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Dominio público

Opinión a fondo

El ‘periodismo’ de la tele

04 may 2011
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MARIÀ DE DELÀS

Los últimos minutos de CNN+ fueron sobrecogedores. El periodista que presentaba las noticias por la noche, Benjamín López, cerró la edición del pasado 29 de diciembre con una información de despedida: “CNN+ se apaga para siempre”. Lo hizo acompañado de un grupo de compañeros que remarcaban con su gesto la gravedad del momento. Fue una escena de las que no se olvidan, pero, pasados más de cuatro meses, es hora de salir del duelo por la muerte de ese canal y de reflexionar con la perspectiva que ofrece el paso del tiempo, sin caer en la tentación de magnificar las virtudes, como se acostumbra a hacer siempre en las notas fúnebres.

Conviene preguntarse por qué, pocos minutos antes del apagón, desde la misma cadena se emitía publicidad del grupo Prisa con el siguiente mensaje: “El futuro está aquí”. Parecía una broma de mal gusto, sobre todo para la gente que ha dejado y dejará en la calle.

Los últimos programas también incluían un vídeo que enfatizaba el esfuerzo económico realizado por la compañía y presentaba el cierre como una decisión inevitable. También reconocía la dedicación de todas las personas que “habían hecho de CNN+ un referente de calidad”.

Benjamín López lo sintetizó de otra manera: “Han hecho mucho más de lo que su contrato les exigía por esta casa. Probablemente todos pagamos ahora los errores de otros”.
Se refería, sin duda, a errores de gestión y, más concretamente, a los de quien, obsesionado por su poder, endeudó al grupo Prisa hasta extremos inimaginables.

Las razones del cierre no hay que buscarlas en las cuentas del canal. Si como dicen perdió 40 millones durante los últimos tres años, no fue por falta de esfuerzo por parte de su equipo.

Una cadena dedicada a las noticias ha de poder, y puede, existir sin pérdidas de este calibre e incluso con resultados razonables.

CNN+ era un canal útil y decir esto no es poca cosa en los tiempos que corren. A veces, como tantos otros medios, a lo largo de sus 12 años de vida fue servil con los poderosos, pero la mayor parte de su programación respondía al doble objetivo que le daba sentido como canal: ofrecer las principales noticias a cualquier hora del día y, cuando ocurría algo gordo, procurar la información en directo desde el lugar del acontecimiento. Con mayor o menor acierto, este canal ponía en antena la información disponible de manera inmediata: “Está pasando, lo estás viendo”. Lo hacía con un estilo propio, combinando información estricta, reportajes breves de actualidad y conexiones en directo.

Nos engañaríamos si dijéramos que CNN+ vivía excepcionalmente protegido contra la desinformación interesada, la complicidad con determinadas fuentes, la confusión entre información y opinión, la rutina o el contagio de la agenda marcada por otros medios. Los esfuerzos que se hicieron a veces para demostrar identificación con objetivos empresariales en algunas batallas despertaban, más que nada, una cierta vergüenza, aunque eso ocurra en diferente medida en todas partes.

A veces faltaba información esencial, pero, incluso así, ese canal, nacido por voluntad de una de las corporaciones mediáticas más potentes de Estados Unidos y del grupo de comunicación español más influyente, pronto ganó mayor presencia que su competidor del sector público.

A menudo se ha comentado la brutalidad de quien decidió la sustitución inmediata de la señal de CNN+ por un sinfín de Gran Hermano 24 horas. Luego ocuparon la frecuencia con otra tele sobre famosos. Transmitieron una imagen clara de lo que significaba la liquidación de Sogecable y de la adquisición de buena parte de sus restos por parte del grupo de Silvio Berlusconi. Esta transacción provoca todavía repugnancia. La televisión de Prisa en manos del financiero del bunga-bunga, el que gobierna Italia y utiliza las instituciones del Estado a su antojo.
Provoca espanto y graves problemas a quienes pierden su empleo.

Fue un momento significativo de lo que ocurre en el mundo de la tele, del deterioro del oficio de informar y de la restricción del derecho de la ciudadanía a recibir información fiable.
El periodismo audiovisual pasa por un mal momento.

Al margen de talk shows y programas de testimonios que tienen como protagonistas a provocadores siempre alterados. Además de los canales de radio y televisión que se dedican a difundir información falsa, más allá de los espacios creados para el insulto y la propaganda antidemocrática, programas hipotéticamente destinados a la información llenan gran parte de su tiempo con ilustraciones de guiones pretendidamente ingeniosos sobre ideas preconcebidas en los despachos. Subsisten áreas para el trabajo riguroso, particularmente en el sector público, pero en algunas cadenas abundan los reporteros que salen a la calle con el encargo de obtener escenificaciones y declaraciones de personas que ratifiquen la idea concebida por su editor. El jefe quiere unas frases y acciones concretas. Rechaza cualquier otra cosa. Desea además que quien hable o actúe tenga determinado aspecto. “Ya sabes cómo nos gustan”, llegan a decir. Algunos reporteros no se atreven ni a preguntar si no se lo han encargado previamente.

La información real, recogida en el lugar de la noticia, interesa poco. El periodismo, en televisión, entendido como observación y explicación de datos y hechos significativos de la realidad, se encuentra en retroceso y cede el paso a la propaganda barata y la valoración improvisada sobre cualquier cosa, todo convenientemente acolchado con comentarios sobre la actualidad, unos cuantos sucesos de hígado y sangre y la imprescindible cuota de “corazón”. Habría que pensar en los motivos de todo eso.

Marià de Delàs es periodista

Ilustración de Patrick Thomas

 

Europa frente a la pobreza

17 feb 2010
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EDUARDO SÁNCHEZ Y MARINA NAVARRO

02-17.jpgEl año 2010 es una fecha clave para la lucha contra la pobreza y la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), suscritos por todos los países miembros de la ONU. Este año entramos en los últimos cinco del plazo fijado para alcanzar el compromiso histórico de erradicar la pobreza extrema en el mundo para 2015.
La entrada en esta recta final coincide, no obstante, con un contexto de crisis económica y financiera que ha agravado la situación de los países más pobres, amenazando con frenar o incluso revertir muchos de los avances conseguidos hasta la fecha. Se estima que, en 2009, 90 millones de personas más han pasado a vivir en la pobreza y, por primera vez en la historia, la cifra de personas que pasan hambre en el mundo ha superado los 1.000 millones. De hecho, de no cambiar las tendencias actuales, los ODM no serán alcanzados para 2015.
Consciente de la trascendencia y gravedad del momento, Naciones Unidas tiene prevista una cumbre sobre los ODM que se celebrará en Nueva York en el marco de la Asamblea General durante el mes de septiembre, y que buscará que los gobiernos, de los países ricos y de los países empobrecidos, adopten medidas concretas para acelerar el cumplimiento de sus compromisos en la lucha contra la pobreza. Estrategias que, para ser realmente eficaces y legítimas, deben contar en su formulación con la participación activa de la sociedad civil.
En este sentido, los resultados de la reunión que mantendrán hoy y mañana los ministros de Exteriores y Desarrollo de la Unión Europea en La Granja (Segovia) son de vital importancia. Si la UE quiere contribuir definitivamente a la consecución de los ODM, debe llevar a Nueva York un plan de reactivación ambicioso que establezca plazos específicos, tanto individuales como colectivos, para cumplir con sus compromisos en materia de ayuda oficial al desarrollo, comercio y deuda. España, anfitriona del encuentro, tiene en su mano la oportunidad de ejercer su voluntad de liderazgo en materia de desarrollo y dirigir este proceso, convirtiéndolo en uno de sus objetivos prioritarios durante su presidencia.
Es evidente que alcanzar los ODM requerirá grandes esfuerzos, especialmente en un escenario de crisis, pero Europa no puede eludir su responsabilidad con las personas más pobres y vulnerables. Así lo apoya la mayoría de la ciudadanía europea, tal y como refleja el Eurobarómetro de 2009: a pesar de la situación económica, un 90% de los europeos piensan que la cooperación al desarrollo es importante, y un 72% quiere que su gobierno cumpla y vaya más allá de sus compromisos para ayudar a los países pobres.
El conjunto de los países de la Unión Europea es hoy el principal donante internacional, pero en 2008 la ayuda conjunta apenas alcanzó el 0,42% de la Renta Nacional Bruta (RNB) europea, lo que nos sitúa lejos del compromiso europeo de lograr el 0,56% para 2010 y avanzar hacia el 0,7% de la RNB para 2015.
Además, junto al cumplimiento de los compromisos relativos a la cantidad de recursos destinados a cooperación y desarrollo, es necesario avanzar firmemente en la eficacia de la ayuda para mejorar su impacto. Europa debe dar pasos en la aplicación del Código de Conducta para la Complementariedad y la División del Trabajo que garantice una mayor coordinación entre los donantes presentes en un mismo país y evite la duplicación de esfuerzos. Se evitarían así situaciones como las que atraviesan países como Camboya, que debe destinar buena parte de su funcionariado a responder a las demandas de la multiplicidad de donantes con presencia en su territorio en vez de destinar ese capital humano a atender las necesidades básicas de su ciudadanía. Un proceso que debería estar basado en las necesidades que los países socios hayan identificado.
Una ayuda más eficaz es también una ayuda más transparente y previsible en el tiempo. Difícilmente un gobierno podrá poner en marcha estrategias de aumento de su gasto público para mejorar sus servicios de salud o educación si no puede prever de antemano los recursos que recibirá por parte de los donantes en apoyo a esos sectores. Otra medida urgente es la eliminación de la ayuda ligada a los intereses económicos o geoestratégicos europeos. Por ejemplo, diversos estudios han demostrado que la ayuda ligada a la compra de bienes del donante encarece un 30% su precio, cantidad que podría destinarse directamente a desarrollo.
Por último, los esfuerzos en cooperación servirán de poco si Europa y sus estados miembros no avanzan en la puesta en marcha de políticas comerciales, financieras, agrícolas o migratorias coherentes también con esos objetivos internacionales de desarrollo. La ONU estima, por ejemplo, que África pierde al año 700 millones de dólares por condiciones de comercio desfavorables, diez veces más que la ayuda al desarrollo que recibe al año. La propia Comisión Europea ha reconocido que la coherencia de políticas es un elemento estrechamente vinculado a los ODM.
El futuro de los ODM pasa porque los estados miembros de la UE empiecen a trabajar desde este mismo momento en medidas concretas y vinculantes en todos estos ámbitos que hagan de la erradicación de la pobreza una realidad. Los progresos conseguidos hasta la fecha –los 40 millones de niños y niñas más que han tenido acceso a la escuela primaria o los más de 1.100 millones de personas que cuentan hoy con agua potable, entre otros– han sido precisamente resultado de la alianza efectiva entre los países del norte y del sur que los ODM promueven en la lucha contra la pobreza.

Eduardo Sánchez es presidente de la Coordinadora de ONG para el Desarrollo-España

Marina Navarro es coordinadora de la Campaña del Milenio de Naciones Unidas en España

Ilustración de Miguel Ordóñez

Gabriel y la cultura de izquierda

19 may 2008
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MARIÀ DE DELÀS

05-19.jpgEn aquel reguero de protestas que marcaron el año 1968 hay algo de enigma histórico. Ya había ocurrido en 1848. Por distintas causas, en varios países de Europa estallaron entonces una serie de revoluciones sin relación aparente entre sí. Pero Carlos Marx demostró que tan dispares motines se ajustaban a un esquema común, y lo calificó de “primavera de los pueblos”.
¿Qué poseen en común las revueltas del 68? ¿Por qué, al mismo tiempo, se producen en sitios tan alejados como California, Tokyo, Inglaterra, Alemania, Polonia, Italia, Uruguay, París, España, Praga y México? ¿Por qué, como símbolo de una protesta universal, sólo ha quedado el “mayo francés”?
Con la lucidez que otorgan los cuatro decenios transcurridos, se puede afirmar que en aquel año 1968 entra en escena una categoría social hasta entonces desprovista de estatuto político: la juventud. Igual que en la segunda mitad del siglo XIX se inventó la infancia, y que en el periodo 1880-1920 se concibió la adolescencia, en los años 1960 se creó lo que llamamos juventud. O sea, una categoría social de contorno impreciso cuyos miembros tienen una edad correspondiente al periodo que va del fin de la adolescencia hasta la entrada en la vida activa. Y que coincide, en nuestros países, con los años de estudios superiores.
Los estudiantes eran antes unos señoritos. Existían como coartada (para la reproducción de la clase dominante) pero no como verdadera categoría social capaz de influir en la política. Eso cambia después de la Segunda Guerra Mundial. Se produce una masificación de la enseñanza superior. Y tremendos atascos a la entrada de las escasas universidades existentes. Surgen entonces dos causas comunes de malestar.
La primera tiene que ver con el estatuto del estudiante y la degradación de sus condiciones materiales de estudios. La segunda corresponde a su inscripción social y a la toma de conciencia de que lo que se le enseña sirve para reproducir el sistema de alienación y de dominación de clase que oprime a sus propios padres. Esa doble constatación –profesional y política– es la yesca que, una vez encendida, hará estallar la furia del estudiantado.
Hay que recordar que, gracias a la generalización del cine en color, del transistor y del tocadiscos, la cultura de masas vive entonces su gran esplendor. Y lleva ya más de un decenio difundiendo la figura del “joven rebelde”. Desde películas de gran éxito como Salvaje, con Marlon Brando, o Rebelde sin causa, con James Dean. Hasta canciones-protesta de Joan Baez o Bob Dylan (en España, Raimon) y de cantantes míticos como Elvis Presley, los Beatles, los Rolling Stones o Jimi Hendrix.
La gran crisis internacional de aquella época es la guerra de Vietnam. En 1968, Estados Unidos lleva ya seis años en ese lodazal donde más de medio millón de sus jóvenes soldados combaten, con unas pérdidas que sobrepasan los quinientos muertos por mes. Un conflicto muy impopular. Sobre todo en los campus universitarios donde, desde 1964, los estudiantes de izquierda vienen organizando monumentales manifestaciones con un inusitado eco internacional.
En América Latina, Ernesto Che Guevara, en plena lucha internacionalista en tierras bolivianas, en su “Mensaje a la Tricontinental” de abril de 1967 (antes de ser asesinado en octubre de ese mismo año), lanza su célebre consigna : “Crear dos, tres… muchos Vietnam”. Y las protestas de los estudiantes latinoamericanos se generalizan contra el imperialismo estadounidense. Aquí el compromiso es directamente político. Y muchos estudiantes, en Argentina, en Venezuela, en Uruguay, optan por la lucha armada y sus riesgos.  Violeta Parra les canta : “Me gustan los estudiantes / porque son la levadura / del pan que saldrá del horno / con toda su sabrosura, / para la boca del pobre / que come con amargura. / Caramba y zamba la cosa / ¡viva la literatura!”.
En cambio en Francia, la revuelta de los estudiantes en mayo del 68 no es tanto una rebelión política sino, sobre todo, una revolución cultural. Presenta apariencias políticas: jerga revolucionaria, consignas subversivas, barricadas, enfrentamientos con la policía, exhibición de iconos insurrectos (Lenin, Mao, Ho Chi Minh, Che Guevara). Pero en ningún momento los estudiantes se proponen seriamente la toma del poder, modo principal de llevar a cabo una revolución política, de modificar las estructuras de la propiedad y de cambiar la relaciones de dominación. El sibaritismo prevalece como lo muestra el eslogan: “La revolución cesa a partir del momento en que hay que sacrificarse por ella”.
Impregnados de marxismo, y más aún de freudismo, de surrealismo, de situacionismo y de espíritu libertario, nutridos de publicidad y adictos a la cultura de masas, los jóvenes insurgentes franceses elaboran en caliente (“en vivo”, diría la televisión) lo que podríamos llamar una pop-revolución (por alusión al pop-art). Esa creatividad, y el hedonismo que la impregna, es lo que les vale la simpatía universal.
Ponen en crisis la autoridad y todos los sistemas jerarquicos verticales: familia, escuela, Iglesia, Ejército, partido, fábrica, empresa. Ninguna de esas instituciones será ya nunca igual (piénsese en la descompostura del Partido Comunista). Despejan nuevos territorios, desconocidos por la política: feminismo, igualdad de géneros, liberación homosexual, ecología. Reclaman el derecho a la utopía (“¡La imaginacion al poder!”). Y anuncian (y denuncian) la inexorable tiranía de la sociedad de consumo (“Consumid más, viviréis menos”).
Mayo del 68 parecía responder al requerimiento de Marx de “transformar el mundo”. En realidad respondió al postulado de Rimbaud de “cambiar la vida”.

Marià de Delàs. D. R. Periodistas

Ilustración de Daniel Roldán