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Dominio público

Opinión a fondo

Cuando era peligroso ser joven: México 1968

21 may 2008

NAIEF YEHYA

05-21.jpgEl 12 de octubre de 1968, fueron inaugurados los XIX Juegos Olímpicos en México, a los que mañosamente llamaron “los juegos de la paz”. Apenas diez días antes, grupos paramilitares, en particular el tristemente célebre batallón Olimpia, y tropas del Ejército llevaron a cabo una de la peores carnicerías de la historia del México posrevolucionario. La cifra oficial de muertos fue 20. Nunca se supo el número real de víctimas, muchos piensan que debió de estar alrededor de 300. Para quienes nacimos en la década de los sesenta, los acontecimientos de mayo del 68 fueron un rito iniciático temprano. A los cinco años, mi vocabulario se enriqueció con la palabra matanza, descubrí los gestos de angustia y conocí las expresiones de zozobra. Como tantas otras familias mexicanas de izquierdas en 1968, abrimos la puerta a la paranoia y adoptamos la derrota como una medalla que se portaba con orgullo. Obviamente, yo no entendía lo que estaba sucediendo, tan sólo sabía que el Ejército había disparado sobre los estudiantes, que se habían usado los tanques contra civiles desarmados, que ardían autos y autobuses en las calles.

Mucho menos podía entender lo que pasaba porque por aquel entonces me operaron de miopía en un pequeño hospital particular. No estoy seguro de si aún tenía los ojos cubiertos de vendas cuando tuvo lugar la balacera en la plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, un barrio caracterizado por grandes edificios multifamiliares situado en el centro de la ciudad de México. Un barrio que vivió una tragedia más durante el terremoto de 1985, cuando varios edificios sepultaron a cientos. Durante la convalecencia, mi madre me leía Moby Dick. El capitán Ahab quedó para siempre emparentado en mi imaginación con el liderazgo del Consejo Nacional de Huelga (CNH), el liderazgo del movimiento formado por estudiantes y maestros de las principales instituciones de educación superior del país: la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Politécnico Nacional, las escuelas normales, el Colegio de México, Chapingo, la Universidad Iberoamericana, el colegio La Salle y algunas universidades estatales.

En el imaginario de los manifestantes mexicanos, estaban presentes los eslóganes y la poética de mayo del 68 francés: “Bajo los adoquines, la playa”, “Seamos realistas, exijamos lo imposible”, “Está prohibido prohibir” y todos aquellos arrebatos que hacían subversiva a la incoherencia. Los huelguistas soñaban en grande con cambiar al mundo ,aunque la urgencia inmediata era que el Gobierno atendiera el pliego petitorio del CNH, el cual contenía tan sólo seis puntos pragmáticos y directos: libertad a los presos políticos, derogación del delito de disolución social, desaparición del Cuerpo de Granaderos, destitución de los jefes policiales, indemnización a los familiares de los muertos y heridos desde el inicio del conflicto, deslindamiento de responsabilidades de los funcionarios culpables de los hechos sangrientos. En cualquier caso, el movimiento estudiantil en México se convirtió en un símbolo relevante de lo que llamamos, para bien o para mal, la revolución cultural de 1968.

Antes de la masacre, la gente hablaba de las marchas, se discutía la represión y muchos estaban furiosos por la toma de las instalaciones de la universidad por parte del Ejército, otros tantos tan sólo temían la amenaza del comunismo. La propaganda oficial, aunque rústica, lograba su objetivo. Todo el mundo coincidía en creer que eran tiempos peligrosos para ser joven. Después del 2 de octubre, no se hablaba más. Las fuerzas del orden eran extremadamente convincentes en sus amenazas, en su brutal represión selectiva, en su uso de la tortura y la desaparición.

Durante años, me lamentaba por haber sido tan joven en 1968 y haberme perdido participar en ese momento histórico e irrepetible, en esa tragedia que no podía haber terminado de otra manera que en un pantano de sangre, ya que el Estado mexicano era incapaz de negociar o de entender que los problemas podían tener otra solución que la militar.

Tlatelolco fue el mito fundador de la identidad de mi generación, un episodio que descubrimos por jirones de historia, ya que no contábamos con gran cosa para conocer los hechos aparte de anécdotas, unos cuantos libros como Los días y los años, donde Luis González de Alba cuenta su participación en el movimiento y sus años en la prisión de Lecumberri; La noche de Tlatelolco, la recopilación de entrevistas de sobrevivientes por Elena Poniatowska, el testimonio de la desaparecida periodista italiana Oriana Fallaci, quien salió ilesa de la guerra de Vietnam para recibir tres impactos de bala en México (con lo cual los mexicanos pasamos a ser despreciados por ella antes que de dedicara lo mejor de su odio a los musulmanes) y la devastadora película El grito (1968), de Leobardo López Aretche, quien se suicidó un par de años más tarde. Aparte de eso, tan sólo nos quedaba la música que asociábamos con ese tiempo de tragedia, sacrificio y valentía: Hendrix, Joplin, Doors, Rolling Stones, Dylan. Figuras que entonces se veían tan distantes y mitológicas que ni podíamos soñar con que algún día tocarían en México.

Cuando entré por fin en la UNAM, me tocó participar en el movimiento estudiantil del 86. Aunque nunca estuve de acuerdo con la huelga, sí lo estaba con la necesidad de rechazar los planes de transformación de la universidad pública en una “institución de excelencia”, en modelo de universidades privadas. Nuestro movimiento, aunque logró detener los planes de la rectoría, fue también un fracaso, pero no fuimos víctimas de la represión armada del Estado. El partido en el poder, el PRI, aprendió a manipular, golpear con discreción y censurar sin necesidad del genocidio. Debo sentirme agradecido por la modernización del sistema político de México.

Recuerdo que en octubre del 68 mi madre me llevó a ver la esgrima, la gimnasia y los clavados durante los Juegos Olímpicos, como si nada hubiera sucedido. Finalmente, era el 68, el año de la Primavera de Praga, de la ofensiva de Tet, del asesinato de Martin Luther King, del atentado de Valerie Solanas contra Andy Warhol, del black power en el podio de medallistas olímpicos. Un año turbulento en que el capitán Ahab pudo haber sometido a su feroz ballena blanca.

Naief Yehya es escritor. Autor de Pornografía, sexo mediatizado y pánico mortal

Ilustración de Iván Solbes

La verdadera amenaza del dopaje

17 oct 2007
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NAIEF YEHYA

marion.jpgMarion Jones era la chica resplandeciente del equipo de atletismo de Estados Unidos en las olimpiadas australianas de 2000. Todo en esta guapa californiana de 25 años brillaba, desde su fabulosa sonrisa hasta sus zapatillas plateadas. Está claro que ella, como cualquiera de los deportistas de alto nivel, es un cyborg, un organismo cibernético que mediante regímenes brutales de ejercicio, dietas y suplementos alimenticios había transformado su cuerpo en una velocísima maquinaria de precisión. Su histórica cosecha en aquellos juegos olímpicos fue de tres medallas de oro y dos de bronce, aparte de la certeza de que el mundo era un estadio lleno de sus fanáticos.

Sin embargo, Jones contaba con un poco más de tecnología que sus competidoras ya que estaba usando el esteroide anabólico THG, tetrahidrogestrinona, también conocido como The Clear, una droga de diseño cuya potencia era superior a la de cualquier esteroide anabólico existente en el mercado en ese momento. Sin implantes de ninguna especie pero con la ayuda de la química Marion se tornó en una especie de über-atleta capaz de hazañas asombrosas. El THG fue desarrollado por el tristemente célebre Laboratorio Cooperativo del Área de la Bahía (BALCO), una compañía que producía suplementos alimenticios y ofrecía análisis para determinar niveles de nutrientes en la sangre y la orina. El THG en la corriente sanguínea entra al núcleo de las células del tejido muscular e interactúa con los cromosomas haciendo que el núcleo envíe información para incrementar la producción de proteínas, lo que fortalece y desarrolla músculos, mientras por otra parte permite una recuperación mucho más rápida.

La gloria del triunfo de Jones duró muy poco: después de montar al podio olímpico cinco veces su mundo comenzó a colapsarse. En 2002 se divorció de su marido y ex entrenador, el lanzador de peso C. J. Hunter, quien tras un resultado positivo de dopaje quedó fuera de las olimpiadas de 2000. En 2003 Marion tuvo un hijo con el corredor de 100 metros Tim Montgomery Junior, quien impuso en 2002 el récord mundial en esa prueba hasta que en 2005 confesó haber usado esteroides, fue suspendido por dos años, decidió retirarse y su récord quedó anulado. Hunter reveló a los investigadores del gobierno que en Sidney había visto a Marion inyectarse THG en el estómago. Su entrenador Trevor Graham también se vio involucrado en un escándalo de drogas. El propio Víctor Conte, el científico autodidacta, gurú farmacológico, ex-bajista de la banda Tower of Power y fundador de BALCO, fue objeto de una redada policíaca, y al ser acusado de vender drogas y lavar dinero señaló a Jones entre sus clientes. A pesar de los escándalos a su alrededor Jones se mantuvo firme.

El resplandor que Marion tenía en Sidney se extinguió para las olimpiadas de Atenas, en las cuales su presencia pasó sin pena ni gloria, fracasó en la prueba de 100 metros, se retiró de los 200, quedó en quinto lugar en salto de longitud y perdió la estafeta en relevos 4×100 metros.

Marion no fue atrapada en las pruebas antidoping y durante 7 años aseguró apasionadamente que nunca había usado drogas. Es difícil saber si los efectos secundarios del THG se manifestaron en ella (encogimiento de los senos, impotencia, interrupción de los ciclos menstruales, incremento del vello en el cuerpo y el rostro, ictericia, infertilidad, pérdida del cabello y acné). En cualquier caso la atleta no pudo más con la presión y finalmente reconoció que sí había usado THG. El pasado 5 de octubre se vio obligada a regresar las cinco medallas olímpicas que ganó en Sidney en 2000.

Marion reapareció en las pantallas con una confesión lacrimógena pidiendo comprensión a esa masa irresponsable, voraz de espectáculo que se llama la opinión pública. Los medios estadounidenses volvieron entretenimiento su arrepentimiento y justificaron a Jones enfatizando que por lo menos había hecho lo correcto al confesar. Por otra parte no faltaban comentaristas que hablaran de la hipocresía de la sociedad y de los espectadores, a quienes señalaban como los verdaderos culpables, ya que por un lado reprueban el uso de drogas pero por otro exigen nuevos récords. Esto es tan sólo parcialmente verídico, ya que la principal motivación para el uso de esteroides no son tanto los chillidos provenientes de las tribunas sino la feroz y despiadada competitividad de los atletas. Estos deportistas no son víctimas inocentes de una sociedad Moloch, sino que son producto de una cultura en la que cualquier progreso tecnológico será adoptado tarde o temprano a pesar de sus consecuencias y aunque su uso eventualmente transforme la cultura de manera dramática.

A final de cuentas el crimen de Jones y de los demás atletas que usan estas drogas no es tanto hacer trampa o tener una ventaja ilegal sobre los demás competidores. De cualquier forma las naciones más ricas siempre podrán invertir más en mejores entrenadores, equipo y tecnología, por lo que el terreno de juego deportivo nunca será igualitario. Lo que verdaderamente perturba a una sociedad adicta a lo novedoso es que estos prodigios nos obligan a cuestionarnos acerca de los límites de lo humano y a reflexionar en torno al contraste entre lo natural y lo manufacturado en el cuerpo. El dilema de los esteroides es que nos hace preguntarnos: ¿qué somos realmente, maquinaria programable o seres sensibles e impredecibles? El malestar que provocan Marion Jones y los demás superatletas es semejante al que causan los replicantes Nexus 6 de la cinta Blade Runner, de Ridley Scott; ambos representan nuestras aspiraciones y fantasías y ambos nos hacen imaginar un futuro utópico en el que probablemente los hombres y mujeres no modificados seremos reliquias prescindibles.

Naief Yehya es escritor. Autor de Pornografía, sexo mediatizado y pánico mortal