Tags: África justicia ONU política exterior política internacionalINÉS MIRANDA, JAVIER GALPALSORO Y MAURICIO VALIENTE
Aminattou Haidar es el símbolo de la dignidad y la tenacidad de un pueblo pacífico y solidario. De un pueblo traicionado por la dictadura franquista, que el 14 de noviembre de 1975, tras la invasión militar marroquí del Sáhara Occidental, cedió la administración de este territorio a Mauritania y Marruecos. Hacía sólo un mes que el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya había rechazado las pretensiones anexionistas de Nuakchot y Rabat y reafirmado que, en virtud de la Resolución 1.514 (XV) de 1960 de las Naciones Unidas, el pueblo saharaui tenía derecho a la autodeterminación.
En 1976 empezó la guerra entre el Frente Polisario y Marruecos. La brutal violencia desplegada por el régimen de Hassan II, con bombardeos de napalm sobre los civiles, desplazó a una gran parte de la población saharaui hacia los actuales campamentos de refugiados en el desierto de Tinduf, en la Hamada argelina. El 6 de septiembre de 1991 se produjo el alto el fuego y ambas partes aceptaron la propuesta de Naciones Unidas de celebrar el referéndum de autodeterminación el 26 de enero de 1992. Pero durante años Rabat ha maniobrado con éxito para posponer una y otra vez esta consulta a través de la farragosa discusión sobre la composición del censo y en la última década ha planteado opciones alternativas que se apartan de la legalidad internacional y han sido rechazadas por Naciones Unidas. Mientras tanto, Marruecos y varias empresas extranjeras (entre ellas algunas españolas) expolian los valiosos recursos naturales de este territorio, como el fosfato, el petróleo, el gas natural, el hierro, el uranio o la pesca que ofrece sus 1.600 kilómetros de litoral.
En todo este tiempo la política de los sucesivos gobiernos de la España democrática se asemeja demasiado a la traición de la dictadura franquista. Ninguno de ellos ha asumido el papel de “potencia descolonizadora” que nos otorga la legalidad internacional sobre la antigua provincia, al contrario, han privilegiado las relaciones con Marruecos: inicialmente, por los acuerdos de pesca y hoy por el papel de gendarme de Rabat en la contención de las migraciones y por la protección de las importantes inversiones de las empresas españolas.
“El Gobierno de Zapatero cierra los ojos ante el sufrimiento del pueblo saharaui. Con su silencio tolera las violaciones de los derechos humanos y permite que nos masacren”, señaló en mayo de 2006, en Madrid, Aminattou Haidar cuando recibió el V Premio Juan María Bandrés de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado. Tres años después, la represión marroquí prosigue en los territorios ocupados del Sáhara Occidental. Y casi un cuarto de millón de refugiados continúa resistiendo ejemplarmente en la Hamada, aguardando una solución justa, acorde con la legalidad internacional, que permita el retorno a su territorio originario.
Aminattou conoce muy bien todo esto. Fue detenida por primera vez en 1987, cuando tenía 20 años, por participar en una manifestación contra la ocupación cuando una comisión de la ONU visitaba el Sáhara Occidental. Desaparecida y torturada durante casi cuatro años (tiempo en el que permaneció con los ojos vendados, atada de pies y manos, en condiciones infrahumanas de alimentación e higiene), y a pesar de sufrir posteriormente otras detenciones y vejaciones por parte de las autoridades marroquíes, no ha cesado de luchar por el derecho a la autodeterminación de su pueblo.
En mayo de 2005, participó en las manifestaciones pacíficas para denunciar el agravamiento de la represión, fue apaleada y torturada por la policía y conducida a prisión. El 13 de diciembre de aquel año un tribunal marroquí la condenó a siete meses de presidio y a trece compañeros a penas de hasta tres años en unos procesos irregulares según los observadores internacionales, entre ellos una comisión del Consejo General de la Abogacía Española.
En aquellos días, desde la Cárcel Negra de El Aaiún (construida por el colonialismo español) dijo al mundo: “Es un milagro que siga con vida, porque soy una mujer agotada físicamente por tantos años de desaparición y encarcelamiento, tanta tortura y tantas vejaciones. Pero aquí estoy y seguiré luchando con todas mis fuerzas, sabiendo que estáis allí luchando por nosotros. Estoy tan segura de vosotros como lo estoy del mar que me espera a 25 kilómetros, tan segura como lo estoy de que esos niños saharauis refugiados en Argelia volverán a su tierra liberada. Estoy tan segura de vosotros como lo estoy de la mirada cariñosa de mis dos hijos, Mohamed y Hayat, a quienes añoro tanto…”.
Hoy, en el aeropuerto de Lanzarote, Aminattou Haidar exige con su huelga de hambre desde el 14 de noviembre su derecho a regresar al Sáhara Occidental para reencontrarse con sus hijos y seguir la lucha junto con su pueblo, un pueblo abrazado por la solidaridad de miles de ciudadanos de España –que cada verano acogen a sus hijos y que estos días se movilizan en su apoyo–, pero también un pueblo maltratado por nuestro Gobierno, que contemporiza con el régimen represor de Rabat e ignora el papel que la legalidad internacional le impone: defender el derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación.
Inés Miranda es Abogada de Aminattou Haidar
Javier Galparsoro es presidente de la Comisión Española de Ayuda al Redugiado (CEAR)-Euskadi
Mauricio Valiente escoordinador del servicio jurídico de CEAR
Ilustración de Mikel Casal
Tags: África ecología economía política política internacional solidaridadJOAQUIM SEMPERE
En 1991 se hundió el orden político de Somalia, país que sucumbió a una guerra civil empeorada por la intervención estadounidense. El colapso político dejó la sociedad somalí sin defensas, situación que fue aprovechada por navíos procedentes de Europa, Estados Unidos, China y otros países para verter en sus aguas grandes cantidades de residuos tóxicos y radioactivos. El abuso se hizo visible cuando, en 2005, un tsunami depositó en las playas y costas somalíes bidones corroídos y otras muestras de estos residuos. Según el enviado de las Naciones Unidas en Somalia Ahmadou Ould-Abdallah, la porquería tóxica acumulada en pocos días por la catástrofe marina provocó úlceras, cánceres, náuseas y malformaciones genéticas en recién nacidos y, al menos, 300 muertes.
Pero las desgracias no terminan ahí. Aprovechando el desgobierno, una multitud de barcos de pesca empezó a faenar en las aguas frente al país, incluidas sus aguas territoriales. En 2005 se calculó que pescaron allí unos 800 barcos de distintos países, muchos de ellos europeos y, más específicamente, españoles. Se estima que los ingresos generados durante un año por esta pesca extranjera ilegal ascendía a 450 millones de dólares. El resultado fue la rápida disminución de unas reservas pesqueras que eran el principal recurso para las comunidades de pescadores del país, catalogado como uno de los más pobres del mundo.
Un reportaje de Al Yazira informa de que grupos de somalíes trataron de constituir un cuerpo autodenominado “Guardacostas Voluntarios de Somalia”, reuniendo dinero con el que pagar a la empresa estadounidense Hart Security, que se dedica a entrenar y formar luchadores y mercenarios por todo el mundo –y que, años más tarde, ha actuado como mediadora para el cobro de rescates en aquellas mismas aguas: ¡negocio redondo!–. Al parecer, hubo intentos de esos guardacostas voluntarios de negociar con los buques de pesca extranjeros para que dejaran de faenar o pagaran un impuesto para seguir haciéndolo, intentos que resultaron fallidos. El desenlace final fue lo que hoy se califica como piratería somalí. En un país plagado de armas, desgarrado por bandas rivales y sometido a una situación económica desesperada, un desenlace así no debería sorprender. A la vista de lo anterior es legítimo preguntarse: ¿quiénes son, en esta historia, los verdaderos piratas?
Hay en España quien propone que los atuneros españoles (que son sobre todo vascos) lleven militares a bordo para disuadir a los piratas. En el Parlamento vasco, los votos del PP y el PNV han hecho posible el pasado 8 de octubre aprobar una moción en esta línea. El Congreso ya lo había descartado meses antes arguyendo que la legislación española no lo permite. Francia sí lo permite, y hace tiempo que en el Índico los barcos de pesca franceses llevan militares a bordo. Pero esta diferencia es de detalle: ambos países lograron que el 10 de diciembre de 2008 los ministros de Defensa de la Unión Europea aprobaran la llamada Operación Atalanta contra la piratería somalí, y que se diera luz verde al envío de entre 6 y 10 buques de guerra para “garantizar la seguridad” en el golfo de Adén con el mandato de vigilar las costas de Somalia, “incluidas sus aguas territoriales”.
Estos hechos muestran que el colonialismo no sólo no ha muerto, sino que está tomando nuevos bríos. Y un nuevo aspecto marcado por la crisis de recursos naturales, en este caso la pesca. Las flotas pesqueras de los países ricos, compuestas por buques con capacidad para moverse por todos los mares del mundo, esquilman un caladero tras otro: son las principales culpables de la sobrepesca que desde hace años viene destruyendo la capacidad de regeneración de las especies marinas y preparando un colapso de las capturas a escala mundial. Las primeras perjudicadas son las poblaciones de los países pobres que dependen de la pesca local: ellas carecen de flotas potentes para pescar lejos de sus costas. El caso somalí es uno de los más sangrantes por las circunstancias políticas internas, pero no es el único.
España está recuperando sus blasones imperiales contribuyendo a empobrecer a uno de los países más pobres del mundo. Al hacerlo no sólo comete una injusticia, sino que practica una política sin futuro también para sus habitantes. Porque cuando ya no haya caladeros por explotar en ningún rincón del mundo, ¿qué harán nuestros marineros y pescadores?
Es una indignidad aprovecharse de un país desangrado por una guerra civil y luego mandar a los soldados a defender una causa indefendible que no hace más que profundizar la tragedia de ese pueblo. Y si se quiere mirar desde otra óptica, ¿cuánto nos cuesta mantener la dotación de dos buques de guerra, un avión y 395 efectivos de la Marina española que tenemos destacados en la zona?
El caso tiene su moraleja. Un país desarrollado como España no debe, tras agotar sus propios recursos pesqueros, expandirse por los mares del mundo privando a otras poblaciones más pobres de sus medios de subsistencia, porque agrava la situación de esas poblaciones y las empuja a una resistencia que desemboca en aventuras violentas y salidas militares. La solución hay que buscarla en casa, adaptándose a unos ecosistemas dañados y gestionándolos mejor (por ejemplo, con la piscicultura como alternativa a la pesca), y adoptando medidas previsoras para que nadie se quede sin trabajo y sin fuente de ingresos. Es inquietante que se esté haciendo exactamente lo contrario: optar por la huida hacia delante y por un neoimperialismo ecológico reforzado militarmente que sólo puede redundar en un empeoramiento de la situación.
Joaquim Sempere es Profesor de Teoría Sociológica y Sociología Medioambiental de la Universidad de Barcelona
Ilustración de Ossorio
Tags: África cultura EEUUANTUMI TOASIJE
El fallecimiento del inigualable cantante, compositor y bailarín africano-norteamericano, conocido como el rey del pop, en su domicilio de Holmby Hills (Los Ángeles) debido a un ataque cardíaco ha producido reacciones encontradas, una inevitable sorpresa por lo repentino de su desaparición y, en no pocas personas, una honda tristeza contenida. Contenida porque Jack-
son parecía tener dos caras y, a medida que había ido dejando atrás su fisonomía negra, se acrecentaban públicamente sus excentricidades, en ocasiones temerarias. Michael Jackson ha sido un genio indiscutible de la música pop, soul y en cierto modo también del rock, poseedor de cualidades musicales extraordinarias, entre ellas el denominado oído absoluto y una visión escenográfica que ha supuesto una revolución en la cultura popular universal que incluye el vídeo universalmente más visionado Triller. El artista que más discos ha vendido en toda la historia de la música ostenta decenas de récords, entre los que destaca el ser el músico que ha donado más dinero a causas benéficas con más de 300 millones de dólares.
No todos recuerdan que para que Jackson entrase en la MTV fue necesaria la presión de los grupos de defensa de los derechos civiles, porque se debe señalar que el artista ha vivido todas las etapas recientes del proceso histórico africano-norteamericano, desde los asesinatos de Martin Luther King y Malcolm X hasta la victoria de Obama. He aquí el gran misterio de Michael Jackson, y es que, paradójicamente, a la par que su rostro cambiaba desde los rasgos africanos hasta un malogrado intento de ser algo parecido a una persona blanca extremadamente parecida a su amiga Liz Taylor, su discurso musical y la parafernalia de sus videoclips se volvían cada vez más afrocéntricos y mostraban con orgullo una proximidad hacia lo más africano en él, sobre todo a partir de We are the world (1985). Ya en el vídeo del tema Remember the time (1991), ambientado en el antiguo Egipto, Jackson caracteriza a los egipcios clásicos como lo que realmente fueron, personas negras y altivas, lo que suponía un desafío a la imagen de la historia de África, imagen que procuró dignificar en cada ocasión que se le presentó. Todos los fans recuerdan sus bailes sensuales junto a Naomi Campbell en In The Closet en el álbum Dangerous (1995); allí mismo, el vídeo Black or white maravilló por el uso del morphing digital, mientras que, en una joya ofrecida al final de dicho vídeo, el cantante se explaya en una agresiva coreografía en la que se convierte en humano desde una pantera negra, en evidente alusión al grupo político africano-norteamericano y revienta símbolos nazis y del Ku Klux Klan.
Entonces, ¿cuál es la razón de su transformación física de negro a blanco? Confieso que siempre fui uno de los que creyeron que Jackson, aparte de su evidente complejo de Peter Pan, tenía complejos raciales producto tal vez de la terrible infancia vivida bajo la severa fusta de su padre Joseph Jackson. No tendría nada de especial que, lamentablemente, un artista decidiera cambiar por completo y tan desafortunadamente su imagen si no hubiera existido una historia tan desoladora de opresión y exclusión sobre las personas negras en Estados Unidos en particular y en el mundo en general. Esto es lo que ha hecho que las dos caras de Jackson se convirtieran en un testimonio muy polémico de la deserción del artista negro más famoso de todos los tiempos. Esta aparente traición a la justa causa de los africanos de las diásporas han hecho de Jackson un ejemplo de la devastación que el racismo puede causar sobre una persona. En apoyo a esta idea están, además del blanqueamiento de su piel, las diversas operaciones de nariz y aparentemente de otras partes de su rostro, así como el alisamiento del pelo y finalmente la similar transformación de su hermana Latoya. Por desgracia, en la actualidad, en África y en India fundamentalmente, el blanqueamiento masivo de la piel por parte sobre todo de mujeres que se aplican productos químicos abrasivos y extremadamente tóxicos es un serio problema médico fomentado por la falta de conciencia estética. Es una plaga que algunos comparan, a mi entender equivocadamente, con el cáncer de piel entre los millones de personas blancas que se exceden en su exposición al sol en las playas de todo el mundo, buscando un tono de piel más oscuro.
Si Jackson tuvo algo de responsabilidad indirecta en multiplicar complejos por el mundo, esto es algo muy difícil de delimitar y tal vez injusto, por ello, tras su muerte, indago sobre la realidad de esta transformación y me encuentro en Internet con decenas de vídeos que parecen demostrar de un modo muy directo que, en efecto, el artista sufría la terrible enfermedad despigmentante del vitíligo. Independientemente de la veracidad o falsedad de todos estos tristes escándalos, el hecho es que figuras geniales y planetarias como Jackson tienen una enorme influencia sobre la visión que se tiene de las personas africano-descendientes en el mundo. No se debe despreciar el potencial transformador de una figura pública de semejante calibre. Ser negro no es una cualidad sólo externa y, si hipotéticos arqueólogos del futuro hallaren el cadáver de Jackson, no dudarían en afirmar que era un varón negro. En cualquier caso es cierto que todos los africanos y africano-descendientes hubiéramos deseado un Jackson negro por fuera y por dentro, con un solo rostro, pero él es lo que fue y no lo que nos hubiera gustado. El tiempo probablemente ponga en su lugar las diversas acusaciones, entre ellas las más increíbles, las de pederastia, pero es indiscutible que este niño eterno nacido en Gary (Indiana), el 29 de agosto de 1958, en el seno de un humilde familia africano-norteamericana, séptimo de una familia de nueve hermanos, marca el principio y el fin de una época turbulenta y muy creativa que no volverá jamás.
Antumi Toasije es historiador. Director del Centro de Estudios Panafricanos
Ilustración de Mandrake
Tags: ÁfricaNICOLE THIBON
El reciente caso Kouchner sobre el pago de importantes sumas de dinero por Omar Bongo y Sasso Nguesso a consultoras, en las cuales el ministro de Asuntos Exteriores francés proporcionaba consejos remunerados sobre sanidad a los dos dictadores, ha vuelto a poner sobre la mesa el peculiar nivel de vida de varios presidentes africanos. Se sabía desde hace tiempo, pero hizo falta el serio informe del Comité Católico sobre el Hambre y el Desarrollo (CCFD) de marzo de 2007 acerca de las fortunas de esos dictadores para que la Justicia francesa y, en particular, la Oficina para la Represión de la Gran Delincuencia se sintiera obligada a tomar cartas en el asunto.
El resultado de varias investigaciones es de lo más divertido, en todo caso para los felices presidentes citados, como Omar Bongo, de Gabón; Denis Sasso Nguesso, del Congo; Blaise Compaoré, de Burkina Faso; José Eduardo Dos Santos, de Angola; Teodoro Obiang Nguema, de Guinea Ecuatorial –si bien hasta hoy no se ha aclarado quién, de ellos, es el más rico–.
Denis Sasso Nguesso aprovechó con talento haber sido presidente del Congo. Es así que posee un pabellón particular en la banlieue elegante de París, mientras que su familia se reparte otras 18 propiedades y 112 cuentas bancarias en Francia. Por su parte, su sobrino proclama una pasión irrefrenable por los Aston Martin, de los que posee una entera colección. Añadamos a ello que una investigación norteamericana revela que, entre 2003 y 2005, Sassou Nguesso se “olvidó” de contabilizar entre los ingresos en el erario cerca de mil millones de dineros petroleros, algo así como el 15% del presupuesto del Estado, y que la Justicia francesa, siempre muy medida, tuvo que reconocer en 2002 que se podía hablar de Sassou Nguesso como de “un dictador, autor de crímenes contra la humanidad”
El hijo de Teodor Obiang, de sobrenombre Teodorín, divide su tiempo entre Francia y California, pero sólo se mueve en Maseratis, Ferraris o Rolls Royces, comprados todos por una empresa pública guineana. En Estados Unidos se ha conformado con una residencia en Malibú y con un avión Gulfstream. ¿Se deberá a que la justicia americana es menos transigente? Esta ha cursado a París un pedido de colaboración judicial para estudiar las extrañas transacciones con olor a lavandería de dinero sucio mediante las agencias parisienses Natixis y Fortis.
El caso de Omar Bongo, decano de los dictadores africanos, en el poder desde hace 40 años y llamado afectuosamente Papá en su país, es probablemente el más interesante. Fue el primer Jefe de Estado del mundo en presentarse en el Elíseo para felicitar a Nicolas Sarkozy por su elección. No debe sorprender, considerando que prácticamente Francia es su casa. Tiene a su nombre, al parecer, en París y en la Costa Azul, no menos de 17 lujosas residencias, mientras sus mujeres, hijos y nietos se reparten otras 22 propiedades y un parque de automóviles que cuenta con algunos Mercedes Clase R (67.000 euros cada uno), y una limusina Maybach 57 para su mujer Edith Lucie (más de 300.000 euros pagados, eso sí, directamente por cajas gubernamentales).
Pero el caso Bongo va más allá de su fraudulento patrimonio. Parecía que Nicolas Sarkozy tenía buenas intenciones cuando asumió la presidencia y que pensaba acabar una vez por todas con una política basada en relaciones particularmente corrompidas entre Francia y sus ex colonias –y condensada en una sola palabra: Franciáfrica–. El término, inventado por el presidente de Costa de Marfil Houphouet-Boigny pretendía significar, en primera acepción, el buen estado de las relaciones entre la nueva África, nacida de la independencia en 1958, y la ex metrópolis. En realidad cubre el escándalo más largo de la República francesa, en donde se mezclan los servicios secretos, políticos, multinacionales, militares, mercenarios, traficantes de armas y dictadores. Para cambiar unas prácticas tan arraigadas harían falta nada menos que “leyes con imprecaciones” (Heródoto).
Con el reconocimiento del resultado de elecciones basadas en el fraude electoral –que permiten mantener en su puesto a dictadores corrompidos, únicamente preocupados por fundar la economía nacional sólo en la explotación de materias primas, sin ocuparse jamás del desarrollo de la economía–, la política francesa ha contribuido a hundir a estos países en un subdesarrollo crónico e impedir que surjan clases sociales activas más peligrosas para el dictador de turno. En cuanto a las ayudas públicas generosamente otorgadas al desarrollo, hoy está claro que, si bien en su mayor parte entraban directamente en los bolsillos de los presidentes africanos, otra parte nada despreciable volvía a las redes franciafricanas francesas. De hecho, son cientos de miles los millones robados a los pueblos africanos.
“Franciáfrica está moribunda”, declaró Jean-Marie Bockel (socialista), secretario de Estado para la Cooperación apenas ser nombrado por Nicolas Sarkozy, “y yo quiero firmar el acta de defunción”. Tomando la declaración al pie de la letra, los periodistas del canal de televisión France-2 publicaron un reportaje sobre la fortuna de Bongo en Francia.
El final de la historia es digno de Molière. “Papá Bongo va a hacer que estalle la marmita” –declara, amenazador, el abogado libanés de Bongo. A la vez, este puntualiza con toda dignidad: “Hay secretos que sólo se ventilan entre jefes de Estado”. El resultado no se hizo esperar: el dictador obtuvo en el acto la cabeza del secretario de Estado, a quien se asignó rápidamente un nuevo destino. Y el punto final de este sórdido regateo entre el Estado francés y el dictador de Gabón llegó sin la mínima risa en palabras del secretario de Estado en el Elíseo, Claude Guéant, el 13 de abril de 2008: “Franciáfrica es la búsqueda de una amistad sólida, real, en el respeto de los pueblos y de las soberanías”.¡Pobres pueblos!
Nicole Thibon Periodista
Ilustración de Gallardo
Tags: África sociedad solidaridadEVA MINTENIG

No me quito de la cabeza esas imágenes. Me refiero a las de supuestos trabajadores humanitarios disfrazando con vendas y tintura de yodo a niños africanos en aparente buen estado de salud para poderlos sacar más fácilmente de su país, rumbo al paraíso. El caso Arca de Zoé es, desde luego, escandaloso desde muchos puntos de vista. La organización fleta un avión para ir a Chad, engaña a trabajadores locales y a familiares de 103 niños con promesas de escuelas y atenciones sanitarias cercanas a sus domicilios, secuestra y disfraza sin escrúpulos a esos niños y, saltándose a la torera todo tipo de
reglamentaciones, controles y leyes nacionales e internacionales, programa un vuelo feliz a Francia. Allí, numerosas familias aguardan en el aeropuerto.
No dudo de las buenas intenciones de la mayoría de las familias de acogida. También las engañaron. Creyeron que, con su dinero y sus atenciones, lograrían que los niños, vendidos como huérfanos del conflicto de Darfur, disfrutasen de mejores vidas y oportunidades.
Pero saltó el escándalo. La policía impidió la salida del avión y detuvo a los cooperantes, a la tripulación y a tres periodistas. Precisamente uno de ellos, Marc Garmirian, de la agencia Capa, sospechaba ya de los extraños métodos de Arca de Zoé. Repasen los vídeos, accesibles en Internet, de las entrevistas que Garmirian grabó mientras la operación estaba en pleno desarrollo. Preguntaba a los responsables de la ONG: “¿Por qué hacen esto de esta manera, saltándose las reglas que rigen para todos los demás?”. Los que responden le miran con cara de hastío, como diciendo: “Y éste, ¿de qué va?”. Y contestan: “Porque lo otro no funciona”.
Rápidamente se descubrió que la mayoría de los niños no eran huérfanos y que gozaban de buena salud. Hubo manifestaciones y gritos contra los pedófilos occidentales. Y entonces apareció Sarkozy, el presidente francés. ¡Cuánta testosterona en tan poco cuerpo! ¡Cuánta grandeur! Sarko, en un par de horas, se llevó a las azafatas españolas y a los periodistas. Revisen otra vez, por favor, las imágenes de Sarkozy llegando a Chad, entrevistándose con el presidente del país y marchándose con su tesoro. Observen el lenguaje no verbal: lo dice todo. El rescate de Sarkozy se llevó a cabo en virtud de un acuerdo firmado con Chad en 1976, según el cual, todo cooperante que haya cometido un delito en uno de los dos países sería juzgado en su país de origen. Me pregunto cuántos cooperantes de Chad habrán delinquido en Francia en estos 30 años. El acuerdo es claramente colonialista, vamos. Pero resulta que el mundo, en estos 30 años, ha cambiado, poco o mucho.
Inmediatamente después de despedir a su homólogo francés, el presidente de Chad se dio cuenta de la pifia y sus ministros se apresuraron a declarar que los culpables del atropello, por llamarlo de alguna manera, serían juzgados en los tribunales del país y cumplirían las condenas en sus cárceles. Sarko lo complicó todo diciendo que él mismo volvería a Chad para repatriar a los encausados. Afortunadamente, mientras todo esto sucedía, el Ministerio de Asuntos Exteriores español, con Moratinos al frente, se empleaba a fondo en realizar las gestiones pertinentes para lograr la liberación de los tres tripulantes españoles, que habían sido exculpados en la última declaración del responsable de la ONG, Éric Bréteau. Los tripulantes llegaron anoche a la base militar de Torrejón de Ardoz. No hay nada más enigmático que la diplomacia, un arte que siempre ha huido de los titulares. Sin embargo, el de ayer era inevitable: poco después de la salida de los españoles de Chad, Moratinos anunció que España financiará la educación de los 103 menores envueltos en el caso. Como en todos los secuestros resueltos favorablemente, ahora hablaremos del rescate.
Paso por alto otras cuestiones, como la discusión política, en Francia y en España, sobre qué líder es más fuerte o más débil; la preocupación de la ONU y de la Comunidad Europea sobre cómo afectará el asunto a futuros despliegues militares de pacificación en países africanos; y lo peor: se pone en entredicho el inestimable esfuerzo de muchas ONG para aliviar de verdad la miseria en que vive gran parte de la población mundial, privada de cosas tan elementales como el acceso al agua potable, la sanidad o la educación.
A mí lo que me interesa es el destino de otros miles de niños y niñas que viven en condiciones precarias, que son huérfanos de verdad, que necesitan ayuda. En el mundo desarrollado, muchas parejas quieren adoptar o acoger a estos niños. En España, y en la comunidad europea, las leyes de adopción nacional son muy estrictas porque priman ante todo los derechos de las familias biológicas y, si éstas tienen problemas, se intenta paliarlos.
Estamos orgullosos de vivir en países donde prevalece el Estado de derecho, pero éste conlleva ciertos peajes. Uno de ellos es el sacrificio de las necesidades y los sentimientos de parejas con dificultades para tener hijos, en beneficio de gente poco privilegiada y de sus descendientes.
En la Comunidad de Madrid, más de 4.500 menores están tutelados por la Administración autónoma, bien sea en centros o en familias de acogida. En Catalunya se adopta cada año una media de 120 menores abandonados o acogidos en centros. Las leyes para adoptar niños de aquí son restrictivas, y muchas parejas acuden a la adopción internacional. Cualquier acción que sirva para mejorar el futuro de un niño me parece encomiable, excepto el comercio. Los países donde hemos adoptado los últimos años han endurecido progresivamente sus leyes, buscando el beneficio de los menores e intentando impedir el tráfico. No nos lamentemos por ello, aunque haya casos particulares muy dolorosos.
Eva Mintenig es periodista