Pedro Chaves
La memoria ha sido cosa siempre de los y las de abajo. Los de arriba se dedican a reescribir la historia. Los comunes hemos aprendido a desconfiar de las palabras de los poderosos, aun cuando nos interesa saber en cada momento qué piensan, o mejor, que dicen que piensan. Por eso a los pueblos se les invita y estimula a tener una frágil memoria. Viene a cuento este excurso a propósito del debate y, hasta ahora, desacuerdo sobre un gran pacto social que surta los efectos que se esperan de este tipo de iniciativas: que ofrezca confianza a los mercados, que estabilice la situación en el ámbito laboral y productivo y que incremente la competitividad de nuestra economía, entendiendo, en este último caso, que los caminos para esta mejora de nuestras perfomances económicas son varias y diversas.
La dureza con la que se está mostrando la patronal ha puesto de relieve algo que comenzaba a ser una evidencia: la gravedad de la crisis y sus devastadoras consecuencias sociales no les ha hecho modificar un ápice su programa de máximos desde hace dos décadas. Es decir, el Estado es el problema y no la solución, o la eficacia es ciencia, la igualdad ideología, o hay que conseguir que el mercado deje de ser sólo el regulador de la economía y pase a ser el articulador de la sociedad.
Parecen haber sido olvidadas las palabras del actual presidente de la patronal, Gerardo Díaz Ferrán, del 17 de septiembre de 2008 en las que afirmaba: “Creo en la libertad de mercado, pero en la vida hay coyunturas excepcionales. Se puede hacer un paréntesis en la economía de mercado”. Aquello sonaba a disimulado epitafio de la lógica neoliberal y así pareció ser durante unos meses. Fueron momentos que se prometieron dulces para los que defienden el viejo diagnóstico marxista y keynesiano de que el mercado es incapaz, por sí mismo, de solucionar algunos de los problemas que genera. La obligada intervención económica de los poderes públicos pareció tan necesaria como conveniente y algunos especularon con los réditos políticos que este giro histórico podría producir. La derecha neocon expiraba. Pero no duró mucho aquel encantamiento. En lo que hace a la patronal española, desde entonces y hasta ahora, no han dejado de explicitar su programa de máximos que sigue afirmado en las obsesiones mercadocéntricas de hace años. El problema no remite sólo a intentar dar una vuelta de tuerca más en la precarización del mercado laboral a través de esa figura siniestra del contrato de crisis. La cuestión es darle continuidad a la política económica que ha sido dominante en las estrategias de todos los gobiernos desde el comienzo de la década de los noventa: bajada de impuestos, reforma del mercado laboral, reducción del gasto público y liberalización estratégica para mejorar la competitividad de las empresas.
Naturalmente, en la actual coyuntura pesan también cuestiones de índole política y partidaria. Es obvio el acuerdo entre el PP y la patronal para impedir o dificultar al máximo la foto del presidente Zapatero firmando un acuerdo con los agentes sociales en período de crisis. Y mucho menos cuando el partido de la oposición vive en la agonía, atrapado por el lodo de la corrupción y su dificultad para gestionar internamente un conflicto que afecta a la línea de flotación de la legitimidad de cualquier fuerza política.
Engarzados así estos elementos, no debería sorprendernos la voluntad de intervención política de la patronal. Esto es lo propio de todos los actores públicamente relevantes. Lo significativo es la coherencia programática y política de esa intervención. En primer lugar, el bloque social y político que ha dominado el escenario, las agendas y el discurso durante estas dos últimas décadas no se ha quebrado ni cuarteado. Aquella sonrojante complicidad de Bush con los multimillonarios, puesta en evidencia por Michel Moore en Fahrenheit 9/11, es similar a la que –con tonos castizos, eso sí– expresó el presidente de la patronal cuando fuera de micrófonos declaró, refiriéndose a la presidenta de la comunidad de Madrid, que es “cojonuda, cojonuda, cojonuda”. Su connivencia es estratégica, de calado, con voluntad de seguir hegemonizando nuestras sociedades en los años venideros. Les ha ayudado en su autoestima, sin duda, comprobar las enormes dificultades de la izquierda para construir una mayoría social desde presupuestos claramente alternativos. Y les ha animado aún más observar el temor de las poblaciones ante una situación de tanta incertidumbre. Un temor que ha paralizado cualquier posibilidad de castigo electoral a las políticas responsables de la inquietante situación. En segundo lugar, el debate sobre cómo salir de la crisis debe, desde la izquierda, adquirir una dimensión diferente. Es un debate de modelo económico y las medidas parciales deben ser consideradas como la gestión de una transición hacia otro modelo productivo. Debería ser un debate global. Continuar en el formato actual nos llevará, antes o después, a medidas similares a las que la patronal defiende con una preocupante indiferencia respecto a sus consecuencias sociales y políticas. Es decir, si no hay un cambio de escenario y de agendas, la perspectiva es la berlusconización de nuestra política. En tercer lugar, la dimensión ecológica, el debate sobre la sostenibilidad de nuestras economías, la necesaria reconversión ecológica de nuestras sociedad industrial etc. debe estar en el centro de una alternativa programática creíble para recuperar una mayoría de izquierdas. En este sentido, el Gobierno ha malogrado –una vez más– la ocasión de aprovechar la próxima Ley sobre economía sostenible para propiciar un debate social, global y político sobre este cambio de modelo.
Necesitamos elevar la mirada sobre la casuística de la coyuntura para darnos cuenta de que lo que nos jugamos no son sólo las condiciones de trabajo en nuestras sociedades, nos jugamos, en un damero maldito, el tipo de sociedad que tendremos en los próximos años.
Pedro Chaves es Profesor de Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid
Ilustración de Bianki
PEDRO CHAVES GIRALDO

Sugería Hannah Arendt “pensar sin barandillas”, esto es, sin los asideros que nos garantizan minimizar nuestro riesgo de desbocarnos por algún precipicio. Estos son tiempos en los que la observación adquiere el rango de imprescindible necesidad. Una de esas “barandillas” es la que relaciona crisis económica y giro a la izquierda. O, mejor decir, crisis social y aumento de las expectativas de las organizaciones sociales y políticas claramente situadas a la izquierda de la socialdemocracia tradicional.
Pero esta crisis tiene algunos rasgos inéditos que exigen mayor nivel de reflexión. El primero es el carácter integral de la crisis económica. A diferencia de otros momentos, la magnitud de la debacle no puede soslayarse con ajustes cosméticos en la periferia del modelo. Está en cuestión el paradigma mismo. El mundo ha seguido a pies juntillas el librillo neoliberal: el Estado es el problema y no la solución.
Así, deberíamos admitir al menos dos cosas. Primero, que la impugnación de un modelo no es aún el surgimiento de una alternativa. Y segundo, que no estamos ante una crisis general del sistema: no parece que estemos ante una crisis política que vaya a llevarse por delante el modelo en su conjunto.
Si queremos encontrar un correlato histórico de lo que vivimos hoy deberíamos remitirnos al crack del 29. Su impacto social, pero sobre todo la pérdida brutal de confianza en el modelo, hizo posible un cambio radical de orientación en el capitalismo dominante: de la economía
neoclásica al keynesianismo.
Tres factores entonces –hoy inexistentes–- empujaron a un cambio radical de orientación: los efectos de la guerra en la concentración de capacidades administrativas y de decisión en los gobiernos centrales; las posibilidades de un diseño económico centrado en el Estado y, sobre todo, la presión social y política del socialismo emergente, ejemplificado en la URSS. Es decir, existía entonces una alternativa sistémica –económica y política– que ofrecer frente al hundimiento general del capitalismo entonces dominante. Había un sentido común alternativo desde el que disputar al pensamiento mayoritario la explicación de los acontecimientos sociales y proyectar, eventualmente, una alternativa creíble.
En buena medida, el keynesianismo fue un intento de frenar la expectativa de un cambio sistémico sobre la base de un pacto sociopolítico original: estabilidad a cambio de profundizar en la democracia y de una mejora en la capacidad de
distribución de riqueza.
Ahora falta la opción de la alternativa sistémica. No es cosa menor. El socialismo no forma parte, de modo significativo, del imaginario de redención frente a los desastres del capitalismo. Y, por otra parte, la opción B: un nuevo contrato social más próximo a las necesidades de la gente plantea el problema del escenario que lo haría viable. El Estado-nación ya no puede ser. Podría pensarse en las organizaciones supranacionales tipo UE como un nuevo espacio de regulación, pero se precisa de un empuje político y social, y hoy es muy débil.
En la posguerra, la presión para que el Estado-nación liderara la recuperación económica contaba con la amenaza creíble de potentes organizaciones sindicales y partidos comunistas y socialistas de masas. Hoy ambas cosas son sólo parte de nuestra reciente historia y no han surgido, entretanto, contrapoderes con capacidad de representación y liderazgo.
Por último, han pasado casi tres décadas de dominio neoliberal en todos los órdenes y sus consecuencias no pueden ser eludidas. El reinado neocon y sus consecuencias han subvertido los mecanismos de representación social y políticos existentes. Han creado una nueva agenda y un nuevo sentido común que hará notar sus efectos durante años. En fin, el dominio neocon ha fragmentado la sociedad. Se han atomizado las resistencias y las condiciones para enhebrar un sentido común alternativo. El legado de estas décadas ominosas es una enorme dificultad para reconstruir subjetividades alternativas con un programa de cambio en condiciones de convertirse en un referente.
Por eso, la izquierda alternativa no ocupará un espacio mejor de representación política añadiendo, simplemente, el anticapitalista a sus apellidos habituales. No es el momento para una identidad de resistencia, sino para un encuentro plural para producir alternativas. Una evidencia del peso de un pasado improductivo sobre las oportunidades del presente sería una reedición –actualizada, eso sí– de los viejos debates de las izquierdas antisistema sobre quién es más anticapitalista y, con ello, construir nuevas trincheras ideológicas, cuando lo que hoy se precisan son puentes que interconecten y contaminen todas las identidades y experiencias.
El imaginario de cambio no puede seguir siendo un agregado de viejas identidades. Eso ya no es suficiente. En buena medida habría que dejar abierta esa puerta a la espera de que una repolitización de los conflictos sociales pueda plantear nuevos moldes con los que nombrar lo que está por construir.
Son imprescindibles nuevas prácticas políticas que ayuden a politizar el conflicto social. Esto es: ofrecer un marco explicativo sobre lo que ocurre; señalar responsables; impulsar espacios de confluencia social y política novedosos; promover nuevas prácticas de ocupación del espacio público; llenar de sueños y alegría (emocionar) con una propuesta de cambio radical y
generar nuevos liderazgos.
En fin, no es que la crisis no ofrezca un nuevo espacio de oportunidades políticas, pero estas no pueden ser aprovechadas en todas sus potencialidades imaginando que funcionarán, como si de resortes de un viejo automatismo se tratara, las viejas dinámicas de representación política. Liberados de los grilletes en la caverna de Platón, necesitamos dejar de interpretar las sombras y girar la cabeza para conocer el origen del fuego.
Pedro Chaves Giraldo es Profesor de Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid
PEDRO CHAVES
Terminados los discursos y el marketing electoral en el Pepsi Center, la pregunta del millón de euros queda aún sin una respuesta clara: ¿realmente Barak Obama significará algún cambio significativo en Estados Unidos? ¿No será una imagen sin contenido real, una cáscara sin sustancia? Convendría precisar que los comentaristas del proceso electoral siguen inclinados a diferenciar los espacios en los que estos cambios pueden producirse. De una parte, la política doméstica –economía, empleo, déficit público, gestión de los asuntos estatales, derechos y libertades civiles, etc.–. De otra parte, la dimensión exterior, esto es, la posición de Estados Unidos en el nuevo tablero internacional y muy especialmente el asunto de la guerra de Irak.
Pero este enfoque, que sigue diferenciando entre un fuera y un dentro, minusvalora los cambios que se han producido en el mundo en las dos últimas décadas y la pérdida de relevancia de esa política de fronteras. El enfoque remite a un mundo de Estados donde las disputas a propósito de la soberanía seguirían rigiendo nuestros destinos. Ya no es así, o mejor, no es sólo así. Y Obama representa en buena medida una lógica del cambio que rearticula lo nacional y lo internacional en una nueva política. Las urgencias periodísticas hicieron perder de vista con rapidez la importancia de la victoria demócrata en las últimas elecciones legislativas en Estados Unidos. Por vez primera desde la guerra de Vietnam, ese vínculo entre lo de fuera y lo propio había supuesto una derrota brutal de la política de Bush y de los neocons en Estados Unidos.
El espacio político en el que Obama se sitúa no es una vuelta de tuerca más en la estrategia de la Tercera Vía, aquella propuesta de subordinación indecorosa de la izquierda socialdemócrata a las exigencias del neoliberalismo. Es la constatación de que las políticas neoconservadoras están prácticamente finiquitadas y, con ellas, las propuestas de acomodamiento de una parte de la izquierda a ese mundo. No por nada los Clinton actuaron de teloneros –imprescindibles, es verdad– en la Convención, y tanto los laboristas británicos como el SPD alemán viven horas más que bajas. Y por eso suena tan extemporánea y sin sentido la propuesta del Partido Demócrata en Italia. Y por eso también, en sentido contrario, ha resistido Zapatero en España. Parte de su habilidad consistió en no vincularse a la estrategia que Tony Blair proponía y experimentar con poco tino y mucho desparpajo en manantiales políticos tradicionalmente marginalizados en la izquierda reformista: el republicanismo por ejemplo. De paso, el PP de Rajoy ha sacado jugosas lecciones del cambio de ciclo histórico que estamos viviendo y se ha aprestado a enterrar no tanto y no sólo la retórica de la confrontación, sino la filosofía de fondo que ha practicado el partido durante estos últimos años.
Estamos en un período postneoliberal y las exigencias del momento están reconstruyendo el escenario político en todos los lugares. Y una de las claves es la minimización de esa política de fronteras en la que estamos socializados. Otra es la articulación de las necesidades del momento y nuevos liderazgos en condiciones de sobrepasar las fronteras más o menos tradicionales de los partidos políticos. Una tercera serían programas de reformismo fuerte en asuntos clave: Estado con capacidades políticas; control y regulación de los mercados; fin de la economía de casino internacional; reequilibrio en la redistribución de las rentas; multilateralismo en la esfera internacional; preeminencia de las políticas de consenso internacional en materia ecológica, entre otras.
Obama representa, a mi juicio, esta retórica del cambio de ciclo. No tanto porque defienda una política clara y abiertamente alternativa frente a la de Bush o McCain. Su valor estriba en haber sabido simbolizar las esperanzas de cambio de una sociedad hastiada de la intransigencia y el talibanismo doctrinario de los Bush, Cheney, Rumsfeld, Perle y compañía. Precisamente de su éxito da cuenta el haber movilizado a una base social más amplia, más heterogénea y transversal que la que simboliza Hillary Clinton. El esfuerzo de esta por representar al electorado tradicional demócrata ha tenido éxito, pero no es suficiente para ganar la elección presidencial de noviembre. Por su parte Obama no podrá triunfar sin la movilización de ese electorado golpeado por la política económica de Bush, cuya obsesión por transferir rentas a los más ricos ha empobrecido el país y deteriorado su posición internacional de una manera que no tiene precedentes.
Pero lo significativo es quien lidera la esperanza de victoria y cambio. En este punto no quedan dudas. El candidato demócrata a la presidencia de los Estados Unidos ha sabido conciliar, en el contexto de ese país, las necesidades apremiantes de sectores sociales muy amplios con un liderazgo que promueve con fuerza esa retórica positiva del cambio en contraposición a la prórroga de las políticas de Bush que John McCain representaría.
Probablemente no encontremos en las propuestas programáticas de Obama la concreción de esa voluntad de poner fin a los ominosos ocho años de Bush, pero en este caso precisamos, en primer lugar, de una traducción político-cultural para poder dar la importancia adecuada a lo que el candidato dice que va a aplicar cuando gobierne. Y en segundo lugar, reconocer que –como otras cosas en Estados Unidos– la teatralización va muy por delante de la realidad. Pero lo esencial ha echado a andar: las dos décadas de políticas neoliberales y la última, en particular, de hegemonía neoconservadora, han llegado a su fin. Situarse fuera del escenario postneoliberal es quedarse fuera del juego político.
PEDRO CHAVES es profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid
Ilustración de ÁLVARO VALIÑO