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Dominio público

Opinión a fondo

La ilusión industrial

19 feb 2012
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Robert Reich
Exsecretario de Trabajo de EEUU, catedrático de Políticas Públicas y autor de ‘Aftershock’
Ilustración de Mikel Jaso

De repente, la industria ha regresado a EEUU. Al menos en la carrera electoral. Pero no te dejes engañar. El asunto real no es cómo hacer volver la industria, sino cómo recuperar los buenos trabajos y los buenos sueldos. No es la misma cosa.
Los republicanos se han vuelto súbitamente adalides de la industria estadounidense. Esto puede tener alguna relación con las primarias que tendrán lugar la semana próxima en Michigan y la siguiente en Ohio, ambos antiguos arsenales de la industria americana.

Mitt Romney, precandidato republicano, dice que él “trabajará para traer de regreso la industria” a EEUU mediante una posición de dureza con China, país al que describe como un “ladrón de trabajos” por mantener artificialmente bajo el valor de su divisa y abaratar así sus exportaciones.

El también aspirante Rick Santorum promete “luchar por la industria estadounidense”. Para ello, pretende eliminar los impuestos corporativos a los fabricantes y permitir a las empresas traer a EEUU desde el exterior sus beneficios libres de impuestos siempre que reinviertan ese dinero en crear nuevas fábricas.

El presidente Obama también está impulsando una agenda industrial. El mes pasado, desveló un plan de seis puntos para eliminar los incentivos tributarios a las compañías que se trasladen al exterior y generar alicientes para que traigan trabajos a casa. “Nuestro objetivo
–dice– es crear oportunidades para que los buenos trabajadores estadounidenses comiencen de nuevo a hacer cosas”.
Entretanto, la creciente demanda de los consumidores estadounidenses de utensilios, coches y camiones ha originado un cierto auge en la industria nacional, estableciendo una ola de esperanza, mezclada con patriotismo nostálgico, de que la industria estadounidense podría estar volviendo.

Pero la industria estadounidense no volverá. Aunque desde enero de 2010 el sector ha proporcionado 404.000 puestos de trabajo, eso nos deja aún con 5,5 millones de empleos menos que en julio de 2000, y 12 millones menos que en 1990. La tendencia a largo plazo indica que cada vez habrá menos empleos en la industria. Incluso si no tuviéramos que competir con trabajadores peor pagados en el exterior, tendríamos aún menos empleo en la industria porque la vieja cadena de producción ha sido reemplazada por máquinas y robots. La industria se ha vuelto de alta tecnología.

Traer de regreso la industria estadounidense no es el desafío verdadero. Este consiste en crear buenos empleos para la mayoría de los ciudadanos que no tienen el grado de bachiller. El sector solía proveer muchos de esos trabajos, pero ello ocurría sólo porque los trabajadores de las fábricas estaban representados por sindicatos con el poder suficiente para mantener altos salarios.

Ese ya no es el caso. Incluso el otrora poderoso Trabajadores del Automóvil Unidos ha sido forzado a aceptar para los nuevos empleados en los Tres Grandes (General Motors, Ford y Chrysler) paquetes salariales que representan la mitad de lo que ganaban hace una década. A 14 dólares –10,65 euros– la hora, los nuevos trabajadores del sector automotriz ganan aproximadamente lo mismo que la mayoría de los empleados estadounidenses del sector servicios. General Motors acaba de anunciar beneficios récord, pero sus nuevos trabajadores no reciben mucho del pastel.

En los años 50, más de un tercio de los trabajadores de EEUU estaba representado por un sindicato. Ahora, menos del 7% de los empleados del sector privado tienen un sindicato detrás. La única razón que puede explicar la caída drástica del salario medio de los trabajadores sin bachillerato en las pasadas tres décadas y media es el declive de las centrales.
¿Qué piensan los candidatos sobre los sindicatos? Mitt Romney no ha hecho más que despreciarlos. Él pretende impulsar una ley llamada “derecho al trabajo” que dificulte los requisitos para la afiliación sindical así como la financiación de los mismos. “Ya he encarado antes a jefes sindicales –dice–, y estoy feliz de encararme de nuevo”. Cuando Romney no está culpando a China por los problemas de competitividad de los industriales estadounidenses, culpa a los altos salarios sindicales. Rick Santorum dice apoyar a los sindicatos del sector privado, pero no está interesado en fortalecerlos, y no los quiere en el sector público.

El presidente Obama alaba las “fábricas sindicalizadas”, tales como Master Lock, el fabricante de candados de Milwaukee que visitó la semana pasada, que trajo de vuelta cien puestos de trabajo de China. Pero el presidente no ha prometido que, en caso de ser reelegido, vaya a impulsar la Ley de Libertad de Opción del Empleado, que facilitaría a los trabajadores organizarse en sindicatos. Él la apoyó en la campaña para las elecciones de 2008, pero, una vez elegido, nunca la tramitó. El presidente también ha guardado un silencio notable ante los conflictos laborales que han estado recorriendo el Medio Oeste, como el asalto en Wisconsin a los derechos de negociación de los trabajadores públicos.

El hecho es que las empresas estadounidenses –tanto las industriales como las de servicios– lo están haciendo maravillosamente bien. Sus beneficios en el tercer trimestre de 2011 fueron de dos billones de dólares. Eso es un 19% más que en el punto más alto antes de la recesión, hace cinco años. Pero los trabajadores estadounidenses no están recibiendo su porción de esta recompensa. Aunque los trabajos están retornando lentamente, los salarios siguen cayendo. El problema fundamental no es el declive de la industria estadounidense, y revivir la industria no lo resolverá.

El problema es el declive del poder de los trabajadores estadounidenses para compartir las ganancias de la economía del país.

El candidato del gran capital

08 feb 2012
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Robert Reich
Exsecretario de Trabajo de EEUU. Catedrático de Políticas Públicas y autor de ‘Aftershock’
Ilustración de Patrick Thomas

Antes que nada, una confesión: si Mitt Romney se convierte en el próximo presidente de EEUU, yo soy parcialmente culpable. Hace 10 años, yo competí por la nominación demócrata para ser gobernador de Massachusetts, lo cual me habría dado la oportunidad de darle una sacudida a Mitt Romney en la elección general.

Perdí la oportunidad. En la semana final de las primarias me encontraba prácticamente empatado con el tesorero del Estado, pero entonces se me acabó el dinero, lo que significa que mi campaña publicitaria en la televisión se detuvo. Tras declinar la sugerencia de mi gerente de campaña para que sacara una segunda hipoteca de mi casa, me puse a llamar frenéticamente a todo aquel que pudiera encontrar y que no me hubiese aportado aún 500 dólares, el máximo permitido entonces por el Estado. Recogí habas contadas. Al final, el tesorero ganó las primarias. Romney venció en la elección general y se convirtió en gobernador, y yo volví a mi actividad académica.

Pero mi fantasía de que podía ganarle a Romney no era más que eso, una fantasía, porque Romney tenía –y aún tiene– algo de lo que yo carecía. Y no me refiero a sus brillantes dientes blancos, a su meticuloso peinado o a su estatura. Él tiene dinero, y tiene conexiones con mucho más dinero aún. Mitt Romney era entonces, y aún es, el candidato del gran capital. En las últimas semanas antes del caucus de Iowa, Romney gastó cerca de tres millones de dólares en torpedear sin tregua a su rival Newt Gingrich con publicidad negativa, recortando los apoyos a Gingrich a la mitad y desplazándolo del primer lugar en las preferencias. Pero Romney mantuvo sus huellas digitales fuera del torpedo. Técnicamente, el dinero ni siquiera provino de las arcas de su campaña.

Procedió de una súper-PAC [comité de acción política, por sus siglas en inglés] denominada Restauremos Nuestro Futuro, que puede recaudar cantidades ilimitadas de dinero de unos pocos donantes muy ricos sin necesidad de revelar sus nombres. Esto se debe a que Restauremos Nuestro Futuro es oficialmente independiente de la campaña de Romney –aunque su principal recaudador de fondos ha salido del equipo financiero de la campaña de Romney, su estratega político clave fue director político de la campaña presidencial de Romney en 2008, y su gabinete de comunicación ha formado parte del equipo de comunicación de Romney–.

Restauremos Nuestro Futuro es a la campaña de Mitt Romney como el lado oscuro de la luna es a la luna. Y evidencia el resultado grotesco de la decisión de la Corte Suprema de hace un año en el caso Ciudadanos Unidos contra la Comisión Electoral Federal, que echó hacia atrás más de un siglo de esfuerzos por contener la influencia del gran capital en la política. Si los ingresos y la riqueza en Estados Unidos estuviera repartidos tan ampliamente como en las tres primeras décadas después de la Segunda Guerra Mundial, tendríamos menos motivos de preocupación. Pero ahora, con una concentración casi sin precedentes de acumulación de riqueza en la cima, Ciudadanos Unidos refleja la peor corrupción que nuestra democracia haya presenciado desde la Edad Dorada.

Y Romney y Ciudadanos Unidos fueron hechos el uno para el otro. Otros candidatos han montado silenciosamente Súper-PACs propios, y el presidente Obama tiene su súper-PAC muy ocupado rastreando en cualquier reserva de gran capital que pueda encontrar. Pero los lazos únicos de Mitt Romney con los más grandes yacimientos de capital le permiten sacar provecho inigualable de la indignante decisión de la Corte Suprema. The New York Times informa de que gestores de hedge funds de Nueva York y financieros de Boston aportaron casi 30 millones de dólares a Restauremos nuestro Futuro antes del caucus de Iowa. Y la falsa independencia de “Restauremos nuestro Futuro” ha permitido a Romney distanciarse públicamente de ese grupo, de su dinero y del trabajo sucio que con él han comprado.

Más que ningún otro aspirante a la Presidencia, Mitt Romney personifica el uno por ciento en EEUU; más aún, el 10% más rico de ese uno por ciento. No se trata sólo de sus cuatro casas y su fortuna calculada en 200 millones de dólares, no sólo sus pingües negocios financieros, ni siquiera los refugiados sin empleo de sus maniobras financieras lo que hace de él el Gordon Gekko [personaje de la película Wall Street] de los aspirantes presidenciales. Se trata de sus conexiones con los epicentros del gran capital de EEUU, especialmente a los más grandes ejecutivos y financieros dedicados al hábito de invertir a cambio de espléndidas ganancias. Y no hay casi mejores ganancias que aquellas que se encuentran en los beneficios fiscales, subsidios gubernamentales, garantías de crédito, planes de rescate, regulaciones para exenciones, contratos federales y transacciones comerciales que generan cientos de millones, si no miles de millones, de dólares al año.

Romney, en otras palabras, es el candidato creado por Ciudadanos Unidos. La criatura a la que han dado vida [Antonin] Scalia, [John] Roberts, [Anthony] Kennedy, [Clarence] Thomas y [Samuel] Alito, todos desempeñando el papel de Frankenstein. [Se refiere a los magistrados conservadores de la Corte Suprema, cuyos votos dieron luz verde a la nueva y muy laxa ley de financiación política] Dado lo que la Corte Suprema ha forjado, mi conciencia me pesa menos. Si yo le hubiera ganado a Romney hace 10 años, sólo habría conseguido retrasar su surgimiento. Pero me da miedo por este país.

Juicio a la libre empresa

22 ene 2012
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Robert Reich
Exsecretario de Trabajo de EEUU. Catedrático de Políticas Públicas y autor de Aftershock
Ilustración de Diego Mir

Mitt Romney está presentando la compaña de 2012 como un “juicio a la libre empresa”, definiendo a esta como la consecución de éxito a través de “trabajo duro y asunción de riesgo”. El senador Jim De Mint, favorito del Tea Party, dice que él apoya a Romney porque “necesitamos realmente a alguien que entienda cómo tomar riesgos, es la vía para crear trabajo y oportunidades, y expandir libertad”.

Esperad un minuto. ¿Quiénes, según ellos, están soportando los riesgos? Sus alabanzas sobre la asunción de riesgos de la empresa privada tienen trampa. Cuanto más alto subes en la economía, más fácil es hacer dinero sin tomar ningún riesgo financiero personal. Cuanto más bajo vayas, mayores serán los riesgos. Wall Street se ha convertido en el centro de la libre empresa sin riesgo. Los banqueros arriesgan el dinero de otras personas. Si los negocios van mal, reciben sus honorarios de todos modos. La industria de los hedge funds está diseñada para cazar apuestas de modo que los grandes inversores puedan hacer dinero si el precio de los bienes por los que apuestan suben o caen. Y si sucede lo peor, los banqueros e inversores más grandes saben que serán rescatados por los contribuyentes porque son muy grandes para quebrar.

Pero los peores ejemplos de empresa libre sin riesgo son los consejeros delegados que reciben millones tras torcer regiamente las cosas. A finales de 2007, Charles Prince renunció como consejero delegado de Citigroup después de anunciar que el banco necesitaría 8 millones de dólares adicionales a los 11 millones en anotaciones relativas a hipotecas subprime que se habían ido al garete. Prince se marchó con una pensión principesca de 30 millones de dólares, además de premios en acciones y opciones sobre acciones, junto con un despacho, un coche y un chófer durante cinco años. Philip Purcell, que dejó Morgan Stanley en 2005 después de que un accionista se levantara en su contra, se llevó 43,9 millones de dólares más 250.000 al año de por vida.

El pago-por-fracaso se extiende mucho más allá de Wall Street. En un estudio difundido recientemente, GMI, una prestigiosa firma de investigación que monitorea el pago a los ejecutivos, analizó los mayores paquetes recibidos por ex consejeros delegados desde 2000.
En la lista: Thomas E. Freston, que duró apenas nueve meses como consejero delegado de Viacom antes de que fuera liquidada, y se marchó con un paquete de 101 millones de dólares. También está William D. McGuire, quien en 2006 fue forzado a dimitir como consejero delegado de UnitedHealth por un escándalo de opciones sobre acciones, y recibió pagos por valor de 286 millones de dólares.

Si hay alguna cosa que esté en ascenso es el pago por fracasar. En septiembre pasado, a Leo Potheker le mostraron la puerta de salida de Hewlett-Packard, con un paquete de salida de 13 millones de dólares. Stpehen Hilbert dejó Conseco con un pago de 72 millones de dólares, aunque el valor de las acciones de la empresa durante su mandato se hundió de 57 dólares a 5 en su camino hacia la bancarrota.

Pero al tiempo que la asunción de riesgo ha declinado en la cima, ha aumentado en las capas medias y bajas. Más del 20% de la fuerza laboral de EEUU es hoy “contingente”: trabajadores temporales, contratistas, consultores independientes, sin la menor seguridad. Incluso los trabajadores de tiempo completo que han estado décadas en las compañías pueden verse de repente sin empleo, sin ayudas para encontrar trabajo y sin seguro sanitario.

Mientras tanto, la proporción de compañías de tamaño grande y medio (200 o más trabajadores) que ofrecen a sus empleados cobertura total sanitaria sigue disminuyendo, del 64% en 1980 a menos del 10% hoy. Hace 25 años, dos tercios de las empresas grandes y medianas proveían seguro sanitario a sus jubilados. Hoy, menos del 15% lo hace.
El riesgo de envejecer sin pensión también está aumentando. En 1980, más del 80% de las firmas grandes y medianas proporcionaba a sus trabajadores pensiones de “beneficio definido”, que garantizaban una cantidad fija de dinero al mes tras la jubilación. Hoy sólo lo hace un 10% de las empresas. En su lugar, ofrecen planes de “contribución definida” en los que el riesgo recae en los trabajadores. Cuando el mercado de valores se desploma, como lo hizo en 2008, el plan también se desploma. Hoy, un tercio de todos los trabajadores con estos planes no aportan contribuciones, lo que significa que sus empleadores tampoco lo hacen.

Y el riesgo de perder ingresos continúa en aumento. Antes incluso del crash de 2008, el Panel de Estudios de la Dinámica de Ingresos de la Universidad de Michigan encontró que, en cualquier franja dada de dos años, cerca de la mitad de las familias experimentaba algún declive en sus ingresos. Y las caídas se estaban volviendo cada vez más largas. En los años 70, la caída típica era del 25%. Hacia finales de los 90, era del 40%.

Lo que Romney y su coro de la “libre empresa que asume riesgos” no quiere que sepas es que los riesgos de la economía se han estado desviando de manera sistemática desde los consejeros delegados y Wall Street hacia la clase trabajadora. No se trata sólo de que los ingresos y las riquezas se estén concentrando en la cima. También lo está haciendo la seguridad económica, dejando encallados a los demás los ciudadanos. Asumiendo que la libre empresa esté sometida a juicio, la pregunta real sería si el sistema está inclinado en favor de aquellos en la cima que son recompensados sin que importe lo mal que han exprimido al resto, mientras el resto de nosotros somos exprimidos sin importar lo duro que trabajamos. El único modo de que la economía mejore es que haya realmente más riesgo en la cima y más seguridad económica abajo.

El debate mentiroso del déficit

01 ago 2011
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ROBERT REICH

Exsecretario de Trabajo de EEUU. Catedrático de Políticas Públicas en la Universidad de Berkeley. Autor de ‘Aftershock’

http://robertreich.org/

Ilustración de Enric Jardí

Traducción de Cristina Gallegos

Un amigo que ha estado observando las absurdas intrigas en el Congreso, me preguntó: “Qué pasa si no podemos resolver la crisis presupuestaria y nos quedamos sin dinero para pagar las cuentas nacionales?”. Sólo entonces me di cuenta de lo efectivas que han sido las mentiras de los republicanos. Porque el hecho de que estemos llamando al problema “crisis presupuestaria” y preocupándonos por si no lo solucionamos y no pagamos las cuentas nacionales es el legado que prueba el éxito que han conseguido los republicanos distorsionando la verdad.
El déficit en los presupuestos federales no tiene ninguna relación económica con el límite de endeudamiento. Los republicanos los han relacionado, algo en lo que ha cooperado la Administración, pero son conceptos completamente distintos. Los republicanos están usando algo que en otra situación sería considerado rutinario: usar los votos técnicos legales para aumentar el límite de la deuda como medio para mantener a la nación como rehén con el fin de conseguir sus objetivos políticos de reducir el tamaño del Gobierno federal.
Hablando en términos económicos, no nos habremos quedado sin dinero esta semana. Todavía somos la nación más rica del mundo, y la Reserva Federal tiene capacidad ilimitada para imprimir dinero. No hay ninguna necesidad acuciante de alcanzar un acuerdo mañana sobre cómo arreglar el déficit presupuestario. De hecho, ni siquiera está claro que los presupuestos federales necesiten ser ajustados.
Sí, la deuda nacional es alta en relación a lo que ha sido. Pero ni por asomo es tan alta como lo fue después de la Segunda Guerra Mundial, cuando alcanzó un 120% del PIB. Siempre y cuando la economía comience a crecer más rápidamente –si más norteamericanos consiguen trabajo y avanzamos hacia una recuperación económica total–, el ratio entre deuda y PIB caerá, como ocurrió en los años cincuenta, y se llevará a cabo una recuperación sólida. Las rentas públicas acabarán en Hacienda y la mayor parte de la actual “crisis presupuestaria” se desvanecerá. ¿Lo entendéis? Estamos en una crisis de trabajo y de crecimiento económico, no en una crisis presupuestaria.
Y la mejor forma de conseguir aumentar el empleo y volver a crecer es que el Gobierno Federal gaste más ahora mismo, no que gaste menos –por ejemplo, mediante la exención de pago de los primeros 20.000 dólares del impuesto sobre los sueldos durante este año y el próximo; la reinstauración de la Agencia para el Progreso del Trabajo y el Cuerpo Civil de Conservación; la creación de un banco para infraestructuras; incentivos fiscales a la contratación de trabajadores; la ampliación del crédito por Ingresos del Trabajo; e iniciativas similares–.
Pero ¿qué pasará esta semana si el Congreso no entrega o no puede entregar al presidente un proyecto de ley para aumentar el límite de la deuda? Recuerden: todo esto es política mezclado con tecnicismos legales. La economía no tiene nada que ver con esto.
Una posibilidad es que Hacienda continúe pagando la deuda pública a toda costa. Se continuarían expediendo letras del Tesoro, que son los pagarés de nuestra nación. Cuando estos pagarés sean cobrados por la Junta de Gobernadores de la Reserva Federal, harán lo que siempre se ha hecho: pagarlos.
¿Cuánto tiempo podría continuar esta situación sin que se disipe el límite de la deuda? Esta es una cuestión legal. En el Congreso, los republicanos pueden organizar una disputa legal, pero ninguna Corte en su sano juicio detendría a la Junta de Gobernadores de la Reserva Federal de honrar toda la fe y crédito de Estados Unidos.
El factor imprevisible es qué harán las tres grandes agencias de rating. Tan pronto como los federales cobren los pagarés, el crédito americano será considerado sólido. Después de todo, no somos Grecia o Portugal. Todavía somos la nación más rica del mundo; nuestra divisa es la base sobre la que se realiza la mayor parte de operaciones comerciales del mundo.
Standard & Poor’s ha advertido que bajará de categoría de la deuda nacional de triple A a doble A si no nos preocupamos de solucionar el déficit a largo plazo. Pero, como he señalado, Standard & Poor’s no tiene intención de entrometerse en las políticas norteamericanas –especialmente desde que su propia irresponsabilidad fue culpable en parte del tamaño de la deuda federal (si hubieran hecho su trabajo, la deuda y la burbuja inmobiliaria no se habrían precipitado hacia esta terrible recesión, ni hubiera sido necesario el desembolso federal para hacerle frente).
Siempre y cuando paguemos nuestras deudas a tiempo, nuestros acreedores mundiales estarán satisfechos. Y si ellos están satisfechos, Standard & Poor’s, Moody’s y Fitch lo estarán también. Repitan conmigo: el déficit federal no es el mayor problema de la nación. La débil recuperación, el enorme desempleo, la caída de los salarios y el declive en el precio de las viviendas son problemas mayores. No tenemos una crisis presupuestaria. Tenemos una crisis de empleo y crecimiento.
Los republicanos han elaborado una crisis presupuestaria a partir de sus abusivas demandas sobre la elevación del límite de la deuda. Y han tenido éxito engañando a la ciudadanía, mi amigo incluido.

 

 

 

 

Batalla contra el déficit

29 abr 2011
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ROBERT REICH

El modo en que se enmarcan los debates resulta crucial para su desarrollo, sobre todo cuando se nos dice que el “centro” o el “terreno intermedio” son la mitad del camino entre dos extremos.
Seguimos escuchando que el gran debate presupuestario tiene dos bandos: el presidente Obama y los demócratas quieren recortar el déficit, principalmente mediante un aumento de impuestos para los ricos y la reducción del gasto militar, pero no mediante la privatización de Medicare. En el otro lado están el miembro republicano de la Cámara de Representantes Paul Ryan, los republicanos y la derecha, que quieren cortar el déficit privatizando Medicare, troceando programas que benefician a los estadounidenses más pobres y, al mismo tiempo, bajando impuestos a los ricos.
En virtud de esta lógica, el centro se encuentra justo en el medio de esas dos posiciones.
Pamplinas.
De acuerdo con el más reciente sondeo Washington Post-ABC, el 78% de los estadounidenses se opone al recorte del gasto en Medicare como un medio para reducir la deuda, y el 72% apoya una subida de impuestos a los ricos, porcentaje que incluye un 68% de independientes y un 54% de republicanos.
En otras palabras, el centro de Estados Unidos no está a medio camino entre los dos bandos. Está abrumadoramente en el lado del presidente y los demócratas.
Yo me apostaría a que muchos más estadounidenses estarían en contra del plan presupuestario de Ryan si supieran también que dos tercios de los recortes presupuestarios salen de programas dirigidos a los ciudadanos de rentas más bajas y moderadas, y cerca del 70% de los ahorros se van en cubrir los recortes de impuestos a los ricos. Y si la gente supiera que el plan de Ryan canalizaría cientos de miles de millones de dólares de su Medicare hacia los bolsillos de aseguradoras sanitarias privadas, casi todos estarían en contra de él.
El plan republicano no debería ser considerado una de las partes de un gran debate. Es más, ni siquiera debería ser considerado para nada. Los estadounidenses no lo quieren.
Por eso me preocupa cuando escucho decir que grupos “bipartidistas” en el Congreso buscan un gran compromiso, como ocurre con el llamado “Grupo de los Seis” en el Senado.
El senador Dick Durbin, demócrata de Illinois y miembro de esa pandilla, dice que se encuentran próximos a un acuerdo en torno a un plan que representará un “terreno intermedio” entre el proyecto de presupuesto republicano de la Cámara de Representantes y el plan esbozado la semana pasada por el presidente.
¡Atentos a vuestros bolsillos!
En mi opinión, incluso el presidente Obama no llega lo suficientemente lejos en la dirección que la mayoría de los estadounidenses aprobaría. Todo cuanto él quiere hacer, esencialmente, es acabar con los beneficios impositivos para los ricos introducidos por Bush –cuyo final estaba previsto de todos modos para 2010– y cerrar unas pocas lagunas más.
Pero ¿por qué no podemos volver a los tipos de impuestos que teníamos hace 30 años, que exigían a los ricos pagar unas cuotas mucho más elevadas de sus ingresos? Uno de los grandes escándalos de nuestro tiempo es el modo tan intenso en que se han concentrado el ingreso y la riqueza en el país. El 1% de arriba recibe hoy el doble de participación en el ingreso nacional de lo que tenía hace tres décadas.
Si los superricos pagasen impuestos a los mismos tipos que había 30 años atrás, aportarían 350.000 millones de dólares más al año de lo que hacen ahora, y sumarían billones de dólares a lo largo de la próxima década. Eso es suficiente para garantizar que cada joven estadounidense tenga sanidad y educación y para que la infraestructura del país se eleve a estándares internacionales de primer nivel.
Tampoco llega la propuesta del presidente suficientemente lejos en el recorte del gasto militar, que no sólo se encuentra fuera de control, sino que está desconectado por completo de las necesidades de defensa de nuestro país: armas extravagantes diseñadas para una época de guerra convencional; cientos de miles de millones de dólares para la Marina y la Fuerza Aérea, cuando la mayor parte de la acción recae en el Ejército, los marines y las fuerzas especiales; y miles de millones más para programas que nadie puede justificar y muy pocos pueden entender.
Si los estadounidenses entendieran cuánto están pagando en defensa y cuán poco están recibiendo, exigirían un presupuesto militar por lo menos un 25% menor que el actual.
Finalmente, el presupuesto que propone el presidente no aborda el escándalo de los colegios públicos en comunidades pobres y de clase media, colegios cuyos profesores reciben sueldos por debajo de los 50.000 dólares al año, cuyas aulas están abarrotadas, que no pueden acceder a libros de texto o laboratorios de ciencias, que han abandonado los programas extracurriculares y cursos como Historia y Arte. La mayoría de los presupuestos de los colegios depende primordialmente de impuestos locales a la propiedad que continúan cayendo en las comunidades de más bajos ingresos. El Gobierno federal debería acudir en su rescate.
Pensar en el “centro” como el medio camino entre las propuestas del presidente Obama y de Paul Ryan es ignorar lo que los estadounidenses necesitan y quieren. Para nuestros representantes políticos encontrar un “terreno intermedio” entre los dos constituiría un acto de travestismo.

http://robertreich.blogspot.com

Robert Reich es es exsecretario de Trabajo de EEUU. Catedrático de Políticas Públicas en la Universidad de Berkeley. Autor de ‘Aftershock’

Ilustraciónde Federico Yankelevich

No se puede borrar la historia

02 abr 2011
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ROBERT REICH

El gobernador de Maine, Paul LePage, ordenó a trabajadores públicos que retiraran del vestíbulo del Departamento de Trabajo de ese Estado un mural de 11 metros que describe la huelga de 1937 en Auburn y Lewiston. También recoge la imagen icónica de Rosie la Soldadora, quien en la vida real trabajó en Bath Iron Works
(uno de los mayores astilleros de EEUU, situado en Maine). Un panel del mismo mural muestra a uno de mis antecesores en el Departamento de Trabajo de EEUU, Frances Perkins, quien fue enterrada en Newcastle, Maine.
La Administración LePage también se encuentra en el proceso de rebautizar salones que han llevado los nombres de líderes históricos del movimiento obrero, como lo fue la exsecretaria Perkins.

El portavoz del gobernador ha explicado que el mural y los nombres de las salas de conferencias “no se ajustan a los objetivos del Departamento en favor de los negocios”.
¿Estamos en Estados Unidos?
Frances Perkins fue la primera mujer que llegó al Gobierno federal en la historia de Estados Unidos. Ella fue también uno de los mejores miembros del gabinete en la historia del país.
Ella y su jefe, Franklin Delano Roosevelt, llegaron al poder en un momento en que los trabajadores medios necesitaban ayuda. Y Perkins y Roosevelt estaban decididos a proporcionársela. Juntos crearon la Seguridad Social, el seguro de desempleo, el derecho de los trabajadores a sindicalizarse, el salario mínimo y la semana laboral de 40 horas.

Los grandes empresarios y Wall Street pensaron que Perkins y Roosevelt no estaban manteniendo los objetivos en favor de los negocios. Entonces ellos y sus marionetas republicanas en el Congreso y en los estados se vengaron mediante un asalto político al New Deal.
Roosevelt no se arrugó. En un discurso pronunciado en octubre de 1936, condenó “el monopolio empresarial y financiero, la especulación, la banca despiadada, el antagonismo de clases y el enriquecimiento con las guerras”.
Las grandes compañías y
Wall Street, dijo, “han comenzado a considerar el Gobierno de Estados Unidos como un mero apéndice de sus intereses particulares”. Y añadió: “Sabemos que el gobierno del capital organizado es tan peligroso como el gobierno de la turba organizada. Nunca antes en nuestra historia esas fuerzas han estado tan unidas contra un candidato como lo están hoy. Ellos mantienen unanimidad en su odio hacia mí, y yo doy la bienvenida a su odio”.
Avancemos 75 años.

Las grandes compañías yWall Street han emergido de la Gran Recesión con los bolsillos abultados. Beneficios y bonus son tan elevados como lo eran antes de la caída. Y ellos están gastando como locos en lobbys y en políticos. Después de la desgraciada decisión de la Corte Suprema en el caso de Citizens United, ya no existen límites. (El fallo, de 2010, eliminó cualquier barrera para que las grandes corporaciones inviertan en campañas electorales).
Los objetivos en favor de los negocios lo están rompiendo todo. Gobernadores a lo largo y ancho de EEUU están metiéndoles tajos a los impuestos de las corporaciones y están haciendo lo mismo con los presupuestos estatales. Los republicanos de la Cámara de Representantes y del Senado están dispuestos a desregularizar, privatizar, cortar el gasto y reducir impuestos con el fin de que sus patrones de las corporaciones yWall Street tengan cada vez mejores resultados.

Pero la mayoría de los estadounidenses están aún en un problema desesperado. Pocas ganancias económicas, por no decir ninguna, están goteando hacia abajo.
Por ese motivo, el actual asalto republicano contra los trabajadores –a sus derechos para formar sindicatos, al seguro de desempleo y la Seguridad Social, a los empleados públicos e incluso (cortesía del gobernador LePage) a nuestra memoria común– resulta tan despreciable.
Y esa es la razón por la que necesitamos un presidente que luche por los trabajadores contra este asalto, tal como hicieron en su día Perkins y Roosevelt.

A propósito, el gobernador LePage podría tener la curiosidad de saber que el edificio que alberga el Departamento de Trabajo de EEUU en Washington se llama Edificio Frances Perkins. Podemos encontrar el retrato de ella colgado en un sitio prominente. También podemos ver retratos y murales de grandes líderes del mundo del trabajo estadounidense.
Una breve caminata a través del pasaje llevará al gobernador LePage a un impresionante memorial de Franklin D. Roosevelt, por si el gobernador quisiera visitarlo.
Gobernador, usted tal vez pueda borrar algo de la memoria de Maine, pero lo tendrá muy difícil para borrar la memoria de este país, incluso aunque no se ajuste a sus objetivos en favor de los negocios.
http://robertreich.blogspot.com

Robert Reich es Exsecretario de Trabajo de EEUU. Catedrático de Políticas Públicas en la Universidad de Berkeley. Autor de ‘Aftershock’

Ilustración de Patrick Thomas

Más impuestos a los ricos

27 feb 2011
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ROBERT REICH

Mi propuesta de elevar hasta el 70% los impuestos en ingresos de más de 15 millones de dólares, al 60% en ingresos entre 5 y 15 millones, y al 50% en ingresos entre 500.000 dólares y 5 millones ha generado un debate considerable. Algunos progresistas han calificado esta medida de quimera, como Andrew Leonard, columnista de Salon, que ha afirmado: “Un tipo impositivo del 70% destinado a los norteamericanos más ricos es pura fantasía, e incluso me atrevo a sugerir que esta propuesta refleja una desconexión tan esencial con el mundo tal como es hoy día que sería difícil de entender que se pudiera tomar en serio. Me preocuparía profundamente por la cordura de un presidente demócrata que propusiera algo así”.
¿“Fantasía”? No sé cuál es la edad de Leonard, pero quizá esto pueda disculparle de no recordar que, entre los últimos años de la década de 1940 y 1980, el tipo marginal más alto fue de un 70% de media. Bajo la presidencia del republicano Dwight D. Eisenhower estuvo en el 91%, y no fue hasta la década de 1980 cuando Ronald Reagan lo redujo drásticamente hasta un 28%. (Por cierto, muchos consideraron una “fantasía” la propia medida de Reagan hasta que esta fue propuesta). A lo largo de esos años, los ingresos brutos estuvieron mucho menos concentrados en la parte más alta a como se encuentran ahora. A mediados de los setenta, por ejemplo, el 1% más rico acumulaba alrededor del 9% de los ingresos totales. En 2007, acaparaba el 23,5%. En todo caso, el argumento de un tipo marginal más elevado podría ser más realista ahora que cuando se daba por descontado.
¿“Una desconexión tan esencial con el mundo tal como es hoy día”? Este es exactamente el motivo por el que propongo esta medida. Durante años, los progresistas se han quejado del compromiso de los presidentes demócratas (Clinton y después Obama) con los republicanos, mientras que los presidentes republicanos (de Reagan a George W. Bush) se han mantenido en sus trece, con el resultado de que el centro del debate político ha estado escorándose sin parar hacia la derecha. Esta es la razón de que el mundo sea como es. ¿Acaso no ha llegado la hora de que los progresistas tengan el coraje de ir a por lo que creemos, con la esperanza de devolver el debate a donde había estado?
¿Podría estar loco “un presidente demócrata que propusiera algo así”? En absoluto. De hecho, las urnas muestran el enfado de un sector creciente del electorado con un establishment –en Wall Street, los despachos de las corporaciones y en Washington– que ha estado barriendo para casa a expensas del gasto público. El Tea Party no es sino la manifestación de la amplia percepción de que el juego está amañado en favor de los ricos y poderosos. Y lo que es más importante: pronto se hará evidente para la mayoría que la única forma de reducir el déficit presupuestario, mantener los programas que la clase media considera esenciales y no elevar los impuestos a la clase media, será gravando a los de arriba.
Durante los últimos 30 años, los republicanos han hecho un trabajo magistral para convencer a la sociedad de que cualquier incremento dirigido a las clases altas equivale a una subida de impuestos para todos, vendiendo la teoría de la cascada de la riqueza desde las capas sociales más altas a las más bajas y la patente mentira de que la mayoría de las personas de clase media podrían, eventualmente, convertirse en millonarias. Un presidente demócrata haría bien en refutar estas falsedades proponiendo unos tipos verdaderamente progresivos.
¿“Lo rechazarían los ricos”? Otras críticas a mi propuesta señalan que es imposible establecer impuestos verdaderamente progresivos porque los ricos siempre encontrarán formas de evitar sus impuestos gracias al trabajo de sus inteligentes contables y abogados tributarios. Pero este argumento va demasiado lejos. Independientemente de dónde se fije el tipo marginal más alto, los ricos siempre intentarán pagar menos. Durante la década de 1950, cuando su tipo estaba en el 91%, se aprovecharon de lagunas jurídicas y deducciones que, en la práctica, redujeron el tipo efectivo entre un 50 y un 60%, e incluso este es considerablemente alto para los estándares actuales. La lección que se debe extraer de ello es que el Gobierno debe reclamar por lo alto, dando por hecho que los contables bien retribuidos conseguirán reducir de todas maneras lo que deban pagar los ricos.
Algunas críticas muestran la inquietud de que, si el tipo marginal se elevara demasiado, los más ricos, simplemente, moverían su dinero hacia otra jurisdicción más hospitalaria, lo que es bastante probable y, de hecho, ya ha sucedido en algunos casos. Pero pagar los impuestos es una obligación fundamental de todo ciudadano, y aquellos que saquen su dinero de EEUU con el objetivo de evitar los impuestos deberían perder la ciudadanía norteamericana.
Finalmente, hay algunos que dicen que mi propuesta lleva las de perder porque los ricos ostentan demasiado poder político. Es cierto que, así como los ingresos y la riqueza se han movido hacia las capas más altas de la sociedad, la influencia política se ha elevado hacia lo más alto también. Pero sucumbir al cinismo y pensar que es imposible un cambio progresivo debido al poder de los de arriba es dar la batalla por perdida antes de que ni siquiera haya empezado. ¿Acaso de esto no tenemos ya suficiente?

Robert Reich es ex secretario de Trabajo de EEUU. Catedrático de Políticas Públicas en la Universidad de Berkeley

http://robertreich.blogspot.com

Traducción de Lucía Álvarez

Ilustración de Diego Mir