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Dominio público

Opinión a fondo

´I + D + i +… Carl Sagan

26 sep 2010
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VLADIMIR DE SEMIR

Cosmos, la serie de divulgación científica más vista de la historia, cumple 30 años. Entre 500 y 600 millones de personas la han visto en todo el mundo, y la serie sigue viva, como lo atestigua la estupenda promoción de Público, que permite que nuevas generaciones la conozcan y otros muchos podamos volver a disfrutar de sus contenidos y de la extraordinaria capacidad narradora del científico Carl Sagan, un hito indiscutible de la historia de la divulgación científica.
Cosmos fue producida por Public Broadcasting Service (PBS) y estrenada en 1980. Los dos primeros capítulos de la serie, de un total de 13 –como suele ser habitual para completar un trimestre en antena–, se convirtieron de inmediato en el mayor éxito de la historia de esta cadena. Más de 10 millones de personas la siguieron semanalmente desde un principio en Estados Unidos. Costó 8,5 millones de dólares, fue filmada en 40 localizaciones de 12 países, necesitó tres años para completar su producción e intervinieron 150 técnicos y expertos. No es mi intención adentrarme en la interesante biografía de Sagan –existe una excelente entrada en la enciclopedia Wikipedia de lengua inglesa–, pero sí resaltar la importancia de que un científico y, en general, el mundo de la ciencia comunique y divulgue su trabajo, tal como hizo magistralmente uno de los más famosos astrónomos de la historia.
Antes de Cosmos, Carl Sagan había comenzado a ser muy conocido entre el público norteamericano porque en los años setenta se había convertido en un invitado frecuente del famoso The Tonight Show de Johnny Carson. El científico valoraba de esta manera su participación en este late show: “Tiene una audiencia de 10 millones de personas, es una enormidad, y no son lectores de Scientific American”. Defendía así llevar la ciencia al público y no esperar que fuera al revés, como era y en buena parte sigue siendo tradicional en la divulgación científica. Para ello, Sagan poseía un don esencial: sabía situar la ciencia en contexto, con lo que alcanzaba niveles extraordinarios de comprensión por parte del público, que quedaba –y sigue quedando– cautivado con su capacidad de adecuar su mensaje al nivel cultural de la audiencia, realizando una comunicación científica rigurosa, pero compatible con la amenidad gracias a un discurso adecuadamente recontextualizado basado en la metáfora y un nivel de divulgación capaz de captar y motivar el interés del público.
A menudo criticado por sus homólogos científicos por sus actividades de “popularización” que muchos consideraban simplificadoras del discurso científico, Sagan consideraba que hay por lo menos dos razones por las que los científicos tienen la obligación de explicar lo que hacen. “La primera es un simple y llano interés propio: la mayor parte de la financiación de la ciencia procede del público, y el público tiene el derecho a saber cómo gastamos su dinero. Si los científicos sabemos incrementar el interés del público por la ciencia, hay muchas posibilidades de que acabemos teniendo mayor apoyo social. Y la otra es que es tremendamente excitante poder comunicar a los otros la propia excitación que te genera el conocimiento”.
La comunicación social y la divulgación pública de las ciencias han adquirido una relevancia estratégica. No hay duda de que con los cambios que se están produciendo en la transición hacia una economía basada en el conocimiento, la ya tradicional fórmula I+D+i se ha convertido en esencial para alcanzar un lugar competente en el concierto mundial. Sin embargo, parece evidente que la suma de la investigación, del desarrollo y de la innovación olvida otra variable crítica para que esta reacción socioeconómica en cadena funcione y nos convierta en una sociedad situada en la primera línea del siglo XXI. Necesitamos una ciudadanía preparada, que entienda, que acompañe y que sea capaz de participar en esa necesaria e ineluctable adaptación al nuevo modelo económico, social e incluso cultural que configura la sociedad del conocimiento. En consecuencia, está claro que hemos de añadir una variable a nuestra tradicional fórmula I+D+i para que realmente sea eficaz… Una variable que, como un catalizador, haga funcionar adecuadamente la reacción: una C de comunicación científica, de cultura científica, de ciudadanía creativa y de cohesión social que nos convierta en una comunidad adecuadamente preparada y competente.
Así, la fórmula resultante para establecer ese escenario estratégico debe ser ampliada: I+D+i+C, con una variable adicional que implique el indispensable fortalecimiento de la comunicación pública de las ciencias, que nos permita alcanzar una adecuada cultura científica para llegar a configurar una ciudadanía con suficiente capacidad de participación e influencia en la toma democrática de decisiones. Una variable esencial, en suma, que sirva para impedir el declive cultural, social y económico al que podemos estar abocados si marginamos el impulso de nuestra capacitación en el ámbito de las ciencias.
Sería interesante saber, por ejemplo, cuántas vocaciones científicas ha promovido Cosmos entre la juventud, uno de los grandes problemas con los que nos enfrentamos. Seguro que muchas. “La televisión es –son palabras de Carl Sagan– una de las más potentes herramientas de educación que se han inventado, particularmente para la formación científica. Tenemos una sociedad construida sobre la base de la ciencia y de la tecnología y que usa la ciencia en cada uno de los intersticios de la vida; una ciencia sobre la que el público, el ejecutivo, el legislativo y el mundo judicial poseen una muy pequeña comprensión de lo que significa. Esta es una señal clara de un futuro incierto, desastroso. La ignorancia generalizada de la ciencia es un camino suicida”.

Vladimir de Semir es director del Observatorio de la Comunicación Científica de la Universidad Pompeu Fabra

Ilustración de Iker Ayestaran

Las promesas están para cumplirlas

20 sep 2010
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MARINA NAVARRO

Desde hoy y hasta el miércoles, más de 140 jefes de Estado y de Gobierno asisten a la Cumbre sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio que Naciones Unidas organiza en Nueva York en el marco de la Asamblea General. De este encuentro se espera que salga un plan de reactivación que ayude a impulsar la lucha contra la pobreza extrema en los próximos cinco años.
Los preparativos de esta importante cita coincidían con la publicación, la pasada semana, de una nueva encuesta del Eurobarómetro: nueve de cada diez europeos considera muy importante la ayuda al desarrollo y está a favor de mantenerla o ampliarla. Para la ciudadanía europea, a pesar de la crisis, la solidaridad no está en recesión y los líderes que hoy se dan cita en Nueva York deberían considerar estos datos como un claro mandato para seguir firme y decididamente trabajando para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Mileno (ODM).
También el secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, ha manifestado que “las promesas se hacen para cumplirlas” con la intención de remarcar que esta cumbre debe rescatar el espíritu y entusiasmo del año 2000 –cuando se acordaron los ODM– y fijar medidas concretas para dar el impulso necesario para estas metas en los próximos cinco años.
Con un horizonte fijado en 2015, los Objetivos de Desarrollo del Milenio buscan reducir la pobreza y el hambre, garantizar la educación primaria universal, la igualdad de género, evitar las muertes de madres y niños, hacer frente a enfermedades como el
sida o la malaria, mejorar el medio ambiente y fomentar una alianza mundial por el desarrollo. Pero, a menos de cinco años de esta fecha límite, los avances logrados se ven amenazados por una crisis económica sin precedentes, menos oportunidades comerciales para los países en desarrollo y reducciones de la ayuda de los países donantes. Se calcula que, desde 2009, hay 100 millones de personas más viviendo en la pobreza extrema en el mundo, mientras que desde 1990 a 2005 se había conseguido disminuir esta cifra en 400 millones. Además, los efectos del cambio climático son cada vez más evidentes y pueden tener un impacto devastador –tanto en países ricos como pobres–.
La actual crisis no puede ser una excusa para no responder ante la urgencia de fomentar un desarrollo sostenible y reducir la pobreza. Resulta inadmisible la lentitud con la que se ha logrado mejorar la vida de los sectores de la población más pobres y vulnerables, y el efecto que la crisis económica, climática y alimentaria ha tenido en sus vidas.
Los ODM han demostrado ser una herramienta eficaz para mejorar las vidas de las personas y existen ejemplos concretos de países que han conseguido avanzar significativamente en su consecución. Son precisamente estas buenas prácticas en las que se deben inspirar los debates y medidas que salgan de esta cumbre. Países como Malawi, por ejemplo, que en cinco años ha logrado pasar de una situación de hambruna a cosechas excedentarias gracias a unas instituciones gubernamentales eficaces, al apoyo de las organizaciones internacionales y a una renovación tecnológica. O como Burundi, Ghana, Mozambique y Tanzania, que han conseguido alcanzar la educación primaria universal tras eliminar los derechos de matrícula en los distritos más desfavorecidos con los recursos adicionales derivados de la cancelación de su deuda externa. Pasando también por Eritrea, que pudo iniciar un intenso programa de salud encaminado a reducir la mortalidad infantil en el país gracias a los recursos y al apoyo proporcionado por los países ricos y organizaciones de las Naciones Unidas. En tres años, de 1999 a 2002, el número de niños vacunados en el país aumentó de un 9,6% a un 76%.
Todos estos ejemplos demuestran que cuando la comunidad internacional apoya las políticas de desarrollo puestas en marcha por los países pobres, cuando existe voluntad política, el éxito es posible. Por ello, esta cumbre es de vital importancia.
El rol de los países desarrollados, incluido el de España y el de la Unión Europea, como primer donante mundial, es determinante en esta semana. Cabe recordar que existen compromisos ya contraídos para aumentar la cantidad y la eficacia de la ayuda al desarrollo y para mejorar el acceso a los mercados para las exportaciones de los países pobres. Según Naciones Unidas, sólo con el 1% de los recursos aportados para el rescate de las entidades financieras en 2009 podría erradicarse el hambre en el mundo. Pero sólo Dinamarca, Luxemburgo, Noruega, los Países Bajos y Suecia han alcanzado o superado el objetivo del 0,7% y hasta ahora, la ayuda para los países más pobres está muy por debajo de la meta fijada para 2010.
No es pues posible defraudar a los miles de millones de personas que esperan que la comunidad internacional cumpla con su promesa de acabar con la pobreza extrema antes de 2015. Alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio es factible si existe la voluntad política y se movilizan los recursos necesarios para ello. Confiamos en que se haga realidad.

* La Campaña del Milenio de Naciones Unidas es una entidad impulsora de la iniciativa ¡Haz ruido por los Objetivos de Desarrollo del Milenio!, apoyada por todas las organizaciones vinculadas a la ONU en España: ACNUR, ART-PNUD, FAO, OIT, OMT, Oficina de Naciones Unidas para la Década del Agua, UNICEF España, UNIFEM España (parte de ONU Mujeres), UNRIC y UNRWA

Marina Navarro es coordinadora en España de la Campaña del Milenio de Naciones Unidas

Ilustración de Javier Jaén

Chile, mediático bicentenario

18 sep 2010
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PABLO SAPAG M.

Chile celebra estos días el bicentenario del comienzo de su independencia de España. No lo hace, sin embargo, como lo había previsto la élite que lo gobierna desde hace dos siglos. Ese homogéneo y compacto grupo avistaba una fiesta de consumo interno con la que apuntalar una unidad nacional siempre precaria y amenazada por desigualdades económicas y sociales que se alimentan de otras aún más complejas y permanentes: las raciales y culturales. Lejos mucho tiempo del interés de una prensa internacional que lo ha convertido en alumno aventajado de un neoliberalismo sin anestesia que se sostiene en la espiral del silencio, el bicentenario sorprende a Chile, sin embargo, convertido en estrella mediática de América Latina. Una región en la que este año se suceden conmemoraciones similares.
La efeméride chilena, no obstante, disputa ya a un México en horas muy bajas el escaso interés histórico de la prensa internacional. La misma que tardó dos semanas en informar suficientemente de la tragedia de los 33 mineros sepultados a 700 metros de profundidad en una mina chilena. Sólo la noticia de que estaban vivos, difundida al mundo por un presidente Sebastián Piñera, que asumió el riesgo político de implicarse personalmente en su búsqueda, hizo que Chile y sus mineros dieran la vuelta al mundo. Momento de gloria para un Piñera tan poco conocido en el mundo como su propio país. El problema es que el rescate llevará semanas, si no meses, lo que lejos de desinflar el interés mediático lo alimenta, de ahí un despliegue informativo internacional que no tenía a Chile como protagonista desde los tiempos del dictador Pinochet. Así, lo que prometía ser una muy periodística y rápida historia humana con final feliz para todos, obliga a buscar otros enfoques noticiosos de mayor profundidad, pero también más incómodos.
Emergen entonces otras realidades de una sociedad en la que el 15% de población blanca y culturalmente europea gobierna a una mayoría compuesta por un 70% de mestizos y un 10% de indígenas. La tragedia de la mina ha puesto negro sobre blanco esos perfiles y roles. La inmensa mayoría de los atrapados son mestizos, lo delatan su aspecto físico y su nombre. Los que desde de arriba organizan su rescate después de hacer la vista gorda ante las precarias medidas de seguridad de la mina son, casi sin excepción, todos blancos y de apellidos tan centroeuropeos como los de los dueños del yacimiento. A partir de esos datos tan básicos, en Chile, uno de los países más de-
siguales del mundo según su índice Gini, es casi imposible equivocarse a la hora de caracterizar social y económicamente a la población. Por algo menos de 700 euros, en un país en el que casi todo cuesta igual o más que en España, los 33 mineros se la jugaban cada día en una mina insegura de la que sus dueños obtenían millonarias ganancias. Esa pobreza y desigualdad explican que un ex futbolista profesional que fue compañero de Iván Zamorano en un equipo de la primera división chilena haya bajado a la mina. Franklin Lobos lo hacía para pagar los estudios universitarios de sus dos hijos en un país que, en relación a los sueldos, está considerado entre los más caros del mundo en ese y en otros rubros. Entre otras cosas, porque un Estado mínimo –que es el resultado de un sistema tributario escasamente progresivo– apenas subsidia nada.
La prolongación del encierro en la mina también ha permitido a la prensa internacional descubrir que desde un mes antes del
derrumbe un número casi igual de presos mapuche mantenían una huelga de hambre. El traslado al hospital de varios de ellos ha terminado por desinflar la euforia tras el hallazgo con vida de los 33 mineros a los que se ha querido convertir en símbolo del bicentenario y del Chile recién admitido en la OCDE por sus “envidiables índices macroeconómicos”.
El llamado conflicto mapuche es tan largo como el propio Chile, histórica y geográficamente hablando. La “gente de la tierra” reclama precisamente eso, la devolución de una mínima parte de las tierras que les fueron expropiadas por un Estado de Chile que no se conformó con lo heredado de la Corona española. También reclaman el reconocimiento étnico a un Estado que se ha esforzado como pocos en América Latina por homogeneizar a la población desconociendo la realidad demográfica y cultural de un país donde se llama “pueblos originarios” a los mapuche y otros indígenas, paradójico reconocimiento semántico de que otros no lo son, aunque mandan y mucho.
La élite no oculta su preocupación. Varios de sus miembros, sean de Gobierno o de oposición, racial y culturalmente homogéneos, aseguran que la muerte de uno de esos mapuche procesados en su día por la Ley Antiterrorista en vigor desde la época de Pinochet daría al traste con los fastos del bicentenario. Peor aún, “dañaría la imagen internacional de Chile”. Es lo que realmente espanta a una clase dirigente que hasta que aparecieron con vida unos mineros que apenas habrían sido un breve en cualquier periódico “de clase mundial” contaba con un silencio cómplice justificado por intereses empresariales o por un sistema mediático que discursiva y económicamente busca al menos una historia de éxito por continente –Suráfrica, por ejemplo–. Esta vez la gran mayoría de chilenos mestizos e indígenas –muchos de ellos inconscientes de su condición– son los auténticos protagonistas, dejando al descubierto un modelo contradictorio y poniendo en entredicho la imagen proyectada al exterior de un Chile sólo a la medida de su excluyente y todopoderosa élite.

Pablo Sapag M. es Profesor de Historia de la Comunicación Social e investigador en la UCM

Ilustración de Federico Yankelevich

Mahler, compositor socialista

06 sep 2010
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JOSÉ ÁNGEL GONZÁLEZ CASANOVA

El mes pasado se conmemoró el nacimiento, en 1860, del compositor y director de orquesta bohemio de estirpe judía, Gustav Mahler.Durante medio siglo, su figura y su obra se han visto sometidas a la interpretación impuesta por Theodor Adorno, el filósofo de la Escuela Crítica de Frankfurt, que hizo de Mahler el paradigma musical de la decadencia cultural y espiritual de la Modernidad. Tal visión llegó al gran público a través de los filmes de Visconti (Muerte en Venecia) y Ken Russell (Mahler) que difundieron la imagen de un ser atormentado,neurótico y obsesionado por la muerte; imagen que se trasladó a una ejecución de su música entre exagerada e histérica y meláncólica y funeraria. Con todo, se ha impuesto finalmente el verdadero Mahler.Analizada sin prejuicios ideológicos, su música resulta ser expresión genial de una actitud ante la vida, la sociedad y su época declaradamente crítica, combativa y, sobre todo, esperanzada. Es un caso único de compositor comprometido con los ideales más humanistas de su tiempo y un sarcástico, debelador de la sociedad burguesa y capitalista.
Mahler se incorporó, muy joven, al círculo wagneriano, vegetariano y socialista que en Viena presidía Pernerstorfer. Allí intimó con Victor Adler, también de estirpe judía, fundador del socialismo austríaco y el dirigente político de mayor prestigio entre la clase obrera:una especie de Pablo Iglesias, aunque algo más intelectual y marxista.Su amistad con Mahler duró hasta su muerte. De Adler aprendió el músico la acción reformadora posibilista que construye una comunidad cultural y social de individuos rescatados de la marginación propia del capitalismo clasista. El socialismo sería la creación de un ser humano completo. La cultura se ha de abrir al proletariado y el arte ha de ser un servicio público más allá del interés decorativo al que lo había reducido la burguesía acaparadora e insolidaria. Adler organizó los primeros desfiles obreros del Primero de Mayo en el Prater vienés. En su Tercera Sinfonía, Mahler expresa la energía creadora de la naturaleza con una marcha que a Richard Strauss le recordaba uno de esos desfiles. Se cuenta que al toparse Mahler una vez con una ruidosa manifestación obrera exclamó radiante “¡Son mis hermanos!”. Pero era la suya una fraternidad exigente. Como director de la Ópera de Viena, sometía a sus trabajadores a una disciplina férrea y a un perfeccionismo excesivo, que le hicieron, paradójicamente, algo impopular.
Su critica social encontró en un cancionero popular alemán del siglo XVII, Das Knaben Wonderhorn (que narra las tragedias humanas de la Guerra de los Treinta Años) una hermosa base para aunar la condena al militarismo y la defensa de los humildes. La Cuarta sinfonía concluye con un regocijante banquete celestial que San Pedro y Santa Úrsula ofrecen a los pobres de la Tierra. Pero la denuncia va más lejos. En la Sexta sinfonía, una marcha terrible anticipa de forma visionaria miles de botas nazis avanzando amenazadoras. La Octava, estrenada en Munich el 12 de septiembre de 1910, es un clamor de mil voces por la paz de Europa a punto de romperse por el belicismo nacionalista e imperialista, que condujo cuatro años después a la Primera Guerra Europea. Asistió al concierto Thomas Mann, el cual, emocionado, escribió a Mahler: “Usted es el hombre que, a mi juicio, expresa el arte de nuestro tiempo de la forma más profunda y sagrada”.
En la obra sinfónica de
Mahler abundan los scherzos demoniacos, sárcasticos, para describir con estilo expresionista la sociedad vienesa, irresponsable, cínica y frívola (la Kakania de Musil), que también denunciaba el periodista Karl Kraus. Una sociedad híbrida de aristócratas y burgueses, decadente de verdad. Pero siempre predominan en sus sinfonías los finales esperanzados como premio al sufrimiento y al esfuerzo humanos. El hombre se redime a sí mismo luchando contra la adversidad. Nada de su sacrificio se pierde. Ernst Bloch, el filosofo judío de “marxismo cálido”, era un apasionado de Mahler, al que veía como paradigma musical del Principio Esperanza y una encarnación contemporánea de la utopía socialista. Según Bloch, “la gran obra mahleriana se convierte en un destello, en una estrella de la anticipación y en un canto consolador en el camino de retorno a través de la oscuridad”. El mismo Mah-ler confesaba: “Como compositor no seré reconocido en vida. Esto sólo ocurrirá cuando haya muerto. Yo soy, en expresión de Nietzsche, un hombre fuera de su tiempo”.
¿Por qué surgió el mito Mahler? Norman Lebrecht lo ha resumido así: “Mahler fue el primer compositor que buscó soluciones espirituales y personales en la música, indagando dentro de sí remedios para la condición humana”… De ahí que Klaus Tennstedt declarara en 1985 que “los jóvenes buscan valores que han sido destruidos”. Mucho después de su muerte, Mahler sigue luchando contra un mundo terrible. Devuelve a la gente su sentido del sentimiento, del temor, de la indignación”. Leonard Bernstein justificaba su actualidad con un impresionante recorrido de los males del mundo contemporáneo (Auschwitz, Hiroshima, Vietnam, Hungría): “Sólo después de todo esto podemos escuchar su música y comprender que él ya lo había imaginado”. En fin, el musicólogo Josep Soler corroboraba la profecía de Mahler “Mi tiempo llegará” con esta audaz afirmación : “Sus sinfonías llegarán a ser consideradas entre el gran público como las sinfonías por excelencia,despla-zando,muy probablemente, a las de Beethoven”.

José A. González Casanova es catedrático de Derecho Constitucional y escritor

Ilustración de Javier Olivares

‘Juridificación’ forzosa

28 ago 2010
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ANTONI ABAT I NINET

Las encuestas de opinión pública se han constituido en el último recurso argumental de determinados agentes sociales con el fin de mantener vivo el debate sobre la necesidad de la prohibición del uso del burka y el niqab. Sin embargo, este tipo de instrumentos de medición estadística no puede sobredimensionarse en sociedades democráticas, donde las únicas encuestas válidas y vinculantes son las que ejercen los ciudadanos con su voto. Extraer conclusiones cerradas sobre sondeos de opinión puede entenderse como un ejercicio demagógico y, en cierta medida, tendencioso. Los resultados que señalan las encuestas varían según factores endógenos (universo, unidades estadísticas o la técnica de recolección de datos) y exógenos (después de una violación, la opinión pública demanda el endurecimiento de las penas o incluso la castración química). Por consiguiente, el uso de las encuestas como argumento legitimador de políticas legislativas concretas es cuanto menos poco fiable.
Otro argumento que justifica no utilizar los resultados de encuestas es que son siempre consecuencia de opiniones y no de conocimiento, y este es un dato trascendente en cuestiones de política legislativa que no cabe confundir con superioridades morales o desconsideraciones a la voluntad popular. En definitiva, las iniciativas legislativas no pueden venir determinadas por algunas encuestas de opinión pública.
¿Por qué se regula un campo nuevo? La juridificación es un fenómeno que aparece a la hora de regular nuevos campos jurídicos que van surgiendo. En las sociedades modernas se observa un aumento del derecho escrito, es decir, el aumento de la positivización del derecho. El fenómeno juridificador puede ser entendido como un resultado necesario a la hora de actualizar nuestros sistemas jurídicos en determinadas materias o campos, como por ejemplo las nuevas tecnologías, el uso de transgénicos, energía nuclear o la manipulación genética. Sin embargo, este mismo fenómeno puede tener un lado oscuro consistente en implementar políticas de control social, asimilación y normalización. Es decir, se pueden utilizar las normas jurídicas para generar una objetivación de lo que es legal y racional, señalando como fuera de la ley, prohibido o perseguido lo que queda fuera del paraguas legal. Este ejercicio de asimilación se desvía claramente del que debería ser objetivo primero de los sistemas jurídicos democráticos que es tolerar, respetar y promover la diversidad incluso cuando dicha diversidad genera oposición a las normas y prescripciones legales. Mucho me temo que en el caso que nos atañe nos encontramos ante esta segunda consecuencia del fenómeno juridificador.
Tal y como se ha argumentado hasta la saciedad, la prohibición del uso del velo integral en espacios públicos no es en la actualidad un hecho jurídico a regular, no existe la percepción en nuestra sociedad de dicha necesidad. Al contrario, la polémica generada y el falso debate orientado por motivos electoralistas o xenófobos ha pretendido en todo momento generar esa necesidad, hasta la fecha sin éxito. Se pretende justificar la necesidad de una normativa sancionadora basándose en el principio de prevención jurídica y en falsas analogías basadas en encuestas de opinión, sin tener en consideración que pueden quebrantarse principios fundamentales básicos, como son el de libertad ideológica, religiosa y de culto, derecho a la libertad y el derecho a la intimidad, honor y propia imagen. Es una aberración jurídica regular mediante leyes sancionadoras comportamientos que pueden estar amparados en derechos fundamentales. La simple duda debería provocar cierta cautela y antes de promoverse determinadas medidas legislativas, los líderes políticos que las plantean deberían solicitar informes a los órganos competentes en materia constitucional. En este sentido, destaca el hecho de que la Asamblea del Consejo de Europa haya aprobado casi por unanimidad una resolución sobre el islam y la islamofobia que, entre otros aspectos, desaconseja la prohibición total de los velos integrales que usan las musulmanas. ¿Donde están el bombo y el platillo que acompañan a las noticias negativas sobre el islam? ¿Dónde está la objetividad de determinados medios de comunicación?
Hay personas bienintencionadas que se plantean la prohibición del uso del velo integral en espacios públicos en defensa de los derechos fundamentales de la mujer, y en este caso nos enfrentamos ante un posible conflicto entre derechos fundamentales, además de con un conflicto entre diferentes acepciones e interpretaciones del derecho de libertad de difícil resolución. En cualquier caso, creo que es la mujer musulmana a la que hay que escuchar y la que debe decidir.
No parece que la coacción, las sanciones legales, el cierre de mezquitas, como ha ocurrido en Lleida recientemente, sean los mejores presupuestos de partida de un debate bien consensuado y donde puedan participar instituciones públicas. En este sentido, el presidente de Estados Unidos y el alcalde de Nueva York iniciaron un proceso de diálogo ejemplarizante para el debate en relación a la construcción de una mezquita y un centro de cultura islámica en la zona cero. El diálogo es necesario para evitar que mañana podamos ser todos víctimas de la objetivación del Estado.

Antoni Abat i Ninet es Investigador del Centre de Recerca en Governança del Risc (UAB) y profesor de Derecho Constitucional y Teoría Legal.

Ilustración de Iker Ayestaran.

Mujeres de maíz

24 ago 2010
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ESTHER VIVAS

En los países del Sur, las mujeres son las principales productoras de comida, las encargadas de trabajar la tierra, mantener las semillas, recolectar los frutos, conseguir agua, etc. Entre un 60 y un 80% de la producción de alimentos en estos países recae en las mujeres, un 50% a nivel mundial. Estas son las principales productoras de cultivos básicos como el arroz, el trigo y el maíz, que alimentan a las poblaciones más empobrecidas del Sur global. Pero, a pesar de su papel clave en la agricultura y en la alimentación, ellas son, junto a los niños y niñas, las más afectadas por el hambre.
Las mujeres campesinas se han responsabilizado, durante siglos, de las tareas domésticas, del cuidado de las personas, de la alimentación de sus familias, del cultivo para el autoconsumo y la comercialización de algunos excedentes de sus huertas. Han cargado con el trabajo reproductivo, productivo y comunitario, y ocupado una esfera privada e invisible. En cambio, las principales transacciones económicas agrícolas han estado, tradicionalmente, llevadas a cabo por los hombres en las ferias, con la compra y venta de animales, la comercialización de grandes cantidades de cereales… ocupando la esfera pública campesina.
Esta división de roles asigna a las mujeres el cuidado de la casa, de la salud, de la educación y de sus familias y otorga a los hombres el manejo de la tierra y de la maquinaria, en definitiva de la técnica, y mantiene intactos los papeles asignados como masculinos y femeninos que durante siglos, y aún hoy, perduran en nuestras sociedades.
Sin embargo, en muchas regiones del Sur global, en América Latina, África subsahariana y sur de Asia, existe una notable feminización del trabajo agrícola asalariado. Entre 1994 y 2000, las mujeres ocuparon un 83% de los nuevos empleos en el sector de la exportación agrícola no tradicional. Pero esta dinámica va acompañada de una marcada división de género: en las plantaciones las mujeres realizan las tareas no cualificadas, como la recogida y el empaquetado, mientras que los hombres llevan a cabo la cosecha y la plantación.
Esta incorporación de la mujer al ámbito laboral remunerado implica una doble carga de trabajo para las mujeres, quienes siguen llevando a cabo el cuidado de sus familiares a la vez que trabajan para obtener ingresos, mayoritariamente, en empleos precarios. Estas cuentan con unas condiciones laborales peores que las de sus compañeros recibiendo una remuneración económica inferior por las mismas tareas y teniendo que trabajar más tiempo para percibir los mismos ingresos.
Otra dificultad es el acceso a la tierra. En varios países del Sur, las leyes les prohíben este derecho. Y, en aquellos donde legalmente lo tienen, las tradiciones y las prácticas les impiden disponer de ellas. Pero, este problema no sólo se da en el Sur global. En Europa, muchas campesinas no tienen reconocidos sus derechos, ya que, a pesar de trabajar en las explotaciones, igual que sus compañeros, la titularidad de la finca, el pago de la Seguridad Social, etc. lo tienen habitualmente los hombres. En consecuencia, las mujeres, llegada la hora de la jubilación, no cuentan con pensión alguna, no tienen derechos a ayudas, cuotas, etc.
El hundimiento del campo en los países del Sur y la intensificación de la migración hacia las ciudades ha provocado un proceso de descampesinización. Las mujeres son un componente esencial de estos flujos migratorios, nacionales e internacionales, que provocan la desarticulación y el abandono de las familias, de la tierra y de los procesos de producción, a la vez que aumentan la carga familiar y comunitaria de las mujeres que se quedan. En Europa, Estados Unidos, Canadá… las migrantes acaban asumiendo trabajos que años atrás realizaban las mujeres autóctonas, reproduciendo una espiral de opresión, carga e invisibilización de los cuidados y externalizando sus costes sociales y económicos a las comunidades de origen de las mujeres migrantes.
La incapacidad para resolver la actual crisis de los cuidados en los países occidentales, fruto de la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral, el envejecimiento de la población y la nula respuesta por parte del Estado a estas necesidades conlleva la importación masiva de mano de obra femenina de los países del Sur global, destinada al trabajo doméstico y de cuidado remunerado.
Frente a este modelo agrícola neoliberal, intensivo e insostenible, que se ha demostrado totalmente incapaz de satisfacer las necesidades alimentarias de las personas y el respeto a la naturaleza, y que es especialmente virulento con las mujeres, se plantea el paradigma alternativo de la soberanía alimentaria. Se trata de recuperar nuestro derecho a decidir sobre qué, cómo y dónde se produce aquello que comemos; que la tierra, el agua, las semillas estén en manos de las y los campesinos; de combatir el monopolio a lo largo de la cadena agroalimentaria.
Y es necesario que esta soberanía alimentaria sea profundamente feminista e internacionalista, ya que su consecución sólo será posible a partir de la plena igualdad entre hombres y mujeres y el libre acceso a los medios de producción, distribución y consumo de alimentos, así como a partir de la solidaridad entre los pueblos, lejos de las proclamas chovinistas de “primero lo nuestro”.
Hay que reivindicar el papel de las campesinas en la producción agrícola y alimentaria y reconocer el papel de las mujeres de maíz, aquellas que trabajan la tierra. Hacer visible lo invisible. Y promover alianzas entre mujeres rurales y urbanas, del Norte y del Sur. Globalizar las resistencias… en femenino.

Esther Vivas es coautora de ‘Del campo al plato’ (Icaria, 2009)

Ilustración de Patrick Thomas

Velos invisibles

23 ago 2010
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GERARDO PISARELLO

JAUME ASENS

Pocas cruzadas han conseguido abrirse paso con tanta fuerza y en tan poco tiempo como las dirigidas contra el burka o el niqab, dos prendas que ocultan de manera completa o parcial el rostro de algunas mujeres musulmanas. En una de sus últimas apariciones preveraniegas, el ministro de Justicia, Francisco Caamaño, anunció la restricción del uso del atuendo para el otoño, cuando se discuta en el Congreso la reforma de la Ley de Libertad Religiosa y de Conciencia. Lo que en otro contexto podría haber supuesto un paso adelante en la lucha por la emancipación de todas las mujeres, incluidas las no musulmanas, ha acabado por convertirse, sin embargo, en un empeño de dudosas credenciales ético-políticas. En un nuevo velo bajo el que se ocultan, con hipocresía, un sospechoso celo punitivo y los viejos y clásicos fantasmas de la islamofobia.
Llama la atención, de entrada, que las iniciativas a favor de la prohibición del burka o del niqab hayan surgido de una plataforma de extrema derecha en Catalunya, o que sus principales valedores en el ámbito autonómico y estatal hayan sido las fuerzas políticas conservadoras. Ninguna de estas se ha destacado por impugnar otros velos menos visibles y más interiorizados culturalmente, como los hábitos de las monjas de clausura o ciertas imposiciones de la moda que están detrás de buena parte de los fenómenos de anorexia y bulimia existentes en nuestras sociedades. Tampoco han sido las primeras a la hora de denunciar el carácter patriarcal que subyace a fenómenos como la penalización del aborto, las diferencias salariales entre hombres y mujeres o, en general, la llamada feminización de la pobreza. Tampoco han propuesto, como alternativa, dar voz y poder a las migrantes musulmanas propiciando, por ejemplo, su acceso al derecho de voto y a otros derechos sociales y políticos. Más bien, su celo feminista y laicista sólo parece activarse contra el fanatismo de algún clérigo islamista. En cambio, permanece ciego a otros abusos perpetrados por el Estado, el mercado u otras iglesias, como la católica, que por su propia posición institucional debería ser objeto de un escrutinio mayor.
Ciertamente, la hipocresía del mensajero no implica la falsedad del mensaje. El burka es una forma flagrante de humillación de la mujer, cuyas diferencias con otros velos parciales como el hiyab, la shayla o el chador son evidentes. Que se trate de un caso “extremo” explica, en parte, que la cruzada prohibicionista impulsada por los partidos conservadores haya sido secundada por fuerzas situadas a su izquierda, comenzando por algunos miembros del PSOE. Desde estos sectores, se ha recordado que el burka es una suerte de “prisión ambulante” que vulnera la dignidad de las mujeres. A ello se ha sumado también un argumento de orden público: al cubrir su rostro, impide que puedan ser identificadas a la hora de acceder a ciertos servicios sociales o instituciones públicas.
A pesar de su aparente razonabilidad, estos argumentos presentan varios problemas. Prohibir el burka por su carácter objetivamente discriminatorio puede entrar en conflicto con la libertad de las propias mujeres que, voluntariamente, decidan llevarlo. En estos casos, y aunque se funden en cánones patriarcales execrables, las manifestaciones públicas de opiniones o creencias religiosas se encuentran protegidas, entre otros, por el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. Así, mientras quitar los crucifijos en las aulas sería obligatorio para un Estado que se defina como laico, la prohibición generalizada del atuendo islámico está reñida con la dignidad de las personas que libremente decidan seguir su tradición, su cultura, sus valores o creencias. Esta es, de hecho, la opinión que en Francia ha emitido la más alta jurisdicción administrativa del país, el Consejo de Estado, frente al proyecto de ley de Nicolas Sarkozy.
Naturalmente, no es lo mismo que una mujer lleve el velo por voluntad propia que por sufrir coacción de la comunidad, el marido, el padre o el hermano. Pero tampoco aquí está claro que la prohibición sea la mejor alternativa. Cuando lo que coacciona es el entorno cultural, la emancipación no puede lograrse esgrimiendo una supuesta superioridad civilizatoria y lanzando a la Policía contra las víctimas, sino favoreciendo la discusión crítica, la persuasión y, sobre todo, otorgando poder político y social a las propias mujeres. Cuando lo que hay, en cambio, es un ejercicio de violencia directa sobre estas, lo lógico sería preocuparse en actuar penalmente contra quien la ejerce, pero no empeñarse en multarlas y obligarlas a cambiar de vestimenta.
Es verdad, por otra parte, que el velo integral puede estar reñido con la necesidad de identificarse en ciertos lugares. Pero esto pasa también con otras prendas y atuendos, como una máscara, una gorra o un pasamontañas. Para garantizar la seguridad, por tanto, no hace falta recurrir a una prohibición específica, con evidentes sesgos discriminatorios: bastaría con una prohibición genérica de ocultamiento de rostro, como ocurre, de hecho, con los protocolos de seguridad que obligan a cualquier persona, hombre o mujer, musulmana o no, a identificarse, por ejemplo, cuando acude a un hospital, a una comisaría o simplemente a recoger a sus hijos de la escuela.
En realidad, cuando se oye a los partidarios de la prohibición del burka o del niqab, es imposible ocultar la sensación de que se está ante una iniciativa electoralista, a la que poco y nada preocupa la emancipación de las mujeres. Hace ya algunos años, se dijo que la guerra de Afganistán liberaría a las mujeres del burka y de otros lazos opresivos. A la luz de los nefastos resultados de aquella empresa, sería de necios emular la operación en nuestros barrios y ciudades. En un contexto de creciente islamofobia, una decisión así sólo agregaría más violencia a la ya existente, al tiempo que consolidaría los dobles raseros y los velos invisibles que atraviesan nuestras sociedades. Como en tantos otros casos, las mujeres más vulnerables serían las más perjudicadas.

Gerardo Pisarello y Jaume Asens son juristas y miembros del Observatorio de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de Barcelona.

Ilustración de Alberto Aragón

Madrid, a Oliver Law

21 ago 2010
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FÉLIX POBLACIÓN

El pasado 20 de junio, los Amigos y Familias de la Brigada Abraham Lincoln, que combatió con los Voluntarios Internacionales en la Guerra de España contra el fascismo, adoptó como resolución promover y apoyar la solicitud de que una calle de Madrid –capital de la República defendida por los brigadistas internacionales en 1936– lleve el nombre de Oliver Law, personificando en él a todos sus compañeros, que lucharon por la democracia en España. De los casi 60.000 brigadistas de más de 50 países que participaron en la contienda, perdieron la vida algo más de 15.000. Oliver Law fue uno de ellos.
Fue el primer afroamericano en la historia de Estados Unidos en dirigir una fuerza militar blanca. Había nacido en el oeste de Texas en 1900 y muy joven ingresó en el ejército estadounidense, donde sirvió como soldado de infantería en la Primera Guerra Mundial. Tras abandonar las fuerzas armadas se trasladó a Bluffton, Indiana, para trabajar en una fábrica de cemento, y más tarde a Chicago, donde fue taxista y estibador. Se afilió al Partido Comunista en 1932 y poco antes de viajar a España había sido arrestado cuando lideraba una manifestación en contra de la invasión italiana de Etiopía.
Oliver Law fue uno de los primeros voluntarios de Estados Unidos en alistarse como combatiente en defensa de la República española. Su experiencia militar y sus cualidades de liderazgo le avalaron primero como jefe de sección en una compañía de ametralladoras. Cuando el batallón Lincoln fue reorganizado, después de la batalla del Jarama, Law fue ascendido a capitán, tras ser transferido el comandante Martin Hourihan al Estado Mayor del regimiento. Oliver Law sólo estuvo al mando del batallón Abraham Lincoln durante los primeros días de la ofensiva de Brunete. El 10 de julio de 1937, en la cuarta jornada de aquella campaña, resultó mortalmente herido mientras comandaba un asalto al llamado Cerro del Mosquito, área geográfica correspondiente al municipio madrileño de Villaviciosa de Odón. En la ladera de ese cerro que desciende hacia el río Guadarrama perdió la vida, junto a una decena de sus compañeros, el primer ciudadano estadounidense negro que alcanzó el grado de capitán en combate sobre tropas blancas.
Contaba hace unos años Harry Randall, camarógrafo y fotógrafo de la Brigada Abraham Lincoln
–integrada por 2.800 voluntarios norteamericanos–, que la Lincoln fue la primera unidad del ejército norteamericano compuesta por soldados de todas las razas. Jamás había ocurrido antes ni ocurriría después, en la II Guerra Mundial, donde las tropas de Estados Unidos seguían siendo segregacionistas. Es conocida la anécdota de un coronel estadounidense durante su visita a España en 1937, cuando a la vista del capitán Oliver Law le preguntó si no le daba vergüenza lucir un uniforme con galones, a lo que Law respondió: “En España los galones se obtienen por lo que merecemos, no por nuestro color”. En ese sentido se cita también la frase que dejó escrita el último de los afromericanos fallecidos de la Brigada Lincoln,
Jimmy Yates: “En España fue donde por primera vez, siendo negro, me sentí libre”.
Hace unos meses, el colectivo castellano Yesca, integrado por jóvenes antifascistas, promovió una campaña bajo el nombre de Placa-placa, cuyo objetivo era denunciar la presencia de la numerosa simbología franquista en las calles y plazas de diversas localidades del centro peninsular, entre las que no podía faltar Madrid. Estimaba el citado colectivo, dado que la permanencia de esos nombres y símbolos constituye una ofensa para todo aquel que aspire a una sociedad libre y democrática, que no era preciso esperar por más tiempo a que se aplicase la Ley de Memoria Histórica en vigor. Puesta en marcha su campaña entre el mes de octubre del año pasado y febrero del actual, el balance de su recolección arrojó un total de 216 símbolos franquistas retirados en los municipios de Madrid, Pozuelo, Fuenlabrada, Segovia, Toledo y Cuenca.
Que esto esté ocurriendo a las alturas de nuestro vigente periodo democrático y que hasta el momento ni una sola de las calles y plazas de Madrid lleve el nombre de uno de aquellos luchadores, componentes de las Brigadas Internacionales, que durante el otoño de 1936 contribuyeron decisivamente a que la capital de la República no fuera conquistada por el ejército franquista, denota hasta qué punto la Transición primero, y los sucesivos gobiernos socialistas después, han dejado sin la justa reparación y el oportuno y diligente homenaje debidos en vida a quienes se jugaron la vida viniendo a combatir desde sus respectivos países en defensa de la libertad.
El 23 de noviembre de 1936,
reunidos en Leganés los cabecillas golpistas con Franco, optaron por suspender el brutal ataque que había sufrido la capital, después de los cruentos combates de la Ciudad Universitaria. Si el general felón Mola hubo de desistir de tomar café en la Puerta del Sol, tal como se había propuesto a guisa de marcial baladronada, en buena medida se debió al activo concurso de las Brigadas Internacionales en la Batalla de Madrid. Las primeras unidades desfilaron por la ciudad cuando Franco pretendía abrirse paso a través de la Casa de Campo, sin poder franquear a la postre el Cerro Garabitas.
Hay una fecha anual desde 1987 dedicada a Oliver Law y a la Brigada Lincoln por el Ayuntamiento de Chicago. Tarde, pero a tiempo para la historia, el de Madrid debería también honrar el nombre de Law.

Félix Población es escritor y periodista.

Ilustración de José Luis Merino

El islam y nuestro tiempo

16 ago 2010
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SAÏD EL KADAOUI

El ramadán, cuyo ayuno desde la salida hasta la puesta del sol es uno de los preceptos sagrados del islam, ya está aquí y, aparte de desearles un muy feliz mes de ramadán a todos los musulmanes, me gustaría aprovechar esta coyuntura para dar eco a algunas de las discusiones que en torno al islam se dan en Marruecos, para luego acabar comentando otros aspectos que incumben de forma más directa a nuestro país.
Frecuentemente aparece en el semanario Tel quel, un magacín independiente que leo regularmente desde esta otra orilla, algún debate de interés que incumbe a esta religión.
Cualquiera que viaje a Marruecos comprobará con sus propios ojos lo que se dice en el número 434 de este magacín. Esto es, asistimos a una revivificación de la práctica religiosa en todas las clases sociales y en todas las edades de la población, aunque este hecho no es óbice para el aumento de prácticas secularizadas, como el progresivo aumento del número de mujeres que se incorporan al mercado de trabajo, el aumento del consumo de alcohol por parte de la población local o la rentabilidad en interés bancario (el islam considera el interés bancario, todo él, una usura).
He releído otros artículos publicados en diferentes números de esta revista, todos ellos cuestionando, matizando y debatiendo sobre el hecho religioso en Marruecos. A modo de ejemplo diré que el profesor y poeta Driss Alaoui afirmaba (T.Q., núm. 339) que en verdad el ramadán se ha tornado con el tiempo en un mes de excesos. Excesos de todo tipo menos de trabajo, ironizaba. Era consciente de la dificultad de introducir cambios en el ramadán; imagino que debe de referirse a aminorar las exigencias del ayuno, a acortar la duración de este, a permitir que se puedan ingerir líquidos o, quizás, y a mi juicio mejor todavía, a la no obligatoriedad de esta práctica para los ciudadanos musulmanes de Marruecos
–la gran mayoría, como ya se sabe–.
Asimismo, planteaba la necesidad de desarrollar una cultura de la libertad donde los rituales, cualesquiera que sean, se circunscriban a la esfera individual. Se abonaría el terreno así, comenta, para que en algún momento se puedan plantear dichas reformas. Tengo curiosidad por saber, y lo digo sin ironía, si estas ideas y propuestas también las planteaba en su época de ministro, ya que tuvo varias carteras a lo largo de la década de los noventa.
En otro de sus números (T.Q., núm. 417) se hablaba de los marroquíes que se convierten al cristianismo a pesar del acoso y de las amenazas de muerte reiteradas que reciben.
La expulsión, del todo incomprensible, de algunos ciudadanos europeos y americanos por supuesto proselitismo no cambiará en nada, más bien al contrario, la determinación de la gente que, dándose la libertad de escoger –faltaría más– elige cambiar de religión.
Por otro lado, en el núm. 427, se recogía la noticia de que la Asociación Marroquí de Lucha contra el Aborto Clandestino (AMLAC) había celebrado los días 28 y 29 de mayo un coloquio sobre el aborto. Se decía que, como sucede frecuentemente en el islam, las interpretaciones varían. Los sunitas pertenecientes a la escuela Malikí, mayoritarios en el Magreb, condenan el aborto desde la concepción; las escuelas Hanibal y Shafi’í lo autorizan los primeros 40 días del embarazo; mientras que la escuela Hanifa los 120 primeros días. El sociólogo Abdessamad Dialmy opinaba que el legislador no debe ser prisionero de la opinión malikí.
Abdellah Tourabi, politólgo especializado en el mundo árabe y musulmán, escribía (T.Q., núm. 358) que el Corán siempre ha sido objeto de lecturas, interpretaciones y visiones diametralmente opuestas. Algunas pueden enfatizar la paz, la tolerancia y la justicia y otras legitimar la opresión, la violencia y el oscurantismo. Aboga por una lectura racional y no literal. En definitiva, cree que es necesario leer el texto sagrado de los musulmanes teniendo en cuenta las necesidades de nuestro tiempo.
Concluyendo: el debate existe, el islam se cuestiona, el comportamiento religioso de la población se estudia. Otra cosa es lo que el psicoanalista egipcio Moustapha Safouan denunciaba en un entrevista concedida a este magacín (núm. 358). Decía que las fuerzas políticas de los países árabo-musulmanes controlan la religión para ganar legitimidad y protegerse.
Ahora sí, cambio de orilla.
Me atrevería a afirmar que muchos de los que algún día decidimos –o decidieron por nosotros– salir del país, lo hicimos con el
anhelo de más libertad. Y, por esto mismo, a muchos nos escandaliza y nos indigna que existan líderes religiosos que aquí, en Europa, quieran apoderarse del islam y aprovechen las frustraciones y las necesidades espirituales de muchos musulmanes para intoxicarles con interpretaciones violentas del Corán. Defienden una religiosidad incompatible con los derechos y las obligaciones de un país democrático. Y, lo peor, zanjan cualquier debate diciéndonos lo que el islam permite o prohíbe. En estos días pienso especialmente en Abdelwahab Houzi, imán del oratorio más grande de Lleida, clausurado por el Ayuntamiento por exceso de aforo y
reabierto el día 9 de este mes. Estas semanas ha sido noticia porque se ha dedicado a echarle un pulso al alcalde de la ciudad en vez de predicar la cultura de la paz y el diálogo con sus feligreses. Parece ser que su islam no entiende de diálogo y sí de confrontación y coacción al ayuntamiento y también a una parte de la comunidad musulmana, a la que divide en función del grado de sumisión a su dogma.
Gente como este líder religioso es peligrosa y hay que decirlo en voz muy alta.
Procurarle al islam un lugar digno en Europa es también no ceder al chantaje de los fanáticos.

Saïd El Kadaoui es psicólgo y escritor

Ilustración de Javier Jaén

Memoria de un periodista

07 ago 2010
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LIDIA FALCÓN

Cuando se cumplen cien años del nacimiento de Miguel Hernández recuerdo que en la Semana Santa de 1966 Eliseo Bayo y yo sacrificamos nuestros pocos días de asueto y nos fuimos a Orihuela, que no era nuestra patria pero sí la de Miguel Hernández, porque queríamos sacarle del olvido en que la dictadura y sus corifeos pseudointelectuales lo habían hundido. Una semana que nos conmovió a quienes nos sabíamos sus versos y su triste biografía de memoria.
El primer reportaje que sobre Miguel Hernández se publicó en España en aquellos peligrosos años lo escribimos nosotros y se publicó en la revista Destino de Barcelona, que entonces constituía un pequeño refugio de rojos. Visitamos la casa de sus padres, nos entrevistamos con sus hermanos y cuñadas, conversamos con los amigos que lo ayudaron y con los próceres de la ciudad que lo persiguieron, fotografiamos el colegio, la iglesia y los campos de cabras donde se forjó la infancia de Miguel. La viuda y su hijo vivían en Alicante entonces y no querían hablar con nadie, perseguidos todavía por el odio franquista. Fuimos hasta el cementerio de Alicante y el vigilante nos guió hasta su nicho, que exhibía únicamente dos palabras en la lápida: “Miguel Hernández”, de la cual aún guardo la fotografía. Ni siquiera constaba la fecha de su muerte. A pesar del riesgo que corrimos y que desafió la revista, no tuvo eco aquel trabajo. Durante este tiempo han aumentado los trabajos sobre la obra de Miguel, incluyendo la serie que se filmó en los nefastos tiempos de la televisión de Aznar, donde se le humillaba y minimizaba. Han debido pasar 44 años para que se cumpla su centenario y al fin eclosione el entusiasmo que todos sentimos por la obra y la vida de Hernández en congresos, conferencias, revistas, libros. Ninguno de ellos recoge aquella primera, valiente y novedosa aproximación a la vida del poeta y a la obra del militante comunista, que no por breve y autocensurada como correspondía al momento deja de tener su mérito.
Leo el número de La República de las Letras, revista dirigida por Andrés Sorel, donde se recogen 20 trabajos literarios, históricos y biográficos sobre el poeta y constato que en ninguno de ellos se menciona a César Falcón, mi padre, el periodista y escritor peruano que vivió en España 20 años y luchó por la República y el socialismo invirtiendo en ello todo lo que tenía: su prestigio como intelectual, su trabajo como periodista, su libertad, que perdió en varias ocasiones, su supervivencia económica, y que concluyó finalmente en el exilio. Falcón conoció y protegió a Miguel, un muchacho recién llegado a Madrid cuando mi padre ya había sido corresponsal de El Sol en París y en Londres, y colaboraba en Blanco y Negro, y más tarde perteneció al Comité Central del Partido Comunista. Mi padre fue director del periódico Mundo Obrero, publicó novelas, escribió obras de teatro, montó y dirigió durante varios años el Teatro Proletario, la versión revolucionaria de un teatro popular frente al elitista de La Barraca, del que hoy se han querido olvidar, y estuvo en primera línea de fuego con el primer programa de radio que creó con el nombre de Altavoz del Frente y que transmitía las noticias de la guerra. Para el muchacho que era Miguel, Falcón fue su amigo al llegar a Madrid, su maestro en el periodismo y su avalador en el partido. Frente a la hostilidad que le mostró García Lorca, desde su pedestal de poeta exquisito, mi padre admiró y apoyó a Hernández. El compromiso militante que no todos los intelectuales de la época asumieron, unieron a Falcón y a Hernández, que más tarde se encontrarían en el frente, donde uno en su juventud luchaba con las armas y el otro en su madurez con las palabras. Ninguno de los eruditos colaboradores de La República de las Letras lo conoce e incluso alguno atribuye Altavoz del Frente a otro periodista.
Todavía más sorprendente es que ni aún se le mencione en la ponencia publicada en el libro, dirigido por Julio Rodríguez Puértolas, sobre los periodistas y escritores latinoamericanos que estuvieron en España durante la República y la Guerra Civil, de la que es autor Teodosio Fernández Rodríguez. No puedo decir que tal ninguneo me haya sorprendido. Exceptuando a Gonzalo Santonja, que escribe con verdadera erudición sobre los intelectuales que defendieron la República y que publicó una hermosa semblanza de César Falcón en Diario16, nadie más le cita y quizá ni siquiera le conoce.
Bien sé que el viento de muerte que se abatió sobre España mató, con la mejor gente de nuestro pueblo y de nuestra intelectualidad, también el recuerdo y envileció la historia. Pero en estos años, los que dirigen el país no sólo no han mostrado reconocimiento ni gratitud por aquellos que lucharon y murieron por construir un país que les permitiera a ellos sentarse en los sillones del Parlamento, de los gobiernos y de las cátedras, sino que han elevado a la fama y al reconocimiento a mediocres personajillos, cuando no corruptos, a los que se les conceden las canonjías, los puestos de mando, los sustanciosos sueldos y los premios. Cierto es que la primera ingratitud es la del Partido Comunista, que nunca ha reivindicado la figura y el papel que cumplió César Falcón durante tantos y difíciles años, pero los profesores e investigadores que se especializan en descubrir la verdadera y oculta historia de nuestro país no tienen derecho a ignorar que César Falcón fue uno de los intelectuales más afamados de la España de los años veinte y treinta, que luchó contra el fascismo invirtiendo en ello su tiempo y su libertad y que hizo más por conseguir que la democracia se implantara en nuestro país que muchos de ellos.

Lidia Falcón es periodista y escritora.

Ilustración de José Luis Merino