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Dominio público

Opinión a fondo

Lo que nos llevamos a la boca

28 mar 2010

GUSTAVO DUCH

03-28.jpgSi atendemos a los comunicados de, por ejemplo, la Asociación Médica de EEUU, deberíamos asegurarnos de que cada uno de nosotros y nosotras estemos bien lejos de la exposición a los pesticidas. Según dicen, “existe incertidumbre acerca de los efectos de la exposición prolongada a dosis bajas de pesticidas. Los sistemas de supervisión actuales son inadecuados para definir los riesgos potenciales relacionados con el uso de pesticidas y con enfermedades relacionadas con pesticidas. (…) Teniendo en cuenta esta falta de datos, es prudente limitar la exposición a pesticidas y usar los pesticidas químicos menos tóxicos o recurrir a alternativas no químicas”. Pero caminamos en el sentido contrario, porque, además de la exposición directa que sufren muchas personas, por ejemplo, trabajadoras y trabajadores agrícolas, todos, poco o mucho, acabamos tragando alguna clase de pesticidas transportados por los alimentos que contienen transgénicos, cuando tenemos –como recomienda la asociación– una alternativa, mejor dicho, un derecho, muy sencillo: disponer de comida libre de transgénicos.
En la actualidad, dos de los transgénicos más extendidos llegan, aunque sea en bajas dosis o como residuos, a nuestros platos. Soja bañada de un pesticida llamado glifosato y maíz que incorpora una toxina letal para los insectos.
La soja –no la confundamos con la usada en la alimentación asiática– nos llega desde el cono Sur de Latinoamérica y especialmente de Argentina, y su rasgo transgénico la hace inmortal a dicho pesticida; por lo tanto, se le riega y se le riega con esa sustancia. Aunque aquí no consumimos esa soja directamente, es la base de la alimentación de nuestra ganadería intensiva y un ingrediente importante de la comida industrial, donde la encontramos en forma de lecitina en la bollería, las salsas, las papillas, etc. ¿Y qué ocurre con los seres humanos que entran en contacto directo con el glifosato, como ocurre en muchas poblaciones de esas regiones? Los datos empíricos son claros: malformaciones embrionarias, enfermedades dérmicas, respiratorias y aumento de casos de cáncer. Y en el laboratorio, cuando se estudia con animales, hay ya numerosos y rigurosos estudios muy preocupantes que han determinado, por ejemplo, que el glifosato puede inhibir el cese de la reproducción de una célula en ensayos sobre el erizo de mar; que la aplicación de glifosato sobre fuentes de agua con anfibios en desarrollo destruía el 70% de la biodiversidad de anfibios y el 86% en renacuajos; que hay una estrecha relación entre Linfoma No Hodgkin (un tipo de cáncer) y el glifosato; y, por último, los más conocidos estudios dirigidos por el doctor Gilles-Eric Seralini, de la Universidad de Caen en Francia y asesor de la Comisión Europea, que demuestra en unos trabajos publicados en la revista Scientific American que tal sustancia produce la muerte de las células embrionarias, placentarias y del cordón umbilical, dando origen a malformaciones, teratogénesis y tumores.
El mismo Dr. Seralini alerta, en un reciente estudio publicado en International Journal of Biological Science, sobre qué le pasa a los animales de experimentación alimentados con maíz con las toxinas Bt antes mencionadas: a los tres meses en los análisis de sangre encuentra un aumento de grasa en sangre, de azúcar y problemas de riñones y de hígado. Este maíz, aunque sólo está aprobado para alimentar ganado, lo tenemos más cerca. En España hay 100.000 hectáreas dedicadas al cultivo de maíz transgénico. La contaminación de este maíz a los cultivos convencionales o ecológicos para el consumo humano está demostrada. Saquen ustedes la conclusión.
Y ahora la Comisión Europea ha aprobado un nuevo cultivo transgénico, la patata. Al igual que el maíz y la soja (mayoritariamente de Monsanto, al igual que el glifosato requerido) se trata de un cultivo para usos industriales y piensos. Basf, propietaria de la frankenpatata, aspira a ganar unos 20 millones de euros al año. La modificación genética, esta vez, no tiene que ver con pesticidas, se trata de hacer más aprovechable su almidón, pero lleva, como alertan las organizaciones ambientalistas, genes resistentes a los antibióticos. ¿Y para qué le sirven en este caso? En el campo para nada. Sólo son utilizados como marcadores para localizar los genes modificados en los laboratorios. Pero, en cambio, si entran en la cadena alimentaria favorecerán la creación de resistencia de las bacterias a esos antibióticos. Y perderemos un recurso médico.
Estas son algunas de las hipótesis de los efectos sobre nuestra salud. Pero me queda uno. Miren, a medida que los transgénicos avanzan, desaparecen las pequeñas fincas productoras de alimentos diversos y de calidad. La soja arruina a las chacras y tambos y en Argentina han de recurrir entonces a alimentarse de carne producida intensivamente, siempre menos saludable que la producida extensivamente, sin nada más que sol y hierba. Y en España el avance del maíz significa la desaparición del pequeño hortelano y hortelana, y nos queda comer lechugas y tomates (porque no hay mucha más variedad) producidos bajo plásticos con mucha química encima.
¿Son los transgénicos la solución contra el hambre? Si no están destinados para el uso humano, está claro que no. Y si cuando nos los comemos nos pasa como a los ratoncitos, ¿por qué no se prohíben? Nuestra mesa está gobernada por Monsanto, Basf y compañía.

Gustavo Duch es editor de la revista ‘Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas’. Autor de ‘Lo que hay que tragar’

Ilustración de César Vignau

Un actor invisible

22 feb 2010
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GUSTAVO DUCH

02-22.jpgSaben ustedes qué es la nanotecnología? Yo empecé a oír hablar de ella en el año 2003 en Cancún (México), acompañando a unas charlas a una de sus ponentes, la investigadora del grupo ETC Silvia Ribeiro, en los espacios alternativos organizados frente al operativo que protegía la cumbre ministerial de la Organización Mundial del Comercio. Confieso que pensé que hablaba de ciencia ficción. Que, esta vez, ese magnífico equipo de estudiosos atentos a los impactos sociales y ecológicos que rodean a las nuevas tecnologías y cuyos informes han sido tan significativos respecto a los transgénicos o los sistemas de propiedad intelectual –por citar algunos ejemplos–, estaban disparando a un blanco equivocado. Me equivocaba, yo no lo veía porque en realidad estaban disparando a un blanco invisible pero real. Pasados ya unos años, la nanotecnología está bastante más presente de lo que percibimos.
“Actualmente –explicó Silvia para La Jornada– se conocen a nivel global más de 800 líneas de productos de venta directa al consumidor que contienen nanopartículas de plata o de carbono. Son usadas en barnices, pinturas, textiles, construcción, informática, telefonía, agricultura, alimentación, farmacéutica, cosméticos, vestimenta, entre otras industrias”. Pero además el pasado 8 de enero Lord Krebs, presidente del Comité de Ciencia y Tecnología de la Cámara Alta del Parlamento británico, alertaba de que “es probable que el uso de nanopartículas en los alimentos y los envases de comida aumente de forma drástica en la próxima década”. Y, de hecho, hace unos días la prensa catalana nos informaba del apoyo que el Ministerio de Ciencia e Innovación facilitaba a un departamento universitario en sus investigaciones con nanotecnología para mejorar la conservación de alimentos, los llamados alimentos de cuarta gama. “La investigación –explica el diario– se centra en la utilización de nano-recubrimientos comestibles sobre frutas como la manzana, la pera, la piña o el melón, entre otros, para facilitar la incorporación de diferentes compuestos activos que mejoren la calidad y la vida útil del producto final”. Delicioso.
Es decir, el futuro que yo no podía imaginar ya está aquí o, al menos, ahora lo visualizo. Y lo primero que constato es que la manipulación de la materia en la escala de los átomos y las moléculas, que eso es la nanotecnología (un nanómetro es la millonésima parte de un milímetro), avanza bajo una grave falta de información y debate con la sociedad en general, y en el caso concreto de su aplicación en la alimentación, con las organizaciones de consumidores y productores. Ocurrió con los transgénicos y es un mal augurio. Cómo saldrá afectada la sociedad, cuál será su impacto ecológico y en la salud de las personas, quién se beneficiará de esta nueva tecnología y quién la controlará son preguntas que deben responderse también para el diseño de políticas públicas que regulen este nuevo campo. El propio Lord Krebs alerta: “La industria alimentaria, tanto en Reino Unido como en el resto del mundo, está siendo ‘bastante oscura’ sobre cualquier trabajo que emplee nanotecnología para sus productos o para el envasado: esa es exactamente la actitud equivocada”.
Krebs achaca a la industria ese oscurantismo y que no aporte información suficiente sobre las implicaciones en la seguridad y en la salud humanas. Silvia Ribeiro llega más lejos y documenta que hay más de 500 estudios científicos publicados en los últimos años que muestran la toxicidad de diferentes nanopartículas, nanocompuestos y productos nanoformulados en animales de laboratorio, en cultivos de células humanas y en el medio ambiente (en suelo, agua, cultivos, microorganismos, algas, invertebrados). Finalmente hemos de mencionar el estudio publicado el 20 de agosto del 2009 en el European Respiratory Journal, escrito por investigadores chinos liderados por Yuguo Song, del Departamento de Enfermedades Laborales y Toxicología Clínica del Hospital Chaoyang de Beijing, donde se demuestran por primera vez los daños fatales en personas en contacto con nanopartículas. Siete trabajadoras chinas enfermaron gravemente luego de haber trabajado algunos meses en una fábrica de pinturas que usaba nanopartículas. Dos de ellas murieron. Los análisis mostraron la presencia de nanopartículas de 30 nanómetros de diámetro en los pulmones y fluidos como las contenidas en la pintura que usaban. Invisibles pero presentes.
Es obvio que mientras todos estos datos se contrastan y analizan, debería primar y exigirse el principio de precaución, y declararse una moratoria a la liberación comercial de productos con base nanotecnológica, por mucho que la industria nos quiera vender sus bondades y maravillas, que eso también lo hicieron con los transgénicos o la energía nuclear. Sus argumentos los conocemos: las nuevas tecnologías vendrán para aliviar el hambre del mundo, para combatir el cambio climático, etc. Pero yo tengo mis reparos, porque –volviendo a sus aplicaciones en la agricultura y alimentación– estamos delante de innovaciones que, ojalá me equivoque, controladas por las grandes industrias buscarán servir los intereses de las grandes industrias. Será una pieza más que encajará en el puzzle de la agricultura intensiva y sin mano de obra. Con semillas modificadas por nanotecnología, con agrotóxicos producidos con nanotecnología, etc. se generará más dependencia del agricultor con la industria. Si en el desarrollo de la tecnología no hay espacios de reflexión colectivos y democráticos, presenciaremos un nuevo codazo para desplazar a la agricultura conducida y manejada por los mismos agricultores y agricultoras reproduciendo sus semillas, intercambiándolas, custodiándolas y asegurando la diversidad que la vida exige.

Gustavo Duch es editor de la revista ‘Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas’

Ilustración de Alberto Aragón

Almacenar residuos nucleares

13 feb 2010
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JOAQUIM SEMPERE

02-13.jpgAlmacenar residuos nucleares no es lo mismo que almacenar ladrillos o cascotes. Estos son inertes, mientras que los residuos nucleares emiten radioactividad y calor. Los de media y baja radioactividad, que son en torno al 99% del total, se trasladan, en España, a una antigua mina de uranio situada en El Cabril (Córdoba). Aunque son
menos peligrosos que los de alta radioactividad, hace falta encerrarlos en bidones bien sellados y depositarlos en lugares seguros.
Un reciente informe de World Nuclear News señala que el Gobierno alemán ha ordenado que se retiren 126.000 bidones con residuos de baja y media actividad de una mina de sal abandonada de la localidad de
Asse (Baja Sajonia) donde se empezaron a depositar en los años sesenta. Las autoridades han estimado que hay riesgos porque esas minas han resultado geológicamente inestables y han empezado a llenarse de agua.
Los residuos de alta actividad, aunque ocupan mucho menos volumen (en torno al 1% del total), son obviamente más peligrosos. A los restos de plutonio hay que añadir, entre otros, los de estroncio y cesio, que emitirán radiaciones durante miles de años. Lo habitual es mantener estos residuos en piscinas de agua que protegen el entorno de sus radiaciones mientras son refrigerados y van perdiendo radioactividad. Luego se vitrifican, se combinan con hormigón, se encierran en bidones de acero, etc. para poder retirarlos de las piscinas.
Desde que existen centrales atómicas, se investiga sin éxito para lograr una solución definitiva para los residuos. Mientras, se adoptan soluciones provisionales. Se lanzan a fosas oceánicas profundas (entre ellas, las que hay ante las costas de Galicia) o se encierran en minas alejadas de poblaciones. Si los residuos de baja y media intensidad han de ser objeto de vigilancia permanente, como en el caso de Alemania, no hace falta decir que los de intensidad alta la requieren de modo más apremiante.
En 1979 el biólogo ruso Medvedev, exiliado en Reino Unido, relató un incidente ocurrido en 1957 en un depósito de residuos de la localidad de Khistym, en los Urales, sobre el cual la férrea censura soviética de prensa hizo caer un telón de silencio. El Gobierno soviético acabó admitiéndolo sólo 40 años más tarde. Al parecer, se acumularon grandes cantidades de residuos de alta actividad sin las debidas precauciones produciéndose sobrecalentamiento,
emisión de gases y explosiones químicas que dispersaron los materiales radioactivos. Se habló de un centenar de muertos directos por la explosión y de la evacuación de 20.000 personas de una amplia zona afectada por la contaminación radioactiva.
Hoy, más de medio siglo después, sabemos gestionar un almacén de estas características minimizando los riesgos. Pero el episodio de Khistym revela que los residuos nucleares no son inertes y que su deposición exige una vigilancia permanente para evitar desgracias. En un país como el nuestro hoy contamos con los medios para asegurarla. Pero ¿podemos estar seguros de que año tras año, siglo tras siglo, existirán las condiciones sociales y técnicas que harán posible una vigilancia fiable, y de que las condiciones geológicas no depararán sorpresas desagradables en algún momento del futuro? ¿Cómo justificar esta herencia envenenada a nuestros descendientes?
Miguel Ángel Quintanilla tenía razón cuando, desde este mismo periódico, argumentaba que las altas compensaciones que el Gobierno ofrece a los municipios que acepten el Almacén Temporal Centralizado (ATC) sirven para hacer frente a un riesgo imaginado más que a un riesgo real. Pero si las ofrece es porque nadie ha sido capaz de disipar la sensación de riesgo, aunque sea imaginado. En realidad, ese temor favorece un criterio muy racional, el principio de precaución: ante la duda, no exponerse, sobre todo si hay alguna razón para pensar que las ventajas no compensan los riesgos. Y ¿por qué menospreciar el miedo? El miedo ha resultado útil a la especie humana desde el punto de vista adaptativo para prevenir peligros. Cuando la incertidumbre se suma al peligro, el miedo puede ser buen consejero hasta nuevo aviso.
El asunto de los residuos pone en evidencia la falta de prudencia que supuso embarcarse, después de Hiroshima y Nagasaki, en la producción nuclear de electricidad. Ante el dilema de si proseguir o no con la energía nuclear, la carga de la prueba corresponde a los pronucleares. Y la verdad es que no dan salidas convincentes a las objeciones que suscita su apuesta. El argumento al que acaban apelando es que “todo tiene su riesgo” y que el temor al riesgo no debe paralizarnos si no queremos “detener el progreso”. Pero ¿por qué es más progreso la energía nuclear que la fotovoltaica, la eólica o la solar termoeléctrica? ¿Por qué es más progreso despilfarrar energía que consumirla con moderación y eficiencia?
Se investiga para transmutar los elementos más radioactivos en otros que no lo sean o que lo sean sin peligro significativo. Pero en tal caso lo razonable es esperar a que esta investigación culmine: entonces sería el momento de reabrir el debate. Mientras tanto, lo prudente es esperar. Al fin y al cabo, las nucleares sólo aportan el 17% de la electricidad y el 6% de toda la energía consumida en el mundo. Esta cantidad se puede cubrir de sobra con las fuentes renovables hoy disponibles. Destinemos las enormes inversiones que se comen las centrales nucleares a desarrollar las renovables.
Por esto, y con independencia del procedimiento para elegir el lugar donde ubicar el necesario e inevitable almacén nuclear, los ecologistas tienen buenas razones para proponer que la decisión se vincule a un compromiso del Estado para cerrar todas las centrales españolas a medida que vayan agotando su vida útil. Si no se cierran, ¿cuántos años tardaremos en volver a discutir dónde instalar un nuevo almacén? Porque los residuos no cesan de salir de las centrales, por toneladas al año.

Joaquim Sempere es profesor de Teoría Sociológica y Sociología Medioambiental de la Universidad de Barcelona

Ilustración de Iker Ayestaran

El clima sigue cambiando

17 ene 2010

JUAN LÓPEZ DE URALDE

01-17.jpgEn la medida en que asimilamos el fracaso de la Cumbre de Copenhague, tenemos ahora que enfrentarnos a la realidad cierta de que las emisiones contaminantes continúan aumentando. Mientras tanto, el proceso de negociación internacional contra el cambio climático se encuentra en la UVI. Por ello, tenemos la doble tarea de analizar las razones que llevaron al fracaso de aquella cumbre y de repensar una nueva estrategia que pueda sacarnos de la actual parálisis en la que estamos inmersos.
Entre las razones que, desde mi punto de vista, llevaron al fracaso en Copenhague hay tres que destacan: falta de liderazgo, de voluntad política para hacer frente al problema, y desastrosa organización por parte del país anfitrión. Cómo las ordenemos es indiferente.
Tal vez la falta de voluntad política para enfrentar el problema del cambio climático sea la razón más importante por la que la Cumbre de Copenhague haya fracasado. Con la excepción de los países afectados de manera más dramática por el cambio climático –islas del Pacífico y África–, no hubo durante las reuniones en el Bella Center la más mínima ambición por parte de los grandes países para, de verdad, hacer frente al problema. Por ejemplo, cualquier medida pequeña que se proponía, se hacía siempre mirando de reojo al vecino, y en ningún caso con auténtica voluntad de llevarla adelante si otros no se movían también. Un ejemplo claro fue el de la discusión del objetivo del 30% de reducción de emisiones por parte de la Unión Europea. Tanto amagó la Unión Europea con aprobarlo… que al final no lo hizo, evitando con ello que otros países también se movieran hacia delante.
La falta de liderazgo y el total desconcierto se puso de manifiesto cuando Obama mostró signos claros de que Estados Unidos no iba a moverse de su posición, expresada a través del proyecto de ley actualmente en discusión en el Senado norteamericano. A partir de ahí, nadie fue capaz de levantar claramente la bandera del cambio climático, y esta se quedó en el suelo.
Por último, merece una especial mención la desastrosa organización de la cumbre por parte del Gobierno de Dinamarca. Incapaz de jugar con habilidad el juego diplomático, las propuestas danesas llegaban siempre en momentos inoportunos, y requerían un esfuerzo para ser neutralizadas. A ello hay que sumar la represión feroz de un movimiento social pacífico que trató de llevar la vez de la sociedad civil a la Cumbre de Copenhague, en medio del caos organizativo y la burocracia de los gobiernos.
Como todos los que estuvimos en la Cumbre de Copenhague, el paso por el Bella Center dejó en mí un amargo sabor de frustración, al que fui llevado por la indignación con la que veía desde primera fila la indolencia de aquellos que tenían en sus manos la responsabilidad de sacar al planeta del atolladero ecológico en el que está metido. Así las cosas, nadie debería extrañarse de que finalmente cogiera mi pancarta y me plantara en la cena de los jefes de Estado, sólo a dos días de terminar la cumbre, en un desesperado y pacífico intento de llamar la atención sobre el fracaso hacia el que se abocaban las negociaciones.
Por más que haya quien me tache de delincuente (en mi caso no parece haber derecho a la presunción de inocencia), mucho mayor es el delito de aquellos que dejaron pasar la oportunidad en Copenhague de salvar el clima, e incumplieron el acuerdo internacional suscrito por ellos mismos en Bali. ¿Para ellos no hay castigo?
Tal vez el elemento más esperanzador ocurrido alrededor de la Cumbre de Copenhague, las protestas y las detenciones, es que mucha, mucha gente ha abierto sus ojos ante lo que está ocurriendo. El hecho evidente de que desde Río 92 han pasado ya 18 años y el sistema es incapaz de hacer algo efectivo contra la destrucción ecológica del planeta; por más que reconozca la gravedad de la situación, está ahora más en evidencia que nunca.
A pesar de las dificultades, la movilización ciudadana ha sido masiva. En Copenhague el 12 de diciembre salimos a la calle más de 100.000 personas reclamando un acuerdo justo, ambicioso y vinculante. La mayor manifestación jamás celebrada en la historia de Dinamarca, aunque ensombrecida por las injustas y masivas detenciones practicadas por la policía danesa. Al día siguiente, en vez de cubrir la gran fiesta ecologista, los medios mostraban filas de cientos de detenidos que eran llevados a aquel Guantánamo del clima.
Más de 13 millones de firmas fueron recogidas por las diversas organizaciones agrupadas alrededor de la campaña “tck, tck, tck”. Se produjeron cientos de movilizaciones, protestas y celebraciones en decenas de capitales durante aquellos días.
De la misma manera, la movilización de apoyo a nuestra liberación ha sido impresionante. Más de 60.000 firmas conseguidas en sólo una semana muestran hasta qué punto el fracaso de Copenhague no les ha salido gratis a los que lo han promovido.
Ahora el gran reto del movimiento social contra el cambio climático es conseguir que esa presión social continúe y se multiplique. Está claro a estas alturas que sólo la movilización de la sociedad puede conseguir los cambios necesarios que los gobiernos y las empresas deben asumir para frenar el cambio climático.
No hay otra alternativa que reducir las emisiones de CO², y hacerlo de forma drástica y urgente. Podemos seguir perdiendo el tiempo discutiéndolo, o podemos empezar a actuar.

Juan López de Uralde es director de Greenpeace España

Ilustración de Mandrake

Los retos contra la pobreza

16 ene 2010

GORDON BROWN

01-16.jpgCrisis impredecibles como la catástrofe de Haití de esta semana demuestran una vez más la fragilidad de la vida en nuestro planeta, pero también el instinto humano de ayuda a aquellos que lo necesitan.
La primera década de este milenio fue sorprendente en cuanto a que las preocupaciones sobre la pobreza mundial llegaron por fin a los titulares y captaron la atención de políticos y el público en general.
En los años inmediatamente posteriores al importantísimo acuerdo sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio, se realizaron grandes avances y se respiraba un gran optimismo.
Ahora, una convergencia de crisis (la de los mercados financieros globales y la del cambio climático) amenaza con invertir los logros recientes y finalizar una era de progreso que acababa de comenzar.
Para los países pobres, la crisis del cambio climático no es un problema abstracto que se mide en términos de generaciones futuras, sino una realidad cruda, apremiante y peligrosa.
Las catástrofes ecológicas matan ya a 1.000 personas cada día.
Se avecina una nueva emergencia de hambruna.
Mientras que la crisis del cambio climático ha ido haciendo mella lentamente, los efectos de la crisis financiera han sido tan repentinos
como severos.
Sin ánimo de minimizar el sufrimiento que la recesión mundial ha causado entre las familias de los países ricos, no hay margen de duda al afirmar que, en los países pobres, la crisis ha sido la diferencia entre la vida y la muerte.
Las consecuencias en estos últimos, perdurarán largamente tras la recuperación de las economías desarrolladas.
Hasta ahora, las pérdidas del comercio y la reducción de los ingresos han supuesto la retirada de miles de millones de libras de financiación para escuelas y hospitales.
Hablando en cifras, clara y llanamente, se estima que morirán 400.000 niños más al año y que millones de ellos, en edad escolar, crecerán sin haber aprendido a leer y escribir.
Por tanto, y con dos retos simultáneos y peliagudos que superar, los 12 meses próximos de 2010 serán, a mi entender, tan decisivos como los últimos diez años de la pasada década.
Nuestro empeño y nuestros esfuerzos deben enfocarse a cumplir nuestras promesas y buscar nuevas respuestas ante el cambio climático, así como a superar las dificultades económicas que podrían llevar a la pobreza y a la desesperación permanente a cientos de millones de personas.
En primer lugar, debemos persistir en el propósito de hacer que la pobreza pase a la historia. Gran Bretaña no sólo mantendrá su compromiso de ayuda en 2010, sino que lo incrementará.
Por eso, Reino Unido prepara actualmente leyes que le harán el primer país del mundo en dar garantías permanentes con el objetivo de alcanzar y mantener el 0,7% establecido por Naciones Unidas.
El resto de países deberán ser igualmente fieles a sus promesas; es de crucial importancia que garanticen que los fondos adicionales, urgentes y necesarios para equipar a los países en desarrollo con el fin de que estos sean capaces de adaptarse y mitigar los efectos del cambio climático, no saldrán de los presupuestos de ayuda.
Por supuesto, la ayuda por sí sola no constituye la solución total, pero con la disminución de los ingresos y el aumento de la demanda de servicios en los países en desarrollo, la ayuda puede desempeñar una función inestimable en el mantenimiento de escuelas y hospitales y en la provisión de una red de seguridad vital para los más desfavorecidos.
En las últimas semanas hemos visto en África el comienzo de un movimiento para abolir los honorarios que pagan los pacientes y crear un servicio de atención sanitaria similar al británico. Debemos apoyar estos esfuerzos que ofrecen esperanza a millones.
Los terribles acontecimientos en Haití esta semana nos recuerdan la necesidad de ayuda humanitaria para salvar vidas en emergencias, más allá de la ayuda al desarrollo. Reino Unido ya ha enviado grupos de especialistas y ha comprometido seis millones de libras esterlinas para iniciar la ayuda humanitaria. Somos conscientes de que será mucho más necesario cuando pasemos del auxilio a la recuperación.
En segundo lugar, debemos buscar fuentes de financiación innovadoras. Hasta ahora, hemos generado miles de millones de libras con la venta de bonos y las donaciones públicas, pero estoy convencido que de que es viable y posible obtener más.
El Fondo Monetario Internacional, por ejemplo, está estudiando la forma en que el sector financiero podría contribuir en mayor medida al pago de las cargas de la intervención gubernamental, incluyendo un impuesto a las transacciones financieras que supondría ingresos significativos si se consiguieran conciliar todos los pormenores.
En tercer lugar, debemos asegurarnos de que los países en desarrollo no sólo gestionen la crisis, sino que inviertan en el futuro. Tal y como ocurre en Reino Unido, invertir en educación es crucial para el crecimiento en el futuro. Por eso ,el presidente Zapatero y yo trabajaremos con Sepp
Blatter, de la FIFA, y con el presidente Zuma, de Sudáfrica, quienes se han comprometido, a través de la campaña 1GOL, a hacer de la educación para todos el legado del primer mundial de fútbol en África.
En cuarto lugar, debemos alentar la capacidad de los países en desarrollo de salir de la pobreza por sus propios medios. Existen, a través del G-20, nuevas oportunidades para aspirar a un crecimiento verdaderamente global, que incluya y beneficie a los países de rentas bajas.
Para este año, contamos con todos los medios internacionales que podamos desear para forjar el progreso y responder a las promesas que hicimos en Gleneagles en el cénit de la campaña Haz que la pobreza sea historia.
De crucial relevancia se presenta la Cumbre Mundial de la ONU en septiembre, de la cual el presidente Zapatero ha hecho una prioridad para el desarrollo de la presidencia europea.
Para cobrar impulso, necesitamos alcanzar pronto una determinación política del más alto nivel en este nuevo año. 2010 supondrá una prueba de la preocupación a nivel mundial por los más pobres y de su confianza en nosotros. Por conciencia y por propio interés, por el bien de ellos y por el bien nuestro, no podemos fallar. Debemos actuar ahora para devolverle al mundo entero su futuro y su esperanza.

Gordon Brown es primer Ministro del Reino Unido

Ilustración de Patrick Thomas

Ética y evolución

23 ago 2009
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dominio-08-23.jpgCarlos París

Llega la triste noticia del fallecimiento del ilustre primatólogo Sabater Pi justamente en el mismo año en que se conmemora el bicentenario del nacimiento de Darwin. La importante obra del científico catalán se sitúa en la estela abierta por la revolución evolucionista, asentada con decisivo empuje a través de la teoría de la selección natural de Darwin y Wallace. Todo un movimiento intelectual que, tal como ocurre con las grandes transformaciones científicas, mas allá de su importancia decisiva en las aulas académicas, transcendiendo la comunidad científica, afectó profundamente a nuestra concepción de la realidad, en este caso a la comprensión de lo humano en su relación con la vida animal y la naturaleza, y no sólo conmociona viejas creencias, sino que plantea la necesidad de impulsar una nueva conciencia ética.

Darwin, aunque no se deben olvidar sus aportaciones a la conducta zoológica y humana, decisivamente había iluminado los orígenes del cuerpo humano. La concepción de las especies animales en aquella época se centraba en su anatomía y fisiología. Pero, a mediados del siglo XX, florecerá la investigación etológica, el estudio del comportamiento animal, en que destacó la figura de Konrad Lorenz. Y en este terreno se sitúa la importante contribución de Sabater Pi, con sus trabajos sobre el uso de los instrumentos en los chimpancés. El ser humano como Homo faber no representa ya una innovación que arranca de la nada, sino la culminación de un proceso iniciado en la vida animal.

A lo largo de la historia se ha tratado de definir al ser humano desde múltiples perspectivas, como Homo faber, según acabo de indicar, como animal que usa la palabra, en Aristótes, como Homo sapiens , como ser capaz de proyectar su vida, como viviente que trabaja y juega. Mas todas estas perspectivas quedan englobadas en la amplitud del concepto de cultura, tal como expongo en mi libro El animal cultural-Biología y cultura en la realidad humana. Y la cultura humana, como nuestra corporalidad, es una realidad que parte del proceso evolutivo, en el que nos aparece completando los recursos de la biología, de los determinismos genéticos y de las posibilidades de la anatomía. También las especies animales son capaces de aprendizaje individual y de transmisión de tales logros al grupo. O de aumentar sus posibilidades de acción mediante instrumentos que extienden la corporalidad y protagonizan conductas que modifican el medio, adaptándolo a sus necesidades. También llegan a desarrollar la comunicación mediante lenguajes que transcienden lo meramente innato. Si nuestra corporalidad es resultado de la evolución, también la misma realidad de la cultura, cuya poderosa expansión en la técnica, en el saber, en la libertad caracteriza a nuestra especie es el último y culminante peldaño de un largo itinerario.

¿Esta visión que nos emparenta con el mundo animal, que hunde nuestras raíces en el proceso de la evolución, representa una humillación de nuestro pretencioso orgullo? Tal cosa pensaba Freud respecto a la revolución copernicana que nos desplazaba del centro del universo y de la evolucionista que sitúa nuestros orígenes no un acto creador singular, sino en el seno de un universo en evolución. Y si recordamos el modo en que la modernidad se inició con el frenesí de un poder ilimitado sobre la naturaleza, pensada como enemiga dominable a través de la ciencia y la tecnología, hay que pensar no en una humillación, sino en la rectificación de un peligrosísimo error, de una fatal ilusión. Para Bacon había que “vencer” a la naturaleza. Obedeciéndola con las astucias del esclavo. Para Descartes era el hombre el “dueño y poseedor de la naturaleza”. Para Leonardo “Il dio della natura”. La naturaleza fue considerada como mero objeto de explotación. Una explotación que el capitalismo estableció sobre los seres humanos y sobre nuestro medio natural. Y cuyas consecuencias terribles hoy palpamos. Hemos desarrollado un enorme poderío tecnológico, mas este, irracionalmente dirigido por la voluntad de poder y lucro, se convierte en fuerza de destrucción de la humanidad y de la naturaleza. En amenaza de ecocidio bélico por el uso del arma nuclear, en amenaza de ecocidio industrial por una producción descontrolada,
Ya Marx vió al ser humano como “parte de la naturaleza” y a esta como “nuestro cuerpo inorgánico”. A la par que Engels repudiaba la imagen de la naturaleza como un territorio enemigo que hemos de conquistar…Y hoy día el movimiento ecológico, junto a pensadores como Jonas, impone una nueva conciencia ética, una relación simbiótica con el medio. En realidad necesitamos una radical transformación de nuestra civilización. En que la utopía tecnológica que vivimos se reoriente en una utopía social.

El ser humano ha sido desplazado de su reinado sobre la naturaleza. Pero para conseguir una función mucho más noble para convertirse en custodio de la naturaleza. Es lo que nos ensañaba ya el evolucionista Julian Huxley en su Evolución en acción. Heidegger hablaba retóricamente del ser humano como “pastor del ser”, más concretamente habría que propugnar la misión del ser humano como pastor de la naturaleza. Sabater Pi no recibió el reconocimiento de sus méritos por parte de las grandes instancias que gobiernan nuestra cultura. ¿No merecía el Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias? Fue un hombre que se hizo a sí mismo en denonado esfuerzo. Pero el mejor homenaje que podemos rendir a su figura y su obra es luchar por el desarrollo de una civilización en que reine la armonía con la naturaleza y la solidaridad entre los humanos.

Carlos París es Presidente del Ateneo de Madrid. Filósofo y escritor.

Ilustración de Patrick Thomas

Un ataque a la ciencia

26 jul 2009
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dominio-07-26.jpgJosé María Bermúdez de Castro

Alfredo Pérez González

Josep María Parés

El Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana de Burgos (CENIEH) nació en noviembre de 2004 con la constitución de un Consorcio en que participaban a partes iguales el Ministerio de Ciencia y Tecnología y la Junta de Castilla y León. Se trataba de la culminación de un proyecto tantas veces deseado por todos los integrantes del Equipo Investigador de Atapuerca, comenzando por su fundador, el profesor Emiliano Aguirre. Burgos sería la sede de este centro, debido a la proximidad de los yacimientos de la Sierra de Atapuerca (patriminio de la humanidad desde 2004), y formaría parte de un complejo cultural de primera magnitud, junto al Museo de la Evolución Humana y el Palacio de Congresos y Auditorio. Este complejo se sumaría a otros atractivos de Burgos, como su afamada catedral, una verdadera joya del gótico español, y el Camino de Santigo a su paso por la provincia, que también han recibido la distinción de patriminio de la humanidad. Todo ello constituirá el núcleo de la candidatura de la ciudad para optar a ser capital de la cultura europea en 2016.
El primer firmante de este artículo fue designado director del Consorcio, mientras que el Sr. D. Enrique Plaza Fernández-Villa (ingeniero industrial) era nombrado presidente de la Comisión Ejecutiva, con funciones de gerencia, la representación legal del Consorcio y con la compleja tarea de coordinar y controlar tanto la construcción del edificio como de su equipamiento científico. El edificio ya está terminado, con los naturales retrasos que siempre suceden en las obras públicas. Los equipamientos más importantes ya están en sus respectivos laboratorios, aunque la mayoría aún no están operativos. Su Majestad la Reina Dª Sofía tuvo la gentileza de inaugurar el edificio el pasado día de 7 de julio, aprovechando su visita a los yacimientos de la Sierra de Atapuerca.

En apariencia, y cara a la opinión pública, todo se ha desarrollado con normalidad en el proceso de construcción, equipamiento y funcionamiento del día a día en el CENIEH. Nada más lejos de la realidad. Desde hace más de tres años, el presidente la Comisión Ejecutiva ha ejercido una interferencia en las decisiones que correspondían a los investigadores del centro, y en particular en la posibilidad de realizar planes de estructuración científica. Quizás su exceso de celo y su personal (y equivocado) punto de vista sobre la ciencia le llevaron a intentar controlar el CENIEH en todas sus facetas, incluidas las científicas. A pesar de las reiteradas advertencias por parte del director ante las administraciones correspondientes y el esfuerzo de estas para conseguir la normalidad, todo ha seguido igual o incluso peor. El enfrentamiento no se limitó a la dirección, sino que se extendió a todos los científicos y técnicos del CENIEH, al punto de que en septiembre de 2008 el primer firmante de este artículo pasó un tiempo en un hospital de Burgos por sospecha de posible ictus y permanece desde entonces con tratamiento médico. Este ninguneo al director y otros miembros del centro está bien tipificado por las leyes que regulan la vida laboral y tiene consecuencias predecibles, como el deseo de abandonar el puesto de trabajo. El coordinador del Programa de Geología, el Dr. Diego Angelucci, decidió abandonar el CENIEH, siendo la primera víctima de esta situación. Otros miembros del CENIEH no han querido alzar su voz contra la injusticia del trato recibido por miedo a posibles represalias.

La mayoría de las decisiones importantes del CENIEH se toman de manera unilateral y personalista por parte del presidente de la Comisión Ejecutiva, ignorando los criterios científicos que deberían tenerse en cuenta en un centro de investigación. Por supuesto, la cosmética del centro ha primado sobre las necesidades reales de un centro que pretende ser de excelencia. Así, y desde hace meses, se han paralizado de manera unilateral las compras del equipamiento complementario para el funcionamiento de los laboratorios, a la par que se montaba una sala de reuniones más bien propia de una multinacional. El colmo de esta situación grotesca se ha producido durante este mes de julio, tras la inauguración del edificio. Algunos de los miembros del CENIEH ya trabajan con normalidad en el nuevo edificio, que carece de licencia de primera ocupación y de un plan de evacuación y seguridad, que la ley exige en los edificos públicos y privados. Por el CENIEH han pasado en estas circunstancias 3.535 personas durante las jornadas de puertas abiertas organizadas por el presidente de la Comisión Ejecutiva. Por descontado, y como es habitual, el director del CENIEH no tenía conocimiento de la situación del centro en materia de seguridad y prevención.

Todos los miembros del CENIEH anhelan una situación de normalidad para desarrollar su trabajo sin sobresaltos. Las administraciones muestran su buena voluntad para terminar con esta situación, pero, de manera incomprensible, la decisión no termina de llegar. El CENIEH está en peligro de convertirse en un centro vulgar y desprestigiado antes siquiera de empezar su andadura. Todo el proyecto en torno a los yacimientos de Atapuerca se resentirá si esto llega a suceder.
Lamentamos profundamente tener que recurrir a los medios de comunicación para reclamar nuestros derechos. Somos científicos vocacionales que no aspiramos a otra cosa que servir a la sociedad con nuestro trabajo. Queremos situar nuestro país en la vanguardia de la investigación, pero hemos tenido la desgracia de tropezarnos con un personaje peculiar e ineficaz en su trabajo, incapaz de compartir con nosotros el deseo y el orgullo de construir un país moderno, líder en el ámbito de la evolución humana.

José María Bermúdez de Castro es Profesor de Investigación del CSIC y director del Consorcio CENIEH

Alfredo Pérez González es Catedrático en excedencia de la UCM y asesor a Dirección del CENIEH

Josep María Parés es Coordinador del programa de Geocronología del CENIEH

Ilustración de Miguel Ordóñez

La cuestión nuclear: España solar

01 jul 2009
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DOMINGO JIMÉNEZ BELTRÁN

dominio-07-01.jpgLa cuestión nuclear, con ser importante, no consiste tanto en si se cierra ahora la central nuclear de Garoña o no, sino en cuál es la opción energética de futuro para la sociedad española que además debe y puede ser parte de la salida de la crisis.
Es difícil imaginar otro futuro posible y sostenible para España que el de la España solar en la escala de tiempos a considerar –tres o cuatro décadas– y con las tecnologías disponibles.

De las tres fuentes de energía que pueden significar una aportación masiva en este tiempo, el carbón, la nuclear y las energías de fuentes renovables (EFR), sólo esta última puede ser denominada sostenible. Las tecnologías para EFR representan ya un gran mercado global, con más de 155.000 millones de dólares en 2008 y un total estimado para las dos próximas décadas de unos 8 billones de euros. Y España está bien posicionada por su desarrollo a nivel nacional y su participación en el mercado global.

El carbón, aun con el carbón limpio y el sistema de Captura y Almacenamiento de Carbono –en fase experimental y que supone en sí un incremento en el consumo energético de más del 30%–, implica mantener altas emisiones de gases e impactos ambientales y es mayoritariamente importado.

La energía nuclear, en el estado actual de la tecnología de fisión, es insostenible porque traslada a las generaciones venideras la responsabilidad de los residuos radiactivos; intrínsecamente insegura (necesita sofisticados sistemas de seguridad redundantes y es muy vulnerable); susceptible de contribuir a la proliferación nuclear; y no accesible para muchos países en desarrollo. Además, supone altos costes de inversión (más de 4.000 euros por Kw, y subiendo) muy superiores ya a la eólica (sobre 3.000 euros por Kw efectivo y bajando) y de financiación, para la que dependemos del exterior.

Conseguir en estas cuatro décadas un sistema avanzado de fisión (como los reactores rápidos, que siguen experimentándose, aunque ya se abandonaron en Europa tras los experimentos de Rapsodie, Phoenix y SuperPhoenix francoalemanes), o la soñada fusión, parece una quimera, lo que no evita que ciertos países, como Francia, estén casi abocados a ella por su compromiso con la tecnología nuclear nacional e internacionalmente como suministradores casi en exclusiva de tecnologías, de reactores y centrales llave en mano.

En este contexto, la cuestión nuclear para España es por qué escenario apostamos que sea el más sostenible, considerando las potencialidades españolas y en un escenario global cambiante que apunta decidida y universalmente hacia las energías renovables. El Gobierno debe hacer frente a su compromiso de alumbrar la reflexión sobre el escenario energético 2030 y responder al del presidente ante el Congreso de incluir en ella el plan del cierre ordenado de las centrales existentes. Obviando el hecho de que muchos creemos que Garoña no es imprescindible, la respuesta adecuada a su grado de prescindibilidad sólo la tendrá usted, Sr. presidente, y la sociedad española, integrándola en la respuesta general al desafío energético. Esta reflexión debería trasladarse urgentemente a la reciente Subcomisión de Energía del Congreso y a toda la sociedad.

Si no hacemos esta reflexión, nos la darán hecha y perderemos también esta tercera revolución industrial –basada esta vez en el abandono de los combustibles fósiles– y que parecíamos destinados incluso a liderar. El margen de maniobra es cada vez más escaso, como muestran los escenarios ya precocinados existentes, incluyendo los que nos tienen que llevar a 2050 que, con reducciones obligadas de gases de efecto invernadero de más del 80% y sin la opción nuclear sostenible previsible, significa España solar, sí o sí.

El escenario 2030 es el más estudiado, por implicar reducciones drásticas de emisiones de gases de efecto invernadero para no superar los 2ºC de incremento de temperatura media global. Sea el de la AIE o el propiciado por Greenpeace, coinciden en una reducción del incremento en la demanda tendencial a menos del 0,8% anual y en que más del 50% de toda la demanda eléctrica debería ser no fósil. Y los costes globales de estos escenarios más sostenibles (13,6 billones de dólares hasta 2030) serían como mucho del orden de un 6-8% superiores al tendencial o insostenible. En este escenario, España no debería crecer en demanda en más del 0,6-0,8% anual y estabilizar antes de 2030 el consumo de energía, con más del 60% de la electricidad de EFR, para posicionarse entre los líderes globales.

Y el escenario 2020 de mínimos está ya fijado a nivel comunitario por el paquete 20-20-20 de la propuesta de la Comisión de 2008, que se articula como obligación en la nueva Directiva de EFR que España debería trasponer en una Ley. España debería distinguirse superando las exigencias comunitarias, incrementando la demanda anual en menos de 0,8% y con objetivos para las EFR del 40-45% de la generación eléctrica.

Los cálculos para los escenarios 2020 y 2030 señalados cifran las inversiones españolas anuales necesarias durante los próximos 20 años en EFR entre el 1% y el 2% del PIB, o similares a los 22.500 millones de euros invertidos en 2008 en EFR.

Sí, podemos. Y nos lo debemos a nosotros mismos y a las generaciones venideras.

Es en estos escenarios donde hay que plantear la hoja de ruta para el abandono progresivo y cierre de las centrales nucleares existentes, que claramente no forman parte de un escenario sostenible, oportuno y deseable con la construcción de la España solar como marca de futuro para el país.

Si no hay el coraje político para alumbrar ya esta reflexión habrá que tenerlo al menos para cerrar ordenadamente Garoña como jalón del cambio a una nueva energía para la anunciada nueva economía.

Domingo Jiménez Beltrán es ingeniero Industrial y ex Director de la Agencia Europea de Medio Ambiente

Ilustración de Mikel Casal

Por encima de nuestras posibilidades

08 nov 2008
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CARLOS M. DUARTE Y CARLOS MONTES

11-08.jpgLa crisis económica que padecemos se deriva de que los ciudadanos de los países desarrollados hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades, consumiendo bienes que excedían el capital que podíamos reponer, sin que los reguladores activasen medidas de contención. Los análisis que hace casi un año alertaban de los riesgos de que este despilfarro llevase a un colapso de la economía se han mostrado certeros, aunque no fuesen del agrado de la sociedad, que tachaba de pesimistas y catastrofistas a quienes los formulaban.

La caída del mercado financiero ha devuelto el problema del cambio climático a su habitual posición de verdad incómoda, posponiendo la adopción de medidas para mitigarlo. Lejos de tratarse de cuestiones distintas, el colapso de la economía contiene lecciones absolutamente relevantes al problema del cambio climático.

La primera conexión entre el colapso económico y el cambio climático es que ambos se originan en el consumo excesivo de capital, financiero en un caso y capital natural en el otro. El uso excesivo de recursos naturales impulsa el cambio climático y los problemas ambientales (desertificación, extinción de especies, sobrepesca, deterioro del océano, pérdida de hábitats, etc.) que conforman el problema llamado cambio global. La economía de la biosfera contiene capitales no renovables, como son los depósitos de gas y petróleo, el territorio y la biodiversidad; y capitales renovados por los ciclos del agua, el nitrógeno y la energía solar.

El capital natural no renovable se debería usar con enorme cautela, evitando el uso de energía fósil, que modifica la composición de la atmósfera y el clima, y ocupando el territorio imprescindible para producir alimento sin deteriorar el territorio y causar la extinción de especies. El capital natural renovable de la biosfera, que compartimos con las cerca de 10 millones de especies que la habitan, se debería usar dentro de los límites que fijan los ciclos naturales.

Hace ya dos décadas que estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades, consumiendo un 25% más de recursos naturales de lo que se regenera cada año. Estamos erosionando el capital natural del que dependen nuestro bienestar y el de las generaciones futuras, encaminándonos a una situación de colapso global que ningún gobierno podrá solucionar, pues no existe tesoro alguno de recursos naturales que inyectar para reactivar la economía de la naturaleza. Los síntomas son claros: cambios de una velocidad inusitada en la naturaleza, con tasas de extinción de especies 1.000 veces mayores que la esperada en ausencia de perturbación humana, cambio climático, erosión de la capa de ozono e incremento de la radiación ultravioleta, agotamiento de los recursos hídricos y de las reservas de suelo fértil, y movilización de enormes cantidades de nitrógeno, fósforo, hierro y varios cientos de miles de compuestos sintéticos, cuyos efectos sobre la naturaleza, incluida nuestra propia salud, desconocemos.

Al igual que con la crisis económica, los reguladores del capital natural han fracasado estrepitosamente en sus obligaciones. Los objetivos de las tres grandes convenciones de Naciones Unidas para combatir estos problemas: la del Cambio Climático (Nueva York 1992) con el Protocolo de Kioto (1997), la de lucha contra la Desertificación (París, 1994) y la de Diversidad Biológica (Río de Janeiro, 1992) siguen lejos de alcanzarse.

El modelo de desarrollo sostenible urdido por los reguladores, fundamentado en la posibilidad de reconciliar el crecimiento económico continuo con el respeto al medio ambiente, resultó ser un engaño que ha dado cobertura al período de mayor expolio de capital natural de nuestra historia, en el que una y otra vez el principio de crecimiento económico continuo prevalecía sobre el de conservación de la naturaleza.

La falacia estaba clara desde su origen, pues el análisis impulsado por el Club de Roma sobre Los límites del crecimiento de Dennis Meadows y colaboradores alertaba ya en 1972 de la imposibilidad de que la economía crezca indefinidamente con recursos naturales finitos.

A Meadows y a los que seguimos alertando de los riesgos asociados al creciente déficit del capital natural nos acusan, como a quienes advertían de la crisis financiera global, de catastrofistas y agoreros. Las evidencias de la regresión global del capital natural son tan incontrovertibles que banalizar sus posibles consecuencias supondría una irresponsable dejación de nuestro compromiso con la sociedad como investigadores científicos en el área de recursos naturales.

En el caso de la economía global, el plazo de tiempo entre los primeros avisos y el colapso financiero fue de tan sólo unos meses. En el caso del uso excesivo de recursos naturales, los avisos vienen multiplicándose desde hace años y aún disponemos de unas pocas décadas antes de llegar a una situación de colapso.

No debemos dejar pasar un año más sin actuar para, como dice un proverbio chino, desviar nuestros pasos para no llegar a aquel lugar al que nos dirigimos. El símbolo chino para crisis se compone de dos palabras, riesgo y oportunidad. Usemos la crisis económica actual como una oportunidad para abandonar el modelo de “desarrollo sostenible”, que nos ha traído, engañados, a la situación en la que nos encontramos.

Afrontemos nuestras contradicciones y busquemos un modelo que preserve el capital natural que asegure el adecuado funcionamiento de la biosfera, el pilar fundamental del bienestar humano. No hacerlo sería un grave error por el que la historia, que escribirán las generaciones cuyo capital natural estamos dilapidando, nos juzgará.

Carlos M. Duarte es Premio Nacional de Investigación

Carlos Montes es catedrático de Ecologúa en la UAM 

Ilustración de Mikel Jaso 

Mercantilización y militarización de la ciencia

14 oct 2008
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Carlos París

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Que la realidad actual de España se resiente de un ancestral descuido de la investigación científica y de la educación es tan triste como indiscutible hecho. Una lacra que afecta no solo a nuestro papel en la historia moderna o al troquelado de nuestra mentalidad colectiva, sino a un territorio para el cual aún las más elementales mentalidades no pueden dejar de ser sensibles: nuestra potencialidad económica. Y semejante situación no es resultado de ninguna predisposición genética, como pensaba Salvador de Madariaga cuando afirmaba que somos un pueblo más dotado para la literatura y la pintura, para la milicia, la navegación de altura o la mística que para la ciencia.
Es el resultado de la desatención que tanto los dirigentes políticos como nuestro capitalismo han prestado al saber científico, hasta convertir en heroico el esfuerzo de excepcionales investigadores españoles, tenaces y sacrificados. Si miramos a los sucesivos gobiernos históricos, es evidente que solo la II República afrontó decididamente esta tara. Y tampoco la política de la actual etapa democrática, atenta solo a los problemas de apariencia más inmediata y a dirigir la economía por los fáciles caminos del ladrillo y el turismo, se ha preocupado de remediar esta histórica deficiencia. Así no es de extrañar nuestra escasa competitividad y el déficit de nuestra balanza comercial.
En estas páginas, un reciente artículo de Carlos Martínez Alonso, secretario de Estado de Investigación, aborda la necesidad de fomentar la actividad científica de cara al desarrollo económico español. Evidente y encomiable tesis, aunque no deja de sorprender ver tal tesis contradicha en la práctica por la reducción de la partidas dedicada a investigación y a educación en el actual proyecto de presupuestos. El autor de dicho artículo, glosando la figura de Pasteur, insiste en los beneficios que la investigación ha deparado a la Humanidad, para concluir la conveniencia de un maridaje entre la actividad científica y la empresa. Un tópico que, en mi opinión, requiere ser analizado, pues semejante relación se presta a complejos y
contradictorios desarrollos.
No vivimos ya en los tiempos de Pasteur o de nuestro Ramón y Cajal, cuando con su microscopio enfocaba sus preparaciones histológicas en una modesta bohardilla. Hoy, la parte más importante de la investigación científica se realiza por equipos dotados de un material con frecuencia altamente costoso y financiados con programas que suponen importantes inversiones. Cuando transitamos de la revolución industrial, generada en los talleres de los artesanos, de la etapa paleotécnica, en la terminología de Mumford, a la neotécnica, las realidades descubiertas por la ciencia serán la base de los avances tecnológicos. La ciencia ha adquirido el rango del más alto poder. Y los ansiosos de poderío económico o bélico caerán como aves de presa sobre ella.
Afán de conocimiento
Ciertamente, la relación entre ciencia y técnica ha sido históricamente íntima. La revolución científica de la modernidad, como señaló Hauser, se gestó en los talleres artísticos del Renacimiento. Galileo frecuentaba los arsenales y dialogaba con los artesanos. Pero, como a los grandes científicos creadores, le guiaba el afán del conocimiento desinteresado de la realidad y la admiración ante la naturaleza. Einstein, en su Mein Weltbild, ponderaba la contemplación de la naturaleza como el sentimiento grandioso en que se volcaba su anterior religiosidad. Y, cuando su famosa ecuación entre materia y energía había abierto el camino hacia la bomba atómica, tanto él como Russell condenaron el desarrollo de esta terrible arma que, en manos del imperialismo, sigue amenazando a la humanidad.
Así, lo más noble del hacer científico, de la teoría pura, ha sido inmolado en aras de su eficacia. La universidad humboltiana, el modelo científico de universidad, fue reemplazado por la universidad como “estación de servicio de las necesidades sociales”, según la gráfica expresión de los críticos. No pretendo desvalorizar las aportaciones del desarrollo científico a la sociedad. Pero, ¿cuáles son estos desarrollos y a quién sirven? ¿A quién corresponde programarlos y financiarlos? En los EEUU, se viene gastando tres cuartas partes de la I+D a la investigación militar y las empresas capitalistas atienden mucho más, en su propia lógica, al beneficio que al desarrollo humano. Hace ya décadas, el movimiento estadounidense Science por the people señalaba cómo la investigación médica atendía preferentemente a las enfermedades propias de las formas de vida de las clases económicamente superiores y relegaba las enfermedades laborales o las propias de las razas discriminadas. El feminismo, por su parte, ha denunciado la relegación radical que los problemas de la mujer padecen en el desarrollo de la medicina. El que fuera representante de España en la OMS, el doctor Pedro Caba, me relataba, hace tiempo, los incesantes conflictos entre las grandes empresas farmacéuticas y los representantes del Tercer Mundo.
Una oleada crecientemente poderosa trata de supeditar la investigación científica y la enseñanza universitaria a los intereses mercantiles. La maniobra se disfraza con un atractivo valor de servicio a la sociedad. Pero, con ello, además de yugular la investigación pura, se establece el gobierno de la dirección empresarial sobre la actividad científica.
Es necesaria la relación de la investigación con la actividad productiva. Pero es imprescindible el control democrático para que los productos se dirijan al desarrollo humano planetario y no al dominio de los privilegiados.

Carlos París es filósofo y escritor

Ilustración de Mikel Jaso