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Dominio público

Opinión a fondo

¿Qué pasa en España?

15 jul 2010
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VICENÇ NAVARRO

web-loquepasa-ok.jpgEn las últimas semanas hemos visto toda una serie de acontecimientos que están impactando a las clases populares de las distintas naciones y regiones de España. Uno, el más importante, es la enorme avalancha neoliberal, liderada por las derechas europeas (que dominan las instituciones de la UE) con la complicidad de partidos gobernantes de centroizquierda, que está reduciendo significativamente los derechos y beneficios laborales y sociales de la ciudadanía de los países de la UE, incluyendo España.

El otro hecho es el dictamen del Tribunal Constitucional (TC) que recorta significativamente el Estatut aprobado por el Parlament, las Cortes Generales y refrendado por el pueblo catalán en referéndum, y que generó, como protesta a tal dictamen, la manifestación más grande que jamás haya existido en Catalunya. Y por último, el pasado domingo, la selección española (en la que los jugadores del Fútbol Club Barcelona, el Barça –un símbolo del catalanismo identitario–, eran el grupo más extenso dentro del equipo) ganó el Mundial de fútbol, lo cual creó grandes movilizaciones en gran parte de España (incluyendo Catalunya) que las derechas están intentando contraponer a la movilización del día anterior en Catalunya, que supuestamente amenazaba la unidad de España.

Todos estos hechos corresponden a un contexto político común que, por paradójico que parezca, reflejan las mismas coordenadas de poder. La avalancha neoliberal responde a unos intereses de clase bien definidos. El mundo financiero (responsable de la crisis) y el mundo de las grandes empresas y sus instrumentos políticos están consiguiendo (con la ayuda de los medios afines) lo que han querido durante muchos años: el debilitamiento del mundo del trabajo. Mientras que los beneficios del gran mundo empresarial crecieron en el primer trimestre del 2010 un 18,5% (según las cifras de la Agencia Estatal de Administración Tributaria), las rentas del trabajo continuaron descendiendo un 8%. La reducción del gasto público (incluyendo el gasto público social) y la desregulación del mercado de trabajo tienen como principal objetivo debilitar al mundo del trabajo (incluyendo sus sindicatos).

Para ocultar esta realidad, se ha construido todo un entramado ideológico promovido por los establishments mediáticos y políticos neoliberales que argumentan que tales medidas son necesarias para recuperar la confianza de los mercados financieros (es decir, de la banca, que fue la que causó la crisis en primer lugar). Como bien escribió Mark Weisbrot, codirector del Center for Economic and Policy Research de Washington, en The Guardian (09-07-10), los argumentos que el establishment neoliberal de la UE y el Fondo Monetario Internacional están promoviendo carecen de validez científica. En realidad, España fue uno de los países de la UE-15 que cumplió más con la ortodoxia neoliberal, habiendo alcanzado una de las deudas públicas más bajas de la UE-15, y un superávit en los presupuestos del Estado en los tres años que precedieron la crisis. Y, a pesar de ello, España está en el centro de los países que más están sufriendo la crisis. Y ello no se debe al crecimiento “desmesurado” del gasto público (como lo presentan los neoliberales), sino al comportamiento especulativo de la banca (creando el boom inmobiliario) y a las políticas regresivas fiscales, que facilitaron el crecimiento del déficit cuando disminuyó la actividad económica.

Estos sacrificios son enormemente impopulares. De ahí que en España las derechas recurran a las banderas para conseguir el apoyo popular que sus políticas económicas le niegan. La derecha nacionalista española es heredera del Estado fascista que dominó España durante 40 años y que justificó el enorme daño que conllevó (España tenía el PIB per cápita de Italia en 1936; en 1975, el PIB de España era sólo un 64% del de Italia), con el argumento de derrotar al comunismo y al separatismo, defendiendo “la unidad de España” (el eslogan utilizado por el fascismo y el posfascismo para justificar la imposición de una España radial, uniforme y excluyente). En defensa de unos intereses de clase, impusieron el mayor retraso económico, político, social y cultural que haya habido en Europa. Los datos hablan por sí mismos (ver mi libro El subdesarrollo social de España).

Sus herederos –el Partido Popular– han continuado haciendo un enorme daño a las clases populares de las distintas naciones y regiones de España, habiendo sido el Gobierno del PP el que, con sus políticas de desregulación del suelo y políticas fiscales regresivas, originaron la crisis actual. Y ahora, en su intento de capitalizar el anticatalanismo (que sembró la dictadura en la población española), se ha opuesto al Estatut que fue aprobado por los representantes del pueblo catalán y del pueblo español, argumentando que rompería España. La sentencia del TC, que ofendió (en su procedimiento, en su narrativa y en su dictamen) al pueblo catalán, ha creado tensiones totalmente innecesarias. Si el TC hubiera aprobado sin más el Estatut, España hubiera continuado unida. En realidad, se ha ido implementando durante cuatro años sin que apareciera ni siquiera una fisura. El Estatut representaba una redefinición de España. Es la resistencia a esta redefinición liderada por la derecha española la que está estimulando la rotura de España, pues el independentismo se está alimentando de esta insensibilidad hacia aceptar una España que respete su plurinacionalidad.

Pero España es plural, y el mejor indicador de ello es la selección española de fútbol, en la que precisamente el contingente del Barça jugó un papel clave en la victoria. Cuando el Barça ganó la Champions y sus jugadores expresaron con orgullo “Visca Catalunya!” en un Camp Nou lleno de senyeras, varios medios madrileños presentaron tal movilización como prueba de un incipiente separatismo. La mejor prueba de tal falsedad es que, el pasado domingo, estos “supuestos” separatistas jugaron un papel clave en dar la victoria a España. ¿Hasta cuándo continuará la derecha dividiendo a España?

Vicenç Navarro es catedrático de Políticas Públicas de la Universitat Pompeu Fabra y profesor de Public Policy en la Johns Hopkins University

Ilustración de Mikel Jaso

La escalera de Puyol

11 jul 2010
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LUIS SEPÚLVEDA

07-11-b.jpgDurante los tres días previos a la semifinal España-Alemania, seguí con atención la prensa alemana y, desde periódicos objetivos como el Frankfurter Allgemeine hasta el sensacionalista Bild, los periodistas deportivos proclamaban la superioridad alemana. Aludían a la defensa integrada por jugadores altos, fuertes, impenetrables, e incluso el Bild indicaba que si esos tíos bajitos querían tener la oportunidad de tocar una pelota en el área alemana, tendrían que llevar una escalera.
Y en eso apareció Puyol, cuando el aire olía a gol de España, y creo que debo ser el único que lo vio correr con su escalera, una de esas plegables de dos peldaños. La abrió, trepó, y cabeceó un gol de esos que transforman el fútbol en pura poesía.
Esos tíos bajitos lograron más que una victoria merecidísima sobre una selección experimentada, lograron mucho más que pasar a la final: lograron devolver al fútbol su esplendor de gran deporte en el que se conjuga la sagacidad con la inteligencia, la destreza física con la voluntad de vencer y, por sobre todo, el formidable espíritu de equipo que hace de los 11 un todo que se expande y apropia del área rival. El gran ganador del partido Alemania-España es el fútbol. Ahora sí que hay un antes y un después, algo que hacía mucha falta en un deporte en el que el dinero amenazó con desplazar a lo elemental y que se llama jugar bien.
Esos tíos bajitos que entraron a jugárselo todo no son “galácticos”, basta ver el semblante sereno de Casillas, el volcán interior de Villa cuando se le va un gol, el ímpetu irreverente de Pedro, o la seguridad apabullante de Iniesta, Xavi o Sergio Ramos, para saber que ninguno de esos tíos bajitos está ahí simplemente porque hay que cumplir con el país. Y a eso se suma la caballerosidad, el juego limpio que hace de La Roja un referente a la hora de hablar del respeto al adversario.
Vi el partido como todo el mundo, por televisión, pero también lo seguí por una radio alemana para saber qué pensaban los alemanes, y la palabra más usada por los comentadores era estupefacción, aludían al desconcierto alemán, a la imposibilidad de salir y hacer unos de sus contraataques letales. Un comentarista llegó a preguntarse cuántos eran los españoles, si alguien los había contado porque no era posible que siempre hubiera dos y tres frenando los intentos alemanes de alcanzar el área española, y otro le respondió que no importaba, que ni siquiera la derrota importaba porque asistían a una exhibición de gran fútbol que hacía de ellos unos afortunados.
Un deporte es grande cuando el resultado genera unanimidad, y esto es justamente lo que consiguió La Roja. En Berlín se congregaron casi 300.000 personas para ver el partido en las megapantallas instaladas en grandes avenidas y, pese al dolor de verse eliminados de la final, la opinión generalizada fue que los españoles merecieron el triunfo. En el resultado no intervino ni la suerte, ni un arbitraje injusto, ni un clima adverso. La Roja se impuso en una clase magna del mejor fútbol, y así lo vieron en todo el mundo.
El mérito es indudablemente de esos tíos bajitos, pero también de Del Bosque, ese hombre serio, parco de palabras, sensato en sus declaraciones y al que la prensa alemana saludó con el mejor de los cumplidos: “Del Bosque es un entrenador que sabe que antes de ponerse la piel hay que matar al oso”.
Hace varios años, Eusebio, el gran futbolista portugués, dijo que el fútbol era un deporte en que jugaban 11 contra 11 y siempre ganaban los alemanes. Así era, pero eso ya pasó desde el triunfo español en la Eurocopa y desde la inolvidable tarde de la victoria contra Alemania, desde el momento en que Puyol corrió con su escalera, saltó y marcó ese gol de antología.
Mientras escribo estas líneas se acerca el momento definitivo, pero no se trata de “la hora de la verdad”, porque La Roja ha demostrado de sobra su superioridad deportiva. Lo más probable es que regresen a España como campeones del mundo, pero si así no fuera, no hay ninguna razón para sentirse defraudados o insatisfechos. Esos tíos bajitos han devuelto al fútbol la belleza, la épica, el más sano espíritu de competencia y el elemental respeto al adversario. Hay un antes y un después en el fútbol del siglo XXI, y son esos tíos bajitos los que han impuesto la diferencia.
Cuando los estadios de Suráfrica cierren sus puertas y los jardineros se entreguen a renovar el césped, cientos de analistas deportivos hablarán del secreto de La Roja, secreto que es de sobra conocido: la selección española no gira en torno a una figura central, todos son igual de importantes, cada uno sabe cómo entregar lo mejor de su talento y cómo apoyar a sus compañeros de juego. Es un equipo en el mejor sentido de la palabra, una suma de voluntades individuales pero con un objetivo colectivo, y esa certeza los ha llevado muy lejos.
En África, en América, Asia y Europa, un grupo de chicos se aprestará a disputar un partido de fútbol en algún parque. Con lo que tengan a mano improvisarán las porterías, y cuando la pelota empiece rodar cambiarán sus identidades. Yo soy Villa, dirá un chico de piel oscura que juega descalzo, y yo Iniesta, dirá otro de ojos rasgados, mientras el que se llama Casillas se ajustará los guantes que tomó prestados de su padre. Otro quinceañero de acento chileno, argentino o colombiano decidirá que un humilde cordel ceñido a la cabeza lo convierte en Sergio Ramos, y el más crespo de los muchachos de la favela dirá que es Puyol, el del golazo contra los alemanes. El buen fútbol es el único deporte que multiplica héroes en las barriadas pobres y, por todo lo que han demostrado, los integrantes de La Roja son un formidable ejemplo para los chicos del mundo.
La Roja ha devuelto al fútbol el esplendor de un gran deporte y sólo resta decir: gracias campeones, ¡muchas gracias!

Luis Sepúlveda es escritor. Autor de ‘La sombra de lo que fuimos’

Ilustración de Javier Jaén

El Mundial de las desigualdades

05 jul 2010
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JOSEP MARIA ANTENTAS Y ESTHER VIVAS

07-05.jpgLa celebración del Mundial de fútbol en Suráfrica ha colocado a este país en el primer plano de la actualidad política y mediática internacional. Este es precisamente el objetivo del Gobierno del presidente Zuma, quien intenta presentar el evento como un punto de inflexión en la historia surafricana y como una palanca para su desarrollo económico y social. Incluso, como un símbolo más general del “renacimiento de África”. Sin embargo, la realidad muestra que la celebración del Mundial se inserta en la continuidad de las políticas económicas neoliberales que han impactado duramente en la población, adoptadas en 1996, dos años después de la llegada del Congreso Nacional Africano al poder, con un programa de tipo neo-keynesiano, que sería implementado solo muy parcialmente y rápidamente abandonado.
Las consecuencias sociales del ajuste neoliberal han sido muy drásticas. El desempleo se ha disparado de un 16% en 1990 hasta un 40% en la actualidad (aunque las cifras oficiales hablan del 23%). La tasa de pobreza es de en torno al 50% y afecta de forma mucho más drástica a la población negra. Así, el 75% de los niños vive en la pobreza por un 5% de los blancos. La polarización de la renta se ha acentuado, y el coeficiente Gini, que mide la desigualdad social (siendo 1 el valor de máxima desigualdad), se situó a comienzos de los años 2000 en un 0,77 %,
frente al 0,68% de 1992. El 10% de los hogares más ricos del país concentra el 50% de la riqueza, mientras que el 40% más pobre, sólo el 7%. La privatización de los servicios públicos impulsada a comienzos de los años 2000, bajo una política considerada “modélica” en su día por el Banco Mundial, comportó un fuerte aumento del precio de servicios básicos como el agua o la luz, lo que provocó cortes masivos del suministro a unos diez millones de familias por no poder pagar las facturas.
Estos procesos de aumento de las desigualdades han ido acompañados por el surgir de una pequeña nueva clase media negra y una pequeña élite empresarial negra, cuyos intereses son diferentes de los de la mayoría de la población pobre. Por todo ello, la evolución de la sociedad surafricana ha sido definida por muchos analistas críticos como una transición desde el apartheid racial al apartheid de clase, en el que los cambios políticos acontecidos después del fin del régimen racista no han ido acompañados de cambios sustanciales en el terreno material y de los derechos sociales.
La Suráfrica que acoge el Mundial es un país dividido y con fuertes contradicciones sociales, y en el que los beneficios del evento serán para una pequeña minoría, empezando por las grandes firmas del sector de la construcción. En cierta forma, como señala el reputado comentarista deportivo Dave Zirin, el Mundial ha sido una especie de “Caballo de Troya neoliberal, que ha permitido una serie de políticas que no habrían sido aceptadas por parte de la sociedad surafricana en caso de no haber tenido el honor de albergar el Mundial”.
La crítica más extendida al Gobierno es su enorme gasto, un total de 9.500 millones de dólares, financiados esencialmente a través del endeudamiento público en la construcción de grandes instalaciones deportivas cuya utilidad posterior al Mundial está muy poco clara, y en infraestructuras de transporte de lujo. Entre ellas, el tren de alta velocidad Gutrail, destinado a la élite de los negocios y a los sectores acomodados.
El desvío de las inversiones públicas a proyectos faraónicos y de poca utilidad social, u orientados a una minoría, contrasta con la incapacidad del Gobierno de satisfacer algunas necesidades sociales básicas, como construir una red de transporte público eficiente o solucionar el gravísimo problema de la vivienda. En Suráfrica, miles de personas viven en chabolas y la burbuja inmobiliaria de los años recientes de crecimiento económico y boom especulativo ha hecho aumentar el precio de la vivienda en un 400%. Así, se calcula que el gasto para el Mundial equivale a todo lo invertido entre 2000 y 2010 en vivienda pública. En palabras del Foro Contra la Privatización de Johannesburgo, “el Gobierno ha conseguido, en muy poco tiempo, construir infraestructuras de primera división de las que la mayoría de surafricanos no va a beneficiarse ni poder disfrutar”. También hay perjudicados directos por el evento como los vendedores ambulantes, expulsados de las proximidades de las grandes instalaciones deportivas, o los pescadores en zonas como Durban, que han visto restringidas sus áreas de pesca habituales.
El impacto de las políticas neoliberales provocó la emergencia desde finales de los años noventa de crecientes resistencias sociales, en contra de la privatización y los recortes sociales y convirtiendo a Suráfrica de nuevo en una referencia para la protesta social en el continente africano. Unas luchas sociales que entroncan, en otro contexto histórico, con el movimiento contra el apartheid y su espíritu de liberación social. Muchos de estos movimientos, como el Abahlali baseMjondolo, que agrupa a los habitantes de las chabolas de las grandes urbes, intentan estos días, a pesar de la restricción oficial a cualquier tipo de manifestación hasta el 15 de julio, hacerse visibles y explicar al mundo su historia de exclusión y marginación.
“Cuando los elefantes están de fiesta, la hierba sufre”, reza un viejo proverbio africano. Es una buena forma de tener presente esta otra Suráfrica que no debemos
olvidar.

Josep Maria Antentas y Esther Vivas son autores de ‘Resistencias Globales. De Seattle a la crisis de Wall Street’

Ilustraciónde Iker Ayestaran

El abuelo Luis y sus nietos milagrosos

29 jun 2008
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LUIS SEPÚLVEDA

06-29.jpgQue el fútbol une y desata las mejores y las peores pasiones ya se sabe, también es sabida la crueldad de la hinchada cuando los resultados adversos caen en serie y rebaños de sabelotodos exigen renuncias, reclaman cabezas, levantan guillotinas desde la comodidad de los micrófonos y redacciones. Pero cuando los resultados no coinciden con las previsiones de los agoreros, entonces es extraño y hasta cobarde el clamoroso silencio de los que afilaban cuchillas.

Los espléndidos resultados de la selección española, que ha reinventado el hermoso fútbol-fiesta amado por todos los seguidores del rey de los deportes entre los que me cuento, permiten destacar un par de asuntos que ojalá permanezcan en las memorias de los agoreros de mañana porque, aunque España gane el domingo la final frente a Alemania, la racha de victorias no es eterna y para bien del deporte es bueno que así sea.

Luis Aragonés demostró que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Este abuelo huraño que respira fútbol por todos los poros, con cada uno de sus gestos reclamó tiempo para preparar una buena selección, un buen elenco, un buen todo en el que cada uno de sus hombres es responsable del buen juego de los otros, y no dejó que la esperanza o la confianza recayera en uno sólo de los que salen al campo. Eso se llama crear espíritu de equipo, algo muy diferente a la filosofía de paletos con dinero que optaron por la contratación de “galácticos” que dejaron atrás la belleza del deporte y no representaron más que las monstruosas sumas de dinero que costaron.

La idea que Aragonés tiene del fútbol ha encontrado correspondencias en el Getafe y en la reciente ascensión del Sporting Gijón, equipos que salen al campo a jugárselo todo y con alegría contagiosa.

Ese abuelo hosco, de gesto agrio, de ataques de mala leche, en cada una de sus apariciones en la prensa anteriores a la Eurocopa nos estaba diciendo que el trabajo nunca da frutos de manera espontánea, que también en el deporte existe la suma de experiencias, la armonización de los talentos, la simetría de estilos, y muchas veces con sus silencios parecía decir: “Estamos trabajando, coño, dejadnos en paz”, y el resultado final es una selección que funciona con la precisión de un reloj, un equipo con vocación de victoria.

Lo más hermoso del fútbol se da cuando un equipo logra la necesaria simetría que confunde a los comentaristas, y los hombres que invaden el área contraria son el todo, son fuerza, determinación en las jugadas, y los goles son realmente marcados por todos. Y esa es la gran proeza conseguida por Luis Aragonés en años de trabajo e injustas incomprensiones.

Es muy hermoso lo que ha conseguido este abuelo gruñón; ha contagiado experiencia y sensatez a la selección española, algo que se ve incluso en las declaraciones de los jugadores, ajustadas, libres de lugares comunes que no dicen nada, pero que evidencian una valoración mesurada de sí mismos y respeto hacia el equipo contrario. Y respeto se siente solamente cuando se mira al adversario de igual a igual. Desde el complejo de inferioridad no se siente más que miedo y la selección española está por fin libre de tal complejo.

La selección española en esta Eurocopa no ha salido a jugar para los cálculos de los representantes de jugadores, sino para la gente que vibra con el fútbol, como la familia de Güiza apiñada en el salón de su casa, o como la hinchada del guaje Villa que hasta escribe bien como columnista de Público.

Hacía muchos años que no se veía un equipo, una selección dotada de tal agilidad, fuerza, vigor, determinación y capacidad de jugar con los pies y la cabeza. El último adversario antes de conquistar la Eurocopa tiene experiencia y conoce todas las mañas, pero los alemanes carecen de algo llamado alegría en el campo de juego, porque, ¡qué duda cabe! la selección española sale a ganar y a recuperar algo que la perversión del dinero estuvo a punto de desterrar al olvido: la alegría de un espléndido deporte.

Un absurdo lugar común dice que el fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y que siempre ganan los alemanes. Este domingo, con el abuelo gruñón dirigiendo a sus nietos desde un costado del campo, se verá que semejante afirmación ya es cosa del pasado.

Luis Sepúlveda es escritor. Autor de  Un viejo que leía novelas de amor

Ilustración de Iker Ayestaran 

Tíbet

11 may 2008
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JAVIER SÁDABA

05-11.jpgEl martes, 29 de Abril, mi amigo Carlos París escribía en este mismo periódico un artículo titulado La hipocresía ante China. En él concluía que, más allá de intereses reales por unos derechos humanos que únicamente importan para ocultar intereses más espurios, de lo que se trataba en la campaña antichina, a propósito de los Juegos Olímpicos, era de una cuestión de rivalidad en el poder. China incomoda no porque sofoque las libertades o imponga duramente la pena de muerte. Incomoda porque es un país que, día a día, come terreno a las potencias occidentales. No puedo estar más de acuerdo. Sólo que a ese acuerdo me gustaría sumar una opinión que no suele ser fácil de mantener. Y es que, en cuanto sostienes que el Tíbet tiene derecho a ser un estado independiente como lo es China, Luxemburgo o Togo, rápidamente te invitan al silencio con argumentos bastante conocidos. Por ejemplo, que China ha logrado hacer pasar al Tíbet de un régimen de atraso feudal a una modernidad que no se puede por menos que alabar. O que un poder espiritual como el del Dalai Lama es un absurdo a la altura de nuestro tiempo. Se podría añadir, desde luego, que a la altura de cualquier tiempo.

Creo que estas afirmaciones son ciertas, pero me gustaría volver a la idea antes apuntada de por qué tiene derecho el Tíbet a ser independiente si los que lo pueblan, lo desean. Mi concepción del mundo, por hablar en términos un tanto rimbombantes, es la eliminación paulatina de todos los Estados, la creación de una autoridad internacional y el respeto a las distintas comunidades que configuran el lienzo de la existencia humana. De momento, sin embargo, existen Estados que imponen sus leyes con una autoridad que casi roza lo divino. Como ejemplo, que se mire al poder omnímodo de las fronteras. Y en cuanto uno los pone en cuestión pasa a engrosar las filas de los insensatos o de los destructivos. Tengo que confesar que me encuentro entre estos últimos y que, al menos como razonamiento ad hominem, sostendré, hasta que no llegue el ansiado momento en el que no haya ni españoles ni franceses ni chinos ni tantos más, que si X puede tener un Estado, también puede tenerlo Y. Y así hasta el infinito.

Volvamos otra vez al Tíbet. Su historia religiosa es complicada y, a los ojos de los que habitamos muy lejos de ese pueblo, todo parece reducirse a unos monjes dirigidos por un buda renacido. Las cosas no son tan sencillas. Quien se aproxime con cierto interés y sin prejuicios al hecho tibetano se encontrará con miles de manifestaciones diversas, muy diferenciadas influencias y una cultura viva que no se limita a lo que cuentan los estereotipos habituales. El Dalai Lama (pocos sabrán que su nombre real es Tenzin Gyatso), un individuo que nació (o si se quiere, renació) en 1935, se exilió en la India en 1959 después de la invasión, sin miramientos, de los chinos y ante una revuelta que ponía en peligro el dominio de la gran potencia. En su exilio, él y los suyos se llevaron los textos fundamentales de su tradición, hicieron florecer el budismo tibetano en la India y han logrado un conocimiento y reconocimiento internacionales nada despreciables. A finales de los ochenta, el Dalai Lama recibió el Premio Nobel. Se me dirá que se trata de pura propaganda. Puede ser. Propaganda la hay por todas partes y además no afecta al núcleo de lo que vengo diciendo. Y lo que digo es que el Tíbet tiene tantas razones como su dominador para ser un Estado libre. No porque le anteceda la religión Bon, se hayan mezclado con el tantrismo o desarrollen lo que se llama la Vía del Rayo. Ni porque su etnia se diferencie de la mayoritaria en China, y que está compuesta por los Han. Ni porque durante mucho tiempo haya sido realmente independiente. Sencillamente porque es lo que (habría que verlo) desean los tibetanos y que se plasma en lo que entendemos por autodeterminación política. Que el pez grande se coma al chico es un hecho. Que el chico pueda vivir como el grande, un derecho.

China, por lo demás y como casi todo el mundo sabe, es un país capitalista con un sistema autoritario y en el que el partido ordena y manda. China, sin duda, ha dado de comer a los muchos millones de chinos mucho mejor que lo habrían hecho otros regímenes más dispuestos a obedecer lo que dicten los que mandan desde nuestra propia orilla. Eso creo que es verdad. Aunque no es menos cierto que de ahí no se sigue doctrina expansionista alguna ni imposición a otros pueblos. El Dalai Lama, que dice profesar un pacifismo propio del budismo, es el jefe espiritual y terrenal de la mayor parte de los tibetanos. Obviamente no me hace la menor gracia un sistema teocrático y ojalá los tibetanos aprendan a vivir según un laicismo que a todos iguale. Pero de ahí lo único que se sigue es que no es de recibo la superstición, se dé donde se dé, ni la fuerza por la fuerza, se dé donde se dé.

No quito nada al artículo antes citado de mi amigo, Carlos París. Pero sí añado algo que, habitualmente, se minimiza por parte de muchos de los que, diciéndose defensores de los individuos y sus derechos, se olvidan de ellos en cuanto huelen algo distinto a lo suyo. O cuando denuncian, seguro que con razón, que las protestas contra China con motivo de los Juegos Olímpicos están manipuladas. Ahora bien, nobleza obliga y a cada cual lo suyo. Me quedo con las reformas introducidas por China, con la parte más atractiva del budismo y con el derecho de los tibetanos a decidir su futuro. Sea éste el que sea. La libertad tiene un precio. Y tiene riesgos. Nadie está obligado a correrlos. Pero nadie está llamado a impedirlos.

Javier Sádaba es catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid

Ilustración de Gallardo 

La verdadera amenaza del dopaje

17 oct 2007
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NAIEF YEHYA

marion.jpgMarion Jones era la chica resplandeciente del equipo de atletismo de Estados Unidos en las olimpiadas australianas de 2000. Todo en esta guapa californiana de 25 años brillaba, desde su fabulosa sonrisa hasta sus zapatillas plateadas. Está claro que ella, como cualquiera de los deportistas de alto nivel, es un cyborg, un organismo cibernético que mediante regímenes brutales de ejercicio, dietas y suplementos alimenticios había transformado su cuerpo en una velocísima maquinaria de precisión. Su histórica cosecha en aquellos juegos olímpicos fue de tres medallas de oro y dos de bronce, aparte de la certeza de que el mundo era un estadio lleno de sus fanáticos.

Sin embargo, Jones contaba con un poco más de tecnología que sus competidoras ya que estaba usando el esteroide anabólico THG, tetrahidrogestrinona, también conocido como The Clear, una droga de diseño cuya potencia era superior a la de cualquier esteroide anabólico existente en el mercado en ese momento. Sin implantes de ninguna especie pero con la ayuda de la química Marion se tornó en una especie de über-atleta capaz de hazañas asombrosas. El THG fue desarrollado por el tristemente célebre Laboratorio Cooperativo del Área de la Bahía (BALCO), una compañía que producía suplementos alimenticios y ofrecía análisis para determinar niveles de nutrientes en la sangre y la orina. El THG en la corriente sanguínea entra al núcleo de las células del tejido muscular e interactúa con los cromosomas haciendo que el núcleo envíe información para incrementar la producción de proteínas, lo que fortalece y desarrolla músculos, mientras por otra parte permite una recuperación mucho más rápida.

La gloria del triunfo de Jones duró muy poco: después de montar al podio olímpico cinco veces su mundo comenzó a colapsarse. En 2002 se divorció de su marido y ex entrenador, el lanzador de peso C. J. Hunter, quien tras un resultado positivo de dopaje quedó fuera de las olimpiadas de 2000. En 2003 Marion tuvo un hijo con el corredor de 100 metros Tim Montgomery Junior, quien impuso en 2002 el récord mundial en esa prueba hasta que en 2005 confesó haber usado esteroides, fue suspendido por dos años, decidió retirarse y su récord quedó anulado. Hunter reveló a los investigadores del gobierno que en Sidney había visto a Marion inyectarse THG en el estómago. Su entrenador Trevor Graham también se vio involucrado en un escándalo de drogas. El propio Víctor Conte, el científico autodidacta, gurú farmacológico, ex-bajista de la banda Tower of Power y fundador de BALCO, fue objeto de una redada policíaca, y al ser acusado de vender drogas y lavar dinero señaló a Jones entre sus clientes. A pesar de los escándalos a su alrededor Jones se mantuvo firme.

El resplandor que Marion tenía en Sidney se extinguió para las olimpiadas de Atenas, en las cuales su presencia pasó sin pena ni gloria, fracasó en la prueba de 100 metros, se retiró de los 200, quedó en quinto lugar en salto de longitud y perdió la estafeta en relevos 4×100 metros.

Marion no fue atrapada en las pruebas antidoping y durante 7 años aseguró apasionadamente que nunca había usado drogas. Es difícil saber si los efectos secundarios del THG se manifestaron en ella (encogimiento de los senos, impotencia, interrupción de los ciclos menstruales, incremento del vello en el cuerpo y el rostro, ictericia, infertilidad, pérdida del cabello y acné). En cualquier caso la atleta no pudo más con la presión y finalmente reconoció que sí había usado THG. El pasado 5 de octubre se vio obligada a regresar las cinco medallas olímpicas que ganó en Sidney en 2000.

Marion reapareció en las pantallas con una confesión lacrimógena pidiendo comprensión a esa masa irresponsable, voraz de espectáculo que se llama la opinión pública. Los medios estadounidenses volvieron entretenimiento su arrepentimiento y justificaron a Jones enfatizando que por lo menos había hecho lo correcto al confesar. Por otra parte no faltaban comentaristas que hablaran de la hipocresía de la sociedad y de los espectadores, a quienes señalaban como los verdaderos culpables, ya que por un lado reprueban el uso de drogas pero por otro exigen nuevos récords. Esto es tan sólo parcialmente verídico, ya que la principal motivación para el uso de esteroides no son tanto los chillidos provenientes de las tribunas sino la feroz y despiadada competitividad de los atletas. Estos deportistas no son víctimas inocentes de una sociedad Moloch, sino que son producto de una cultura en la que cualquier progreso tecnológico será adoptado tarde o temprano a pesar de sus consecuencias y aunque su uso eventualmente transforme la cultura de manera dramática.

A final de cuentas el crimen de Jones y de los demás atletas que usan estas drogas no es tanto hacer trampa o tener una ventaja ilegal sobre los demás competidores. De cualquier forma las naciones más ricas siempre podrán invertir más en mejores entrenadores, equipo y tecnología, por lo que el terreno de juego deportivo nunca será igualitario. Lo que verdaderamente perturba a una sociedad adicta a lo novedoso es que estos prodigios nos obligan a cuestionarnos acerca de los límites de lo humano y a reflexionar en torno al contraste entre lo natural y lo manufacturado en el cuerpo. El dilema de los esteroides es que nos hace preguntarnos: ¿qué somos realmente, maquinaria programable o seres sensibles e impredecibles? El malestar que provocan Marion Jones y los demás superatletas es semejante al que causan los replicantes Nexus 6 de la cinta Blade Runner, de Ridley Scott; ambos representan nuestras aspiraciones y fantasías y ambos nos hacen imaginar un futuro utópico en el que probablemente los hombres y mujeres no modificados seremos reliquias prescindibles.

Naief Yehya es escritor. Autor de Pornografía, sexo mediatizado y pánico mortal