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Dominio público

Opinión a fondo

El acertijo del asesino en la puerta

12 feb 2012
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Umberto Eco
Escritor y filósofo italiano experto en Semiótica
Ilustración de Federico Yankelevich

Hace no mucho tiempo, siguiendo las huellas de Jonathan Swift y su panfleto The Art of Political Lying, publicado en 1712, escribí acerca de los grandes mentirosos y mencioné la vieja disputa entre moderados y rigoristas. Los primeros conceden que, en última instancia, es aceptable decir algunas mentiras (por ejemplo, en aras de la diplomacia o la cortesía), en tanto que el segundo grupo siempre ha mantenido que no se debe mentir: ni siquiera para salvar la vida de una persona.

El clásico acertijo del “asesino en la puerta” fue planteado por San Agustín, quien era un rigorista: un pobre hombre busca refugio en tu casa, y tú accedes a ocultarlo en tu hogar. Al cabo de un rato el asesino llega y pregunta acerca del paradero del hombre que está buscando. ¿Qué es lo que haces? El sentido común nos dice que debemos mentir y decirle al asesino que ignoramos el paradero del otro hombre, o que lo vimos encaminarse hacia otra parte. Pero el rigorista te dirá que, dado que no debemos mentir bajo ninguna circunstancia, debes confesar al asesino que el hombre está oculto en tu propia casa.

Naturalmente, con el tiempo han cambiado las convenciones al respecto, y este acertijo parece menos severo hoy en día: una persona puede simplemente abstenerse de dar la información al asesino, sin mentir abiertamente. No obstante, en general los rigoristas nunca han abandonado su completa oposición a mentir.

Esto nos lleva a Immanuel Kant, uno de los más renombrados defensores de la posición rigorista. Kant, quisiera señalar, fue también una de las grandes mentes en la historia de la filosofía. Pero en ocasiones emitía declaraciones que, como Homero, nos dejan desconcertados todavía hoy en día. Una de las más conocidas fue su condena de la música como una forma inferior de arte, en The Critique of Judgement (1790). Según escribió entonces, la música no es más que un arte “agradable” porque “sólo juega con las sensaciones” –a diferencia de las artes “formativas”, como la pintura, la escultura y la arquitectura, que dejan una “impresión más duradera”–. También señaló que la música altera a aquellos que no desean escucharla: la comparó con el pañuelo perfumado que los hombres acostumbraban llevar en los bolsillos y sacaban de vez en cuando, forzando a otros a inhalar involuntariamente su aroma.

Sin embargo, en el tema del asesino que pregunta si el hombre que pretende convertir en su víctima está en tu casa, Kant ofreció un argumento extraordinario. En en ese ensayo titulado On a Supposed Right to Lie From Altruistic Motives (1797), escribió: “Si por decir una mentira has prevenido un asesinato, te has hecho legalmente responsable de todas las consecuencias; pero si te has atenido rigurosamente a la verdad, la justicia no puede castigarte en modo alguno, cualesquiera que sean las consecuencias imprevistas. Después de contestar honestamente la pregunta del asesino acerca de si su víctima potencial está en casa, puede suceder que esta haya huido de la casa para no toparse con el asesino, y en consecuencia el asesinato no se comete. Pero si hubieras mentido y dicho que no estaba en casa cuando realmente se había escapado sin que tú lo supieras, y si el asesino se lo hubiera encontrado al salir y lo hubiera matado, tú podrías ser acusado justamente de su muerte. Porque si hubieras dicho la verdad tal como la conocías, quizá el asesino hubiera sido aprehendido por los vecinos mientras buscaba en la casa y, en consecuencia, el crimen se hubiera prevenido. Por tanto, quien diga una mentira, por más bien intencionada que esta pueda ser, debe responder por las consecuencias, por más imprevisibles que estas sean, y cumplir la condena por ellas incluso ante un tribunal civil”.

Espero que el bueno de Kant nunca haya sido castigado por mentir debido a “motivos altruistas”. En cuanto a su fe en esos hipotéticos vecinos, si tuvieran el mismo valor que Kant, entonces la víctima potencial estaría condenada.
¿Por qué estoy narrando nuevamente esta historia, que hubiera sido generoso (para el legado de Kant) olvidar? Siempre me siento fascinado por la estupidez, pero cuando expresiones de estupidez aparecen en los escritos de hombres verdaderamente grandes, es como ser sacudido por una visión redentora: el hecho de que incluso los genios pueden decir tonterías es una fuente de gran consuelo.

La voz del pueblo

31 dic 2011
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Umberto Eco
Escritor y filósofo italiano experto en Semiótica
Ilustración de Federico Yankelevich

De vez en cuando leo en los diarios acerca del buen trabajo que desempeña David Letterman como anfitrión de programas de debate o charla en Estados Unidos –tan bueno, de hecho, que el Late Show with David Letterman ahora puede ser visto en todo el mundo, incluso en Italia–. Es evidente que estos periodistas tan fascinados con Letterman nunca vieron la personalidad fantástica que era Johnny Carson, en su programa de noche (un presentador que, creo yo, fue la inspiración para Maurizio Costanzo, anfitrión del primer programa italiano de debates). Carson fue anfitrón de The Tonight Show en la NBC de 1962 a 1992: era un gran programa, rebosante de ironía y sofisticación: comparado con Carson, Letterman parece rutinario y acartonado en su actuación.

La última vez que vi su programa, Letterman estaba hablando con un invitado acerca de la crisis en Oriente Medio y pidió al hombre que le explicara por qué –salvo las insurrecciones recientes de la Primavera Árabe– los pueblos árabes aceptan la vida bajo dictadores o jeques que se enriquecen con las reservas locales de crudo mientras oprimen económica y políticamente a sus pueblos.

¿A qué se debe, preguntó Letterman, que esos pueblos acepten tal destino? Después de todo, allá en 1620, los Padres Peregrinos sintieron que sus derechos de puritanos estaban siendo oprimidos en Inglaterra, de forma que equiparon el Mayflower
y emigraron a América, estableciendo en Nueva Inglaterra el primer núcleo de un país democrático.
El entrevistado pareció tan aturdido por la pregunta que tuvo problemas hasta para dar la más obvia de las respuestas: que había relativamente pocos Peregrinos (creo que eran 102) y que tenían a su disposición un continente que estaba casi vacío, en tanto que hay mil millones de musulmanes en el mundo actualmente, y los que están oprimidos pueden, en el mejor de los casos, emigrar sólo a países y ciudades densamente poblados que no están en condiciones de recibir tales cantidades de refugiados.

Yo hubiera añadido que los Padres Peregrinos eran un grupo bastante sofisticado de personas que provenían de Inglaterra, donde, desde hacía algún tiempo, ya había existido una noción de los derechos políticos de los ciudadanos. ¿Cómo puede ser realista pensar que el mismo destino espera a las enormes poblaciones de árabes emigrantes hoy en día? No tienen idea de adónde pueden ir –y, lejos de contar con un Mayflower, lo más que pueden esperar es ponerse en manos de marineros traficantes sin escrúpulos–. Es más, no están en conflicto con sus creencias religiosas, ni tienen la menor idea de lo que es una democracia al estilo occidental.

Al escuchar la entrevista de Letterman, me quedé boquiabierto. ¿Puede acaso este personaje tan famoso, cuyas entrevistas tienen el potencial de ayudar a la gente a obtener alguna comprensión del mundo en el que vivimos, realmente tener ideas tan infantiles acerca de lo que ocurre más allá de las fronteras de Estados Unidos?
No obstante, Letterman estaba expresando una actitud mental común entre los estadounidenses –no entre sus intelectuales, sino entre esas masas inmensas que habitan en el centro del país–, donde los diarios locales informan extensamente acerca de una becerra nacida con dos cabezas, mientras hacen una vaga cobertura sobre el resto del planeta. Lugares donde The New York Times no se entrega, o sólo se encuentra en unos cuantos lugares de alto nivel y al doble de su precio normal. Lugares donde, hace años, las llamadas de larga distancia e internacionales sólo podían hacerse a través de una operadora. Lugares donde, cuando alguien pidió una vez a una joven operadora que lo comunicara con un número de teléfono en Roma, se le preguntó con qué Roma deseaba hablar –porque hay una en Georgia, una en Nueva York, una en Indiana y una en Tennessee, por no mencionar otras que no puedo recordar–. Al descubrir que había también una Roma en Italia, la operadora sólo pudo expresar su total asombro.
Hace unos años, en una conferencia en Florencia, una persona que trabajaba en el Pentágono o en la Casa Blanca (no recuerdo cuál), después de haber disfrutado de una excelente cena de pescado, fue informada de que el pescado venía del Mediterráneo, y procedió a preguntar si el Mediterráneo era un mar salado.

A veces me pregunto cómo los políticos estadounidenses promedio (quienes ocasionalmente llegan tan alto en sus carre-
ras como George W. Bush) pueden cometer tantos errores con respecto a Europa, África y Asia. Quizá simplemente debamos preguntarle a Letterman.