NAZANÍN AMIRIAN
Treinta y dos años después de la revolución que derrocó al pequeño gran dictador Mohammad Reza Pahlavi –el servil ejecutor de las políticas de Washington en Oriente Medio–,
aún se siguen buscando respuestas que expliquen su sustitución por una teocracia oscurantista que había llegado tarde a su cita con la historia. Que el sha jugara a ser coleccionista de armas oxidadas de EEUU en la frontera de la URSS –mientras perseguía con su temible Organización de Seguridad e Inteligencia Nacional (SAVAK) a la oposición democrática y mantenía en la pobreza y el analfabetismo a la mitad de los propietarios de la segunda reserva de petróleo del mundo– creó el óptimo caldo de cultivo para gestar este tipo de bonapartismos.
Era la primera vez en la historia de Irán en que la casta clerical saboreaba el poder político. Sorprendida, y al no tener un programa político y económico viable para un país desarrollado en el capitalismo, decidió llevar a cabo nada menos que una restauración religiosa. Que no lo consiguiera –más allá de la retórica y la indumentaria de las mujeres, para simular la sociedad de la era del profeta Mahoma–, llegó a decepcionar tanto al ayatolá Jomeini que, ante la insistencia de los trabajadores para realizar reformas, llegó a decir: “Sólo los animales se preocupan por su estómago”.
Jomeini utilizó con habilidad la guerra con Irak para entretener al ejército tradicional en el frente y crear otro fiel a su doctrina. Así nacieron los Guardianes Islámicos, los paramilitares basiyí (reclutas) y otras milicias, compuestas por excluidos sociales, oportunistas y el subproletariado que, a falta de empleo en un país en guerra, se alistaron en las instituciones militares, religiosas y órganos policiales. Ello les permitió beneficiarse de todo tipo de ventajas que permitían la renta del petróleo y la destrucción de la clase media.
El humo de la guerra irano-iraquí sirvió para aplastar cualquier voz reivindicativa campesina, obrera, nacionalista kurda, azerí o baluch, intelectual e incluso la de un islam minimalista defendida por los ayatolás Taleghani y Montazeri o el primer presidente del país, Bani Sadr. En la primera década, y tras ejecutar a unos 10.000 disidentes en nombre del Todopoderoso, se instauró un sistema político asombrosamente parecido al nacionalcatolicismo, sujetado por unos tribunales que imitan a la Inquisición cristiana, donde el clero hace de juez y a la vez de fiscal. Hurgan hasta en las mentes y en los sueños de los ciudadanos, cazan feministas por pecadoras, montan autos de fe televisivos y lapidan a seres humanos, en vez de quemarlos en la hoguera.
El autoritarismo laico del sha fue sustituido por un totalitarismo religioso misógino que no sólo es enemigo de los sindicatos y de los partidos políticos, sino que reglamenta hasta el más mínimo detalle del espacio privado de la gente, incluido el color de los zapatos y los abrigos.
Con una estudiada apariencia austera y aspecto devoto, los actuales dirigentes confunden al observador simplista que les compara con la exhibición del lujo hortera del sha. Así, ocultan la grave enfermedad holandesa que padecen: la corrupción nacida de la renta del petróleo sitúa a Irán en la cola del ranking del informe de transparencia. Un ejemplo de ello es que la Ley del Trabajo lleve 20 años bloqueada por unos diputados cuyos hijos estudian en las
mejores universidades europeas.
Con la llegada al poder de Ahmadineyad en 2005, aumentó el peso de los militares en el santo triángulo que han formado junto con los clérigos y los bazaríes (la burguesía comercial), en detrimento de los ayatolás octogenarios. Los Guardianes Islámicos controlan hoy el Gobierno más rico de toda la historia de Irán a la sombra de una cuarta parte de la población que vive por debajo del umbral de la pobreza y soporta una inflación del 30% y una tasa de desempleo del 34%. También prometen que este drama no cambiará el plan de construir 60.000 nuevas escuelas coránicas mientras los terremotos siguen sepultando cada año a miles de personas en sus chozas de adobe. ¿Cómo puede un sistema que aplica un inaudito apartheid de género gobernar a una sociedad en la que dos terceras partes de sus científicos son mujeres?
El Movimiento Verde por los derechos civiles de 2009 –que denunciaba el fraude electoral, el último intento del pueblo para una transición pacífica hacia algo parecido a la democracia– fue ahogado en su propia sangre. ¿Motivos? Los propios líderes de las protestas, Hosein Musaví y el ayatolá Karraubí, eran parte del sistema; temían más una radicalización de las manifestaciones que la represión del núcleo duro del régimen. Karraubí, hoy en arresto domiciliario, ha convocado una marcha pacífica en apoyo a los hermanos árabes para el 14 de febrero. Irán vive una tensa espera.
En 2009 a ninguna potencia extranjera le interesaba un cambio violento en un país como Irán en medio de la crisis económica. En sus declaraciones de la semana pasada, Barack Obama hizo lo mismo que en el caso de Egipto: apoyar al régimen a la vez que aplaudía a quienes lo desafiaban. Bailar sin desmelenarse. Carecía de sentido, además, apoyar a unos reformistas que son antiisraelíes y que están a favor del programa nuclear. Washington pretende debilitar a Irán, no derrocar la Revolución Islámica.
La durísima represión contra los críticos puso en evidencia que los nuevos tiranos no renunciarán a un poder que les ha colocado entre los hombres más ricos del planeta. Es así que Alí Jamenei, el jefe del Estado, pretende que su hijo
Mojtaba, un simple talabé (seminarista), ocupe su cargo, reservado a la máxima autoridad religiosa.
El efecto mariposa del Movimiento Verde ha alcanzado a los países de Oriente Medio haciendo temblar la columna vertebral de las dictaduras más ancladas. Su aleteo volverá a Irán provocando tifones.
Nazanín Amirian es profesora de Ciencia Política de la UNED
Ilustración de Alberto Aragón
NAZANÍN AMIRIAN
Ya nos había avisado Marx de que alcanzar el progreso no iba a ser un proceso histórico lineal. En los últimos 30 años, a las violaciones tradicionales a los derechos de la mujer, basadas en una arraigada convicción en su inferioridad, se ha sumado el modo de hacer de una nueva Santa Alianza. Compuesta por la versión más agresiva del neoliberalismo y de los fundamentalismos
reaccionarios, su asalto a las conquistas sociales a nivel mundial ha supuesto la pérdida de los derechos más básicos para millones de mujeres.
En su afán de minar las fronteras de la URSS, EEUU apoyó a la ultraderecha religiosa –desde Irán y Afganistán hasta Polonia– para poner fin a aquellos estados semi laicos. Estrategia que se llevó por delante la posición pública de la mujer, su acceso al empleo y a la educación, sus libertades sociales y personales.
La violación de los derechos humanos de la mitad de la humanidad nace precisamente ahí donde algunos ven victorias. Y las mujeres más afectadas por esta regresión han sido las que habitan en tierras musulmanas y las del bloque ex socialista.
Declarar a la mujer como “un ser medio humano” ha sido la seña de identidad de aquellos hombres que tomaron el poder en nombre de Dios, confundiendo el pasado con el presente. El nuevo totalitarismo ha permitido la adaptación de la vieja Inquisición (con tormentos públicos incluidos) sin que se remuevan las estructuras de su Historia. Han llegado a reglamentar hasta el color de los tejidos, legalizado la pedofilia al reducir la edad nupcial de niñas, santificado la violencia de género, apartado de la toma de decisiones por su divinizada inferioridad. Así fue posible la resurrección de la caza de brujas, esta vez de cientos de miles.
En el bloque ex socialista, cuyas mujeres gozaban de mayor igualdad que las occidentales, el ajuste estructural acabó con la “teoría socialista de la emancipación” y con la amplia red de apoyo estatal a las mujeres, restaurando en su lugar los antaño roles cavernícolas del hombre como proveedor de sustento y de la mujer dedicada al cuidado de la cría.
Polonia sustituyó el socialismo por el capital-catolicismo y desmanteló las garantías estatales que disfrutaban las mujeres, como disponer de guarderías, de empleo fijo o de subsidios a la vivienda.
La tasa de desempleo femenino, que es diez veces mayor que la de los hombres, les fuerza a muchas convertirse en amas de casa, inmigrantes, o carne blanca del mercado de “contactos”.
Para las mujeres de la RDA, la reunificación de Alemania supuso, de estar contratadas en casi un 90%, a pasar a formar parte del 62% de los parados del país. En Oriente Medio y los países poscomunistas, hoy hay menos mujeres en los cargos públicos que hace 40 años.
China, que con su revolución había demostrado cómo en pocas décadas la economía socialista había sido capaz de paliar las desigualdades (frente a la India, otro gigante), hoy obliga a sus mujeres a pagar el precio del
desenfrenado desarrollo económico del país a beneficio de los mercaderes.
Las cifras son contundentes: la femenización de la pobreza, que excluye a quien la padece del desarrollo personal, la formación, la política, el arte, el ocio, la amistad o el amor, es el motivo de que la mayoría de los 1.020 millones de almas que duermen con el estómago vacío, así como de 20.000 personas que mueren al del hambre, sean mujeres. En un lugar como el África Subsahariana, ellas producen el 80% de los alimentos, mientras poseen tan solo el 1% de la tierra.
En acecho, los patrones de industria bélica, que ofrecen salidas a su desesperación: unos 59.000 efectivos femeninos han sido desplegadas en las guerras contra Afganistán e Irak.
La mayoría de los 125 millones de los excluidos del privilegio de vivir la magia de las letras son mujeres. Es así como las engañan para que firmen documentos en los que regalan sus pocos bienes o, incluso, renuncian a la custodia de sus hijos.
Cientos de miles mueren al año durante el parto, dejando huérfanos a millones de niños. Muchas son “niñas-esposas” de 12-14 años, víctimas de la prolongación de infanticidio femenino; 130 millones son sometidas a la mutilación genital.
Aquellas que consiguen huir de las guerras, del hambre y de la opresión, convirtiéndose en el 80% de los errantes del mundo, viven el terror y vejación en los campos de refugiados.
El feminicidio de la Ciudad Juárez es sólo una macabra muestra de cómo la impunidad es una aliada imprescindible que facilita el secuestro, la tortura, la violación y el tráfico de millones de mujeres a nivel mundial, algunas de tan solo 7 u 8 años. Detrás se encuentran hombres honorables de los cinco continentes.
La escasa presencia mujeres en puestos de poder –en sí un avance– no ha sido ningún consuelo. Ahmadineyad, mientras criticaba al marxismo de promover la “perversa” idea de igualdad entre las personas, colocaba en su gabinete a mujeres para que defendieran la discriminación positiva del hombre en las universidades, con el fin de reducir la presencia de las mujeres en esos centros, un asunto que les trae de cabeza. Ni qué decir de las Condoleezza Rice o las Imelda Marcos, entre otras.
Sin un programa a favor de los derechos de las desfavorecidas, la mera presencia de la mujer en la toma de decisiones no es más que una mera operación de maquillaje o de nepotismo.
En Occidente, por otro lado, las carencias en los derechos de las mujeres inmigrantes se han despolitizado para vincularlas, sospechosamente, a un debate sobre “cultura y estilo de vida”.
Y a las que viven en los relativos (aun) paraísos: ¡atentas!, porque las conquistas sociales son absolutamente reversibles.
Nazanín Amirian es profesora de Ciencia Política de la UNED
Ilustración de Gallardo
NAZANÍN AMIRIAN
Las revoluciones se producen cuando los de arriba no pueden gobernar como antes y, al mismo tiempo, los de abajo ya no se dejan gobernar como antes”. La idea es de Lenin –cuya pericia revolucionaria estremeció al mundo–, aunque requiere un matiz: que se produzcan no significa que triunfen en sus objetivos. Lo que hoy se gesta en las calles de Irán es una revolución contra una oligarquía militarizada y corrupta parapetada tras la versión más oscurantista de la religión. Tras la revolución constitucional de 1908, la que siguió a la nacionalización del petróleo en 1953 y la que en 1979 debía poner fin al despotismo, Irán afronta el cuarto intento en cien años para instaurar un Estado de derecho.
El líder supremo de la República islámica, Alí Jamenei, ha declarado que los manifestantes opositores son “enemigos de Dios” (moharab be Khoda, en persa), una grave acusación que se castiga con la pena de muerte, además de una declaración de guerra a toda reivindicación ciudadana y un portazo a cualquier solución pacífica que pusiera fin a la crisis. Para acallar la disidencia, el régimen está combinando la violencia legal con métodos de guerra sucia como atentados y el uso de los escuadrones de la muerte, algo que ya puso en práctica durante la década de los ochenta y hasta mediados de los noventa. Si entonces se reconocía la autoría de los ataques –responsabilizando a grupos autónomos de los servicios secretos–, hoy la novedad estriba en que se culpa a la propia oposición. Así, podrá justificar el estado de sitio para aplastar las protestas con la excusa de “preservar la seguridad ciudadana”. Los detenidos bajo tortura confiesan lo que haga falta y piden ser castigados en procesos de pantomima que se antojan un remedo de los autos de fe de la Inquisición. Con la pena de muerte tipificada para una veintena de casos (desde amar sin autorización, hasta criticar a las autoridades en un blog), el terrorismo de Estado de la República islámica ha segado la vida de centenares de personas y ha arrestado a decenas de miles por todo el país, tan sólo en los últimos seis meses.
La República islámica –hoy pretoriana– lucha en dos frentes: uno contra la ciudadanía que reclama sus derechos civiles y el otro contra las voces que piden cordura desde el propio seno del sistema. En los últimos meses son sonados los síntomas de descomposición interna, como deserciones de diplomáticos en misiones en el exterior o la detención de numerosos clérigos y mandos militares. El régimen se desmorona mientras la tripulación abandona el barco, previo traslado de maletines llenos de petrodólares. Los militares islamistas (que desde la presidencia, en 2005, de Mahmud Ahmadineyad –apodado el Berlusconi iraní por su histrionismo–, controlan el poder ejecutivo además de los escalafones del Ejército y su arsenal) ya dominan el poder judicial y parte del Parlamento. Así han podido hacerse con los suculentos contratos de la construcción de grandes obras de infraestructuras del país, desde los proyectos del metro hasta los oleoductos o la venta directa del petróleo. Datos que confirman los peores presagios: que no cederán de forma voluntaria su poder sobre la segunda reserva de petróleo y gas del planeta.
Parece inevitable que el movimiento verde ascienda y amplíe los frentes de lucha ante las medidas impopulares del régimen, como el plan para eliminar los subsidios para los productos de primera necesidad. Las protestas aumentan a pesar de la represión, y a la batalla encabezada por mujeres y estudiantes de clase media que hoy reivindican los derechos civiles se unirán en breve los trabajadores víctimas de las políticas neoliberales de Ahmadineyad, cuyo Gobierno se enfrenta a un gran déficit presupuestario por la caída del precio del crudo y la gestión de la economía del país. La paralización de grandes proyectos como la refinería que se iba a levantar a orillas del Golfo Pérsico para producir 35 millones de litros de gasolina al día sólo es un aviso de lo que se avecina con el endurecimiento de las sanciones impuestas por el Consejo de Seguridad de la ONU a causa del programa nuclear de Teherán. La privatización de cerca del 80% de las empresas estatales –banca, astilleros, líneas aéreas– y la liberalización de los precios han generando una inflación del 34% y un desempleo que afecta a unos 12 millones de jóvenes, que no reciben prestación alguna. Los datos oficiales revelan que 43 millones de iraníes vive por debajo del umbral de la pobreza, en uno de los países más ricos del planeta. Ahmadineyad aconseja a los trabajadores que coman pan y queso para luchar contra la corrupción del alma, pero no logra explicar el paradero de los 160.000 millones de dólares de beneficio de la exportación del petróleo, que se han esfumado de las arcas públicas.
Estados Unidos necesita seguir contando con la cooperación iraní en Irak y Afganistán y no tiene recambio ante una caída repentina de la República islámica, algo que sacudiría la región y la convaleciente economía mundial. El vacío de poder en Teherán no interesa a Washington, aunque el precio a pagar sea convivir con un Irán en el club nuclear, como decía Zbigniew
Brzezinski y muy a pesar de Israel. Barack Obama observa la marcha de los acontecimientos mientras sigue manteniendo contactos con Teherán, desconcertando a quienes creían en el aparente antagonismo entre ambos gobiernos. Por su parte, la disyuntiva de la República islámica está entre llegar a acuerdos puntuales con Occidente sobre el programa nuclear y dedicarse a aplastar el movimiento ciudadano o, con el mismo fin, buscar un enfrentamiento bélico que le sirva de cortina de humo.
A las ansias de la dictadura militar, que amenaza con ahogar el movimiento verde en su propia sangre, se le añade la falta de organización de dicho movimiento y un liderazgo sincero. Mir Hosein Musavi, al que le va muy grande dirigir una revolución, se niega a formar un frente unido de fuerzas opositoras, pretendiendo trapichear con el núcleo duro del régimen, con el que no sólo comparte la fe en un mismo Hacedor.
Nazanín Amirian es profesora de Ciencias Políticas en la UNED
Ilustración de Mikel Casal
NAZANIN AMIRIAN
El “terrorismo islámico” se ha convertido en el recurso cómodo, aunque pobre y estéril, de los analistas políticamente correctos para explicar los conflictos que suceden en buena parte del mundo y, por supuesto, en los atentados de Bombay. El asesinato de varios judíos en un templo justificaría esta teoría, si no fuera porque se ha omitido un dato: no se trataba de Eliyahu, la gran sinagoga oficial judía, sino de un humilde local perteneciente a los ortodoxos Jabad-Lubavitch que se oponen al Estado israelí, por considerarlo ilegítimo. Esta corriente de origen ruso está liderada por Mendel Pewzner, quien recibió la medalla de oro en octubre de 2003 a manos de Putin, mientras se impedía la entrada a Rusia de Pinkhas Goldchmidt, gran rabino de este país, tras su visita a Israel. ¿Un inocente despiste informativo?
Otro elemento a resaltar ha sido la gran repercusión que han tenido esos ataques en los medios de comunicación occidentales, que les han bautizado como “el 11-S indio”, pese a que los atentados perpetrados en los trenes y estaciones de la misma ciudad otro día 11, de julio de 2006, que dejaron cerca de 200 muertos, pasaron casi desapercibidos. Si el 11-S de Nueva York provocó la ocupación de Afganistán, ¿puede que el “11-S indio” dé luz verde a un consenso internacional para legitimar la intervención militar de la OTAN en Pakistán, que ya está en curso?
Más allá de quién haya sido el autor de los actos terroristas, será Islamabad quien pague sus temibles consecuencias, mientras la rentable bandera de la “guerra contra el terrorismo” seguirá siendo izada por Washington y sus aliados en provecho de sus agendas estratégicas.
En ese complejo guión hay tres actores principales –EEUU, Pakistán e India-– y un escenario: Afganistán.
La Casa Blanca, tras el fracaso de su plan A en Afganistán, que consistía en crear un gobierno central afín y fuerte, capaz de establecer la seguridad en lo que iba a ser nuevo bastión del Occidente en las fronteras de China, Rusia e Irán, lanza el plan B que propone desmembrar a Afganistán y Pakistán y convertir a la India en su nuevo aliado. Todo empezó cuando la coalición de militares y civiles fanáticos religiosos y corruptos que dirigen la peculiar República Islámica pretoriana de Pakistán, vio cómo EEUU incumplía su promesa de gratificarle por su lucha contra el terrorismo, haciéndole partícipe en el negocio de gas de Asia central, y permitirle el acceso a inmenso mercado de las repúblicas ex soviéticas. Aunque la guinda fue la visita de Bush en el verano de 2006 a Nueva Delhi. Pakistán ya había sido sustituido por su gran enemiga, la India, país que abandonaba su política No Alineada y, a cambio de defender la estrategia norteamericana en la zona –sobre todo con respecto a Irán–, recibía la grata noticia de que no sólo sus armas nucleares fabricadas fuera del Protocolo de No Proliferación de Armas Nucleares se volvían “legales” por arte de magia, sino que podrá almacenar uranio empobrecido, a pesar de lo dictado por el propio Bush tres años antes.
Y fue así cómo los generales encabezados por Musharraf, que guardaban en la retina la suerte de los ex aliados de Washington –Saddam Husein y los talibanes afganos–, decidieron elaborar su propia agenda y acercarse a los rivales del imperio. Con Irán firmaron un megacontrato para la construcción de un gasoducto llamado Paz y, con China, un acuerdo para levantar seis centrales nucleares. La reacción de la Casa Blanca fue rotunda: el influyente ex secretario de Estado Richard Armitage le amenazó con bombardear su país y devolverlo “a la edad de piedra”. Y por si alguien pensaba en el transfuguismo, el 13 de mayo envió a Anne Patterson, experta en lucha contra las fuerzas antinorteamericanas en Latinoamérica, como nueva embajadora en Islamabad. El asesinato de Benazir Bhutto –la única líder de carácter nacional–, la posterior destitución del rebelde Musharraf y el establecimiento de un gobierno central sin autoridad y control sobre los territorios federales –que además no goza precisamente del apoyo del cerca del 70% de una población empobrecida– podrán acabar con el mapa actual de este país.
Es significativo que el informe del Consejo de Inteligencia Nacional de EEUU en 2005 previera un destino igual al de Yugoslavia para Pakistán.
A la vista de que los talibanes afganos ya están negociando con EEUU para gobernar el sur del país a cambio de abandonar el resto, los generales pakistaníes se han puesto manos a la obra y coordinan las redes de activistas contra la coalición occidental en las provincias de Wazirestán sur y norte y, de paso, han engendrado una nueva criatura talibaniana llamada “los hijos de la Patria”. La iniciativa del presidente Zardari, muy próximo a los intereses de Washington, de clausurar el departamento político de ISI, organización que emplea a unos 55.000 hombres que en su mayoría pertenecen, como los talibanes, a la etnia pastún, así como su intento de mejorar las relaciones con Afganistán y la India, en un contexto de incertidumbre, ha unificado a los nacionalistas civiles y militares, religiosos o laicos para defender la integridad y soberanía del país a su manera: atentar contra la embajada india en Kabul, el 7 de julio, o contra Hamid Karzai, presidente afgano, el pasado mes de abril.
Mientras tanto, el Pentágono tiene un diseño de las nuevas fronteras de la zona: la creación de Pastunistán y el Gran Baluchistán. El primero integraría a los 43 millones de gentes de esa etnia repartidas entre Afganistán y Pakistán. El segundo, a partir de provincias con el mismo nombre en Irán, Afganistán y Pakistán, que en este país abarca el 45% de su territorio y la mayor parte de sus campos de gas y petróleo.
Resistencia hay y habrá. El jefe militar de Pakistán, Ashfaq Kayani, en un gesto de advertencia, el 3 de septiembre mandó abrir fuego a los helicópteros de EEUU que invadieron el cielo de su país y mataron a decenas de civiles. En el 60 aniversario de sus independencias, mientras India emerge, Pakistán corre el riesgo de ser sacrificado por Washington. ¿Para ganar en Afganistán? ¡Qué monumental estupidez!
Nazanin Amirian es Profesora de Ciencias Políticas en la UNED
Ilustración de Juan Osorio
NAZANÍN AMIRIAN
Alguien sugirió que el hecho de que Calígula nombrase cónsul a Incitato, uno de su caballos, no era tanto una manifestación de su perversidad como una insinuación de que aquel imperio podía seguir su curso al margen del hacer de sus honorables senadores.
En Oriente Próximo, los viejos políticos ya saben que, gobierne quien gobierne en Estados Unidos, nada va a cambiar en aquella azotada y sufrida región. De hecho, al igual que en las anteriores elecciones en EEUU, las próximas no supondrán ningún cambio sustancial en la vida de los excluidos y marginados de la propia superpotencia ni mucho menos para los invadidos y desheredados del planeta, pues saben que “la puerta seguirá girando sobre las mismas bisagras”.
Sólo los ingenuos se dejan llevar por un espectáculo en el que Barack Obama actúa como progresista y pacifista y John McCain juega el papel del continuista y el conservador. Es propio de las sociedades víctimas del pensamiento único aplicar un maniqueísmo irreal e irracional a sus ídolos y a sus enemigos: los buenos y los malos, los héroes y los villanos… Las diferencias, pequeñas y de forma, se centran únicamente en asuntos domésticos, mientras comparten las grandes líneas de la infantil batalla de castigar a los malos en la oscura “lucha global contra el terrorismo”, llevada a cabo por Bush hasta sus más graves consecuencias. Una campaña producto de una agenda militar cuya justicia moral y legal y sus consecuencias humanas y políticas no se cuestionan ninguno de los candidatos.
Barack Obama ya lo ha dejado claro, no vaya ser que algún soñador esperase lo contrario: su lema de cambio no afectará a los intereses tradicionales de Washington en Oriente Próximo. Mientras se opone al regreso de los refugiados palestinos a sus hogares y guarda silencio ante el cruel bloqueo económico aplicado por Israel a los civiles de Gaza, garantiza la supremacía militar de su aliado frente a todos los países de la zona, para dejar en un mero plagio de sus antecesores su apuesta “por la creación de un Estado palestino”. Obama ha ido alejándose de sus primeras declaraciones hasta acabar adoptando el discurso bushiano de los últimos años. Respecto a Irán, pasó de “intentaré un dialogo sin imposiciones para solucionar nuestros problemas”, a “el peligro de Irán es serio y mi objetivo será eliminar esa amenaza”, una vez regresó de la obligada visita a Israel. De nuevo, el viejo cuento del respaldo de un Gobierno al terrorismo y la tenencia de armas de destrucción masiva, aunque de fondo asomará la doctrina Carter de “usar la fuerza si fuera necesario para acceder a los recursos petrolíferos del Golfo Pérsico”, poderosa razón que ha unido a los demócratas y republicanos del Congreso en la decisión de otorgar ingentes millones al Pentágono en apoyo a las operaciones secretas en Irán, además de mantener sobre la mesa un futuro ataque preventivo sobre el país persa.
La única diferencia destacable entre los aspirantes a la Casa Blanca reside en dónde y cómo librar la madre de todas las batallas: ¿cerrar el caso iraquí con más tanques y misiles o controlar el territorio afgano?
No se trata de que estas acciones tengan legitimidad, ni importa el número de bajas. El candidato republicano opta por derrotar no se sabe a quién en Irak, y el candidato demócrata, que antes hablaba del “regreso de los muchachos a casa”, ahora relega esta decisión a los altos mandos militares. Su idea es mantener tropas “residuales” en el país árabe, invisibilizándolas, llevándolas a los cuarteles y a las bases militares de aquel país para después ocuparse de Afganistán y Pakistán, donde el fantasma de Bin Laden servirá para justificar más guerra “contra el terror” y cumplir los verdaderos objetivos de la ocupación en aquel Estado-tapón de Asia Central: crear bases militares en la frontera de China y en las repúblicas ex soviéticas a fin de impedir que Rusia las recupere. De paso, vigilará a Irán; además, utilizará a Afganistán como puente terrestre y corredor de gaseoductos y oleoductos que saldrían de Turkmenistán y del Mar Caspio hacia el Mar de Omán para, así, poder controlar las rutas de energía que mantienen las economías de China, India y Rusia. Para esta empresa, Obama propone enviar 10.000 soldados más en un despliegue militar por la frontera afgano-paquistaní y extender la guerra a Pakistán, “nido de los talibanes” –una peligrosísima aventura–, además de infringir el derecho internacional y atacar el territorio de un país soberano.
¡Que se tranquilicen los poderes militares! Con Obama, sus intereses también estarán a salvo: ejecutará el presupuesto de Defensa de 585.000 millones de dólares, aprobado con mayoría de votos demócratas, uno de los mayores presupuestos militares de EEUU desde la Segunda Guerra Mundial. Como aperitivo, el candidato a la vicepresidencia de Obama, Joe Biden, afirma que Rusia, China e India son las principales amenazas a la seguridad nacional de EEUU. Miedo, seguridad y gastos militares para una nueva Guerra Fría y muchas de alta y baja intensidad.
Los demócratas y las guerras
A pesar de la imagen belicista que ha dado Bush a los republicanos, las grandes intervenciones militares de EEUU en otros países las emprendieron los presidentes demócratas: Woodrow Wilson invadió Nicaragua, Haití y República Dominicana; Harry Truman entró en la historia por autorizar el lanzamiento de la bomba atómica contra los civiles en Hiroshima y Nagasaki, y luego agredió Corea para dejarle al mando a otro demócrata, Kennedy, del ataque a Vietnam; su sucesor, Lyndon Johnson, ordenó la invasión a República Dominicana en 1965 y, más recientemente, Bill Clinton atacó a Haití y Yugoslavia, bombardeó Sudán, Afganistán, Irak y Somalia.
¡Habrá cambios para que todo siga igual!: Obama puede hacer converger las tradiciones demócrata y republicana.
Nazanín Amirian es profesora de Ciencias Políticas en la UNED
Ilustración de Javier Olivares