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Dominio público

Opinión a fondo

Racionalidad y agua

21 may 2010
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PEDRO ARROJO AGUDO

05-22.jpgDesde hace casi 20 años, se viene planteando la necesidad de pasar la página del costismo en materia hidráulica para abrir definitivamente la de la nueva cultura del agua. La crisis económico-financiera debería ayudarnos a romper las últimas inercias, aunque sólo sea por necesidad. La directiva marco de aguas de la UE exige asumir progresivamente nuevos criterios de racionalidad económica y de responsabilidad de los usuarios, mediante el “principio de recuperación de costes”. El hecho de que la ley deje libertad al Gobierno para fijar el ritmo de aplicación de tales criterios no excusa su responsabilidad de aplicarlos y más en estos momentos, con la que está cayendo.
La vieja estrategia costista de subvencionar grandes obras hidráulicas para transformar nuevos regadíos constituye hoy en España el frente de inversión pública más irracional desde el punto de vista económico e incluso social (impactos ambientales aparte). Aunque generó balances positivos durante buena parte del siglo XX, no sólo en España sino en todo el mundo, ya en los años setenta entró en crisis por razones fundamentalmente económicas, motivando profundos cambios en EEUU a mediados de los ochenta. En la década de los noventa, la necesidad de incorporar los impactos ambientales sobre los ecosistemas fluviales y costeros contribuyó a cerrar los argumentos que hoy sitúan la construcción de grandes presas fuera de las prioridades de los países más avanzados en materia de gestión de aguas.
Transformar una nueva hectárea de regadío en Navarra o en Aragón costaba, a finales de los noventa –cuando se discutía el Plan Hidrológico Nacional–, unos 32.500 euros (hoy serían 43.000), sólo en amortización de infraestructuras, mientras que su valor de mercado, según datos oficiales, apenas llegaba a 10.000 euros. Para colmo, la tasa de devaluación del regadío ha mantenido un ritmo superior al 5% anual durante más de una década. Los regantes acaban pagando apenas una quinta parte de esos costes en forma de canon y tarifa, el resto “lo paga el rey”; es decir, todos. En resumen: hacer una nueva hectárea de regadío extensivo cuesta hoy cuatro veces más de lo que vale esa hectárea con arreglo a lo que renta.
Ante la evidente irracionalidad económica de este tipo de inversión, se suele argumentar el valor social del nuevo regadío en el medio rural. Sin embargo, desde el modelo imperante, con cultivos extensivos (maíz, alfalfa, arroz…), elevados consumos de agua (entre 7.000 y 12.000 metros cúbicos por hectárea) y teniendo en cuenta que cada puesto de trabajo requiere entre 40 y 50 hectáreas, la inversión supone en torno a dos millones de euros por puesto de trabajo creado. Es decir, una cantidad entre diez y veinte veces superior a la inversión media necesaria para crear un puesto de trabajo en nuestra economía actual.
Sólo en la Cuenca del Ebro están en ejecución o en tramitación obras para transformar más de 200.000 hectáreas de regadío bajo la responsabilidad directa de los gobiernos autónomos respectivos y la complicidad activa del ministerio, lo que supone una absurda inversión de casi 9.000 millones de euros. Por no hablar de las más de 400.000 hectáreas que se incluyen en el borrador del nuevo plan hidrológico de la cuenca, lo que demandaría más de 3.000 millones de metros cúbicos de agua; es decir, tres trasvases como el que se consiguió derogar. Y ello a pesar de que el 50% del regadío actual en la Cuenca del Ebro no tiene relevo generacional, como explotación profesional a tiempo completo y a pesar de las perspectivas de cambio climático vigentes.
En las actuales circunstancias, cuando el Gobierno impone medidas tan duras socialmente, se hace necesario, cuando menos, una revisión de tales planes y de los correspondientes proyectos. Haciendo de la necesidad virtud, sería el momento de aplicar los nuevos criterios de racionalidad económica que exige la directiva marco de aguas. Es la ocasión no sólo de reducir gastos, ahorrando inversiones irracionales, sino de redirigir las exiguas capacidades disponibles del erario público en esta materia hacia los nuevos enfoques de desarrollo rural que el propio Gobierno viene proponiendo. Enfoques en los que se prioriza la modernización del regadío existente y se promueve un modelo económico integrado para el medio rural, superando la tradicional mitificación del regadío como única opción de desarrollo y de mantenimiento de la población.
Por ejemplo, ¿en Aragón, qué sentido tiene invertir 250 millones de euros en el conflictivo “recrecimiento” de la presa de Yesa para aumentar el regadío en Bardenas, en lugar de centrar esfuerzos en modernizar el existente? ¿O gastar 135 millones en el embalse de Biscarrués, que ofrece un balance coste/beneficio ruinoso? ¿O emplear 200 millones en construir el embalse de Mularroya, que los regantes se niegan a pagar, en lugar de promover la recarga artificial del acuífero de Alfamén (el embalse subterráneo de la naturaleza), hoy sobreexplotado? ¿Qué sentido tiene extender 100.000 hectáreas más de regadío, sólo en Aragón, cuando no hay jóvenes que lo quieran trabajar ni garantías de riego en el futuro?
Rectificar es de sabios, dice el refrán, aunque para los poderosos suele interpretarse que es de débiles. Pero, en este caso, rectificar es sencillamente ineludible, sobre todo cuando se exigen sacrificios tan notables a pensionistas y funcionarios. Se trata, en suma, de racionalizar la inversión pública, concentrándola en modernizar nuestros sistemas de riego y de abastecimiento urbano.

Pedro Arrojo Agudo trabaja en el Departamento de Análisis Económico de la Universidad de Zaragoza

Ilustración de Mikel Casal

Y esta ley, ¿cómo se guisa?

22 ene 2010
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PEDRO ARROJO AGUDO

01-22.jpgSin duda, la iniciativa de lanzar una Ley de Economía Sostenible, como base para enfocar estrategias de superación de la actual crisis, debe ser saludada como interesante. Conecta de lleno con las corrientes que reivindican a nivel mundial un nuevo keynesianismo verde, basado en políticas públicas de protección ambiental que impulsen inversiones en energías alternativas y estrategias productivas con baja emisión de CO².
Sin embargo, hay dos factores que quiebran la credibilidad de la ley: la falta de una autocrítica convincente y la ausencia de personas que puedan liderar el cambio propuesto.

A duras penas se ha acabado reconociendo la inviabilidad de prorrogar el modelo de crecimiento que ha imperado, basado en el ladrillo y la especulación financiera; sin embargo, no se ha escuchado una crítica clara al respecto que reconozca la complicidad y la complacencia de todo tipo de instituciones y partidos con esa burbuja inmobiliario-financiera sobre la que se fundaba nuestra pretendida prosperidad.

El presidente Zapatero ha centrado sus esfuerzos en intentar “dar ánimo” a la ciudadanía, frente a la crítica destructiva y ceniza del Sr. Rajoy, inspirada en el principio de “cuanto peor, mejor…”, en lugar de asumir con decisión una iniciativa autocrítica. En política, se sigue pensando que rectificar no es de sabios, sino de débiles; al tiempo que suele confundirse autocrítica con derrotismo. Zapatero debería estudiar el perfil del discurso que llevó a Obama a la Casa Blanca. El actual presidente de EEUU ganó buena parte de su prestigio asumiendo, no sólo una posición crítica frente a las políticas neoliberales de Bush, sino autocrítica frente a las posiciones tradicionales de su propio partido. Construyó un discurso que, lejos de disculpar o minimizar los problemas, los asumía para, a renglón seguido, apelar al esfuerzo de todos y todas, con su “yes, we can”; en lugar de pedir confianza hacia un Gobierno que se supone los resolverá. Un discurso, en definitiva, que reconocía y trataba a los ciudadanos como personas maduras…

Se echa en falta un análisis en boca de nuestro presidente que explicite lo que todos sabemos: que sufrimos una crisis más profunda que otros países de la UE porque nuestro pretendido desarrollo era en gran medida falso, al basarse en una descomunal burbuja, de la que todos, unos más y otros menos, sin duda, somos responsables. Y, lógicamente, tras esa autocrítica deberían enunciarse nuevas políticas para superar los errores cometidos y abrir nuevos horizontes. Reformas, por ejemplo, que rompan la dependencia financiera de nuestros ayuntamientos de la recalificación de terrenos, base de tantas tentaciones especulativas…

Pero más allá de justificar la necesidad de esos cambios desde un análisis crítico consistente, es necesario tener credibilidad y capacidad de liderazgo en la materia de que se trate. Y en este caso se trata de promover un giro en el modelo económico del país, en la perspectiva de lo que a nivel internacional se conoce como el “Green New Deal”, emulando las ideas que Keynes propuso para superar la Gran Depresión de los años treinta. Se trata, en suma, de reenfocar la economía productiva hacia los retos ecológicos del siglo XXI, transformando en oportunidades los graves problemas de insostenibilidad que hemos provocado.

Desde una perspectiva global, es tiempo de cuestionarse seriamente el modelo de prosperidad que hemos construido sobre el mito del crecimiento ilimitado en un planeta limitado. El que crezca un niño o engorde un hambriento será sin duda bueno y deseable; pero no seremos más felices por crecer y engordar indefinidamente… En un momento histórico en el que se hacen cada vez más evidentes las múltiples crisis de insostenibilidad que hemos provocado, al desbordar y quebrar las capacidades y funciones ambientales de la biosfera, sería un error limitar el diagnóstico de la crisis financiera, o incluso económica, ignorando o relegando a un segundo plano la crisis ecológica. Pero ello supone, no sólo un reto de eficiencia en el uso de los recursos naturales y en la emisión de CO², sino la necesidad de reconocer los límites del planeta y reducir nuestros ritmos globales de consumo. En Almería, en Murcia y en otros lugares, la eficiencia en el uso del agua es alta…Pero aún así matamos eficientemente la sostenibilidad de nuestros ríos y acuíferos…

En todo caso, sin entrar en un debate a fondo sobre la necesidad de cambiar nuestro concepto de prosperidad y sobre lo que debería entenderse por una economía sostenible, creo que, tal y como he reseñado al principio, la iniciativa es interesante. Lo triste es que este reto se lanza desde un Gobierno en el que el Ministerio de Medio Ambiente fue abducido por el de Agricultura. La decisión que asumió Zapatero tras las últimas elecciones, probablemente con dolor en su fuero interno, al sacrificar a Cristina Narbona y disolver el notable liderazgo ambientalista que tuvo su primer Gobierno, entra en flagrante contradicción con la pretendida prioridad de promover un giro verde en nuestro modelo económico. ¿O acaso alguien puede citarme un solo ministro o ministra que proyecte la más mínima credibilidad ambientalista a la hora de promover este giro hacia una economía sostenible?

Zapatero ha sabido mantener sus perfiles en lo social y en las cuestiones de género, lo que sin duda le honra y ha evitado el desplome de su imagen en las duras condiciones de crisis que le toca gestionar. Pero ha perdido totalmente la dimensión ambiental, y eso quiebra su coherencia y su credibilidad en cuestiones clave como la Ley de Economía Sostenible.

Pedro Arrojo Agudo es profesor del Departamento de Análisis Económico de la Universidad de Zaragoza

Ilustración de Javier Olivares