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Dominio público

Opinión a fondo

Perdón y convivencia

09 dic 2011
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Vicenç Fisas
Director de la Escola de Cultura de Pau de la Universitat Autònoma de Barcelona
Ilustración de Jordi Duró

El fin de la actividad armada de ETA nos plantea una serie de dilemas de naturaleza moral, social y política, que ya son objeto de un intenso e inevitable debate, que no hay que evitar sino asumir. Y asumirlo con la certeza de que nadie tiene la fórmula mágica que disipe los dilemas, porque es imposible contentar a través de la imposición, y es difícil apaciguar los rencores a través de la simple política institucional. Nos movemos, además, en dos terrenos simultáneos, el personal y el colectivo, que requieren de tratamientos diferenciados y, para complicar aún más las cosas, no podemos partir de una única narración que nos permita aplicar remedios lineales. No hay más opción, así, que aceptar una pluralidad de propuestas y opciones y apelar a la humanidad de los individuos para encarar los dilemas que plantea la superación de los odios y la práctica opcional del perdón.

El conflicto vasco ha acumulado diferentes narrativas. La más contundente es la de las numerosas víctimas de ETA, porque ninguna otra narrativa se puede equiparar a la pérdida de la vida por medio del asesinato. No hay que olvidar tampoco a las otras personas asesinadas por los GAL, con la responsabilidad añadida de que fueron fabricadas desde las cloacas del Estado. Han existido víctimas no mortales, resultado de atentados, de la extorsión económica, de las amenazas, del exilio forzado, de torturas o la demonización y persecución hacia lo abertzale, incluidos sectores no violentos que han sido encarcelados. La lista de víctimas es más extensa, porque el conflicto ha durado décadas y ha enfrentado a diversos sectores sociales y políticos, fracturando la comunidad en sectores aparentemente irreconciliables.

El fin de ETA, no obstante, es una oportunidad para repensar el pasado, o mejor dicho los pasados de cada cual, pensar en cómo encaramos el presente y, por encima de todo, cómo construimos un futuro menos tenso. Hay que recuperar la esencia del diálogo frente a tantos años de incomunicación, de la tolerancia frente a la intransigencia, del respeto hacia quienes aceptan ya el juego democrático, para construir una convivencia entre diferentes, pero que ya no estarán condicionados por la existencia de ETA.

Desde esta base comunicativa es desde donde será posible pedir responsabilidades, escuchar las narrativas del otro y plantearse, individualmente, la opción del perdón, como acción suprema de humanidad. Veremos episodios, también individuales, de etarras o de personas que justificaron la violencia, que se están replanteando lo que han hecho, acercándose a las víctimas en busca del perdón. Es probable también que algunos líderes de la izquierda abertzale hagan una reflexión sobre su pasado con la violencia, aunque repito que quedan exentos de este ejercicio reparador los miembros de la izquierda abertzale que siempre han rechazado la violencia. Hay quien no pedirá perdón y hay quien no perdonará, inevitablemente, pero ello no ha de ser obstáculo para que se incentive el encuentro entre personas y colectivos que han estado separados y se acerque a los que han estado distantes. Lo que no cabe esperar es que ETA, como organización, pida perdón por su pasado, porque ningún grupo armado reniega de su narrativa histórica. No hay excepciones a eso.

Hace diez años, en un ejercicio que coordiné con los grupos parlamentarios vascos, del PP a Batasuna, todos estaban de acuerdo en no legar a las generaciones futuras el sufrimiento que había provocado el conflicto. Se trata básicamente de lograr eso. No es cuestión de señalar al más malo de la historia, ni de recriminar perpetuamente lo que los otros han hecho mal, sino de aceptar un presente en el que quepan todos y en el que puedan defender sus proyectos con libertad y, ahora sí, sin la coacción de ETA. Ni siquiera hará falta condenar el terrorismo, porque ya no existe. De este modo, desde la aceptación de la nueva realidad, será un tremendo error que el PP ningunee o demonice a Amaiur, que es una fuerza política y social de primer orden en el escenario vasco. No hay más opción que convivir con esta representación política y respetarla en la medida que representa a un sector significativo de la sociedad vasca.

Colectivamente, hay mucho camino por recorrer. El horizonte donde llegar es el de la reconciliación, entendido como el espacio dinámico en el que se encuentran la verdad, la justicia, la misericordia y la paz, cuatro vectores que se interpelan entre sí, y que mediante este ejercicio de interpelación se construye el camino que facilita el perdón y la convivencia. Un camino lleno de espinas, doloroso, inquisitivo pero reparador, que ha de permitir lo más urgente: no legar el odio a las futuras generaciones, que han de tener el derecho de vivir en paz sin el peso de una historia marcada por las violencias. Nuestros hijos e hijas han de poder vivir bajo el paraguas de la cultura de la paz, y los que han transitado desde diferentes orillas por la cultura de la violencia o del odio tienen la opción de la superación, pero la obligación de no transmitir el resentimiento hacia quienes han de tener como herencia una historia compartida y escrita a varias voces. Porque de lo que se trata, en definitiva, es de construir una comunidad de creyentes de un proyecto compartido que supere el desencuentro histórico entre narraciones diferenciadas.

Sobre la conferencia de paz

19 oct 2011
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Vicenç Fisas

Director de la Escola de Cultura de Pau de la Universitat Autònoma de Barcelona

Ilustración de Javier Olivares

Enorme ha sido la expectativa creada por la celebración el pasado lunes de una Conferencia Internacional de Paz para el País Vasco, con la presencia de personalidades extranjeras, de la que ha sobresalido la figura del exsecretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan. Ya antes de celebrarse se produjo un debate sobre su oportunidad y sobre la presencia o ausencia de los principales partidos políticos. Al PSOE le daba angustia, al PP le provocaba rechazo, pero a los socialistas vascos les suponía una franca incomodidad y un dilema: no asistir era perder una oportunidad de estar en el debate. Me interesa, no obstante, analizar lo que ha salido de la Conferencia, pues los participantes han firmado un documento en el que hay algunas sorpresas.
En el prólogo, los firmantes se arrogan el papel de personas con experiencia en resolver largos conflictos, aspecto que luego enfatizan para ponerse a disposición de lo que haga falta. Y la primera cuestión que planteo es si en el momento actual, no hace cinco o diez años, era necesario acudir a la figura de facilitadores externos. En mi opinión no hacía falta, pues estamos en un momento en el que los acontecimientos que han de venir son pocos, pero claros: el anuncio de ETA de que deja la lucha armada, y un probable anuncio de que está dispuesta a entregar las armas a una Comisión Internacional. Esta Comisión no haría de mediadora del conflicto, porque ya estaría resuelto, sino que se encargaría de dar fe de que las armas han sido localizadas y posteriormente recogidas, y ojalá que luego destruidas. No estamos por tanto en una etapa de la historia del conflicto en que haga falta la figura del mediador o facilitador, por la sencilla razón de que no hay de por medio una negociación. El Gobierno no está negociando con ETA y no necesita, por tanto, intermediarios. Así que cualquier ofrecimiento en este sentido es sencillamente innecesario.
Esa sensación de que los participantes en la Conferencia se situaban ante un conflicto que, estando en fase terminal, para ellos no parecía estarlo, se desprende de la afirmación suya de que “la paz viene cuando el poder de la reconciliación pesa más que los hábitos del odio”, o de que “se requiere valentía, voluntad de tomar riesgos, compromisos profundos y generosidad y visión de hombre de Estado”. Esa es la recomendación que habría hecho yo a Zapatero en 2005, cuando el presidente se planteó el inicio de una negociación con ETA. Pero en el día de hoy, tal como han avanzado las cosas y en donde lo único que se espera es el comunicado final de ETA, estas recomendaciones me parecen fuera de contexto, porque el único riesgo que ha de tomar el Gobierno español, el actual o el futuro, es el de cómo gestionar el tema de los presos de ETA, pues algunos de ellos tendrán que salir de las cárceles, además de Arnaldo Otegi y Rafa Díez, los líderes de la izquierda abertzale que han promovido la conversión del independentismo a la no violencia.
En cualquier caso, el punto importante de la Declaración de Donostia es el primero, que hace una petición a ETA para que haga una declaración pública de cese definitivo de la actividad armada. Eso es lo más importante y está por encima de cualquier otra consideración. Las personalidades internacionales convocadas le piden a ETA el fin de la violencia, el cierre de la persiana, y sin tapujos, de forma nítida. Añade, eso sí, un párrafo en el que invita a los gobiernos de España y Francia a que traten con ETA las “consecuencias del conflicto”, una forma mal expresada de decir que habrá que tratar el tema de los presos y de la entrega de las armas. En un tercer punto, los firmantes instan a que se den “pasos profundos para avanzar en la reconciliación, y en reconocer, compensar y asistir a todas las víctimas”, lo que ha generado un inevitable malestar entre muchas víctimas de ETA, a las que le cuesta asumir el lenguaje de que ha habido “otras violencias” y “otras víctimas”. La reconciliación no será tarea fácil, pero es inevitable encararla y pensar que con el transcurso del tiempo muchas cosas se normalizarán, y el que no exista la amenaza de la violencia y de coacciones ayudará mucho a conseguirlo.
Tengo serias dudas, y no ha dejado de sorprenderme, respecto al cuarto punto de la declaración, que invita a los sectores no violentos y representantes políticos a discutir cuestiones políticas, es decir, el futuro político del País Vasco. Es un llamamiento a revitalizar la mesa de partidos propuesta hace unos años, cuando no existía Bildu, pero que ahora me parece desfasado. Es más, no hay que descartar que un día se apruebe Sortu y que esta formación esté en el Parlamento Vasco, que es el sitio natural desde donde hay que hacer los debates sobre el futuro político de Euskadi. Es como si a los participantes de la Conferencia no se les hubiera puesto al día de la situación. Extraño, por lo menos. En este cuarto punto, los firmantes vuelven a ofrecerse como observadores o facilitadores de este proceso, cuando opino que las fuerzas políticas vascas se bastan por ellas solas para avanzar en el diálogo. Finalmente, se propone un comité de seguimiento de las recomendaciones, apoyando de nuevo la figura de veedor externo de un proceso que perfectamente puede gestionarse desde dentro, en clave interna.

Otegi y la paz en el País Vasco

17 sep 2011
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Vicenç Fisas

Autor del ‘Anuario 2011 de procesos de paz’ y director de la Escuela de Cultura de Paz (UAB)

Ilustración de Enric Jardí

A pesar de su extrema debilidad, ETA podría continuar existiendo unos cuantos años más, e incluso desdecirse del alto el fuego y volver a los atentados. Para que ello no suceda, y para que sea factible su autodisolución, es preciso que en el País Vasco haya un proyecto político de la izquierda abertzale que pueda expresarse con absoluta normalidad en las instituciones. Ahora es Bildu, pero lo esperable es que fuera Sortu, sucesora de Batasuna, hoy ilegalizada. Parece incluso que ETA ha puesto como condición para su desaparición que Sortu sea legalizada y que pueda darse un trato de favorabilidad a sus presos. Nada del otro mundo, al menos si miramos cómo finalizan su actividad los grupos armados que hay en el mundo. Es a través de una negociación y de un intercambio.
En el caso de ETA, no se piden contraprestaciones de fondo, como la independencia o el socialismo, sino de forma: participación política de la izquierda abertzale. Una izquierda que ha evolucionado en estos últimos años, y que ha pasado de ser el brazo político de ETA a ser algo independiente de esta organización. Es más, hablamos de una izquierda abertzale que ha renunciado a la lucha armada y a la violencia de cualquier tipo, y en cambio ha asumido los postulados de la no violencia y de la lucha democrática institucional. Y en ese cambio hay nombres y apellidos: Arnaldo Otegi, Rafa Díez y Rufi Echevarría, que han protagonizado y liderado el proceso de cambio, con firmeza y convicción.
En un contexto político normal, a estos personajes se les reconocería el mérito del cambio, personal y colectivo, y se les facilitaría liderar la nueva etapa en la que ETA desaparecerá definitivamente del escenario, para bien de todos, pero también para la izquierda abertzale, ya que ETA es actualmente su principal obstáculo y una losa de la que sólo espera desprenderse. Y ETA lo sabe. Sin respaldo social y acosada policialmente, no tiene más salida que su autodisolución. Pero hay que allanarle el camino, y no actuar en contravía. Condenar a Otegi a diez años de prisión va en la dirección contraria, y es una muestra de la extrema miopía del sistema judicial, convertido en auténtico saboteador del proceso de paz en el País Vasco. Desde hace años me dedico a seguir y comparar los procesos de paz que hay en el mundo, y es difícil encontrar tanta torpeza como en España, que quiere acabar con ETA pero no entiende que ello no es posible sin dar espacio político al independentismo vasco, repito que desde parámetros democráticos y de respeto, no de coacción o amenaza.
Hay quienes se asientan en el pasado de algunas personas, sin reconocerles su evolución, y menos sin calibrar el papel que pueden jugar para futuros tiempos de reconciliación. Otegi protagonizó hace años unos primeros acercamientos con el Partido Socialista de Euskadi, en busca de caminos que pudieran llevar la paz a Euskadi. Después vino la propuesta Anoeta, muy sensata, en la que se invitaba al Estado a tratar con ETA el tema de las armas y los presos, y se dejaba otro espacio para que de forma normalizada los actores políticos trataran temas de política, sin interferencia de ETA. Eso ocurrió en noviembre de 2004, y fue Otegi quien lo planteó, como avanzadilla de nuevas propuestas en años sucesivos que le llevaron al desmarque total de la violencia como instrumento de lucha. La pregunta es obvia: a quien ha seguido esta trayectoria, ¿hay que condenarle a prisión o, más bien, dejarle en libertad para que protagonice las últimas etapas de la política vasca que nos llevarán al final definitivo de ETA?
En Filipinas, el Gobierno lucha diariamente con dos guerrillas, el MILF y el NPA, que no han decretado ningún alto el fuego, pero eso no es obstáculo para que esté negociando con ambas, con la mediación de Malasia y de Noruega, respectivamente. Y hay posibilidades de que logren un acuerdo de paz. Aquí tenemos un alto el fuego permanente, y parece que no importa, que da igual, que es una situación intrascendente. Pero es una oportunidad, es el momento en el que hay que aprovechar el silencio de las armas para acertar con la estrategia de pacificación definitiva del País Vasco, que pasa inevitablemente por dar espacio a todas las expresiones políticas y a todos los proyectos, siempre y cuando se hagan sin violencia. Y esta es la apuesta y el compromiso de la izquierda abertzale de la actualidad, diferente por supuesto a la del pasado y a aquellos durísimos tiempos de la “socialización del sufrimiento”.
Hoy la apuesta está en socializar la esperanza, en construir el futuro y en erradicar por completo cualquier signo de violencia. ETA es ya cosa del pasado, y sólo queda esperar que decida autodisolverse. Pero ese momento estará más cercano o más lejano en función de si prima el sentido común de los políticos profesionales y del sistema judicial. Falta una política de Estado que favorezca el final de la historia de la violencia, pero que permita el inicio de una nueva etapa en la que la izquierda independentista tenga opciones de hacer política, desde las instituciones, de forma normalizada. Hay quien teme ese escenario, visto el poder de convocatoria de Bildu y el potencial esperado de Sortu. Pero es la realidad, y sobre esa realidad es que habrá que construir la paz, esa paz que hemos esperado durante tantos años y que algunas instancias están empeñadas en torpedear.

La prevención de la violencia

19 ago 2011
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Vicenç Fisas
Director de la Escuela de Cultura de Paz de la Universitat Autònoma de Barcelona
Ilustración por Alberto Aragón

 

Según un informe publicado recientemente por Naciones Unidas, más de diez millones de personas del Cuerno de África se están viendo afectadas por la peor sequía en 60 años, lo que está causando una grave crisis alimentaria en grandes áreas de Somalia, Etiopía, Yibuti y Kenia. La situación afecta en especial a Somalia, un Estado fallido en situación de conflicto armado, lo que provoca el desplazamiento de miles de personas hacia Kenia, país en el que el precio del grano se ha incrementado en porcentajes intolerables, colocando en una situación límite a muchas familias pobres.
Esta noticia es clásica de una situación de crisis que combina elementos naturales (sequía), estructurales (países sin un Estado que funcione correctamente) y humanos (conflicto armado). Es la peor combinación posible, porque sólo permite remedios paliativos, pero no definitivos. Ante la crisis, el Programa Mundial de Alimentos (PAM) puede activar sus mecanismos de alerta, aunque hay que advertir que lamentablemente este organismo tan vital se encuentra igualmente con una falta de recursos económicos que afecta a su operatividad, concretamente en Somalia. Puede que haya que activar ahora la red mundial de donación de alimentos impulsada por España y Brasil, por la que uno aporta excedentes y el otro los reparte. Pero a pesar de estas medidas, un país como Somalia quedará expuesto a futuras calamidades por la existencia de un conflicto armado y de problemas internos que impiden construir un Estado con capacidad de atender a su población en lo más básico. Mientras no haya solución política al conflicto no habrá capacidad preventiva interna, que es una distinción de los países con una buena gobernanza.
Las revueltas en el mundo árabe de estos últimos meses han sido también un toque de humildad para los centros de alerta y para las diplomacias preventivas. Nadie previó lo que iba a suceder, y nadie imaginaba que los acontecimientos derivarían en tan pocas semanas en cambios de régimen en Túnez y Egipto. A lo más que se ha llegado es a hacer especulaciones sobre hasta dónde llegarían las crisis de otros países con revueltas populares, como en Yemen, o sobre si las reformas impulsadas en algunos países, como Marruecos, serían suficientes para calmar los ánimos e iniciar nuevas dinámicas políticas y socioeconómicas que permitan iniciar “transiciones”. Ahí sí que se vislumbra un amplio campo de acciones preventivas para mejorar en primera instancia la calidad democrática de muchos países y, de paso, sentar las bases para un desarrollo humano de dichas sociedades. En este sentido, y apelando a la teoría elemental de los conflictos, tenemos que recordar que la conflictividad subyacente en estos países, lejos de ser motivo de temores, ha de ser el motor de los cambios que necesitan. El conflicto es bueno por naturaleza si no va acompañado por violencia, por lo que todo el arte de la prevención de conflictos reside en cómo estimular cambios en los statu quo indeseables sin que haga acto de presencia la violencia física y destructiva. En otras palabras, la prevención de conflictos no es para mantener situaciones de injusticia o de mal desarrollo, sino para producir alteraciones del orden en procura de situaciones más beneficiosas. Para decirlo en términos actuales, la prevención de conflictos no puede estar desligada de la “indignación” de aquellos colectivos, en multitud de países, que sufren atentados a su dignidad. Por el contrario, debería ser el catalizador de cambios estructurales que vayan a la raíz de las desigualdades y que alienten la democracia participativa, el respeto por los derechos humanos y el pleno ejercicio de la libertad.
En realidad, más que hablar de prevención de conflictos de lo que debería hablarse es de prevención de la violencia en los conflictos. En todo caso, no puede tolerarse por más tiempo que las políticas de prevención de conflictos sean un acopio de frustraciones sobre lo que podría y debería hacerse y no se hace. Tenemos suficientes mecanismos de alerta en el planeta para estar informados sobre lo que se avecina. Organismos como International Crisis Group y su informe mensual Crisis Watch nos alertan de los países que entran en crisis. Los informes mensuales de la Escola de Cultura de Pau (www.escolapau.org) muestran igualmente las situaciones de empeoramiento que requieren de actuaciones nacionales, regionales o internacionales sobre contextos económicos, políticos o sociales que están en niveles delicados y que, de no intervenir, cruzarán los umbrales de violencia no deseable. Naciones Unidas dispone de redes informativas como Reliefweb (www.reliefweb.org) que conectan a ONG, agencias de información y organismos del sistema de Naciones Unidas, para estar al corriente, en tiempo real, de cuanto sucede en el mundo. Si falla algo, no son los sistemas de alerta temprana, sino los de respuesta inmediata y eficiente, sea por falta de recursos económicos o, la mayor parte de los casos, por ausencia de una voluntad política real, que no es otra cosa que el resultado de falta de humanidad. Desgraciadamente, la mayor parte de las veces no nos sentimos interpelados por lo que ocurre en otras latitudes, a menos que se produzca un efecto mediático especial. Cambiar esa realidad es el reto que tenemos enfrente y lo que puede convertir la prevención de la violencia en los conflictos en un instrumento de dignificación y cambio.

El malestar de la guerra

30 mar 2011
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VICENÇ FISAS

 

 

La intervención de una coalición militar en Libia para frenar el avance de las tropas de Gadafi hacia el este del país ha provocado un lógico debate entre partidarios y detractores de tal intervención. Los argumentos de unos y otros ya han sido señalados con creces, y yo personalmente y con reservas me he decantado por la intervención, como mal menor. Pero eso no me evita reconocer los riesgos de una guerra y el malestar que genera en la conciencia de la mayoría de los ciudadanos, una inquietud que no sólo viene derivada de ignorar cómo se decantarán los acontecimientos, sino también por las lógicas perversas por las que se mueve cualquier guerra.
La guerra es un fenómeno social, un instrumento humano inventado inicialmente para conquistar y después para repeler ataques. Funciona como un sistema, con una estructura propia, con unos códigos y con unas instituciones encargadas de llevarla a cabo. No se improvisa, sino que se prepara con antelación, se enseña en las academias, se entrena a quienes han de intervenir en ella, y tiene como misión anular al enemigo, normalmente por su destrucción.

En el mundo contemporáneo, y debido a la tecnología armamentista que se usa, es casi
inevitable causar daño a civiles. Una de las partes en contienda, además, como Gadafi en este caso, se ensaña especialmente sobre los civiles, no dudando en arrasar a las ciudades que conquista o que debe abandonar en la retirada. Se destruyen infraestructuras vitales para el normal funcionamiento del país y se apela a fidelidades primarias para arengar a las tropas en comportamientos inhumanos. La guerra es de por sí inhumana, porque quita vidas y pone en marcha los comportamientos más irracionales de que es capaz el ser humano; sólo así se mata sin piedad y con ceguera, y los soldados son instruidos para comportarse de tal modo.
Los códigos de conducta que rigen la vida civil desaparecen en tiempos de guerra, donde imperan el odio, el deseo de venganza y la brutalidad más estricta. Los derechos humanos simplemente son olvidados, porque rige un código de comportamiento absolutamente contrario al del cuidado, la dignidad, la precaución y la vida.

Lo contrario a la guerra es la diplomacia y el arte de negociar. Es el reverso como forma de regular los conflictos. Se dice que la guerra es la continuación de la política por otros medios, pero en realidad es el fracaso de la política. En el mundo no hemos construido todavía una arquitectura diplomática lo suficientemente disuasiva como alternativa a la guerra. Ahí está el problema. Continuamos anclados en un viejo sistema de estados-nación con ejércitos propios, montados en una espiral armamentista que engulle más de 4.000 millones de dólares diarios, los que precisamente necesitaríamos para combatir la pobreza extrema, el hambre, el analfabetismo o la falta de vivienda digna. Y, sin embargo, eso no siempre ha de ser así. Es posible un mundo organizado con otras prioridades, donde por ejemplo no haya dictadores a los que se les venden armas impunemente o se les compra su petróleo. Luego lo lamentamos, pero tarde y mal. El futuro es el de un mundo sin ejércitos nacionales, y en todo caso con unas fuerzas disuasivas en manos de Naciones Unidas. Sin embargo, no hay movimientos en esta dirección, pues el “sistema-guerra” está todavía muy anclado en las doctrinas de la seguridad. Falta un cambio de mentalidad, que puede venir por la constatación de que vivimos en un mundo con cada vez menos guerras (Libia es la excepción). Es un dato empírico, como lo es que la mayor parte de los conflictos armados acaban en una mesa de negociación. Libia podría no ser en este caso la excepción. Lo cierto es que Gadafi actuó muy rápido en su ofensiva militar, dejando de lado cualquier espacio para la negociación. No tuvo el menor interés en ella, de ahí que se optara por el recurso a la fuerza para frenarle. La pregunta es ahora si, con menos tanques y sin aviación, ¿se avendrá Gadafi a algún tipo de negociación? Pero mientras, parece que habrá que disuadirlo de no realizar más ataques. No vaya a ocurrir como cuando Serbia atacó Dubrovnic desde el mar, y nadie hizo nada para impedirlo. Hubiera bastado con que las fragatas de la OTAN se hubieran interpuesto, sin disparar un solo tiro. Y no hace falta ser atlantista para eso. Simplemente, la OTAN existe, y mientras exista, que sea útil para algo. Eso no ha de impedir que pensemos en cómo construir un sistema nuevo en el que la guerra no tenga espacio. Porque no basta con maldecir la guerra: hay que diseñar una alternativa eficaz al recurso de la violencia, de alcance universal, institucional y popular a la vez, con carácter preventivo y basado en el respeto a los derechos humanos.

La incertidumbre sobre el futuro de Libia procede precisamente del carácter belicoso de los acontecimientos (la ofensiva de Gadafi y la contraofensiva de los insurgentes). Nada que ver con los alzamientos no violentos de Túnez, Egipto, Yemen, Djibouti, Marruecos, Siria o Bahrein, donde a pesar de la represión ocasional, ha sido la fuerza y la constancia de la gente al ocupar las calles lo que ha dado pleno sentido a la revuelta. ¿No será que sólo tienen futuro las revueltas en las que el planteamiento popular es el de las manifestaciones pacíficas y no violentas?

Vicenç Fisas es director de la Escuela de Cultura de Paz de la Universitat Autònoma de Barcelona

Ilustración de Miguel Ordoñez

Llegó la hora en Euskadi

04 oct 2010
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VICENÇ FISAS

Dos semanas después de su declaración de confirmación del cese de operaciones ofensivas, ETA hizo público un nuevo comunicado, dirigido esta vez a la comunidad internacional en general y a los firmantes de la Declaración de Bruselas en particular, en el que mostraba su disposición a analizar juntos los pasos que se necesitan para lograr una solución democrática al conflicto vasco, “incluidos los compromisos que debe adoptar ETA”. La organización mostró su agradecimiento a los firmantes del texto que se presentó en marzo para solicitarle un alto el fuego permanente y verificable, y del Gobierno español una respuesta adecuada a ello. En la misma línea, ETA afirmaba acto seguido que para que se produzca una superación “definitiva” del conflicto, “la solución debe ser firme inevitablemente, construirse en torno a compromisos multilaterales y desarrollarse a través del diálogo y de la negociación”. ETA valoraba como “muy importante” la aportación internacional. En este sentido, hizo un llamamiento a los agentes e instituciones internacionales “para que impulsen y para que participen en la estructuración de un proceso democrático que dé solución permanente, justa y democrática a un conflicto político de siglos”.
Creo no pecar de ingenuo si afirmo que, definitivamente, hemos entrado en la recta final del proceso que ha de llevar a la de-
saparición de ETA del escenario político en este país. El último comunicado de la organización –más que el anterior de afirmación que se estaba en un período sin acciones ofensivas– es una declaración de intenciones que llevará a una secuencia de acontecimientos esperanzadores. El sometimiento a la Declaración de Bruselas en la que se pedía un alto el fuego definitivo y verificable significa, ni más ni menos, que ETA ya no utilizará más las armas ni cometerá un atentado. Simplemente se acabó esta trágica y larga etapa. Entramos en un período nuevo en el que ETA busca su pista de aterrizaje para disolverse. No será cosa de un día, evidentemente, pero tampoco tiene que alargarse durante años. La declaración en la que se muestra dispuesta a analizar la situación con los premios Nobel de la Paz que firmaron la Declaración de Bruselas significa que ETA está dispuesta a escuchar un único mensaje: que debe disolverse para el bien de todos y para que la izquierda abertzale pueda hacer política de forma normalizada. Y si está dispuesta a escuchar ese mensaje es porque sabe que ya no tiene otra opción, y lo único que intenta es legitimar y arropar la decisión de terminar. Busca un escenario digno que no le suponga una claudicación ni una derrota. Pero lo importante es que entiende que le llegó la hora.
Una tregua en la realización de atentados no es una cuestión de por sí verificable: se atenta o no se atenta. Si se introduce la variable de la verificación es porque hay un elemento nuevo en el escenario –la entrega de las armas– que sí es algo sujeto a una posible verificación internacional. De nuevo ETA estaría buscando ese escenario para acompañarse de personas honorables que legitimen sus pasos. Es una estrategia comprensible, que le beneficia, pero que nos beneficia igualmente a los demás, porque lo importante es la entrega de las armas. Ello no ocurrirá gratuitamente, sino que irá acompañado de una nueva petición de negociación con el Gobierno, en busca de un intercambio basado en la favorabilidad para sus presos y para el retorno de personas exiliadas. Forma parte del guión inevitable, y será de nuevo en Suiza o Noruega –los países europeos que no están sujetos a las restricciones de las listas antiterroristas de la UE– donde habrá que dialogar, los mismos sitios a los que probablemente habrán de trasladarse los premios Nobel de la Paz para convencer a ETA de su fin.
Hace unos días, 30 organizaciones políticas, sindicales y sociales firmaron el llamado “Acuerdo de Gernika”, en el que demandaban a ETA un alto el fuego permanente, unilateral y verificable, y al Estado la derogación de la Ley de Partidos y el cese de la política carcelaria, entre otras cosas. Fue la escenificación de una izquierda abertzale unida ante un clamor que interpela a ETA para que vaya más allá, y de nuevo la verificación es la señal de que se pide la entrega de las armas lo antes posible. La izquierda abertzale lo necesita, y es el prólogo de los acontecimientos para que Batasuna sea por fin legalizada y pueda actuar en la política institucional. En este escenario próximo, la exigencia de ETA de que se ponga en marcha la mesa de partidos puede perder fuelle si Batasuna es legal y puede aspirar a tener representación, no sólo en las elecciones municipales, sino especialmente en las próximas elecciones autonómicas.
El fracaso de las anteriores negociaciones, después del atentado de Barajas, no tiene por qué repetirse en esta ocasión. Hemos llegado ya demasiado lejos para pensar en una vuelta atrás. Los acontecimientos están marcando una nueva dinámica más consistente en la que el factor negociación será inevitable, y nadie debería escandalizarse por ello. Estamos en otro momento, más prometedor, en el que junto a la necesaria prudencia y a las garantías del caso, habrá que tener el coraje y la inteligencia de actuar de la forma más apropiada para que las cosas salgan bien esta vez. Es factible, porque definitivamente llegó la hora del abandono de las armas. Sólo hay que hacerlo posible.

Vicenç Fisas es director de la Escuela de Cultura de Paz (UAB)

Ilustración de Gallardo

Confesión sobre el País Vasco

14 jul 2010
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VICENÇ FISAS

07-14.jpgHace ahora diez años, inicié en el País Vasco un ejercicio confidencial, al que puse el nombre de Contrastes, por el que invitaba a todos los grupos políticos con representación en el Parlamento vasco a contestar unos cuestionarios que les enviaba periódicamente y que luego discutía directamente con ellos y sistematizaba para que vieran los puntos de acuerdo, los de desacuerdo y aquellos que convenía matizar. A pesar de que era un momento de mucha tragedia y tensión por los atentados de ETA, en el ejercicio participaban todos los grupos políticos, desde Batasuna al PP, lo que le daba un valor extraordinario, por único, y seguramente por su carácter confidencial, aspecto que se respetó en todo momento por parte de los participantes. El ejercicio duró dos años y medio, y terminó por la ilegalización de Batasuna.
Pasada una década, no traiciono ya la confidencialidad del ejercicio si hago pública su existencia, con el propósito de ver si en ese espacio de tiempo hemos cambiado de parecer y hemos madurado en algunos puntos de los que se trataron. Y me gustaría poner el énfasis en el desarrollo de las opiniones de la izquierda abertzale, porque considero que ha sido, es y será un actor clave en lo que ha de suceder en el País Vasco. No el único, evidentemente, porque el futuro vasco será el resultado de la confluencia de muchas evoluciones, sin excepción. Y es justamente aquí donde veo el nudo gordiano de la cuestión: el logro del consenso suficiente es lo que permitirá pasar de la histórica y perversa lógica matemática del 51% de los votos a la lógica surafricana de mayorías más amplias, que establecen unas reglas del juego buscando el concurso de la mayoría de los participantes. Fue hace diez años cuando la izquierda abertzale, Batasuna concretamente, y como resultado de un largo debate interno, empezó su primera aproximación al cambio de paradigma. Lo plasmó en un documento o plan de paz en febrero de 2001, en el que por primera vez abogó por aceptar que en el País Vasco hay diferentes expresiones políticas que hay que respetar, y que nadie puede imponer sus proyectos políticos sobre los demás.
Ocurre, sin embargo, que ahora estamos en un momento de tránsito hacia este momento, precedido por etapas que son percibidas de forma confusa. De ahí algunas polémicas. Puedo afirmar, con conocimiento de causa, que las cosas se mueven y por la buena dirección. La izquierda abertzale, hoy día, ya ha asumido plenamente lo del consenso suficiente. Le ha llevado diez años de maduración, pero puedo asegurar que es un tiempo habitual para este tipo de cosas. Los que nos dedicamos a procesos de paz trabajamos por décadas, no por años, y así ha sido en el País Vasco. En los socialistas ocurre algo parecido: han tenido su avanzadilla en Gema Zabaleta y Jesús Eguiguren, cuyas tesis de hace siete u ocho años no podían compartir la mayoría de sus compañeros de filas, pero que poco a poco van teniendo más partidarios.
Son personas que se han caracterizado por ver el futuro, y que por ello han tenido que tropezar con las dinámicas más lentas de las mayorías. Pero no son los únicos. Hace 12 años, una parlamentaria de Batasuna me comentaba que su proyecto no era para el presente inmediato sino para 20 años vista, y lo que la motivaba a trabajar eran sus hijos, que en ese futuro jugarían en paz con los del PP. No es tampoco extraño que hayan sido mujeres, muchas de ellas unidas en la organización Ahotsak, las que hayan protagonizado iniciativas de encuentro con una mirada puesta en un futuro en paz. Jone Goiricelaya y Gema Zabaleta han sido muy valientes en este sentido, y llegará un día en que se les reconocerá lo que han hecho, y lo han hecho entre otras cosas porque son mujeres y madres y quieren dejar a sus hijos otro escenario, uno en el que la violencia sea cosa del pasado.
Mario Onaindia, un dirigente del Partido Socialista de Euskadi que antes había sido militante de ETA y que en 2000 fue el encargado de dar respuesta al ejercicio Contrastes, me decía entonces que el mundo de Batasuna no iba a evolucionar, olvidando su propio tránsito de las armas a la política. Pero factores internos y externos han hecho posible el cambio, y hoy día la izquierda abertzale apuesta al juego democrático, con todas sus reglas, y está madura para rechazar la violencia. Ese paso es importante, y no se me escapa que para llegar a donde estamos ha influido decisivamente la presión del Gobierno con su política de “legalidad por renuncia clara e inequívoca de la violencia”.
El paso siguiente debería ser, desde mi punto de vista, alentar la participación política de una izquierda abertzale completamente desligada de ETA, una organización condenada a dejar las armas y autodisolverse a corto plazo. Y si las cosas son así, es mejor que quienes han conducido este tránsito hagan política en la calle y en el escaño, y no que permanezcan en prisión. Estamos en una auténtica transición hacia la paz en el País Vasco, y está cercano el día en que ETA será historia. Toca, pues, avanzar en los acontecimientos y preparar una nueva etapa de diálogo que permita la reconciliación de una sociedad que durante décadas ha vivido dividida.

Vicenç Fisas es director de la Escuela de Cultura de Paz de la UAB

Ilustración de Jordi Duró

¿Una política de paz desde EEUU?

21 jun 2010
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VICENÇ FISAS

06-21.jpgLa divulgación de la Estrategia de Seguridad Nacional es siempre un momento relevante de la política estadounidense, puesto que pone de relieve las verdaderas intenciones del nuevo presidente en el conjunto de su política interna y externa. Y la estrategia de la Administración Obama está llena de novedades. Y es que el símbolo del “Yes, we can” preside el contenido de dicho documento, que echa por la borda cualquier atisbo de la política imperial del pasado, en particular la exterior, y sienta las bases de una nueva manera de entender el mundo y de relacionarse con él.
El documento incluso finaliza con una apelación a la imaginación moral, un concepto divulgado por el investigador para la paz John Paul Lederach, y que se refiere a la capacidad de innovar para la paz a partir de la constancia y la mentalidad abierta. Es una pequeña observación de un documento que le apuesta a los desafíos del futuro con bastante valentía y franqueza, con profundo realismo y con la dosis necesaria de espíritu multilateral, que ha de compatibilizar, eso sí, con la constante apelación al liderazgo estadounidense en todos los órdenes.
Pero, al margen de ese orgullo, la nueva estrategia nacional estadounidense tiene más parecido a un documento del sistema de Naciones Unidas que a los antiguos documentos elaborados por el Pentágono o la CIA. La apuesta por la acción colectiva, el consenso, la prevención de conflictos, la promoción de África, hacer frente al cambio climático, aceptar a los países emergentes, promover los derechos humanos y las normas internacionales, invertir en diplomacia y en desarrollo, etc., son aspectos que en teoría han de hacerse compatibles con los intereses nacionales estadounidenses y con los tres valores que el documento en cuestión defiende: dignidad, tolerancia e igualdad entre todos.
El documento dedica especial atención a las amenazas más inmediatas producidas por Al-Qaeda y a los contextos conflictivos de Irak y Afganistán. En estos dos últimos países, se apuesta por la democratización como base para la pacificación sin descartar el diálogo interno con los talibanes para el caso afgano, siguiendo los esfuerzos del presidente Karzai en la recientemente celebrada “loya jirga” para la reconciliación. Hay un capítulo especial dedicado al conflicto entre Israel y Palestina, con una mención expresa a la urgencia de crear dos estados que se respeten y puedan convivir con seguridad y prosperidad.
Se menciona igualmente a Sudán, tanto para que no se malogre el Acuerdo de Paz de 2005 como para conseguir la paz en la región de Darfur.
Pero Estados Unidos podría liderar más procesos de paz, usando su influencia diplomática de forma directa o participando de forma conjunta en organismos multilaterales. Un caso urgente es el del Kurdistán, completamente estancado o en fase de retroceso, que podría coger nuevos impulsos si Estados Unidos ofreciera sus buenos oficios para abrir un diálogo sincero entre los kurdos y el Gobierno de Ankara, fortaleciendo las primeras medidas democratizadoras impulsadas por el primer ministro Erdogan y ampliándolas a otras que satisfagan las demandas de reconocimiento del pueblo kurdo. Turquía es un fiel aliado de Estados Unidos, y esto debería ser aliciente para implicarse más en el conflicto de Chipre, para que quede definitivamente resuelto por la vía del diálogo en el transcurso de este año.
No muy lejos de este escenario, Estados Unidos es miembro del Grupo de Minsk de la OSCE que actúa de facilitadora en el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán por el enclave de Nagorno-Karabaj. Allí hay un documento sobre la mesa, el llamado “documento de Madrid”, prometedor y lleno de realismo, que permitiría encontrar una salida a este viejo contencioso. Un empujón de Estados Unidos sería decisivo para resolver este conflicto.
En el continente asiático, Estados Unidos podría jugar un papel importante en la promoción de las medidas de confianza que se intercambian India y Pakistán para resolver el conflicto de Cachemira, en una estrategia que persigue diluir la frontera y fortalecer la cooperación económica para la región. También podría usar su ascendencia sobre Filipinas para fortalecer los actuales diálogos del gobierno filipino con el Frente Moro de Liberación Islámica y los que puedan consolidarse con el Nuevo Ejército del Pueblo, la guerrilla comunista que ha manifestado su disposición a negociar.
Finalmente, Estados Unidos puede jugar un papel decisivo en el desbloqueo de la situación del Sáhara Occidental, en la medida en que tiene ascendencia sobre Marruecos y el Frente Polisario ve con buenos ojos que el enviado especial del secretario general de Naciones Unidas sea precisamente estadounidense.
Son sólo algunos ejemplos de actuaciones que el Departamento de Estado podría fortalecer en los próximos tiempos, en consonancia con el nuevo estilo que propugna la nueva estrategia de seguridad y los valores que incorpora para su actuación en el exterior, y que podrían convertir a Estados Unidos en un país con un mayor liderazgo en la promoción de la paz internacional, alejándose de una tradicional posición en la que sus intereses imperiales le hicieron desatender numerosos escenarios conflictivos que requerían de diplomacias de paz.

Vicenç Fisas es director de la Escuela de Cultura de Paz de la UAB

Ilustración de Javier Olivares