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Dominio público

Opinión a fondo

El factor Obama

06 may 2011
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MARK WEISBROT

El asesinato de Osama Bin Laden está siendo celebrado por los medios de comunicación y funcionarios del Gobierno de Estados Unidos, que lo pintan como uno de los eventos más importantes desde el 11 de septiembre de 2001. Desde la perspectiva de que lo ocurrido debilita a Al-Qaeda, esto sería ciertamente una ganancia. Pero vale la pena echarle una mirada sobria a la realidad detrás de las exageraciones.
Bin Laden, quien –como Sadam Husein y otros infames asesinos en masa– fue apoyado por el Gobierno de Estados Unidos durante varios años antes de volverse en su contra, cambió el mundo con el más destructivo acto de terrorismo jamás cometido en tierra estadounidense. Pero la razón por la cual pudo hacerlo tiene tanto que ver con la política exterior de Washington en ese momento en particular, como con sus propias metas y estrategia.
La meta de Bin Laden no consistía, como piensan algunos, simplemente en destruir el imperio estadounidense. Esa es una meta compartida por la mayoría del mundo, que (afortunadamente para nosotros) no usarían la violencia terrorista para lograrlo. Su meta específica era transformar la lucha entre Estados Unidos y las aspiraciones populares del mundo musulmán en una guerra contra el Islam, o por lo menos crear la impresión para millones de personas de que esto es verdad. Si miramos al mundo diez años después del ataque, podemos ver que tuvo bastante éxito en esa meta. Estados Unidos está ocupando Afganistán e Irak, bombardeando Pakistán y Libia, y amenazando a Irán –todos países musulmanes–. A pesar de que Obama lo negó el domingo pasado por la noche, a una gran parte del mundo musulmán le parece que Estados Unidos está efectivamente llevando a cabo una versión moderna de las cruzadas.
Esta situación, junto con el continuo apoyo de Estados Unidos a la ocupación israelí de Palestina, prácticamente asegura un constante suministro de nuevos reclutas para el tipo de organizaciones terroristas que Bin Laden estaba organizando. En ese sentido, Bin Laden tuvo éxito.
Esto en verdad es relevante, considerando que, inicialmente, como han señalado varios observadores, parecía que Bin Laden había cometido un grave error táctico con los ataques del 11 de septiembre, ya que con eso perdió su base de operaciones en Afganistán, el único Estado islámico que por lo menos se solidarizaba con su organización. Pero, después, el presidente Bush decidió usar el 11 de septiembre como un pretexto para invadir, no sólo Afganistán, sino también Irak, y la combinación de estas dos guerras impulsaron a Bin Laden y su movimiento a un nivel mucho más alto.
¿Será posible que Bin Laden anticipó que la respuesta de Estados Unidos al 11 de septiembre fortalecería su movimiento, aún tomando en cuenta la pérdida de su base en Afganistán? Yo diría que probablemente sí. No era predecible que el presidente Bush invadiría necesariamente Irak – aunque era una fuerte posibilidad–, pero sí era previsible que el Gobierno de Estados Unidos usaría el 11 de septiembre para crear una nueva justificación ideológica para sus intervenciones alrededor del mundo.
Durante la década previa a los ataques del 11 de septiembre, a Washington le hacía falta tal esquema ideológico. Durante cuatro décadas, hasta 1990, la supuesta “lucha contra el comunismo” justificó todo aspecto de la política extranjera de Estados Unidos, incluyendo el derrocamiento de líderes democráticos no comunistas en el hemisferio occidental (Guatemala, Chile, etc.), conflictos armados de gran escala como en Vietnam, y cientos de bases militares en todo el mundo. La Unión Soviética eventualmente colapsó, la Guerra Fría terminó, pero las bases militares y las intervenciones continuaron. Antes del 11-S, estas intervenciones militares tenían que ser improvisadas (por ejemplo, el “enemigo del mes”, como en Panamá o la primera guerra con Irak). Pero esa no es una manera eficaz de movilizar a la opinión pública, y, en general, los estadounidenses necesitan ser convencidos de que su propia seguridad está en peligro antes de aceptar aventuras militares prolongadas.
La “guerra contra del terror” era precisamente lo que necesitaba la era de la Postguerra Fría, y sus entusiastas, como el ex vicepresidente Dick Cheney, se dieron cuenta inmediatamente de ello, antes de que comenzara cualquier otra guerra. Tan solo cinco días después de los ataques del 11 de septiembre, Cheney apareció en la televisión declarando que la guerra contra el terrorismo era “un proyecto de largo plazo,” el “tipo de trabajo que tardará años”. No pudo haber tenido más razón, y con ataques de aviones robot en los que mueren civiles en Pakistán, y generando más odio cada semana, se está perpetuando un ciclo de violencia que puede continuar por muchos años más.
Por supuesto, esto no era inevitable. Irónicamente, la matanza de Bin Laden confirma lo que la izquierda ha sabido desde 2001: que la ocupación de Afganistán no era necesaria o justificada para perseguir a Bin Laden. La matanza de Bin Laden fue principalmente una operación de inteligencia: Estados Unidos no tuvo que invadir u ocupar Pakistán para llevarla a cabo. Lo mismo hubiera ocurrido mientras seguía en Afganistán. Y ahora que ha muerto, se está intensificando el clamor en Afganistán para que Estados Unidos se vaya ya; y también están aumentando en EEUU.
Ya que Bin Laden está ahora muerto, nunca sabremos qué pensaba cuando planeó los ataques del 11-S. Pero, al ser un aliado de Washington durante la Guerra Fría, seguramente entendía que esos ataques crearían una “guerra contra el terror” que fortalecería a su movimiento. A pesar de ser criminalmente demente, Bin Laden conocía bien a su enemigo.

Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR)

Ilustración de Javier Olivares

Wikileaks y la suerte de Haití

04 ene 2011
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MARK WEISBROT

De todos los gobiernos del mundo, el de Estados Unidos es hoy la mayor amenaza a la paz y seguridad mundial. Cientos de miles, o probablemente más de un millón de personas han muerto por la guerra en Irak. La guerra fue completamente innecesaria e injustificable, y basada en mentiras. Ahora, Washington se acerca a una confrontación militar con Irán. Con esto en mente, es evidente que cualquier información que ilumine sobre la “diplomacia” de EEUU resulta útil. Tiene el potencial de ayudar a salvar millones de vidas humanas. El ex presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, así lo entiende. Por eso defendió al fundador de Wikileaks, Julian Assange, a pesar de que los cables filtrados no fueron una lectura agradable para su Gobierno.
Un área de la política exterior de EEUU iluminada por los cables de Wikileaks, y que ha sido ignorada por los grandes medios, es la ocupación de Haití. En 2004, el presidente elegido democráticamente, Jean-Bertrand Aristide, fue derrocado por segunda vez mediante una operación liderada por EEUU. Los funcionarios del Gobierno constitucional fueron encarcelados y miles de sus seguidores, asesinados. El golpe de Estado, aparte de ser una repetición del que ya había sufrido Aristide en 1991, fue muy similar al golpe fallido en Venezuela en 2002. Varias personas de Washington estaban involucradas en ambos esfuerzos. Pero el golpe en Venezuela falló, en parte porque los líderes de América Latina declararon con rotundidad que no reconocerían al Gobierno golpista.
En el caso de Haití, Washington aprendió de sus errores en el golpe venezolano y creó de antemano apoyos para un Gobierno ilegítimo. La ONU aprobó una resolución tan sólo días después del golpe, y fuerzas de la ONU, lideradas por Brasil, entraron en el país. La misión sigue liderada por Brasil y tiene tropas de otros países latinoamericanos con gobiernos izquierdistas, incluyendo Bolivia, Argentina y Uruguay. También participan Chile, Perú y Guatemala.
¿Acaso estos gobiernos hubieran enviado tropas a ocupar Venezuela si el golpe hubiese sido exitoso? Es obvio que no hubieran considerado tal medida. Y, sin embargo, la ocupación de Haití no es más justificable. Los gobiernos progresistas de Suramérica han desafiado la política exterior de EEUU en la región y en el mundo. Han creado nuevas instituciones, como la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), para prevenir los abusos desde el norte. Bolivia expulsó al embajador de EEUU en septiembre de 2008 por interferir en sus asuntos internos. La participación de estos gobiernos en la ocupación de Haití es una grave contradicción política. ¿Será porque los haitianos son pobres y negros por lo que se les pueden pisotear sus más fundamentales derechos humanos y democráticos? Los cables de Wikileaks demuestran la importancia para EEUU de controlar Haití. Un largo memorando de la embajada de EEUU en Puerto Príncipe al Departamento de Estado responde a detalladas preguntas sobre la vida política y personal del presidente haitiano, Réne Préval, incluyendo asuntos de suma importancia para la seguridad nacional como: “¿Cuántos tragos se puede tomar Préval antes de mostrar signos de embriaguez?”. También expresa una de las principales preocupaciones de Washington: “Su nacionalismo reflexivo y su desinterés en dirigir relaciones bilaterales en un sentido diplomático general causarán frecuentes fricciones a medida que avance nuestra agenda bilateral. Por ejemplo, creemos que, en términos de política exterior, el mayor interés de Préval es recibir asistencia de cualquier recurso disponible. Es probable que él sienta la tentación de formular su relación con Venezuela y los aliados de Chávez en el hemisferio de tal manera que espere crear un ambiente competitivo para ver quién puede darle más a Haití”.
Es por eso que se deshicieron de Aristide –quien estaba mucho más a la izquierda que Préval– y no lo dejan volver al país. Es por eso que Washington financió las recientes “elecciones” que excluyeron al partido político más grande de Haití, algo equivalente a dejar afuera a los Demócratas o Republicanos en EEUU. Y es por eso que la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (Minustah) prosigue con su ocupación del país, más de seis años después del golpe, sin una obvia misión aparte de restituir al odiado Ejército haitiano –abolido por Aristide– como instrumento de represión.
Los que no entienden la política exterior de EEUU piensan que controlar Haití no le importa a Washington porque es muy pobre y no posee minerales o recursos estratégicos. Pero Washington no funciona de esa manera, tal como lo demuestran repetidamente los cables de Wikileaks. Para el Departamento de Estado y sus aliados, todo es un despiadado juego de ajedrez, y los peones importan. Gobiernos izquierdistas serán eliminados o prevenidos de tomar el poder donde sea posible; y los países más pobres –como Honduras el año pasado– son los blancos más fáciles. Un Gobierno elegido democráticamente en Haití sería inevitablemente de izquierda, dada la historia y la conciencia de la población. La democracia, por lo tanto, no está permitida.
Miles de haitianos han estado protestando por las falsas elecciones y el rol de Minustah en la causa de la epidemia de cólera, que ya ha matado a más de 2.300 personas y se sigue extendiendo. Considerando la rápida propagación de la enfermedad, puede que haya habido una grave negligencia criminal por parte de la Minustah. Esta es otra razón para que se vayan de Haití. La misión cuesta más de 500 millones de dólares al año, mientras que la ONU ni siquiera puede recaudar la mitad de esa cantidad para combatir la epidemia que su propia misión contribuyó a causar o para suministrar agua limpia a los haitianos.
Es tiempo de que los gobiernos progresistas de América Latina terminen esta ocupación, que va en contra sus propios principios. Y contra la voluntad del pueblo haitiano.

Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research

Ilustración de Alberto Aragón

El Tea Party no vale en Brasil

05 nov 2010
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MARK WEISBROT

Al igual que la concentración convocada por Jon Stewart y Stephen Colbert, de la Central de la Comedia, que atrajo el sábado pasado a cientos de miles de personas a la calles de Washington DC, las elecciones de Brasil del domingo fueron un concurso de “Restaurar la cordura” contra “Mantén vivo el miedo”.
Dilma Rousseff, del gobernante Partido de los Trabajadores (PT), ganó frente al candidato de la oposición, Jose Serra, con un margen cómodo de 56% a 44%. Fue una campaña fea y áspera marcada por alegaciones de corrupción y malas prácticas en ambos bandos, que acabó con la esposa de Serra llamando “asesina de bebés” a Rousseff.
Grupos religiosos se sumaron a la campaña de Serra y acusaron a Dilma de querer legalizar el aborto, eliminar los símbolos religiosos, y de ser “anticristiana” y “terrorista” por su resistencia a la dictadura militar a finales de los sesenta. La campaña recordaba las estrategias republicanas en EEUU, desde el ascenso de los derechos religiosos en los ochenta hasta las “armas de distracción masiva” de Karl Rove en años recientes.
Serra tenía incluso una estrategia derechista en política exterior que llevó a un crítico a etiquetarlo como “Serra Palin”. Su campaña amenazaba con aislar a Brasil de la mayoría de sus vecinos con acusaciones al Gobierno de Bolivia de ser “cómplice” del narcotráfico y al Gobierno venezolano de cobijar a las FARC. Atacó a Lula por su negativa –compartida con la mayoría de los líderes suramericanos– a reconocer al Gobierno de Honduras. Este fue “elegido” tras un golpe militar el año pasado en condiciones de censura y abusos de derechos humanos en unos comicios que sólo EEUU y un puñado de aliados de derecha consideraron que fueron “libres y justos”.
Pero, al final, la cordura triunfó sobre el miedo, y los votantes reflejaron con su voto las mejoras sustanciales en su bienestar durante el mandato de Lula.
No sorprende que Serra, economista de formación, buscara eludir los temas económicos más importantes que afectan a la mayoría de los brasileños. La economía se ha comportado mucho mejor con Lula que durante los ocho años de Gobierno de la formación política de Serra (el Partido Social Democrático de Brasil, PSDB): el ingreso per cápita aumentó cerca del 23% de 2002 a 2010, frente a apenas el 3,5% de 1994 a 2001. Además, el desempleo ha caído a la cifra récord del 6,2%.
Quizá lo más importante es que la mayoría de los brasileños ha logrado ganancias sustanciales: el salario mínimo, ajustado a la inflación, subió cerca del 65% durante la presidencia de Lula, más del triple del incremento durante los ocho años anteriores. Esto afecta no sólo al salario mínimo de los trabajadores, sino a decenas de millones de ciudadanos más cuyo ingreso está vinculado al salario mínimo.
Además, el Gobierno ha expandido el programa Bolsa Familia, que provee de pequeñas ayudas dinerarias a las familias pobres, con la asistencia a la escuela como requisito. El programa ha reducido el analfabetismo y llega ya a cerca de 134 millones de familias. Más de 19 millones de personas han salido de la pobreza desde 2003. Y un nuevo programa de subsidios para los propietarios de vivienda ha beneficiado a cientos de miles de familias, con posibilidad de alcanzar a millones.
Aunque la estrategia de las campañas republicanas haya sido eficaz durante la mayor parte de las cuatro últimas décadas en EEUU, no se ha demostrado exportable. El electorado brasileño se cansó muy pronto de dicha estrategia, y los votantes indecisos quisieron saber qué haría Serra por ellos mejor de lo que ha hecho el PT. Cuando el candidato se demostró incapaz de responder, perdió votos.
La “estrategia republicana” impidió que la campaña abordara algunos de los temas fundamentales para el futuro de Brasil. La élite financiera brasileña, que domina el Banco Central, tiene una influencia en la política económica que es al menos tan mala –y tan poderosa– como la de Wall Street en EEUU: esta es una razón por la que Brasil, bajo Lula, haya tenido durante años los tipos reales de interés más altos, o casi, del mundo. El éxito del crecimiento de Brasil no ha estado a la par del de los otros países BRIC (Rusia, India y China) y el país tendrá que apartarse de algunas de las políticas neoliberales de gobiernos anteriores con el fin de desarrollar su potencial.
La formación de capital durante los años de Lula no fue muy diferente de la de los años de su antecesor Cardoso, y fue relativamente baja en comparación con otros países en desarrollo. La inversión pública fue incluso más baja, aunque ha comenzado a acelerarse recientemente. El país necesitará una estrategia de desarrollo que establezca nuevos patrones de inversión y consumo, que satisfaga los intereses de la mayoría de los brasileños, 50 millones de los cuales permanecen en la pobreza.
Las elecciones tienen importantes efectos en el hemisferio occidental, donde el Departamento de Estado de Obama ha continuado sin apenas cambios la estrategia de la Administración Bush de “marcha atrás” contra la independencia sin precedentes que los gobiernos de izquierdas de Suramérica han ganado durante la última década. La derrota del PT habría sido un triunfo para esa estrategia. También tiene implicaciones para el resto del mundo. En mayo, Brasil y Turquía sentaron un precedente en la diplomacia internacional al negociar un acuerdo de intercambio de energía nuclear para Irán, en un intento por resolver la disputa en torno al programa nuclear iraní. El Departamento de Estado está probablemente más preocupado por esto que por todo lo que Brasil ha hecho en la región, incluido el apoyo fuerte y consistente de Lula al Gobierno de Chávez en Venezuela. Serra también atacó el acuerdo con Irán durante su campaña.
Fuera de Washington, los resultados de estas elecciones serán recibidos como una buena noticia.

Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR)

Copyrigth: The Guardian Unlimited

Ilustración de Iker Ayestaran