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Dominio público

Opinión a fondo

Veinte años sin el Muro

09 nov 2009

 

PERE VILANOVA

dominio-09-11.jpgHay acontecimientos que adquieren una carga simbólica que les trasciende aunque sus protagonistas no sean conscientes de ello en el momento en que se producen. Pero hay ocasiones en que los hechos son de tal importancia que sí, que sus protagonistas y los espectadores que lo contemplan captan en tiempo real que eso que está sucediendo es excepcional. Eso es exactamente lo que (nos) sucedió la noche del 9 de noviembre de 1989, y estos días tendremos ocasión de asistir a su conmemoración de muchas maneras diferentes. El balance es mucho más complejo de lo que parece; no se agota en lo que se diga y se escriba estos días.

Ante todo, una poderosa lección para las ciencias sociales en general y la ciencia política internacional en particular: la impredecibilidad. La caída del Muro es el símbolo de varias cosas, que se reducen a dos íntimamente relacionadas entre sí: el fin de la Guerra Fría y la desintegración de la URSS. Nadie, ningún especialista, ningún dirigente político lo había previsto en años. Hay quien aprovecha la ocasión para disparar contra aquella cohorte de especialistas
llamados kremlinólogos, pero tengamos algo de espíritu deportivo. Nadie: ni Kissinger, ni Jean François Revel, ni Bernard-Henri Lévy, ni Andrè Fontaine (autor en 1975 de un poderoso ensayo de prospectiva: Le dernier quart du siècle,
en el que preveía de todo, menos eso). ¿Por qué? Porque por suerte la política conserva siempre una fuerte dosis de suspense.

Segunda lección: regreso al pasado, sin preaviso. Por ejemplo, en este mundo posbipolar hay elementos de continuidad con el mundo bipolar. De promedio, entre 30 y 40 conflictos armados en el mundo, siempre, desde 1945 hasta hoy. Pero ¿no habíamos dicho que la Guerra Fría era una no-guerra? Falso, como lo confirman 135 conflictos armados a lo largo de cinco décadas. A la vez, los ha habido en sitios donde no los hubo durante la Guerra Fría: por ejemplo, los Balcanes. Las recientes guerras “yugoslavas” se sitúan en el espacio de contacto (y de fricción) de los tres grandes imperios a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, el ruso, el otomano y el austrohúngaro. Ahora tenemos muchas explicaciones, pero lo cierto es que se daba por cerrado el tema en 1945, con la (re)fundación de la Yugoslavia de Tito. Se dijo: la Segunda Guerra Mundial ha cerrado definitivamente el tema de las fronteras intra-europeas.

Fragmentación de poderes, he aquí una cierta novedad. La capacidad de congelación estructural de la Guerra Fría se colapsó, y ello liberó cierta cantidad de energías acumuladas. Unas de tipo conflictivo, otras más constructivas, y otras, simplemente, van a su aire. Entre las constructivas, obsérvese a lo largo y ancho del planeta la vitalidad de los fenómenos regionalistas, esto es, la emergencia de potentes dinámicas regionales que tiene una fuerte autonomía propia. La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean) se revitalizó en los años noventa, después de una hibernación de tres décadas, y hoy agrupa a un potente conjunto de países emergentes del sureste asiático, con Indonesia a la cabeza. O bien la dinámica
latinoamericana, más allá de las retóricas al uso: hoy en día es imposible ignorar la importancia de MERCOSUR, Unasur, ALCA, ALBA y el proceso no está cerrado. Es un error reducir toda la importancia de Latinoamérica al fenómeno
Brasil, como es un error reducir la importancia de Asia a la recitación que incluye a India como “nueva potencia emergente”. Los últimos 20 años han visto el mapa de la arquitectura europea moverse y crecer de modo espectacular: la
Unión Europea, la OTAN, la OSCE, el Consejo de Europa. Todo ello ha constituido un potentísimo imán, un polo de atracción sin precedentes, para que el conjunto de transiciones del espacio poscomunista fuera en la buena dirección, la de la democracia y la integración regional como mejor antídoto frente a tentaciones involucionistas.

Pero una gran lección adicional, además de la prudencia en el terreno de la predicción, reside en la complejidad y la variedad de los cambios producidos y los que están en curso. Y su consecuencia directa: la dificultad de “pensar” el cambio mientras se está produciendo. En otras palabras, una de las tareas pendientes que tenemos es la de producir un análisis teórico del mundo en mutación que nos toca vivir. La Guerra Fría produjo un rico debate teórico, análisis convincentes, aunque no incluían el colapso del equilibrio bipolar. Desde 1989, sin embargo, se han producido relativamente pocas propuestas de descripción global del mundo posbipolar. Por cierto, algunas de ellas han sido muy criticadas pero poco leídas, y no han sido superadas por alternativas convincentes. Hay motivos para contradecir a Fukuyama, pero su mérito fue escribir sobre la fin de la historia en… marzo de 1989. Huntington puede y merece ser rebatido, pero ello requiere mucho trabajo y, justamente, lo  más complicado es que paradójicamente los primeros años de este siglo parecían darle la razón. Las propuestas de Z. Brzezisnki, en 1997, sobre el Gran Tablero Mundial, las de Fareed Zakaria, u otros, son estimulantes, pero difíciles de trasladar al gran público.

Y finalmente las prisas: el elemento más novedoso es que los tiempos actuales de la información y de la comunicación lo han acelerado todo, nos han metido prisa: lo que no se consiga en unos meses es un fracaso. Miren si no con Obama. ¿Alguien ha intentado mirar en hemerotecas de época cuál era el balance de Franklin D. Roosevelt al año de su primera elección? Gobernó durante… 14 años, hizo el New Deal y de paso fue crucial para la victoria en la Segunda Guerra Mundial.

Pere Vilanova es  catedrático de Políticas de la UB y analista en el Ministerio de Defensa.

Ilustración de  Gallardo

El incordiante Marek Edelman

18 oct 2009
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PERE VILANOVA

dominio-18-10.jpgLa noticia, del pasado 2 de octubre, pasó casi desapercibida, y me topé con ella por casualidad. Ha muerto Marek Edelman, y muy poca gente en la actualidad sabía quién era, de hecho, casi nadie fuera de su círculo más próximo y algunos especialistas. Es inevitable, porque el tiempo trabaja contra la memoria de ciertas cosas, esto es un hecho inobjetable. Pero, por fortuna, Marek Edelman tenía tres virtudes que, combinadas, hacían de él un hombre irrepetible: era un incordio, era discreto y era un Héroe (con mayúscula).

Era, ante todo y por encima de todo, la última imagen viva de la insurrección del gueto de Varsovia, que el 19 de abril de 1943 se alzó en armas frente a la ofensiva nazi lanzada para destruir esa prisión a cielo abierto en la que el ocupante había encerrado a casi medio millón de judíos polacos desde 1940. De hecho, el 18 de abril de 1943, sólo quedaban menos de 60.000, el resto había muerto ya de inanición o en los campos de Auschwitz, Treblinka u otros. Frente a más de una División alemana, reforzada por varios centenares de voluntarios SS ucranianos, nada más y nada menos que 220 chicos y chicas armados con algunas pistolas y fusiles –ah, parece que tuvieron una ametralladora–, aguantaron 28 días, escondidos entre las cloacas y alcantarillas de la ciudad. Naturalmente y como es bien sabido, al final los nazis aplastaron la revuelta, mataron a prácticamente todo el mundo y quemaron y arrasaron la totalidad del gueto.

Paréntesis: Varsovia, que quedó muy destruida por la guerra, fue reconstruida con mucho cuidado y es hoy una bella ciudad. Si van a visitarla, pregunten por el gueto mientras pasean por las calles del centro histórico entre el Vístula y el viejo cementerio católico. Pregunten al azar dónde estaba el gueto. Y a ver cuánta gente sabe orientarles.

Pero de aquella lucha desigual cabe señalar, más allá del impresionante arsenal que tenían los insurgentes, que el máximo dirigente, Mordechai Anielewicz, tenía apenas 24 años, y se suicidó junto con un reducido grupo de combatientes cuando ya no tenían escapatoria. Entonces ocupó el cargo de comandante (por decir algo) el joven Edelman, que tenía 20 años y medio. Eran militantes del ZOB (Zydowska Organizacija Bojowa), afiliados al Bund, formación política socialista (muy influenciada por la revolución soviética). Es decir: judíos, socialistas o comunistas, y furiosamente antinazis, todo un programa en la Polonia de aquellos años.

Cuando del gueto ya no quedaba piedra sobre piedra, la última mañana, en una de las calles de la parte exterior del gueto, se levantó una tapa de alcantarilla y por ella emergieron como fantasmas un puñado (literalmente, menos de una docena) de demacrados jóvenes conducidos por Edelman. Los únicos que escaparon.

La cosa no acaba aquí. Edelman y su grupo consiguieron pasar a la clandestinidad, pero quedándose en Varsovia, y cuando la insurrección, el año siguiente, combatieron con los insurgentes por la liberación de la ciudad. La Historia es rara vez una película de buenos y malos, y mucho se ha escrito sobre por qué la resistencia polaca no ayudó en su día a los insurrectos judíos en 1943, y por qué el Ejército soviético esperó tranquilamente al otro lado del Vístula cuando los ciudadanos polacos se levantaron en 1944. Pero la Historia está hecha de pequeñas historias que redimen a la humanidad entera. Por ejemplo, algunos comandantes de la resistencia polaca de la Ludowa Armia (uno de los grupos clandestinos) pasaron algunas armas y ayuda al gueto antes de la insurrección, y luego, el grupo de Edelman se unió a ellos para intentar salvar Varsovia. Como era un incordio, Polonia prefirió esperar hasta 1998 para que su Gobierno le concediera su más alta condecoración, la Orden del Águila Blanca.

Era realmente un incordio. Siendo judío, héroe de la lucha antinazi, visitó Israel pero nunca mostró el menor interés en instalarse allí, decidió seguir siendo judío polaco, y vivió en Lodz hasta su muerte. Es más, en los últimos 20 años, tomó posición varias veces a favor de los derechos de los palestinos, o denunció excesos del Gobierno israelí, a la par que condenaba sin paliativos los atentados suicidas y las muertes de civiles inocentes. Si van a Israel, visiten el kibutz Lojamei Haguetaot, cerca de Haifa; su nombre significa “los combatientes del gueto”, y hay un interesante pequeño museo que merece la pena. Pero Edelman no estuvo interesado en convertirse en pieza de museo. Como era un héroe de las dos insurrecciones, el régimen comunista no se atrevió a tocarle, pero en 1981, cuando se fundó el sindicato Solidarnosc, un ex combatiente polaco de la resistencia que ocupaba la tribuna interrumpió su discurso para decir “compañeros, hay en la sala un héroe de considerable estatura, Marek Edelman”. Y era muy bajito.

Y yo, ¿qué? Le conocí en Sarajevo, en plena guerra, en los primeros días de enero de 1995, con temperaturas de 10 grados bajo cero. Se celebraba en la ciudad una especie de conmemoración de los 1.000 días del cerco, que ya son ganas. Acudimos un puñado de extranjeros –estaban el alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, y el de Sabadell, Antoni Farrés, y poco más–, a petición del Ayuntamiento de la ciudad, para mostrar apoyo a sus habitantes, promover algunas actividades culturales que mantuvieran un símil de vida civil, cosas así de desesperantes. En un gélido teatro desvencijado me encontré charlando una mañana con un viejecito muy bajito, hablamos de Sarajevo, de Barcelona, de la Guerra Civil, y al final me saludó y me dijo “me llamo Marek Edelman”. Me quedé de una pieza. Retomamos la conversación varias veces en los días siguientes, mientras el famoso violoncelista de Sarajevo tocaba unas suites de Bach. Marek sabía mucho de cercos y de guetos, había venido a ver qué se podía hacer.

Pere Vilanova es catedrático de Políticas de la Universidad de Barcelona y analista del Ministerio de Defensa

Ilustración de Mikel Casal

Al Qaeda: aniversario y balance

11 sep 2009

dominio-09-11.jpgPere Vilanova

Se cumple el octavo aniversario del fatídico 11-S y empieza a ser necesario hacer un balance mínimamente riguroso de sus consecuencias. O, mejor dicho, del balance que ofrece eso que denominamos genéricamente Al Qaeda, pero también del balance de las políticas de respuesta que se han aplicado a esta amenaza. Políticas de respuesta que se han dado desde las democracias y desde otros actores de diversos tipos, incluyendo regímenes autoritarios de perfiles muy variados. Parece obvia la importancia de ese ejercicio y, sin embargo, o no se ha hecho todavía, o se ha hecho parcialmente. Es verdad que en el quinto aniversario del 11-S hubo diversas reflexiones y análisis, pero probablemente venían muy condicionados por la proximidad del acontecimiento o por su aura conmemorativa.

El balance merecería ser exhaustivo, pero ello excedería en mucho las dimensiones del presente artículo. Ha de ser además una obra colectiva, abordada desde diversos ángulos, pero sobre todo esta evaluación ha de ser un ejercicio constante, permanente, al margen o en paralelo a las declaraciones políticas, institucionales o conmemorativas que las diversas acciones terroristas susciten. Son o deberían ser dos cosas distintas. Al Qaeda –propagandas interesadas aparte– no ha triunfado; de hecho su balance es pobre en relación a sus propias expectativas. No ha conseguido acercarse al listón más elevado de su programa, aunque es bien cierto que incluso actuando a niveles más bajos o consiguiendo algunos atentados aquí y allá, sigue siendo un problema muy serio de seguridad para todos nosotros. Por ejemplo, en relación a –aparentemente al menos–su ambición de derribar gobiernos (árabes o no), y de instaurar califatos islámicos, su balance es nulo, cero total. La estabilidad de los gobiernos árabes que Al Qaeda ha vilipendiado más (su casi totalidad, empezando por Arabia Saudí) no se ha visto decisivamente amenazada. La agenda política de Marruecos, Líbano, Siria, incluso Egipto, no viene marcada por una supuesta centralidad de Al Qaeda. Su implantación en Líbano es marginal (en dos campos palestinos, situación ya de por sí aislada y marginada en suelo libanés) y nula en Palestina, donde Hamás resolvió hace poco y a tiro limpio la primera puesta en escena de Al Qaeda en Gaza.

Algunos analistas insisten en que se expande por el Magreb y en realidad se puede considerar que su aparición en Mauritania y regiones afines saharianas o subsaharianas es una prueba de su marginalización, su dificultad de crecer en Marruecos o incluso en Argelia (comparado con los días álgidos del GIA en los años noventa). La invasión de Irak propició su aparición en dicho país, donde no estaba (Bin Laden consideraba a Sadam Husein un blasfemo y un hereje), pero a día de hoy la agenda de inestabilidad de Irak viene determinada por las fragmentaciones inter e intra comunitarias, las provocaciones terroristas contra los chiíes a cargo de grupos suníes, la inestabilidad política interna e institucional. Pero Al Qaeda no es el actor central en Irak. Incluso en Afganistán, una vez ISAF se ha decidido a desconstruir la foto fija del concepto talibán, se ha visto lo ya sabido por muchos expertos. El término debe ser insurgencias (en plural), comprensible sobre todo desde las tradiciones y estructuras sociales, étnicas y lingüísticas más ancestrales. Al Qaeda fue una operación de import-export que hoy en día tiene mucha influencia en diversas partes de la frontera entre Afganistán y Pakistán, sobre todo en Waziristán y en algunas zonas de diez de las 34 provincias de Afganistán. Por cierto, Al Qaeda no tomará el poder en Islamabad, y, si el actual Gobierno paquistaní (civil y surgido de un proceso electoral) hubiese de caer, sería por un golpe de Estado, según un ciclo perfectamente fechado de alternancias civiles y militares desde 1948 hasta hoy. Y así sucesivamente.

En cuanto a nuestras democracias: los gobiernos han resistido bien, el consenso social contra el terrorismo en general ha salido reforzado de la prueba y, si alguna influencia política ha podido tener, es en dos direcciones. Una, inevitable, se verá próximamente en procesos electorales en Alemania o Reino Unido; es bastante lógico y tiene que ver con la relación entre la opinión pública y los gobiernos en momentos de crisis. La segunda no era inevitable y tiene que ver con excesos en el terreno de los derechos humanos, civiles y políticos. Ese debate lleva ya tiempo abierto, en Estados Unidos, Reino Unido y Europa continental, los medios de comunicación han demostrado su utilidad (sobre todo, el poder de la imagen), y nuestras sociedades de opinión han probado su solidez. Si se mide la cuestión en términos de rendimiento, las políticas de respuesta antiterrorista basadas en actuaciones policiales y judiciales, a nivel nacional y a nivel de coordinación supranacional, han mostrado un grado de eficiencia muy superior (y no sólo en lo moral) a experimentos como Guantánamo u otros agujeros negros.

Nadie niega ni el problema de Al Qaeda ni su gravedad. Precisamente porque políticamente ha tocado techo, su limitado poder de reclutamiento se traducirá en (intentos de) acciones terroristas muy agresivas. Pero no debemos otorgarle el rol central en la compleja agenda actual de la seguridad global. Además del cambio climático y otros riegos de perfil diverso, la crisis financiera internacional, las relaciones transatlánticas, las migraciones, el problema del acceso al agua, los muchos conflictos regionales, el cibercrimen, las mafias y el narcotráfico, el G-20, el G-8 y su actuación al margen de las instituciones internacionales existentes, etc. Todo esto es muy serio, muy complicado. No todo es obra de Al Qaeda. De hecho, en este marco global es un actor cada vez más marginal.

Pere Vilanova es Catedrático de Ciencia Política (UB) y analista en el Ministerio de Defensa

Ilustración de Iker Ayestarán

Afganistán en perspectiva

19 ago 2009
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Como es lógico, conforme se ha ido acercando la jornada electoral han ido creciendo las expectativas en relación a las elecciones afganas, los medios de comunicación de medio mundo han viajado a Kabul, y como era inevitable, el número y la gravedad de los incidentes han ido en aumento. Precisamente por ello, vale la pena señalar algunas referencias para que el lector medio, que no tiene porque estar muy familiarizado con el tema de Afganistán, tenga alguna información útil más allá de lo que los periódicos, televisiones, radios e Internet aportan estos días sobre las elecciones y los incidentes que las acompañan.

Ante todo, el contexto histórico. Es necesario alejarse lo más posible de la coyuntura si el peso de esta nos ha de llevar a la confusión, por ejemplo pensando qué aspectos de lo que pasa estos días en Afganistán son inéditos, o simplemente nuevos. Afganistán es un país especial, y ello se hace notar en muchos de los rasgos peculiares de la sociedad afgana. No hay un Afganistán, hay varios afganistanes, y siempre ha sido así. Por ejemplo, es uno de los pocos, poquísimos Estados del mundo actual que no tiene pasado ni herencia colonial, en el sentido estricto que damos a ese término en el caso de los estados surgidos de la descolonización desde 1945 a nuestros días. Curiosamente, es el primer estado con el que la Unión Soviética, en 1923, recién nacida y recién salida de su propia guerra civil, estableció relaciones diplomáticas y un Tratado de Buena Vecindad que se mantuvo durante más de 50 años. ¿Por qué? La verdad es que no lo sabemos. Abortados los varios intentos de penetración de unos y otros, incluidas las tres guerras británico-afganas, Afganistán es, junto con Tailandia y algún otro caso, del exclusivo club de los no-colonizados.

Ello hace que en la memoria colectiva de ese país exista una percepción difusa pero muy consistente de la diferencia entre los afganos y los que están de paso. Se trata de una percepción complicada porque el afgano medio no suele identificarse explícitamente con el concepto Afganistán (excepto por supuesto en los medios urbanos educados), sino que –como sucede en otros sitios– sus lealtades individuales pueden ser múltiples y estar ordenadas de modo volátil: Islam, grupo étnico, grupo lingüístico y, dentro de ello, lealtad tribal y lealtad a su clan. En muchos casos, lealtad “a su valle”, que es el ámbito de localización social que conoce bien y no le plantea dudas. Ello, como verá quien sepa leer los resultados electorales, tiene relación con las elecciones. Y ya que estamos en el contexto histórico; lo que sucede estos días tiene que ver con otra cuestión. Afganistán está en guerra civil (esto es: afganos luchando contra afganos) de modo recurrente e ininterrumpido desde 1973, cuando Daud dio un golpe de Estado (de orientación prosoviética) contra su tío el rey Zaher Shah, acabando así con varias décadas de monarquía que los afganos de hoy afirman recordar como la más larga época de estabilidad y tranquilidad social que ha conocido el país. Esta larga guerra civil, muy brutal, ha convivido o ha servido de sustrato para varias intervenciones internacionales: la de los soviéticos desde 1979 a 1989; la de los talibán, que en origen fueron una operación import-export venida de Pakistán; la de la actual coalición internacional desde finales de 2001. Observe el lector que la línea de continuidad es la guerra civil; y las etapas discontinuas y de duración desigual –pero de momento de no más de diez años– son las sucesivas intervenciones internacionales. Todo esto, sin tanta explicación, lo saben los afganos, del primero al último. Los que lo han vivido y los más jóvenes. Ello también tiene que ver con los comportamientos electorales en curso.

Por tanto, cuando se analice lo que pase en Afganistán, deberá tenerse en cuenta todo esto para no incurrir
en algunas derivadas que puedan convertirse en errores de cierto calado. Un ejemplo: estos días la prensa se hacía eco de la toma de posesión del nuevo secretario general de la Alianza Atlántica, el danés Anders Fogh Rasmussen. Es una noticia de mucha importancia, porque puede venir a cerrar una etapa cuyo balance es complejo, y puede abrir una etapa de grandes oportunidades: desde cómo abordar la elaboración del Nuevo Concepto Estratégico de la OTAN, a cómo diseñar y sentar las bases de un sistema europeo de seguridad integral, pasando por las relaciones con Rusia, la estabilización del Cáucaso y un largo etcétera que por supuesto debe incluir Afganistán como una de sus grandes prioridades. Pero cuidado, algunos analistas y medios, además de algunos líderes políticos, parecen pensar que Afganistán es el test exclusivo de credibilidad, la única prueba en la que la OTAN se juega su futuro o, por ejemplo, que la OTAN se confirmará en Afganistán como el pilar de la seguridad global o fracasará, todo esto es poco prudente, por decir algo.

Las elecciones son importantes y son una parte de la solución, no la solución de todos los problemas afganos. Son esenciales para la llamada afganización, pero esta no se acaba en unas elecciones medianamente correctas, que no resuelven por sí solas la lucha contra la corrupción, contra la pobreza, y por ello, el comportamiento de la clase política surgida de estas elecciones y las del año próximo será lo esencial. La cuestión principal es hasta qué punto los propios afganos ven en estas elecciones una oportunidad para ir avanzando en la buena dirección, esto es, que mejoren sus condiciones de vida. Que mejoren en terrenos concretos y medibles: más seguridad física, más trabajo, más presente cotidiano y más futuro para ellos y para sus hijos. Que vayan a votar, en condiciones nada fáciles, será en sí mismo una señal extraordinariamente positiva.

Pere Vilanova es Catedrático de Ciencia Política y analista en el Ministerio de Defensa

Iustración de Javier Olivares

Indonesia: elecciones y lecciones

28 jul 2009
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dominio-07-28.jpgPere Vilanova

A principios de julio, hubo elecciones presidenciales en Indonesia y, la verdad, fueron francamente bien. Es decir, abiertas, competitivas, con una campaña electoral tranquila pero viva, con debates importantes o incluso decisivos entre los candidatos en los medios, en particular en televisión. La participación fue alta, y el resultado claro: el presidente saliente, según avanzaban ya las encuentas, ganó con un 60% de los votos. La eterna rival, Megawati Soekarnoputri, obtuvo cerca de un 27% de los votos, y el tercero, Yusuf Kalla (que en 2004 era aliado del actual presidente), cerca de un 13% de los votos. Cierto, después se han anunciado algunos litigios electorales menores, que se resolverán ante el Tribunal Constitucional. En resumen: las elecciones han ido bien, y por ello no fueron noticia o casi. Hubo que buscar en las páginas interiores de algunos diarios internacionales o alguna pestaña menor en Internet para enterarse de ello.

En cambio, pocos días después, el terrorismo reapareció en la capital, con varios muertos en su balance, y entonces fue portada. El hecho ocupó importantes espacios en los medios y, más relevante todavía, generó columnas y artículos de opinión. Entre nosotros, las elecciones no. Y ello merece varios comentarios.

El primero tiene que ver con la disparidad del espacio que ambos hechos ocupan en los medios de comunicación y las consecuencias que ello tiene en el debate sobre el papel de estos en el mundo actual. Se debería partir de la correlación entre atentados y elecciones, precisamente por el éxito de estas. Dicho de otra manera, hay atentados en Indonesia cuando la democracia progresa, y ese progreso se mide –entre otras cosas–con el avance en la consolidación de los procesos electorales. Cuando la transición avanza en la buena dirección, en Indonesia hay atentados: desde Bali en 2002, en varias ocasiones y hasta el otro día. ¿Por qué? Es tan evidente que resulta embarazoso tener que recordarlo. Indonesia no es sólo un país muy importante.

Con sus casi 240 millones de habitantes, es el primer país musulmán del mundo, es uno de los impulsores del motor económico Asia-Pacífico, el líder de facto de la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático) y, cuando se cita la clásica lista de gigantes emergentes, créanme, además de China, Brasil e India, añadan Indonesia. Su transición, que se inicia con la crisis de la férrea dictadura de Suharto en 1998, ha sido bastante ejemplar: las elecciones de 1999 fueron inestables y hubo serios incidentes, las de 2004 fueron limpias –así lo certificaron las diversas misiones internacionales de observación electoral– y las del otro día también.

La economía va bien, y es más, la determinación del presidente, Susilo B. Yudhoyono, más la catarsis nacional producida por el terrible tsunami en su día, permitió acabar con el conflicto de Aceh, en el extremo occidental del país. En Aceh había un movimiento secesionanista desde hacía algo más de 30 años. La dictadura no consiguió acabar con él, la democracia sí; se han atenuado otros focos de inestabilidad en las provincias de Kalimantan (Borneo) o Papua. ¿Qué más tiene que demostrar Indonesia, el país musulmán más importante del mundo?
Pues bien, los atentados que siguen a cada progreso democrático, atribuidos a Jemaah Islamiya, la rama indonesia de Al Qaeda, se deben precisamente a esto: para Al Qaeda, que el primer país musulmán del mundo evolucione y se consolide en la dirección del modelo democrático que el pueblo indonesio ha elegido es la peor noticia posible. Es la negación del choque de civilizaciones, en particular en la versión que de ello nos proponen Bin Laden y Al Zawahiri.

¿Qué hacer? Lo que hacemos bien no es suficiente. Por ejemplo, la UE tuvo un papel destacado en el apoyo y acompañamiento del proceso electoral de 2004. Tuvo un papel muy relevante en la consolidación de la pacificación de Aceh después del tsunami. Pero no es sólo un tema de la UE o de la Comisión europea, es un tema que va más allá de lo que los gobiernos podrían hacer mejor. Tiene que ver con nosotros, la opinión pública y los medios de comunicación. Deberíamos estar mucho más atentos a lo que pasa en partes del planeta de las que sabemos poco o nada, pero la ignorancia está en nuestra parte. Lean prensa Indonesia en inglés o, para el caso, algunos excelentes periódicos pakistaníes e indios. Y así verán que los debates políticos son reales y, ante procesos electorales cruciales, se darán cuenta de que los dirigentes de Al Qaeda viven en la luna. Las últimas elecciones en Pakistán, después del brutal asesinato de Benazir Bhutto, fueron mucho mejor de que los más pesimistas anunciaban.
En amplias zonas del país la competición fue real y, en general, se considera que el 90% de la población (atención, Pakistán es el segundo país musulmán más grande del mundo) vive también ese tipo de debate político sobre elecciones, instituciones, la corrupción de ciertas élites, etc. Y quiere paz y más democracia. Los partidos expresamente confesionales vieron su representación reducida a menos de un 20 por ciento de los votos. Por todo eso, precisamente, ha aumentado después el terrorismo, la provocación del valle de Swat, el repunte de la insurgencia en Waziristán y las zonas tribales del oeste.

Deberíamos preocuparnos más de estas cosas, de leer correctamente los términos de la ecuación y de mostrar apoyo a quien lo merece y lo necesita. Indonesia va en la buena dirección, Pakistán atraviesa dificultades, Tailandia ha padecido algunos incidentes pero parece tender a la estabilidad institucional e India sigue siendo el referente regional. Prestemos atención a todo ello.

Pere Vilanova es Catedrático de Ciencia Política y analista en el Ministerio de Defensa

Ilustración de Iker Ayestarán

Oriente Medio y elecciones

17 jun 2009
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 PERE VILANOVAoriente-medio-y-eleccionesok.jpg

Nadie lo cuestiona: Oriente Medio es un subsistema regional cuyo peso específico e influencia a escala global es innegable. Lo es desde siempre, o por lo menos desde hace mucho tiempo. La totalidad del sistema mundial contemporáneo, desde 1945, vive de un modo u otro pendiente de ello, pues los muchos elementos que componen eso que llamamos Oriente Medio se entrecruzan, multiplican mutuamente sus efectos: ya se trate del tema nuclear (Israel tiene armas nucleares, aunque oficialmente ni confirma ni desmiente; Irán no tiene armas nucleares, aunque oficialmente no desmiente que quiera tenerlas), del tema del petróleo (recuerden los efectos de la guerra de Yom Kipur en 1973, o la de Irán e Irak entre 1980 y 1989), del islamismo radical o de las turbulencias que desde Gaza a Líbano mantienen abierto el abanico de contenciosos y problemas.

En un contexto así, acabamos de asistir a algunos ejercicios electorales de considerable trascendencia que confirman que, incluso en zonas muy inestables políticamente, aunque estén en territorios alejados de la “democracia tranquila” de corte, por ejemplo, europeo, las elecciones importan. Y mucho, ya pasó en 2005 y 2006, cuando la comunidad insistió en que los palestinos fueran a las urnas –en condiciones muy difíciles de ocupación–, y luego se afrontó el tema de los resultados de la peor manera posible: la “comunidad internacional” (esta vez, entre comillas) aplaudió los resultados de 2005, pero no los de 2006, porque esas elecciones las ganó Hamás. Está por ver con qué retraso esta comunidad internacional hará balance de su actuación y de las rectificaciones que conviene introducir en la ecuación.

Por ello vale la pena detenerse ante todo en las elecciones de Líbano, país materialmente pequeño pero de gran importancia geopolítica, entre otras cosas porque tradicionalmente algunos de sus vecinos (en concreto dos) han trasladado allí sus problemas, o el modo de intentar resolverlos. Llama la atención que la misión de interposición de Naciones Unidas desplegada en los Altos del Golán sea desde 1973 una de las más tranquilas de todo el inventario en este 60 aniversario de misiones de paz de la ONU: no ha habido desde esa fecha ni un solo incidente armado directo entre Israel y Siria en su frontera común. Pero los ha habido –y muchos, en 1978, 1982, 1985 y 2006–, entre ellos en Líbano.
Las elecciones del otro día fueron importantes por muchas razones, sobre todo porque Líbano, a pesar de sus varias guerras, guerras civiles y ocupaciones diversas, es desde 1943 el país árabe con un mejor inventario de elecciones relativamente abiertas, competitivas, relevantes. Es decir, cuyos resultados no están cantados de antemano y pueden tener consecuencias políticas significativas.

La primera de ellas es que, según todos los indicadores actualmente disponibles, la totalidad de fuerzas políticas y sociales parece aceptar la “vuelta a las instituciones” del Estado libanés, el terreno del juego parlamentario e institucional como marco de acción. El resultado confirma el grado de apertura del proceso electoral, en el sentido de que, de 128 escaños, una veintena era de adjudicación muy incierta, y la fragmentación del voto cristiano entre los dos grandes bloques ha decantado la balanza a favor del bloque liderado por Rafic Hariri. Más importante todavía, a las pocas horas, el otro bloque liderado por Hasan Nasrallah aceptaba el resultado, y ahora empieza la negociación para formar Gobierno y, más allá, debatir las reglas de la gobernanza (por ejemplo, la minoría de bloqueo para negociar determinados cambios institucionales). Colofón importantísimo: el 13 de junio, la prensa internacional se hacía eco de la visita de Javier Solana a Beirut y, entre otras
reuniones, se ha producido la que marca el inicio de la interlocución entre la Unión Europea y Hizbollah en la figura de Hussein Hadj Hassan, parlamentario elegido en las listas de Hizbollah. ¿Por qué? Pues porque es uno de los candidatos elegidos en unas elecciones que hemos exigido, apoyado y garantizado (la misión de observación electoral de la UE ha sido la más importante sobre el terreno). El senador Kerry visitó Gaza después de la guerra de fin de año, y sólo después de ello, acudió la UE. Todo esto necesita una profunda revisión. El líder de Hamás, Jaled Meshal, desde Damasco, ha saludado como una novedad positiva el discurso de Obama en El Cairo, y hay otros ejemplos de ventana de oportunidad. Cierto, está el tema de las famosas “listas de organizaciones terroristas”, pero cuando se tuvo la discutible idea de hacerlas públicas, se omitió algo esencial: la UE ha de tener una política clara –y pública– de las razones de cómo se entra, pero también de cómo “se sale” de dichas listas. ¿Cómo incentivar a determinados grupos en la dirección correcta, si no?

Queda Irán. De confirmarse los resultados anunciados, y sin que estemos en condiciones de confirmar o no su validez o las acusaciones de fraude, lo cierto es que la participación duplicó la de nuestras elecciones europeas. Las elecciones habían generado expectativas, y para empezar, sobre todo entre los propios iraníes. Sólo por esto ya son importantes. Tendrán amplia repercusión, desde Teheran hasta Washington, pasando sobre todo por Tel Aviv. Es el mejor resultado para el ala más dura del actual Gobierno israelí, que lo tiene mucho más fácil para mantener abierta la ventana del argumento nuclear como “amenaza existencial” para Israel. Sin embargo, todo parece indicar que el paréntesis aperturista de los años de Hachemi Rafsanyani y Mohamed Jatami (dos mandatos cada uno, de 1989 a 2005) se cierra por un tiempo. ¿Seguro que la comunidad internacional los supo aprovechar, sobre todo con Jatami?

Pere Vilanova es  catedrático de Ciencia Política y analista en el Ministerio de Defensa.

Ilustración de Mikel Jaso 

R2P: un debate recurrente

25 abr 2009
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R2P, toda una incógnita. Las siglas hacen referencia al concepto, enunciado en inglés, de “Responsability to Protect”, es decir, responsabilidad de proteger. Ello tiene que ver con dos cuestiones distintas, pero relacionadas entre sí. Por un lado, ante las recurrentes masacres, violaciones a gran escala de derechos humanos, desastres humanitarios que los medios de comunicación contemporáneos nos sirven todos los días, ¿qué se puede hacer? ¿Con qué criterios? La pregunta es relevante y recurrente, y la gente, con toda la razón, ante estas catástrofes muestra su indignación con una expresión muy significativa en su literalidad: “¡No hay derecho!”. Es decir, falta derecho, falta que alguien lo aplique, falta un cuadro normativo y unos instrumentos que sean capaces de prevenir este tipo de cosas (Ruanda, Bosnia, Darfur, Somalia, la lista es larga y abierta) y, en caso de que sucedan, castigar a los culpables. Por otro lado, planteada la cuestión, las miradas se vuelven al polo de la esperanza, al menos formalmente: la “comunidad internacional”. ¿Qué o quién es exactamente? El atajo más obvio nos da la respuesta: Naciones Unidas. Con todas sus insuficiencias, imperfecciones y fallos, es lo más parecido a una representación de la comunidad internacional.

Y aquí una primera derivada, bastante paradójica: en 2005 (60 aniversario de su creación) pudimos asistir a una nueva tentativa fallida de reformar Naciones Unidas. Ya sucedió en 1995, con motivo del 50 aniversario de la organización. La derivada consiste en que de la reforma fallida de 2005 sale, como compromiso ineludible, la formulación de R2P, es decir, del acuerdo sobre la responsabilidad de proteger. Efectivamente, de la Cumbre Mundial de la ONU de aquel año salen diversos compromisos poco satisfactorios, como el Consejo de Derechos Humanos, o la Comisión de Mantenimiento de la Paz. El concepto R2P recupera en lo esencial el meritorio documento de 2001, de iniciativa canadiense y redactado por la ICISS (Comisión Internacional sobre Intervención y Soberanía Estatal), documento que intenta cuadrar un círculo difícil de cuadrar. La dificultad reside en cómo formular un dispositivo de intervención para proteger poblaciones amenazadas o directamente en situación de riesgo, con uso de la fuerza cuando sea preciso, y apoyándose en el doble criterio de legalidad y de legitimidad que en el ámbito internacional no siempre coinciden, por varias y complejas razones.

La Asamblea General (no el Consejo de Seguridad) aprobó en 2005 el Documento Final de la Cumbre Mundial, partiendo de una afirmación contundente pero tomando varias precauciones inevitables. La contundencia, ciertamente, es novedosa, y en el artículo 138 se dice: “Cada Estado es responsable de proteger a su población del genocidio, los crímenes de guerra, la depuración étnica y los crímenes de lesa humanidad”. Y más adelante, las precauciones: “La comunidad internacional debe, según proceda, alentar y ayudar a los estados (el subrayado es mío) a ejercer esta responsabilidad y ayudar a las Naciones Unidas a establecer una capacidad de alerta temprana”. El artículo 139 sigue en esta delicada senda, al recordar que la comunidad internacional, por medio de las Naciones Unidas, tiene también la responsabilidad de utilizar los medios diplomáticos, humanitarios y otros medios pacíficos apropiados, de conformidad con las Capítulos VI y VIII de la Carta, para ayudar a proteger a las poblaciones de los mismos delitos arriba mencionados. Y después añade: “En este contexto, estamos dispuestos a adoptar medidas colectivas, por medio del Consejo de Seguridad, de conformidad con la Carta, incluido su Capítulo VII (el que hace referencia al uso de la fuerza), en cada caso concreto… si los medios pacíficos resultan inadecuados y es evidente que las autoridades nacionales no protegen a su población del genocidio, los crímenes de guerra, la depuración étnica y los crímenes de lesa humanidad”.

Como puede constatarse, el esfuerzo es meritorio, retoma el debate iniciado en 1988 en sede de Naciones Unidas y que ha adoptados diversas denominaciones: derecho de injerencia, deber de ingerencia y, finalmente R2P. Esfuerzo meritorio porque plantea la protección de poblaciones vulnerables de sus propios gobiernos, pero que topa una vez más, como otras veces en los últimos 20 años, con los puntos vitales de este escenario de equilibrios delicados que es Naciones Unidas (y no un gobierno mundial como muchos desearían). Son, entre otros, los siguientes:

a. La Carta de Naciones Unidas reposa sobre dos principios fundamentales, de los que todo el resto de la Carta es subsidiaria y tributaria: igualdad soberana de los estados miembros y regla de no injerencia en los asuntos internos de los estados miembros.

b. El llamado derecho de veto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad se ha usado suficientes veces como para que sepamos que el criterio de legalidad y el de legitimidad no siempre van de la mano, y se invocan uno u otro con criterios de oportunidad y no de aplicación bona fide del contenido y de los fines de la Carta.

c. Para que el derecho funcione, sobre todo en materia de coerción, deben cumplirse dos condiciones: igualdad ante la ley y generalidad en su aplicación. Traducido a contrario: el problema del doble estándar en el uso de sanciones y uso de la fuerza.

Conclusiones de momento hay pocas, porque el debate sigue abierto, y es anterior a la propia Carta de la ONU. Lo que está en juego es lo de siempre: cómo aplicar y hacer efectivo el Derecho Internacional Humanitario. Y es también interesante ver los argumentos de partidarios y adversarios del R2P, todo un compendio de las contradicciones del mundo actual.

Pere Vilanova es  Catedrático de Ciencia Política y analista en el Ministerio de Defensa

Ilustración de Iker Ayestarán.

Balcanes: tiempo de balance

22 mar 2009
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Como era lógico y previsible, el anuncio del repliegue de las tropas españolas en Kosovo ha generado cierto debate, que como todo debate descansa en algunas paradojas y requiere un poco de perspectiva, en un doble sentido. Enmarcar el debate en una cierta perspectiva histórica y también en una perspectiva (actual) más amplia, que vaya más allá del caso de Kosovo. En cuanto a la paradoja, la cuestión es que en sede parlamentaria y de líderes políticos, parece haber un considerable consenso sobre el fondo de la decisión, retirarse militarmente de Kosovo, mientras que las críticas (al menos las más ponderadas) se centran en el modo como se ha anunciado la decisión. No es una paradoja menor, pero es una noticia positiva: en algunos aspectos de política exterior, en España parece haber más consensos de fondo de los que el debate político sobre otros temas puede dar a entender.
La perspectiva temporal, o histórica si se prefiere, es obvia. Ninguna decisión política actual relativa a los Balcanes, es decir toda la ex Yugoslavia, más Albania y otros países vecinos, puede perder de vista que los criterios jurídicos abstractos están bien, tienen su utilidad, pero han de enmarcarse en una explicación causal de los acontecimientos. Lo que queda de la Yugoslavia de Tito es el resultado de un proceso político y de unos conflictos armados que se han extendido durante casi 20 años, con responsabilidades claramente adjudicables. Como bien ha recordado Javier Solana, España ha estado en primera línea (y ha pagado un alto precio por ello) desde la primera misión de Unprofor (cascos azules) en Bosnia Herzegovina en el otoño de 1992 hasta su presencia actual, pasando por las misiones IFOR y SFOR (de implementación de los Acuerdos de Dayton de 1995).

Nadie puede negar que la situación, por delicada que siga siendo política, económica y socialmente, ha tenido una evolución espectacular, desde el punto de vista de los cambios relativos a las razones que en su día imponían una presencia militar realmente consistente. Estados Unidos es uno de los países, por ejemplo, que fue reduciendo su presencia militar desde los días de IFOR y SFOR hasta la actualidad, desde sus propios criterios e informando a sus aliados. Como, Francia, como Reino Unido, como tantos otros. Y Javier Solana, en sus recientes declaraciones, habla desde una doble autoridad: su actual posición en la Unión Europea, pero también su condición de quien fue secretario general de la OTAN en la parte más difícil de los años noventa.

En relación al tema de Kosovo, sin que se trate de casos idénticos, hay argumentos paralelos. La misión ha durado diez largos años, su evolución política ha sido complicada, pero con los datos que cualquier observador tiene a mano, la situación actual parece militarmente estabilizada e irreversible. En todo caso es muy positivo que la parte serbia, en la actualidad (y no siempre ha sido así), haya explicitado que mantiene su reivindicación de Kosovo en sede diplomática, ante las instituciones internacionales oportunas (Naciones Unidas, UE) y mirando hacia donde la totalidad de los Balcanes mira por fin: Europa y sus instituciones regionales.

Es tiempo pues de la política y de la diplomacia, se puede ir cerrando la parte militar de la presencia internacional en Kosovo. Y se puede porque, como pasó con los Acuerdos de Dayton, la parte militar de la presencia internacional se ha cumplido, se han cubierto los objetivos asignados a KFOR, y la prueba es que –antes e independientemente de la reciente decisión española–, a pocos meses vista está previsto que los efectivos pasen de 15.500 a 7000, es decir, una reducción diez veces superior al contingente que España retira. Y posteriormente, se prevé que un retén de disuasión de unos 2.000 soldados permanezca en reserva por un tiempo. A ello cabría añadir que otros países militarmente más importantes, como Francia y Reino Unido, han hecho saber que su agenda es similar: reducción sustancial o retirada de tropas, acompañamiento diplomático e institucional.

Es mejor, además, explicar las cosas con claridad. La situación en los Balcanes en general, y en Kosovo en particular, ha cambiado para mejor, y no en diez o quince años: en los últimos tres o cuatro años. Pero efectivamente, hay en encuadrar y acompañar este tramo final desde las instituciones internacionales apropiadas (Naciones Unidas, Unión Europa, OTAN y OSCE). Y esta situación todavía evolutiva se refleja en que la misión de Naciones Unidas en Kosovo sigue vigente, pero su relación con el despliegue de Eulex, las nuevas tareas que ello comporta para IFOR (que ya no son las iniciales), hace que los países que han reconocido a Kosovo (22 de 27 en la UE, 21 de 26 en la OTAN, 57 en todo el mundo) puedan adaptar su presencia a esta nueva situación, y los que no han de poder tomar
sus decisiones.

Y una última reflexión: estamos hablando de organizaciones internacionales de estados, en las que las decisiones se toman por consenso cuando procede, o con opciones distintas cuando es el caso. Una Unión Europea a 27, si quiere tener más PESC (política exterior y de seguridad común) y más PESD (política europea de seguridad y defensa), tendrá que adaptarse a estas situaciones variables, en las que los principios y valores compartidos convivirán con momentos en los que intereses y prioridades de unos y otros serán distintos.
España ha cumplido con creces en los Balcanes en los campos de la diplomacia, de la acción humanitaria y de su presencia militar. Cualquiera que haya frecuentado aquellas tierras en los últimos 15 años puede dar fe de ello.

Pere Vilanova es  Catedrático de Ciencia Política y analista en el Ministerio de Defensa

El factor Holbrooke

14 feb 2009
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PERE VILANOVA 

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Como viene siendo habitual, muchos se siguen preguntando qué va a hacer, o no va a hacer, el nuevo presidente de Estados Unidos. Por un lado, diversos medios y analistas han planteado los grandes temas de la agenda mundial, y entre las profecías más extendidas, destaca una: esa agenda mundial está llena de problemas y son todos de difícil solución. Por ejemplo, llama la atención que muy pocos de entre los expertos se hayan acordado de un artículo que Richard Holbrooke publicó en el número de septiembre/octubre de 2008 en Foreign Affairs, y que ahora conviene rescatar.
La primera tiene que ver con el título y el subtítulo: “El próximo presidente: gestionando una agenda
desalentadora”, así como el hecho de que Holbrooke, que escribió el artículo en el punto álgido de la larga campaña electoral estadounidense, no sabía todavía quién sería el próximo presidente de Estados Unidos. El artículo es de obligada lectura.
Pero otro tema importante es el perfil del interesado. ¿Quién fue Richard Holbrooke? Fue en su día Embajador de Estados Unidos ante Naciones Unidas, al final de la segunda legislatura Clinton, de quien tenía toda su confianza política y personal. En este sentido, un personaje que encarna por sí solo toda la diferencia de estilo y de manera que desplegaron ante Naciones Unidas la Administración Clinton y la Administración George W. Bush, sobre todo si se le compara con John Bolton.
Pero Richard Holbrooke fue mucho más conocido por ser el (duro) negociador de los Acuerdos de
Dayton de noviembre de 1995, que pusieron fin a la guerra en Bosnia Herzegovina. Hoy en día algunos argumentan que los Acuerdos de
Dayton son un fracaso, pero para cualquiera que conoció la guerra de Bosnia Herzegovina, la intervención de la OTAN de septiembre, la negociación subsiguiente y la imposición de la paz, fueron un cambio sustancial. Sin prejuzgar los resultados políticos finales, que todavía están en proceso, la dimensión militar de
Dayton se cumplió a rajatabla, se cumplieron las cláusulas previstas, y queda como ejemplo –ante las dudas conceptuales de mucha gente– de lo que es una operación de imposición de la paz, como algo distinto a las misiones de interposición tradicionales.
Cuando Holbrooke escribió el artículo en cuestión, era presidente de la Asia Society. No sabía que a estas alturas sería el enviado especial del presidente Obama para Afganistán y Pakistán, como hombre de confianza del nuevo líder y como símbolo de la voluntad de empezar a actuar con rapidez en un tema que está entre la lista de los más sensibles de la agenda. Todo esto tiene que ver con tres cuestiones que son cruciales en materia de política exterior, sobre todo en un “mundo complicado” como el actual. La primera es que, a más poder, más responsabilidad, y aquí la evaluación del experimento unilateralista anterior y la inevitabilidad de volver al multilateralismo son concluyentes. Y no porque el menú sea muy largo, simplemente porque no hay otra opción: ante un mundo más interdependiente (y con más interconexiones heterogéneas) que nunca desde 1945, el liderazgo es a veces una carga ineludible, pero el modo de ejercerlo será juzgado con mucha severidad. Nye ve reivindicada su noción de soft power, más allá de las simplificaciones de gente que lo cita sin haberlo leído por completo. La segunda cuestión tiene que ver con márgenes y tiempos. En su larga carrera, Holbrooke aprendió que cuando se consigue romper una situación de bloqueo, o cuando se produce una expectativa colectiva de gran intensidad sobre una crisis, el momento o coyuntura más favorable para actuar dura poco. Hay que introducir cambios, hay que tomar decisiones, sin esperar a que el tiempo lo arregle todo. Y ello siendo consciente de que la etapa siguiente, de estabilización, de progreso, puede durar mucho más tiempo. Oponerse a los Acuerdos de Dayton so pretexto de que no garantizaban que se cumplieran todos de golpe, equivalía simplemente a permitir que la guerra –o mejor dicho, la masacre– siguiera su curso, a la espera del día del milagro. Y en tercer lugar, y lo más importante, los márgenes de acción con que se cuenta en política exterior en el mundo real son los que son. Escasos.
Cualquier político que haya pasado por el ejercicio de gobernar sabe muy bien que este es el arte de lo posible. O de lo limitadamente posible. Cuando un líder (o un partido) gana unas elecciones por primera vez, no digamos ya si se está en una transición frágil, lo primero que aprende es que no empieza de cero, como ante una página en blanco en la que desplegar su impecable visión en política exterior. Empieza con una pesada carga sobre la mesa, la herencia de la etapa anterior, y ello ya reduce bastante el margen de acción, porque los constreñimientos externos son muy pesados y muy determinantes. Y ello es cierto incluso para los casos de alternancia en democracias sólidas y estables, como Estados Unidos. Por ello, Obama tiene ante sí un inventario en que no sólo están Irak o Afganistán: Irán, Próximo Oriente, Rusia, Asia-Pacífico, Latinoamérica, crisis económica global (y su impacto interno). Todo ello es un vasto campo de negociaciones, transacciones, multilateralismos de grado diverso. Incluye situaciones de uso o amenaza del uso de la fuerza, pero exige también una correcta identificación de los intereses que unos y otros –incluyendo adversarios– ponen sobre la mesa. El margen
de acción en cada caso puede variar, pero no es ilimitado. En otras palabras: el estatus de un actor poderoso se medirá sobre todo por su capacidad de iniciativa y de adaptación a situaciones tan variables. Sin que sea ningún hombre milagro, Obama ha llamado a Holbrooke para que le guíe en la lectura de esta complicada partitura.

Pere Vilanova es  Catedrático de Ciencia Política y analista en el Ministerio de Defensa

Ilustración de  Miguel Ordóñez

La crisis y sus entramados ocultos

29 nov 2008
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PERE VILLANOVA

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Parece que sobre la crisis económica internacional está todo dicho, o casi. Y, sin embargo, su evolución ofrece nuevos ángulos de análisis, algunos bastante poco explorados hasta ahora. nte todo, las prisas, la aceleración de los tiempos. En las múltiples comparaciones que se han hecho con grandes crisis anteriores, es relativamente sencillo poner de relieve las grandes diferencias con la de 1929, pero se ha insistido poco en otras grandes crisis más recientes, como la del primer choque petrolero de octubre de 1973, la del segundo choque petrolero de 1979/1980, o la de 1993. Y deberíamos hacerlo sistemáticamente porque, en 1973, lo que ahora llamamos globalización –y que entonces se llamaba, más apropiadamente, interdependencia– ya estaba entre nosotros, a escala global y con todos sus efectos. Aunque quizá con ritmos menos acelerados, porque lo crucial en esta ocasión es el efecto multiplicador de algunos nuevos actores del sistema internacional: estamos hablando de Internet y sus derivados, del efecto CNN, es decir, de los flujos de comunicación globales, en tiempo real, de modo ininterrumpido. Y en este sentido, el efecto de aceleración es devastador en las percepciones sociales colectivas, multiplicando su alarmismo. Cabe pensar que en este factor está el llamado “nerviosismo de las bolsas”, que en realidad traduce a la vez el pánico y la impaciencia de los inversores. Si quieren otro ejemplo, la preparación de la conferencia de Bretton Woods e 1944, en la que se crearon los grandes instrumentos (ya globales) de gobernanza económica mundial, empezó… ¡en 1941! Cuatro años de minuciosa preparación no es lo mismo que tres semanas, y eso que estaban en plena II Guerra Mundial (de hecho, Estados Unidos ni siquiera había entrado en ella todavía). Asombra pensar que, en 1941, Reino Unido y Estados Unidos ya estuvieran tan seguros de quién ganaría la guerra y (aproximadamente) cuándo. En 1944 sí, pero en 1941… había que tener capacidad de prospectiva, o tenacidad, o ambas cosas.

Una segunda consideración tiene que ver con los protagonistas de la gestión de la presente crisis. Por supuesto, la mayoría de los analistas han subrayado con razón la importancia del redescubrimiento del Estado como único agente público habilitado para tomar decisiones. El único habilitado tanto por las prerrogativas que como actor político sigue teniendo, como por –a algunos les gustará más, a otros menos– la legitimidad que sigue ostentando a nivel interno –facultad de crear reglas vinculantes, etc– y a nivel internacional. Lo curioso es que, con la prudencia y desconfianza que le caracteriza (cuando actúa a nivel internacional), esta vez se ha saltado o, al menos, ha orillado con maneras poco elegantes el principio de concertación en sede de Instituciones Internacionales supuestamente decisivas para la gobernanza mundial. Si se fijan, en estos últimos dos meses el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial han tenido un papel discreto. Sus dirigentes han opinado aquí y allá, pero poco más, si exceptuamos las expectativas que suscita siempre el Banco Central Europeo. En cambio, los líderes políticos prefieren concertarse en reuniones de organismos inexistentes, como el G-8, el G-20 y otras variantes. En realidad, existen, pero no son organizaciones internacionales fundamentadas en normas, instituciones permanentes y reglas de funcionamiento claras. Son, en cierto modo, grupos de amigos y conocidos. Con ello, ¿mejora la gobernanza global? Puede que sí, en fases iniciales de crisis que requieren mecanismos informales de concertación, de negociación y sobre todo de compromiso. El tiempo lo dirá, pero es chocante que se haya olvidado por completo el acuciante debate sobre la reforma de Naciones Unidas (y sobre todo del Consejo de Seguridad), y en cambio se dé tanta importancia a si el G-20 tiene que ser el G-22 o el G-25. ¿Quién decide quienes son los “emergentes” del G-20? Y, sobre todo, ¿quién decide y con qué reglas la cooptación de unos u otros?

Una tercera cuestión se deriva de todo ello. En esta crisis muchos analistas van insistiendo en la tesis de las potencias emergentes, e incluso hay quien se atreve a pronosticar el año exacto en que China –supuestamente– adelantará económicamente a la Unión Europea, siempre con la mención obligada a India y Brasil. La verdad es que no aparece en casi ninguna reflexión una variable crucial: cómo y con qué consecuencias la presente crisis, si dura en el tiempo, afectará a estas potencias emergentes. No se hace casi prospectiva sobre cómo el rápido desarrollo chino puede verse afectado por un estallido de sus contradicciones sociales internas, de proporciones imposibles de predecir. Lo que no se sostiene es la hipótesis contraria: por qué extraña razón la crisis no tendría graves consecuencias para países que han crecido muy rápido, mucho, y sin mecanismos de compensación o redistribución social. Sería la primera vez que ello sucede en la Historia de la humanidad. De modo que, a la vista de la situación actual, no tenemos medios de saber cómo serán el G-8 o el G-20 dentro de 20 o 30 años.

Una última nota sobre la crisis y su impacto sobre la percepción que de ello tiene la ciudadanía, la opinión pública, es decir, los votantes. Curiosamente, ha permitido a algunos líderes consolidarse como tales, por ejemplo, Lula; a otros, salir de cotas muy bajas de popularidad –por desafección política de la opinión–, como Sarkozy; y a alguno que estaba casi desahuciado políticamente –según las encuestas–, resurgir con un dinamismo insólito, como Gordon Brown. El liderazgo, ciertamente, se mide en tiempos de crisis y el estilo y maneras del gobernante son entonces elementos clave de su proyección social.

Pere Villanova es Catedrático de Ciencia Política y y analista de estrategia en el Ministerio de Defensa