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Dominio público

Opinión a fondo

Pescar en aguas revueltas

20 feb 2012
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Miguel Ortega Cerdà
Coordinador político de OCEAN2012 en España
Ilustración Patrick Thomas

En el periodo 2007-2013 la Unión Europea ha destinado 4.300 millones de euros al sector pesquero a través del Fondo Europeo de Pesca, un 26% de los cuales han sido para España. Recientemente se ha iniciado la discusión sobre el nuevo fondo europeo marino y pesquero para el periodo 2014-2020 cuyo importe será de 6.567 millones de euros, y cuyas prioridades están en discusión.

La Comisión Europea ya ha realizado su propuesta y la ha presentado en Madrid. Algunos aspectos son claramente adecuados y dirigidos a acabar con problemas evidentes del marco de financiación anterior. Por ejemplo, medidas como asegurar que los recursos estén únicamente disponibles para aquellos estados miembros que cumplan los objetivos y las reglas de la política pesquera común; o el condicionamiento de la financiación a que los beneficiarios privados cumplan la reglamentación vigente; deberían ser medidas apoyadas ampliamente. En el pasado se dieron decenas de casos de embarcaciones, por ejemplo –pero no únicamente– españolas, subvencionadas y posteriormente capturadas realizando pesca ilegal. No tuvieron que devolver los fondos públicos, y en ocasiones fueron posteriormente aún subvencionadas de nuevo. Si nada cambia respecto a la propuesta actual, la situación no se repetirá con el nuevo marco financiero.

Pero no todo es tan claro en la nueva propuesta, y dada la importancia que tienen para España estos fondos parece sensato proponer una priorización que se adecue a nuestras necesidades, sin caer en el corto plazo ni ignorar la necesidad de transformar nuestra flota y sistemas de gestión para adaptarlas al siglo XXI. El actual statu quo no es una opción para España, un país donde tanto la ocupación como el número de embarcaciones no dejan de disminuir en las últimas décadas y que necesita un revulsivo que facilite una gran transformación, no el continuo lento decaer. Ante esta situación sería interesante priorizar y concentrar nuestros esfuerzos en tres ejes.

En primer lugar, conseguir que los recursos públicos se destinen en buena parte a usos públicos y de interés común. Dicho en otras palabras, antes que el apoyo a intereses privados puntuales sería preferible aumentar la financiación en algunos aspectos de gestión pública que resultan críticos para asegurar la viabilidad del conjunto del sector; tales como, un mejor conocimiento científico, más recursos para mejorar la gestión pesquera (por ejemplo para apoyar la creación de áreas de cogestión pesquera o los planes plurianuales a través de los cuales se deberán gestionar las pesquerías), y mayor financiación para un mejor control de la pesca ilegal, no registrada y no deseada, la más irresponsable de las modalidades pesqueras. Por ahora la propuesta de la Comisión Europea no es suficientemente ambiciosa, únicamente un 15% de los recursos se destinan a recopilación de datos y gestión pesquera. Deberíamos tratar de conseguir una proporción mayor y que los recursos no se puedan desviar a otros usos.

En segundo lugar se impone acabar con los fondos de usar y tirar. Hemos de dejar de financiar directa o indirectamente las flotas en las que existe una sobrecapacidad. La Comisión Europea reconoce la sobrecapacidad de la flota como una de las principales causas de sobreexplotación, y estima que en algunas pesquerías la capacidad puede llegar a ser dos o tres veces superior a lo que se consideraría sostenible. El problema es que no vincula suficientemente esta realidad a la nueva financiación. Sería deseable evitar, por ejemplo, financiar la modernización de la flota que poco tiempo después abandonará su actividad por exceso de capacidad. En el pasado se han realizado aberraciones. Por ejemplo, se ha subvencionado la modernización y la retirada de las embarcaciones con intervalos entre ellas inferiores a un mes. Por tanto, propongamos la condicionalidad de la financiación privada a un encuadre serio y coherente que acabe con la sobrecapacidad, y vayamos más allá de una discusión genérica sobre si son o no son necesarias las ayudas a los desguaces. Desde 1994 la Unión Europea ha destinado más de 2.700 millones para financiar desguaces sin conseguir el objetivo de acabar con la sobrecapacidad, lo que ha constituido una práctica que se ha mostrado inefectiva y plagada de irregularidades, según mostró recientemente el Tribunal de Cuentas Europeo.

Finalmente, apostemos por una distribución más equitativa de los recursos públicos. En el pasado los recursos se han concentrado mayoritariamente en pocas manos. Por ejemplo, a partir de los datos disponibles del Fondo Europeo de Pesca, podemos ver que para el caso español en el ámbito de la modernización el 20% de los mayores receptores usaron más del 77% de los recursos públicos, mientras que la mayoría de la flota no recibió nada o cantidades muy pequeñas (el 20% que recibió menos –algunos se quedaron sin nada– contaron con menos del 1%). El nivel de desigualdad en la distribución de los recursos públicos (medido a través del índice de Gini) es de 0,72, una barbaridad. Para hacernos una idea es una desigualdad mayor que la distribución de la riqueza en el mundo (0,55). Para evitarlo apostemos por establecer límites máximos en la cantidad que pueda recibir cada armador. Eso liberará recursos para distribuir de manera más equitativa entre el conjunto de la flota.

Prioridad para lo público, financiación condicionada a la no existencia de sobrecapacidad, y establecimiento de mecanismos de distribución equitativa deberían ser tres prioridades para la nueva financiación de pesca. Veremos si algunos intereses privados muy concretos no nos desvían de estas líneas de actuación.

Como un pez fuera del agua

14 jun 2010
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MIQUEL ORTEGA CERDÀ Y gUSTAVO DUCH GUILLOT

Poco más o menos como indica el título se ha quedado la Comisión Europea tras evaluar los resultados de la Política Pesquera Común (PPC) aplicada desde 1983 y revisada en 2002: más del 85% de los bancos de peces evaluados en las aguas comunitarias se consideran sobreexplotados, y la industria pesquera –especialmente la más pequeña– encadena una crisis tras otra. No está mal para una política que, entre sus objetivos, se planteaba conservar los recursos marinos y apoyar al sector pesquero. Peor aún es el resultado si tenemos en cuenta que no se trata de una política a la que no se le han dedicado recursos: 4.897 millones en el periodo 2000-2006, y una previsión de 4.304 millones más para el periodo 2007-2013. En varios estados miembros se ha calculado que el coste de la pesca para los presupuestos públicos es superior al valor total de las capturas. Dicho con otras palabras, prácticamente pagamos dos veces el pescado: una en la pescadería y otra a través de nuestros
impuestos.
Algo se ha hecho muy mal y, por ello, como plantea la propia Comisión Europea, “debe llevarse a cabo un cambio radical en la PPC, no debe tratarse de otra reforma fragmentaria gradual, sino de un maremoto cuyo alcance afecte a los factores fundamentales que se esconden en los fracasos anteriores”. La revolución se ha puesto en marcha y tendremos una nueva PPC en 2012. Pero ¿en qué debe basarse este cambio radical?
En primer lugar, se impone priorizar la recuperación del ecosistema marino: sin peces no hay pesca ni pescadores. La situación en la actualidad es grave: por ejemplo, en varias cuencas europeas dominadas por las flotas españolas, determinados tipos de merluza, rape o atún no sólo están sobreexplotados, sino que se mantiene una peligrosa tendencia negativa. Más que nunca, ahora es necesaria la aplicación del principio de precaución y un enfoque basado en el ecosistema (dónde se analizan las interacciones de las diferentes especies marinas) para la gestión de los caladeros. Técnicamente es posible; políticamente, está aún por ver.
En segundo lugar, hay que poner fin a la ineficiente estructura de toma de decisiones de la PPC. Mientras las decisiones estratégicas y los objetivos a largo plazo deben establecerse en el Consejo de Ministros o el Parlamento Europeo, las decisiones operativas deben tomarse a una escala inferior, con la participación plena del sector y ajustándose a la diversidad europea y de sus mares. No como sucede en la actualidad, donde la toma de decisiones está excesivamente centralizada. Los tipos de embarcaciones, el conocimiento de la situación ecológica de los diversos caladeros europeos, la estructura organizativa de los pescadores, etc., son demasiado diferentes entre los países, e incluso entre diferentes partes de un mismo país, para una visión centralizada efectiva.
Hay que establecer normas claras en la asignación al recurso y estas deben basarse en un conjunto de criterios transparentes que favorezcan las prácticas y artes de pesca menos destructivas y más selectivas, el menor consumo de combustible, el mayor empleo, las buenas condiciones de trabajo, la obtención de productos de calidad y el nivel de cumplimiento histórico de las normativas comunitarias. Esta propuesta está muy lejos de la situación actual, en la que ni tan siquiera se penaliza el incumplimiento de la legislación vigente. Es suficiente saber que más de 20 embarcaciones españolas han sido condenadas en los últimos años por incumplir la legislación de pesca y al mismo tiempo han recibido subvenciones públicas derivadas de la política pesquera común. Ni tan siquiera existen los mecanismos que les obliguen a devolver los recursos públicos utilizados. Por contra, tenemos decenas de ejemplos en todo el mundo que nos muestran que criterios sociales y ambientales pueden combinarse exitosamente para conseguir una mejor gestión pesquera y asignación de los recursos. Algunos de ellos son muy cercanos, como la gestión pesquera que se está llevando a cabo en la reserva marina española Lira-Carnota “Os Miñarzos”, gracias al excelente trabajo de la Cofraría de Lira y la Fundación Lonxanet.
Finalmente, no se puede olvidar la dimensión exterior de la PPC. Debe exigirse un respeto a la soberanía alimentaria de los terceros países (ya conocemos nuestra polémica presencia en el Sáhara Occidental); evitar la externalización de impactos negativos asociados a la sobrepesca y a modelos productivos basados en la sobreexplotación laboral o social (pensemos, por ejemplo, en las condiciones de maquila de algunas plantas de tratamiento de pescado en América Latina o África); o el dumping a los países no europeos. De una vez por todas se han de eliminar las subvenciones a las flotas que incumplan la legalidad en el exterior o que producen un dumping en terceros países, con un mayor control de los productos que llegan a Europa (como la perca del Nilo) y la mejor información para el consumidor, así como la desvinculación de las políticas de cooperación de las políticas de promoción de acceso a los recursos marinos en terceros países.
Se presenta una oportunidad única para diseñar una nueva PPC y hacer de esta un motor de cambio para el ecosistema marino y el sector pesquero europeo. Falta ver si la Comisión es capaz de guiar adecuadamente esta transformación y, finalmente, del maremoto no nos quedamos en marejadilla. El reto es grande, pero la necesidad de cambio es aún mayor.

Miquel Ortega Cerdà es coordinador del área de medio ambiente y sociedad de ENT, medio ambiente y gestión

Gustavo Duch Guillot es coordinador de la revista ‘Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas’

Ilustración de Iker Ayestaran