Publicidad

Dominio público

Opinión a fondo

Moderando expectativas

26 ene 2009
Compartir: facebook twitter meneame delicious
Etiquetas: ,

AUGUSTO ZAMORA

dominio-26-01.jpgAnchas y caudalosas expectativas circundan al ya presidente demócrata Barack Obama. En EEUU, su toma de posesión adquirió carácter ritual, como si un nuevo mundo fuera a surgir de la Casa Blanca a partir del 20 de enero. Pero no ocurrirá tal. El propio Obama ha indicado la perspectiva adecuada, al designar un gabinete de color “clintoniano”, empezando por su secretaria de Estado, Hillary Clinton. Por demás, no ha sido Obama el único presidente en despertar expectativas enormes con su elección. La historia ayuda a atemperar ánimos y poner hielo a las expectativas.

En 1913, tras varios gobiernos republicanos, ganó la presidencia el demócrata Woodrow Wilson quien, durante su campaña electoral, había criticado duramente la violenta política exterior de sus predecesores, esto es, el gran garrote de Teddy Roosevelt y la diplomacia del dólar de Howard Taft. No obstante los discursos, Wilson fue el presidente más intervencionista de EEUU. Envió tropas a México e invadió Nicaragua, Haití, República Dominicana y Cuba, intervino en China y participó en la coalición que invadió la Rusia soviética, donde soldados estadounidenses combatieron de 1918 a 1920. Wilson llevó –tardíamente, es cierto– a EEUU a la Primera Guerra Mundial, pero fue el republicano Calvin Coolidge quien auspició el pacto de renuncia a la guerra de 1928, primero que condenaba el recurso a la violencia.

El sucesor de Franklin D. Roosevelt, el también demócrata Harry Truman, posee el dudoso honor de ser el único presidente que ha ordenado el uso del arma atómica, contra Hiroshima y Nagasaki, en 1945. Truman intervino en la guerra civil griega, en 1947, y llevó a EEUU a la guerra en Corea en 1950. Bajo su mando se inició la Guerra Fría y se creó el cinturón de fuego que rodeó a la Unión Soviética, con una serie de tratados militares del que sólo sobreviven la OTAN y el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), aunque el TIAR está, hoy, enterrado de facto.

Hay quienes quieren ver en Obama un nuevo John F. Kennedy. Kennedy ha sido, sin duda, el presidente más popular desde Franklin D. Roosevelt; pero Kennedy inició la intervención estadounidense en Vietnam, en 1961, aprobó la Doctrina de la Seguridad Nacional (que llenó América Latina de dictaduras fascistas, exiliados y cadáveres), ordenó la invasión de Bahía de Cochinos (o Playa Girón) en 1963 e impuso el bloqueo contra Cuba, elevado desde entonces a dogma de política exterior en EEUU. Con Lyndon Johnson, también demócrata, la cifra de soldados estadounidenses en Vietnam alcanzó, en 1966, el millón y medio de hombres, y la guerra adquirió su mayor extensión. Johnson ordenó también invadir República Dominicana en 1965.

El republicano Richard Nixon llenó Latinoamérica de dictaduras atroces, pero firmó la paz en Vietnam y retiró sus soldados de Indochina. El demócrata Bill Clinton, ordenó invadir Haití en 1994 y atacar Yugoslavia en 1999. Dispuso, además, bombardeos contra Sudán y Afganistán y los mayores sobre Irak. Suya fue la decisión de convertir en ocupación la misión humanitaria en Somalia, en 1993, que terminó en desastre.

Por otra parte, el complejo militar-industrial (sobre el que advirtió el presidente Dwight Eisenhower), mueve unos 950.000 millones de dólares anuales. Demasiados millones para que su manejo pueda ser puestos en solfa por una persona, por muy presidente que sea. Creer que Obama terminará las guerras en Irak y Afganistán, pondrá fin al “escudo antimisiles”, reducirá el inmenso gasto militar y hará renacer a la ONU es conocer poco los entresijos del poder en ese país. Los intereses del complejo militar-industrial son casi sagrados y en ello concuerdan demócratas y republicanos. Distinto menester es la política interior. En el ámbito doméstico las diferencias pueden ser muy notables, sobre todo en campos como seguridad social, trabajo o impuestos.

Obama, como Kennedy en 1960, recibe un país en crisis. La diferencia es de grado. Kennedy enfrentó una recesión que solventó sin problemas. En 1960 EEUU era el 45% de la economía mundial y su hegemonía económica era casi total. Obama recibe un poder imperial en franco declive. La economía estadounidense es apenas el 19% de la economía global y su crack financiero es colosal. EEUU necesita del mundo para salvar su economía y el mundo debe auxiliarlo para evitar que la actual crisis termine en catástrofe. Kennedy tenía como único rival a la URSS. A Obama le sobran, como China (sin cuyas reservas se asfixiaría), India y Rusia. La UE y Japón son, a la vez, aliados estratégicos y rivales económicos, comerciales y tecnológicos. Latinoamérica no es la obediente de Kennedy, sino una región gobernada por una mayoría abrumadora de gobiernos progresistas y de izquierda, más lejos de EEUU y más cerca de China. Kennedy, en fin, iniciaba con muchos recursos económicos una guerra en Vietnam; Obama recibe dos, en Irak y Afganistán, con el país en virtual bancarrota.

La tarea esencial del presidente Obama no será tanto la imposible de restablecer un poder imperial que ya no existe, sino administrar, de la mejor manera posible, la decadencia de EEUU, de forma que le permita a su país conservar un máximo de poder, desde la dura realidad de que será un poder disputado por aliados y no aliados. Obama pasará a la historia no sólo por ser el primer presidente “negro” de EEUU. Lo hará por haber sido el presidente que inaugure oficialmente el mundo multipolar y entierre el sueño de un siglo XXI estadounidense. Un siglo nacido con el sello made in China.

Augusto Zamora es Profesor de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid

Ilustración de Gallardo

De fósforo blanco y otras armas

24 ene 2009

PERE ORTEGA

dominio-24-01.jpgEl progreso de la tecnología ha permitido que se desarrolle un tipo de armas que hace muy difícil, si no imposible, diferenciar entre armas convencionales y armas de destrucción masiva. Esto se debe a que determinadas armas producen un impacto muy nocivo sobre la población civil. Es el caso de las minas antipersona, las bombas de racimo y los proyectiles de uranio empobrecido. Esa dificultad también se extiende a ciertas armas químicas.

Tal es el caso del fósforo blanco, una sustancia química tóxica que arde de manera espontánea en contacto con el oxígeno. A las personas les puede producir la muerte o quemaduras muy profundas que alcanzan órganos internos. Aunque no esté prohibido por la Convención de Armas Químicas (CWC, en inglés), el fósforo blanco está ampliamente cuestionado por muchos expertos de la propia CWC, pues lo consideran un arma especialmente dañina para la población. En ese sentido, existe la demanda de incluirla en el reglamento de prohibición de la CWC. En cambio, los gobiernos que las poseen y utilizan argumentan que el fósforo blanco, si es utilizado en un contexto exclusivamente militar –es decir, sin intención de ser usado como agente tóxico contra civiles–, no debe ser prohibido.

Respecto a otras armas de efectos masivos, la más conocida es el proyectil recubierto de uranio empobrecido, utilizado en las guerras de Serbia (1999), Afganistán (2001) e Irak (2002) por parte de EEUU y Gran Bretaña. Estos proyectiles se utilizan por ser muy efectivos en la penetración en blindajes. Pero, al impactar en su objetivo, diseminan partículas de uranio en su entorno y son múltiples los casos de cáncer entre los habitantes de las zonas que se vieron expuestas a la radiación de esos proyectiles.

Otro ejemplo de arma de destrucción masiva es la bomba de gran potencia desarrollada por Rusia en contestación a otra similar de EEUU (MOAB) pero veinte veces superior, con un peso de 7.000 kg. Se trata de una bomba química que se diferencia escasamente, por sus efectos, del arma nuclear: en una primera explosión dispersa líquido inflamable en forma de aerosol y en una segunda explosión inflama el líquido, produciendo una gran onda expansiva de calor que destruye todas las construcciones y la vida humana en varios kilómetros a la redonda.

Israel, con la ayuda de EEUU, ha desarrollado una potente industria bélica y ocupa un destacado quinto lugar en el ranking mundial de fabricantes y exportadores de armas, lo que indica que existe un fuerte esfuerzo en la investigación y desarrollo de nuevos prototipos de armamentos. En sus ataques a Gaza, Israel ha puesto a prueba parte de ese siniestro armamento.
El Ejército de Israel ha utilizado bombas de fósforo blanco para atacar Gaza, produciendo múltiples muertes entre civiles por los efectos de las graves quemaduras sufridas. Pero, además del fósforo blanco, las fuerzas armadas israelíes han utilizado un tipo de bomba fabricada con metal inerte denso (DIME, en inglés), ya utilizada en Líbano en 2006. Se trata de una bomba compuesta de una aleación de tungsteno con pequeñas partículas de níquel y cobalto que, al explosionar, se desintegra y disemina un polvo que actúa como una micrometralla incandescente en un radio de acción muy reducido, diez metros, por lo que se reducen los indeseados “efectos colaterales”. Una bomba denominada “inteligente”, pues actúa con precisión letal sobre su objetivo en ámbitos altamente poblados. Lo siniestro de la DIME es que la metralla microscópica que disemina penetra en el cuerpo humano cortando órganos y huesos. Si la víctima sobrevive, las partes afectadas deberán ser amputadas y es más que probable que desarrolle cáncer.

El armamento químico está en manos de muchos países. Lo tuvo y utilizó el Irak de Saddam Hussein contra los kurdos y en la guerra contra Irán; Rusia, lo tiene y lo utilizó en el asalto al teatro de Moscú en 2002, donde murieron 130 personas, y es más que seguro que un buen número de países lo posean. Respecto al fósforo blanco, además de Israel, EEUU lo utilizó en la toma de Faluya de 2004 en Irak y, en el pasado, fue utilizado en la guerra de Vietnam junto a otras armas químicas (gas mostaza, agente naranja y napalm).

La utilización del fósforo blanco en los ataques en Gaza, debido a la densidad humana de la zona, puede considerarse un ataque con armamento químico contra la población. Se debería abrir una investigación y, en su caso, sancionar a Israel por crímenes de guerra contra la población civil.

A pesar de haber avanzado en acuerdos de desarme y prohibición de armamentos de destrucción masiva –que incluyen tanto las minas antipersona y las bombas de racimo como las armas químicas, bacteriológicas y nucleares–, en muchos casos, en la práctica, esos acuerdos son simples declaraciones de principios cargados de buenas intenciones. Así, nos encontramos con que muchos países no son firmantes de esos acuerdos y las poseen. Otros son firmantes, pero no se dejan inspeccionar. Y unos terceros son firmantes pero tienen bula para fabricarlas e incluso exportarlas. Y la mayoría de ellos no cejan en investigar y desarrollar nuevos tipos de armas cada vez más mortíferas, lo que deja sin argumentos la separación entre armas convencionales y de destrucción masiva.

Seguimos viviendo bajo el impulso de unas potencias que promueven guerras mediante la carrera de armamentos. Por ejemplo, España vendió en el 2007 armas a Israel por un importe de 2,37 millones de euros. ¿Habrán sido utilizadas en Gaza?

Muchas cosas tiene que arreglar Obama. Deberíamos ayudarlo en impedir que prosiga la carrera de armamentos.

Pere Ortega es Investigador del Centre d’Estudis per la Pau J. M. Delàs (Justícia i Pau)

Ilustración de Enric Jardí

El presidente de la era Internet

25 nov 2008

ADOLFO CORUJO Y LUIS ARROYO

11-25.jpgLos jóvenes estadounidenses se han volcado con su nuevo presidente. Han votado por él dos veces más que por McCain. Han llevado su imagen en camisetas, pins y bolsas. Han prestado en masa servicios voluntarios en la campaña. En el cuartel general de los demócratas en Chicago, la mayoría no pasaba de los 30 años. Obama y su equipo intuyeron la fuerza y el poder de arrastre que podían tener los jóvenes, no sólo de Estados Unidos, sino de todo el mundo. La apuesta, además, era coherente con el mensaje de cambio, de renovación, de optimismo y de cosmopolitismo, y con el perfil de un candidato de edad y aspecto relativamente joven. El mismísimo Karl Rove, gurú neoconservador de Bush, recomienda esta semana en Newsweek a sus colegas republicanos que, entre otros deberes, se pongan a trabajar inmediatamente en la web.

La red había de ser y fue una herramienta prioritaria en la campaña. Pensado y diseñado para la web, el vídeo del Yes, we can fue la pieza de comunicación electoral más vista de la Historia. Sólo en YouTube, el vídeo fue visto por 14 millones y recibió 80.000 comentarios. Añadiendo la distribución viral mundial, las cifras son aún muy superiores.

Obama está en Facebook desde 2004, y contó para la movilización en la web con Chris Hughes, accionista y joven promotor de la conocida red social. Ingresó también en Twitter en 2006. Desde el principio de la carrera hacia la Casa Blanca, el equipo de campaña de Obama recaudó unos 700 millones millones de dólares, el 90 por ciento en pequeñas cantidades y a través de la web. Pudo así renunciar a la financiación pública. Cuando un ciudadano se interesaba por el senador en la red, y más aún si donaba algunos dólares, pasaba a integrar una amplia y estimulante red de voluntarios, que recibía mensajes cuidadosamente dosificados para pedir acción (y eventualmente algunos dólares más).

Cuando surgieron rumores o maledicencias sobre la vida del candidato, el equipo de Obama decidió contradecir aquel principio de la comunicación largamente asentado según el cual es preferible no contestar para no contribuir a su difusión. Creó www.FightTheSmears.org, los desmentidos se expandieron viralmente por la red y de allí la información saltó a los diarios de papel y luego subió a la televisión. Los rumores no prosperaron, en fuerte contraste con el éxito que tuvieron en la campaña de Bush contra Kerry hace cuatro años. Una campaña que, en 2004, terminó desmovilizando a los jóvenes demócratas.

El resultado de esta operación formidable en la web, meticulosamente preparada y largamente mantenida, está a la vista. Por fortuna, la comunicación en la web puede medirse con cierta facilidad y los datos son esclarecedores. Si comparamos en la web a Obama, justo antes de ganar las elecciones, con otros líderes internacionales, su presencia supera la suma de los cinco siguientes líderes. Da igual el indicador que escojamos: Obama recibió cinco veces más menciones en la blogosfera que los dos siguientes líderes de la lista, Bush y Sarkozy. En los buscadores duplicó a su antecesor y generó, por ejemplo, diez veces más documentos que Gordon Brown. En el ámbito de las redes sociales, el predominio es espectacular: la relación es de veinte a uno con respecto a los líderes europeos.

Sabemos que el primer voto crea hábito. Que tu primer voto marca en buena medida lo que votarás en el futuro. Es evidente también que las experiencias políticas de juventud quedan grabadas a fuego y configuran en buena medida el comportamiento posterior. El presidente Obama cuenta por esto con un activo portentoso, de una fuerza movilizadora incuestionable si se utiliza con inteligencia.

Pero también es cierto que los jóvenes son perezosos y poco fieles en comparación con sus mayores. Y que la red es un campo abonado para la infidelidad, la volatilidad y la renovación permanente de contenidos. En la web, a diferencia de la prensa, la televisión o la radio, se escogen de verdad los contenidos entre infinitas posibilidades. Sabemos, por lo demás, que los niños y jóvenes que hoy dedican ya más tiempo al ordenador que a la televisión, que buscan vídeos específicos en YouTube, que no visitan ya las tiendas de discos, ni las agencias de viaje, ni los videoclubs, no abandonarán jamás Internet. Hoy son minoría, pero en dos décadas el porcentaje de ciudadanos y ciudadanas más atentos al ordenador que a la televisión será prácticamente de un 80 por ciento. Y en cuatro décadas del cien por cien.

Obama hizo una prodigiosa campaña en todos los sentidos, particularmente en la web, y no tardó ni un día en renovar el impulso en la red. Puesta en marcha a las pocas horas de la victoria, www.change.gov es la nueva plataforma del presidente electo. Es institucional como corresponde, pero por primera vez en la historia recoge un discurso semanal del presidente diseñado sólo para la web. Además, recoge ideas, cuenta novedades y se actualiza constantemente. En tres semanas la oficina virtual tiene 55.000 enlaces entrantes, es decir, que 3.700 personas al día recomiendan la página, un indicador clave de su éxito futuro. El nuevo presidente está, en efecto, aprovechando desde el inicio este tremendo potencial logrado con constancia desde hace ya cuatro años. Si Roosevelt fue el presidente de la radio y Kennedy lo fue de la televisión, Obama es ya el presidente de Internet.

Adolfo Corujo es director senior de comunicación on line de Llorente&Cuenca

Luis Arroyo es presidente de Asesores de Comunicación Pública

Ilustración de Iván Solbes

América / Europa

23 nov 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious
Etiquetas: , , , ,

PASQUAL MARAGALL

11-23.jpgPor primera vez en años, en muchos años, América y Europa están a la par. A la par en renta por cabeza y a la par en casi todo. Es cierto que Europa tiene más igualdad. Es decir: la disparidad de rentas es menor en Europa que en América. Los americanos, para ser ricos, han tenido que echar mano de muchos pobres, por decirlo así –hace menos de un siglo tenían aún esclavos, en su mayoría negros–.

Pero digámoslo todo: de poner orden, o desorden, en el mundo, se ocupan los americanos. Quizás las dos cosas tengan que ver. Dicho de otro modo, los europeos tienen más idiomas, más culturas, y Estados Unidos más armas. Los europeos, para ser en promedio ricos, no necesitan envilecer tanto los salarios como los americanos. Aquí hay más igualdad. Y, encima, hay más diversidad. Aquí no hay un solo idioma, o dos. Aquí hay un montón, aunque verdad es que todos acabamos hablando inglés, el latín moderno que todo el mundo más o menos conoce, excepto algunos políticos cercanos.

Yo soy europeo hasta el tuétano, entre otras cosas por razones derivadas de la diversidad de mis progenitores: ingleses, catalanes, valencianos, andaluces… Pero también por vocación propia y por formación. A los 17 años ya corría por París. A los 24, al día de casarme, me fui con Diana, mi esposa, alumna del Liceo Francés, a vivir seis meses en París. Volvimos acá, tuvimos dos hijas y al poco nos fuimos a pasar dos años en Nueva York.

Lo digo para poner en contexto mi experiencia americana. Cada uno tiene la suya, si la tiene… y todos la tenemos, aunque sólo sea por las películas que nos hemos tragado.

Mi experiencia particular es la siguiente: en Nueva York estudiábamos en la New School, fundada por los alemanes que habían huido del nazismo, muchos de ellos, posiblemente, judíos: Heilbronner, Hymer, etc. Marcuse y Shönberg, que, por cierto, vivió en Barcelona hasta la llegada de Franco, pasaban frío en Nueva York y se fueron a California…
Bromas aparte, nosotros pasamos mucho frío en invierno y bastante calor en verano, pero, en todo caso, después de unos inicios durillos, nos acabamos enamorando de la ciudad. Dicho sea en beneficio o perjuicio de la ecuanimidad de los comentarios que puedan leerme sobre América.

Habría que añadir que Norteamérica no tan solo Nueva York, sino que, en cierto sentido, Nueva York es la antítesis de EEUU y de América en general. Se trata de la única ciudad, o casi, con densidades europeas.

Mi tesis doctoral, sobre los precios del suelo, se basó en el contraste entre América y Europa en este sentido: Europa es densa en habitantes y estrecha en territorio, y América, proporcionalmente, todo lo contrario. Los europeos iban a América, del Norte y del Sur, en busca de metales preciosos, pero lo que encontraron, sobre todo, fue espacio.

“Going West” fue la consigna de los europeos que cruzaban el charco con la esperanza de encontrar espacio y metales preciosos. Chaplin se apiñaba junto a cientos de emigrantes británicos e irlandeses en el barco que le condujo a Nueva York, donde, en películas como The Kid (El Niño), pintaba vívidamente las aventuras y desventuras de esas gentes. América era, para ellos, Eldorado. Como para los españoles lo fue América Latina, donde, en efecto, los metales preciosos abundaban más que en el Norte. Quizás por ello, el Norte es hoy más rico. Porque había que trabajar, espabilarse, inventar y acertar para salir adelante. Los hispanos buscaban oro. Y encontraron resistencia y civilizaciones enormemente más complejas que las del norte. Los españoles, en parte, fueron seducidos por los indígenas, a quienes sin duda maltrataron y en ocasiones exterminaron. Pero aprendieron mil cosas de ellos. Y aprehendieron otras mil. La Malinche, dicen, se las arregló para traducir el idioma nativo a Cortés, pero Cortés se llevó a Europa el oro que enriqueció a España, primero, y que acababa después en manos de los piratas ingleses. Isabel I ennoblecía inmediatamente a esos piratas: Francis Drake llegó a ser Sir Francis gracias al oro que pirateó a los españoles en el Golfo de Vizcaya. Keynes –que ahora vuelve a estar de moda– lo explicó muy clarito en un artículo titulado The Spanish Booty. “Se es conquistador cuando no se puede ser pirata” era la frase de moda en la Inglaterra isabelina.

Con todos estos antecedentes, se entenderá que nos emocionara oír a los gobernantes españoles tratando de obtener una silla en el G-20, el grupo de los países más poderosos del mundo, no el G-7, que son los que tradicionalmente han mandado: ¡el G-20! Menos mal que Sarkozy nos ayudó. Aunque se comprende que esas cumbres en las que, en el descanso, cuando se habla informalmente (y por tanto en serio) entre líderes, de tú a tú, el que no sabe un mínimo de inglés lo pasa mal.
Volviendo al principio: Europa y América están condenadas a entenderse, si bien, en reuniones como mínimo a 6 o 7, con Rusia, China, Mercosur etc.

España hará bien en tratar de hacer humildemente los deberes, empezar por abajo, sin arrogancia, olvidando un pasado imperial que no encanta a nadie, trabando alianzas serias, sin paternalismo, con los países iberoamericanos, escuchándoles en vez de hacerles callar, aliándose con sus figuras más respetadas, con los sucesores de Allende, con los dirigentes de Uruguay, Brasil y Argentina, con el mundo cultural iberoamericano que tanto nos ha dado, de García Márquez a Vargas Llosa; rescatando y respetando la figura del Libertador venezolano, Simón Bolivar, que tiene una efigie caminante en Barcelona, junto al mar. Si no por otra cosa, por la amabilidad y el cariño con que estos países acogieron a nuestros exilados cuando el franquismo los alejó de España: cuando Jiménez de Asúa, los Trias, los Pi Sunyer, Anselmo Carretero y los federalistas leoneses, y miles de gallegos, cuando Bergamín y Soria, Bosch Gimpera y tantos otros, llegaron, esta vez no conquistadores ni vencedores, sino vencidos, a las costas americanas.

Parece que América y Europa, en la era de Obama, van a poder reencontrarse. Los 200.000 europeos que aclamaron a Obama en Berlín eran algo más que un presagio. Eran el inicio de un re encuentro en el que no podemos faltar.

Ilustración de Patrick Thomas

Palabras para cambiar el mundo

06 nov 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious
Etiquetas: , ,

ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ

11-06.jpgSólo tengo una palabra para vosotros: mañana”, afirmó Obama en su último mitin de campaña en Manassas (Virginia), donde desde 1964 no se había votado por un candidato demócrata. Allí más de 90.000 personas fueron a verle, convencidas de la importancia que para sus vidas, en lo personal, tendría ese momento histórico. “Tras décadas de políticas rotas, ocho años de políticas fallidas, 21 meses de campaña, estamos en el momento decisivo en el que podemos llevar al país el cambio que necesita”. Así concluyó Barack Obama la campaña más larga y dura, pero a la vez la más esperada y esperanzada, que nunca se haya celebrado.

Obama ha hecho sentir a los activistas que le han dado su apoyo que no les pide –simplemente– el voto, su dinero o su tiempo voluntario para convencer a los indecisos. Obama se ofrece como un líder que nace y se crece en la comunidad: “Habéis enriquecido mi vida. Me habéis emocionado una y otra vez. Me habéis inspirado. A veces, cuando estoy deprimido, me habéis levantado. Me habéis llenado de nueva esperanza por nuestro futuro”. Él, que así les hablaba la víspera electoral, es el mismo hombre afroamericano que ayer ganó las elecciones presidenciales de 2008. Es imposible no conmoverse y no comprender el vértigo de la historia en el estómago de los que “allí estuvieron”.

Obama ha realizado una campaña especial, donde las palabras han recuperado todo su protagonismo en la vida política, de la que nunca debieron ahuyentarse. Palabras que sustentan ideas, palabras que transportan emociones, palabras que devienen en música para compartir. Y su discurso más importante y definitivo ha sido el de la noche del recuento electoral en el Grant Park de Chicago, ya como presidente electo. Un discurso pensado, escrito y declamado para una audiencia global más que para los 100.000 simpatizantes que lo arropaban o los millones de compatriotas que le seguían por radio, televisión o Internet.

Obama quiere recuperar el liderazgo político de Estados Unidos en el mundo. Su apuesta es triple: el liderazgo del conocimiento y la tecnología para superar la obsoleta economía del petróleo; la fuerza del diálogo como matriz de unas nuevas relaciones e instituciones internacionales, consciente que el poder sin razones es insostenible; y la recuperación del orgullo del sueño y del modelo norteamericano: “Si hay alguien que haya puesto en duda la democracia de este país, hoy ha tenido respuesta”. Y añadió: “Hemos conseguido demostrar que 200 años después, el Gobierno de la gente y para la gente no ha desaparecido de la tierra, esta es vuestra victoria”.

Obama sabe que sólo podrá hacerlo sobre las bases renovadas de un orden económico y financiero internacional de nuevo cuño. Que la autoridad no es lo mismo que la jerarquía. Que la legitimidad nace de un profundo sentimiento cívico, democrático y ético. Un discurso radicalmente diferente al de Bush, en el inicio de su segundo mandato, cuando prometía proyectar el poderío “ilimitado” de su país. Obama es un neonacionalista americano, de dimensión internacional. “El mensaje que hemos lanzado hoy al mundo es que no somos una serie de estados azules o rojos, de demócratas o republicanos, sino que somos los Estados Unidos de América”, proclamaba el presidente en su discurso global.

James Baldwin (que fue un escritor estadounidense afroamericano y activista, precursor del movimiento de derechos civiles y cuyos temas principales en su obra son el racismo y la sexualidad en los Estados Unidos de mediados del siglo XX) decía que “escribimos para cambiar el mundo. El mundo cambia en función de cómo lo ven las personas y, si logramos alterar, aunque sólo sea un milímetro, la manera como miran la realidad, entonces podemos cambiarlo”. Obama lo va a intentar. Siente una fuerza interior, de connotaciones religiosas y de profundas convicciones humanistas que le sustenta y tiene, además, una buena estrella. Barack es una palabra de origen semita que en hebreo significa bendecido y baracka significa en árabe don divino y, por extensión, suerte.

Obama escribe bien (lo hemos comprobado en sus dos libros autobiográficos y en las notas de sus discursos), pero interpreta todavía mejor. Su capacidad de persuasión oratoria radica en un excelente control del ritmo y de la entonación. Una cadencia sonora que, con trasfondo musical, acompaña una cuidada y seductora selección de palabras clave: esperanza, cambio, mañana, podemos. Palabras que movilizan como un himno y que articulan un sentimiento cívico de fuerte capacidad política y electoral.

El final de su discurso de ayer es casi litúrgico. Como en los salmos bíblicos, y en las ceremonias religiosas, su “Yes, we can” se transformó en respuesta coral, creciente y entusiasta por parte de sus fieles. Una comunión absoluta de confianza en su líder. Muchas personas que han asistido a sus mítines y reuniones no dudan en afirmar que esa experiencia ha sido la más impactante que han vivido desde el punto de vista emocional. No exageran cuando lloran, cuando se emocionan, cuando se abrazan o cuando levantan sus brazos y su mirada en busca del contacto con el nuevo político de la esperanza. Están convencidas que la política democrática y la unidad nacional puede revertir el curso de sus historias personales predestinadas a futuros inciertos.

Lo consiga o no, Obama ha entrado en la Historia por la puerta reservada a muy pocas personas. Va a necesitar mucha baracka y mucho acierto para hacer frente a los retos del planeta. Dice que quiere cambiar el mundo. Demasiada ambición para un hombre solo, aunque sea el presidente del país más poderoso. Pero Obama ha conseguido algo fundamental: que todos nos sintamos un poco obamas, reverdeciendo la esperanza política en tiempos de zozobra colectiva.

PD: También ganó en Manassas, 44 años después.

Antoni Gutiérrez-Rubí es asesor de comunicación

Ilustración de Mikel Jaso

EEUU: continuidad y cambio

04 nov 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious
Etiquetas: ,

PERE VILANOVA

11-04.jpgEn estas elecciones norteamericanas, la atención del público está centrada en el suspense de la jornada decisiva. Por ello, quizá valga la pena intentar levantar el vuelo de la mirada a un nivel más superestructural, justamente para medir las dimensiones de lo que está cambiando. Observe el lector que, en general, los analistas –no todos igual de bien informados– intentan subrayar dos tendencias no fácilmente conciliables: por un lado, con el fin de estos ocho años de Administración Bush, se acaba una etapa de la política exterior de Estados Unidos. Aunque sería más prudente precisar que lo que se acaba es un cierto modo de hacer política exterior en Estados Unidos. Por otro lado, se insiste en que, de todos modos, los márgenes de cambio son más estrechos de lo que pueda parecer y, gane quien gane, el nuevo inquilino de la Casa Blanca se encontrará con ciertas limitaciones.

Todo esto se verá con el tiempo, pues, si bien es cierto que desde 1947 hay una considerable continuidad en el hecho de que el National Interest es el eje conductor de Estados Unidos, también es cierto que los modos y maneras de defenderlo han variado sustancialmente de una presidencia a otra. No fue el idealizado John F. Kennedy quién normalizó la situación de China en la sociedad internacional (en 1972), sino el criticado Richard Nixon. Se podría recordar que, detrás de casi todos los presidentes, lo que ha marcado a menudo la diferencia es la calidad del equipo asesor, sobre todo en materia de política internacional, de visión del mundo. Truman tuvo a Kennan, auténtico padre del concepto de Seguridad Nacional para el papel de Estados Unidos en un mundo global. Con guerra fría, con bipolaridad, pero ya global.

Obsérvese que, en medio de la actual crisis económica internacional, de repente todo el mundo ha recordado que las instituciones de Bretton Woods, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional fueron creadas ¡en 1944! Kennedy tuvo a varios asesores, pero la crisis de los misiles de Cuba de 1962 enturbió (junto con el envío de los primeros asesores militares a Vietnam) su balance de política internacional. Johnson, a su vez, arrastra ese pesado lastre de Vietnam. Nixon, con el sólido apoyo de Henry Kissinger, y Carter, con el también sólido Brzezinski como principal asesor, fueron los padres de los pilares del control de armas nucleares. Y Reagan, en realidad, es quien sacó todos los réditos, pues su principal baza fue la aparición de un personaje como Gorbachov, que tuvo el valor de certificar la derrota soviética en la carrera nuclear y la económica. Incluso Bush (padre), entre 1988 y 1992, tuvo a un hombre de la talla de James Baker, que ha sido radicalmente crítico con Bush hijo. Los años de Clinton, por una serie de circunstancias históricas, son los del auge del liderazgo con multilateralismo, de la búsqueda de acuerdos con los aliados, de los acuerdos de la OTAN con Rusia, incluso después de la acción de fuerza en Bosnia y en Kosovo, entre 1995 y 1999.

El gran cambio que coincide con el comienzo del siglo XXI es bien conocido: la elección de George W. Bush, más el 11-S, y la subsiguiente toma del poder en el entorno presidencial por el núcleo duro de los neoconservadores, que introducen una variable radical en los modos y maneras de la política exterior de Estados Unidos.

Pero todo esto ya es bien conocido o, al menos, casi todo el mundo tiene su opinión al respecto. Por ello, resulta muy interesante considerar algunos síntomas. Por ejemplo, el artículo de Condoleezza Rice de hace unos meses en Foreign Affairs proclamando la necesidad de volver a una política exterior basada en el realismo tradicional. No está mal, teniendo en cuenta el cargo que ocupa todavía hoy, por lo que significa de admisión de un fracaso.

Más interesante aún, el apoyo de Colin Powell a Obama, por motivos diversos, pero que tiene todo su simbolismo en el cargo que ocupó el interesado en la primera legislatura de esta presidencia Bush. Y a otra escala, tres declaraciones (dos artículos y una larga entrevista) de Francis Fukuyama a medios de comunicación europeos en las últimas semanas, en las que afirma, resumidamente, los siguientes extremos: ante todo, los fundamentos filosóficos de su pensamiento siguen vigentes, y pone como ejemplo el ascenso de China, aunque toma la precaución de decir que no es seguro que el experimento chino de modernización acabe triunfando. Afirma que respeta a su amigo y ex profesor Huntington, pero que no existen las “áreas de civilización” de la famosa tesis, excepto una, casualmente el islam. Apoyó la idea inicial de la intervención en Irak, pero afirma que fue mal preparada y peor ejecutada, hasta el punto de que acusa al Gobierno Bush de tener “una concepción leninista conservadora” del ejercicio del poder. Denuncia Fukuyama las derivas de una Administración que, dice, “ha dañado el modelo americano por el uso de la tortura, Guantánamo y las fotos de Abu Ghraib”.
En síntesis, su tesis actual es que, gane quien gane los comicios de hoy, se acaba un ciclo de 30 años de política exterior, y que habrá que refundar el modelo. Concluye, textualmente: “Ha llegado la hora de dar una oportunidad a los demócratas”. Puede sonar confuso, y a primera vista lo es, pero hay que reconocerle a Francis Fukuyama una considerable capacidad de plantear el debate en dimensiones más estratégicas que coyunturales, más teóricas y conceptuales que simplemente mediáticas. Desde luego, sigue sin reconocer que su tesis del fin de la Historia ha sido rebatida varias veces en casi 20 años. Pero, al menos, para debatir con él, hay que leerlo y luego construir un argumento de cierta dimensión.

Pere Vilanova es catedrático de ciencia Política y analista de estrategia en el Ministerio de Defensa

Ilustración de Iker Ayestaran 

Una conspiración inmensa

03 nov 2008

NAOMI WOLF

11-03.jpgEstamos en la Era de la Teoría de la Conspiración? Hay evidencias que sugieren que estamos viviendo una especie de era dorada de la especulación que cobra forma, habitualmente, en Internet y que se propaga de manera viral por todo el mundo. En el proceso, se extraen teorías de la conspiración que a veces llegan a inyectarse en el corazón mismo de la política.

Esto lo aprendí cuando di por casualidad, en mi búsqueda de nuevos proyectos, con historias on line que adoptan narrativas de manipulación. Existen algunos temas importantes. Uno frecuente en EEUU es que las elites globales están tramando –a través del Grupo Bildeberg y del Consejo de Relaciones Exteriores, entre otros– establecer un “Gobierno del Mundo”. A veces, entran en juego detalles folclóricos: los Iluminados, los francmasones, los Rhodes Scholars o, como siempre, los judíos.
Los sellos de esta narrativa son familiares para cualquiera que haya estudiado la transmisión de ciertas clases de historias en tiempos de crisis. En términos literarios, esta teoría de la conspiración se asemeja estrechamente a Los protocolos de los mayores de Sión, al describir una elite global esotérica con un gran poder y objetivos perversos. Históricamente, tiende a existir el mismo conjunto de temas: un cambio transformador terrible y descontrolado liderado por cosmopolitas educados.
Los estudiosos de la Alemania de Weimar saben que las desarticulaciones y los traumas repentinos motivaron a muchos alemanes a volverse receptivos a teorías simplistas que parecían dar respuesta a su confusión y ofrecer un significado más amplio para su sufrimiento.

De la misma manera, el Movimiento de la Verdad del 11-S asegura que el ataque de Al Qaeda a las Torres Gemelas fue un “trabajo desde dentro”. En el mundo musulmán, existe una teoría generalizada de la conspiración según la cual los israelíes estaban detrás de esos atentados, y que todos los judíos que trabajaban en los edificios ese día se quedaron en su casa.
Por lo general, estas teorías salen a la superficie en lugares donde la gente no tiene un buen nivel de educación y falta una prensa independiente y rigurosa. La explosión actual de teorías de la conspiración se ha visto alimentada por las mismas condiciones que provocaron su aceptación en el pasado: un rápido cambio social y una profunda incertidumbre económica. Un “enemigo” claramente identificado con un “plan” inconfundible es psicológicamente más reconfortante que la evolución caótica de las normas sociales y las acciones –o anomalías– de un capitalismo irrestricto. Y, si bien las teorías de la conspiración suelen ser claramente irracionales, las cuestiones que abordan son muchas veces saludables, aun si las respuestas, frecuentemente, no hay por dónde cogerlas o, simplemente, son erróneas.

Muchos ciudadanos creen, y con razón, que sus medios de comunicación no investigan ni documentan los abusos. Los diarios de la mayoría de los países avanzados están en crisis, y el gasto en investigación suele ser lo primero que se recorta. La concentración de la propiedad y el control de los medios alimenta aún más la desconfianza popular, lo que favorece un escenario para que la investigación ciudadana ocupe ese vacío.

De la misma manera, en una época en la que los cabilderos corporativos tienen mano libre a la hora de darle forma –si no redactar– las políticas públicas, mucha gente cree, nuevamente con razón, que sus funcionarios electos ya no los representan. De ahí su impulso por creer en fuerzas ocultas.

Finalmente, hasta la gente racional se ha vuelto más receptiva a ciertas teorías de la conspiración porque, en los últimos ocho años, en rigor de verdad, hemos visto algunas conspiraciones sofisticadas. La Administración Bush conspiró para llevar a cabo una guerra ilegal apelando, para ello, a la evidencia fabricada. ¿Ha de sorprender, entonces, que tanta gente intente encontrar sentido en una realidad política que en verdad se ha vuelto opaca? Cuando hasta los comisionados del 11-S renuncian a sus propias conclusiones (porque se basaban en evidencias obtenidas a través de la tortura), ¿sorprende acaso que muchos quieran una segunda investigación?

La tendencia de los medios tradicionales de evitar corroborar lo que en realidad es noticioso en las teorías de la conspiración en Internet refleja, en parte, un sesgo de clase. Estas teorías son consideradas vulgares, de manera que hasta las cuestiones válidas o los datos bien documentados desenterrados por investigadores ciudadanos tienden a ser considerados como radioactivos por los periodistas formales altamente educados.

El problema real de estas teorías frenéticas de la conspiración es que deja a los ciudadanos emocionalmente agitados pero sin un cuerpo sólido de evidencia en el que basar su visión mundial y sin direcciones constructivas hacia dónde conducir sus emociones. Esta es la razón por la que muchos hilos de discusión pasan de la especulación ciudadana potencialmente interesante al discurso del odio y la paranoia. En un contexto febril, sin una buena validación editorial o herramientas para investigar las fuentes, los ciudadanos pueden ser fustigados por demagogos, como pudimos ver en las últimas semanas en los mítines de Sarah Palin después de que algunas teorías de Internet pintaran a Barack Obama como un terrorista o en connivencia con terroristas.

Necesitamos cambiar el flujo de la información en la era de Internet. Los ciudadanos deberían organizar nuevas entidades online en las que se pague un honorario por reportajes de investigación directos, sin presiones corporativas mediante. Estos investigadores deberían ser capacitados en periodismo básico: encontrar buenos datos, confirmar historias con dos fuentes independientes, utilizar citas de manera responsable y evitar el anonimato (es decir, estar dispuestos a estampar su nombre, como hacen los periodistas convencionales).
Así es como los ciudadanos pueden ser tomados –y ellos mismos tomarse– seriamente como investigadores. En un tiempo de mentiras oficiales, la energía investigadora saludable debería arrojar luz, no sólo generar calor.

Naomi Wolf es ensayista y cofundadora de American Freedom Campaign

Copyright: Project Sindicate, 2008

www.project-syndicate.org

traducción de Claudia Martínez

Ilustración de Patrick Thomas

Obama y el Gatopardo

29 oct 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious
Etiquetas: , ,

NAZANÍN AMIRIAN

10-291.jpgAlguien sugirió que el hecho de que Calígula nombrase cónsul a Incitato, uno de su caballos, no era tanto una manifestación de su perversidad como una insinuación de que aquel imperio podía seguir su curso al margen del hacer de sus honorables senadores.

En Oriente Próximo, los viejos políticos ya saben que, gobierne quien gobierne en Estados Unidos, nada va a cambiar en aquella azotada y sufrida región. De hecho, al igual que en las anteriores elecciones en EEUU, las próximas no supondrán ningún cambio sustancial en la vida de los excluidos y marginados de la propia superpotencia ni mucho menos para los invadidos y desheredados del planeta, pues saben que “la puerta seguirá girando sobre las mismas bisagras”.
Sólo los ingenuos se dejan llevar por un espectáculo en el que Barack Obama actúa como progresista y pacifista y John McCain juega el papel del continuista y el conservador. Es propio de las sociedades víctimas del pensamiento único aplicar un maniqueísmo irreal e irracional a sus ídolos y a sus enemigos: los buenos y los malos, los héroes y los villanos… Las diferencias, pequeñas y de forma, se centran únicamente en asuntos domésticos, mientras comparten las grandes líneas de la infantil batalla de castigar a los malos en la oscura “lucha global contra el terrorismo”, llevada a cabo por Bush hasta sus más graves consecuencias. Una campaña producto de una agenda militar cuya justicia moral y legal y sus consecuencias humanas y políticas no se cuestionan ninguno de los candidatos.

Barack Obama ya lo ha dejado claro, no vaya ser que algún soñador esperase lo contrario: su lema de cambio no afectará a los intereses tradicionales de Washington en Oriente Próximo. Mientras se opone al regreso de los refugiados palestinos a sus hogares y guarda silencio ante el cruel bloqueo económico aplicado por Israel a los civiles de Gaza, garantiza la supremacía militar de su aliado frente a todos los países de la zona, para dejar en un mero plagio de sus antecesores su apuesta “por la creación de un Estado palestino”. Obama ha ido alejándose de sus primeras declaraciones hasta acabar adoptando el discurso bushiano de los últimos años. Respecto a Irán, pasó de “intentaré un dialogo sin imposiciones para solucionar nuestros problemas”, a “el peligro de Irán es serio y mi objetivo será eliminar esa amenaza”, una vez regresó de la obligada visita a Israel. De nuevo, el viejo cuento del respaldo de un Gobierno al terrorismo y la tenencia de armas de destrucción masiva, aunque de fondo asomará la doctrina Carter de “usar la fuerza si fuera necesario para acceder a los recursos petrolíferos del Golfo Pérsico”, poderosa razón que ha unido a los demócratas y republicanos del Congreso en la decisión de otorgar ingentes millones al Pentágono en apoyo a las operaciones secretas en Irán, además de mantener sobre la mesa un futuro ataque preventivo sobre el país persa.

La única diferencia destacable entre los aspirantes a la Casa Blanca reside en dónde y cómo librar la madre de todas las batallas: ¿cerrar el caso iraquí con más tanques y misiles o controlar el territorio afgano?

No se trata de que estas acciones tengan legitimidad, ni importa el número de bajas. El candidato republicano opta por derrotar no se sabe a quién en Irak, y el candidato demócrata, que antes hablaba del “regreso de los muchachos a casa”, ahora relega esta decisión a los altos mandos militares. Su idea es mantener tropas “residuales” en el país árabe, invisibilizándolas, llevándolas a los cuarteles y a las bases militares de aquel país para después ocuparse de Afganistán y Pakistán, donde el fantasma de Bin Laden servirá para justificar más guerra “contra el terror” y cumplir los verdaderos objetivos de la ocupación en aquel Estado-tapón de Asia Central: crear bases militares en la frontera de China y en las repúblicas ex soviéticas a fin de impedir que Rusia las recupere. De paso, vigilará a Irán; además, utilizará a Afganistán como puente terrestre y corredor de gaseoductos y oleoductos que saldrían de Turkmenistán y del Mar Caspio hacia el Mar de Omán para, así, poder controlar las rutas de energía que mantienen las economías de China, India y Rusia. Para esta empresa, Obama propone enviar 10.000 soldados más en un despliegue militar por la frontera afgano-paquistaní y extender la guerra a Pakistán, “nido de los talibanes” –una peligrosísima aventura–, además de infringir el derecho internacional y atacar el territorio de un país soberano.

¡Que se tranquilicen los poderes militares! Con Obama, sus intereses también estarán a salvo: ejecutará el presupuesto de Defensa de 585.000 millones de dólares, aprobado con mayoría de votos demócratas, uno de los mayores presupuestos militares de EEUU desde la Segunda Guerra Mundial. Como aperitivo, el candidato a la vicepresidencia de Obama, Joe Biden, afirma que Rusia, China e India son las principales amenazas a la seguridad nacional de EEUU. Miedo, seguridad y gastos militares para una nueva Guerra Fría y muchas de alta y baja intensidad.

Los demócratas y las guerras
A pesar de la imagen belicista que ha dado Bush a los republicanos, las grandes intervenciones militares de EEUU en otros países las emprendieron los presidentes demócratas: Woodrow Wilson invadió Nicaragua, Haití y República Dominicana; Harry Truman entró en la historia por autorizar el lanzamiento de la bomba atómica contra los civiles en Hiroshima y Nagasaki, y luego agredió Corea para dejarle al mando a otro demócrata, Kennedy, del ataque a Vietnam; su sucesor, Lyndon Johnson, ordenó la invasión a República Dominicana en 1965 y, más recientemente, Bill Clinton atacó a Haití y Yugoslavia, bombardeó Sudán, Afganistán, Irak y Somalia.

¡Habrá cambios para que todo siga igual!: Obama puede hacer converger las tradiciones demócrata y republicana.

Nazanín Amirian es profesora de Ciencias Políticas en la UNED

Ilustración de Javier Olivares 

Estados Unidos y su revolución política

24 oct 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious
Etiquetas: ,

ALFREDO TORO HARDY

10-24.jpgUna revolución política tiene lugar en Estados Unidos’ en momentos en que un liberal se apresta a conquistar la presidencia de un país considerado, hasta hace pocos meses, como mayoritaria e inexpugnablemente conservador. La trayectoria de Obama es, en efecto, la más liberal que haya evidenciado candidato demócrata alguno desde los tiempos de McGovern. Su trabajo comunitario en el sur de Chicago (el Harlem de esa ciudad), su cercanía a figuras y a asociaciones de izquierda y la orientación de su récord de votación en los senados de Illinois y de Washington hablan por sí solos. No en balde es considerado como el más liberal de los miembros de la Cámara Alta de Estados Unidos. ¿Cómo una figura así, siendo además miembro de una minoría, está a punto de acceder a la Casa Blanca? ¿Dónde quedan encuestas como la de Valores en el Mundo de la Universidad de Michigan, según la cual los norteamericanos son “tradicionalistas” y valoran ante todo el patriotismo, la religión y la familia, declarándose en un 80% conservadores con relación al tema de la familia y el matrimonio (ver “A Survey of America”, The Economist, 8 de noviembre, 2003)?

La naturaleza telúrica de lo que ocurre es inversamente proporcional a la fortaleza del movimiento conservador. A partir de Nixon, y consolidándose con Reagan, la faz de la nación dio un viraje a la derecha. El pensamiento liberal que predominó hasta mediados de los sesenta, inició su declive a partir de ese momento. Una poderosa coalición de centros de análisis, medios de comunicación, universidades y fundaciones de derecha ocupa en nuestros días el espacio hegemónico que otrora correspondió al llamado “establishment liberal”.

Centros de investigación y análisis como Heritage Foundation, American Enterprise Institute, Center for Strategic and International Studies, Cato Institute o Hoover Institute constituyen los lugares de donde emergen las ideas. Medios de comunicación como Fox News, Wall Street Journal, Weekly Standard, New York Post, National Interest, New York Sun o Washington Times y columnistas como Krauthammer, Barone, Kristol, Kagan o Boot son los responsables de las matrices de opinión. Universidades como Chicago, George Mason o Rochester y fundaciones como Bradley o Scaife brindan sustento académico. A ellos se une con la fuerza de las pasiones desatadas, y no ya de las ideas, un amplio y poderoso espectro de comentaristas radicales extremistas, medios de comunicación evangélicos y blogs y agrupaciones ultraconservadoras.

Se evidencia, a la vez, la fuerte ascendencia de los valores conservadores en el poder judicial norteamericano. Reagan mantuvo a raya las aspiraciones políticas de la derecha cristiana, otorgándoles en compensación un coto puntual pero clave: la selección, bajo su criterio de valores, de los jueces federales. El segundo Bush aceleró este proceso. Bajo este último, por lo demás, se produjo una marcada incursión conservadora en la Corte Suprema de Justicia, a través de la designación de dos de los magistrados de ese cuerpo. Ello asume una importancia mayor en un sistema de Derecho Común, donde la jurisprudencia de las cortes de justicia orienta las costumbres y valores predominantes.

Dentro del contexto anterior, la tesis de la “sociedad de propietarios”, célebre propuesta de Bush, ocupó un lugar de relevancia. La misma vinculaba los conceptos de buena ciudadanía con los de propiedad inmobiliaria y bursátil. Poseer un hogar propio y un paquete de acciones en la bolsa era la mejor forma de convertirse en “buen ciudadano” y, por extensión, como ocurrió, de acceder a valores conservadores.

La sinergia de fuentes tan diversas apuntando en una misma dirección resultó gigantesca. Para adecuarse al estado de ánimo nacional prevaleciente, los demócratas debieron virar también a la derecha. Los llamados nuevos demócratas, de tendencia conservadora, fueron el factor determinante en la reconquista de las dos cámaras del Congreso Federal, así como de varias gobernaciones, en las elecciones de noviembre de 2006. Bajo la estrategia de Rahm Emanuel, gurú electoral demócrata, se recurrió a figuras conservadoras que pudieran responder a los valores predominantes en multitud de circuitos electorales y estados. Algo similar intentó Hillary Clinton, quien dio todos los pasos requeridos en esa dirección.

¿Qué ocurrió entonces? ¿Por qué un entretejido de valores y de matrices de opinión que parecían tan firmemente arraigados, se evidencia de pronto tan vulnerable? Según refería Time el 27 de octubre pasado: “Esta es la primera elección en generaciones, y posiblemente la primera, en que casi 9 de cada 10 estadounidenses piensan que el país va en la dirección equivocada”. Es importante determinar la causa de esta percepción.

La guerra de Irak, la torpe respuesta frente a Katrina, el desmesurado gasto público, el endeudamiento masivo –productos elocuentes de la Administración Bush– constituyeron un talón de Aquiles superlativo para el candidato republicano. La sola deuda pública era en septiembre de 2008 de 9,7 billones de dólares, siendo en buena medida el producto de un incremento anual de 500 millardos de dólares desde 2003. Sin embargo, hasta ese punto las opciones de McCain resultaban todavía respetables. Fue necesario el terremoto de Wall Street para sacudir hasta sus cimientos el pensamiento dominante.

A un nivel inmediato, dicho terremoto fue consecuencia de la “sociedad de propietarios” de Bush. Su política de “cero pago inicial” para la adquisición de viviendas constituyó el detonante de la espiral de hipotecas sin respaldo y de derivativos sustentados en otros derivativos sin origen identificable. A nivel estructural, sin embargo, fue el producto de los excesos de la economía de mercado. El fracaso del modelo económico al cual unieron su suerte, puso en marcha el ocaso de la hegemonía conservadora.

Alfredo Toro Hardy es embajador de Venezuela en España

Ilustración de Javier Olivares 

La ‘burbuja’ Palin

02 oct 2008
Compartir: facebook twitter meneame delicious
Etiquetas: ,

NAOMI WOLF

10-02.jpgLa elección de Sarah Palin como candidata a la vicepresidencia con McCain ha caído sobre EEUU como una tormenta eléctrica. Para sus legiones de admiradoras de derechas que agitan pintalabios, Palin es una “mamá común y corriente”, mujer práctica y temerosa de Dios, cuya afición a la caza del alce, su fe evangélica e, incluso, su caótica vida familiar constituyen pruebas, todas ellas, de que es una americana real y típica.

Para sus detractores, igualmente frenéticos, de izquierdas –y cada vez más, de centro–, es el temible heraldo de un EE UU teocrático, una ejecutora en materia de asuntos estatales de estilo mafioso, que miente sobre la conexión de los ataques terroristas del 11-S con Irak, que se burla de Barack Obama por su oposición a la tortura de prisioneros y que desafía las citaciones. Piénsese en ella como George W. Bush II, pero con zapatos de diseño.

Los dos grupos están reaccionando ante realidades auténticas. Los que la apoyan responden a un potente conjunto de símbolos, y sus detractores a un conjunto aún más potente de hechos.

Es importante entender el atractivo simbólico de Palin para cierto grupo de votantes femeninas y debemos respetar la rabia y el ansia que refleja. El subtexto de dicho atractivo es la clase social.

En EEUU, las mujeres blancas de clase trabajadora han sufrido la explotación e infravaloración de su talento desde el nacimiento de la nación. Mientras que las mujeres que consiguieron obtener una instrucción de calidad –como Hillary Clinton, Madeleine Albright y Condoleezza Rice– rompieron el techo de cristal que tenían por encima e incluso tienen el movimiento de las mujeres para encumbrarlas, las mujeres blancas de clase trabajadora han contemplado ese ascenso con un resentimiento comprensible.

Sus pares más acomodadas contratan a mujeres como ellas para hacer el trabajo sucio o, si no, han tenido que aceptar el estancado salario mínimo del gueto del sector femenino o del sector de los servicios del mercado laboral. Su techo es de cemento y queda muy bajo. Han quedado excluidas, práctica y simbólicamente, del discurso político del país y los políticos suelen tratarlas con condescendencia.

También la raza es un factor. Aunque ha salido a la luz que Palin dijo a un grupo de afroamericanos que no tenía la obligación de contratar a personas negras, con frecuencia las mujeres blancas de clase trabajadora conciben su propia experiencia desde el punto de vista de la hostilidad racial. Notan la existencia de una clase inferior que recibe prestaciones sociales que a ellas se les deniegan y de una economía próspera que se queda con puestos americanos bien pagados de trabajo manual.

Por eso, Palin se convierte en la fantasía de revancha simbólica de muchas de esas trabajadoras de fábricas y secretarias agotadas y silenciadas. Ver a una mujer blanca de clase trabajadora elegida para prestar servicio a la distancia de un latido de corazón del presidente de EEUU ejerce una potente resonancia en ellas. Piénsese en el atractivo de películas como Thelma y Louise o Armas de mujer, en la que la protagonista es una secretaria explotada y con agallas que, pese a verse pisoteada por una presuntuosa jefa, al final consigue el empleo soñado, el novio soñado y un despacho propio.
Prácticamente cualquier mujer que no tenga un origen social privilegiado, que tenga hijos pequeños y no sea una caníbal o una adepta al satanismo, había de obtener al principio clamores de aprobación por parte de las mujeres en general y, desde luego, por parte de un grupo que se ha visto silenciado y trivializado durante tanto tiempo. Cuando te has pasado toda la vida preparando café para los demás, resulta agradable imaginarte dirigiendo el mundo libre.

Ahora bien, la pérdida de puestos en los índices de aprobación de Palin muestran que no son tontas. Han empezado a advertir que Palin aparece presentada como una modelo en una exhibición de automóviles para que conozca a jefes de Estado, como si fueran vendedores de coches locales, y se permite a los medios de comunicación tomar fotografías, pero no hacer preguntas (“¡Ésa soy yo con Henry Kissinger!”). También advierten que la economía está desmoronándose, mientras que Irak se está calmando solo porque EEUU está pagando a los insurgentes y a los simpatizantes de Al Qaeda, para que no maten a sus soldados, el equivalente de la letra mensual de un coche comprado a plazos por persona.

Además, a medida que cobra forma el personaje político de Palin, resulta cada vez más alarmante. El problema no es sólo que la campaña de McCain la haya rodeado de veteranos de la camarilla de Bush-Cheney, sino que, además, cree que Dios estableció su programa legislativo en Alaska y, por lo que se refiere a viajes al extranjero, no ha pasado del canal de televisión Discovery.

Entretanto, el gran motivo de preocupación es que, según están confirmando los dermatólogos, el tipo de cáncer para el que McCain ha recibido tratamiento tiene en una persona de su edad una tasa de supervivencia desde el punto de vista actuarial de entre dos y cuatro años. De modo que, a medida que la preocupante perspectiva de una larga presidencia de Palin empieza a instaurarse, ya no les parece tan estupenda a las mujeres blancas de clase trabajadora.
Así, pues, ¿qué nos enseña esa breve burbuja Palin?

Al pasar a ser la chica del cartel para la continuación del Gobierno de Bush, Palin está demostrando que tiene mucho en común con brillantes populistas falsas como Eva Perón o la dirigente anti inmigración danesa Pia Kjaersgaard. Lo que debemos aprender es que se está pasando por alto a las grandes dirigentes potenciales –y los grandes sueños que albergan– que hay en las mujeres que preparan nuestra comida, tramitan nuestros pedidos por Internet y limpian nuestros hospitales.

Las voces de esas mujeres son las que merecen apoyo… no la de una aterradora candidata de paja para otros ocho años más (o más) de gobierno de los matones que han saqueado la hacienda de Estados Unidos, han hundido su economía y han enviado a 4.000 jóvenes a morir en una guerra basada en mentiras.

Naomi Wolf es escritora y cofundadora de la Campaña Americana por la Libertad

Copyright: Project Syndicate, 2008

Traducción de Carlos Manzano

Ilustración de Enric Jardí