Carlos Martínez Alonso
Déjame contarte el secreto que me ha conducido a la meta. Mi fuerza se basa únicamente en mi tenacidad”, dijo una vez el científico francés Louis Pasteur (1822-1895). Su figura es un ejemplo claro de que acercar la investigación a las necesidades de la industria, innovar con firmeza, reporta beneficios incalculables a la sociedad. Y es la sociedad ante la que deben responder los científicos.
A Pasteur le correspondió conocer el fascinante tránsito que supuso el siglo XIX. En aquellos años se dieron grandes avances económicos y científicos, pero la Revolución Industrial conllevó también enormes sacrificios sociales. Existía una estrecha relación entre la enfermedad y la pobreza, derivada de las ínfimas condiciones de vida y de la alimentación de las masas trabajadoras. Charles Dickens en la Inglaterra victoriana o Knut
Hamsun en la Noruega de la época nos han dejado obras memorables sobre estos ambientes.
Muchas veces, Pasteur tomó la decisión de abordar un campo concreto de estudio a raíz de un inconveniente real, práctico, planteado por la industria. Se trataba de aspectos fundamentales para ganar tasas de competitividad y bienestar social y económico. Una vez dirigida su atención hacia el problema, era implacable en la manera de desmenuzarlo. Con este modo de actuar, resolvió importantes dificultades del sector productivo de su época.
Pasteur fue un gran impulsor del método científico. Recopilaba todos los datos existentes, planteaba el abanico más amplio posible de hipótesis y ponía en marcha la cualidad de la paciencia. Estamos ante un riguroso Sherlock Holmes de la ciencia. Dijo una vez que la imaginación “debería dar alas a nuestros pensamientos”, pero también que la imaginación “debe ser comprobada y documentada”.
El carácter innovador de Pasteur no descansaba nunca. Buscaba continuamente la aplicabilidad de sus hallazgos. Empezó en el campo de la cristalografía, después se pasó al de las bebidas alcohólicas y de allí al lácteo, pero en todos estos ámbitos sus investigaciones muestran un apego decidido a las realidades cotidianas. Su actividad condujo a pasos de gigante en procesos industriales, médicos y farmacológicos. Se vieron influidos desde la producción de vino y la fabricación de cerveza a gran escala hasta la detección de enfermedades contagiosas, pasando por la mejora de las intervenciones
quirúrgicas.
Desarrolló la Teoría de los gérmenes, que expone cómo todo ser vivo proviene de otro ser vivo y enseña cómo las enfermedades infecciosas se deben a microorganismos patógenos que proceden del entorno y se introducen en un cuerpo debilitado, en lugar de surgir de modo espontáneo. Esta última era la explicación dominante en la época (Teoría de la generación espontánea). Aceptar que los gérmenes atacaban desde fuera significó asumir que son necesarias la esterilización y la higiene. Las habituales batas blancas y los guantes de los médicos van de la mano de estas enseñanzas.
La Teoría de los gérmenes es en realidad consecuencia de las demandas de la industria local francesa de bebidas alcohólicas. Sus representantes solicitaron a la Universidad de Lille, donde él trabajaba, soluciones para ciertos problemas de fabricación y conservación. Pasteur encontró que tanto el vino como la cerveza fermentaban por la acción de microorganismos bacterianos y comprobó que éstos desaparecían mediante el calentamiento. Después observó que ocurría lo mismo con la leche. Ahora llamamos a ese proceso pasteurización y lo hemos incorporado como fase irrenunciable dentro del circuito de producción y envasado de muchos alimentos.
Más tarde, el científico aplicó conocimientos similares para frenar una infección parasitaria en los gusanos de seda, que amenazaba con hundir la industria textil del sur de Francia. La solución de estos problemas le convirtió en una suerte de héroe nacional. Avanzaba la ciencia, crecía la economía del país.
Es necesario entender que la labor de Pasteur no estaba enfocada a la obtención de rendimientos económicos, sino que éstos eran consecuencia de su apuesta honesta por mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Sus teorías explicaron los procesos de enfermedades tan mortíferas en aquella época como el ántrax, el cólera, la rabia o la varicela, y condujeron al desarrollo de las vacunas. Entre sus aportaciones, quizá la más conocida sea la vacuna contra la rabia. Para conseguirla, el científico inoculó el virus de la rabia sucesivamente en distintos conejos, inactivándolo por calentamiento. En 1885, aplicó el resultado a un niño, Joseph Meister, al que había mordido un perro rabioso. Con ello evitó que el pequeño desarrollase la enfermedad, e hizo que los periódicos llenaran de nuevo páginas y páginas con alabanzas hacia sus trabajos.
El de Pasteur no es el único ejemplo de ciencia aplicada que resulta beneficiosa para todos tras ser promovida por las empresas o atentamente seguida por ellas. Ahora que se cumplen 80 años del descubrimiento de la penicilina, se recuerda al escocés Alexander Fleming. Su hallazgo fue una vez más el resultado de una inspiración que coge trabajando a su autor. Las industrias médica y farmacéutica supieron capitalizarlo y comercializarlo rápidamente, salvando
millones de vidas.
Pasteur y Fleming ilustran el éxito de vincular la investigación a su aplicación. Consecuentemente, muestran la necesidad de instrumentalizar, más aún en España, la colaboración entre nuestros investigadores públicos y la iniciativa privada. Difícilmente España será competitiva en términos económicos si no contribuimos con la investigación, con la innovación, a cambiar el actual patrón de crecimiento, deficiente en la creación de valor añadido.
Estamos convencidos de que ese encuentro entre avances científico-tecnológicos y empresas es el que puede desbrozar el camino del desarrollo español, dar pie a un nuevo modelo, el de la economía del conocimiento. Louis Pasteur tuvo la tenacidad, pero también la firmeza precisa, para apostar por la innovación sin vacilaciones. Él mismo lo dijo: “No existe eso que llaman ciencias aplicadas, sólo aplicaciones de la ciencia”.
Carlos Martínez Alonso es secretario de Estado de Investigación
Ilustración de Mikel Jaso
JOSÉ CERVERA
Google no es un buscador. Su negocio no es la búsqueda, ni tan siquiera la publicidad tal y como está definida hoy, por mucho dinero que le esté dando a ganar. Lo que Google está haciendo es construir el ordenador más grande del planeta, interconectando diferentes elementos en una entidad única. Parte de esos elementos están bajo su control en forma de enormes, ingentes servidores de datos diseñados para almacenar de forma segura y eficiente cantidades de información difíciles de imaginar. Otra parte está en nuestras mesas, en nuestras empresas y colegios: son nuestros ordenadores personales. El objetivo final de Google es tejer estos dos tipos de máquinas de tal manera que no esté claro, ni importe mucho, dónde está la información físicamente, si en la máquina en nuestras manos o en los servidores remotos. En su diseño, todos los ordenadores del mundo, los suyos y los nuestros, formarán una unidad capaz de realizar cualquier tarea que queramos encomendarle con precisión, velocidad y eficacia: el Googleputer. O mejor dicho, la GoogleNet, puesto que la Red de redes es la infraestructura básica que permite unificar todo este tipo de computadoras dispersas en una única entidad.
Esa entidad, ese macroordenador planetario, necesita un sistema operativo. La actual batalla entre Microsoft y Google es la disputa por el control de ese sistema operativo: por el alma de la futura red.
Microsoft quiere que la Internet de futuro sea como la de hoy: una red tonta de ordenadores listos, con la inteligencia, la capacidad de cálculo y la memoria repartida en los extremos: los ordenadores personales, que ellos controlan. Google quiere lo contrario: concentrar la inteligencia y la capacidad en unos pocos grandes ordenadores centrales, de modo que cualquier máquina, por reducida que sea su capacidad (móviles, PDAs, PC tontos), pueda llevar a cabo prácticamente las mismas funciones que cualquier otra, ya que quien trabaja en realidad es un gran ordenador que está bajo control del buscador. Microsoft quiere una red centrífuga; Google la quiere centrípeta. Y de momento Google gana: ahora mismo vamos camino de la GoogleNet.
La última batalla comenzó cuando Microsoft, forzado por el avance de Firefox, anunció la próxima versión de su navegador todavía mayoritario: Internet Explorer 8 (IE8). Para satisfacer a sus usuarios, Microsoft incluirá en IE8 una opción de navegación camuflada que no deja huellas en el ordenador de las páginas visitadas; casualmente (¡ja!) esta característica también inactiva el sistema publicitario que está dando tanto dinero a Google. Era un disparo de advertencia y Google así se lo tomó, respondiendo con la guerra total.
Porque eso, y no otra cosa, es Google Chrome: una declaración de guerra total. Tú amenazas mi yugular, yo amenazo la tuya: si Microsoft bloquea el sistema que proporciona los ingresos a Google, estos atacan la esencia del negocio de Microsoft, que es su control del sistema operativo de los PC. Google Chrome es la primera versión del sistema operativo del Googleputer o de GoogleNet, como queramos llamarlo. Su función es reemplazar al sistema operativo del PC, hacerlo innecesario y superfluo al permitir que un ordenador cualquiera dotado de apenas un puñado de funciones básicas y de reducida potencia pueda funcionar en la práctica como un PC completo, siempre que tenga conexión a Internet. Si funciona, la idea hace irrelevante a Windows, y por tanto a IE y los programas que forman parte de Office. Para Microsoft la amenaza es tan letal que, cuando hace 10 años Netscape coqueteó con la idea, Microsoft no dudó en violar la ley para eliminar el peligro.
Pero Google no es Netscape. Su capacidad económica está órdenes de magnitud por encima de la del fabricante de navegadores. Su estrategia ha sido paciente, sin amenazar antes de tiempo, sin provocar y fortaleciéndose antes de atacar, sólo en legítima defensa. La batalla que se avecina será de proporciones épicas. Microsoft es un pésimo enemigo, pero, a pesar de su potencia, comete errores, y tras su asesinato de Netscape está muy vigilado por los únicos poderes que de verdad tienen la capacidad de retener sus ambiciones: el Gobierno de EEUU y la Unión Europea. Google es rápido y ágil, tiene una enorme base financiera, cuenta con la simpatía de los internautas (por el momento) y, aunque también comete errores, suele ser veloz en corregirlos; no por ello es menos despiadado o eficaz. Es una lucha de colosos, y como dice el viejo proverbio africano: cuando los elefantes pelean la que muere es la hierba.
¿Quién nos conviene a los internautas que gane esta pelea? Microsoft es una empresa convicta por abuso de posición dominante y antipática, pero quiere que los internautas conservemos nuestros datos y la potencia de cálculo bajo nuestro control, en máquinas personales. Google se comporta con mucha menor arrogancia, rectifica y aprende de los errores y está comprometida con proporcionar a los usuarios servicios gratuitos (que después cobra a terceros), pero pretende hacerse con el control de una parte sustancial de nuestros datos y recursos informáticos, concentrándolos de tal manera que siempre existirá la tentación (con la posibilidad) de abusar de ellos o de ese control. Lo que realmente nos conviene es que ninguno de los dos consiga una victoria total; que los ordenadores personales sigan siendo inteligentes y capaces, a la vez que se haga posible el almacenamiento remoto de información y el uso de recursos externos de modo transparente. De tal modo que ni Microsoft ni Google consigan la supremacía absoluta; de modo que proyectos como Firefox y el software libre en general tengan espacio, y nosotros tengamos alternativas. Si uno de los dos vence decisivamente, todos perderemos.
José Cervera es periodista
Ilustración de Iker Ayestaran
JAVIER LÓPEZ FACAL
Obama juega al baloncesto, y bastante bien, dicen. El destino ha querido que el desenlace de las primarias demócratas se haya resuelto la misma semana en que se inician los play-offs entre los Lakers y los Celtics, que recobran todo su esplendor y nos recuerdan aquellos duelos épicos e inolvidables de la NBA. En la década de los 80, el mejor jugador de los Lakers era un negro, Magic Johnson, de sonrisa contagiosa. Su virtuosismo con la pelota, su habilidad y creatividad bajo el aro, se enfrentaban al quinteto liderado por un blanco lechoso y un poco patoso, Larry Bird, de muñeca prodigiosa. Un tirador extraordinario, resistente y luchador hasta la extenuación.
Obama sabe que en el baloncesto, y en la política, las alternativas son constantes, que una buena defensa es tan importante como un buen ataque, que una canasta triple (los grandes discursos) suman lo mismo que tres buenos tiros libres (las frases sencillas), que los partidos se juegan y se ganan hasta en el último segundo. Y que no hay enemigo pequeño aunque seas muy hábil con la pelota.
Obama llega, al duelo con McCain, agotado, pero muy curtido. Sin duda más preparado psicológica y políticamente que hace unos meses. Ha aprendido a sufrir, a pelear por cada rebote. Es, hoy, un candidato más humilde todavía, consciente de que la mitad de su victoria hay que atribuírsela a los muchísimos e impropios errores de Hillary. Además, se enfrenta a un auténtico luchador, John McCain, un hombre con una trayectoria personal de película, de héroe de guerra, capaz de soportar las más inimaginables torturas. Un viejo patriota contra un nuevo americano.
McCain ha aprendido mucho de las primarias de sus rivales. Ha ido a remolque en las últimas semanas, incapaz de encontrar un hueco ante la pugna fratricida de los demócratas, pero ha tenido ya dos aciertos. Primero, no caer en la tentación de vender “experiencia” (como hizo Hillary), a pesar de su edad. Él también se presentará como “nuevo” e intentará arrebatar la bandera del “cambio”, la palabra talismán de Obama. Pero su cambio será tranquilo y en la dirección correcta, ha dicho. Y el segundo acierto ha sido retar, con 10 debates temáticos, a su joven oponente para evidenciar que, después del duelo titánico de estilos, egos, razas y sexos…, de lo que se trata ahora no es de quién es más atractivo sino más efectivo para dirigir el destino de los Estados Unidos de América. McCain quiere demostrar que no le tiene miedo a la Obamanía.
Veteranía y juventud. Obama tiene 25 años menos que McCain. Los electores no podrán abstraerse de esta realidad generacional a la hora de preguntarse por la capacidad de su futuro comandante en jefe para superar todas las adversidades. Obama es listo y no caerá: utilizará su juventud como un activo político, pero va a demostrar una energía vital en las próximas semanas que hablará por sí sola.
Tradición y modernidad. McCain no engaña. Se vende solo. Su aspecto es fiel reflejo de su política. Se muestra siempre con mucha naturalidad. Es su única oportunidad. El premio no sólo es la presidencia sino la victoria frente al candidato más moderno y contemporáneo. La épica sería enorme para él y una reivindicación de la tradición y la estabilidad frente al riesgo del cambio. Hay un transfondo rural y urbano en este duelo electoral. La América profunda frente a la cosmopolita. La religiosa y conservadora frente a la del hip hop y las nuevas tecnologías.
Seducción o seguridad. Obama seduce, McCain convence. El joven candidato quiere hablar, negociar, pactar. El viejo soldado, hijo y nieto de famosos almirantes de la armada, prefiere ganar, intimidar e imponer. Todavía cree en la supremacía moral, militar y política donde el destino histórico ha situado a su país. Obama empieza a comprender que la superioridad no es garantía de victoria, como la fuerza no lo es de la paz, y que el liderazgo que se acepta es tan fuerte como el que se toma.
Las elecciones van a suponer un ejercicio de psicoanálisis nacional en directo y difundido a todo el mundo. Los dos candidatos representan, con su propia identidad, las dos Américas que no se reconocen mutuamente y que desconfían, profundamente, la una de la otra. Los norteamericanos se fueron a dormir, tranquilos y satisfechos, pensando en el fin de la historia y en que eran la potencia única. Y las pesadillas de las amenazas globales (del terrorismo a la dependencia energética) les han despertado del sueño –abruptamente– entre sudores y sustos. La lista de retos pendientes es abrumadora. Además, aprender a vivir multilateralmente será tan complicado para los norteamericanos como lo ha sido pretender vivir unilateralmente. El pánico puede apoderarse de los electores, si Obama les enfrenta a su propia realidad. Encontrar la dosis adecuada de cambio necesario será la llave del éxito de su campaña.
Obama es también un buen jugador de billar, como lo ha demostrado con las carambolas consecutivas que ha conseguido. Le gusta el billar americano, bola a bola, siguiendo las reglas del juego y hasta el final. Precisión, habilidad, técnica, concentración y belleza plástica. En el otro lado de la mesa atlántica le espera impaciente Zapatero, que lleva mucho tiempo queriendo jugar, y que también juega al baloncesto en el patio de la Moncloa con sus amigos, aunque no le han faltado carambolas políticas en su vida. El presidente no debería desaprovechar la primera oportunidad que tenga para echar unas canastas con el candidato Obama, ahora que ha anunciado una nueva etapa de las relaciones con España si, finalmente, resulta elegido. No hay nada como uno contra uno bajo el tablero. Aunque éste será otro desafío.
Javier López Facal es profesor de Investigación del CSIC
Ilustración de Mikel Jaso
MANUEL DOMÍNGUEZ-RODRIGO
Llevo casi 20 años investigando en África el origen del ser humano. He trabajado en Kenia, Etiopía, Uganda, Sudáfrica y he hecho de Tanzania mi segundo hogar. En estos años he trabajado solo, a veces durmiendo a la intemperie en sabanas africanas, he colaborado con equipos estadounidenses y he tenido el privilegio de dirigir el primer equipo de arqueólogos íntegramente español que estudia nuestros orígenes en el continente donde el ser humano vio la luz por primera vez.
Durante diez años, nuestro equipo ha sacado centenares de fósiles en las inmediaciones del lago Natron (Tanzania) aportando información muy valiosa de los primeros seres humanos y sus hábitos cinegéticos. En la actualidad, nuestras preguntas nos han trasladado al lugar que preserva de manera excepcional los yacimientos arqueológicos más importantes para reconstruir cómo eran los primeros humanos: la garganta de Olduvai (Tanzania). Dicha garganta, que es para la arqueología prehistórica lo que la Capilla Sixtina es para el arte, ha sido estudiada durante décadas por la familia Leakey y en los últimos 20 años se ha convertido en coto privado de un equipo de la Universidad de Rutgers liderado por R. Blumenschine.
En nuestra actual investigación en Olduvai estamos experimentando más de lo que por desgracia he visto en cada país africano donde he trabajado: algunos investigadores estadounidenses convierten extensas áreas fosilíferas (a veces de varios centenares de kilómetros cuadrados) en feudos particulares con los que mantienen posiciones académicas hegemónicas durante décadas. En dichas zonas impiden que cualquier otro investigador pueda acceder, incluso en situaciones de ausencia de incompatibilidad de objetivos, aunque se trate de investigadores nativos. Dada su incapacidad para abarcar áreas tan amplias, esto se traduce en que cada año centenares de fósiles (quién sabe cuántos de homínidos) desaparecen por falta de atención. Este gesto neocolonial, manifestando que el que tiene los recursos sigue imponiendo su ley sobre lo que es de otros, en este caso, patrimonio primero de los africanos y luego de la humanidad, no es sino una expresión particular de la política internacional de un país que dicta los principios por los que se rige la globalización.
Esta conducta neocolonial va emparejada y se nutre retroactivamente de uno de los peores vicios de algunas sociedades africanas: el elevado grado de corrupción. La investigación de la evolución humana en África está plagada de ejemplos semejantes y muchas otras controversias, que restan apoyo social a una disciplina que es la única que puede combatir con eficacia al resurgimiento de ideas antievolucionistas y creacionistas disfrazadas de diseño inteligente tan de moda en la actualidad. Algunas de estas historias y pugnas acaban de ser recogidas de manera ejemplar en un libro publicado por una periodista de la revista Science (Ann Gibbons, The First Human, Anchor Books, Nueva York). Sería injusto calificar a cada paleoantropólogo estadounidense de esta guisa; de hecho, nuestro equipo está codirigido por un investigador de la Universidad de Wisconsin (Henry Bunn) que es ejemplo de los muchos investigadores procedentes de EEUU cuya excelencia académica y humana he tenido la oportunidad de conocer en mis años de estancia en aquel país. Sin embargo, el sistema académico estadounidense refleja la feroz competencia, casi darwiniana en su sentido más denostado, de investigadores cuya supervivencia depende de su productividad científica. La productividad sólo se consigue con proyectos de investigación, preferiblemente de primer nivel, y en el campo de la evolución humana, eso significa buscar homínidos en África. Una manera de mitigar la competencia es limitar el número de competidores y eso se hace reclamando derechos señoriales sobre zonas de gran riqueza fosilífera.
Trabajar en África es un reto para un investigador español. El reto empieza en casa. Primero, la mentalidad de ciertos gestores ministeriales y políticos incentiva el derroche en yacimientos arqueológicos cuya relevancia es estrictamente parroquial y los recursos disponibles para excavar en yacimientos de envergadura e impacto internacional en el extranjero son irrisorios. Las inversiones importantes en la arqueología nacional se hacen frecuentemente en yacimientos más por su interés político que por su contenido científico. Esta no es una buena política para colocar la investigación arqueológica española en el panorama internacional. Luego, cuando los recursos se conceden, la gestión administrativa de los mismos es surrealista. Yo, en 20 años de investigación, jamás he podido irme a África ni una sola vez sin haber echado mano de mi escaso patrimonio, ya que las ayudas llegan siempre mal y tarde. Una ayuda concedida a principios o mediados de un año, se puede materializar del ministerio a la institución académica a finales del mismo (si hay suerte) y la tramitación interna de ésta se dilata de tal manera que ocurre que el investigador reciba la ayuda al año siguiente. Luego, a veces gestionar los permisos de investigación en el país africano se transforma en un esfuerzo de meses similar al de la gestión de recursos en casa. Y cuando por fin llega uno al campo, además de preocuparse por los riesgos de integridad física (malarias, amebas, escorpiones y serpientes, por no hablar de la fauna grande), le queda enfrentarse al juego sucio de ciertos colegas dotados de mucho más apoyo financiero y a sabiendas de que sus artimañas mafiosas no se conocerán más allá de las zonas recónditas donde los fósiles tienen la mala virtud de preservarse mejor.
A pesar de eso, los que nos dedicamos a esto seguimos y descubrimos, siempre ayudados por la diosa Fortuna, fósiles e información que sirve para explicar como nos convertimos en primates tan excepcionales.
Manuel Domínguez-Rodrigo es profesor titular de Prehistoria de la Universidad Complutense de Madrid
Ilustración de Iván Solbes
MANUEL GUZMÁN
La reciente presentación de las conclusiones de un estudio clínico promovido por instituciones médicas y farmacéuticas catalanas en el que se ha evaluado la utilidad terapéutica del Sativex, un aerosol oral compuesto por una mezcla de extractos de cannabis, ha vuelto a traer a los medios de comunicación la controversia sobre el posible uso clínico de la marihuana y sus derivados. Aunque esta planta se ha empleado médicamente desde hace al menos 50 siglos, los aspectos precisos de cómo actúan en el organismo sus componentes activos (los denominados cannabinoides) no se dilucidaron hasta mediados de los años noventa. A partir de entonces, la investigación científica sobre estos compuestos ha experimentado un espectacular auge, gracias a lo cual conocemos hoy en día bastante bien cómo actúan en el organismo los cannabinoides y cuáles pueden ser algunas de sus aplicaciones terapéuticas más inmediatas. Sin embargo, las restricciones legales que existen desde hace muchos años para prescribir y dispensar derivados del cannabis han dificultado enormemente el estudio del potencial terapéutico de esta planta, de manera que en la actualidad no existen muchos estudios que cumplan exhaustivamente los criterios metodológicos necesarios para ser considerados investigaciones clínicas controladas. En este contexto, el estudio catalán aporta un importante grano de arena al campo y, de forma general, confirma ensayos clínicos previos que apoyan la posible utilización de estas sustancias en el tratamiento de los síntomas de diversas patologías.
¿Qué conocemos hoy en día acerca del potencial terapéutico de esta planta? Debemos sopesar en primer lugar, como para cualquier fármaco, cuáles son los efectos terapéuticamente relevantes respecto a los efectos secundarios que puedan minar la calidad de vida del paciente. En este sentido, los estudios clínicos llevados a cabo con preparados de cannabis y con cannabinoides purificados revelan que su perfil de seguridad es más que razonable y que los efectos secundarios como somnolencia, desorientación, confusión e hipotensión que pueden ejercer en algunos pacientes suelen caer dentro de los márgenes aceptados para otros medicamentos. A pesar de ello, el uso clínico del cannabis y sus derivados es todavía bastante limitado. El efecto terapéutico mejor establecido hasta ahora de los preparados del cannabis y los cannabinoides purificados es la inhibición de la náusea y el vómito en pacientes de cáncer tratados con agentes quimioterapéuticos. Así, en la actualidad se permite en algunos países la prescripción para esta indicación de cápsulas de Marinol (medicamento compuesto del cannabinoide más potente de la planta, el delta-9-tetrahidrocannabinol) y Cesamet (medicamento constituido por un derivado sintético de dicho cannabinoide, la nabilona), así como la dispensa de marihuana medicinal.
Entre otros probables usos clínicos del cannabis y los cannabinoides, cuyo estudio se encuentra en fases avanzadas de ensayos clínicos, podríamos destacar el tratamiento de diversos tipos de dolor (el antes mencionado Sativex, empleado en el estudio catalán, ya ha sido registrado en Canadá para la reducción del dolor neuropático en pacientes de esclerosis múltiple), la espasticidad asociada a la esclerosis múltiple y la pérdida de apetito y peso que tienen lugar en enfermos de sida. Existen además otras posibilidades terapéuticas de los cannabinoides que aún se hallan en fases más tempranas de ensayos clínicos o en fases preclínicas.
¿Es el cannabis (como afirman algunos) la aspirina del siglo XXI, esto es, una panacea y remedio para la curación de innumerables dolencias? ¿O es por el contrario (como claman otros) una planta sin utilidad médica e incluso una sustancia maldita que abre las puertas al consumo de drogas duras? Obviamente ninguna de las dos cosas. El hecho de que existan en prácticamente todos los rincones del organismo moléculas específicas que ligan los cannabinoides y median su acción hace que el potencial terapéutico teórico de estos compuestos sea grande, especialmente en el caso de enfermedades huérfanas para las que no existen aún terapias eficaces. Sin embargo, en algunas otras afecciones para cuyo tratamiento ya se dispone de fármacos aceptables los efectos de los cannabinoides suelen ser de una potencia moderada. Ahora bien, los cannabinoides combinan acciones muy diversas que, aunque cada una de ellas leve en intensidad, en conjunto permiten atacar distintas dolencias simultáneamente y por tanto matar varios pájaros de un tiro. Sirva como claro ejemplo de ello el tratamiento paliativo de los enfermos de cáncer, en los que el cannabis y sus derivados pueden inhibir las náuseas y vómitos asociados a la quimioterapia, aumentar el apetito, atenuar la pérdida de peso, aliviar el dolor, disminuir la ansiedad y permitir una mejor conciliación del sueño. Aunque sobre el papel los medicamentos que contienen cannabinoides purificados poseen una potencia de acción mayor y un perfil farmacológico más estandarizable que los preparados crudos del cannabis, estos últimos (incluido el porro terapéutico) resultan en ciertas ocasiones mejor tolerados por los enfermos, quizás debido a que en la planta existen otros compuestos como el cannabidiol que pueden potenciar algunos efectos terapéuticos y atenuar algunos efectos secundarios. Nunca deberíamos pues olvidar que cada enfermo es un ser humano único y como tal merece ser tratado. En este sentido, el estudio catalán ha vuelto a poner de manifiesto la necesidad de revisar las restricciones legales que impiden decidir libremente a médicos y pacientes sobre una práctica que por otro lado ya es habitual
en muchos enfermos.
Manuel Guzmán es catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad Complutense de Madrid
Ilustración de Mikel Jaso
RICARDO MARQUÉS
La transición energética, que la lucha contra el calentamiento global hace necesaria, implica grandes retos tecnológicos y sociales. El Sol –que es el origen de casi todas las fuentes de energía renovables, incluyendo la eólica, la hidráulica y la biomasa– derrama gratuitamente sobre la Tierra un flujo de energía equivalente a 10.000 veces el consumo energético de la humanidad. Bien es verdad que no todo ese flujo energético es directamente aprovechable, pero una parte significativa de él sí lo es, por lo que las energías renovables aparecen como la alternativa más natural al calentamiento global que el consumo de combustibles fósiles conlleva.
De hecho, las energías renovables suponen actualmente en torno al 15% de la energía primaria consumida por la Humanidad, destacando la biomasa tradicional y la hidráulica. En un futuro energético renovable, sin embargo, la primacía se volcaría hacia los sistemas de captación eólicos y solares, tanto fotovoltaicos como térmicos. Así, el total de potencia eólica y fotovoltaica (para producción de electricidad) y térmica de baja temperatura (para producción de calor y frío solar) alcanza ya en la Unión Europea los 70 gigavatios, lo que, teniendo en cuenta la intermitencia del recurso, equivale aproximadamente a 16 centrales nucleares. Y crece aceleradamente: aproximadamente la cuarta parte de esa potencia fue instalada en los dos últimos años.
En un futuro cercano, la producción de electricidad en centrales termosolares de tamaño medio se sumará a ese crecimiento. La entrada en servicio de la primera central termosolar europea en Sanlúcar La Mayor, cerca de Sevilla, que alcanzará los 302 megavatios de potencia en 2013 (suficiente para abastecer de electricidad a 200.000 hogares), es un buen ejemplo de ello.
Por supuesto que un futuro energético renovable plantea importantes retos tecnológicos, derivados sobre todo de la gestión de un sistema esencialmente diverso, distribuido e intermitente de producción de energía. Ello prefigura un modelo social en el que los consumidores son a la vez productores de energía, en el marco de un sistema cooperativo en el que la función de las grandes compañías energéticas sería más la gestión del sistema que la producción de energía en sí misma.
No cabe duda de que ello supondría cambios sociales de calado, incidiendo en un mayor poder real para los ciudadanos de a pie, y promoviendo una mayor conciencia y responsabilidad social acerca del ahorro y la eficiencia energética. En la medida en que las tecnologías y recursos energéticos renovables son de fácil acceso, comparativamente baratos y de uso puramente civil, un modelo energético renovable también posibilitaría un mayor acercamiento entre el primer y el tercer mundo.
La energía nuclear también se ha postulado como una alternativa que, al no implicar emisión de gases de efecto invernadero, no contribuiría al calentamiento global. Subsiste sin embargo el problema no resuelto de la gestión de los residuos radioactivos. Por otra parte, las 400 centrales nucleares en servicio sólo proporcionan actualmente en torno al 5% de la energía primaria a escala mundial, por lo que, aunque las reservas conocidas de uranio darían aún para 100 años al ritmo de consumo actual, se agotarían en pocos años en un sistema “todo nuclear”. Bien es cierto que las actuales centrales nucleares sólo aprovechan una pequeña parte del material fisible contenido en el combustible nuclear, existiendo tecnologías de reprocesado que, combinadas con un nuevo tipo de reactores llamados rápidos, permitirían alargar considerablemente dicho plazo.
Sólo la aplicación masiva de estas nuevas tecnologías –que en todo caso no evitarían la generación de residuos radioactivos– posibilitaría el uso masivo de la energía nuclear a medio plazo. Como vemos, un sistema energético basado en la energía nuclear supone no sólo multiplicar por 20 el actual número de centrales nucleares, sino que también implica un cambio tecnológico de gran envergadura respecto de la tecnología nuclear actual, con numerosos problemas no resueltos.
¿Merecería la pena afrontar ese reto? En un sistema energético basado en la energía nuclear, la seguridad es una cuestión esencial, no sólo en lo que respecta a la gestión de los residuos. La tecnología nuclear es una tecnología de doble uso: civil y militar. La preocupación con que seguimos el programa nuclear iraní es sólo un pequeño avance de los problemas políticos y sociales que se derivarían de un apuesta decidida por la energía nuclear a escala planetaria.
Un sistema energético todo nuclear obligaría a controles estrictos sobre el transporte y almacenamiento del combustible y los residuos nucleares, así como sobre el posible desvío de éstos hacia fines militares o terroristas. Todo ello configuraría un mundo más inseguro y tendría sin duda consecuencias negativas sobre las libertades y derechos humanos de los ciudadanos de a pie. Por otro lado, la tecnología nuclear es una tecnología sofisticada, al alcance sólo de unos pocos países desarrollados, lo que contribuiría a incrementar el abismo social y tecnológico que ya hoy separa al mundo desarrollado del
subdesarrollado.
No sabemos cuál será finalmente la alternativa energética por la que opte la Humanidad, si optaremos por las energías renovables, si permaneceremos fieles al petróleo, el gas y el carbón, precipitándonos en una nueva era de calentamiento global, o si optaremos por un futuro nuclear. Con las líneas que anteceden, sólo pretendo dejar claro que dicha decisión no es sólo una decisión tecnológica, sino también una decisión acerca del tipo de sociedad que queremos dejar en
herencia a nuestro hijos.
Ricardo Marqués es profesor de la Universidad de Sevilla y miembro del colectivo de opinión Naturaleza y Desarrollo
Ilustración de Enric Jardí
JAVIER SÁDABA

El italoamericano Cavalli-Sforza escribía no hace mucho tiempo en su patria de adopción, California: “Para muchos estadounidenses el mundo fue creado el año 4.004 antes de Cristo”. Para darse cuenta de la insensatez de esta manera de leer un documento, para ellos revelado como es la Biblia, no hace falta sino recordar que la escritura, que con toda probabilidad surgió en Sumeria, lo hizo hace unos 5.000 años. Se trata, sin duda, de una postura extrema del llamado creacionismo y que se opone tajantemente a lo que Darwin, los neodarwinianos y el sentido común nos han ido mostrando desde hace años.
El creacionismo, sin embargo, tiene muchos grados y no todos son tan obtusos como para pensar que hace unos pocos años Dios puso en esta tierra todo lo que existe de una vez para siempre. Descubrimientos de todo tipo en relación y los restos fósiles que acumulamos no permiten este tipo de aventuras intelectuales. Por eso los creacionistas más sofisticados afilan sus armas en dos direcciones. En la primera cargan contra Darwin e intentan demostrar que existen fallos en su teoría evolucionista. En la segunda recurren a lo que se ha dado en llamar Diseño Inteligente y según el cual la vida y, concretamente, el hombre no podrían existir si no es por un directo impulso divino. Fijémonos en los dos cuernos por los que intentan atacar los creacionistas, especialmente los de nuevo cuño, y que tienen entre sus egregios defensores a un cardenal alemán. Porque no todos son, contra lo que suele suponerse, fundamentalistas protestantes amamantados en los EE UU.
La teoría darwiniana de la evolución por selección natural, en la que sobreviven los más aptos, ha tenido seguidores y otras teorías alternativas. El neodarwinismo combina Darwin con los desarrollos, espectaculares sin duda, de la genética. Y teorías alternativas son las que se conocen, por ejemplo, como los neutralistas y el equilibrio punteado. Necio sería que entrara ahora en las entrañas de tales teorías. Ni soy especialista en la materia ni viene a cuento. Sirva, sencillamente, como ejemplo de que una teoría, en este caso la evolución, es disecada después, en manos de los científicos, de forma que algunas piezas iniciales se mantienen y otras se modifican. Pero de ahí nada se sigue contra lo más decisivo del darwinismo: somos producto de la evolución y en ésta intervienen factores internos a la misma. De ahí a llevarse las manos a la cabeza porque no queremos parecernos a los simios o rastrear en la vida de Darwin para decirnos que fue un mal estudiante o se casó por dinero, hay un abismo. Un abismo de ignorancia.
Volvamos al Diseño Inteligente y veamos cómo razona. El paso a la vida y sobre todo a la inteligencia humana no podría darse sin la intervención de la divinidad. La vida, por otra parte, es un acontecimiento de una improbabilidad extraordinaria. Si hacemos caso de dos importantes físicos, uno de los cuales, Tipler, se ha convertido en predicador a favor de la resurrección, se aproxima a cero. Y la inteligencia humana, por otro lado, es la que contempla la maravilla de la creación. ¿Cómo no pensar que ha sido puesta aquí precisamente para el deleite de tal contemplación? Más aún, este mundo en el que resplandece nuestra mente si fuera mínimamente distinto no posibilitaría que estuviéramos, como reyes de la creación, en su cúspide. Desde los años setenta y de la mano de B. Carter dicha argumentación recibe el nombre de Principio Antrópico. En realidad, lo que subyace detrás de esta manera de ver el mundo y vernos a nosotros es la idea de que existe un Ordenador Inteligente.
El concepto de orden, sin embargo, contiene dos errores. Porque el orden se presenta como una noción clara que pediría un Ordenador. Y, en segundo lugar, se le hace equivalente a un bien, a una finalidad y, por tanto, a un valor. Ambas afirmaciones son falaces. Que haya orden exigiendo un Ordenador es dar por supuesto lo que hay que probar. Lo que hay es lo que hay y si le llamamos orden es porque, subrepticiamente, pensamos que a su vez existe alguien que lo ha ordenado. Echemos, además, un vistazo al universo. Veremos desastres por todas partes. Echemos un vistazo a la evolución. Y veremos que hemos llegado, algunos, a donde hemos llegado como se podría haber llegado a otro sitio; y por medio sufrimientos y penurias. Más que de Diseño Inteligente se debería hablar de Inteligencia Perversa o de Impotente Diseño. No seamos tan orgullosos: somos el pico de la evolución. Nada más. Por eso, el valor, y es el segundo error, no reside en nosotros como fruto de la evolución. Valemos, según ésta, lo que vale cualquiera de las otras criaturas que pueblan el universo. El valor supondría, de nuevo, un autor que ha mimado al ser humano para que éste venga a la existencia. Pura imaginación y puros deseos. ¿No valemos, entonces, nada? ¿Somos como una piedra? En absoluto.
Desde el momento en que somos autoconscientes, podemos, en interacción con los demás humanos, crear valores. Eso sí está en nuestras manos. No valores como tópicos que se recitan a modo de letanía. No se trata de ficciones. Se trata de ser valientes para aceptar lo que creemos que es verdad y hacer lo que creemos que debemos hacer. Para basarnos en nosotros mismos y no en las mentiras y propaganda que nos rodea. Para no dejarnos llevar por los cantos de sirena, de las mentiras envueltas en celofán. Y vivir libremente. Y solidariamente. Ésa es la verdadera evolución humana y que tiene un fin: vivir todos mejor.
Javier Sádaba es Catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid
Ilustración de José Luis Merino
SERGIO ROSSI
Salimos de la hamburguesería. Acabamos de comernos una doble con queso con sus patatas fritas y un vaso de cartón de medio litro del refresco que tanto nos gusta. Aunque hemos disfrutado, somos ya muy conscientes de que, a largo plazo, este tipo de comida nos va a sentar mal. En abundancia y de forma desproporcionada conlleva todo tipo de problemas metabólicos, llevando nuestra salud por el mal camino. Pero es rápida, muy asequible y atractiva (la publicidad nos la ensalza como algo muy “in” cocinada con productos sin duda de la mejor calidad). La sociedad puede inducirnos a consumir estos ágapes entre otras cosas porque están hechos a la medida de nuestras necesidades. Algo parecido está pasando con un amplio espectro de la ciencia.
La ciencia se siente como nunca presionada por una sociedad que la está arrollando y, en muchos casos, transformando en un bien de consumo. Y, como tal, debe dar respuestas rápidas a problemas acuciantes; debe ser fashion y estar en la onda; debe amoldarse a las leyes del mercado. El tren cada vez marcha más rápido y los grupos científicos se ven atropellados por una situación de competitividad y de ansia de resultados rápidos como nunca antes se habían visto. La ponderación, la observación y en muchos casos también ese escepticismo propio de la comunidad científica se están viendo envueltos en un manto que nos dirige hacia una ciencia muy dedicada al problema puntual, a la respuesta rápida, a contestar a problemas de forma a veces poco reflexiva.
Es la fast science, la ‘ciencia rápida’. Ciencia a veces muy mediatizada, que no tiene ánimo de vivir durante largos períodos sino sencillamente decir algo así como: “Yo llegué primero, yo lo descubrí; por favor, sigan financiándome”. La propia sociedad, de la que los científicos sólo somos una pieza más del engranaje, teje sus redes con las que nos atrapa, creando desasosiego e impaciencia. Y se pierde la perspectiva. En algunos temas más que en otros, pues no todas las ramas del frondoso árbol de la ciencia llevan el mismo ritmo. Cambio climático, mejoras genéticas, optimización de materiales para telecomunicaciones o estudio de enfermedades humanas (por dar cuatro ejemplos) aprietan fuerte, obligando a algunos colectivos científicos a mirar a su lado para comprobar que el equipo competidor está unos centímetros por detrás antes de llegar a la meta. Se produce una cantidad tal de datos, de hipótesis, de experimentos, que ni los grupos especializados son capaces de recolectar, masticar, digerir y asimilar de forma adecuada. Imposible estar actualizado en todo y de todo en tu propio campo, en tu propia especialidad. Ni siquiera los grupos más potentes, que pueden tener a personas dedicadas a la labor de buscar mediante herramientas eficaces los últimos avances, pueden controlar ese desbordamiento de información. Información mezclada, en la que estudios ponderados, reflexivos y muy bien acabados se unen a los mediocres, presurosos y sin perspectiva. Difícil discernir, difícil poder centrarse sólo en los mejores o los más adecuados.
Todos los científicos sabemos que a largo plazo ese tipo de ciencia perjudica más que ayuda a avanzar. Pero si nos apartamos de la carrera por completo, las posibilidades de sobrevivir son mínimas. La fast science revolotea y es tentadora y si, además, nos brinda el aliciente de hacer algo que luego tenga un impacto mediático suficiente como para salir en la portada de una revista, periódico o, mejor aún, en la tele, corremos a ser los primeros en evidenciar nuestro éxito. Quizás efímero, pues dos o tres años después nadie se acordará de un resultado a veces tan apresurado que la propia rama especializada dejará de lado para continuar en su avance. Los científicos nos damos cuenta de que esta actitud es irresponsable, más aún: peligrosa. En el momento en que grupos de presión dicten las directrices y los tiempos de ejecución en determinados temas, los científicos podemos vernos atrapados en un callejón sin salida, en el que lo único que valdrá será mirar hacia adelante y seguir en esa dirección como locomotoras poco reflexivas y con una capacidad de perspectiva casi nula: la ciencia atrapada en la propia dinámica de consumo, como algo necesario pero sólo en aquellos casos en los que su utilidad sea manifiesta o quede bien en el escaparate.
Por supuesto que la mayoría de los equipos tratan de evitar esta vorágine, pero alejarse de los patrones establecidos es difícil: “publish or perish” (publica o perece) es la máxima que nos persigue, que nos atosiga, que nos recuerda que el camino es producir, a veces a toda costa, sin grandes miramientos. Por suerte, poco a poco se está creando un sistema más horizontal de conocimientos, en el que los especialistas tratan de combinar sus esfuerzos en diferentes campos para tener una perspectiva más amplia, un foco plural que permita desacelerar, sin detenerla, la máquina científica. Geólogos se unen a físicos, a biólogos y a químicos para, en conjunto, dar respuesta a un problema concreto de oceanografía. Médicos, bioquímicos, matemáticos y sociólogos aúnan conocimientos para crear un modelo epidemiológico sólido, consistente. La máquina del progreso científico siempre ha sido imparable, pero si no cuidamos bien los roles fundamentales y esa perspectiva amplia y seguimos acelerando como venimos haciendo durante estas últimas dos décadas, el riesgo de descarrilar aumenta de forma inaceptable.
Sergio Rossi es Investigador Ramón y Cajal Institut de Ciència i Tecnologia Ambientals (UAB) y coautor de la novela Medusa
Ilustración de Mikel Jaso
JAVIER ARMENTIA
En pleno debate sobre el Estado de la Nación del 6 de junio de 2006, el presidente Rodríguez Zapatero decidió introducir una resolución instando la celebración en 2007 del “Año de la Ciencia”. Esos días celebrábamos en el Museo Elder de la Ciencia y la Tecnología de Las Palmas de Gran Canaria la reunión anual de responsables de los museos de ciencia y planetarios españoles. Debatíamos, como siempre, la necesidad de que se apueste socialmente por la ciencia, de lo mucho que queda por hacer, de lo difícil que es mover un sistema que nunca ha conseguido dar ni un solo paso firme. Por supuesto, vimos con ilusión esa idea, y públicamente nos ofrecimos desde ese primer momento a colaborar, aunque sabiendo que algo que se impulsa con tan poca antelación y con ninguna preparación difícilmente iba a conseguir sus fines. Posteriormente vino la declaración oficial por parte del Gobierno, la decisión de que la iniciativa fuera coordinada por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, que precisamente tiene entre sus objetivos la difusión de la ciencia entre la población, y muchas reuniones en las que diferentes expertos fueron (fuimos, pues participé también en ellas) aportando ideas de lo que debería hacerse, y la mejor forma de hacerlo.
Pero incluso antes de que ya en enero de este año se hiciera público el inicio oficial del “Año de la Ciencia 2007”, se veía que, una vez más, las cosas se iban a hacer tarde, a menudo apuradas, incluso mal, y que los objetivos iban a quedar menguados. No éramos Casandras especialmente iluminadas, porque para entonces ya se sabía que el presupuesto (en total 7 millones de euros) no iba a permitir casi ni publicidad ni muchos fastos, ni grandes ni pequeños. En cualquier caso, la difusión de la ciencia y la tecnología nunca ha tenido apenas dinero (en 2006 el Programa Nacional para el Fomento de la Cultura Científica dispuso de 4 millones de euros para subvencionar acciones a lo largo de todo el año, lo que no llega ni al 1% del presupuesto en ciencia) y en los últimos años, cada vez más instituciones estaban apostando en nuestro país por dar a conocer la ciencia, principalmente en esas Semanas de la Ciencia de noviembre. Y más que un año de celebraciones (¿qué celebrar realmente, el enorme desapego con estos temas de políticos y sociedad en general?), podría esta ser una oportunidad para echar a andar, y crear estructuras que permitieran al año siguiente seguir andando.
Ahora, cerrando el 2007, está claro que aunque voluntaristas, a pesar de una gran cantidad de trabajo realizado, el Año de la Ciencia ha pasado de puntillas, sin llegar a ser noticia y que, por más que se haya deseado, seguimos sin tener una ciencia en sociedad como necesitamos. Y ello a pesar de que hay signos interesantes: se ha incluido para el Bachillerato la asignatura de “Ciencias para el mundo contemporáneo”, que puede ser una buena herramienta en el futuro para empezar desde la base; los programas nacionales de ciencia consolidan la vocación de difusión al público; ha comenzado a gestarse una red de agentes locales de ciencia y tecnología, aunque de manera mínima y experimental, pero que podría en el futuro configurar una red con gran capacidad de acceso a la población; nace dentro de unos días un servicio de noticias de ciencia, denominado SINC, que, tarde, intentará poner en contacto a comunicadores y científicos; se está estableciendo igualmente una red de museos y centros de ciencia que ya ha visto un primer fruto, la exposición “Museos para el futuro” ahora en la Domus, en los Museos Científicos Coruñeses, dirigida por Ramón Núñez, que será el director del nuevo proyecto del Museo Nacional de Ciencia y Tecnología en A Coruña. Y hasta en la televisión pública, en La 2, ha aparecido un programa de ciencia bajo el auspicio de este año.
Son algunos de los logros, como lo son los cientos de actividades por todo el país que han llevado el logotipo de ese año que, sin embargo, ha pasado desconocido y transparente para el público. Cierto que en Madrid se reunieron más de 500 congresistas hace un mes para debatir sobre la comunicación social de la ciencia, pero la ciencia sigue siendo una gran desconocida, y su comunicación, minoritaria. Ni siquiera la comunidad científica valora como algo necesario implicar a la sociedad en su proyecto. Compartimentalizada, desestructurada y sobreviviendo a los magros presupuestos de investigación y a una creciente desertización de la Universidad, la ciencia querría ser más valorada y mejor conocida, acabar con los estereotipos del científico loco o peligroso que le otorga la imagen popular. Pero no entiende que parte del trabajo del científico es, como reivindicaba Lewis Wolpert en La naturaleza no natural de la ciencia (Ed. Acento), explicar a la sociedad en qué invierte su dinero, y la importancia y consecuencias de su labor. Gran parte de los organismos públicos de investigación siguen pensando que se debería hacer más caso a lo que publican, que la información científica debería recoger esos nuevos conocimientos con denominación de origen, pero sin querer reconocer que para eso también ellos deberían poder ser analizados y criticados, que es la mejor forma de conocer algo. Y los comunicadores de la ciencia, que nos conformamos demasiado a menudo con intentar colar algo de ciencia en los medios o en los museos, tampoco sabemos hacer nuestra labor adecuadamente, ni nos centramos especialmente en aquello que es más importante, aunque sea menos espectacular o curioso. Caemos en la tentación de pensar que todo vale, si es por contar algo de ciencia.
El público quiere más ciencia, pero ciencia de calidad, comprometida con el mundo en que vivimos, que sea capaz de transmitir sin propaganda y con datos que es la herramienta de progreso que el Año de la Ciencia ha intentado mostrar. Sin conseguirlo. Una vez más. Y, por supuesto, sin contar con que en este siglo la Red sigue siendo el mejor instrumento de comunicación, a pesar de que el Año de la Ciencia no se haya esforzado casi nada en alentar el trabajo en ella.
Javier Armentia es Director del Planetario de Pamplona
Ilustración de Iván Solbes
MANUEL DE LEÓN

El pasado 22 de mayo, un nutrido grupo de matemáticos se congregó en uno de los parques de la ciudad de Oslo alrededor de la estatua de Niels Henrik Abel, matemático noruego fallecido prematuramente en 1829 a la edad de 26 años, pobre y aquejado de tuberculosis, tras haber dado resultados gloriosos al álgebra moderna que hoy en día nos han permitido desarrollos tecnológicos insospechados en aquellos tiempos. ¿El motivo? Rendir tributo a Abel y a la vez, al matemático indio S. R. Srinivasa Varadhan, investigador del Courant Institute of Mathematical Sciences y galardonado con el Premio Abel 2007. Sabemos que no hay un premio Nobel de Matemáticas (existen muchas leyendas urbanas al respecto, pero probablemente la causa de ello es que las matemáticas no eran consideradas por Alfred Nobel como fuente de inventos), así que la Academia Noruega de Ciencias y Letras decidió conmemorar la memoria de Abel con un premio anual dotado con seis millones de coronas noruegas (aproximadamente, y dependiendo de las fluctuaciones del mercado, unos 750.000 euros). Según reza la nominación, el premio se le entregaba a Varadhan por “sus determinantes aportaciones a la Teoría de la Probabilidad y en particular, por haber creado una teoría unificada de las grandes desviaciones”.
Hagamos inteligible esta jerga matemática. La Teoría de las Probabilidades nos dice que si arrojamos una moneda al aire, la probabilidad de sacar cara es 1/2. Ahora usted puede repetir la jugada, y de nuevo la probabilidad de sacar cara será 1/2 (como la de sacar cruz), porque son sucesos aleatoriamente independientes y la probabilidad se calcula por la ley de Laplace: sucesos favorables (cara) dividido por sucesos posibles (cara y cruz). Eso es exactamente lo que ocurre con la Lotería Nacional, y en particular, con la Lotería de Navidad que cada diciembre moviliza a todos los españoles. En este último caso, tendremos que hacer una división algo más larga: en el sorteo extraordinario de Navidad se ponen en juego 185 series de 85.000 billetes, así que si jugamos un décimo de lotería, la probabilidad de que nos toque el premio mayor es de 1 entre 85.000. Realmente, no muy alta.
Volvamos a la moneda y repitamos el lanzamiento cientos de veces, miles de veces. Usted puede obtener sucesiones de la más diversa índole: CCCXCCXXXXCXCXCCC… y en cada secuencia, divide el número de caras por el número de lanzamientos. La Ley de los Grandes Números, descubierta por Jacob Bernoulli en el siglo XVIII, demuestra que el resultado medio de una larga secuencia de lanzamientos de moneda se aproxima normalmente al valor esperado, o sea, a 1/2. Pero a veces esto no es así y se producen fenómenos insospechados, llamados desviaciones. La ley de los grandes números establece que la probabilidad de una desviación por debajo de un cierto nivel tiende a cero. Es importante conocer con cuánta rapidez ocurre esto; pensemos por ejemplo en el problema de conocer qué reservas de capital se requieren para que la probabilidad de quiebra de una compañía de seguros se mantenga a un nivel aceptable. El gran mérito de
Varadhan fue descubrir los principios generales básicos.
Las aplicaciones de los resultados de Varadhan son muy amplias: la teoría cuántica de campos, física estadística, dinámica de poblaciones, econometría y finanzas, y la gestión del tráfico. De hecho, sus ideas ejercieron también una gran influencia sobre el análisis de los paseos aleatorios. Para explicarlo, usemos de nuevo una moneda. Usted tira una moneda al aire, si sale cruz, se mueve un paso a la derecha, si sala cara, un paso a la izquierda. ¿Dónde cree que estará usted cuando haya tirado 100 veces la moneda? Eso es un paseo aleatorio. Si repite el proceso muchas veces (las 100 tiradas) usted estará a veces muy lejos, y otras, muy cerca del punto inicial. Pero si lo hace muchísimas veces, en media usted volverá al punto inicial. Los paseos aleatorios modelan el llamado movimiento browniano (¿se ha fijado en el movimiento de las motas de polvo en un rayo de luz?), y esto está detrás de las teorías financieras que estudian la evolución de los precios del mercado de valores. Imagine que con la moneda usted pudiera conseguir que en vez de un paso, una acción subiera o bajara medio euro cada vez según saliera cara o cruz. Aunque la teoría tiene sus detractores, los economistas confían en que la eficiencia del mercado consigue que la teoría funcione. ¿Suerte? ¿Matemáticas?
A Varadhan no le tocó la lotería en 2007, su premio fue fruto de su talento natural, de sus años de formación como matemático, y de un trabajo intenso durante muchos años de su vida, trabajos que, según la citación del jurado, “tienen una gran fuerza conceptual y una belleza intemporal”. Es menos conocido, que el hijo mayor de Varadhan fue una de las víctimas del espantoso atentado de las Torres Gemelas del 11-S en 2001. Esto quizás nos sirva para reflexionar sobre esa fe ciega que a veces mostramos por lo que llamamos suerte. Así que hoy, 22 de diciembre, cuando usted compruebe si sus números han sido premiados, recuerde que su mejor lotería son la libertad y el conocimiento.
Manuel de León es matemático, profesor de investigación del CSIC
Ilustración de Javier Olivares