ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ
Sólo tengo una palabra para vosotros: mañana”, afirmó Obama en su último mitin de campaña en Manassas (Virginia), donde desde 1964 no se había votado por un candidato demócrata. Allí más de 90.000 personas fueron a verle, convencidas de la importancia que para sus vidas, en lo personal, tendría ese momento histórico. “Tras décadas de políticas rotas, ocho años de políticas fallidas, 21 meses de campaña, estamos en el momento decisivo en el que podemos llevar al país el cambio que necesita”. Así concluyó Barack Obama la campaña más larga y dura, pero a la vez la más esperada y esperanzada, que nunca se haya celebrado.
Obama ha hecho sentir a los activistas que le han dado su apoyo que no les pide –simplemente– el voto, su dinero o su tiempo voluntario para convencer a los indecisos. Obama se ofrece como un líder que nace y se crece en la comunidad: “Habéis enriquecido mi vida. Me habéis emocionado una y otra vez. Me habéis inspirado. A veces, cuando estoy deprimido, me habéis levantado. Me habéis llenado de nueva esperanza por nuestro futuro”. Él, que así les hablaba la víspera electoral, es el mismo hombre afroamericano que ayer ganó las elecciones presidenciales de 2008. Es imposible no conmoverse y no comprender el vértigo de la historia en el estómago de los que “allí estuvieron”.
Obama ha realizado una campaña especial, donde las palabras han recuperado todo su protagonismo en la vida política, de la que nunca debieron ahuyentarse. Palabras que sustentan ideas, palabras que transportan emociones, palabras que devienen en música para compartir. Y su discurso más importante y definitivo ha sido el de la noche del recuento electoral en el Grant Park de Chicago, ya como presidente electo. Un discurso pensado, escrito y declamado para una audiencia global más que para los 100.000 simpatizantes que lo arropaban o los millones de compatriotas que le seguían por radio, televisión o Internet.
Obama quiere recuperar el liderazgo político de Estados Unidos en el mundo. Su apuesta es triple: el liderazgo del conocimiento y la tecnología para superar la obsoleta economía del petróleo; la fuerza del diálogo como matriz de unas nuevas relaciones e instituciones internacionales, consciente que el poder sin razones es insostenible; y la recuperación del orgullo del sueño y del modelo norteamericano: “Si hay alguien que haya puesto en duda la democracia de este país, hoy ha tenido respuesta”. Y añadió: “Hemos conseguido demostrar que 200 años después, el Gobierno de la gente y para la gente no ha desaparecido de la tierra, esta es vuestra victoria”.
Obama sabe que sólo podrá hacerlo sobre las bases renovadas de un orden económico y financiero internacional de nuevo cuño. Que la autoridad no es lo mismo que la jerarquía. Que la legitimidad nace de un profundo sentimiento cívico, democrático y ético. Un discurso radicalmente diferente al de Bush, en el inicio de su segundo mandato, cuando prometía proyectar el poderío “ilimitado” de su país. Obama es un neonacionalista americano, de dimensión internacional. “El mensaje que hemos lanzado hoy al mundo es que no somos una serie de estados azules o rojos, de demócratas o republicanos, sino que somos los Estados Unidos de América”, proclamaba el presidente en su discurso global.
James Baldwin (que fue un escritor estadounidense afroamericano y activista, precursor del movimiento de derechos civiles y cuyos temas principales en su obra son el racismo y la sexualidad en los Estados Unidos de mediados del siglo XX) decía que “escribimos para cambiar el mundo. El mundo cambia en función de cómo lo ven las personas y, si logramos alterar, aunque sólo sea un milímetro, la manera como miran la realidad, entonces podemos cambiarlo”. Obama lo va a intentar. Siente una fuerza interior, de connotaciones religiosas y de profundas convicciones humanistas que le sustenta y tiene, además, una buena estrella. Barack es una palabra de origen semita que en hebreo significa bendecido y baracka significa en árabe don divino y, por extensión, suerte.
Obama escribe bien (lo hemos comprobado en sus dos libros autobiográficos y en las notas de sus discursos), pero interpreta todavía mejor. Su capacidad de persuasión oratoria radica en un excelente control del ritmo y de la entonación. Una cadencia sonora que, con trasfondo musical, acompaña una cuidada y seductora selección de palabras clave: esperanza, cambio, mañana, podemos. Palabras que movilizan como un himno y que articulan un sentimiento cívico de fuerte capacidad política y electoral.
El final de su discurso de ayer es casi litúrgico. Como en los salmos bíblicos, y en las ceremonias religiosas, su “Yes, we can” se transformó en respuesta coral, creciente y entusiasta por parte de sus fieles. Una comunión absoluta de confianza en su líder. Muchas personas que han asistido a sus mítines y reuniones no dudan en afirmar que esa experiencia ha sido la más impactante que han vivido desde el punto de vista emocional. No exageran cuando lloran, cuando se emocionan, cuando se abrazan o cuando levantan sus brazos y su mirada en busca del contacto con el nuevo político de la esperanza. Están convencidas que la política democrática y la unidad nacional puede revertir el curso de sus historias personales predestinadas a futuros inciertos.
Lo consiga o no, Obama ha entrado en la Historia por la puerta reservada a muy pocas personas. Va a necesitar mucha baracka y mucho acierto para hacer frente a los retos del planeta. Dice que quiere cambiar el mundo. Demasiada ambición para un hombre solo, aunque sea el presidente del país más poderoso. Pero Obama ha conseguido algo fundamental: que todos nos sintamos un poco obamas, reverdeciendo la esperanza política en tiempos de zozobra colectiva.
PD: También ganó en Manassas, 44 años después.
Antoni Gutiérrez-Rubí es asesor de comunicación
Ilustración de Mikel Jaso
NAZANÍN AMIRIAN
Alguien sugirió que el hecho de que Calígula nombrase cónsul a Incitato, uno de su caballos, no era tanto una manifestación de su perversidad como una insinuación de que aquel imperio podía seguir su curso al margen del hacer de sus honorables senadores.
En Oriente Próximo, los viejos políticos ya saben que, gobierne quien gobierne en Estados Unidos, nada va a cambiar en aquella azotada y sufrida región. De hecho, al igual que en las anteriores elecciones en EEUU, las próximas no supondrán ningún cambio sustancial en la vida de los excluidos y marginados de la propia superpotencia ni mucho menos para los invadidos y desheredados del planeta, pues saben que “la puerta seguirá girando sobre las mismas bisagras”.
Sólo los ingenuos se dejan llevar por un espectáculo en el que Barack Obama actúa como progresista y pacifista y John McCain juega el papel del continuista y el conservador. Es propio de las sociedades víctimas del pensamiento único aplicar un maniqueísmo irreal e irracional a sus ídolos y a sus enemigos: los buenos y los malos, los héroes y los villanos… Las diferencias, pequeñas y de forma, se centran únicamente en asuntos domésticos, mientras comparten las grandes líneas de la infantil batalla de castigar a los malos en la oscura “lucha global contra el terrorismo”, llevada a cabo por Bush hasta sus más graves consecuencias. Una campaña producto de una agenda militar cuya justicia moral y legal y sus consecuencias humanas y políticas no se cuestionan ninguno de los candidatos.
Barack Obama ya lo ha dejado claro, no vaya ser que algún soñador esperase lo contrario: su lema de cambio no afectará a los intereses tradicionales de Washington en Oriente Próximo. Mientras se opone al regreso de los refugiados palestinos a sus hogares y guarda silencio ante el cruel bloqueo económico aplicado por Israel a los civiles de Gaza, garantiza la supremacía militar de su aliado frente a todos los países de la zona, para dejar en un mero plagio de sus antecesores su apuesta “por la creación de un Estado palestino”. Obama ha ido alejándose de sus primeras declaraciones hasta acabar adoptando el discurso bushiano de los últimos años. Respecto a Irán, pasó de “intentaré un dialogo sin imposiciones para solucionar nuestros problemas”, a “el peligro de Irán es serio y mi objetivo será eliminar esa amenaza”, una vez regresó de la obligada visita a Israel. De nuevo, el viejo cuento del respaldo de un Gobierno al terrorismo y la tenencia de armas de destrucción masiva, aunque de fondo asomará la doctrina Carter de “usar la fuerza si fuera necesario para acceder a los recursos petrolíferos del Golfo Pérsico”, poderosa razón que ha unido a los demócratas y republicanos del Congreso en la decisión de otorgar ingentes millones al Pentágono en apoyo a las operaciones secretas en Irán, además de mantener sobre la mesa un futuro ataque preventivo sobre el país persa.
La única diferencia destacable entre los aspirantes a la Casa Blanca reside en dónde y cómo librar la madre de todas las batallas: ¿cerrar el caso iraquí con más tanques y misiles o controlar el territorio afgano?
No se trata de que estas acciones tengan legitimidad, ni importa el número de bajas. El candidato republicano opta por derrotar no se sabe a quién en Irak, y el candidato demócrata, que antes hablaba del “regreso de los muchachos a casa”, ahora relega esta decisión a los altos mandos militares. Su idea es mantener tropas “residuales” en el país árabe, invisibilizándolas, llevándolas a los cuarteles y a las bases militares de aquel país para después ocuparse de Afganistán y Pakistán, donde el fantasma de Bin Laden servirá para justificar más guerra “contra el terror” y cumplir los verdaderos objetivos de la ocupación en aquel Estado-tapón de Asia Central: crear bases militares en la frontera de China y en las repúblicas ex soviéticas a fin de impedir que Rusia las recupere. De paso, vigilará a Irán; además, utilizará a Afganistán como puente terrestre y corredor de gaseoductos y oleoductos que saldrían de Turkmenistán y del Mar Caspio hacia el Mar de Omán para, así, poder controlar las rutas de energía que mantienen las economías de China, India y Rusia. Para esta empresa, Obama propone enviar 10.000 soldados más en un despliegue militar por la frontera afgano-paquistaní y extender la guerra a Pakistán, “nido de los talibanes” –una peligrosísima aventura–, además de infringir el derecho internacional y atacar el territorio de un país soberano.
¡Que se tranquilicen los poderes militares! Con Obama, sus intereses también estarán a salvo: ejecutará el presupuesto de Defensa de 585.000 millones de dólares, aprobado con mayoría de votos demócratas, uno de los mayores presupuestos militares de EEUU desde la Segunda Guerra Mundial. Como aperitivo, el candidato a la vicepresidencia de Obama, Joe Biden, afirma que Rusia, China e India son las principales amenazas a la seguridad nacional de EEUU. Miedo, seguridad y gastos militares para una nueva Guerra Fría y muchas de alta y baja intensidad.
Los demócratas y las guerras
A pesar de la imagen belicista que ha dado Bush a los republicanos, las grandes intervenciones militares de EEUU en otros países las emprendieron los presidentes demócratas: Woodrow Wilson invadió Nicaragua, Haití y República Dominicana; Harry Truman entró en la historia por autorizar el lanzamiento de la bomba atómica contra los civiles en Hiroshima y Nagasaki, y luego agredió Corea para dejarle al mando a otro demócrata, Kennedy, del ataque a Vietnam; su sucesor, Lyndon Johnson, ordenó la invasión a República Dominicana en 1965 y, más recientemente, Bill Clinton atacó a Haití y Yugoslavia, bombardeó Sudán, Afganistán, Irak y Somalia.
¡Habrá cambios para que todo siga igual!: Obama puede hacer converger las tradiciones demócrata y republicana.
Nazanín Amirian es profesora de Ciencias Políticas en la UNED
Ilustración de Javier Olivares
BORJA SUÁREZ CORUJO
En los meses previos a la celebración de las elecciones generales del 9 de marzo los analistas parecían coincidir en que una de las principales claves del resultado final sería el nivel de participación. Era opinión extendida que una participación elevada (por encima del 75%) reforzaba las posibilidades del PSOE de repetir triunfo e incluso le podían acercar a la mayoría absoluta; mientras que una baja participación (en torno a un 70%) auguraba un resultado mucho más favorable al PP.
A la vista del resultado de las elecciones con un PSOE reforzado que se acerca a sólo siete escaños de la mayoría absoluta, el cumplimiento de la hipótesis planteada habría exigido un nivel de participación alto. ¿Ha sido así?
Sorprende que los análisis realizados después del 9 de marzo hayan asumido que la participación alcanzada ha sido alta, muy similar a la de 2004. Tal conclusión, poco rigurosa, resulta de comparar el nivel de participación final de 2004 (75,66%) con el nivel de participación provisional producido en 2008 (75,32%). La provisionalidad de este último dato reside en algo tan relevante a estos efectos como que no incluya el escrutinio del voto del Censo Electoral de Residentes-Ausentes (CERA). Esta exclusión no es baladí, como demuestra el hecho de que la participación antes del recuento del CERA en 2004 se situara en el 77,26%. A falta de datos oficiales definitivos sobre las elecciones del 9 de marzo, tal índice debería ser el término de comparación: 77,26 frente a 75,32; es decir, una participación en 2008 casi dos puntos (1,94%) inferior a la de 2004. Por tanto, la tasa de participación final (incluido, por tanto, el CERA) de las recientes elecciones generales quedará previsiblemente por debajo del 74%.
Una vez realizada esta corrección técnica, cabe preguntarse si, pese a todo, puede considerarse que ese nivel de participación inferior al 74% ha sido razonablemente alto, tal como exigiría la hipótesis de partida. Pues bien, si tomamos como referencia las elecciones generales celebradas desde 1993 (la etapa que comprende elecciones competidas entre PSOE y PP) nos encontramos con que la participación alcanzada en marzo de este año es la más baja, con la única excepción de las elecciones de 2000.
Pero esta inesperada constatación se ve complementada por una aún más impactante segunda observación que desbarata la hipótesis de partida: la disminución de la participación no sólo no afecta al PSOE, sino que este partido obtiene sus mejores resultados en las Comunidades Autónomas en las que la participación ha bajado y, en cambio, pierde apoyos en las Comunidades Autónomas en las que la participación se ha incrementado o se ha situado en cotas muy altas, en torno al 80%.
En efecto, el descenso, algo más que leve, de la participación se distribuye de forma irregular por territorios, si bien pueden ordenarse las Comunidades Autónomas (junto a las ciudades de Ceuta y Melilla) en dos grandes grupos.
En primer lugar, hay que situar aquellas Comunidades Autónomas en las que la participación ha crecido o se ha mantenido en índices muy altos. Aquí el PP obtiene unos excelentes resultados, con una excepción aislada en Melilla: en el mejor de los casos experimenta una subida a costa del PSOE (así sucede en Murcia, Comunidad Valenciana, Madrid y Castilla-La Mancha) y en el peor de ellos mantiene amplísimas mayorías (Castilla y León y, en menor medida, La Rioja y Cantabria).
Y, en segundo lugar, se agrupan aquellas otras Comunidades Autónomas en las que la participación ha descendido o se ha mantenido en índices bajos. Al contrario de lo que sucede en el caso anterior, aquí el PSOE mejora sus resultados, con un PP que se limita a mantener los suyos (País Vasco, Cataluña, Canarias y Aragón) o que incluso baja (Baleares, Asturias, Ceuta y, de forma menos marcada, Extremadura).
Quedarían como aparentes excepciones de este segundo grupo Navarra y Andalucía. Es cierto que el caso navarro no tiene perfecto encaje; pero no porque el PSOE no suba, sino porque también lo hace, y en mayor medida, el PP. Por su parte, el caso andaluz no es tal excepción si atendemos a los resultados por provincias: se cumple que el PSOE obtiene unos resultados óptimos en las provincias donde más baja la participación (Sevilla, Córdoba, Jaén, Huelva y, en cierto modo, Cádiz), mientras que en aquellas en las que la participación se mantiene en cotas más altas, similares a las de 2004, es el PP el que mejora sensiblemente sus resultados (Málaga, Almería y Granada).
A la espera de la encuesta postelectoral del CIS, parece evidente que la clave de la victoria del PSOE no ha sido su capacidad de movilización de un sector del electorado potencialmente abstencionista, sino su éxito en atraer a votantes de otros partidos, PP excluido. He ahí su fuerza y al mismo tiempo su debilidad.
Borja Suárez Corujo es profesor titular de Derecho del Trabajo y Seguridad Social en la Universidad Autónoma de Madrid
Ilustración de Enric Jardí
RAFAEL ESCUDERO
Berlusconi vuelve al cargo que dejó hace menos de dos años. Lo hace tras haber vencido en las elecciones italianas y haberlo hecho con claridad tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado eliminando así cualquier atisbo de duda sobre cuál será su política. Basta mirar al pasado para saber con qué se van a encontrar los italianos en el futuro. No por menos esperada su vuelta resulta menos impactante. Que el primer ministro italiano sea una persona que vive en un continuo conflicto de intereses, bajo la permanente sombra de sus affaires judiciales, carente de todo sentido del Estado de Derecho y de la cultura de la legalidad es, cuanto menos, un dato merecedor de una profunda reflexión. Que haya vencido teniendo como delfín y principal aliado a Gianfranco Fini, líder de la ultraconservadora Alianza Nacional, añade a la cuestión la categoría de honda preocupación. Que además a su victoria haya contribuido de forma decisiva la coalición con la ascendente Liga Norte de Umberto Bossi, con un discurso xenófobo y racista, debería hacer saltar todas las alarmas de
defensa de la democracia.
La victoria de Berlusconi es el resultado de un cúmulo de despropósitos acontecidos en los últimos tiempos en la política italiana. Algunos cabe situarlos en el debe de sus adversarios. No conviene olvidar el fracaso del gobierno de Romano Prodi, hipotecado por las fuerzas más reaccionarias que existían en el interior de su coalición de Gobierno e incapaz, por tanto, de desarrollar políticas progresistas y de ilusionar a su propio electorado. Sobre todo a aquella parte del mismo situada más a la izquierda, que se sintió traicionada por el Gobierno y que acaba de hacérselo pagar a sus integrantes. El descenso de participación de tres puntos con respecto a las elecciones de 2006 se explica desde esta clave. Los errores del Gobierno Prodi han pasado factura sobre todo a la Sinistra Arcobaleno de Fausto Bertinotti, que no ha conseguido representación y ha llevado a la izquierda comunista a la condición de extraparlamentaria por primera vez en la historia republicana italiana.
Por su parte, Walter Veltroni no ha podido hacer frente a la coalición liderada por Berlusconi. Nacido bajo la bandera de la simplificación de la oferta política y de la búsqueda de la gobernabilidad, el Partido Democrático ha significado la puesta de largo de un nuevo espacio político: el centro-izquierda. Hasta la fecha, este espacio se venía entendiendo como un lugar en el que confluían por razones –coyunturales o electorales– partidos de centro y de izquierda. Ahora, en cambio, se pretende construir un lugar en el que ubicar una ideología propia: la del centro-izquierda. ¿En qué se basa esta ideología? “Soy reformista y no de izquierdas”. Con esta declaración de intenciones comenzó Veltroni su campaña. Desde ahí, se lanzó a buscar votos a diestro y siniestro, en un ejercicio de funambulismo político que ha acabado por pasarle factura en las urnas. Evitó, sí, la sopa de letras que había existido en anteriores coaliciones, pero no consiguió evitar las contradicciones internas.
En su partido, coexisten posiciones claramente antagónicas en materias tan delicadas como el aborto, el reconocimiento de las uniones de hecho y los matrimonios homosexuales. Tampoco ha conseguido marcar la diferencia con el programa de Berlusconi en algunos temas tan sensibles para la ciudadanía como la política fiscal, donde ambos coinciden en la bajada de impuestos.
En lo que sí ha insistido Veltroni hasta la saciedad es en la apelación al voto útil. No podía ser de otra forma, dado el tenor bipartidista bajo el que se ha configurado con su aquiescencia y participación activa esta campaña electoral. Más que al Parlamento parecían unas elecciones presidenciales a la americana. Los resultados han instalado el bipartidismo de tal forma que han convertido en estéril toda la discusión sobre la ley electoral que había presidido la campaña. Ahora bien, quizá Veltroni no valorara lo suficiente su insistente llamada al voto útil. No sólo no ha conseguido el requerido trasvase de votos desde la izquierda de Bertinotti hacia su partido, sino que ha sido otro factor determinante en la salida de dicha fuerza política del parlamento. La vampirización de la izquierda por parte del reformismo de Veltroni es una grave consecuencia que dejará sentir sus efectos en el futuro desarrollo de la política italiana.
Por cierto, cualquiera que haya tenido ocasión de vivir de cerca la campaña electoral italiana tras haber seguido la española se habrá visto embargado por una terrible sensación de déjà vu. Estrategias y mensajes similares a los experimentados en España se han repetido en Italia. Cobra fuerza la imagen de una “internacional” de la asesoría política, que presta sus servicios allí donde se les solicita por parte de sus interlocutores políticos. Baste con señalar un par de ejemplos. Uno, el ya citado del voto útil, que tan buenos resultados ha dado al PSOE en España y que tanto allá como acá ha contribuido sobremanera al derrumbe o crollo de la izquierda comunista y alternativa; otro, el de la propuesta sobre la inmigración rayando la xenofobia, el racismo y el clasismo, que el Partido Popular puso en práctica durante la pasada campaña. Aunque también este mensaje caló en buena parte del electorado español, no fue suficiente para llevar a Rajoy al gobierno. En Italia, en cambio, sí ha contribuido al notable aumento de votos de la coalición Berlusconi-Bossi.
De cara a futuros comicios, quizá no estaría mal que el PSOE de Rodríguez Zapatero –quien apoyó explícitamente a Veltroni en su campaña electoral– revisara esta experiencia italiana y tomara nota sobre la forma como el bipartidismo acaba por afectar a la izquierda.
Rafael Escudero es profesor titular de Filosofía del derecho en la Universidad Carlos III de Madrid
Ilustración de Iker Ayestaran
CARLOS TAIBO
Al cabo de unas elecciones que han rezumado sordidez por todas partes, una de las pocas sorpresas –bien que relativa– que los resultados han deparado la ha venido a aportar el declive de Izquierda Unida en sus diferentes rostros. No pretendo con estas líneas aportar ninguna solución –no la tengo– para los muchos problemas que arrastra la coalición. Mi aspiración, más modesta, consiste en perfilar algunas ideas que, si no para otra cosa, deben servir para no equivocarnos en demasía en
el diagnóstico.
Y es que, al cabo, uno descubre que en las últimas horas se han formulado dos apreciaciones que –parece– dan cuenta de los malos resultados electorales de IU. La primera apunta un par de datos que, formulados mil veces, son bien conocidos. Es evidente, por lo pronto, que el sistema electoral vigente castiga de manera onerosa a fuerzas como Izquierda Unida; aunque lo común es recordar al respecto lo injusto que resulta que Convergència i Unió, con bastantes menos votos que IU, consiga 11 diputados por 2 la coalición de izquierdas, bueno sería que no perdiésemos de vista que los principales beneficiarios de semejante dislate son el PSOE y el PP. Evidente es, también, que la vorágine bipartidista y polarizadora, con su irrefrenable concreción en un voto útil que lo arrasa casi todo, no puede por menos que perjudicar a Izquierda Unida, y ello pese a que en los últimos tiempos ésta no suscite la enemiga de muchos medios de comunicación que antes se cebaban con ella. Si a IU le sobran, claro que sí, las razones para quejarse, conviene, con todo, que otorguemos a esos dos factores el peso que les corresponde y huyamos de convertirlos en una explicación que sirva para todo. Esta última tentación olvida que en el decenio de 1990, con el mismo sistema electoral y parecidos espasmos bipartidistas, Izquierda Unida obtuvo representaciones mucho más amplias en el Congreso de Diputados por efecto de una prosaica circunstancia: conseguía muchos más votos, como lo testimonia, sin ir más lejos, el hecho de que en 1996 triplicase sus apoyos del día 9. Digámoslo de otra manera: aunque a buen seguro que el entorno es hostil a la coalición de izquierdas, no tiene mucho sentido rebajar la responsabilidad de la propia IU en el declive electoral que hoy nos ocupa.
Vayamos a por la segunda apreciación, y hagámoslo de nuevo en la perspectiva de subrayar que tiene un alcance limitado: resulta difícil sustraerse a la conclusión de que la gestión de Llamazares y de su equipo no ha estado a la altura de lo que se esperaba. Al respecto lo común es que se formulen dos acusaciones precisas: si la primera señala los efectos perniciosos de la proximidad que IU ha mostrado para con el Partido Socialista a lo largo de la legislatura recién cerrada –para qué votar a la copia si uno puede votar al original, habrán pensado muchos electores–, la segunda subraya la eventual vacuidad de una propuesta, la roja, verde y violeta, que habría descafeinado las señas de identidad de la coalición y habría propiciado una suerte de oposición blanda al gobierno de Rodríguez Zapatero. No faltará quien se sienta tentado de agregar que los devaneos de IU con determinadas formaciones nacionalistas de la periferia bien pueden haber dañado las expectativas elec-
torales de aquélla.
Aunque las quejas de las que acabamos de dar cuenta son muy respetables, conviene formular alguna pregunta sobre el lugar desde el que hablan quienes las emiten. Porque, ¿no es verdad que muchos de los detractores de Llamazares probaron ya las mieles de una poco estimulante subordinación a la férula del PSOE? ¿Alguien piensa en serio que una opción política emplazada con claridad a la izquierda de la socialdemocracia puede prescindir de las señas de identidad que ofrecen el feminismo, el ecologismo y el pacifismo? El discurso obrerista recio que algunos, legítimamente, abrazan, ¿no choca con la triste realidad de unos sindicatos convertidos en miserables engranajes de la lógica de funcionamiento del sistema? ¿Puede una fuerza de la izquierda consecuente permanecer ajena, en suma, a las invectivas que protagoniza el nacionalismo español que padecemos? No vaya a ser que el principal termómetro de la crisis de IU no lo aporte el fracaso, incuestionable, de su dirección actual, sino la liviandad y la escasa credibilidad que corresponde a muchos de los sectores de oposición a Llamazares, incapaces de articular un proyecto enhiesto y creíble.
Con ser importantes disputas como las recién retratadas, uno tiene derecho a sugerir que Izquierda Unida arrastra una tara mucho más grave. Me refiero a una abrumadora dependencia con respecto a los avatares electorales, y, en paralelo, una incipiente funcionarización de muchos de sus cuadros, que se antoja fiel retrato de los vicios de la izquierda política. Más de una vez he echado mano de un argumento que, provocador, pretende hincarle el diente a esa tara de la que hablo. Si bien es cierto que IU se ha visto perjudicada de siempre por eso que hemos dado en llamar voto útil, hora es ésta de preguntarse si, a su manera, y no sin paradoja, no le ha sacado franco provecho, también, a algo que huele a voto mezquino y desencantado. Y es que tengo la firme convicción de que muchos de los votos que la coalición de izquierdas recibe no lo son, en absoluto, de ciudadanos convencidos de la idoneidad de sus propuestas y la consecuencia de sus posiciones. Votan a IU, sin más, porque, biológicamente incapacitados para respaldar al PSOE o al PP, Izquierda Unida es la única opción que, mal que bien, se les ofrece. Eso es lo que debería preocupar a los dirigentes de IU, los de ahora como los de mañana, y no el prosaico número de votos que los ciudadanos depositan en las urnas en provecho de una fuerza política que, es verdad, y siquiera sólo sea por el trabajo denodado de muchos de sus militantes, merecía mejor suerte.
Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid
Ilustración de Mikel Jaso
JOSÉ LUIS SANCHÍS

Por qué es tan importante la participación en la votación del próximo domingo? ¿Por qué una baja participación favorece al Partido Popular y un alto porcentaje de participación favorece al Partido Socialista? Principalmente por un fenómeno constante en las elecciones anteriores confirmado por los estudios demoscópicos y sociológicos: la participación del electorado del PP se acerca al 100 por ciento en cada ocasión con un grado de seguridad casi absoluto. En el caso de los electores de centro izquierda la participación no está asegurada y es necesario que se movilicen para votar.
Durante la precampaña los sondeos dieron unánimemente una ventaja de unos cuatro puntos al PSOE. Al comienzo de la
campaña el barómetro del CIS y la mayoría de las encuestas apuntaron a un empate técnico que se rompió a favor del PSOE tras el debate de Solbes y Pizarro, aumentó después del primer debate de Rajoy y Zapatero y parece haberse consolidado tras el segundo debate.
Sin embargo se ha acusado al Partido Popular de fomentar la abstención mientras que Zapatero y el Partido Socialista piden insistentemente que se vaya a votar masivamente. Su último eslogan es Vota con todas tus fuerzas. Y es que la participación puede hacer perder esa ventaja que lleva el PSOE e incluso dar la victoria al Partido Popular, aunque lleven toda la razón los sondeos. Porque la condición para que se cumplan las previsiones es un porcentaje importante de participación.
En los siguientes gráficos se pueden observar las claves de la participación y su influencia segura en los resultados de votos y escaños en seis tramos posibles de una escala que va de menos del 67 por ciento hasta más del 76 por ciento de participación. Dicho de otra forma, desde una abstención inferior al 25 por ciento a una superior al 33 por ciento.
En el primer gráfico pueden verse los diferentes resultados en votos de acuerdo a los diferentes tramos de participación.
Gráfico 1
Está claro que, con una participación superior al 75 por ciento, el PSOE podría llegar a los 12 millones de votos, mientras que con una participación del 70 por ciento no llegaría a los 10 millones de votos. Por el contrario, el PP se mantiene en alrededor de los 10 millones y medio de votos cualquiera que sea el porcentaje de participación. Con esa cantidad de votos garantizada el PP ganaría al PSOE con una participación inferior al 70 por ciento ya que los socialistas, con ese porcentaje de participación o menor no conseguirían 10 millones de votos. Una abstención superior al 30 por ciento haría perder a Zapatero 2 millones de votos, los suficientes para que Rajoy ganara con sus 10 millones de votos asegurados de antemano, cualquiera que sea el nivel de abstención.
El segundo gráfico muestra los resultados en escaños de acuerdo a porcentajes de participación.
Gráfico 2
Pueden observarse seis tramos que responden a seis niveles supuestos de participación. En una mirada global se ve una franja central de un 70-71 por ciento de participación en el que se daría la posibilidad de que el PSOE ganara en votos y el PP ganara en escaños.
A la derecha se ven dos tramos: uno, con un porcentaje de participación entre 71 y 75 por ciento con la que ganaría el PSOE con menos de 16 escaños de ventaja sobre el PP. La mayoría absoluta del PSOE, muy improbable, exigiría una participación superior al 76 por ciento.
A la izquierda del punto caliente central se ven dos tramos, uno responde a un porcentaje de participación entre 70 y 67 por ciento que supondría la victoria del PP en votos y en escaños. Finalmente, con una participación inferior al 67 por ciento, el Partido Popular podría acercarse a los 176 escaños y la mayoría absoluta en el Congreso.
José Luis Sanchís es asesor empresarial en imagen y comunicación, consultor político y director de campañas electorales
CARMEN MONTÓN
No hay duda de que en estas elecciones, más que nunca, el voto de las mujeres no es sólo importante, sino que va a resultar decisivo. A esa evidencia debió responder el alegato final que Mariano Rajoy leyó en el primer debate con José Luis Rodríguez Zapatero.
Pese a la mala interpretación que hizo del guión que le habían preparado, parece deducirse que pretendía conmover el corazón de las mujeres y las madres.
En esa última intervención sólo le faltó decir de esa inventada niña modélica e ideal que “será una buena mujer de su casa”. El resultado, en todo caso, es que la fábula le quedó algo cursi e incluso machistoide.
El candidato del PP dejó en el aire muchas dudas sobre lo que le ocurriría a esa niña en el caso improbable de que Rajoy ganara las elecciones. Las dudas se convierten en preguntas concretas con respuestas evidentes si se tiene en cuenta cuál ha sido su trayectoria personal y la de su partido, especialmente, en los últimos cuatro años en la oposición.
Como por ejemplo: ¿La niña modélica e ideal de Rajoy podría ir a un colegio público y laico? ¿Podría tener padres inmigrantes? ¿Podría ser lesbiana y casarse? ¿Podría abortar? ¿Podría inseminarse artificialmente para –con las células madre del cordón umbilical del futuro hijo– ayudar a un hermano? O, simplemente, ¿podría estar a favor de la ley de igualdad que defiende sus propios derechos?
A esa niña tendría que explicarle Rajoy que su partido presentó un recurso de inconstitucionalidad contra leyes que pretendían aumentar sus derechos. Especialmente contra la Ley de Igualdad que facilita la presencia de las mujeres en candidaturas, en instituciones y hasta en empresas. Que penaliza a quien discrimine a las mujeres y que facilita la conciliación de la vida familiar y laboral para que los hombres se impliquen en el cuidado de los hijos.
Todo eso quiso anularlo el PP con su recurso.
Rajoy tendría que explicarle a esa niña que el Tribunal Constitucional rechazó su recurso contra la Ley de Igualdad con la misma contundencia con la que, probablemente, archivará el que presentó contra la que le permite casarse con personas del mismo sexo.
Más allá de lo cursi, lo peor de todo es que el PP busque ahora desesperadamente el voto de las mujeres, a pesar de que el discurso de género y de la igualdad de las mujeres le viene grande y contra el que constantemente se rebela. En campaña intenta mantenerse en los parámetros de lo que considera políticamente correcto, aunque casi nunca lo consigue.
Rajoy vuelve a impostar y fingir para ganar votos. Su problema es que se le nota demasiado que todo es una artimaña para intentar ganar las elecciones.
Esa estrategia esconde un concepto peculiar de la democracia, basado en una opinión lamentable de los electores, y en concreto de nosotras las mujeres, ya que considera que con una mala interpretación de un guión escrito por otro puede borrar una trayectoria política consolidada. Las y los socialistas tenemos un concepto mucho más elevado de las mujeres, a las que Rajoy falta al respeto ahora.
Además, no lo hace poniéndose de nuestro lado y asumiendo los valores de la defensa de los derechos de las mujeres. Ni siquiera lo hace buscando la impresión de que adopta un nuevo discurso basado en la igualdad, aunque fuera de una forma falsa.
Rajoy pretende convencernos y hacernos ver que todas las que luchamos y, lo más importante, todas las que antes que nosotras han luchado por la igualdad, no tenían razón y que eso de la igualdad de derechos es una cuestión de ideas excéntricas a la par que innecesarias.
Ya lo dice Esperanza Aguirre cuando asegura, en nombre de una supuesta defensa de la igualdad, que ella está en contra de todo tipo de discriminación, incluida la “discriminación positiva” de las mujeres. O Javier Arenas, que habla de las “dichosas cuotas” o Esteban González Pons, que pide a las candidatas que “se bajen de los tacones” para hacer política.
Ahora, por haber sido cuatro las mujeres asesinadas el mismo día, aparece en campaña el machismo criminal y el PP comienza a utilizarlo electoralmente.
El martes viví la amarga experiencia de palpar de cerca el dolor de esa violencia, porque por azar me encontraba en Cullera, a unas calles de donde fue asesinada una de esas mujeres. Como valenciana, quiero hacer, con rabia contenida y sin demagogia, una amarga y triste crítica a lo que hace desde el Gobierno autonómico el PP en la Comunidad Valenciana: no presentó en 2007 ningún proyecto para ser subvencionado por el Gobierno central contra la violencia de género, no ha puesto en marcha las unidades de valoración forense y ni siquiera ha firmado el convenio del teléfono 016 de denuncia de la violencia contra las mujeres.
Conociendo como conozco esta lamentable situación de desidia en mi comunidad poca credibilidad le puedo dar a aquello que diga Rajoy en campaña electoral respecto a ampliar medidas que combatan esta lacra social.
Este año el 8 de marzo no saldremos a la calle como tantas veces hemos salido a manifestarnos a favor de la igualdad de derechos, porque es el día de reflexión. Lo haremos el día antes, pero propongo a todas las mujeres y a todos los hombres que creen en la igualdad que este año celebremos el 8 de marzo por la igualdad, sobre todo, en las urnas. Que vayamos a votar masivamente al día siguiente, el 9 de marzo, para que la próxima legislatura también sea la legislatura de la igualdad.
Una nueva legislatura de la igualdad en la que también tendría cabida la niña de Rajoy, esa que no tiene complejos en Europa, que es heraldo de la libertad y que no tiene miedo a la confrontación de ideas. Una niña que estoy segura no votaría al PP.
Carmen Montón es candidata del PSOE al Congreso por Valencia
Ilustración de Javier Olivares
JOAQUÍN ROY
Si las primarias en curso y la elección presidencial de Estados Unidos se abrieran al electorado de todo el mundo, el resultado ya sería conocido: el ganador sería el senador de Illinois Barack Obama. De momento, sin embargo, el atractivo candidato (de impecable dicción con tonalidades de barítono) deberá disputar cada voto a Hillary Clinton, para ser coronado en la convención y enfrentarse directamente a John McCain. ¿Por qué este relativamente joven (46 años) que en Estados Unidos es considerado negro y que en el Caribe sería etiquetado como mulato, está a unos pasos de capturar la presidencia del país más poderoso de la tierra y de toda la historia?
La fascinación por Obama en el extranjero se basa en dos detalles, complementarios. En primer lugar, porque el cansancio generalizado en el resto del planeta por George W. Bush convierte cualquier alternativa en bienvenida. En segundo lugar, con el cambio como prioridad, se espera un grado superior de radicalidad en esa ansiada transición de lo que se ha convertido en un régimen a otro diferente.
De ahí que la candidatura de Hillary Clinton no represente un cambio suficiente, más allá de ser demócrata y mujer. Curiosamente, el ser consorte de un ex presidente (y no malo, según el balance general) le ha representado más un obstáculo a vencer, para despojarse de la acusación de endogamia del sistema y nepotismo en la herencia del cargo (aunque sea con el interregno de Bush). Obama, por lo tanto, se presenta como genuino innovador en la política norteamericana, destinado a devolver a la Casa Blanca el aura de la época de Kennedy que se vio malograda por los deslices de Bill Clinton.
Obama se inserta en este escenario también como doble castigo respaldado por el exterior que se quiere cobrar en la herencia de Bush un segundo impacto: Obama es negro. Este sentimiento es paralelo a la catarsis con que borrar el complejo de culpa que todavía atenaza a millones de votantes por las injusticias del pasado.
Para otros países, la candidatura de Obama y su posible triunfo es un recuerdo más de la necesidad de penitencia que Estados Unidos debe encajar para volver a ser el faro salvador que el resto de la humanidad en el fondo reconoce como necesario. Mediante esa rara combinación de amor y odio hacia Estados Unidos (por el contraste entre la fascinación por su cultura popular y su errática política exterior), en el mundo se prefiere un inquilino en la Casa Blanca que inspire confianza y que dirija responsablemente la parcela de liderazgo que a Estados Unidos corresponde.
De corta experiencia (una legislatura) en el Senado, Obama se enfrenta a la losa que hasta el momento Hillary ha explotado más, rozando el juego sucio. El anuncio televisivo basado en una hipotética pregunta (¿quién preferiría usted que contestara el teléfono en la Casa Blanca a las tres de la mañana?) ha sido un navajazo a la yugular de Obama. Sin embargo, el senador de Illinois puede superar en experiencia exterior personal a la senadora de Nueva York, debido no solamente a las raíces kenianas de su padre (tema al que ya había dedicado un libro), sino a la residencia en Indonesia de la mano de su madre divorciada y casada de nuevo. Ese detalle se ve resaltado en el segundo libro de Obama, The Audacity of Hope (La audacia de la esperanza), en el que destacan los capítulos dedicados al tema racial y a su visión del mundo.
Sin que pretenda enterrar las injusticias del pasado, Obama (de forma que parecerá demasiado positiva) reconoce que el camino recorrido por los negros en Estados Unidos desde los tiempos de la discriminación codificada es notable. De ahí que su decisión de perseguir la candidatura presidencial se haya convertido simplemente en un eslabón más de la difícil e incompleta integración de la sociedad norteamericana.
Pero donde brilla su actitud personal y su ideología en política exterior es en el capítulo dedicado al mundo “más allá de nuestras fronteras”. Su visión de la evolución de la actividad de Estados Unidos en el exterior es un compendio del mejor liberalismo que se remonta a Washington y Jefferson, sin abandonar el realismo de Adams y Reagan, sin conceder méritos a los diversos practicantes del intervencionismo necesario (como en las dos guerras mundiales), sin refugiarse en el aislacionismo. Obama refleja la corriente de opinión que lamenta la endémica recaída de Estados Unidos en el apoyo de regímenes de fuerza o totalmente dictatoriales que respaldaran el ideario anticomunista desde el triunfo de la Segunda Guerra Mundial.
Desde Sujarto en la Indonesia de parte de la niñez de Obama hasta el Sha de Irán, desde la Doctrina Monroe hasta la invasión de Irak, una errática política exterior le ha propinado a Estados Unidos el odio notable de buena parte de la humanidad. Especialmente a Obama le duele la dilapidación que Bush hizo del impresionante respaldo mundial (“Nosotros también somos americanos”, tituló Le Monde la tarde del 11 de septiembre) y la generación de un discurso político de plena Guerra Fría. De ahí que su política exterior debiera ser más en la línea de Wilson, F. D. Roosevelt y Kennedy (aunque reconoce las carencias de ellos, sin soslayar los aspectos positivos de la defensa de los derechos humanos en la administración de Carter.
En línea paralela, Obama se siente no solamente dolorido por la discriminación racial del pasado, sino avergonzado por la captura de los centros de decisión en la era del anticomunismo macarthista y el maniqueísmo actual. De ahí que su hipotética política exterior debiera reflejar su visión interior, cimentada en los valores democráticos de una sociedad abierta, plena de oportunidades disponibles para todos.
Joaquín Roy es catedrático ‘Jean Monet’ y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami
Ilustración de Patrick Thomas
MANUEL CAMPO VIDAL
Abrir la puerta de los debates electorales Cara a Cara ha sido muy difícil, pero se ha logrado. Era un portalón pesado, cerrado durante quince años, y con varias cerraduras. No bastaba con abrir una y después otra. Existía una combinación de todas para franquear el paso. Pero, además, faltaba mover el portalón.
Una sola persona no puede lograr eso. Injustamente se me ha atribuido el mérito en exclusiva. A dos personas –y va por Fernando Navarrete, co-negociador y co-director después de los debates, además de excelente realizador– tampoco. Además de abrir las cerraduras, hay que mover el portalón sobre goznes oxidados. Para ello ha sido necesaria la energía de muchas personas. Citaré algunas: ayudó la perseverancia de Gloria Lomana y Maurizio Carlotti de Antena 3 para conseguir esos debates. Se llevaron en exclusiva el Solbes-Pizarro con Matías Prats como moderador, felicidades, pero contribuyeron en buena medida a los debates Zapatero-Rajoy. También ayudó el empeño de Daniel Gavela de Cuatro, los buenos oficios de José Miguel Contreras de La Sexta, o de Pedro Piqueras de Telecinco y tantos otros que empujaron ese portalón.
Y no hay que olvidar la contribución de TVE. Con el magnífico programa Tengo una pregunta para usted, que presentó Lorenzo Milá, divisamos una señal esperanzadora sobre los debates. Si el presidente Zapatero se atrevía a inaugurar en directo un programa con un formato no experimentado en España y si Mariano Rajoy también aceptaba, podía deducirse que los Cara a Cara no eran solo un sueño.
Pero todo eso no bastaba: había que negociarlos, y ahí surgió la dificultad principal aportada por el propio mapa actual de la comunicación. En 1993 había dos debates disponibles –lógico, porque la campaña electoral española es muy corta– y solo dos cadenas privadas en abierto, Antena 3 y Telecinco. La batalla fue entonces conseguir el primero y además pactar las condiciones con los partidos sin referencia anterior alguna. Ahora había cinco posibilidades razonables: las dos de 1993, más Cuatro, La Sexta y, sin duda, TVE, cuyo presidente Luis Fernández, fue votado por unanimidad por los consejeros de los partidos políticos en el nuevo Estatuto de RTVE. Dos debates para cinco cadenas. Difícil de repartir.
La Academia había hecho una propuesta discreta que decía ésto: “Es tiempo de que cadenas y partidos negocien. Si no se llegara a un acuerdo, sepan de nuestra disponibilidad a organizar una señal neutral para acceso de todos los que lo deseen”.
Es lo que terminó sucediendo, como saben. La negociación fue relativamente sencilla con los partidos y algo más complicada en la búsqueda de moderadores que no estuvieran en este momento identificados con una sola cadena. Podían conducirlo magníficamente docenas y docenas de profesionales y nadie ponía en duda su equilibrio en una convocatoria de esta naturaleza. Pero con Ana Blanco veríamos desde la señal común a TVE, con Matías Prats a Antena 3, con Angels Barceló a la Ser, con Carlos Herrera a Onda Cero, con Juan Ramón Lucas a RNE y así sucesivamente. Pero lo mismo sucedía, interpretaron los partidos, con personas vinculadas a puestos de dirección de grandes medios.
Al final quedó una lista, que por lo visto ya se conoce hasta en Cuba, con muy pocas personas, entre las que estaban Fernando Onega, Fernando González Urbaneja, que tenía el plus de ser el presidente de los periodistas españoles, Luis Mariñas, que moderó el González-Aznar en Telecinco magistralmente, Olga Viza y alguno más.
Ya conocen el resultado. Y también cómo se desarrolló el primer Cara a Cara. Quienes dudaban de la eficacia de un debate con intervenciones medidas en el tiempo comprobaron que, si los candidatos lo deseaban, el debate se produciría igual y con ritmo garantizado, además. ¡Y vaya si hubo debate! Caben otros formatos, pero no podían comenzar a discutirse a diez días del primero de ellos, cuando los partidos los encargaron definitivamente a la Academia. Tiempo habrá para discutir formatos. El reto era organizarlo en diez días y la excelencia profesional de dos docenas de académicos y académicas lo hizo posible.
La audiencia ha sido espectacular. Los trece millones de personas que lo siguieron como media –hasta veinte entraron en algún momento– suponen más de la mitad de la población que veía televisión esa noche y lo siguió hasta el final. Pero hay emisoras locales, de TDT y otras señales que lo transmitieron y cuya audiencia no se mide. Súmenlos. Más los oyentes de radio. Y los que ven los canales internacionales de TVE en Europa y América, o el Canal Internacional de Antena 3. O los internautas de todo el mundo. Este es el primer debate español del siglo XXI, en plena Sociedad de la Información. Casi todo el debate está colgado en YouTube. No hay país del que no tengamos noticia de que se siguiera, incluso en grupo. En Portugal, Argentina, Venezuela, Chile y México, apasionó. Hay constancia de ello.
La televisión y el resto de medios, los periodistas y la Academia de Televisión debemos un reconocimiento a Zapatero y a Rajoy. Sin su aceptación personal, los Cara a Cara no hubieran llegado. Y los negociadores agradecemos a Pío García Escudero y a José Blanco, dos personas educadas, respetuosas, que nos dieran su confianza. Puede argumentarse que el debate interesaba a sus líderes, pero otros tuvieron la oportunidad de concederlos en su momento y prefirieron no correr riesgos.
Y créanme: por más que los asesores pacten todos los detalles imaginables, cuando el debate comienza, no valen documentos, ni matices. Es una propuesta política contra otra, expresada con toda la fuerza y eficacia con que se pueda. Es lo que vimos la noche del 25 de febrero de 2008 y sin duda veremos el 3 de marzo.
Manuel Campo Vidal es periodista y sociólogo
Ilustración de Iván Solbes
BENJAMÍN FORCANO
Los humanos podremos parecernos a un rebaño, pero no somos un rebaño. Que lo seamos es lo que buscan los mastines de la cosa pública. Ellos conocen muy bien las leyes de los comportamientos gregarios; las claves para dominar con el menor costo posible.
El hombre tiene el privilegio de ser libre, aun cuando infinitud de veces ignore que es esclavo de sí mismo y de la sociedad. Y es que llegar al ejercicio de una libertad personal no es nada fácil. En toda sociedad la realidad se interpone entre nuestro yo y el poder informativo. Lo que pasa es que a nadie se le ofrece directa la cara de la realidad; cuando creemos apresarla, hay otros que ya lo han hecho –los dueños del poder mediático–, y nos la muestran modificada con colores del propio interés e ideología.
La vida política, especialmente ahora en nuestro país, es un escenario-reflejo de lo dicho. Lo ha mostrado hasta la saciedad el PP.
El atentado del 11-M es un hecho superclaro del terrorismo islámico. Las elecciones de marzo de 2003, ganadas por el PSOE mediante decisión soberana y mayoritaria del pueblo, es un hecho superclaro. La ilegal, injusta e inmoral participación de España en la guerra de Irak autorizada por el presidente y Gobierno de entonces es un hecho superclaro. La frustración, el rencor y la voluntad del PP, con Aznar a la cabeza, de no aceptar de facto la derrota de las elecciones, es un hecho superclaro.
El acierto de Zapatero de sacar las tropas españolas de Irak es un hecho superclaro. El carácter democrático y moral de las leyes promulgadas por el actual Gobierno: LOE, Matrimonios Homosexuales, Igualdad entre Hombres y Mujeres, Inmigración y Políticas de Normalización, Dependencia y Estado de Bienestar, etc. son hechos superclaros.
Son hechos superclaros el aumento de las pensiones, el descenso progresivo del desempleo, el crecimiento de la economía, la consensuada imparcialidad de la televisión pública, la superaumentada participación de la mujer en puestos de la vida política, etc. Hecho superclaro es la voluntad del Gobierno, debatida y aprobada en su momento por el Parlamento, de abrir negociación con ETA para erradicar para siempre toda amenaza, extorsión, agresión, secuestro y muerte en el País Vasco.
Pues bien, aún siendo así, hay que seguir negando y deformando los hechos y reafirmar que en el presidente del Gobierno sólo ha habido desaciertos.
Es mentira, pero no se ha dejado de repetir, que Zapatero era un débil, un insustancial, un ignorante, un descerebrado en política, un rompedor de España, un juguete de los terroristas etarras, un vendido, un enemigo declarado de la religión católica y de los valores del matrimonio y de la familia, un urdidor de leyes inmorales, un desastre para la imagen de España en su política exterior, un colmo de desaciertos. Zapatero es el responsable de todo, el tirano democratizado, el tonto elegido por más de doce millones de españoles engañados, hay que acabar con él, destruirlo, es el anti-cristo.
Y llegó el lunes el debate más esperado. No fue una sorpresa. El sr. Rajoy volvió con su obsesiva negatividad: Vd., sr. Zapatero, no ha hecho nada en economía, no tiene ninguna idea sobre España, ha hecho de la inmigración un coladero, no le han importado los problemas reales de la gente, no ha hecho sino dividir y crispar, ha negociado con ETA, ha agredido a las víctimas, ha mentido y engañado… Ya podía el presidente desgranarle con datos comparativos la distancia abrumadora entre lo que el PP hizo en sus dos legislaturas y lo hecho por el PSOE en la actual. El sr. Rajoy cero vista y cero oídos. Saltaba a la vista la mejora en todos los campos, cero percepción; ningún reconocimiento, ni una mínima aprobación. No le interesaba el bien de España, sino negar y negar, descalificar, arreglárselas para volver al poder. ¡Qué horror de nihilismo!
Quienes desde fuera contemplan lo que ocurre en nuestro país se quedan pasmados ante las barbaridades que se profieren contra Zapatero.
Los hechos son superclaros. Es obvio que el presidente Zapatero ejerce políticamente un estilo respetuoso, dialogante, humilde y a la vez firme, que aplica desde un Gobierno representado y apoyado por la mayoría. Y es mérito suyo el aguante que ha demostrado ante tanta y tan zafia agresividad.
Si buscamos una explicación a lo descrito, encontraremos que viene de atrás. Los pueblos tienen su historia y el pasado cuenta en el presente. Lo explica en parte un hecho histórico fundamental: en la vida política de España, la Iglesia de la cristiandad o del nacionalcatolicismo siempre anduvo de mano del capitalismo y de la derecha. Se habló de la herejía de cristianos por el socialismo, pero nunca de la herejía de cristianos por el capitalismo. Al socialismo se lo tenía bien marcado por ateo, anticlerical, laicista, perseguidor de la Iglesia y marginador de la Religión. Tras él se esconde –se vuelve a afirmar hoy– el enemigo que pretende arrinconar a la Iglesia y borrar toda huella de Dios en la sociedad. Su meta es sustituir a la Iglesia con una nueva doctrina, unas nuevas leyes, unos nuevos valores y un nuevo credo.
Este es el leitmotiv de ciertos eclesiásticos actuales. El Vaticano II reconoció que la Iglesia, atrincherada en la Edad Media, resultó en buena parte antimoderna, anacrónica, incompatible con la libertad y el progreso, obstaculizadora de la democracia y de los derechos humanos.
Desgraciadamente, los fantasmas reviven y siguen asustando: “el socialismo es un peligro para la Iglesia, una degradación ética, una claudicación de la unidad de España”.
Hoy, sin embargo, estamos en tiempos nuevos. Creyentes y no creyentes estamos destinados a entendernos como personas y ciudadanos. Todos compartimos una fe común en el ser humano, y unos y otros asumimos una perspectiva política laica, sea cual sea el partido que esté en el Gobierno. Esa perspectiva se hace operativa estableciendo leyes que regulen la convivencia de todos, aplicando una ética y leyes comunes, vinculantes para todos.
Sin privilegios ni discriminaciones, caminamos hacia la casa común de la dignidad humana, de la razón, de la libertad, de la ética natural, del respeto y confianza mutuas. Las religiones, hechos naturales y legítimos, se erigen sobre esa base y están en su derecho de ofrecer valores, promesas y horizontes específicos que consideren importantes para la felicidad del hombre. Pero libremente.
Benjamín Forcano es sacerdote y teólogo
Ilustración de José Luis Merino