Tags: comunicación política sociedadANTONI GUTIÉRREZ RUBÍ
En estas fechas, los juguetes y los juegos ocupan una importante cuota de audiencia pública. La presión publicitaria, los estereotipos culturales y tradicionales, así como un contexto favorable al consumo y al regalo como expresión de afecto o amistad, ofrecen todo tipo de alternativas. Parecía que, hasta ahora, juegos y política eran dos realidades sin puntos de conexión evidentes, aunque para muchos ciudadanos la propia política se la juega por su falta de credibilidad ante tanto juego político. La política no es un juego, piensan algunos. Y no les falta razón.
Pero lo cierto, y a lo que me refiero, es que asistimos a un notable incremento de juegos que podríamos llamar políticos. Los hay que, con vocación pedagógica, explican el funcionamiento de instituciones públicas, como parlamentos o gobiernos, o nos ayudan a comprender textos básicos como constituciones o cartas de derechos. Estos materiales, que nacen en muchos casos orientados a la formación y al ámbito educativo, son parte de la oferta de los renovados y crecientes programas pedagógicos de nuestras instituciones, tienen una gran capacidad didáctica y favorecen la reputación de sus promotores.
En otro contexto, observamos cómo afloran las mascotas y los muñecos políticos y, sobre todo, los juegos para la acción o la comunicación política, en particular en las campañas online. Tienen una amplia variedad de formatos, que van desde los
videojuegos hasta pequeñas piezas digitales que, con un alto nivel de creatividad, permiten una gran difusión por su viralidad y capacidad contagiosa en la sociedad red. Estos juegos permiten llevar a cabo simulaciones políticas (es el caso de Peace Maker que nos ayuda a comprender mejor el conflicto entre Palestina e Israel, permitiéndonos ser el presidente de uno u otro país y observar las consecuencias directas de nuestras decisiones durante el juego), desarrollar denuncias y contribuir al activismo militante que se desarrolla en la red.
España, según datos del Informe Anual de los Contenidos Digitales 2009 (elaborado por el Observatorio Nacional de las Telecomunicaciones y de la Sociedad de la Información, ONTSI), se consolida como el cuarto país europeo más importante en ventas de videojuegos. Un mercado que crece muchísimo por la alta penetración del consumo de juegos en dispositivos personales móviles y la proliferación de consolas (uno de cada tres hogares cuenta al menos con una) con acceso a Internet.
Según la Asociación Española de Distribuidoras y Editoras de Software de Entretenimiento (aDeSe), en España hay 10,4 millones de jugadores de videojuegos, más del 22% de la población. A nivel mundial, la industria del videojuego alcanzará en 2012 la cifra de 68,3 billones de dólares, un 10,3% más que la cantidad registrada en 2007, según un informe de la empresa PriceWaterhouseCoopers.
Las fuerzas políticas se han dado cuenta de que los videojuegos, los juegos de estrategia, los de mesa y los de simulación son un nuevo espacio para la confrontación política y electoral por su magnetismo lúdico y por el potencial uso intergeneracional de muchas de sus propuestas; también por su gran aceptación entre la población joven y urbana. En Estados Unidos este tipo de juegos ya han sido muy importantes durante la pasada campaña electoral para las presidenciales y continuan teniendo un papel muy activo en las redes sociales. Es el caso del juego McCain vs Obama, de Obama-McCain debate simulator, donde uno elegía a uno de los dos personajes, escogiendo en cada caso las respuestas más adecuadas sobre distintos temas. O, siendo ya Barack Obama presidente, de 2011, Obama’s coup fails donde este da un golpe de Estado, declarándose imán perdido, y 20 millones de patriotas salen a combatirlo para restaurar la democracia. Este juego, desarrollado por un grupo de seguidores del diputado republicano Ron Paul, ha tenido un gran éxito.
Asistiremos a una eclosión de estos medios para la nueva comunicación política en las próximas elecciones. Vamos a jugar a la política y con los políticos como parte del combate ideológico y electoral. Veremos todo tipo de propuestas interesantes y sugerentes y otras que, en el límite de lo éticamente aceptable, permitirán eliminar o golpear a adversarios, burlarse descaradamente de ellos o ganar competiciones electorales utilizando recursos o acciones reprobables pero que se legitimarán inconscientemente en el marco de que son parte del juego.
Veremos también la presencia de la publicidad política casi integrada en muchos juegos de simulación con unas dosis de realismo y veracidad que la harán altamente eficaz.
En palabras de Imma Marín, asesora pedagógica especializada en juego y educación, jugar es profundamente humano: “En la medida que nos permite transitar y conectar el hacer, propio del jugar, con el sentir y el pensar, consigue una significativa transferencia a nuestra vida real; y de ahí al tránsito inverso: pensar y sentir para llegar a hacer”. Los jugadores son ciudadanos electores.
Las campañas del futuro se concebirán, también, como combates culturales y lúdicos y no sólo estrictamente ideológicos. La sintonía cultural, como la emocional, con los candidatos es un gran espacio para la nueva comunicación y un potente elemento de proximidad y vinculación. Aunque sorprenda o pueda provocar por exagerado, es muy difícil votar a alguien a quien no abrazarías, por ejemplo. Tampoco a alguien con quien no te imaginas ir a uno u otro concierto. Y mucho menos a alguien con el que no puedes hacer equipo para jugar a la Wii. Cuando las ideas políticas se convierten en emociones y vivencias, las oportunidades electorales están en juego. Empieza la partida.
Antoni Gutiérrez Rubí es asesor de comunicación
Ilustración sw Gallardo
Tags: comunicación igualdad sociedad solidaridadANTONI GUTIÉRREZ RUBÍ
Las noticias de Five Channel en la televisión pública británica fueron presentadas recientemente, y durante toda una semana, por James Partridge, presidente de Changing Faces, cuya cara está severamente desfigurada a causa de un accidente de coche que sufrió a los 18 años.
La BBC ha vuelto a liderar una apuesta innovadora en el terreno de la información pública, no exenta de polémica y de debate social. En una rápida encuesta de YouGov, al 44% de los espectadores habituales de ese informativo les pareció una buena idea la iniciativa; el 64% aseguraba que no cambiaría de canal a pesar del impacto visual causado por el rostro del presentador; y otro 20% reconoció que se sentiría muy incómodo ante la pantalla y dudaba de su capacidad para resistirlo.
El debate sobre el uso de duros testimonios personales para generar conciencia social no es nuevo. Durante años, las campañas de publicidad de la Dirección General de Tráfico (DGT) en España han sacudido nuestras sensibilidades hasta extremos difícilmente soportables. A pesar de ello, han obtenido resultados evaluables que siguen mejorando año tras año. Pero la experiencia de la BBC no pretende alertar sobre los peligros de la conducción temeraria, sino que estudia cómo la presencia habitual, en un canal de máxima audiencia, de personas estigmatizadas e invisibilizadas a causa de su físico puede favorecer el cambio de mentalidad y la modificación de actitudes prejuiciosas hacia ellas.
No es la primera vez que la televisión promueve la visibilidad de colectivos sociales minoritarios. La popular cadena musical MTV, a partir de una idea de Matt Stone y Trey Parker (creadores de la rompedora serie de culto South Park), ofreció a personas con discapacidad mental la conducción y presentación del programa norteamericano How’s your news? Fue un éxito total. De audiencia, claro.
Se plantean serias dudas sobre los límites de tales iniciativas o, mejor dicho, sobre su capacidad para conseguir cambios reales en nuestras opiniones, en nuestras conductas y en nuestra manera de ver el mundo y a las otras personas. La propia BBC, que ensaya la presencia de nuevos rostros, no ha tenido reparos en sustituir, hace unas semanas y en medio de una gran polémica, a presentadoras veteranas muy queridas y valoradas por la audiencia por otras caras simplemente más jóvenes. Hasta la ministra de Igualdad británica, Harriet Harman, tuvo que intervenir en la Cámara de los Comunes para pedir su reingreso por considerar que se había excluido a personas muy reconocidas simplemente por una cuestión de edad.
Hay algo perverso en el hecho de que no quepan las canas en la pantalla pero sí las cicatrices. Hay un riesgo grave para la ética pública si se confunde la necesaria igualdad con la mera visibilidad de lo que escapa de la “norma estética” y, al mismo tiempo, se evita la presencia en pantalla, por ejemplo, de personas con más peso, arrugas o canas de lo debido, supuestamente menos atractivas en términos de audiencia o de telegenia. Parece que esas canas son atractivas en ellos y, en cambio, un problema en ellas.
La invisibilidad de muchas personas que pertenecen a colectivos minoritarios, socialmente marginales o en riesgo de serlo, con graves lesiones faciales o corporales fruto de agresiones, accidentes o enfermedades, es un problema real. Y supone una nueva exclusión añadida contra la que hay que luchar buscando la plena normalización de su presencia en todos los ámbitos. También en los medios de comunicación, y más aún en los públicos. La lucha por la igualdad de todas las personas es una tarea inexcusable en una sociedad que no quiere ver, no quiere oír y no quiere escuchar aquello que la sacude moral, ética o estéticamente. La invisibilidad resulta mucho más cómoda y tolerable que el compromiso.
Pero la solución no puede ser, simplemente, la reivindicación de lo ignorado o invisible asociado a campañas concretas o a experiencias piloto, ya que puede quedar atrapada en la búsqueda de nuevas audiencias o de notoriedades que pueden ser contraproducentes.
Si la estrategia de comunicación, en este caso mediática y televisiva, se reduce a una combinación de una mayoría de imágenes y personas aceptables, en términos de marketing y posicionamiento, con un pequeño toque de otras imágenes y situaciones que bordean lo insólito o lo morboso, no hay avances reales. Y sí una posible manipulación de sentimientos.
La diversidad no debe tratarse simplemente como excepcionalidad puntual, a riesgo de ser la coartada ética o estética de lo políticamente correcto, mientras se mantienen en el fondo los estereotipos y los clichés de lo que se considera normal pero que enmascaran otras discriminaciones más sutiles. Necesitamos un debate profundo que apueste con valentía por abrir nuevos caminos que no tengan marcha atrás y que entienda la diversidad en todo su sentido y en todas sus manifestaciones.
Daniel Innerarity, profesor de filosofía y Premio Nacional de Ensayo en 2002, nos plantea en su libro La sociedad invisible la siguiente pregunta: “¿Qué es mejor, socialmente hablando, una buena observación o una buena crítica que genere nuevas teorías y formule los problemas de diferente manera para que sean posibles nuevas soluciones?” En definitiva, ver a quienes no se ve habitualmente en pantalla puede sorprendernos e incluso provocarnos desasosiego o dudas. Pero no garantiza, necesariamente, que pensemos en ello de manera crítica. La reflexión social es algo más que la digestión de las nuevas visibilidades. Necesitamos nuevas imágenes de realidades ignoradas, sí. Pero la diversidad real y cotidiana de nuestras sociedades, con toda su complejidad, es algo más que la visibilidad de los olvidados.
Antoni Gutiérrez Rubí es asesor de comunicación
Ilustración de Jordi Duró
Tags: comunicación política internacional TONI RAMONEDA
El 22 de octubre, Jean Sarkozy, hijo del presidente francés Nicolas Sarkozy, renunció a
presentar su candidatura a la presidencia del consejo de administración de la EPAD, la institución pública de gestión del barrio de la Défense de París, principal centro de negocios de Europa. Las ambiciones del hijo menor del presidente de la República habían levantado un gran revuelo, tanto más cuanto que su edad (23 años) y su bagaje académico (un curso en la facultad de Derecho) permitían dudar de la idoneidad de su candidatura. Tanto el presidente como el grupo parlamentario al que pertenecen padre e hijo (UMP) habían cerrado filas –salvo discretas excepciones como la de Rama Yade, otra joven promesa de la política francesa– en torno a la candidatura del vástago presidencial.
La cota de popularidad de Nicolas Sarkozy estaba sufriendo un retroceso importante según las encuestas y los medios de comunicación. Incluso los más afines, no dudaban en cuestionar la pertinencia de lo que, en el fondo, no dejaba de ser un nombramiento orquestado desde el Elíseo. Así que, cuando Jean Sarkozy anunció su renuncia en el telediario vespertino de la cadena pública France 2, una sensación de victoria política se extendió entre los medios de comunicación y gran parte de la opinión pública francesa. Sin embargo, la realidad es que al día siguiente Jean Sarkozy era elegido miembro del consejo de administración de la EPAD sin mayor revuelo, pues ya no se trataba de un paso hacia su presidencia, sino de la participación en su consejo y mientras la polémica se desvanece y diarios importantes como Le Monde analizan la marcha atrás presidencial, padre e hijo saborean las tres victorias del presidente.
La primera es la victoria estratégica. Jean Sarkozy se ha convertido en consejero político del centro de negocios más importante de Europa sin que a nadie se le ocurra rechistar. De todos es sabido que el control de la Défense forma parte de las luchas intestinas propias de la presidencia de la República; de hecho, el propio Nicolas Sarkozy había accedido en su tiempo a su presidencia de la mano de Charles Pasqua, una de las figuras importantes de la derecha francesa. Pero esta vez el presidente va más allá y no se limita a colocar a un hombre de confianza en uno de los centros neurálgicos del entramado de poder en Francia sino que sitúa a su propio hijo.
La segunda victoria es electoral. La renuncia pública del hijo del presidente se presenta a los ojos de los electores de la derecha, inquietos por una forma de actuar rayana en lo versallesco, como un mea culpa y un reconocimiento del valor atribuido a la opinión pública: el presidente y su hijo escuchan a los ciudadanos y son capaces de renunciar a sus aspiraciones personales en nombre del bien común.
Por último, es una victoria política. Con esta polémica y, sobre todo, con su aparición en la televisión pública en la franja horaria de mayor audiencia, Jean Sarkozy ha adquirido, a sus 23 años, la estatura de un político nacional. Los medios de comunicación lo tratan como tal, le dan la misma importancia y lo comparan a su padre; destacan sus dotes de orador y su aplomo y lo describen como un chico ambicioso, brillante e incluso más dotado políticamente que su progenitor. El acuerdo parece unánime en cuanto a la inconveniencia del cargo al que pretendía pero nadie duda del futuro político que le aguarda.
La política como estrategia de poder, la política como imagen y la política como proyecto vital, son, tal y como este episodio casi shakesperiano ha sacado a relucir, los tres pilares sobre los que reside el ejercicio político de Nicolas Sarkozy. Por supuesto que no hay nada de original en ello y que ningún ejercicio de poder es altruista. Lo que sin embargo resulta novedoso es la manera en la que el presidente francés lo transforma en discurso político.
Nicolas Sarkozy se ha esforzado, desde el inicio de su mandato, en exhibirse públicamente: primero celebró su victoria con unas pequeñas vacaciones en el yate de su amigo Vincent Bolloré, uno de los grandes empresarios franceses (¿por qué esconder la relación entre el poder político y el económico cuando todo el mundo la conoce?), luego se casó con Carla Bruni (¿acaso no es normal que el hombre más importante del país se case con la mujer más bella?) y al fin, ahora, justo en mitad de su mandato, hace pública la ilusión, propia de todo padre, de ver a su hijo seguir los pasos que le llevarán un día a la función suprema.
Se trata de lo que podemos llamar el discurso de la transparencia: el líder político se muestra al mundo tal y como es, sin mentiras y asumiendo sus propias contradicciones. En el caso de Nicolas Sarkozy, (y para ello utiliza con habilidad todos los medios de comunicación, desde la alocución televisiva hasta el mensaje en la página de Facebook de su hijo para mostrarle su admiración paterna), la consecuencia de dicho discurso constituye la cuarta victoria, la definitiva: los periodistas, los escritores, la oposición política y los ciudadanos caemos en la trampa y lo juzgamos por ser lo que es, en vez de centrarnos en lo que dice y hace.
A partir de ahí, cada crítica hacia el presidente es una crítica dirigida al hombre, al padre o al honesto trabajador que descansa unos días y, como si la transparencia fuera una virtud en sí, le basta con señalárselo al periodista, escritor, político o ciudadano de turno para convertirse en víctima de un ataque personal y evitar, una vez más, la crítica y la discusión política. La democracia pierde, Sarkozy gana y otros lo imitan.
Toni Ramoneda es doctor en Ciencias de la Información y de la Comunicación.
Tags: comunicación educación sociedad televisión
Vicenç Navarro
Existe una amplia sensibilidad en la sociedad civil y en la vida política de nuestro país hacia los problemas que crea la contaminación ambiental. Esta sensibilidad ha generado una demanda popular para que las autoridades públicas, en nombre de todos, intervengan para evitar la contaminación atmosférica tomando medidas preventivas. Un tipo de contaminación que no tiene todavía mucha atención mediática en España y, por lo tanto, no ha tenido la suficiente prioridad por parte de la clase política ha sido un tipo de contaminación en la que la televisión es parte del problema. Me estoy refiriendo a la contaminación de valores tóxicos, es decir, valores que, distribuidos y promocionados a través de la televisión entre la población, crean patología. Los programas televisivos (y muchos otros medios también) promueven constantemente valores que son dañinos para la población. Entre ellos, los más destacados son la violencia, el racismo, el machismo, el erotismo manipulador, la competitividad darwiniana exagerada, el miedo e inseguridad y otros mensajes que la literatura científica ha mostrado claramente que crean gran número de patologías.
Según un análisis del contenido de los programas infantiles de las tres cadenas televisivas más importantes de EEUU (CBS, ABC, NBC), realizado por investigadores del Instituto de Higiene Mental de la Escuela de Salud Pública de The Johns Hopkins University, tales programas contienen un número muy elevado de actos violentos, mayor, por cierto, que el existente en los programas para adultos, los cuales presentan violencia física de una persona a otra en cantidades también consideradas excesivas. Tal estudio documentó también que existe una relación clara entre comportamientos violentos y el grado de exposición a programas televisivos violentos. La evidencia científica es incuestionable. Tales programas están contribuyendo a crear una cultura que fomenta la violencia, en la que esta se trivializa e incluso se presenta como atrayente y sugestiva. Otro ejemplo de promoción de valores tóxicos (es decir, que crean patologías) es el estudio llevado a cabo por investigadores de medios de información de la Universidad Pompeu Fabra, realizados en los años noventa para el Instituto de la Mujer de la Generalitat de Catalunya, que analizó la manera en que las cadenas televisivas en Catalunya proyectaban a la mujer en sus programas. Tal estudio, que nunca se publicó ni se distribuyó, mostraba una visión machista de la mujer, enfatizando una imagen de esta como objeto de deseo y placer para el hombre, acentuando su proyección erótica. Así, las presentadoras de programas televisivos, incluyendo los noticiarios, tenían que aparecer sexys, jóvenes y muy escotadas, contrastando con la manera más formal y discreta de vestir de los presentadores varones, que no aparecían nunca escotados. Esta situación no ha cambiado. Estos estereotipos –de lo que tienen que ser el hombre y la mujer– crean frustraciones y tensiones. Un estudio realizado por el Instituto de Higiene Mental de The Johns Hopkins University, antes citado, analizó la proyección de la mujer en las cadenas de televisión en varios países de América Latina, Europa y Norteamérica y mostró que a mayor machismo en la cultura de un país, más escotadas y sexys aparecían las mujeres en los programas de televisión (incluidas las presentadoras de noticiarios). Las más escotadas eran las de América Latina y el sur de Europa, y las que menos las del norte de Europa y de EEUU. Este estereotipo de mujeres como objeto de deseo crea patología. Y la evidencia de ello es abrumadora. Promueve una imagen de la mujer en la que se identifica belleza y atractivo con mujer joven, que atraiga eróticamente al hombre. Esta definición normativa crea gran frustración en aquellas mujeres (la mayoría) que no encajan en los parámetros de la norma de belleza. Un ejemplo más de tal contaminación tóxica es la competitividad darwiniana de muchos programas televisivos, que ensalzan al vencedor a costa de derrotar al perdedor.
Muchos programas que se definen como “programas basura” son, además de basura, nocivos y tóxicos. Soy consciente de que la respuesta a este artículo será que estoy exagerando el impacto de tales programas en la cultura popular. Pero la mejor prueba de que no exagero es que la propia industria televisiva cobra barbaridades para que aparezca un anuncio de sólo un minuto en los espacios televisivos. Estas reflexiones vienen a cuento de la publicación del cuarto informe anual del Código de Autorregulación de Contenidos Televisivos e Infancia, que cubre las denuncias recibidas sobre la programación infantil. Es sorprendente el escaso número de denuncias. En Cataluña, el número de denuncias es sólo de 125 al año, cuando, de haber una mayor concienciación del problema, debiera haber muchos más. En realidad, la Asociación de Telespectadores Asociados de Cataluña ha publicado un informe muy crítico sobre los programas televisivos, por su falta de sensibilidad hacia la adecuación de tales programas para los infantes y jóvenes. Dudo, sin embargo, que la autorregulación resuelva este problema. Lo que se requiere es un mayor intervencionismo público, que elimine tanta contaminación de valores. Las cadenas de televisión, sean públicas o privadas, utilizan el aire –un bien público– para su transmisión. De ahí que las autoridades públicas tengan toda la legitimidad para intervenir y proteger la salud e higiene mental de la población. Si es aceptable prohibir que se promueva fumar en los programas de televisión, debiera ser igualmente aceptable que se prohíban comportamientos y actitudes tóxicas que dañen la calidad de vida de nuestra población.
Vicenç Navarro es Catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra y profesor de ‘Public Policy’ en The Johns Hopkins University
Ilustración de Teo Peiró
Tags: comunicaciónRAFAEL SIMANCAS
El Pleno del Congreso de los Diputados aprobó recientemente por unanimidad una iniciativa propuesta por el PSOE que instaba al Gobierno a liderar una estrategia para la protección de la propiedad intelectual en el entorno digital, con pleno respeto a los derechos de los usuarios de la red, y a partir del acuerdo entre los sectores afectados: operadores tecnológicos, creadores, industrias culturales y consumidores.
Los avances tecnológicos en el ámbito de la comunicación y la sociedad del conocimiento abren un horizonte de posibilidades inmensas para el desarrollo social, económico y cultural. Con la generalización progresiva del uso de Internet, la creación cultural multiplica sus oportunidades de innovación y de difusión; el disfrute de la cultura se expande y se democratiza; y las industrias culturales disponen de nuevos modelos de emprendimiento.
Sin embargo, la consecución de un equilibrio razonable entre Internet y Cultura está aún pendiente de cómo seamos capaces de afrontar el reto de conciliar dos derechos básicos de ciudadanía y dos estrategias claves de país. El derecho a la libre circulación en los entornos digitales debe equilibrarse con el derecho a la protección de la propiedad intelectual y el derecho del creador sobre sus obras. Si el primero es inviolable, el segundo es también fundamental en una sociedad democrática y desarrollada.
Hacer de España un país puntero en la utilización eficaz de las nuevas tecnologías de la comunicación resulta imprescindible para alcanzar los niveles de desarrollo a los que aspiramos. Pero este objetivo estratégico ha de ser compatible con el objetivo no menos importante de consolidar y fortalecer nuestra industria cultural, que supone ya cerca del 5% de nuestro PIB y en torno a un millón de puestos de trabajo directos.
No sería aceptable que el empeño erróneo de una parte de la industria cultural frenase el desarrollo tecnológico de la sociedad española. Y tampoco sería razonable que las cuentas de resultados de las empresas tecnológicas se multiplicaran a costa de debilitar la industria cultural que hace posible la creación. El futuro pasa indudablemente por una convergencia de intereses y estrategias entre los operadores de las redes tecnológicas, los titulares de derechos en los contenidos culturales y los propios internautas.
La gran mayoría de los operadores en Internet actúan de manera irreprochable. Sin embargo, en la red proliferan también usos ilícitos que vulneran el derecho a la propiedad intelectual. A pesar de la actividad intensa desplegada desde el Gobierno y los principales actores institucionales, sociales y empresariales, la llamada “piratería cultural” sigue creciendo. Los problemas que ocasiona esta situación son graves y de calado. Si el creador no encuentra respeto y retribución para su obra, está razonablemente tentado a dejar de crear. Si las empresas de contenidos no recuperan sus inversiones en las producciones culturales, dejarán de promoverlas. Si el creador no crea y el productor no invierte, nuestro desarrollo cultural, nuestro turismo, nuestra economía y nuestro empleo se resienten.
No se trata de crear una especie de Gran Hermano en la red, ni de establecer controles generalizados y a priori. No se trata de restringir el uso de Internet o criminalizar a sus protagonistas. Ni siquiera se plantea acabar con el acceso gratuito a determinados contenidos en condiciones acordadas con sus propietarios. Antes al contrario, se trata de asegurar los derechos y las libertades de todos, operadores, creadores e internautas. Y todos deberán acomodar sus prácticas en la red al respeto de los derechos de los demás. Por ejemplo, unos renunciando a actividades ilícitas, y otros adaptando sus empresas a los nuevos modelos de negocio que posibilita la red.
Este es el camino que señala Europa. El Consejo de Ministros de Cultura de la Unión Europea, reunido en Bruselas el pasado día 20 de noviembre, acordó impulsar una iniciativa común para proteger la propiedad intelectual en los entornos digitales. El Gobierno de España viene desarrollando desde el año 2005 un Plan integral para la disminución y eliminación de las actividades vulneradoras de la propiedad intelectual, el conocido Plan Antipiratería, que incluye medidas preventivas, de sensibilización social, de cooperación público-privada, de formación de profesionales en la seguridad, y de modificaciones normativas.
La estrategia que acaba de iniciar el Congreso de los Diputados debería desarrollarse a partir de tres pasos. En primer lugar, la intensificación de los esfuerzos desplegados en el Plan Antipiratería en marcha, orientándolos prioritariamente al entorno digital. En segundo lugar, la invitación a todos los operadores del sector, en las empresas tecnológicas, en el mundo de la creación y las industrias de contenidos culturales, y en los consumidores y usuarios de la red, para que lleguen a un acuerdo sobre la mejor manera de acomodar derechos y objetivos. Y, en tercer lugar, la traslación de esos acuerdos en una normativa consensuada que aporte seguridad jurídica y eficacia. Ya se ha registrado en el Congreso una propuesta para crear la subcomisión que habrá de estudiar la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual.
Nos jugamos mucho en este empeño. España aspira a ser una sociedad líder en la globalización tecnológica. Y este loable propósito ha de hacerse compatible con el objetivo, no menos importante, de proteger y promover la inteligencia, el conocimiento, la creación cultural y la industria que la sostiene. Ahí está precisamente buena parte de nuestro valor añadido como economía, y como sociedad.
Rafael Simancas es portavoz de Cultura del Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados
Ilustración de Daniel Roldán
Tags: comunicación EEUU política política internacionalADOLFO CORUJO Y LUIS ARROYO
Los jóvenes estadounidenses se han volcado con su nuevo presidente. Han votado por él dos veces más que por McCain. Han llevado su imagen en camisetas, pins y bolsas. Han prestado en masa servicios voluntarios en la campaña. En el cuartel general de los demócratas en Chicago, la mayoría no pasaba de los 30 años. Obama y su equipo intuyeron la fuerza y el poder de arrastre que podían tener los jóvenes, no sólo de Estados Unidos, sino de todo el mundo. La apuesta, además, era coherente con el mensaje de cambio, de renovación, de optimismo y de cosmopolitismo, y con el perfil de un candidato de edad y aspecto relativamente joven. El mismísimo Karl Rove, gurú neoconservador de Bush, recomienda esta semana en Newsweek a sus colegas republicanos que, entre otros deberes, se pongan a trabajar inmediatamente en la web.
La red había de ser y fue una herramienta prioritaria en la campaña. Pensado y diseñado para la web, el vídeo del Yes, we can fue la pieza de comunicación electoral más vista de la Historia. Sólo en YouTube, el vídeo fue visto por 14 millones y recibió 80.000 comentarios. Añadiendo la distribución viral mundial, las cifras son aún muy superiores.
Obama está en Facebook desde 2004, y contó para la movilización en la web con Chris Hughes, accionista y joven promotor de la conocida red social. Ingresó también en Twitter en 2006. Desde el principio de la carrera hacia la Casa Blanca, el equipo de campaña de Obama recaudó unos 700 millones millones de dólares, el 90 por ciento en pequeñas cantidades y a través de la web. Pudo así renunciar a la financiación pública. Cuando un ciudadano se interesaba por el senador en la red, y más aún si donaba algunos dólares, pasaba a integrar una amplia y estimulante red de voluntarios, que recibía mensajes cuidadosamente dosificados para pedir acción (y eventualmente algunos dólares más).
Cuando surgieron rumores o maledicencias sobre la vida del candidato, el equipo de Obama decidió contradecir aquel principio de la comunicación largamente asentado según el cual es preferible no contestar para no contribuir a su difusión. Creó www.FightTheSmears.org, los desmentidos se expandieron viralmente por la red y de allí la información saltó a los diarios de papel y luego subió a la televisión. Los rumores no prosperaron, en fuerte contraste con el éxito que tuvieron en la campaña de Bush contra Kerry hace cuatro años. Una campaña que, en 2004, terminó desmovilizando a los jóvenes demócratas.
El resultado de esta operación formidable en la web, meticulosamente preparada y largamente mantenida, está a la vista. Por fortuna, la comunicación en la web puede medirse con cierta facilidad y los datos son esclarecedores. Si comparamos en la web a Obama, justo antes de ganar las elecciones, con otros líderes internacionales, su presencia supera la suma de los cinco siguientes líderes. Da igual el indicador que escojamos: Obama recibió cinco veces más menciones en la blogosfera que los dos siguientes líderes de la lista, Bush y Sarkozy. En los buscadores duplicó a su antecesor y generó, por ejemplo, diez veces más documentos que Gordon Brown. En el ámbito de las redes sociales, el predominio es espectacular: la relación es de veinte a uno con respecto a los líderes europeos.
Sabemos que el primer voto crea hábito. Que tu primer voto marca en buena medida lo que votarás en el futuro. Es evidente también que las experiencias políticas de juventud quedan grabadas a fuego y configuran en buena medida el comportamiento posterior. El presidente Obama cuenta por esto con un activo portentoso, de una fuerza movilizadora incuestionable si se utiliza con inteligencia.
Pero también es cierto que los jóvenes son perezosos y poco fieles en comparación con sus mayores. Y que la red es un campo abonado para la infidelidad, la volatilidad y la renovación permanente de contenidos. En la web, a diferencia de la prensa, la televisión o la radio, se escogen de verdad los contenidos entre infinitas posibilidades. Sabemos, por lo demás, que los niños y jóvenes que hoy dedican ya más tiempo al ordenador que a la televisión, que buscan vídeos específicos en YouTube, que no visitan ya las tiendas de discos, ni las agencias de viaje, ni los videoclubs, no abandonarán jamás Internet. Hoy son minoría, pero en dos décadas el porcentaje de ciudadanos y ciudadanas más atentos al ordenador que a la televisión será prácticamente de un 80 por ciento. Y en cuatro décadas del cien por cien.
Obama hizo una prodigiosa campaña en todos los sentidos, particularmente en la web, y no tardó ni un día en renovar el impulso en la red. Puesta en marcha a las pocas horas de la victoria, www.change.gov es la nueva plataforma del presidente electo. Es institucional como corresponde, pero por primera vez en la historia recoge un discurso semanal del presidente diseñado sólo para la web. Además, recoge ideas, cuenta novedades y se actualiza constantemente. En tres semanas la oficina virtual tiene 55.000 enlaces entrantes, es decir, que 3.700 personas al día recomiendan la página, un indicador clave de su éxito futuro. El nuevo presidente está, en efecto, aprovechando desde el inicio este tremendo potencial logrado con constancia desde hace ya cuatro años. Si Roosevelt fue el presidente de la radio y Kennedy lo fue de la televisión, Obama es ya el presidente de Internet.
Adolfo Corujo es director senior de comunicación on line de Llorente&Cuenca
Luis Arroyo es presidente de Asesores de Comunicación Pública
Ilustración de Iván Solbes
Tags: comunicación políticaMANUEL CAMPO VIDAL
Comenzó el curso político, el escolar y la liga de fútbol, pero también la crucial batalla política de comunicación que se anuncia intensa, emocionante y sobre todo nueva. A diferencia del Real Madrid y el Barcelona, casi sin fichajes esta temporada, tanto el PP como el PSOE presentan una alineación distinta al equipo con el que llegaron, agotados, a las elecciones de marzo.
Saben los socialistas que, a partir de ahora, lo tendrán más difícil, y no solo por la economía en depresión que sustituye a las euforias del pasado reciente. Es que enfrente ya no están los mismos. ¡Qué fácil era comunicar contra Ángel Acebes y Eduardo Zaplana, que blandían un discurso reforzado por José María Aznar, Jaime Mayor Oreja e Ignacio Astarloa, mientras Mariano Rajoy optaba por la indefinición!
Ahora, en vez de Acebes, María Dolores de Cospedal; en lugar de Zaplana, Soraya Sáenz de Santamaría, a la que quisieron crucificar sin éxito en la despiadada emisora episcopal nada más llegar: “¿Usted conoce varón, con ese aspecto de novicia?”. Pero súmenle la reaparición de Ana Mato, desplazada a Europa cuatro años, y el hallazgo de Esteban González Pons, experto en colar titulares por la escuadra. Acaso deberían concederle más minutos de juego.
Y no olvidemos a Rajoy. Antes, un amigo suyo, lo definía así: “Mariano no se moja ni lloviendo”. El calvario al que le sometió tras las elecciones la emisora de los obispos y el periódico rectoral forjó una nueva percepción del político gallego. Aguantó impasible cubos de agua, pero salió de Valencia con el traje planchado. En su discurso final comprobamos allí, en las caras contrariadas de sus enemigos internos, que no contaban con su resistencia, ni con su tapada Cospedal, impecable en palabras y puesta en escena. ¡Aquella crucecita de plata en su cuello que dejaba entrever la cremallera del vestido rojo no podía ser casualidad! Al mundo católico más intransigente no le debió pasar desapercibido el detalle.
Pero el PSOE también se ha renovado. Salió al campo, por sorpresa, Leire Pajín, flamante profesora de Sociología, con una formación global-local poco común. Global después de 5 años en Cooperación Internacional y local porque creció en la base del socialismo valenciano, un hábitat históricamente balcanizado. En el PP, quien mejor la conoce como adversaria directa es González Pons y admite que esta Leire es distinta y mejor que la de la campaña electoral.
Pero atención a José Blanco. Paga el tributo del número dos que tiene que hacer de “malo” en casi todas las declaraciones, como le sucedía a Alfonso Guerra, Francisco Álvarez-Cascos o Javier Arenas. Pero su discurso en el Congreso del PSOE no fue el de siempre y como siempre. Con decir que Felipe González lo felicitó, con lo poco dado que es a felicitar…
Cierto que de Blanco se suelen publicar solo frases ásperas, o incluso absurdas, como aquella en la que, en su blog, anunciaba que “no había hecho público antes su apoyo a Obama para no interferir en las primarias americanas”. Preguntado al efecto, se limita a decir: “Lo malo de empezar un blog, es que después no puedes cerrarlo y te falta tiempo para atenderlo personalmente”. Buen consejo para navegantes.
Entretanto, en el Gobierno el desconcierto comunicativo es manifiesto. A la rueda de prensa de Barajas después de la catástrofe aérea se presentaron cuatro ministros para leer un comunicado y no admitir preguntas. El episodio de la inmigración suscitado por Celestino Corbacho sobre la contratación de trabajadores en origen lo apoyó Miguel Sebastián, pero lo corrigió la vicepresidenta Fernández de la Vega. Sugiere este episodio, como la huelga de camioneros o las declaraciones contradictorias sobre la crisis, una coordinación gubernamental que “en origen tiende a cero”, como diría el ministro de Trabajo.
“Pero tienen a Zapatero”, replicaba en una conversación sobre comunicación un alto dirigente del PP. Cierto, pero lo más probable es que José Luis Rodríguez Zapatero, como le pasaría a cualquiera, vaya deteriorando su imagen, sobre todo si su trabajo en los próximos años va a consistir en justificar noticias a cual peor. Contra la crisis, el optimismo a secas desgasta. Pero sí, tienen a Zapatero. Y también a Ramón Jáuregui en el banquillo, buen comunicador, pero casi siempre suplente.
Hay más comunicadores excelentes en ambos equipos, aunque por diferentes razones toman la palabra solo ocasionalmente. Alfredo Pérez Rubalcaba es extremadamente hábil en sus declaraciones, pero su destino actual lo contiene. Los ministros de Interior deben destacar sobre todo por sus silencios. Y algo así sucede con la titular de Defensa, Carme Chacón, en su día portavoz del PSOE. Desaprovechado también parece el capital comunicacional del investigador y ministro Bernat Soria que suena a viejo profesor, tipo Tierno Galván, pero apenas se le oye.
Enfrente, el PP ha recuperado a Cristóbal Montoro, al que la actualidad de los descalabros económicos le concede micrófono y cámara a diario e interviene sin las ocurrencias de su antecesor Arias Cañete, a veces polémicas. Pero, sobre todo, el PP reserva como joya de la corona a Alberto Ruiz-Gallardón, seguramente el mejor comunicador de la plantilla, para las fiestas mayores o para emergencias.
La gran batalla comunicativa de la política española ha comenzado. Pero estamos solo en el primer cuarto de hora, con nueva alineación, viejos problemas y banquillo potente. Hay partido y se anuncia una emocionante liga político-comunicativa. No hay que perdérsela. El título esta en juego.
Manuel Campo Vidal es periodista y sociólogo. Director del Instituto de Comunicación Empresarial.
Ilustración de Patrick Thomas
Tags: comunicaciónPASCUAL SERRANO

Hace unos días el Gran Wyoming comentaba en las páginas de este periódico su presencia en un debate de periodistas en el que se planteaba dónde estaba la verdad y lo difícil que es entender la realidad porque cada medio dice una cosa diferente. Algunos decían que la verdad es un concepto dogmático, que todo es muy subjetivo, mientras Wyoming zanjó muy oportunamente la discusión diciendo: “Bastaría con no mentir”. El debate en torno al 11-M y la acusación de 400 asesinatos a los médicos del hospital de Leganés han sido dos ejemplos de mentiras espectaculares en las que además de la participación de sectores políticos, los medios han tenido un papel y una complicidad fundamental. Recuerdo cómo durante la huelga de hambre del etarra De Juana Chaos, un periódico informaba de su débil estado de salud y otro afirmaba que estaba comiendo jamón y acostándose con su novia en la cama del hospital. Muchos ciudadanos nos quedamos sin saber quién de los dos mentía y, por tanto, sin poder valorar si las medidas adoptadas por el Gobierno argumentadas para preservar su vida eran oportunas o no, algo intolerable en una sociedad democrática que debe garantizar el derecho ciudadano a la información.
Cuando se celebraron hace unas semanas las elecciones en Cuba, la gran mayoría de los medios replicaban una información de la agencia Efe (20-1-2008) que aseguraba que sólo se podía presentar el Partido Comunista, al que pertenecían la mayoría de los candidatos, lo cual era falso, porque ese partido ni se presentaba a las elecciones ni postulaba ninguna lista; además, más de la mitad de los candidatos no eran miembros de ese partido. También hace unos meses, el semanario Interviú difundía en portada un reportaje en el que afirmaba que Marcos Chávez, hermano del presidente de Venezuela, era el comisario general de la lucha contra la droga y la criminalidad en ese país y que una conversación grabada por la policía española mostraba la felicidad de los narcos desde que este hermano del presidente dirige esa policía (19-11-2007). Ni el tal Marcos Chávez es el jefe antinarcóticos de Venezuela –es el responsable de la policía científica–, ni es hermano ni tiene ninguna relación de consanguineidad con Hugo Chávez. Del mismo modo, el diario El País presenta como manifestación contra Evo Morales una concentración de sus partidarios (28-11-2007). Las mentiras en nuestros medios de comunicación son constantes y, lo que es peor, impunes.
En las dictaduras el método para impedir que los ciudadanos estén informados es la censura, se impide la difusión de noticias que al poder no le gustan. Ahora las verdades pueden ser enterradas a base mentiras, de forma que el resultado es el mismo: ocultar la verdad, censura por tanto. Eso sucede todos los días en nuestros medios con absoluta impunidad. Se necesitan procesos judiciales largos y muchas veces poco conocidos para que los medios, a lo más, deban rectificar, que es como condenar al ladrón de bancos a que devuelva el dinero sin otra pena que cumplir. Por otro lado, intentar rebatir esas mentiras no siempre es eficaz, porque los ciudadanos simplemente se verán frente a dos afirmaciones opuestas, una de las cuales seguro es falsa, sin poder diferenciar la verdad de la mentira. De forma que, en los ejemplos anteriores, usted no sabrá si quien mentía era la agencia Efe, Interviú y El País o soy yo.
Como todos sabemos, la mejor forma de que no se puedan reconocer unas palabras que hemos escrito en un papel no es tacharlas, sino sobrescribir otras encima. Y eso es lo que sucede hoy con la información, con una eficacia superior a la censura (tachar las palabras). Igualmente, los servicios de espionaje saben que la mejor estrategia para neutralizar al espía infiltrado no es detenerlo, sino intoxicarlo con información falsa para que la traslade al enemigo como verdadera.
Todo esto es lo que estamos viviendo cada día en nuestro país. O somos constantemente engañados con la mentira o la incertidumbre informativa es absoluta; ya no sabemos dónde se encuentra la verdad. No solamente la libertad de expresión se ha convertido en privilegio de unos pocos que pueden tener acceso a los grandes medios de comunicación, con lo cual es una libertad de disfrute muy desigual, sino que, además, el derecho a la información que debemos tener garantizado los ciudadanos en democracia no se está cumpliendo.
La solución no puede ser otra que la puesta en funcionamiento de órganos y legislaciones que garanticen el rigor en la información y sancionen las mentiras y falsedades. De ahí que países como Venezuela hayan aprobado la Ley de Responsabilidad Social de Radio y Televisión, que no es otra cosa que el intento de garantizar la veracidad y la pluralidad informativa, y el control y participación ciudadana –que no gubernamental– en los contenidos. En España, los dos grandes partidos políticos, en connivencia con los grandes grupos de comunicación, han logrado que se termine la legislatura sin que se apruebe el Estatuto del Periodista, que pretendía esa veracidad y objetividad en la información, tras marearlo durante dos años. Aclaremos que no nos estamos refiriendo a limitar el derecho de opinar o tomar partido, algo lícito, sino a proteger a los ciudadanos del engaño. Aquella posición de que la mejor ley de prensa es la que no existe era razonable en la dictadura, cuando se sabía que quien la haría sería el ministro franquista Manuel Fraga, pero en democracia, la ausencia de legislación se convierte en licencia para falsear y mentir para quienes tienen el privilegio de ser dueños de las vías de información, las grandes empresas de comunicación, que podrán seguir al margen del imperio de la ley. Y mientras tanto, los ciudadanos seguiremos sufriendo la nueva forma de censura, la verdad enterrada entre mentiras.
Pascual Serrano es periodista. Su último libro es ‘Perlas 2. Patrañas, disparates y trapacerías en los medios de comunicación’
Ilustración de Javier Olivares
Tags: comunicación igualdad violenciaERICK PESCADOR ALBIACH
¿Cuál es el límite? Ha tenido que morir una mujer para que nos demos cuenta de que la televisión trata con frialdad, irresponsabilidad y morbo la violencia machista. Hace demasiados años que sufrimos programas como el ahora denostado El Diario de Patricia. Programas que sacan a la luz pública miedos, miserias y desamores de cualquiera capaz de desnudar su íntimo privado sobre lo público televisivo, o que lo engañan para que lo haga.
El diario de Patricia sólo es la punta del iceberg de los programas que promocionan y refuerzan las violencias contra la mujer y lo femenino. Así ocurre, por ejemplo, en Gran Hermano, en Escenas de Matrimonio, que normaliza la lucha de género, en los programas de corazón que trivializan la violencia o en los telediarios que se regodean en presentar el caso de agresión y se olvidan de colocar en el lugar del culpable a los agresores. No hay que olvidar que la mayor parte de ellos se emiten en horario infantil.
Este caso de tanto impacto mediático (quizá por la coincidencia con la semana del 25 de noviembre, día internacional contra la violencia machista) no es por desgracia nuevo ni anecdótico. Hace unos meses una mujer sufrió agresiones graves causadas por su ex pareja a la salida del mismo programa.
Este tipo de delitos ligados al género no se juzgan con el mismo rasero. ¿Dónde se ha visto que un delincuente pida perdón a su víctima en público? ¿Pueden imaginar por un momento a un violador o atracador pidiendo perdón a su víctima e intentando alcanzar la reconciliación con la connivencia y el engaño de la presentadora? Pero mejor no demos ideas.
Lo único que podríamos salvar de esta muestra de terrorismo televisivo es que la gente ya sabe que la violencia machista puede tener cualquier cara, incluso una amable y romántica.
El objetivo de estos reality shows es claro: inventar protagonistas anónimos, arrancar del sofá a quien sólo observaba y colocarlo dentro de la televisión. A cambio se le ofrece un bocadillo y los gastos de viaje.
Al amparo de esos programas, a mediados de los años 90 surgieron empresas subcontratadas por las productoras que se dedicaban en exclusiva a buscar y entrenar a personas que hoy clasificaríamos como aprendices de friki. En aquellos primeros tiempos de la telerrealidad, una asociación que investigaba sobre sexualidades en la facultad de sociología recibía a diario llamadas en busca de cualquier persona gay, lesbiana, transexual o bisexual que quisiera contar su historia frente a las cámaras. La captación la llevaba a cabo gente joven de la facultad que, acostumbrada a reclutar voluntarios para grupos de discusión y grupos focales de opinión para estudios de mercado, montó una empresa que surtía a estos programas telebasura de la carnaza necesaria para alimentarlos. En cada convocatoria se realizan perfiles psicosociales completos a través de una entrevista por teléfono y otra personal en el estudio, antes del programa. En ocasiones se les pide que generen conflicto y que sean agresivos a la hora de participar.
Esta práctica continúa siendo habitual. Hace apenas tres semanas recibía la invitación de un canal para participar en un documental de interés social, no como experto en prevención de violencia, sino solicitando que llevara a una de mis alumnas de 15 años para que hablara de su historia de maltrato. También buscaban algún chico de esa edad que manifestara trazas de hombre agresor y que quisiera dar testimonio, en esta ocasión con la cara oculta y la voz distorsionada. De esta forma sólo se normaliza la violencia. Los testimonios personales no informan, sino que deforman y parcializan la realidad.
Seamos conscientes por un momento de cómo la televisión trata el tema de la violencia de género sobre las mujeres y lo femenino. A las víctimas se las expone, se dan sus datos, se habla sin pudor de sus costumbres, y si eran divorciadas, separadas o promiscuas. De los agresores sólo sabemos sus iniciales y que han cometido una agresión que algunos vecinos no entienden: “Sí, discutían mucho, pero él parecía muy buena persona y amable, era muy educado”. Pocas veces se dice algo sobre el castigo que debe recibir o sobre sus antecedentes violentos.
Pero, ¿por qué se mantienen en pantalla programas de tan bajo calado ético? La respuesta es clara. Son programas baratos de máxima audiencia, el paradigma del capitalismo. Más por menos y a costa de lo que sea. Un programa de estas características apenas tiene un coste de producción de entre 20.000 y 30.000 euros, y audiencias que superan los tres millones. ¿Qué audiencia y qué costes tendrían programas de verdadero debate social como aquéllos de La Clave de José Luis Balbín?
Las consecuencias de años sin reflexión nos llevan al punto en que nos encontramos. Las violencias están normalizadas. Convertimos lo anecdótico en normal, y lo habitual en ajeno y poco importante. Quienes dirigen las televisiones públicas y privadas tienen al menos tanta responsabilidad como quienes enseñamos desde las aulas.
Basta ya de hipocresía. No tenemos la televisión que merecemos sino la que nos ofrecen. Es más difícil y caro hacer programas con sensibilidad social, implicados con los cambios, con la igualdad, con el sostenimiento del planeta, con el poder solidario universalizado y con las personas, en lugar de con los impúdicos intereses económicos.
Vivimos en un entorno de creciente crispación, si bien con muchos más medios y mayor capacidad de elección que el que heredamos. Pero esta libertad sólo existe si se ejerce.
Erick Pescador Albiach es sociólogo y sexólogo. Especialista en género, masculinidades y prevención de violencia
Ilustración de Miguel Gallardo
Tags: comunicación igualdad sociedadMARISA SOLETO ÁVILA

En septiembre de 1978 se celebraron en España las primeras jornadas gubernamentales de la condición femenina, organizadas por la entonces Subdirección General de la Condición Femenina del Ministerio de Cultura, que contaron con la crítica de una buena parte del movimiento feminista.
Recurriendo a hemeroteca, sorprende encontrar entre las conclusiones algunos temas que siguen estando presentes en las actuales políticas de igualdad. Las referencias al empleo, la participación política o la imagen pública de las mujeres en los medios de comunicación eran ya en aquel momento temas de interés. Hoy, tenemos mejores herramientas de trabajo y se han logrado grandes avances en la posición social de las mujeres y en el desarrollo de la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres, pero parece que una parte del problema continúa resistiéndose.
Varias organizaciones feministas estuvieron, a lo largo de toda la celebración de las jornadas, pidiendo la elaboración de conclusiones más progresistas y reclamando un mayor compromiso con la igualdad en la Constitución Española, cuyo texto se encontraba ya en proceso de aprobación legislativa. Denunciaban sexismo en algunos de los contenidos de la Constitución y el hecho de que muchas de las reivindicaciones de las organizaciones de mujeres no se hubieran tenido en cuenta en su elaboración, ni tan siquiera aquellas que formaban parte de las conclusiones de estas jornadas, que se celebraban demasiado tarde.
Se organizaron varios actos de protesta a la puerta del Palacio de Congresos a lo largo de la de celebración del encuentro y varias representantes de esta postura consiguieron estar presentes en la rueda de prensa oficial que se ofreció tras el acto de clausura. Relata Karmentxu Marín que fue prácticamente imposible el encuentro con los periodistas y que, ante esta situación, los medios se dirigieron hacia las disidentes para saber cuáles eran sus propuestas. No hubo respuesta, incluso llegó a escucharse que si querían saber lo que estaban reivindicando asistieran a las reuniones que se celebraban los martes por la tarde en su sede social (El País 17/09/78).
La anécdota sirve para ilustrar el hecho de que las relaciones entre los medios de comunicación y el feminismo no han sido, en muchos momentos, precisamente buenas. Pero los años han pasado y las estrategias y formas de hacer de las organizaciones de mujeres han evolucionado mucho. Hemos mejorado nuestra capacidad de comunicación y mantenemos apuestas activas, serias y atrevidas a favor de la información y la sensibilización social en materia de igualdad. También han mejorado mucho nuestras relaciones con los medios de comunicación. Las noticias relativas a temas de igualdad y el trabajo de las organizaciones están presentes, con cierta regularidad, en la prensa y es cada vez menos raro encontrar opiniones de mujeres feministas sobre los temas más diversos: derechos humanos, fiscalidad, separación y divorcio, participación social y política, etc.
La mejora de la relación con los medios se ha convertido, incluso, en una estrategia de reivindicación. Así lo demuestra, por ejemplo, la relación que se ha establecido entre organizaciones y medios de comunicación en torno a la violencia de género. La atención puesta por los medios en el seguimiento de los asesinatos de mujeres fue parte del soporte de la campaña a favor de una ley integral contra la violencia de género. Los datos recopilados por las organizaciones de mujeres a partir de las noticias publicadas nos permitieron demostrar la inexactitud de los datos oficiales sobre víctimas mortales de la violencia de género y reivindicar un cambio de los indicadores recogidos por el Ministerio del Interior que cristalizó en el año 2002.
No obstante, aún podemos encontrar numerosos ejemplos de tratamientos y tonos propios de otro tiempo en los contenidos informativos, de entretenimiento y de opinión. Es necesario, por lo tanto, continuar insistiendo en el papel de los medios de comunicación como vehículos de información y sensibilización social en este tema. La importancia que se concede a este papel de la comunicación se ha dejado notar en la reciente legislación aprobada en España. Tanto la Ley Integral contra la Violencia de Género como la Ley para la Igualdad realizan propuestas dirigidas a los medios de comunicación relacionadas, sobre todo, con la calidad de la información y la publicidad que difunden.
La presencia de noticias relacionadas con la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres, el tratamiento adecuado de los contenidos informativos que afectan especialmente a las mujeres, la ausencia de posiciones sexistas tanto en las opiniones como en la publicidad y el rechazo de publicidad ilícita, incluyendo la sección de anuncios por palabras son algunos de los contenidos que desarrollan estas propuestas legislativas.
La fórmula exige responsabilidad y autorregulación por parte de los propios medios. Se trata de conseguir que el respeto a la igualdad de oportunidades, en los términos recogidos en la ley, forme parte de la deontología profesional. Para ello es necesario que, por encima de las posiciones ideológicas de las líneas editoriales, los contenidos en materia de igualdad tengan calidad y cuenten con una especialización profesional, propia de una información con antecedentes políticos y sociales muy importantes. Es necesaria, además, la definición de un acuerdo general del sector, que cuenta ya con algunos ejemplos muy valiosos, para el rechazo de contenidos evidentemente sexistas, presentes, de vez en cuando, en las páginas de los diarios y los espacios televisivos y radiofónicos. Desde el feminismo somos muchas las organizaciones de mujeres que así lo vamos a seguir reivindicando y, ahora sí, dando respuestas.
Marisa Soleto Ávila es directora de la Fundación Mujeres.