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Dominio público

Opinión a fondo

Desconcertante diversidad

28 sep 2009
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 RAMÓN JÁUREGUI

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Miro esta torre de Babel que es Europa desde mi ventana española. Es un pequeño hueco en el edificio Louise Weiss del complejo europarlamentario de Estrasburgo. Es un pequeño despacho en el formidable conjunto urbano del Legislativo europeo en Bruselas. Me sumerjo rápido en los pasillos, en la burocracia, en las reglas del funcionamiento parlamentario. Atravieso la marea humana que se entrecruza por pasillos, salas y despachos y que me muestra una meleé de hombres y mujeres europeos hablando mil lenguas de muy diferentes realidades. No, en Europa no es la lengua sólo la que nos separa. Lo que verdaderamente cuesta franquear son las fronteras virtuales que nos imponen nuestras respectivas realidades. Todos los eurodiputados venimos preñados de nuestra realidad y cuesta mucho, ¡demasiado!, que la abandonemos para hacer y hablar de Europa.

Reunión de la Comisión de Libertades (Justicia e Interior, para entendernos). Elegimos a Juan Fernando López Aguilar, presidente. Brilla con su oratoria barroca y políglota. Saluda en francés, responde en un inglés perfecto, matiza a los italianos en su idioma, discursea en español. Es un orgullo verle. Pero empiezan los comentarios de una comisión constitutiva. Una italiana dice que debemos abordar el problema de la mafia. Otro diputado de su país, probablemente de otro grupo, le matiza que hay que hablar de “las mafias”. La eurodiputada del PP, víctima del terrorismo, recuerda el último asesinato de ETA y reivindica la lucha de la democracia española contra la banda. Una diputada húngara clama contra la represión policial en su país. Otro diputado reivindica la igualdad de gays y lesbianas, no reconocida todavía en algunos países del Este. Me pregunto: ¿cuándo hablaremos de Europa? ¿Es que no tienen Parlamentos nacionales para dirimir en sus países esos problemas? No, definitivamente, Europa no se construye si todos vamos con el famoso “¿qué hay de lo mío?”.

Hay más barreras. Las burocráticas, para construir textos y armar resoluciones y propuestas teniendo en cuenta que deben ser útiles y aceptables para 27 países distintos, para realidades económicas, sociológicas y políticas demasiado diferentes todavía y brutalmente contradictorias en muchas ocasiones, especialmente después de la entrada de los países del Este (2004). Las legislativas, estrictamente; porque aunque este es un Parlamento con formas, reglamento, organización y hechuras de Parlamento nacional, sin embargo, el juego parlamentario no es el de una nación. Ni lo es su función legislativa, atenuada por una Comisión cuya iniciativa normativa es relativa y por un Consejo de la UE cada vez más celoso del poder de sus naciones y de un principio de subsidiariedad que oculta, a menudo, un rampante criterio de soberanía nacional, que bien podríamos llamar “resistencia a Europa”.

Es esta una de las sorpresas de esta legislatura. La idea de Europa, lo que alumbra este proyecto ambicioso y necesario, imprescindible por nuestra historia y para nuestro futuro, está atacada como nunca, después de que durante 60 años haya recorrido lo más complejo y difícil de su camino. Curiosamente, ahora que la globalización reclama más espacios supranacionales y que la crisis económica demanda más política internacional, ahora que Europa resulta más necesaria que nunca, en el Parlamento Europeo, donde reside el corazón de su soberanía y de su legitimidad política, tenemos a 110 diputados euroescépticos o eurófobos que cuestionan la naturaleza o la existencia misma de Europa.
Por eso, fundamentalmente por eso, algunos creíamos que la elección de Durão Barroso era obligada. Más que de un debate ideológico, se trataba, y se trata, de una opción entre una Europa fuerte y unida o una Europa dividida y en crisis. No había otro candidato ni podía haberlo, porque fue la derecha quien ganó las elecciones del 7 de junio. El Parlamento Europeo no elige, sólo ratifica, aunque no es poco. Pero, además de todo ello, el Consejo Europeo de los 27 países de la Unión, sus jefes de Gobierno, lo habían nominado por unanimidad. De manera que sólo nos quedaba abstención o votar no. El no era testimonial y peligroso. La abstención, irrelevante. Algunos pensábamos que reforzar la vieja y productiva alianza proeuropea de demócratas, liberales y socialistas resultaba imprescindible y –por qué no decirlo– creíamos que, al elegir a Barroso, poníamos de presidente de la Comisión a un vecino y amigo de España y, desde luego, a un europeo convencido.

Quizás Barroso no sea el candidato ideal que los socialistas deseábamos, pero es el que nos ha propuesto unánimemente el Consejo –que es el órgano que tiene esta prerrogativa–, y lo que los europeos necesitamos es una Comisión que se ponga a trabajar cuanto antes para salir de la crisis, que funcionara a pleno rendimiento para Pittsburgh y Copenhague, y con todos sus comisarios elegidos cuando entre en vigor el Tratado de Lisboa, si es que los irlandeses dan el sí al nuevo Tratado común, el próximo 2 de octubre.

Ramón Jáuregui es  eurodiputado socialista.

Ilustración de Juan Pablo Cambarieri

Mis queridos nacionalistas

27 oct 2007
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RAMÓN JÁUREGUI

27-10-07.jpgLlevo toda la vida escuchando vuestras quejas. Desde que la razón me asaltó con sus dudas, mi mundo gira sobre vuestras demandas y vuestros agravios, sobre vuestros sueños y vuestros mitos. Nací entre nacionalistas, en un pequeño barrio donostiarra, en aquellos años en los que el nacionalismo vasco y la izquierda se escondían de una represión sistemática y cruel y se expresaban clandestinamente en la intimidad de los hogares y al calor de las familias heridas por los recuerdos.
Por eso os conozco bien. Os conozco y os respeto. Tanto como que llevo toda la vida entendiéndome y colaborando con vosotros. Allí en Euskadi luchando contra Franco, haciendo juntos el Estatuto de Gernika, gobernando casi 12 años en coalición… Aquí, estos últimos años, pactando el nuevo Estatuto de Cataluña y apoyando una política de profundización en el autogobierno y de compensación económica a los agravios inversores pasados, no siempre comprendida en el resto del país. Tanto que recuerdo cómo Pascual Maragall, entonces presidente de la Generalitat, me llamó al día siguiente de un programa en TVE (59’’) en el que defendí el Estatut ante seis periodistas, algunos de los cuales estaban radicalmente en contra de todo él, y me dijo literalmente: “No he visto a nadie defender mejor que tú el nuevo Estatuto de Cataluña”.
Por eso, cuando Carod-Rovira se pregunta si otra España es posible, me revuelvo en mi asiento para exclamar ¿qué España queréis? Es la España constitucional y autonómica que nace en 1978 la que ha devuelto a Cataluña un marco jurídico-político de autogobierno como nunca tuvo en términos contemporáneos. Es la España plural, la que estamos construyendo desde el reconocimiento de la diversidad de identidades de ciudadanos, pueblos y territorios en un marco autonómico, la que ha producido una descentralización mayor que la de los Estados Federales. Es la España solidaria la que ha asumido que Cataluña necesita y merece un esfuerzo inversor suplementario durante los próximos siete años y lo ha incluido así en sus disposiciones legales y presupuestarias. Es la España plurilingüe y respetuosa de su diversidad la que se reconoce en el catalán y acepta en sus disposiciones legales todas las exigencias de la cooficialidad tanto en la educación, como en la función pública, y hasta en la vida social catalana. Es la España sensible a Cataluña la que traslada a Barcelona sedes institucionales que estaban en Madrid.

La señora que llama José Luis a Carod es la anécdota. Ya sabemos que hay nacionalismo español. A mí ese nacionalismo español trasnochado y centralista, que desprecia la diversidad, heredero de una España atrasada, intolerante y siempre
inacabada, no me gusta. Pero tampoco me gustan los que odian España quemando retratos de su jefe de Estado. No me gustan nada los nacionalistas que reclaman desde Girona o desde Bilbao una España plurinacional y son incapaces de reconocer la pluralidad de sentimientos identitarios en su propio país. Es más, me dan más miedo esos nacionalismos intolerantes que quieren imponer a sus sociedades plurales en Euskadi o Cataluña una nación étnica hecha por y para los nacionalistas asumiendo o imponiendo un proceso de inmersión identitaria a quienes se sienten más españoles que vascos o igual de españoles que catalanes. Se dirá entonces que no. Que el nacionalismo democrático de Cataluña o Euskadi es respetuoso de la pluralidad, moderno y por tanto relativizador de la soberanía de los viejos Estado-Nación y desde luego democrático, es decir, fundado en la libre voluntad de los ciudadanos. Y lo acepto, pero admítase entonces la coexistencia de un nacionalismo español con las mismas virtudes y por tanto, tan legítimo y democrático como cualquier otro.

Pero pregunto, ¿cuál es la España oficial y real que maltrata a Cataluña? ¿No es la España oficial y real de Zapatero y su Gobierno, la que ha hecho el enorme esfuerzo político de entender y entenderse con Cataluña? ¿No es el ministro Solbes el que ha pactado con la Generalitat el presupuesto de inversiones para 2008 en casi un billón de pesetas? ¿No es Zapatero, el presidente del Gobierno de España, el que va a comparecer personalmente en las Cortes para dar explicaciones de los problemas y molestias ciudadanas del AVE, que llega ya –por fin– a Barcelona?

No. Es mentira que haya una España oficial y real que maltrate a Cataluña. ¿Hay españoles intolerantes? Sí, igual que catalanes antiespañoles. Pero la Cataluña y la España que construye la izquierda se fundan sobre esta línea gruesa de catalanes y españoles que se reconocen y se respetan, que conciben la Cataluña del siglo XXI desde el autogobierno identitario en la cohesión de un federalismo coo-perativo y solidario en el Estado.

Otra cosa es que a algunos nacionalistas les interese la caricatura de la España preconstitucional y uniformista porque viven del victimismo y necesitan enemigos exteriores para crecer. Pero entonces les devuelvo la pregunta: ¿realmente queréis otra España? Si es así, ahí la tenéis. Es la España plural y respetuosa de su diversidad, abierta, tolerante, moderna e integradora, que estamos haciendo desde hace 30 años, la izquierda y el PSOE principalmente.

Ramón Jáuregui es portavoz del PSOE en el Congreso de los Diputados