
Naomi Wolf
Ensayista y cofundadora de la Campaña Americana por la Libertad
Ilustración por Jordi Duró
Es evidente que la izquierda y los medios de comunicación estadounidenses no han entendido del todo el atractivo popular en la televisión de las dos tigresas republicanas –primero Sarah Palin y ahora, una vez que se ha consolidado como favorita a las elecciones presidenciales, Michele Bachmann–. ¿Qué tienen ellas que no tengan otras candidatas y que tantos norteamericanos parecen desear?
Tanto Bachmann como Palin son ridiculizadas frecuentemente por los medios de comunicación. En el caso de Palin, la percepción predominante es que es una intelectual de poca monta: el vídeo que muestra su incapacidad de citar un solo periódico o revista de información que lea regularmente consiguió millones de visitas en Youtube durante las últimas elecciones presidenciales. Bachmann, por su parte, es retratada como una persona un poco desequilibrada. De hecho, doy fe de que debatir con ella es como hacerlo con alguien que está en un universo paralelo.
Pero sería un error descartar su atractivo sin hacer un esfuerzo por comprender su origen. Esto es especialmente patente en el caso de Bachmann. Palin no ha conseguido asegurar el apoyo y tutela de la dirección del Partido Republicano y continuará exponiendo su extraño atractivo como figura mediática. Pero Bachman, excepcionalmente, podría llegar a ser presidenta de Estados Unidos.
La naturaleza de su atractivo está relacionada con dos corrientes del pensamiento estadounidense en los que la izquierda del país y los medios de comunicación no reparan. Una es la tradición norteamericana de populismo y demagogia –una tradición que, durante el siglo XX, incluyó al racista padre CharlesCoughlin en los años treinta, al anticomunista responsable de la caza de brujas Joe McCarthy en los años cincuenta y al radical Malcolm X en los sesenta–. Los líderes populistas inspiran generalmente una vehemente devoción en las personas que se sienten (y en ocasiones lo son) marginadas económica, política y culturalmente.
La energía de estos movimientos populistas puede dirigirse hacia el bien o hacia el mal, pero los demagogos en Estados Unidos adoptan tácticas similares para estimular visibilidad y poder. Usan una retórica emotiva. A veces, se inventan enigmáticas redes de “élite” que apelan al ciudadano común y corriente, al ciudadano honrado. Crean un escenario de “nosotros contra ellos”. Y demandan a sus oyentes que crean que ellos solos restablecerán la dignidad norteamericana y serán la voz de los no escuchados.
Palin y Bachmann utilizan este tipo de lenguaje personal y emotivo, que incluso el republicano más duro y varonil tendría dificultades para imitar. En las últimas tres décadas, los hombres estadounidenses dominantes en política se han vuelto cada vez menos firmes, demasiado indefinidos y profesionalizados. Esto es malo para la demagogia, pero no afecta a las tigresas de la derecha, que no han ascendido con el “viejo grupo de los chicos”. Como resultado, Palin es libre de hablar de los “equipos de la muerte” –una amenaza completamente inventada sobre la reforma del sistema sanitario del presidente Barack Obama– y Bachmann puede evocar el espíritu mccartiano para hablar sobre los tentáculos del fantasma del socialismo infiltrándose en los más altos niveles del Gobierno.
Ambas pueden dar la atractiva y poco sofisticada imagen de típicas madres de clase media, precisamente el tipo de sentimentalismo que muchos políticos profesionales en serie, varones (incluso o especialmente en la cúpula del partido), no consiguen ofrecer.
La segunda razón de que Bachmann y Palin atraigan a tantos estadounidenses –y esto tampoco debería ser subestimado– tiene que ver con una grave malinterpretación histórica del feminismo. Porque el feminismo de los sesenta y setenta estuvo articulado por las instituciones de izquierda –en Inglaterra, estaba relacionado a menudo con el movimiento obrero y en Estados Unidos, resurgió conjuntamente con la aparición de la Nueva Izquierda–, se da por supuesto que el feminismo en sí mismo es de izquierdas. Pero el feminismo tiene filosóficamente mucho en común con el conservadurismo y especialmente los valores libertarios, y en algunos casos incluso mucho más.
Lo esencial del feminismo es la elección individual y la libertad, y esas ideas están siendo mucho más manifestadas por el Tea Party que por la izquierda. Pero, aparte de estos mensajes políticos, hay un gran número de potenciales electoras de derechas en Gran Bretaña, Europa occidental y Estados Unidos que no ven sus valores reflejados en las propuestas de las políticas sociales colectivistas o en las cuotas de género. Prefieren lo que ven, como en el sólido individualismo del liberalismo económico, donde los capitalistas empiezan con igualdad de oportunidades y un Estado débil no afecta sus decisiones personales.
Muchas de estas mujeres son socialmente conservadoras, defensoras de las fuerzas armadas y de la religión y, sin embargo, anhelan la igualdad tanto como cualquier vegetariana de izquierdas en Birkenstocks. Es una cabezonería que, hacia este acercamiento perfectamente legítimo al feminismo, algunos comentaristas sigan erróneamente desdeñando a mujeres como Margaret Thatcher, a las musulmanas o ahora a las líderes de la derecha estadounidense, como si no fueran “auténticas”. Pero estas mujeres son feministas reales –incluso si no comparten las políticas con las actuales asociaciones de mujeres, e incluso si rechazan la etiqueta de feministas–. En el caso de Palin, y especialmente en el de Bachmann, ignoramos el gran atractivo del feminismo de derechas y podría salirnos caro.
NAOMI WOLF
Estamos en la Era de la Teoría de la Conspiración? Hay evidencias que sugieren que estamos viviendo una especie de era dorada de la especulación que cobra forma, habitualmente, en Internet y que se propaga de manera viral por todo el mundo. En el proceso, se extraen teorías de la conspiración que a veces llegan a inyectarse en el corazón mismo de la política.
Esto lo aprendí cuando di por casualidad, en mi búsqueda de nuevos proyectos, con historias on line que adoptan narrativas de manipulación. Existen algunos temas importantes. Uno frecuente en EEUU es que las elites globales están tramando –a través del Grupo Bildeberg y del Consejo de Relaciones Exteriores, entre otros– establecer un “Gobierno del Mundo”. A veces, entran en juego detalles folclóricos: los Iluminados, los francmasones, los Rhodes Scholars o, como siempre, los judíos.
Los sellos de esta narrativa son familiares para cualquiera que haya estudiado la transmisión de ciertas clases de historias en tiempos de crisis. En términos literarios, esta teoría de la conspiración se asemeja estrechamente a Los protocolos de los mayores de Sión, al describir una elite global esotérica con un gran poder y objetivos perversos. Históricamente, tiende a existir el mismo conjunto de temas: un cambio transformador terrible y descontrolado liderado por cosmopolitas educados.
Los estudiosos de la Alemania de Weimar saben que las desarticulaciones y los traumas repentinos motivaron a muchos alemanes a volverse receptivos a teorías simplistas que parecían dar respuesta a su confusión y ofrecer un significado más amplio para su sufrimiento.
De la misma manera, el Movimiento de la Verdad del 11-S asegura que el ataque de Al Qaeda a las Torres Gemelas fue un “trabajo desde dentro”. En el mundo musulmán, existe una teoría generalizada de la conspiración según la cual los israelíes estaban detrás de esos atentados, y que todos los judíos que trabajaban en los edificios ese día se quedaron en su casa.
Por lo general, estas teorías salen a la superficie en lugares donde la gente no tiene un buen nivel de educación y falta una prensa independiente y rigurosa. La explosión actual de teorías de la conspiración se ha visto alimentada por las mismas condiciones que provocaron su aceptación en el pasado: un rápido cambio social y una profunda incertidumbre económica. Un “enemigo” claramente identificado con un “plan” inconfundible es psicológicamente más reconfortante que la evolución caótica de las normas sociales y las acciones –o anomalías– de un capitalismo irrestricto. Y, si bien las teorías de la conspiración suelen ser claramente irracionales, las cuestiones que abordan son muchas veces saludables, aun si las respuestas, frecuentemente, no hay por dónde cogerlas o, simplemente, son erróneas.
Muchos ciudadanos creen, y con razón, que sus medios de comunicación no investigan ni documentan los abusos. Los diarios de la mayoría de los países avanzados están en crisis, y el gasto en investigación suele ser lo primero que se recorta. La concentración de la propiedad y el control de los medios alimenta aún más la desconfianza popular, lo que favorece un escenario para que la investigación ciudadana ocupe ese vacío.
De la misma manera, en una época en la que los cabilderos corporativos tienen mano libre a la hora de darle forma –si no redactar– las políticas públicas, mucha gente cree, nuevamente con razón, que sus funcionarios electos ya no los representan. De ahí su impulso por creer en fuerzas ocultas.
Finalmente, hasta la gente racional se ha vuelto más receptiva a ciertas teorías de la conspiración porque, en los últimos ocho años, en rigor de verdad, hemos visto algunas conspiraciones sofisticadas. La Administración Bush conspiró para llevar a cabo una guerra ilegal apelando, para ello, a la evidencia fabricada. ¿Ha de sorprender, entonces, que tanta gente intente encontrar sentido en una realidad política que en verdad se ha vuelto opaca? Cuando hasta los comisionados del 11-S renuncian a sus propias conclusiones (porque se basaban en evidencias obtenidas a través de la tortura), ¿sorprende acaso que muchos quieran una segunda investigación?
La tendencia de los medios tradicionales de evitar corroborar lo que en realidad es noticioso en las teorías de la conspiración en Internet refleja, en parte, un sesgo de clase. Estas teorías son consideradas vulgares, de manera que hasta las cuestiones válidas o los datos bien documentados desenterrados por investigadores ciudadanos tienden a ser considerados como radioactivos por los periodistas formales altamente educados.
El problema real de estas teorías frenéticas de la conspiración es que deja a los ciudadanos emocionalmente agitados pero sin un cuerpo sólido de evidencia en el que basar su visión mundial y sin direcciones constructivas hacia dónde conducir sus emociones. Esta es la razón por la que muchos hilos de discusión pasan de la especulación ciudadana potencialmente interesante al discurso del odio y la paranoia. En un contexto febril, sin una buena validación editorial o herramientas para investigar las fuentes, los ciudadanos pueden ser fustigados por demagogos, como pudimos ver en las últimas semanas en los mítines de Sarah Palin después de que algunas teorías de Internet pintaran a Barack Obama como un terrorista o en connivencia con terroristas.
Necesitamos cambiar el flujo de la información en la era de Internet. Los ciudadanos deberían organizar nuevas entidades online en las que se pague un honorario por reportajes de investigación directos, sin presiones corporativas mediante. Estos investigadores deberían ser capacitados en periodismo básico: encontrar buenos datos, confirmar historias con dos fuentes independientes, utilizar citas de manera responsable y evitar el anonimato (es decir, estar dispuestos a estampar su nombre, como hacen los periodistas convencionales).
Así es como los ciudadanos pueden ser tomados –y ellos mismos tomarse– seriamente como investigadores. En un tiempo de mentiras oficiales, la energía investigadora saludable debería arrojar luz, no sólo generar calor.
Naomi Wolf es ensayista y cofundadora de American Freedom Campaign
Copyright: Project Sindicate, 2008
www.project-syndicate.org
traducción de Claudia Martínez
Ilustración de Patrick Thomas
NAOMI WOLF
La elección de Sarah Palin como candidata a la vicepresidencia con McCain ha caído sobre EEUU como una tormenta eléctrica. Para sus legiones de admiradoras de derechas que agitan pintalabios, Palin es una “mamá común y corriente”, mujer práctica y temerosa de Dios, cuya afición a la caza del alce, su fe evangélica e, incluso, su caótica vida familiar constituyen pruebas, todas ellas, de que es una americana real y típica.
Para sus detractores, igualmente frenéticos, de izquierdas –y cada vez más, de centro–, es el temible heraldo de un EE UU teocrático, una ejecutora en materia de asuntos estatales de estilo mafioso, que miente sobre la conexión de los ataques terroristas del 11-S con Irak, que se burla de Barack Obama por su oposición a la tortura de prisioneros y que desafía las citaciones. Piénsese en ella como George W. Bush II, pero con zapatos de diseño.
Los dos grupos están reaccionando ante realidades auténticas. Los que la apoyan responden a un potente conjunto de símbolos, y sus detractores a un conjunto aún más potente de hechos.
Es importante entender el atractivo simbólico de Palin para cierto grupo de votantes femeninas y debemos respetar la rabia y el ansia que refleja. El subtexto de dicho atractivo es la clase social.
En EEUU, las mujeres blancas de clase trabajadora han sufrido la explotación e infravaloración de su talento desde el nacimiento de la nación. Mientras que las mujeres que consiguieron obtener una instrucción de calidad –como Hillary Clinton, Madeleine Albright y Condoleezza Rice– rompieron el techo de cristal que tenían por encima e incluso tienen el movimiento de las mujeres para encumbrarlas, las mujeres blancas de clase trabajadora han contemplado ese ascenso con un resentimiento comprensible.
Sus pares más acomodadas contratan a mujeres como ellas para hacer el trabajo sucio o, si no, han tenido que aceptar el estancado salario mínimo del gueto del sector femenino o del sector de los servicios del mercado laboral. Su techo es de cemento y queda muy bajo. Han quedado excluidas, práctica y simbólicamente, del discurso político del país y los políticos suelen tratarlas con condescendencia.
También la raza es un factor. Aunque ha salido a la luz que Palin dijo a un grupo de afroamericanos que no tenía la obligación de contratar a personas negras, con frecuencia las mujeres blancas de clase trabajadora conciben su propia experiencia desde el punto de vista de la hostilidad racial. Notan la existencia de una clase inferior que recibe prestaciones sociales que a ellas se les deniegan y de una economía próspera que se queda con puestos americanos bien pagados de trabajo manual.
Por eso, Palin se convierte en la fantasía de revancha simbólica de muchas de esas trabajadoras de fábricas y secretarias agotadas y silenciadas. Ver a una mujer blanca de clase trabajadora elegida para prestar servicio a la distancia de un latido de corazón del presidente de EEUU ejerce una potente resonancia en ellas. Piénsese en el atractivo de películas como Thelma y Louise o Armas de mujer, en la que la protagonista es una secretaria explotada y con agallas que, pese a verse pisoteada por una presuntuosa jefa, al final consigue el empleo soñado, el novio soñado y un despacho propio.
Prácticamente cualquier mujer que no tenga un origen social privilegiado, que tenga hijos pequeños y no sea una caníbal o una adepta al satanismo, había de obtener al principio clamores de aprobación por parte de las mujeres en general y, desde luego, por parte de un grupo que se ha visto silenciado y trivializado durante tanto tiempo. Cuando te has pasado toda la vida preparando café para los demás, resulta agradable imaginarte dirigiendo el mundo libre.
Ahora bien, la pérdida de puestos en los índices de aprobación de Palin muestran que no son tontas. Han empezado a advertir que Palin aparece presentada como una modelo en una exhibición de automóviles para que conozca a jefes de Estado, como si fueran vendedores de coches locales, y se permite a los medios de comunicación tomar fotografías, pero no hacer preguntas (“¡Ésa soy yo con Henry Kissinger!”). También advierten que la economía está desmoronándose, mientras que Irak se está calmando solo porque EEUU está pagando a los insurgentes y a los simpatizantes de Al Qaeda, para que no maten a sus soldados, el equivalente de la letra mensual de un coche comprado a plazos por persona.
Además, a medida que cobra forma el personaje político de Palin, resulta cada vez más alarmante. El problema no es sólo que la campaña de McCain la haya rodeado de veteranos de la camarilla de Bush-Cheney, sino que, además, cree que Dios estableció su programa legislativo en Alaska y, por lo que se refiere a viajes al extranjero, no ha pasado del canal de televisión Discovery.
Entretanto, el gran motivo de preocupación es que, según están confirmando los dermatólogos, el tipo de cáncer para el que McCain ha recibido tratamiento tiene en una persona de su edad una tasa de supervivencia desde el punto de vista actuarial de entre dos y cuatro años. De modo que, a medida que la preocupante perspectiva de una larga presidencia de Palin empieza a instaurarse, ya no les parece tan estupenda a las mujeres blancas de clase trabajadora.
Así, pues, ¿qué nos enseña esa breve burbuja Palin?
Al pasar a ser la chica del cartel para la continuación del Gobierno de Bush, Palin está demostrando que tiene mucho en común con brillantes populistas falsas como Eva Perón o la dirigente anti inmigración danesa Pia Kjaersgaard. Lo que debemos aprender es que se está pasando por alto a las grandes dirigentes potenciales –y los grandes sueños que albergan– que hay en las mujeres que preparan nuestra comida, tramitan nuestros pedidos por Internet y limpian nuestros hospitales.
Las voces de esas mujeres son las que merecen apoyo… no la de una aterradora candidata de paja para otros ocho años más (o más) de gobierno de los matones que han saqueado la hacienda de Estados Unidos, han hundido su economía y han enviado a 4.000 jóvenes a morir en una guerra basada en mentiras.
Naomi Wolf es escritora y cofundadora de la Campaña Americana por la Libertad
Copyright: Project Syndicate, 2008
Traducción de Carlos Manzano
Ilustración de Enric Jardí
NAOMI WOLF
Es posible desenamorarse del propio país? Durante dos años me dediqué a documentar, exponer y alertar de la criminalidad de la Administración Bush y de sus ataques a la Constitución. Estaba segura de que cuando los ciudadanos norteamericanos supieran lo que se estaba haciendo en su nombre reaccionarían con horror y furia.
Hace tres meses, la Administración Bush seguía aferrada al mismo discurso que ha mantenido durante los últimos años: “No torturamos”. Ahora, un informe de Médicos Sin Fronteras saca a la luz los traumas de los detenidos en manos norteamericanas; un informe de la Cruz Roja confirma tortura y crímenes de guerra; el libro The Dark Side, una impecable investigación de Jane Mayer, expone conclusiones contundentes: tortura pergeñada y orquestada desde arriba; The Washington Post ofrece a sus lectores un vídeo del interrogatorio abusivo de un menor canadiense, Omar Khadr, a quien se puede ver mostrando sus heridas abdominales todavía sangrantes, llorando y suplicando a sus captores.
De manera que la verdad ha salido a la luz y está a disposición de todos. Pero Estados Unidos sigue durmiendo, preocupada únicamente por su peso y paseándose por el centro comercial. Estaba segura de que, después de tantas pruebas, miles de norteamericanos estarían organizando vigilias en Capitol Hill, los líderes religiosos estarían pidiendo el perdón de Dios y que surgiría un sentimiento popular de repulsión. Y, sin embargo, nada de esto ha ocurrido. Un contacto en el mundo religioso me explicó: “A las iglesias tradicionales no les importa, porque son republicanas. Y a las sinagogas tampoco, porque los prisioneros son árabes”. Supe entonces que ya no podía seguir enamorada de mi país. Si esto es lo que somos, no merecemos nuestra Constitución ni nuestro estatuto de derechos.
Ni siquiera el sistema judicial, tan elogiado en EEUU, ha logrado refrenar los abusos. Una corte federal dictaminó que el sistema de tribunales militares –Cámaras Judiciales injustas donde la evidencia obtenida a partir de la tortura se utiliza contra el acusado– puede proseguir. Otra corte ha dictaminado recientemente que el presidente puede considerar “combatiente enemigo” a cualquiera en cualquier lugar y detenerlo indefinidamente.
De modo que los norteamericanos están cooperando con un régimen criminal. Nos hemos convertido en una nación fuera de la ley –un claro peligro para el derecho internacional y la estabilidad global– entre países civilizados que han sido nuestros aliados. También figuramos –con justa razón– en la lista de Canadá de países criminales que torturan.
Europa sigue excitada con la reciente visita de Barack Obama. También muchos norteamericanos esperan que su victoria en noviembre haga desaparecer esta pesadilla. Pero no el es momento de ceder a falsas ilusiones. Si gana las elecciones, Obama será un presidente debilitado: la Administración Bush ha creado un aparato transnacional que Obama, sin una intervención global, no podrá controlar ni mucho menos desmantelar.
Las empresas de seguridad privada –como Blackwater, por ejemplo– seguirán operando, sin ser responsables ante el presidente o ante el Congreso y sin estar comprometidas por tratados internacionales. Con toda seguridad, los fabricantes de armas, la industria de las telecomunicaciones y el mercado de vigilancia global, que mueven miles de millones para mantener la “guerra contra el terrorismo”, desplegarán un ejército de lobbies profusamente financiado para defender sus intereses.
Es más, si resulta elegido, Obama se verá limitado incluso por su propio partido. En EEUU, los partidos guardan una escasa semejanza con las disciplinadas organizaciones en las democracias parlamentarias de dentro y de fuera de Europa. Y los demócratas estarán aún más divididos si, como muchos esperan, los miembros conservadores derrotan a los republicanos afectados por su asociación con Bush.
Recientemente, algunos demócratas lanzaron audiencias parlamentarias sobre los abusos de poder de la Administración Bush. Desafortunadamente, casi sin cobertura mediática, existe escasa presión para ampliar las investigaciones oficiales y asegurar una responsabilidad auténtica.
Sin embargo, mientras que la presión popular no ha funcionado, el dinero sigue mandando. Necesitamos sanciones de países civilizados dirigidas contra EEUU, lo que incluye una retirada de capital internacional. Muchos estudios han demostrado que vincular la inversión extranjera a la democracia y a la reforma de los derechos humanos resulta efectivo, y no existe ninguna razón para que no pueda ser efectivo contra la superpotencia del mundo.
También necesitamos una estrategia coordinada internacionalmente para procesar a los criminales de guerra en toda la cadena de mando –por ejemplo, con países que presenten cargos individualmente, como hicieron Italia y Francia–. Si bien EEUU no ha firmado el estatuto que estableció la Corte Penal Internacional, las violaciones del Artículo 3 de la Convención de Ginebra hablan de crímenes de guerra por los que cualquier persona –y potencialmente incluso el presidente norteamericano– puede ser juzgado en cualquiera de los otros 193 países que forman parte de la convención. Todo el mundo puede cazar a estos criminales.
Un EEUU al margen de la ley es un problema global que amenaza al resto de la comunidad internacional. Si este régimen sigue desobedeciendo el derecho internacional, ¿qué va a impedir que la próxima administración –o esta misma, bajo su plan secreto de sucesión en el caso de emergencia– siga adelante y ponga en la mira a sus opositores políticos?
En este momento, los norteamericanos somos incapaces para ayudarnos a nosotros mismos. Al igual que los drogadictos o los enfermos mentales que se niegan a recibir tratamiento, necesitamos que intervengan nuestros amigos. Así que recordemos cómo éramos en nuestros mejores momentos y hagamos algo para salvarnos –y salvar al mundo– de nosotros mismos.
Tal vez entonces pueda volver a enamorarme de mi país.
Naomi Wolf es cofundadora de American Freedom Campaign
Copyright: Project Syndicate, 2008
www.project-syndicate.org
Traducción de Claudia Martínez
Ilustración de Javier Olivares