en Cuba”.

Enseguida me acordé del libro de George Orwell 1984 y en la predicción del Gran Hermano que sabe hasta lo que piensan sus súbditos. En realidad yo no había organizado ninguna cita o reunión en Cuba, pero sí “pensaba” (¿leyeron en mi cerebro?) llamar a algunos de mis amigos como Manuel Cuesta Murúa, líder de la Corriente Progresista de Cuba, miembro de la Internacional Socialista, o Elisardo Sánchez, presidente de la comisión cubana de Derechos Humanos, ambos partidarios de la reconciliación nacional y del diálogo con el Partido Comunista de Cuba, en el poder desde hace 52 años.

Lo criticable no sería visitarlos, sino ignorarlos. Ambos han sido invitados durante años por el Grupo Socialista del Parlamento Europeo sin que les hayan permitido salir de la isla. Como tampoco pueden salir las Damas de Blanco, esposas de presos políticos de la primavera negra de 2003, a las que el Parlamento Europeo concedió el Premio Sajarov en 2005 y no pudieron ir a recogerlo. Por el contrario, altas autoridades del poder cubano entran sin problemas en Europa y realizan su agenda en el Parlamento Europeo sin la menor cortapisa. Esa es la grandeza de la democracia. Para una información completa sobre la Cuba de hoy recomiendo el libro del reconocido periodista Vicente Botín, Los Funerales de Castro (Ariel), que, salvo el título –no muy fino en mi opinión– es un magnífico relato sobre la realidad cubana que yo no puedo hacer aquí, y que además la escribe quien ha vivido en Cuba durante cuatro años (2005-2008) como corresponsal de TVE.

A mi juicio, la dialéctica simple castrismo-anticastrismo y menos el embargo que practica EEUU desde el principio de la revolución y que tanto daño ha hecho al pueblo cubano, aunque no tanto como la demencial política económica del castrismo, no son el camino para la salida del colapso que sufre Cuba hoy. El embargo ha proporcionado la coartada antiimperialista al régimen y ha contribuido a impedir cualquier avance en reformas que conduzcan a un mayor bienestar del pueblo y a una transición pacífica y ordenada a la democracia para la que hay que contar, sin duda, con muchos de los que hoy se consideran revolucionarios y comunistas. Lo contrario sería apostar a la catástrofe, al caos o a algo peor. El futuro de Cuba le corresponde decidirlo a los cubanos. Desde fuera, a los que tenemos a Cuba en el corazón nos toca expresarles nuestra solidaridad y simpatía.

Luis Yáñez-Barnuevo es eurodiputado socialista

Ilustración de Javier Jaén

Honduras, el daño está hecho

14 dic 2009
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LUIS YÁÑEZ-BARNUEVO

12-14.jpgHonduras es un pequeño, pobre y lejano país cuyos problemas no logran movilizar al Parlamento europeo, con clara mayoría de las derechas, que desde el 28 de junio de 2009 no ha aprobado una resolución condenatoria del golpe de Estado, aunque sí lo han hecho el Consejo y la Comisión.

Y, sin embargo, lo que está ocurriendo allí corre el alto riesgo de convertirse en un precedente perverso no sólo para el futuro de Honduras, sino para otros muchos países subdesarrollados de incierta institucionalidad, vulnerables, en suma.
Las elecciones del 29 de noviembre –en ausencia de observadores internacionales y bajo la administración del gobierno de facto– han dado la victoria al conservador (Porfirio) Pepe Lobo, pero si este no abre un diálogo (también con Zelaya, el presidente depuesto) ni consigue un acuerdo nacional, ni un gobierno de unidad y reconciliación antes de su toma de posesión el 27 de enero de 2010 se habrá consumado el llamado “golpe de Estado blando”, relativamente incruento, temporal, y aquí paz y después gloria.

Todo empezó cuando el presidente de Honduras, Manuel Zelaya, pretendió celebrar una consulta popular para saber si el pueblo hondureño estaba o no de acuerdo con convocar una Asamblea Constituyente. Encontró la frontal oposición del Congreso de los Diputados, del Tribunal Supremo, de los partidos tradicionales –entre ellos el suyo, el Partido Liberal–, y la gran mayoría de los medios de comunicación, que veían en la iniciativa, idéntica a las emprendidas en Venezuela, Bolivia, Ecuador…, un primer paso para convertir Honduras en un satélite del chavismo.

Lo importante no es, ahora, saber si los opositores a Zelaya tenían o no razón; lo relevante es que no siguieron la vía constitucional y democrática para destituirlo, porque, desde el momento en que una unidad regular del Ejército hondureño asaltó la casa del presidente, lo secuestró y lo trasladó a la fuerza al país vecino de Costa Rica, cometieron un delito contra el orden constitucional que no podía ni debía ser aceptado por la comunidad internacional democrática.

Y no lo fue. Tanto la OEA como Naciones Unidas y la UE condenaron el golpe y exigieron la reposición de Zelaya y la vuelta al orden constitucional. Pronto hubo consenso en torno a la mediación del Premio Nobel de la Paz y presidente de Costa Rica, Óscar Arias, quien propuso un plan de retorno a la democracia que, después de semanas, fue más o menos aceptado por las partes y que incluía un Gobierno de unidad y reconciliación nacional, una comisión internacional de verificación e, incluso, la renuncia de Zelaya a convocar la consulta que estaba en el origen del conflicto. Zelaya aceptó y, aparentemente, el autoproclamado presidente tras el golpe, Micheletti, también.

Y digo aparentemente porque ahora se ha comprobado que la estrategia de los golpistas –apoyados por la derecha de toda América, la jerarquía de la Iglesia católica, el Partido Republicano de EEUU y el PP europeo– era ganar tiempo y llegar a las elecciones presidenciales, legislativas y municipales en Honduras, previstas para el 29 de noviembre, sin reponer al presidente legítimo cuyo mandato termina el 27 de enero y reconocer el resultado de las elecciones, entregar el poder al presidente electo, olvidar lo ocurrido y, poco a poco, conseguir que la comunidad internacional reconozca por “realismo político” la nueva situación.

Ya al final de la campaña electoral, y sobre todo tras las elecciones, la solidez de la Organización de Estados Americanos frente al golpismo hondureño se ha ido resquebrajando por el relativismo de algunos gobiernos (Panamá, Costa Rica, Colombia, Canadá y, más importante, EEUU), que se inclinan por aceptar sin más al presidente electo el 29 de noviembre, debilitando de paso la posición de los que apoyaban la aplicación de los acuerdos de San José-Tegucigalpa. El caso de la Administración Obama requiere un breve análisis. Ha sido clave la evolución de la Administración Obama que, de una firme condena del golpe, de la que no se ha desdicho, pasó a insinuar un reconocimiento del presidente electo, lo que le ha dado resultados, porque los senadores republicanos más derechistas que bloqueaban el nombramiento del nuevo secretario de Estado adjunto para América Latina, Arturo Valenzuela, han levantado su veto y este ha podido tomar posesión.

Pero la pregunta principal sigue en pie: ¿se puede aceptar que un presidente constitucional al que le quedan seis meses de mandato sea depuesto por la fuerza y que después de todo continúe igual? ¿Qué va a pasar con Zelaya, que continúa refugiado en la embajada de Brasil en Tegucigalpa? ¿Serán llevados ante la Justicia los que asesinaron, torturaron y persiguieron a activistas de la resistencia zelayista o cerraron medios de comunicación contrarios al golpe?

El problema será, como anuncié al principio, que en el futuro ninguna democracia de país vulnerable estará segura, porque siempre tendrán la Espada de Damocles de la “doctrina Honduras”. Es lamentable que a esa, llamémosle, doctrina, haya contribuido con un entusiasmo digno de mejores causas el PP español, que no sólo no condenó el golpe, sino que ha contribuido activamente a su consolidación enviando una delegación a Tegucigalpa en octubre y otra, de nuevo, el día de las elecciones, haciéndose pasar por delegación del Parlamento europeo, lo que era falso y ellos lo sabían.

Quien esto firma, no simpatiza en absoluto con el chavismo y sus métodos, que están cercenando las libertades y los derechos humanos en Venezuela y en Nicaragua, especialmente, pero si la derecha no ha encontrado otra forma de “pararle los pies” a Hugo Chávez a costa del pueblo hondureño, mucho nos tememos que el gorilismo vuelve por sus fueros a América Latina y que el consenso alcanzado en torno al Estado de derecho y la democracia que hoy es general en América Latina, con la sola excepción de Cuba, esté de nuevo en peligro, porque, si la derecha llega a la conclusión que no puede ganar elecciones, recurrirá de nuevo al golpismo. Quisiera equivocarme.

Luis Yäñez-Barnuevo es eurodiputado socialista

Ilustración de Patrick Thomas