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Dominio público

Opinión a fondo

La Europa poscolonial

12 feb 2011
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RICHARD GOWAN

En 2009, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, anunció su intención de fundar un nuevo Museo de Historia en París. Hace semanas ha debido de estar maldiciendo la memoria de dos de las figuras menos conocidas de la historia francesa:
Louis Edouard Bouët-Willaumez y Jules Ferry. Ambos murieron hace más de un siglo, pero siguen causándole problemas. Bouët-Willaumez fue un héroe naval que comenzó en 1840 la colonización de lo que hoy es Costa de Marfil, y Ferry fue el primer ministro que autorizó la invasión de Túnez en 1881. Aunque Francia renunció al control sobre Túnez en 1957 y de Costa de Marfil en 1960, los altos funcionarios de París siempre han visto estos países como elementos importantes de la esfera francesa en África. Hoy,
esa influencia está en las últimas.
En diciembre, la violencia que siguió a las elecciones en Costa de Marfil puso a Sarkozy en un dilema. ¿Debería respaldar a las fuerzas de paz de la ONU con el fin de proteger al internacionalmente reconocido ganador de las elecciones, Alassane Ouattara? Calculando que esto podría desencadenar la violencia contra los expatriados franceses, Sarkozy dijo que no. La revuelta de Túnez de enero hizo que Francia se enfrentara a una crisis aún mayor. Mientras la violencia crecía, la ministra de Asuntos Exteriores francesa, Michèle Alliot-Marie, sugirió que Francia podría enviar fuerzas antidisturbios para ayudar a resolver el problema. Entonces, el autocrático líder Zine el-Abidine

Ben Alí dimitió y escapó, y Sarkozy, rápidamente, le negó el asilo.
Antes de que la revuelta egipcia eclipsara lo acontecido en Túnez, hubo una crítica generalizada a la diplomacia francesa. “Francia no sólo estuvo por detrás de los acontecimientos –observó The Economist sobre lo sucedido en Túnez–, sino que, a diferencia de EEUU, ni siquiera condenó la respuesta violenta del régimen hacia los manifestantes”. Algunos líderes han esperado mucho tiempo para ver a Francia así de avergonzada. Tras haber adoptado la defensa de la identidad de la UE, París sorprendió al presionar para intervenir en países francófonos como Congo (en realidad antigua propiedad de Bélgica) y Chad. Ciertos gobiernos, como Alemania, han indicado que no quieren formar parte de los futuros juegos de la UE en África. La ironía es que, aunque Sarkozy aprobó la misión de Chad de 2008-2009, no tiene un interés real en esas aventuras africanas. Él mismo socavó las propuestas
de que la UE podría mandar tropas para ayudar a contener una masiva crisis en Congo a finales de 2008.
Podría decirse que Sarkozy es realmente el primer líder francés poscolonial. Su predecesor, Jacques Chirac, sentía un gran aprecio por la cultura africana –de hecho fue la fuerza motriz que impulsó la creación del Museo de Quai Branly, que alberga tanto arte africano como de otros países no europeos–. Chirac también llevó a cabo una realpolitik de aproximación a los conflictos africanos mediante el uso de la fuerza en Costa de Marfil en la crisis de 2004. Por su parte, Sarkozy no sólo ha evitado luchar en Costa de Marfil y Túnez, sino que también declaró que su nuevo Museo de Historia estaría centrado en la “identidad nacional” en vez de en las lejanas excolonias. Pero, si es cierto que Sarkozy es un líder poscolonial, no es el único. Hay diferencias obvias entre Tony Blair –quien envió tropas a Sierra Leona y se dice que estuvo considerando la idea de desplegar tropas en Darfur– y el de lejos menos
intervencionista David Cameron.

El año pasado, durante el acalorado debate sobre el futuro de las Fuerzas Armadas británicas, el agresivo ministro de Defensa, Liam Fox, advirtió a Cameron de que los posibles recortes podrían significar que Reino Unido no pudiera montar una operación similar a la de Blair en Sierra Leona. Mientras Fox bloqueó lo peor de las propuestas de recorte militar, muy pocos analistas de defensa británicos creen que el Gobierno conservador –o cualquier alternativa laborista– podría querer verse envuelto en futuras crisis africanas. Del mismo modo, los funcionarios franceses probablemente no serán capaces de influenciar a los recalcitrantes líderes africanos con promesas de mayor intervención. Europa todavía tiene maneras de influir en los asuntos africanos. Francia tiene comandos contra Al Qaeda en el Magreb. Por su parte, el Departamento Británico de Desarrollo Internacional ha enfatizado su apoyo a la prevención de conflictos en estados débiles. Y la UE ha impuesto sanciones muy duras a Lauren Gbagbo, el presidente saliente de Costa de Marfil, que se ha negado a cederle el poder a Ouattara.

Pero los líderes europeos se sentirán decepcionados si piensan que pueden controlar las crisis africanas mediante operaciones militares y medidas económicas. Incluso la ayuda al desarrollo es un recurso en declive. China e India están invirtiendo cada vez más en África, lo que está reestructurando la economía del continente y eclipsando los proyectos de ayuda. Si la UE quiere jugar un papel positivo en África, debería priorizar su apoyo a los valores que ya han sido puestos a prueba en Costa de Marfil, Túnez y Egipto: la democracia, los derechos humanos y la libertad de expresión. Los procesos democráticos y los movimientos sociales son los mejores mecanismos para evitar futuras crisis que las sanciones o los despliegues militares europeos. La UE debería invertir más fondos para apoyar a los activistas que luchan por los derechos humanos, a los sindicatos y a la prensa libre en África como pieza central de una verdadera política poscolonial en la región.

Richard Gowan es Investigador principal del European Council on Foreign Relations
Ilustración de José Luis Merino

Peligrosa caridad

24 dic 2010
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RICHARD GOWAN

Te gustaría donar dinero para apoyar la limpieza étnica en Darfur estas navidades? Puede parecer una locura, pero cualquiera que haya donado a organizaciones benéficas en Sudán puede haber hecho precisamente esto. Después de siete años de guerra civil, cerca de tres millones de desplazados viven en campos alrededor de Darfur y reciben alimentación y agua de la ONU y de ONG. Esto le viene bien al brutal Gobierno de Sudán. Tras haber recurrido a milicias para expulsar a civiles de sus hogares, ahora puede confiar en la cooperación internacional para gestionar la vida de sus víctimas. Mientras tanto, inmigrantes de otras partes de África se han apoderado de la tierra que los civiles desplazados dejaron atrás. Expertos en Darfur temen que el sistema de campamentos de Naciones Unidas se convierta en permanente, puesto que sus habitantes necesitarían de ayuda humanitaria durante décadas.

¿Es correcto continuar enviando asistencia en estas circunstancias? Muchas personas han realizado donaciones a entidades benéficas en el extranjero estas navidades. Pocos habrán pensado acerca de los dilemas de operar en lugares como Darfur. Pero está surgiendo un debate entre las entidades benéficas y ONG respecto a cómo se abusa de sus actividades, y no sólo en Sudán.

En marzo pasado, el Programa Mundial de Alimentos de la ONU fue golpeado con la acusación de que la mitad del apoyo que envía a Somalia se dirige a milicias antigubernamentales y bandas de oportunistas. Después de que Pakistán fuera azotado por las inundaciones del pasado verano, un grupo de activistas acusó al Gobierno de derivar la ayuda extranjera hacia otros proyectos políticos, quizás, incluso, hacia cuentas privadas. Los críticos sostienen que esto no es ninguna sorpresa. The Crisis Caravan, una polémica obra publicada este año (aún no disponible en España), escrita por la periodista Linda Polman, ha puesto la atención en los problemas de la ayuda humanitaria. Polman argumenta que muchos cooperantes son terribles administradores y apenas saben nada acerca de los países donde trabajan. Esto les convierte en presas fáciles para los señores de la guerra y los gobiernos corruptos, que utilizan amenazas y mentiras para controlar la distribución de la ayuda. La rabia de Polman se fundamenta en sus propias experiencias en África central durante los años noventa. Allí, los perpetradores del genocidio de Ruanda en 1994 se refugiaron en el vecino Zaire y dominaron los campos de refugiados gestionados por las organizaciones humanitarias. Aunque el libro de Polman ha recibido críticas favorables, no informa mucho más de lo que los funcionarios de la ONU y la mayoría de las ONG no supieran ya. En la post Guerra Fría, admiten, formarse para ser cooperante supone simplemente aprender cómo evitar pisar minas antipersona. Ellos ahora intentan comprender la dimensión social y política de sus trabajos.
En ocasiones, ello implica innovaciones sencillas. El Programa Mundial de Alimentos, por ejemplo, se preocupa de que las poblaciones vulnerables puedan desarrollar una excesiva dependencia de la ayuda. El citado programa ha alimentado a algunas comunidades en Uganda durante 20 años. Ahora está buscando maneras de ayudar a que la gente sea más autosuficiente, dándoles, entre otras cosas, hornillos que consuman poco combustible.
Pero resulta muy difícil averiguar la mejor forma de tratar con gobiernos o milicias que quieren manipular la ayuda, como en Somalia o Sudán. En teoría, los funcionarios humanitarios saben cómo ponerse duros con los chicos malos. “Dejadnos operar sin obstrucciones”, sueñan con decir, “o nos marcharemos y contaremos al mundo que dejas morir a inocentes”. En la práctica, sin embargo, los señores de la guerra son (no sorprendentemente) más eficaces que los cooperantes a la hora de ser duros. Las organizaciones humanitarias no pueden abandoner una crisis sin pánico moral y mala imagen. A los grupos rebeldes somalíes y al régimen sudanés, esto no les importa.

A algunos expertos en desarrollo también les preocupa que, si la ONU y las organizaciones occidentales se van de lugares como Sudán, China u otras potencias emergentes ocupen su lugar. Están convencidos de que los chinos no impondrán ninguna condición por ayudar y podrían ser muy eficientes. En el caso de Darfur, la influencia de las agencias occidentales se ha reducido por el hecho de que la beneficiencia islámica ha jugado un rol cada vez más importante en la crisis. Su dinero y experiencia es bienvenida en muchos sentidos, pero tienden a evitar las críticas a los dirigentes proárabes de Sudán. Los gobiernos occidentales (incluyendo a EEUU y miembros de la UE, que suministran la mayoría de los fondos para ayuda humanitaria) no desean una guerra sobre principios humanitarios. Incluso en un caso como el de Sudán, las máximas prioridades occidentales no incluyen el desarrollo, sino que se centran en recursos energéticos y cooperación de inteligencia contra el terrorismo islamista. Es lamentable que el Gobierno paquistaní malverse nuestras donaciones, pero necesitamos la ayuda de Pakistán contra los talibanes. Unos pocos millones a fondo perdido es un precio que vale la pena pagar.

Por tanto, mientras expertos como Linda Polman y los planificadores de la ONU pueden pensar todo lo que quieran sobre cómo les gustaría que fuera el futuro del desarrollo, no conseguirán probablemente un mayor nivel de atención. Pero, si crees en la ayuda humanitaria, hay algo que puedes hacer al respecto. Más que donar dinero solamente a ONG, puedes hacerlo a organizaciones influyentes y de mentalidad política, como Amnistía Internacional, que organizan escándalos por las actuaciones de nuestros gobiernos.

Richard Gowan es Investigador principal del European Council on Foreign Relations 

ILustración de Iker Ayestarán

Occidente y el poder mundial

27 oct 2010
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RICHARD GOWAN

Dentro de 50 años, un historiador podría sentarse a escribir la historia oficial del declive de Occidente. Probablemente incluiría unas pocas líneas sobre los acontecimientos de octubre de 2010. Este mes, en un encuentro del G-20, los ministros de finanzas europeos acordaron ceder algunos derechos de voto y asientos en el consejo del Fondo Monetario Internacional (FMI). Los beneficiarios serán las ascendentes economías asiáticas, notablemente China e India.
Sobre el papel, las concesiones europeas parecen pequeñas. Los estados de la UE aún controlarán cerca del 25% de los derechos de voto en el FMI. Los chinos y los indios sumarán alrededor del 10%. No obstante, el acuerdo es políticamente importante, sobre todo porque fue diseñado en el G-20. La aparición del G-20 como el principal mecanismo para la toma de decisiones económicas globales es un hecho sobrevenido de la crisis financiera. La razón de su prominencia es obvia. Su formato permite a las ascendentes potencias no occidentales tratar con EEUU y la UE como iguales, lo que refleja el cambiante equilibrio de poder económico en el mundo poscrisis. Mientras los miembros de la UE tenían la mitad de las sillas del G-8, en el G-20 representan justo la cuarta parte. Aunque EEUU se mantiene como la fuerza individual en las negociaciones del G-20, China juega a menudo un papel decisivo en las discusiones. India se muestra también cada vez más enérgica.
La consolidación del G-20 y las concesiones de la UE en el FMI constituyen síntomas de una transferencia gradual de autoridad de Europa hacia las potencias ascendentes en las instituciones multilaterales. Este año también se produjo un acuerdo para dar más influencia a los países no occidentales en el Banco Mundial. Después de la Guerra Fría, las potencias europeas utilizaron su influencia en las organizaciones multilaterales, desde el FMI hasta Naciones Unidas, para reforzar su papel en el escenario mundial. Ahora están adoptando una estrategia alternativa dejando que otros países adquieran mayores responsabilidades. Los dirigentes europeos argumentan que, si las potencias emergentes sienten que poseen un mayor peso en el sistema internacional, ellas “jugarán según las reglas de Occidente” o “se volverán más como nosotros”.
EEUU ha animado –y en ocasiones casi amenazado– a sus aliados europeos para que sigan esta estrategia. Aunque los diplomáticos europeos aceptan que el cambio es necesario, algunos se quejan de que los norteamericanos no están dispuestos a ceder su propia influencia en las organizaciones internacionales. Bajo las reglas del FMI, EEUU acumula suficientes votos para vetar las propuestas que le disgusten. Esas diferencias han sido exacerbadas por visiones divergentes sobre cómo evitar un regreso a la recesión. EEUU, como la mayoría de las grandes economías asiáticas, está aún más interesado en paquetes de estímulo. El viejo Occidente parece confundido.
A pesar de esas tensiones trasatlánticas, el mayor interrogante es si los estrategas políticos de Pekín, Brasilia y Delhi jugarán según las reglas occidentales. Y no está claro que lo vayan a hacer. Un informe reciente de análisis chinos sobre el G-20, publicado por el European Council on Foreign Relations,
encontró profundas divisiones respecto a si hay que confiar o no en la aproximación occidental. Un analista escéptico, Xu Minqi, alegó que el G-20 es una “cáscara vacía” que no hace nada para desafiar “el dominio de EEUU sobre el mundo” vía FMI y Banco Mundial.
Antes del encuentro de este mes de los ministros de finanzas, los temores a una guerra global de divisas echaron leña a otro estallido de retórica agresiva por parte de los estrategas políticos. Dirigentes indios dijeron al Financial Times que el G-20 podría debilitarse por “un choque de intereses y un choque de percepciones”. “El G-20 está en serias dificultades”, concluyó uno de ellos. Al mismo tiempo, dirigentes europeos y estadounidenses se han quejado de que muchos gobiernos no occidentales han fracasado en el objetivo de poner en práctica los compromisos alcanzados en cumbres anteriores. Aunque los negociadores del G-20 se las arreglaron esta vez para soslayar esas diferencias –y probablemente lo consigan de nuevo cuando los líderes del grupo se reúnan en noviembre en Seúl–, está claro que el futuro de la cooperación multilateral dista de ser seguro. Los poderes emergentes han ganado peso en las instituciones internacionales, pero aún no están completamente satisfechos.
Algunos alegan que las potencias occidentales se comportan como si estuvieran al cargo de las instituciones internacionales. Otros creen que la creación del
G-20 es una distracción frente a reformas más grandes y más difíciles como el rediseño del Consejo de Seguridad de la ONU. Y que los cambios graduales y relativamente pequeños en la gobernanza del FMI y el Banco Mundial son gestos insignificantes. “Lo que tenemos es un giro marginal en la estructura de influencia, mientras los cambios fundamentales están aún a la espera”, se quejaba un columnista del diario indio The Hindu tras el acuerdo sobre el voto en el FMI.
Nos todos en Delhi y Pekín son tan escépticos. Pero las potencias occidentales necesitan ofrecer reformas más radicales del sistema internacional si pretenden que otros se las tomen con seriedad. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, que presidirá el G-20 el próximo año, ha prometido impulsar una revisión más profunda tanto de las instituciones financieras internacionales como de la ONU. Muchos comentaristas, dentro y fuera de Francia, dudan de que Sarkozy pueda acometer reformas de tal envergadura. Pero la alternativa es arriesgarse a tensiones crecientes a lo largo y ancho del sistema financiero. Y el resultado es que, tanto la UE como EEUU, perderían más influencia.

Richard Gowan es investigador principal del European Council on Foreign Relations

Ilustración de Javier Olivares

¿Cree Barack Obama en la ONU?

22 sep 2010
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RICHARD GOWAN

Tras su comparecencia de hoy en la Cumbre de los Objetivos del Milenio, el presidente de EEUU, Barack Obama, se dirigirá mañana jueves a la Asamblea General de Naciones Unidas. Pero, diga lo que diga, sus críticos argumentarán que no ha conseguido defender la soberanía de EEUU en la ONU.
Los conservadores opinan que el talante diplomático de Obama es una simple cuestión de imagen. Tras su aplaudido discurso ante la ONU del año pasado, el republicano John Bolton declaró que hablar de cooperación internacional era un “símbolo de la debilidad estadounidense”. Ataques como este pueden gustar al Tea Party, pero demuestran un gran desconocimiento acerca de la política exterior de Obama. El presidente cree en una teórica cooperación multilateral, pero en Washington es un secreto a voces que las conferencias internacionales le aburren soberanamente.
Mientras el cuerpo diplomático norteamericano ha hecho enormes esfuerzos por mejorar su imagen en la ONU, la Administración de Obama ha realizado una aproximación demasiado pragmática a la organización, presionando en busca de apoyo a sus prioridades. La más obvia, nuevas sanciones a Irán. Sin embargo, el equipo de Obama ha demostrado estar listo para relegar, o simplemente ignorar, a la ONU cuando lo considere necesario. En asuntos que van desde la crisis financiera hasta las conversaciones de paz entre israelíes y palestinos, la Administración de EEUU ha evitado trabajar a través del sistema de la ONU. En cambio, ha fijado su interés en el G-20 –que ha ganado protagonismo a partir de la crisis financiera– como un foro en el que dialogar con China e India.
Durante una reciente aparición en el Consejo de Relaciones Exteriores, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, se refirió a la ONU como “la más importante de las instituciones globales” pero añadió que “nos recuerda constantemente sus limitaciones”. La Administración de EEUU todavía no ha olvidado que las conversaciones sobre el cambio climático –auspiciadas por la ONU– del pasado diciembre en Copenhague casi terminan en desastre.
Pero esto no significa que la ONU sea una institución inútil para EEUU. Desde el terremoto de Haití en enero, por ejemplo, EEUU ha logrado persuadir a otros países para que impulsen la misión de paz de la ONU en este territorio. Por otro lado, los consejeros de Obama, y especialmente el vicepresidente Joe Biden, están impresionados por el trabajo de la ONU en Irak, que incluye la mediación entre los kurdos y los líderes árabes. La ONU también juega un importante papel en una de las mayores iniciativas de la política exterior del presidente: tratar de preparar el terreno para un eventual desarme nuclear global. Pero todavía hay un fuerte sentimiento entre los diplomáticos y analistas de Nueva York de que EEUU hace una aproximación instrumentalista a la ONU, dirigiéndose a ella sólo cuando lo necesita. Como consecuencia de ello, no ha habido un efecto Obama en la ONU, lo que supone una decepción para aquellos que esperaban que el presidente de EEUU revitalizara esta organización.
Cualquiera podría concluir que esto refleja la desconfianza de EEUU en el multilateralismo, pero sería injusto. Una reciente encuesta del Consejo de Chicago para Asuntos Globales declaró que el 54% de los americanos quiere una ONU más fuerte, y a un 64% incluso le gusta la idea de un ejército de paz global. Entonces, ¿por qué Obama mantiene una actitud ambigua con respecto a la ONU? Una respuesta posible sería que tiene otras prioridades. La Asamblea General nunca hubiera sido un escenario útil para discutir la crisis financiera, al contrario que el G-20. Y, por si esto fuera poco, EEUU afronta unas dinámicas diplomáticas difíciles de llevar a cabo a través de la ONU. Mientras China y Rusia reafirman su poder en el Consejo de Seguridad, potencias emergentes como Brasil e India también están deseando desafiar a Occidente. Brasil y Turquía irritaron a Washington al negarse a votar a favor de nuevas sanciones contra Irán en el Consejo de Seguridad de junio.
La crisis de Irán seguramente dominará la diplomacia de la ONU durante el resto del mandato del presidente Obama. Si, como parece, Israel presiona en favor de una acción militar contra las instalaciones nucleares de Irán en 2011 o 2012, EEUU se encontrará con un dilema. ¿Debería tratar de conseguir una resolución del Consejo de Seguridad para usar la fuerza, o acaso esta está abocada al fracaso? Si EEUU estuviera dispuesto a atacar Irán sin la aprobación de la ONU, esto no sólo traería a la memoria el encarnizado debate sobre Irak en 2003, sino que quebraría la credibilidad del Consejo de Seguridad. No obstante, si la tensión con Irán sigue creciendo, el presidente podría decidir que la fuerza es la única alternativa. Barack Obama podría terminar actuando sin la aprobación del Consejo de Seguridad –tal y como hizo Bill Clinton con Kosovo o George W. Bush en Irak–.
La Administración de EEUU quiere evitar esta situación a toda costa. Sin embargo, mientras los líderes mundiales escuchen a Obama mañana, deberían recordar que el presidente de EEUU no es un gran partidario de la ONU. EEUU puede –y lo hará– actuar por la fuerza y unilateralmente si lo necesita.

Richard Gowan es investigador principal del European Council on Foreign Relations

Ilustración de Patrick Thomas

Los guerreros del mañana

30 ago 2010
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RICHARD GOWAN

El fin de las operaciones de combate estadounidenses de este mes en Irak ha sido un anti-clímax. No nos ha dejado ninguna imagen significativa para el recuerdo –nada como el último helicóptero en salir de Saigón o el último tanque ruso en abandonar Afganistán–. 50.000 instructores militares estadounidenses continúan en Irak.
Incluso aunque no haya habido mucho drama, los historiadores pueden concluir que ha sido un momento muy importante. Mientras EEUU se retira de Irak, los estrategas políticos se empiezan a cuestionar si la atormentada superpotencia seguirá destinando con devoción vastas cantidades de dinero a los gastos de Defensa.
Un escéptico es Robert Gates, secretario de Defensa, que ha anunciado recortes iniciales al presupuesto de su departamento y sugiere que se necesitará mucho más.
Un crítico mucho más franco es Michael Mandelbaum, veterano intelectual en política internacional del Partido Demócrata. En un libro publicado en EEUU a principios de agosto, argumenta que Washington necesitará dedicar crecientes cantidades de dinero a mantener a la cada vez más envejecida población americana. Uno de los resultados, dice Mandelbaum, es que no habrá más iraks: “Evitar intervenciones militares y construcción de estados es una manera de reducir el coste de la política exterior de EEUU”.
Esto puede sonar familiar a los europeos. Los pocos jugadores militares significativos de la UE quieren reducir los presupuestos de Defensa. La campaña afgana ha acabado con el apoyo popular a las aventuras en el extranjero. Y, para mayor sorpresa, el Gobierno conservador de Londres se está planteando recortes que podrían terminar con la larga tradición del Reino Unido como potencia militar global.
Occidente no está de precipitada retirada. Las fuerzas especiales de EEUU matan terroristas en estados débiles como Yemen. Las tropas francesas recientemente atacaron una base de Al-Qaeda en Mauritania. Pero es difícil imaginar a la OTAN embarcándose en nuevas operaciones de gran envergadura como las de Kosovo o Afganistán. Si la campaña afgana termina en fracaso, las cosas serán incluso más difíciles.
Algunos expertos militares estadounidenses no se preocupan por esto. El poder de EEUU se repuso después de Vietnam. A Wa-
shington no le gusta perder las guerras, pero puede permitirse derrotas ambiguas. Esto no es así para los europeos. A lo largo de la última década, la OTAN y la UE han arriesgado su credibilidad por estabilizar los Balcanes y Afganistán. Las guerras de los Balcanes han tardado en resolverse más de lo esperado, pero Afganistán ha hecho parecer que lo de los Balcanes se vea sencillo. Incluso si EEUU recobrara su espíritu intervencionista, la mayoría de los miembros de la UE no le seguiría.
Pero es demasiado pronto para sostener que la era del intervencionismo y de la “construcción de estados” ha llegado a su fin. Potencias emergentes como Brasil, China o India pueden reemplazar a los europeos en la tarea. A EEUU le puede resultar más fácil trabajar con estas potencias que con la OTAN.
Observe la respuesta internacional al terremoto de Haití en enero. Tropas latinoamericanas a las órdenes de la ONU –ayudados por un contingente de policías chinos– ya eran responsables de la seguridad en Puerto Príncipe. El terremoto sacudió la misión, pero esta consiguió mantener el orden. Los marines de EEUU desplegados en Haití estaban impresionados por la profesionalidad de las tropas de la ONU.
Esto dejaría pasmados a los oficiales europeos que sirvieron al mando de Naciones Unidas en Bosnia en los noventa y vieron a la organización como ineficaz y cobarde. Podría sorprender un poco menos a los europeos que han llevado cascos azules en el sur del Líbano desde la guerra de 2006, porque las Naciones Unidas han realizado enormes esfuerzos para mejorar su gestión. La fuerza del Líbano, ahora liderada por un general español, es una amalgama de tropas de la UE y soldados de lugares tan lejanos como China, Ghana, India e Indonesia. Más o menos funciona. Naciones Unidas no es capaz de impedir que Hizbulá acopie misiles para preparar otra guerra con Israel, pero ha taponado la olla a presión de la frontera.
Nadie va a fingir que las fuerzas de la ONU en Haití y Líbano son perfectas. La trágica fuerza de la ONU en Darfur se tambalea de una crisis a otra. Pero la realidad es que, mientras los miembros de la OTAN buscan recortar sus gastos militares, partidarios de Naciones Unidas como Brasil e India están aumentando su envergadura militar. El presupuesto de Defensa brasileño creció casi un 25% el año pasado. Estos son los guerreros del mañana.
Afrontando estas dinámicas, EEUU y Europa deben hacer una elección estratégica. ¿Van a esconderse tras las altas murallas de la alianza de la OTAN (y en el caso norteamericano, seguir proyectando poder en el Pacífico) o van a colaborar con las potencias emergentes?
La cooperación puede ser confusa. Puede significar trabajar menos a través de las largamente asentadas estructuras de la OTAN o más a través de los imprecisos mecanismos de la ONU con los que no están familiarizados.
También significará respetar lo que las potencias no occidentales piensen. Se dice que algunos oficiales europeos en el Líbano ven a sus homólogos asiáticos y africanos como “exóticos”. Esto hace que suenen como animales poco comunes en un zoo. Pero debemos aceptar que, una vez que hayamos reducido drásticamente los presupuestos de Defensa al mínimo, puede que los soldados europeos estén entre los animales más raros de todos.

Richard Gowan es Investigador principal del European Council on Foreign Relations

Traducción de Borja Novoa

Ilustración de Federico Yankelevich

La lección de Kosovos

02 ago 2010
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Richard Gowan

Rara vez la Corte Internacional de Justicia atrae la atención de los medios. Su decisión de que la declaración de independencia de Kosovo no fue ilegal ha suscitado la especulación (en gran medida alarmista) sobre la posibilidad de que otros movimientos separatistas sigan el ejemplo de Kosovo.
Los hechos de la semana pasada provienen directamente de la campaña de represión de Yugoslavia contra la población albana en los años noventa. Si las fuerzas de seguridad de Slobodan Milosevic hubieran mostrado un poco de moderación en aquel momento, hoy Kosovo sería, incontestablemente, territorio serbio.
Es fácil minimizar las atrocidades yugoslavas retrospectivamente. En medio de la crisis de 1999, los rebeldes de Kosovo (muchos de ellos hoy en el Gobierno) manipularon la crisis y llevaron a cabo sus propias atrocidades contra los serbios en cuanto tuvieron ocasión.
Aun así, a pesar de la complejidad del caso de Kosovo, el hecho de que Yugoslavia utilizara brutales tácticas para suprimir a los albanos transformó un conflicto local en una crisis internacional.
Es muy importante recordar esta lección cuando asistimos a nuevos ataques a minorías, como la persecución de la minoría uzbeca en Kirguistán de este año, en la que más de 2.000 civiles han muerto a causa de la violencia de las fuerzas de seguridad kirguises el pasado junio. Y la persecución continúa.
Hasta la fecha, poco han hecho las principales potencias para solucionar la crisis de Kirguistán, salvo enviar ayuda humanitaria y autorizar una pequeña misión policial para supervisar la evolución de la situación. Esta reticencia no es sorprendente. Con los presupuestos militares recortados a causa de la crisis financiera, y la guerra de Afganistán yendo tan mal, la intervención humanitaria se ha quedado fuera de la agenda.
Las cuestiones de derechos humanos y las tensiones interétnicas reciben cada vez menos atención por parte de las capitales occidentales. Los activistas acusan a la Administración de Obama de priorizar las buenas relaciones con las grandes potencias intolerantes, como Rusia y China, en detrimento de las causas justas. Los países que lideran la UE han adoptado una línea pragmática similar. Por su parte, Alemania está centrada en reforzar sus lazos con Rusia.
Occidente parece haber aceptado que presionar a países como Burma, Sudán o Zimbabwe a cuenta de los derechos humanos es contraproducente: ahora se estila la diplomacia silenciosa con los regímenes incómodos. Puede que esto sea inevitable: cada vez es más difícil desautorizar a los gobiernos africanos y asiáticos, que prefieren una aproximación más tranquila. En las Naciones Unidas, las grandes democracias no occidentales –incluyendo a Brasil, India y Suráfrica–, se alinean junto a China y Rusia contra cualquier asunto que parezca una interferencia de Occidente en los asuntos de otros países. Algunos alegan que aquel énfasis en los derechos humanos era contraproducente. Paul Collier, de la Universidad de Oxford –a día de hoy probablemente el académico más influyente en aspectos de desarrollo– ha argumentado que un grado de represión por parte de los gobiernos quizás sea el precio que merece la pena pagar para evitar el gran horror de una guerra civil.
Esto puede ser cierto en teoría, pero existe un problema en la práctica. ¿Qué se supone que debemos hacer en casos como el de Kirguistán, donde el abuso en materia de derechos humanos es claramente el detonante del conflicto? ¿Y qué ocurre con un caso como el de Sudán, donde la escalada de violencia interétnica crece en el sur del país, en vísperas de un referéndum de secesión para la región en enero de 2011?
Por si estos escenarios pudieran parecer demasiado ajenos a los intereses nacionales europeos como para preocuparse por ellos, podemos añadir Irak a la lista. A medida que las fuerzas estadounidenses abandonan el país, el peligro de un estallido de violencia entre los kurdos y los árabes va creciendo, avivando a su vez la inestabilidad en las áreas kurdas de Turquía e Irán. Esta situación podría hacer estallar una ulterior ola de violencia en la región.
En todos estos casos parece que no va a funcionar intentar construir y reforzar complejos marcos legales para defender los derechos humanos y a las minorías. Y tratar de resolver los conflictos redibujando el mapa, al estilo Kosovo, podría causar más daño. Aunque probablemente la independencia de Kosovo no llegará a desestabilizar los Balcanes, tratar de forjar un estado kurdo independiente en Irak sería la receta para una guerra general.
Los gobiernos europeos, mientras tanto, deberían dedicar más esfuerzos a analizar cómo las violaciones y los conflictos étnicos pueden desestabilizar la ultraperiferia, la zona comprendida desde el norte de África hasta Asia central, y preparar a los mediadores para que puedan afrontar nuevas amenazas a medida que surgen. Esto debería ser prioritario para el nuevo Servicio Europeo de Acción Exterior, que ganaría credibilidad a ojos de los gobiernos extranjeros si pudieran atajar este tipo de crisis.
En un momento de congelación de presupuestos, invertir más en la prevención de conflictos y en la promoción de los derechos humanos puede ser algo difícil de vender, pero la alternativa es una nueva generación de Kosovos.

Richard Gowan es investigador principal del European Council on Foreign Relations

Traducción de Borja Novoa

Ilustración de  Javier Olivares