PASCUAL SERRANO
Dos asuntos han protagonizado la actualidad informativa y el debate político durante los últimos días: la muerte de un preso cubano en huelga de hambre y el auto de un juez de la Audiencia Nacional implicando al Gobierno venezolano con el terrorismo. Es evidente que se trata de temas claramente alejados de la vida cotidiana de los españoles y que cualquier criterio mínimamente serio de valoración de la actualidad los ubicaría en segundo plano. Hemos comprobado cómo estas dos noticias han desplazado de la actualidad no solamente el debate sobre la crisis económica, sino también a terremotos con cientos de muertos en Haití y Chile. Mientras aquí todo giraba en torno al deceso cubano y la acusación contra Chávez, en Colombia se descubrió la mayor fosa clandestina de la historia latinoamericana (2.000 cadáveres) y los paramilitares admitieron haber asesinado a 30.000 personas, cifra que la fiscalía estimó en al menos 120.000. En México, las decapitaciones y matanzas de jóvenes por el crimen organizado están a la orden del día y en Honduras el goteo de líderes sociales asesinados no cesa: ya van por más de un centenar desde el golpe de Estado. Igualmente las masacres de civiles en Afganistán e Irak no despiertan comentario alguno en los debates políticos.
Como señalaba José Steinsleger en el diario mexicano La Jornada, “de las tragedias acontecidas en el primer bimestre del año en curso, ninguna más ruidosa que la muerte por inanición voluntaria del ciudadano cubano Orlando Zapata Tamayo, preso político, de conciencia, disidente, opositor, delincuente común”. El analista francés Salim Lamrani se permitía recordar que, en Francia, entre el 1 de enero y el 24 de febrero de 2010, hubo 22 suicidios en prisión, entre ellos el de un adolescente de 16 años. Un dato al que nadie ha dado la más mínima importancia.
El caso de la acusación del juez Eloy Velasco contra Remedios García Albert y el Gobierno de Venezuela es un claro ejemplo de prostitución de la instrucción judicial con alevosía mediática con fines de agresión política. Un auto que por ley debería ser secreto se filtra a los medios para presentar a una ciudadana como cómplice de ETA y miembro de las FARC, ambas cuestiones discutibles si seguimos defendiendo el principio de la presunción de inocencia. Como ha recordado su abogado, siete meses después del procedimiento no ha sido citada judicialmente y en las fechas en que juez y prensa afirman que se encontraba nada menos que organizando un curso de explosivos de ETA a las FARC en la selva colombiana, veraneaba en la costa española.
En realidad, Remedios García sólo es un daño colateral en los ataques contra el Gobierno venezolano, pero el atropello es sólo una muestra de la vileza y miseria que domina la agenda informativa y el debate político español. En cuanto a la implicación del Gobierno venezolano, según el auto judicial, se fundamenta –es un decir– en declaraciones de testigos sin identificar, pero no se concreta exactamente qué es lo que dijeron, y en un ciudadano vasco que reside en Venezuela, cuya relación con el Gobierno de ese país se establece porque está casado con una ciudadana venezolana que es funcionaria pública. Todo ello sin olvidar que el juez que firma y, al parecer, filtra autos en los medios de comunicación, durante ocho años estuvo al servicio del Partido Popular de la Generalitat Valenciana como director general de Justicia.
Si los asuntos que golpean a los gobiernos de Cuba y Venezuela han logrado este protagonismo en la agenda informativa y política de nuestro país es porque se han dado dos circunstancias curiosas. Por un lado, su uso por parte de políticos y líderes de opinión de la derecha (y ultraderecha) para embestir contra el Gobierno de Rodríguez Zapatero y, por otro, una implicación ya habitual de los medios en todo suceso que pueda servir para desprestigiar a los gobiernos venezolano, cubano y cualquier otro latinoamericano que muestre independencia y soberanía frente a las políticas neoliberales.
La presión es tanta que cualquiera que no se sume a la indignación por la muerte voluntaria de un preso que los servicios médicos del Estado cubano hicieron todo lo posible por evitar o a la ola de criminalización de todo a lo que se le cuelgue la etiqueta de terrorista, se convierte en enemigo público y cómplice de dictaduras y terrorismos. Basta observar el linchamiento al que se ha sometido al actor Willy Toledo sólo porque, tras expresar su dolor y condena por la muerte de Orlando Zapata, entre la versión mediática de que el huelguista era un preso político y la versión del Gobierno cubano de que se trataba de un delincuente común, optó por la segunda.
Lo preocupante de todo ello es que se desarrolla en una dinámica judicial que en Madrid procesa a los jueces que investigan los crímenes del franquismo en un país donde los asesinos de la dictadura dan nombre a las vías públicas. Y, mientras tanto, en la Comunidad Valenciana se archiva la causa contra Francisco Camps obviando informes de la Fiscalía Anticorrupción y de la policía y se abren diligencias penales contra una diputada de Izquierda Unida que difunde unas pegatinas pidiendo prisión para Carlos Fabra, el presidente de la Diputación de Castellón cuyos procesos por tráfico de influencias y delito fiscal llevan siete años y nueve jueces paseando por los tribunales.
La conclusión no puede ser más preocupante, asistimos al acoso y sitio de medios de comunicación y sectores de la judicatura a gobiernos y ciudadanos que no forman parte de su ideario, mientras la impunidad se instala para otros. Para ello arrollan presunciones de inocencia en acusados de terrorismo, criterios de rigor periodístico y principios de relaciones respetuosas con países amigos. No podemos permitir que este funcionamiento continúe para conseguir munición en la reyerta política española.
Pascual Serrano es periodista. Su último libro es ‘Desinformación’
Ilustración de Javier Olivares
SANTIAGO ALBA RICO, CARLOS FERNÁNDEZ LIRIA, BELÉN GOPEGUI Y PASCUAL SERRANO
Estos son tiempos para la reflexión en economía. Tras algunas décadas de predominio neoliberal patrocinado por la escuela de Chicago, la economía mundial se encuentra frente a una crisis de consecuencias imprevisibles, pero en cualquier caso gravísimas. Lo mínimo que se podría pedir al espíritu científico es cambiar los paradigmas, invertir las evidencias, reaccionar, en suma, ante esta bancarrota intelectual que impidió diagnosticar y prever la catástrofe que se avecinaba. ¿Es eso lo que se está haciendo?
Hemos conocido distintas versiones más o menos destructivas del capitalismo, lo mismo que del socialismo. Pero, respecto a la lógica interna que distingue a uno del otro, hay algo que debería hoy interesarnos vivamente. El socialismo puede dejar de crecer, el capitalismo no. El socialismo puede ralentizar la marcha, el capitalismo no.
Pensemos en el ejemplo de Cuba. Al hundirse la URSS, Cuba perdió repentinamente el 85% de su comercio exterior. Su producto interior bruto decreció nada menos que un 33% en términos absolutos. Uno puede hacerse una idea de la catástrofe si se piensa que en Europa nos echamos a temblar ante la perspectiva de perder un punto en el crecimiento previsto. Y a ello se unió un endurecimiento del bloqueo estadounidense. Sin embargo, la gente no murió de hambre en Cuba, no perdió sus zapatos, ni su educación, ni su seguridad social, ni tampoco su dignidad. Lo pasaron muy mal, pero no se enfrentaron al fin del mundo como habría ocurrido con semejantes indicadores en los países capitalistas.
En medio de la actual sacudida, cuando el capitalismo destruye cuerpos en África y puestos de trabajo en España, cuando erosiona sin remedio las condiciones de habitabilidad del hogar humano, cuando para ello tiene al mismo tiempo que recurrir al lubricante de las mafias, al estímulo de los integrismos religiosos, a la restricción de los derechos laborales y al recorte de las libertades, en ese momento, todas las miradas se dirigen, en efecto, hacia Cuba… pero para condenarla y hostigarla. ¿Por qué? ¿Qué pasa allí? ¿El récord de muertos en un solo día? En México. ¿El de sindicalistas y periodistas asesinados? En Colombia. ¿El de pogromos racistas contra inmigrantes? En Italia. ¿Homofobia? En Polonia. ¿Xenofobia institucionalizada y leyes raciales? En Israel. ¿Fanatismo religioso y machismo criminal? En Arabia Saudí. ¿Control de las comunicaciones, suspensión del habeas corpus, tortura, secuestros, asesinatos de civiles? En EEUU. ¿Malos tratos a detenidos, periodistas e intelectuales procesados, periódicos cerrados, corrupción galopante, inmigrantes en centros de internamiento? En España.
Bien, aceptemos que, en este cuadro dantesco, Cuba es apenas un “mal menor”. El que desde Europa y desde España se preste tanta atención negativa al país con menos problemas del planeta –como ha hecho el diputado Luis Yáñez (Público,
9-1-10)– demuestra de sobra, en todo caso, que no es lo malo de Cuba lo que se censura, sino lo que en Cuba se opone a esta lógica dantesca y a sus efectos; es decir, lo que tiene precisamente de bueno.
Los economistas Jacques Bidet y Gérard Duménil recuerdan que lo que salvó al capitalismo en las primeras décadas del siglo pasado fue la organización; es decir, la misma planificación que los liberales identifican horrorizados con el socialismo. Gobiernos e instituciones planificaron sin parar, como siguen planificando ahora, aunque lo hicieron para conservar y aumentar los beneficios y no para conservar la vida y aumentar el bienestar humano. Pero la planificación es ya, como quería Marx, un hecho. Basta sólo cambiarla de signo. En los últimos 60 años, la minoría organizada que gestiona el capitalismo global se ha visto apoyada, a una escala sin precedentes, por toda una serie de instituciones internacionales (el FMI, el Banco Mundial, la OMC, el G-8, el G-20 etc.) que han concebido en libertad, y aplicado contra todos los obstáculos, políticas de liberalización y privatización de la economía mundial. El resultado salta a la vista.
¿Y si planificásemos al revés? ¿Y si prestásemos un poco de atención positiva a Cuba? Esto no lo hemos probado aún, pero lo que intuimos en la actualidad es más bien esperanzador: a partir de una historia semejante de colonialismo y subdesarrollo, el socialismo ha hecho mucho más por Cuba que el capitalismo por Haití o el Congo. ¿Qué pasaría si la ONU decidiese aplicar su carta de DDHH y de Derechos Sociales? ¿Si la FAO la dirigiese un socialista cubano? ¿Si el modelo de intercambio comercial fuera el ALBA y no la OMC? ¿Si el Banco del Sur fuese tan potente como el FMI? ¿Si todas las instituciones internacionales impusiesen a los díscolos capitalistas programas de ajuste estructural orientados a aumentar el gasto público, nacionalizar los recursos básicos y proteger los derechos sociales y laborales? ¿Si seis bancos centrales de Estados poderosos interviniesen masivamente para garantizar las ventajas del socialismo, amenazadas por un huracán?
Podemos decir que la minoría organizada que gestiona el capitalismo no lo permitirá, pero no podemos decir que no funcionaría. Según una reciente encuesta de GlobeSpan, la mayoría que lo padece (hasta un 74%) apuesta ya por otra cosa.
En su artículo, el diputado Yáñez decía amar a Cuba. Por eso, le deseaba lo mejor: incorporarse al capitalismo, justo cuando este ha demostrado su fracaso y su incompatibilidad, al mismo tiempo, con el bienestar humano y con la democracia, con la dignidad material y con el derecho. Nosotros no amamos a Cuba: respetamos a sus hombres y mujeres por lo que han hecho y por lo que siguen haciendo. Quizás a Yáñez le tranquilice pensar en Colombia o en Arabia Saudí. A nosotros nos tranquiliza pensar en Cuba, esa isla donde incluso los límites, los problemas, los errores de la revolución señalan inflexiblemente, desde hace 51 años, la posibilidad histórica de una superación del capitalismo y de una alternativa a la barbarie.
Santiago Alba Rico es escritor
Carlos Fernández Liria es profesor de Filosofía (UCM)
Belén Gopegui es escritora
Pascual Serrano es periodista
Ilustración de Mikel Casal
PASCUAL SERRANO
La persona que ha recibido el último año más premios de periodismo, incluido el español Ortega y Gasset, no es periodista. Considerada “héroe del hemisferio” por la Fundación Panamericana del Desarrollo por enfrentarse al Gobierno cubano, nunca ha pisado una cárcel ni un tribunal. Mientras desarrolla su labor en un país donde se dice que Internet está prohibido, su blog es considerado por la CNN de los 25 mejores del mundo y la Universidad de Columbia le concedió el histórico Premio María Moors Cabot de periodismo por “conectar Cuba –digitalmente– con el resto del mundo” a través de este blog.
A la galardonada periodista sólo se le conoce una entrevista, al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, aunque el Premio de la Universidad de Columbia se lo dan por la cobertura de Latinoamérica y el Caribe, pero sólo ha visitado Alemania, Suiza y Cuba. Estamos hablando de Yoani Sánchez y su blog Generación Y.
El encumbramiento a la fama fue meteórico. Inaugurado su blog en abril de 2007, en octubre el corresponsal de Reuters lanza un teletipo de agencia que se publica en varios lugares del mundo. Dos meses después, The Wall Street Journal le dedica una página completa con llamada en primera plana. Pocos días más tarde, el periódico español El País la entrevista en contraportada. Al mes siguiente, hacían cola en su domicilio The New York Times, Die Zeit, The Washington Post, Reporteros sin Fronteras, la televisión alemana, la española, Al Jazzira…
Al año de poner en marcha su blog, la revista Time la considera entre las 100 personas más influyentes del mundo, igualmente la revista Foreign Policy la elige entre los diez intelectuales más importantes del año en Iberoamérica. Ha recibido premios hasta de la televisión y radio alemanas, a pesar de que en el jurado, de 12 periodistas, sólo uno comprendía español.
Presentada como una valiente mujer que de forma individual se dedica a compartir con estilo intimista sus sensaciones sobre la trágica situación que vive Cuba, su blog es traducido a dieciocho idiomas, algo que no hemos logrado con la documentación de la Unión Europea. El nombre del sitio matriz –desdecuba.com– sugiere que todo el esfuerzo de conexión a la red proviene de la isla, pero el servidor está alojado en Alemania. La bloguera convoca a movilizaciones a través de Twitter, foros sociales y otras variantes de la web 2.0 que apenas se utilizan en Cuba. El soporte técnico, que le da servicio casi en exclusiva a su blog, maneja 14 millones de visitas mensuales y hoy cuesta miles de dólares. No existe en toda la isla una sola página de Internet, ni privada ni pública, con el potencial tecnológico y de diseño de la de Yoani Sánchez.
El pasado mes de noviembre, Yoani denunció haber sido golpeada brutalmente por agentes del Gobierno cubano. Todos los medios de comunicación del mundo se hicieron eco de la agresión y el Gobierno de Estados Unidos expresó su “profunda preocupación”, aunque 48 horas antes hubieran ejecutado a un cubano de 34 años elevando la cifra de ejecuciones del año 2009 a 42. Lo curioso es que, requerida tres días después por el corresponsal de la BBC para mostrar sus lesiones, dijo que ya habían desaparecido; tampoco las pudieron apreciar los médicos que le atendieron en el servicio de urgencias, según relataron en vídeo a un medio alternativo español. Ningún corresponsal extranjero encontró un solo testigo que viese la agresión, a pesar de que, según afirmó Yoani Sánchez, fue en la calle a plena luz del día.
Todo eso sólo puede suceder en Cuba, que es el país de las paradojas. Es la única nación, como afirma el corresponsal de la BBC, Fernando Ravsberg, cuyos exiliados en el extranjero vuelven todos los veranos de vacaciones al país donde se supone están perseguidos. En Cuba, el Gobierno ofrece a cada ciudadano una cartilla de abastecimiento con productos de primera necesidad a precios prácticamente gratuitos, pero la prensa extranjera lo denomina con el nombre contrario: cartilla de racionamiento. Su Gobierno es el más acusado por los empresarios de medios de comunicación de atacar a la libertad de prensa, pero es el país de América Latina donde más ciudadanos están alfabetizados para poder leer. Y Cuba es el único caso del mundo en que los opositores al Gobierno que lo califican de dictadura acaban viviendo en mejores condiciones que los partidarios de la revolución. Basta el ejemplo de Yoani Sánchez: mientras que funcionarios de alto rango del Ministerio de Cultura me explican que han estado sin Internet durante días por razones técnicas, Sánchez consigue conectarse siempre porque no le faltan divisas para pagar en los hoteles. Si preguntamos a los cubanos, observaremos que son precisamente los mejor situados económicamente los que más critican al Gobierno.
Yoani Sánchez y la prensa internacional no dejan de recordar que ha sido atacada personalmente por Fidel Castro, un ataque que consistió en que el ex presidente cubano hiciera referencia a ella en el prólogo de un libro sobre Bolivia donde criticó que “haya jóvenes cubanos que piensen así, enviados especiales para realizar labor de zapa y prensa neocolonial de la antigua metrópoli española que los premie”. Al parecer, un ejemplo elocuente de la implacable furia con la que la dictadura castrista aplasta al que levanta la voz.
Observando la acogida de Yoani Sánchez en la prensa internacional e instituciones que expenden premios, nos preguntamos si no existen periodistas y blogueros válidos y valientes en el resto de América Latina, en Oriente Medio, en África e incluso dentro de Estados Unidos. Quizás ellos sí pisen las prisiones, reciban golpes de la policía perfectamente visibles y sufran ataques gubernamentales más allá de la cita en el prólogo de un libro.
Pascual Serrano es periodista. Su último libro es ‘Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo’
Ilustración de Patrick Thomas
PASCUAL SERRANO
Desde hace más de 30 años se elabora en Estados Unidos un magnífico trabajo denominado Project Censored (Proyecto censurado). Mediante la colaboración entre profesores y alumnos de la Universidad de Sonoma State de California, cada año se publica un informe que recoge los 25 temas más importantes que fueron ignorados por la prensa corporativa de Estados Unidos, entre otras, las cadenas de televisión Fox News, ABC, CBS y CNN, y los grandes periódicos de la categoría de The New York Times y The Washington Post. Pero, además de esto, el documento, que salió a la venta en Estados Unidos el 30 de septiembre en forma de libro, incluye una encuesta con lo que sus autores denominan “noticias basura” y “noticias engaño”. Consiste en la exposición y denuncia de las noticias que protagonizaron la actualidad del último año en Estados Unidos y que han supuesto claros e insultantes ejemplos de temáticas frívolas e intrascendentes o de historias sobre asuntos importantes, pero presentados y abordados de forma falaz.
El criterio de estos analistas es que el estilo y formato de entretenimiento y simplificación que domina nuestros medios de comunicación ha convertido la información que recibimos en la versión periodística de la comida basura de un McDonald’s. Basta echar un vistazo a nuestras televisiones y periódicos para comprobar el tremendo espacio en tiempo y en papel que ocupan los asuntos triviales y las banalidades sensacionalistas, es decir, las “noticias basura”. Como ejemplo del caso español, podemos recordar que un reciente sondeo de Sigma Dos mostraba que las discusiones referentes a la ex mujer del torero Jesulín de Ubrique, Belén Esteban, y su esposa actual, María José Campanario, habían ocupado en España nada menos que 4.000 minutos de la parrilla televisiva veraniega o, lo que es lo mismo, cerca de tres días enteros monotemáticos. Como resultado, sólo un 2,2 % de los encuestados se pronuncia afirmando “no saber de la cuestión”, mientras que en los sondeos de opinión sobre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy los indecisos rondan el 10%. Este es un claro ejemplo de para qué sirven las “noticias basura”: para desviar la atención de las temas importantes. La situación es similar en Estados Unidos, donde los analistas de Proyecto censurado citan asuntos como el sobrepeso de la cantante y actriz Jessica Simpson, la felicidad maternopaterna de la pareja Brad Pitt-Angelina Jolie o el perrito de Obama, situados a la cabeza de la agenda informativa, mientras que, simultáneamente, sus tropas morían en Afganistán o Irak junto a miles de civiles, la tortura era práctica cotidiana, se eliminaba el habeas corpus a los ciudadanos estadounidenses o engordaba la burbuja financiera.
En España, el día que tuvo lugar el golpe de Estado en Honduras un periódico inauguraba en su página web una encuesta que preguntaba a sus lectores cuál es el mejor disco de Michael Jackson.
Pero tampoco debemos olvidar las “noticias engaño”. Es lo que pudimos leer en las primeras páginas de la prensa del día 19 de junio de 2004, que titulaba a toda plana: “Europa ya tiene Constitución”, sólo porque los jefes de Estado habían llegado a un acuerdo, pero sin que los ciudadanos todavía se hubieran pronunciado. Asimismo, los medios llevan cinco años anunciando la democracia, la reconstrucción, los derechos de la mujer y la celebración de elecciones en Afganistán, sin que ninguna de esas cosas haya sucedido. Lo único que ha aumentado en ese país es la corrupción, el cultivo de opio y la riqueza del entorno político de Karzai.
“Noticias engaño” son muchas de las procedentes de Colombia, donde su Gobierno dedica grandes esfuerzos y dinero para intoxicar los medios, con muy buen resultado en la prensa internacional. En marzo de 2006 la prensa española se hizo eco del anuncio hecho por Álvaro Uribe de que un frente íntegro de la guerrilla de las FARC se rendía y entregaba al ejército sus armas y… ¡un avión Turbo Aerocomander! En sólo dos días se descubrió la verdad: los supuestos guerrilleros eran delincuentes comunes que llevaban años presos y que, al prestarse a ese circo, lograban beneficios penitenciarios. El avión había sido incautado tres años antes a unos narcotraficantes. Esta última versión, verdadera y definitiva, nunca llegó a los medios españoles.
El resultado final de toda esta basura y engaño es que en Estados Unidos, poco antes de la invasión de Irak, el 51% de sus ciudadanos estaba convencido de que Sadam Hussein había participado “personalmente” en los atentados del 11-S. Y en España, los estudios del Real Instituto Elcano muestran que el 75% de los encuestados no sabe cuáles son los países donde hay destinadas tropas españolas, y el 45% responde “no sabe no contesta” a la pregunta sobre la diferencia entre el Tratado de Lisboa y la fallida Constitución Europea.
Otras veces es el ritmo trepidante el que provoca que se dediquen primeras páginas a unas elecciones y si el recuento no está en las primeras 24 horas deja de prestarse atención, como sucedió con las presidenciales afganas del 20 de agosto. Mes y medio después los enviados especiales vuelven a casa porque a los medios ya no les importa el resultado ni si hubo fraude o no.
Es indiscutible que se hace necesario algún tipo de control de calidad de los medios si queremos que la ciudadanía esté informada. El artículo 10 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) establece el derecho a “recibir informaciones y opiniones”, y, en el caso español, nuestra Constitución es la primera en Europa que recoge el derecho a recibir una información “veraz”. Es evidente que no se está cumpliendo.
Pascual Serrano es periodista. Autor de ‘Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo’
PASCUAL SERRANO
En nuestro país la información sobre Venezuela está sometida a una clara intencionalidad política que excede cualquier norma habitual. Basta observar el modo en que se presenta lo que allí sucede para darse cuenta de que, si no se tratase de la nación donde gobierna Hugo Chávez, el sesgo sería muy distinto. Sucesos que hubiesen sido irrelevantes en otros lugares adoptan protagonismo y una presentación excepcional al tratarse de Venezuela.
Hace pocos días, las agencias anunciaron la prohibición en Venezuela del refresco Coca-Cola Zero y, aunque mencionaban las declaraciones del ministro venezolano, según el cual la retirada de la venta se ha debido a la presencia de un determinado compuesto químico, los medios relacionaron la noticia con la conflictividad laboral de la empresa y sus malas relaciones con el Gobierno. Un periódico llegó a titularla así: “Coca-Cola cede al enfrentamiento con Chávez y retira su bebida”. Las agencias no explicaron que el edulcorante que contiene la fórmula química de esa modalidad de refresco en América Latina ya está prohibido en EEUU, Canadá y otros muchos países porque no ha pasado con éxito las pruebas de inocuidad para el consumo. Venezuela se ha limitado a aplicar los mismos criterios de sanidad alimentaria que las autoridades norteamericanas.
Hace un mes fue noticia la compra, por parte del Estado venezolano, del Banco de Venezuela, propiedad del grupo Santander, tras haber llegado a un acuerdo con los accionistas. Los titulares personalizaron dicha transacción al afirmar que quien compraba era Hugo Chávez; incluso se llegó a titular “Chávez se convierte en el primer banquero de Venezuela” y “El Santander entrega el Banco de Venezuela a Chávez por 755 millones”. De ese modo se presentó la decisión gubernamental de negociar la compra de un banco como una iniciativa personal del presidente al insinuar, de manera muy poco subliminal, que un individuo con ansia de poder, no un Estado, compraba el banco. ¿Qué nos hubiera parecido un titular opuesto, por ejemplo, “Botín se embolsa 755 millones de todos los venezolanos”? Cuando Estados Unidos adquirió una gran parte de la banca de su país a primeros de año, no se tituló que Bush u Obama compraban bancos.
La personalización en Chávez de las decisiones del Estado venezolano resulta obsesiva para la gran prensa, que siempre intenta ligar el nombre del presidente a las prohibiciones. Cuando las autoridades tributarias venezolanas multaron a la empresa que había organizado una exposición que utilizaba cadáveres y órganos humanos plastificados por no haberlos declarado en la aduana, se tituló “Hugo Chávez prohíbe la exposición Bodies Revealed”. Una semana después la situación se repitió en Francia, pero el titular fue “La Justicia francesa
prohíbe la exposición de cadáveres Our Body”. Lo que en este segundo caso se presentó como una decisión de las autoridades judiciales, en el primero, a pesar de que también era una orden de funcionarios de la Fiscalía, se anunció como una prohibición presidencial.
Y por si alguien pensaba que la cobertura no podía llegar al absurdo, veamos cómo se informó hace un año una decisión del Consejo Nacional de Telecomunicaciones venezolano, el cual estableció que una televisión privada debía sacar del horario infantil la serie de dibujos animados Los Simpsons. Es de saber que el largometraje sobre esta misma familia, que se proyectó en los cines, está calificado para mayores de 13 años en todos los países. Sin embargo, aquella decisión provocó titulares como “Chávez censuró Los Simpsons”, “Hugo Chávez ataca hasta a los dibujos animados” o “Chávez estrangula a Los Simpsons”. Un mes después, el Consell de l’Audiovisual de Catalunya tomó una decisión similar sobre el horario de programación del pressing catch por entender que tampoco era recomendable para los niños y, como viene siendo la norma, la noticia no fue más allá del ámbito local. ¿Qué hubiéramos pensado si alguien hubiese titulado “Montilla estrangula el pressing catch”?
La información sobre Venezuela tiene una presencia abrumadora en los medios españoles. Andrés Izarra, ex ministro de Comunicación de ese país, elaboró un estudio en el cual mostraba que en un período de sólo dos meses, el principal periódico español publicó 142 artículos sobre Venezuela, una media de 2,4 al día. Por supuesto, todos ellos con una tendencia claramente negativa y contraria al Gobierno venezolano. Ese protagonismo tiene como objetivo crear la imagen de un país en crisis y convulsión continua, aunque allí no esté sucediendo nada anormal. En contraposición, otros gobernantes no tienen presencia en los medios, con vistas a no desgastarlos y permitirles que apliquen sin molestia alguna sus políticas neoliberales. Hemos podido observar cómo el nombre del presidente de México apenas se ha mencionado en las informaciones sobre la crisis de la gripe porcina en ese país.
Si hubiéramos preguntado hace once años a los españoles quién era el presidente de Venezuela, muy pocos hubieran sabido responder. Hoy nadie lo desconoce. El barómetro anual del Real Instituto Elcano, que mide el conocimiento de los españoles sobre política internacional, revelaba en 2007 que mientras el 45% de los consultados respondieron “no sabe/no contesta” a la pregunta de si el acuerdo del Tratado de Lisboa se parece, o no, al que se votó en España en el referéndum sobre la Constitución Europea, el 90 % de ellos tenían una clara opinión sobre el presidente de Venezuela. Eso mostraba que los medios habían logrado mediante su agenda consolidar una determinada imagen de Hugo Chávez, aunque prestasen menos atención a la carta magna europea. Quién sabe si, gracias al papel ejercido por la prensa, los españoles hubieran sido más proclives a votar en cualquiera de las muchas elecciones venezolanas recientes de lo que lo han hecho este mes en las europeas.
Pascual Serrano es periodista. Su último libro es ‘Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo’.
Ilustración de Mandrake.
PASCUAL SERRANO
El pasado 15 de marzo, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) logró por primera vez en la historia la presidencia de El Salvador mediante su candidato, el periodista Mauricio Funes. Esta antigua guerrilla, tras liderar durante 12 heroicos años la defensa de lo oprimidos, sufrir masacres de pueblos enteros que simpatizaban con su causa y padecer la cruel represión los escuadrones de la muerte, veía que el sueño de tantos de sus mártires se hacía realidad.
El FMLN, como sucedió en toda Centroamérica, ha debido soportar durante todos estos años la paranoia anticomunista, marcada a fuego en la sociedad de la región por las infames campañas ideológicas de la derecha que seguía rentabilizando el discurso de la guerra fría. A pesar del tremendo apoyo social con que contaba, hasta ahora no pudo alcanzar la presidencia por la sistemática amenaza estadounidense de bloquear el envío de remesas de los dos millones de salvadoreños que trabajan en el país del norte, una cifra igual a la mitad del censo de votantes del país.
Se han necesitado 17 años desde la firma de los acuerdos de paz para que una nueva generación de salvadoreños se recupere de los miles de militantes y cuadros asesinados, se supere la manipulación anticomunista y se pierda el miedo a las presiones estadounidenses.
Con esta victoria, Centroamérica definitivamente se sacude la colonización de Estados Unidos, que materializó allí su última orgía de sangre contra los movimientos populares de América Latina. En Nicaragua, los sandinistas han vuelto al poder después de cometer el pecado de gobernar durante los años más duros de la contrainsurgencia de EEUU. En Guatemala, la paz con la guerrilla de izquierdas (URNG) se firmó en 1996, tras nada menos que 36 años de guerra. La derecha se mantendría en el poder hasta finales de 2006, cuando ganó las elecciones el socialdemócrata Álvaro Colom.
Si bien, a diferencia de El Salvador, su partido no es el heredero de la guerrilla, se trata del candidato que se enfrentaba en la segunda vuelta a la opción más neoliberal y quien recogería las aspiraciones de la izquierda que tomó las armas.
La influencia progresista es de tal envergadura en la región que hasta el presidente liberal de Honduras, Manuel Zelaya, ha suscrito la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA), promovida por Venezuela y Cuba, y ha firmado con Hugo Chávez el acuerdo de Petrocaribe, despertando con ello las iras de la derecha local.
Todos estos países han normalizado su vinculación con Cuba, con la que no tenían relaciones diplomáticas desde hacía décadas. Es evidente que la región que fuera propiedad de la United Fruit Company estadounidense y campo de entrenamiento en la guerra fría de los grupos contrarrevolucionarios financiados por la CIA ha despertado y se despide de su servilismo del norte.
Existen otros elementos a tener presentes. Quienes afirmen que los avances de la izquierda en esta región demuestran el error de haber recurrido a la violencia durante la década de los ochenta como lucha en la defensa de las propuestas políticas de izquierda, se equivocan. En aquel entonces, la vía electoral se encontraba cerrada y la lucha armada era la única opción para los movimientos populares que sólo pedían tierra y libertad.
La victoria del FMLN en El Salvador, como la de los sandinistas en Nicaragua, lo que muestra es que es la izquierda la que recoge el sentir mayoritario de los centroamericanos, y que fueron la represión y las masacres las que nunca permitieron su justa representación en las instituciones. Ha debido de pasar más de una década de paz para que la izquierda se recupere del genocidio que sufrió en la región. Se trata del mismo fenómeno sucedido en el Cono Sur. Allí, la izquierda, más moderada o más radical, ha llegado al poder en Chile, Argentina, Uruguay y Paraguay cuando las nuevas generaciones han superado el terror y las bajas que sufrieron en sus filas y cuadros por los militares de las dictaduras.
Tampoco debemos olvidar otro detalle de gran importancia. En aquellos años de plomo en Centroamérica, varios de sus gobiernos se presentaban ante la comunidad internacional como regímenes democráticos mientras los miembros de la guerrilla eran “subversivos comunistas”, léase “terroristas” en la terminología actual. Los paralelismos con Colombia son, por tanto, inevitables. Aquellos escuadrones de la muerte salvadoreños son los paramilitares colombianos de hoy.
Tal y como mostraron las correspondientes Comisiones de la Verdad, la financiación estadounidense a los criminales ejércitos salvadoreño y guatemalteco y a la contra hondureña es el Plan Colombia de ahora. Y los presidentes democristianos de El Salvador, liberales de Honduras y republicanos en Guatemala –cómplices del genocidio de toda una generación progresista en Centroamérica– son el Álvaro Uribe que gobierna Colombia.
El Salvador de los años ochenta estaba partido en dos bandos, cada uno de los cuales gestionaba y administraba sus propios territorios. Al igual que sucedió con la guerrilla guatemalteca, el día en que se sentaron a estudiar las causas del conflicto, la reforma agraria y la reinserción de los levantados en armas en condiciones de seguridad, empezó el final de la violencia política. Si la comunidad internacional empieza a comprender eso, la paz y el derecho de la izquierda a existir sin necesidad de matar ni morir puede ser una realidad en Colombia.
Pascual Serrano es periodista. Autor de ‘Medios violentos. Palabras e imágenes para el odio y la guerra’
Ilustración de Juan Ossorio
PASCUAL SERRANO

El pasado 15 de febrero los venezolanos volvieron a mostrar su apoyo al presidente Hugo Chávez al apoyar mayoritariamente la enmienda constitucional que acaba con la limitación a dos legislaturas para ejercer los cargos de gobernador, parlamentario o presidente de la República. De esta forma, Chávez podrá ser candidato presidencial en 2012, año en que termina la actual legislatura.
Como se recordará, los partidarios del Gobierno perdieron en diciembre de 2007 el referéndum para la reforma constitucional en el que se incluía también la eliminación del límite de legislaturas para el cargo de presidente, junto a otras 68 reformas de artículos. De los 4.379.392 votos (49,29%) que entonces apoyaron la reforma constitucional, se ha pasado a 6.003.594 (54,36%) en la votación de la enmienda. Mientras tanto, los votos negativos también aumentaron de 4.504.354 (50,7%) a 5.040.082 (45,63%), pero ahora han quedado en minoría. Quienes interpretaron que aquel referéndum inauguraba el declive del chavismo han visto frustradas sus expectativas.
La primera incógnita que debe resolverse es por qué los partidarios del Gobierno perdieron el referéndum de 2007 y, en cambio, ahora han logrado una holgada victoria con casi nueve puntos de ventaja. Un dato a tener en cuenta es que la superación de aquella derrota se produjo en las regionales de noviembre de 2008, puesto que los candidatos progubernamentales lograron un millón de votos más que los opositores. En Venezuela ya casi todos los análisis coinciden en las razones de la derrota de 2007: demasiados cambios en la Constitución que no eran comprensibles o viables, una campaña dominada por el conflicto con Colombia y la iniciativa de Chávez a dedicarse a la liberación de prisioneros de las FARC en lugar de atender la política nacional. A todo ello hay que añadir que ahora no sólo se planteaba la postulación sin límites de legislaturas para el cargo de presidente, sino también para gobernadores y diputados, lo cual es más coherente desde el punto de vista político.
La conclusión evidente es que, a pesar de todas las deficiencias y errores del proceso venezolano, apenas existe desgaste del presidente; obsérvese que ha conseguido incluso más votos de los que logró en contra de que dejase el cargo en el referéndum revocatorio en 2004 (5.800.629).
Las razones son diversas: en primer lugar, una oposición desarticulada que no logra comprender que existe una gran masa popular que confía en Hugo Chávez como esperanza para la mejora del país. Por otro lado, una clase media que ha ido percibiendo que todas las amenazas de llegada del comunismo y peligro para la democracia que les fueron presentando a lo largo de estos años no tienen fundamento alguno. La burguesía y el empresariado venezolano no han visto empeorar en absoluto su situación económica y ninguna medida política, aplicada o en proyecto, hace peligrar sus expectativas. Las quejas de los interventores de la oposición que he podido recoger en los colegios electorales muestran su desconexión de la realidad, desde quienes califican de “horror” tantas elecciones porque “tienen como objetivo mejorar la imagen de dictador de Chávez”, a quienes se indignan porque ahora “los camioneros son senadores” o intentan explicarme que este referéndum supondrá abrir la puerta a que “los padres pierdan la patria potestad de sus hijos”. El resultado es que la gran apuesta de la oposición venezolana se limita a un puñado de estudiantes de clase alta procedentes de las universidades privadas que me explican que ellos tienen como referencia de país para Venezuela “el socialismo sueco”. Por supuesto, no faltan los retos para el Gobierno Chávez: encajar el nuevo precio del petróleo en su futuro económico, actuar con contundencia contra la corrupción y afrontar con eficacia muchas buenas iniciativas que no comienzan a arrancar.
Si bien la mayoría de la comunidad internacional ya va comprendiendo que la democracia venezolana es la más legítima de todo el continente y probablemente del mundo, con trece procesos electorales en diez años, todos ellos impecables, según han sentenciado todas las instituciones y observadores que asistieron a cada comicio, no deja de asombrar el modo obsesivo y recurrente con que desde sectores reaccionarios mundiales se sigue intentando deslegitimarla con gratuitas acusaciones de dictadura, violaciones de derechos humanos o falta de libertad de expresión. Basta observar su indignación ante el simple hecho de que los venezolanos puedan eliminar los límites a la reelección de sus cargos, tal y como sucede en diecisiete países de la Unión Europea.
No puedo llegar a otra conclusión que la que han expuesto en diversas ocasiones los profesores Carlos Fernández Liria y Luis Alegre: a lo largo de la historia, por democracia se entendía el periodo en que el Gobierno de un país estaba en manos de la derecha y, cuando la verdadera izquierda llegaba al poder, se la derrocaba por cualquier vía ilícita (golpe de Estado, guerra civil, magnicidio, bloqueo, desestabilización) para comenzar un paréntesis dictatorial en el cual se desarticulaba esa izquierda para volver más tarde a una “adecuada democracia” con la derecha en el poder. Venezuela representa uno de los pocos casos en los que ese mecanismo no han logrado que les funcione, de ahí la desesperación.
Cada uno es libre de compartir o no el ideario y el programa de Hugo Chávez, pero la diferencia entre demócratas y no demócratas está en aceptarlo y respetarlo tal y como es, que es como lo quieren los venezolanos.
Pascual Serrano fue observador internacional en el referéndum del 15 de febrero en Venezuela
Ilustración de Mikel Casal
PASCUAL SERRANO

El pasado 1 de enero se conmemora el 50 aniversario de la revolución cubana. Una vez más, Cuba despertará entusiasmos apasionados y rechazos viscerales. Ser el centro del debate geopolítico era lógico durante la guerra fría: se trataba de un socio de la Unión Soviética a noventa millas de Estados Unidos y la crisis de los misiles demostró que la cuestión de Cuba era clave en el confrontación Este-Oeste. Sin embargo, el muro de Berlín cayó en 1989, la URSS desapareció en 1991 y el comunismo dejó de ser una amenaza para el bloque capitalista vencedor; incluso el discurso y las políticas agresivas de EEUU hacia China, Vietnam y otros retales socialistas que permanecían en el mapa mundial desaparecieron. Pese a todo, el combate frontal contra Cuba no disminuyó un ápice y nadie podría pensar que la proximidad comunista a EEUU suponía amenaza alguna una vez desaparecida la URSS. Algunos argumentarán que el rechazo se debe al fanatismo extremista del exilio cubano, pero ese exilio hoy ya no es mayoritario, ni siquiera en Miami. De hecho, Barack Obama ganó en Florida en las elecciones y la nueva generación de hijos de cubanos tiene intereses más prioritarios que los de seguir rumiando odio hacia un país en el que nunca han estado. Incluso son más los cubanoamericanos molestos con las medidas estadounidenses que les impiden viajar a Cuba o
enviar remesas.
Con la derecha europea sucede algo similar. Resulta sorprendente la obsesión de algunos sectores de España con un pequeño país de poco más de once millones de habitantes cuyo papel en la economía mundial es irrelevante y, en todo caso, beneficioso para las empresas españolas. Basta observar que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, dos días después del
asesinato de cerca de 400 palestinos, dedique su mensaje de fin de año
al sufrimiento de los cubanos “bajo la dictadura”.
En un mundo con 766 millones de personas sin servicios de salud, 120 millones sin agua potable, 842 millones de analfabetos (21 de ellos en EEUU), 158 millones de niños que sufren desnutrición y 110 millones que no asisten a la escuela, es curioso que ninguno de esos problemas existen en la Cuba que tanto preocupa a Esperanza Aguirre y a los líderes de la derecha mundial. Los opositores a Cuba se indignan por la falta de libertad de prensa precisamente en el país que ha logrado la mayor tasa de alfabetización del continente. El único Gobierno del mundo que sufre un bloqueo de Estados Unidos es, paradójicamente, el que ha conseguido la tase de mortalidad infantil más baja de América Latina. Siempre resultó muy ilustrativa la comparación con China; cuando los gobernantes españoles visitan el país asiático, la derecha no exige reuniones con la oposición. ¿Se acuerda alguien alguna vez de exigir a un ministro español que
se reuna con miembros de la oposición cuando visita un país que no sea Cuba? ¿Se pide, tal y como ocurre con Cuba, que nuestras embajadas inviten a las recepciones a los
grupos que buscan derrocar al Gobierno en el poder?
¿Cuál es la razón de esa persecución obsesiva contra Cuba? Aunque tuvo un papel importante en muchas luchas populares de América Latina y África, hoy sus dirigentes no tiene ni recursos, ni intención de derrocar Gobierno alguno en la región. Quienes afirman sentirse preocupados por el sufrimiento cubano bajo el yugo de los Castro, sabemos que no dicen la verdad, aunque consideren que los cubanos viven una dictadura, deberían preocuparse más por los haitianos, los cuales están sometidos a mayores sufrimientos a juzgar por su cifras de mortalidad, y nunca les oímos alzar la voz por las hambrunas o enfermedades en Haití, Honduras o República Dominicana.
¿Qué peligro supone entonces la revolución cubana para que se le odie tanto? No debería hacer falta considerarse procastrista ni comunista para llegar a la conclusión de que lo que molesta de la revolución cubana se puede expresar en una sola palabra: ejemplo. Es lo que desespera a los gobernantes estadounidenses y a la derecha mundial: la angustiosa posibilidad de que la revolución cubana y la política que allí se está aplicando pueda ser un ejemplo de otro modelo de organización económica y social; de que se pueda ofrecer un sistema electoral al menos diferente al de serpentinas y dinero para cuñas publicitarias de Occidente; de que –a pesar de su precariedad– pueda existir menos corrupción entre sus gobernantes que en ningún país de América Latina; de que se esté conformando un ciudadano con valores diferentes, ajeno al individualismo, a la competitividad o al consumo obsesivo. No se trata de afirmar que Cuba es el paraíso, que su sistema electoral es perfecto y que su sociedad es idílica, pero sí de reconocer que en ese país se han producido fenómenos de avance social, cultural y humano impresionantes si tenemos en cuenta su limitado poder económico, el acoso al que ha sido sometido y la agresión informativa y de todo tipo que lleva sufriendo desde hace cincuenta años. La realidad es que, independiente de las posiciones ideológicas, nadie negará que siguen siendo los líderes cubanos los que levantan más expectación con su presencia en las cumbres mundiales y apoyo de colectivos de solidaridad de todo el mundo. Si hay algo que tienen en común las sedes de los movimientos populares de Mumbai, Johanesburgo o Yakarta –por poner ejemplos alejados de la cultura latina– es una bandera de Cuba y una foto del Che.
Es curioso, pero la amenaza de Cuba no es otra que hacer visible la consigna que adoptaría el movimiento alterglobalización 40 años después de la victoria revolucionaria cubana. Esa amenaza es la de demostrar a millones de personas que viven bajo el neoliberalismo que “otro mundo es posible”.
Pascual Serrano es periodista
Ilustración de Jordi Duró
PASCUAL SERRANO, SANTIAGO ALBA RICO, BELÉN GOPEGUI, CARLOS FERNÁNDEZ LIRIA, ROSA REGÁS, ISAAC ROSA, TERESA ARANGUREN Y CONSTANTINO BÉRTOLO
El presidente del Gobierno español recurrió al título de la película Buenas noches y buena suerte para dirigirse a los telespectadores en el debate previo a las elecciones. La película trata de un periodista que, durante el macartismo, comprendió que lo que se presentaba como una actividad para proteger al Estado era en realidad un proceso de destrucción de los derechos civiles. Quizá el presidente quería transmitir la idea de que vivimos en tiempos oscuros pero que existe la voluntad política de afrontarlos con dignidad. Pero quizá solo estaba diciendo buenas noches y allá cada uno con lo que le caiga encima, porque tenemos miedo y es mejor estar callados.
En estos últimos días, las presiones del Gobierno colombiano han llevado en nuestro país a la detención de un ciudadano español y a su linchamiento mediático. Conviene recordar que, según el CINEP, organismo de derechos humanos colombiano dependiente de la Compañía de Jesús, “del total de 1.670 violaciones del Derecho Internacional Humanitario reportadas en 2007, 858 se imputan a organismos oficiales dependientes del estado colombiano (fuerzas armadas y cuerpos policiales), 5 a agentes extranjeros, 39 a combatientes sin identificar, 580 a paramilitares, 176 a las FARC, 8 al ELN y 4 a ‘guerrilla’ sin especificar”. Por lo cual, “se verifica que con mucho el mayor violador del Derecho Internacional Humanitario en Colombia es el propio Estado”. Hay en este momento en Colombia más de 30 senadores y diputados presos o imputados por vínculos con el paramilitarismo.
¿De qué acusa la prensa a Remedios García Albert? De haber solicitado visados para los hijos de un miembro destacado de las FARC? ¿Se heredan los delitos? ¿Debe ser abolida, en estos tiempos oscuros, la labor humanitaria? Si un niño o un joven es aplastado por una viga, ¿deberemos asegurarnos de que ni sus padres ni –tal vez– sus abuelos han tenido jamás vínculos con el terrorismo antes de levantar la viga? La prensa ha acusado además a García Albert de haber entregado 6.000 dólares a una persona en Suiza. Ni siquiera se ha preocupado de averiguar a quién se le entregaba el dinero y para qué. No era un “representante de las FARC en Suiza” –dato desmentido por el Gobierno suizo– sino un refugiado gravemente enfermo que debía costear una operación quirúrgica. Dice el abogado de García Albert que ella “actuó como hubiera hecho cualquier persona de bien, esto es, hizo llegar a un enfermo la cantidad necesaria para hacer frente a la intervención sin imaginar que eso podría desencadenar la detención y la puesta a disposición por un presunto delito de colaboración con banda armada”. ¿Queremos construir una sociedad donde nadie se atreva a ayudar a un enfermo por lo que pudiera pasar? ¿Queremos un macartismo a la española?
La prensa no solo ha publicado correos electrónicos atribuidos a García Albert, incurriendo en un delito de violación de correspondencia, sino que también ha rozado la ignominia del amarillismo con artículos en donde se habla de las relaciones afectivas de García Albert, se lanzan insinuaciones insidiosas o se habla despectivamente de que la acusada se habría “pillado” una infección.
Para obtener las pruebas de que Remedios García tramitó visados y trasladó dinero para una intervención médica, el ejército colombiano violó el espacio aéreo y terrestre ecuatoriano en una acción en la que murieron 17 miembros de las FARC, pero también cuatro estudiantes universitarios de México y un ciudadano ecuatoriano. Debe aún investigarse si se produjo violación de los derechos humanos de los prisioneros y ejecución de heridos y prisioneros de manera extrajudicial. Deben investigarse las posibles violaciones del derecho internacional y de las Convenciones de Ginebra llevadas a cabo para incautarse los soportes informáticos donde se encontraban esos correos electrónicos.
Por lo demás, incluso la Interpol ha reconocido que “entre la fecha en que las autoridades colombianas incautaron a las FARC las ocho pruebas instrumentales de carácter informático, y el momento en que dichas pruebas fueron entregadas al Grupo Investigativo de Delitos Informáticos de la Dirección de Investigación Criminal (DIJIN) de Colombia, el acceso a los datos contenidos en las citadas pruebas no se ajustó a los principios reconocidos internacionalmente para el tratamiento de pruebas electrónicas por parte de los organismos encargados de la aplicación de la ley”. Se rompió la cadena de custodia durante más de 48 horas y en ese plazo “las autoridades accedieron a las pruebas sin haber creado y/o utilizado los mecanismos de salvaguarda necesarios para que el mero acceso no las alterase”.
Por otro lado, como explica el abogado de García Albert, si bien las FARC están incluidas en la lista de organizaciones terroristas de la Unión Europea desde 2002, esa consideración no es seguida unánimemente por los distintos países miembros. Así, las FARC no figuran en la lista del Reino Unido, ni en la de las Naciones Unidas. El Gobierno noruego manifestó en 2006 que no asumía la lista de la UE. Poco más de un año antes de su inclusión en dicha lista, los representantes de las FARC fueron recibidos por los gobiernos de España, Noruega, Suiza, Suecia, El Vaticano e Italia. En España, en el año 2000, se reunieron públicamente con representantes de la CEOE, de UGT, de CCOO y con el presidente del Congreso.
¿Por qué está ocurriendo todo esto? ¿Por qué resulta necesario recurrir a artículos de opinión para paliar la falta de información, cuando no la más burda intoxicación, de la prensa llamada seria? ¿Es normal que nuestras instituciones operen a requerimiento de un gobierno extranjero, campeón mundial de todas las violaciones y atropellos? ¿Es normal que nuestros medios de comunicación se limiten a reproducir la información policial y a atizar la criminalización de la detenida sin la más mínima investigación ni el más leve indicio de inquietud? ¿Es normal que una noticia así no provoque la menor “alarma ciudadana”? ¿Quién será el próximo? La compasión, la mediación, la solidaridad, el humanitarismo, ¿los dejaremos a un lado por miedo? En tiempos de oscuridad, solo se conservan los derechos que se defienden.
Ilustración de Jaime Martínez
PASCUAL SERRANO
Los medios han recogido con alborozo la noticia de que los cubanos podrán comprar “libremente” aparatos electrodomésticos y alojarse en los hoteles del país, algo que hasta ahora no les estaba permitido. Por supuesto han recordado algunos críticos de la revolución cubana que los precios son prohibitivos. Comprar un aparato de DVD, una computadora o un televisor de más de 19 pulgadas será tan difícil para muchos cubanos como hasta ahora lo es para el habitante de un suburbio de Puerto Príncipe, un indígena chiapaneco, un campesino hondureño o un desempleado argentino. Lo que hasta hace unos días estaba prohibido por el Gobierno ha pasado a estar prohibido por el mercado. Es bueno que los cubanos conozcan que ésa es la libertad del capitalismo; ya han llegado a ella en lo referente a la compra de electrodomésticos. Porque han de saber que en la gran mayoría de los países de su entorno, fuera del socialismo, lo que se llama libertad es todo eso que se puede conseguir con dinero: libertad para viajar, libertad para alojarse en un hotel, libertad para comprar un automóvil, libertad para comprar espacio en un periódico, libertad para anunciarse como candidato a unas elecciones, libertad para elegir médico, libertad para llevar a sus hijos al colegio. Por eso dicen que se han “liberalizado” los frigoríficos y las televisiones en Cuba.
De Cuba se denuncian constantemente las prohibiciones gubernamentales, pero siempre se olvida que, en el
capitalismo, el dinero convierte en prohibido que el camarero de una marisquería de Madrid pueda sentarse allí con su esposa alguna vez como cliente, o que el albañil de un residencia céntrica o de un apartamento en la playa pueda ser propietario de una vivienda como la que está construyendo.
No es que yo critique la medida gubernamental y esté en contra de que los cubanos puedan comprar todos esos aparatos o alojarse en un hotel, pero es evidente que lo que se celebra fuera como un “avance” de la revolución, una “apertura”, no lo es para el cubano de a pie. No es un avance porque el mercado no lo es. Lo que les está pasando ahora a los cubanos con los electrodomésticos –que les dejan comprarlos, aunque no pueden por no tener dinero– es lo que sucede en la mayoría de países capitalistas con la sanidad, la educación o las opciones electorales. De modo que cuando les propongan continuar con las “aperturas” y las “liberalizaciones”, ya pueden imaginar lo que les pueden estar preparando.
En Cuba las disfunciones del socialismo –la mayoría inevitables ante las condiciones externas y el mercado globalizado– han provocado que algunos cubanos, por numerosas razones (remesas familiares de fuera, paladares, cuentapropistas legales o alegales, profesionales relacionados con el turismo o con empresas e instituciones extranjeras, etc…), puedan haber accedido a importantes sumas de dinero que ahora podrán destinar a esos bienes de consumo. Hace unas semanas un estudiante le preguntaba a Ricardo Alarcón, presidente del Parlamento cubano, por qué si tenía mil dólares no podía viajar por ejemplo a Egipto, si el viaje costaba 400 dólares de ida y otros 400 de vuelta. Con su buena intención, esa ingenua pregunta estaba dejando en evidencia una mentalidad colonizada por el mercado. Si no hubiera actuado bajo el patrón ideológico capitalista, hubiera preguntado por qué un estudiante de historia del arte o un buen trabajador no puede ir de vacaciones a Egipto, independiente de que tenga o no los mil dólares. Efectivamente, quien proporciona la “libertad” para viajar de vacaciones a Egipto a quien tiene mil dólares es el capitalismo. A algunos hasta les asegura la “libertad” para ir todas las semanas si quisieran.
Quienes creemos en el socialismo también reivindicamos que los ciudadanos puedan viajar de vacaciones a Egipto, lo que nos diferencia del capitalismo es que no consideramos que la condición sea la de tener mil dólares, sino otras. Es verdad que en Cuba nadie puede viajar de vacaciones a países exóticos, porque en una sociedad justa nadie debería poder irse a hacer turismo a dos mil kilómetros mientras haya un niño que pase hambre o esté sin escolarizar. Y no seré yo quien diga que los cubanos no deberían tener derecho a viajar, tener un DVD o una televisión de grandes dimensiones. El director de Granma, Lázaro Barredo, lo ha explicado bien claro: “No es posible esperar a que se resuelvan más necesidades si no se trabaja más, si no se produce más”. Si en mi casa queremos tener otra silla para sentarnos tenemos dos opciones: o la fabricamos con nuestras manos o producimos algo para otro vecino que nos pueda ser intercambiado por dinero que nos permita ir al mercado a comprar la silla. En Cuba conviven dos tipos de monedas, el peso cubano y el peso convertible, creado a remolque de la divisa estadounidense, con un valor 25 veces mayor que el cubano. Si se desea que aumente el poder del peso cubano habrá que producir en casa más objetos para nuestro propio consumo (mejorar por ejemplo la producción agrícola) o para el consumo en nuestros países vecinos, a quienes se los vendamos a cambio de divisas con las que comprar a su vez productos que no fabricamos en casa y así abaratar su precio. Es decir, subir el valor del peso cubano con respecto al convertible.
Las medidas anunciadas de liberalización de la venta de electrodomésticos es sólo mercado, inevitable, pero mercado que sólo resuelve el deseo del adinerado. Para que los cubanos puedan acceder a esos productos es necesario un pueblo laborioso que aumente la producción y unos dirigentes inspirados en la equidad y la justicia social. No tengo ninguna duda de que las dos cosas las tiene Cuba, por eso estoy convencido de que, más pronto que tarde, esos productos y tantos otros de difícil acceso no serán sólo liberalizados, sino socializados, es decir, accesibles a la gran mayoría de los ciudadanos.
Pascual Serrano es periodista y autor de ‘Perlas 2. Patrañas, disparates y trapacerías en los medios de comunicación’.
Ilustración de Mikel Jaso