VICENÇ NAVARRO
Uno de los argumentos que autores conservadores han utilizado para negar el carácter fascista del régimen dictatorial establecido por el golpe militar liderado por el general Franco ha sido afirmar que la ideología de aquel régimen no incluía un componente racista, tal como ocurrió con el nazismo alemán y el fascismo italiano. La evidencia existente y fácilmente accesible muestra, sin embargo, la escasa credibilidad de tal argumento. El eje ideológico de aquel régimen fue el nacional-catolicismo que conjugó dos ideologías: el nacionalismo hispánico, que llegó incluso a negar la existencia de otras nacionalidades (como la catalana, la vasca, y la gallega), imponiendo su visión centralista uniformadora, y un catolicismo excluyente que intentó configurar todas las dimensiones del ser humano, incluyendo áreas tan íntimas como el comportamiento sexual de la ciudadanía.
Este nacional-catolicismo tuvo una concepción racista, pues tales ideologías totalizantes eran presentadas como definitorias de lo que el régimen definió como la raza hispana (el día nacional se llamaba el Día de la Raza), cuya superioridad le otorgaba el derecho de conquista y sometimiento de otras razas, tal como ocurrió en América Latina, cuya conquista militar y explotación era el motivo de celebración del día nacional (12 de octubre). Su misión “civilizadora” supuso el genocidio de la población nativa de aquel continente, bien documentada y denunciada por Bartolomé de las Casas. El nacional-catolicismo del régimen dictatorial se consideraba a sí mismo como el heredero de los Reyes Católicos, que habían expulsado a los judíos y a los musulmanes de España, habían establecido la Inquisición y habían conquistado Latinoamérica a base de cometer un genocidio.
El racismo del nacional-catolicismo fue más allá, sin embargo, del racismo étnico. Aunque incluyó una dimensión antisemita, el racismo del nacional-catolicismo se basó también en elementos político-culturales. Un objetivo explícito del golpe militar fue precisamente purificar la raza hispánica, eliminando todos los elementos que la debilitaran. Vallejo-Nájera, que dirigía los Servicios Psiquiátricos del Ejército y que había sido nombrado por el general Franco dirigente del rearme ideológico del nuevo régimen (realizando tal función como director del Gabinete de Investigadores Psicológicos del Ejército), había subrayado que era misión del Alzamiento Nacional “salvar la patria y la raza”, especificando las características que definían a la raza hispánica como “un masculinismo, un canto a la fuerza física y un profundo nacionalismo y catolicismo”.
Contraponía esta raza hispana a razas inferiores como la “raza roja” (que incluía a la gran mayoría de opositores al golpe militar y a la dictadura que estableció), a la cual consideró una raza inferior, contaminada por el marxismo, considerado como la máxima forma de patología mental posible, definiendo el marxismo español como “una mezcla de judaísmo y masonería que lo distinguió de un marxismo extranjero semita puro”. Tal “raza roja”, estaba compuesta de “subdesarrollados mentales, psicópatas y degenerados, todos ellos afectados por el marxismo, judaísmo masónico”, que se difundía fácilmente entre las clases populares debido a lo que Vallejo-Nájera consideraba su subdesarrollo mental. Todas estas citas aparecen en libros suyos titulados Eugenesia de la Hispanidad y regeneración de la raza y artículos en revistas consideradas científicas durante la dictadura, tales como el “Psiquismo del Fanatismo Marxista”, publicado en Semana Médica Española (8 de octubre, 1938, págs. 172-182) y también en la Revista Española de Medicina y Cirugía de Guerra (mayo de 1939, págs. 398-413). El artículo publicado en esta última revista analizaba “la especial patología” de las mujeres milicianas, “seres débiles motivados por la envidia, la maldad y la venganza”, y cuya participación “en las revueltas políticas les daba ocasión de satisfacer sus apetencias sexuales latentes”.
En el artículo publicado en la Semana Médica Española, Vallejo-Nájera describía también los estudios realizados en los campos de concentración (asesorado por las autoridades nazis alemanas, de cuyos estudios en sus propios campos era no sólo consciente, sino un profundo admirador), dividiendo a los componentes de la raza roja en cinco grupos: los internacionales brigadistas, los presos políticos varones de nacionalidad española, las presas políticas hembras de nacionalidad española, los separatistas vascos (a los que Vallejo-Nájera definía como “sujetos de un curioso fenómeno de fanatismo político unido a un fanatismo religioso, enemigos de España”), y el quinto y más degenerado, el de “marxistas catalanistas (unidos por el fanatismo marxista y el antiespañolismo)”.
Es importante señalar que las autoridades de la Iglesia católica compartían la ideología nacional-católica racista, bien articulada por el ideólogo del régimen Vallejo-Nájera. Es más, la Iglesia contribuyó, en gran manera, a la llamada purificación de la raza que fue, en realidad, una brutal represión, con ejecuciones, detenciones, torturas y exilio, en contra de las personas y los grupos políticos y sociales que se opusieron a aquel régimen, incluyendo, por cierto, personas católicas e incluso sacerdotes que apoyaron a las fuerzas democráticas, así como a militares del propio Ejército que se opusieron a aquel golpe militar, llevado a cabo por la Iglesia y la Falange, así como por el Ejército golpista. Parte de este proceso de purificación de la raza, llevado a cabo por el régimen en colaboración con la Iglesia católica, consistía en el robo de infantes de “rojos” asesinados, encarcelados o desaparecidos, a fin de que no fueran “contaminados por sus padres, con el objetivo de salvarles”. Según Enrique González Duro (Los psiquiatras de Franco. Los rojos no estaban locos, 2008), 12.043 niños fueron sustraídos de manos de sus padres durante los duros años de la represión (1939-1945). La Iglesia católica nunca ha pedido perdón al pueblo español por estos hechos.
Vicenç Navarro es catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra
Ilustración de Mikel Jaso
FÉLIX POBLACIÓN
Hasta hace un par de meses, que se lo escuché decir a Gerhard Hoffmann, sólo sobrevivían cinco de los 1.400 brigadistas internacionales austriacos que como él acudieron a combatir el fascismo en la Guerra de España junto a la II República. Casi 300 encontraron la muerte en el conflicto, según Hoffmann, que acaba de dar a conocer esas y otras vivencias en un libro presentado este mismo otoño en el Instituto Cervantes de Viena y cuyo título aproximado en español deja entrever la azarosa e intensa existencia de su protagonista: Barcelona-Gurs-Nicaragua: un tortuoso camino a través del siglo XX.
Hay dos capítulos en estas memorias –redactadas en alemán y cuya traducción al castellano quizá interese pronto a una editorial española– que resultan muy significativos para entender la trayectoria biográfica de Gerhard Hoffmann y el grado de compromiso de su ideario socialista. El primero se refiere a la ocupación de Austria por el Tercer Reich, cuando el autor –que lleva un tiempo internado en la cárcel por su temprana militancia en las Juventudes Comunistas– es liberado al tiempo que los reclusos nazis acusados de haber participado en el asalto a la cancillería y el asesinato de su titular Dolfuss en 1934.
Coincidiendo con la entrada del ejército de Hitler en su país en marzo de 1938, le llega a Gerhard una carta de su hermano mayor, combatiente de las Brigadas Internacionales, escrita desde el frente de Teruel y donde le expresaba su confianza en la victoria de la República, convencido de que con ella contribuiría a la libertad e independencia de Austria. Gerhard Hoffmann decide incorporarse a la lucha y ese mismo verano viaja a Barcelona. En su equipaje lleva un preciado manual de gramática que le regaló su padre para que estudiara en prisión la lengua en que entendería ese destino. Se titulaba Mil palabras en español y nunca olvidó la primera frase que aprendió en nuestro idioma: “Qué bonito es el trabajo visto desde lejos”.
El otro capítulo se refiere a la participación de Hoffmann en la resistencia francesa durante la ocupación nazi. A tal fin adopta un nombre falso, Alejandro Giral, y vive bajo esa identidad la liberación del país vecino, con la histórica entrada en las calles de París de los tanques con topónimos españoles, tripulados por quienes fueron sus compañeros de lucha contra Franco. Mientras estos se aprestaban para continuar combatiendo al franquismo como maquisards –visto que la liberación de Europa del fascismo no incluyó la de España–, el brigadista austriaco tuvo que hacer frente a las trágicas consecuencias que el nazismo deparó a su familia. Además de la muerte de sus padres en sendos campos de concentración, su hermano mayor pereció en el de Gross-Rosen (Polonia). Fue uno más del casi centenar de brigadistas austriacos que perdieron la vida en esos infaustos ámbitos de reclusión.
Considera Gerhard Hoffmann que su país apenas reconoció significativamente su lucha contra el nazismo. En cuanto a la que sostuvo contra el fascismo franquista, es sabido que en 1996 un real decreto, tan ridículo como tardío, reconoció a los brigadistas internacionales la posibilidad de optar a la nacionalidad española siempre que renunciasen a la propia. Sirvió de muy poco, porque la inmensa mayoría se abstuvo de ser español a costa de su propia nacionalidad. La Ley de Memoria Histórica, aprobada ahora hace dos años, derogó esa condición previa y permitió hace unos meses que siete brigadistas ingleses recibieran la nacionalidad española sin perder la propia en la embajada de nuestro país en Londres.
Como pudimos leer y presenciar entonces en los medios de comunicación, los ancianos ex combatientes republicanos fueron noticia relevante y se mostraron muy satisfechos y conmovidos por el hecho reparador de esa simbólica distinción, aunque la mayoría lamentase tan prolongado retraso en concedérsela, dado que muchos de sus compañeros habían muerto antes, en el transcurso de los casi 20 años amnésicos de nuestra democracia. “Hemos tardado, pero ahora hemos llegado a casa”, dijo Sam Lesser –uno de nuestros nuevos y nonagenarios conciudadanos, luchador en la Ciudad Universitaria de Madrid–, a lo que el embajador español respondió: “Vuestra lucha no fue en vano. Vuestros ideales forman parte de la fundación de nuestra democracia”.
Ocurre, sin embargo, que habrá otros ancianos brigadistas a los que un impedimento fundamental aparta de la nacionalidad española. La Asociación de Antiguos Brigadistas Internacionales resaltó y denunció en su día una más de las lagunas que tiene la vigente Ley de la Memoria Histórica para compensar a quienes se merecen el reconocimiento del que habla nuestro embajador en Londres. El real decreto que regula la concesión de la nacionalidad española a quienes lucharon junto a la República contra el fascismo estipula que para ello se requiere la jura o promesa de fidelidad al rey, tal como exige el artículo 23 del Código Civil.
Gerhard Hoffmann, que combatió a Franco y a Hitler en su mocedad, que perdió a toda su familia en los campos de exterminio nazis, acaba de vivir, a sus 92 años, una dolorosa paradoja. Por un lado presentó en el Instituto Cervantes de Viena las memorias donde describe lo que él llama sus “jóvenes sueños de libertad y solidaridad”, los mismos que en cierto modo comparten ahora sus dos hijas como integrantes de organizaciones humanitarias. Por otro, hace apenas seis semanas entregó a nuestro embajador en aquella capital una carta de renuncia a la nacionalidad española por no aceptar la declaración de fidelidad al rey, aunque se le haya sugerido –según me contó– “una solución escape” que no le pareció digna de su pasado republicano. “No puedo aceptar el hecho de que para que este mundo avance haya que renunciar a la justicia”, escribe Hoffmann en su libro. La voz de su memoria.
Félix Población es escritor y periodista
Ilustración de Iker Ayestaran
Juana Salabert
Se acaban de cumplir 70 años del comienzo de la guerra más cruenta de la historia, iniciada tras la invasión alemana de Polonia en septiembre de 1939, cuando al fin Francia e Inglaterra decidieron plantarle cara al monstruoso régimen nazi, que antes de apoderarse de Checoslovaquia ya había volado en ayuda del golpe franquista y estrenado su armamento sobre las indefensas poblaciones civiles de la República española. La enormidad e incurable herida de la Shoah o exterminio de seis millones de ciudadanos judíos europeos en las cámaras de gas y campos de concentración nazis (museos como el israelí Yad Vashem e investigadores como Klarsfeld y tantos otros luchan con denuedo por devolverle a cada víctima un rostro y una biografía en los memoriales más conmovedores e imprescindibles del mundo) son ya hoy, al menos, materia obligatoria de estudio en las enseñanzas de varios países europeos. Pero pocos conocen a fondo, sin embargo, los entramados económicos del Reich hitleriano, que extendió su rapiña por el continente esclavizado y los pillajes y saqueos subsiguientes de bienes privados o gubernamentales a que se dedicaron sus servicios en los países ocupados con ayuda de los repugnantes colaboracionistas locales. Muchos de ellos delincuentes comunes aupados a gestapistas, y otros, como en el caso de Francia y su régimen de Vichy, grandes empresarios de industrias varias (una de ellas, cosmética, ni siquiera se molestó tras la derrota alemana en maquillar su pasado y nombró a buscadísimos criminales de guerra altos directivos de sus divisiones española y estadounidense).
No son muchos, tampoco, pese a las reclamaciones efectuadas a museos o casas de subasta por herederos que reivindican lo robado a sus familiares judíos exiliados o asesinados por los alemanes, quienes saben que los gerifaltes nazis expoliaron y traficaron con arte moderno sustraído a galeristas, pintores y coleccionistas. El mismo que ellos tildaban en su vacua propaganda de “degenerado”, les sirvió –puesto en bandeja por marchantes y contrabandistas que se aprovecharon de la ignominiosa arianización de ciertas galerías de arte– para obtener divisas de inescrupulosos coleccionistas internacionales o para intercambiarlo por otro arte, igualmente robado, pero más afín a sus gustos. Arte germánico para los proyectos museísticos del pintorzuelo Hitler, que decoró la mansión del grotesco Goering, la sede del Banco Central alemán, los ministerios y residencias de los asesinos de tibia y calavera comandados por un jefe que años atrás suspendió en Viena su examen de ingreso en Bellas Artes… Algunos Cézanne, Picasso, Monet, Matisse, Pisarro, Modigliani, Soutine, Braque (los alemanes le robaron, como a Paul Rosenberg, el brillante galerista de Picasso, su colección depositada en una caja bancaria francesa), Léger, Renoir, Manet, Malevich o Toulouse-Lautrec, fueron a parar, durante su deambular de secuestrados a sus legítimos dueños, al parisiense museo Jeu de Paume y su entonces llamada “sala de los mártires”, en manos del organismo nazi ERR y visitada por los traficantes del colaboracioni smo, hienas a la disputa del inesperado botín. Allí, su valiente conservadora artística, la resistente Rose Valland, autora del libro “Le front de l’art” (“El frente del arte”), llevó, a espaldas de los ocupantes, una doble catalogación que, tras la victoria aliada, permitió rastrear la pista y recuperar bastantes lienzos de entre las más de cien mil obras de arte robadas en Francia por los nazis y sus fieles allegados pétainistas.
Lo recuerda muy bien el periodista Héctor Feliciano, autor de la excelente obra El museo desaparecido (Destino, 2004), cuya lectura me resultó fundamental para mi novela El bulevar del miedo, que indaga el robo, cuitas y paradero –aún hoy muchas veces desconocido– de las colecciones de los galeristas o particulares Rosenberg, Bernheim-Jeune, David David-Weill, Schloss o Rothschild. Su investigación, y la de otros expertos en el tema, les ha permitido, en varios casos, a nietos y sobrinos-nietos de los expoliados (y a veces luego asesinados en campos nazis), que contaban únicamente con fotos de casas de sus parientes donde se veían claramente colgadas las obras en litigio, exigir la devolución, o al menos el pago previo acuerdo, como sucedió con La familia en metamorfosis, de Masson, hoy en el Reina Sofía, de su patrimonio escamoteado.
El Thyssen de Madrid se enfrenta asimismo ahora a la reclamación de un Pisarro reclamado por descendientes de Cassirer, su legítimo propietario. Y el Gobierno austríaco tuvo que devolverle recientemente cinco Klimt a la sobrina de Adèle Bloch, retratada en su día por el pintor de Viena.
Pocos son, asimismo, los que saben que también la España de Franco (tan ensalzada por los actuales pseudohistoriadores del revisionismo posfascista), refugio de criminales de guerra como Darquier de Pellepoix, comisario “de Asuntos Judíos” en la Francia de Pétain, sacó partido del horror. Por Bilbao pasaron barcos cargados de cuadros robados, como bien ha demostrado el profesor de la UNED Miguel Martorell Linares en su informe “España y el expolio de las colecciones artísticas europeas durante la Segunda Guerra Mundial”. Ciertos anticuarios españoles, aún hoy en activo, así como varias agencias de aduanas, se lucraron con la venta de material saqueado por los nazis. Otros, como el anticuario colaboracionista francés Pierre Lottier, afincado en la España del Yugo y las Flechas, llegaron incluso en 1952 a decorar por encargo estatal los despachos del nuevo Instituto de Cultura Hispánica. Pero mejor olvidarlo, ¿verdad? Es más liberal sentirse provocado por el puño en alto de una joven socialista…
Juana Salabert es Escritora
Ilustración de Gallardo
Vicenç Navarro
Una de las percepciones más generalizadas que han existido en la cultura política del país es que la Transición de la dictadura a la democracia en España fue modélica. Esta percepción alcanzó casi la categoría de dogma en los establishments políticos y mediáticos del país durante muchos años. Cuestionar el carácter modélico de la Transición era arriesgarse a recibir toda una serie de improperios o, lo que es peor, a ser totalmente ignorado, puesto en cuarentena ideológica, para proteger a la población de una posible contaminación. Este dogma todavía se reproduce hoy, a pesar de que la evidencia, que se ha ido acumulando durante el periodo democrático (1978-2009) sobre la falta de ejemplaridad de esta Transición, es robusta y abrumadora. España continúa teniendo una de las democracias menos desarrolladas de la Unión Europea (su sistema electoral, por ejemplo, es uno de los menos proporcionales y representativos de Europa) y es uno de los Estados de bienestar más atrasados de la Unión Europea (el gasto público social por habitante es el más bajo de la UE-15, el grupo de países de la Unión Europea de semejante desarrollo económico al nuestro).
Resultado de la manera como se hizo la Transición, existen dos versiones del pasado que se han promovido en los mayores medios de información de España. Una versión (la de derechas) todavía justifica hoy el golpe militar y la dictadura que implantó aludiendo que era necesaria para parar un mal mayor, el comunismo. La otra versión (más cercana al centro ideológico) niega la anterior, desmintiendo que existiera peligro de que en nuestro país se estableciera el comunismo. Según tal versión, en el caso de que la República hubiera ganado lo que se define como Guerra Civil (que, en realidad, fue un golpe militar al que se opusieron la mayoría de las clases populares de las distintas naciones y pueblos de España), habríamos tenido una democracia como ahora, con escasas diferencias, excepto que en lugar de un rey, tendríamos un presidente de la República. Pero, por lo demás, la situación sería parecida a la existente ahora. Esta versión de los hechos lleva implícita la suposición de que la Transición fue modélica, convirtiéndonos en una democracia homologable a cualquier otra democracia europea. De ahí que, aunque llevase tiempo, hemos llegado a donde queríamos llegar.
Considero tales versiones, incluyendo la segunda, profundamente erróneas. Creo que existe suficiente evidencia histórica para concluir que en caso de que hubieran ganado las fuerzas democráticas, derrocando el golpe militar (lo cual habría ocurrido de no contar el golpista Franco con la ayuda de Hitler y Mussolini), tendríamos una España muy distinta. También la tendríamos distinta si la Transición, en lugar de ser resultado del pacto entre el Estado franquista, por un lado, y las izquierdas (que acababan de salir de la cárcel o del exilio), por el otro, hubiera sido consecuencia de una ruptura con el régimen anterior, determinada por movilizaciones generalizadas que hubieran forzado al rey a dejar el país, estableciéndose un sistema republicano que se hubiera considerado, asimismo, heredero de la Segunda República. En ambos casos, la España actual sería hoy muy diferente, mucho más democrática, con unas izquierdas más poderosas y con mayor sensibilidad social. Y una de las características del Estado sería que España incluiría otras tres nacionalidades –catalana, vasca y gallega–, con instituciones representativas propias, que tendrían sus propias políticas fiscales, dentro de un marco de solidaridad interterritorial. Esta visión plurinacional del Estado español no se reconoció en la Transición y ello a pesar de que la Constitución habla de nacionalidades. En realidad, el Estado de las autonomías negó la plurinacionalidad del Estado español. Y el café para todos que conlleva tal Estado de autonomías puede abocar a la desintegración de España. Cada petición de mayor autonomía y de recuperación de la identidad nacional por parte de Catalunya, se transforma automáticamente en idéntica petición por parte de las otras CCAA. Se están, así, construyendo 17 Catalunyas, lo cual puede llevar a la desintegración de España. Los ejemplos de ello son múltiples. Catalunya necesita toda una serie de instituciones para recuperar y mantener su identidad nacional, que incluye también la protección de su cultura, que está siempre en peligro de desaparecer (como ha ocurrido con la Catalunya francesa, en la que los franceses catalanes ni siquiera saben hablar catalán), necesidades que no tienen la mayoría de las CCAA, pues no tienen tal riesgo, ya que la cultura castellana, a la cual pertenecen la mayoría, no tiene problemas de supervivencia.
Es justo que la igualdad de los españoles deba quedar garantizada en su acceso a los servicios del Estado del bienestar, entre otros. Pero durante todos estos años, antes de que se cambiara la financiación autonómica, Catalunya tenía que garantizar, no sólo tal acceso, sino también desarrollar su identidad y las instituciones que la apoyaran. Pedir que se sea sensible a estas diferencias no quiere decir, como las derechas (y algunas voces de izquierdas) constantemente y maliciosamente argumentan, que los catalanes sean insolidarios, o que se crean superiores. Esta presión para que todo lo que tenga Catalunya lo tengan todas las CCAA está creando divisiones artificiales dentro de España, convirtiendo cada CCAA en una nación. Es una incoherencia que aquellos que niegan el carácter plurinacional del Estado español se presenten ahora como los defensores de España, continuando el argumento utilizado por los golpistas de 1936 en contra del Gobierno democrático republicano que comenzó a reconocer la plurinacionalidad de España. Ellos son los que dañaron y continúan dañando enormemente España, y pueden acabar rompiéndola.
Vicenç Navarro es Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra
Ilustración de Juan Pablo Cambariere
JAVIER AZPEITIA

¿Qué tipo de nostalgia doméstica lleva a una mujer cualquiera a desear hacerse, para el álbum familiar, una foto sonriendo delante de los cuerpos de enemigos presos, desnudos y amontonados como basura? ¿Qué tipo de anhelo expresivo lleva a un hombre cualquiera a componer una naturaleza muerta clavando el cadáver de un enemigo a una mesa y colocando al lado la cabeza decapitada de su hija, con los ojos previamente arrancados y depositados en un vaso? La indignación que nos provocan hechos tan conocidos como los que reflejan las fotos de los carceleros estadounidenses de Abu Ghraib, o como los que narran la escena macabra con que se dio de bruces un soldado de 19 años en un subterráneo de la población croata de Vukovar, es una indignación lamentablemente estéril y sin destino, al menos mientras no sepamos responder a esas preguntas.
Siempre nos resulta sencillo entender el dolor de las víctimas, ponernos en su piel, solidarizarnos con su sufrimiento, pero lo que nos repugna sobremanera es la posibilidad de ponernos durante un solo instante en la piel del verdugo sonriente. Su actitud nos parece inhumana, preferimos rechazarla y despreciarla, sin más, a plantearnos su sentido. No es extraño, en realidad, porque si nos detenemos un momento a meditar en ello nos daremos cuenta de una verdad tenebrosa: lo que un hombre hace cualquier otro puede repetirlo. La pregunta de la que huimos cuando vemos la fotografía o leemos el relato de alguna de estas frecuentes carnicerías es terrible, pero tal y como están las cosas deberíamos empezar a formulárnosla con cierta insistencia: ¿sería yo capaz de hacer algo así con un enemigo, con el cadáver de un enemigo?
Para evitar la tentación de responder sin pensar, aconsejo la lectura de la obra El cadáver del enemigo, del historiador italiano Giovanni De Luna, que estos días publicamos quienes formamos 451 Editores. En ella se hace un recuento tan serio como desolador de los usos de los cadáveres en las guerras contemporáneas, desde principios del siglo XX hasta Afganistán e Irak: el cadáver del enemigo como arma arrojadiza, como advertencia o amenaza, como trofeo de caza, como simple juguete.
Hay que agradecer a De Luna que haya acometido la tarea de escribir este libro: por soportar el fango de las fotografías y documentos que se ha visto obligado a manejar, por la objetividad sin partidismos con que analiza en cada caso ambos bandos contendientes (el intensísimo capítulo sobre nuestra Guerra Civil es buen ejemplo de ello), por huir con una prosa medida de prácticas tan comunes hoy como la indignación vociferante, la moralina elemental y vacua o la morbosidad. Como muestra, he aquí uno de los párrafos que conforman sus devastadoras conclusiones:
“Decapitar, cortar los miembros y exponerlos a modo de botín, arrancar los ojos para desfigurar la cara e inyectar las órbitas de sangre o sencillamente patear el cadáver que todavía yace en el suelo u orinarle en la boca con el fin de humillar al enemigo muerto son prácticas que se repiten con obsesiva frecuencia en todos los frentes de las guerras contemporáneas”.
El cadáver del enemigo es uno de esos escasos libros cuya lectura debe interrumpirse de vez en cuando para pasear y despejar la mente, para tomar aire fresco antes de volver a sumergirse en ella. Y deja al final, además de un buen puñado de preguntas, el inevitable vacío, la resaca nihilista que nos provoca siempre un paseo con vistas al lado más oscuro de nuestra naturaleza.
Quizás lo más importante, tras acabar la lectura, sea eso: digerir la realidad, asumir esa dimensión escondida de nuestra especie como un componente más de lo que somos. Es posible que entonces estemos en disposición de empezar a exigir explicaciones y responsabilidades a quienes fomentan la guerra o participan en ella, tanto a los soldados rasos, a los que a veces exculpamos por su supuesta ‘obediencia debida’ como si fueran niños (por desgracia, a menudo lo son), como a los responsables civiles y militares. Y puesto que la guerra ya no se declara, y desde hace muchos años no ha aparecido contendiente alguno que no afirme que sólo está defendiéndose de un enemigo hostil, habría que empezar a exigir que se demuestre, al final de cada guerra, que la defensa ha sido una verdadera defensa, y no exactamente lo contrario.
No resulta verosímil que haya otra forma de acabar con la violencia carnicera que se desata inevitablemente en las guerras que la de aplicar estrictamente la justicia después de cada batalla, tanto a los vencidos como a los vencedores, e intentar establecer equitativamente la cadena de responsabilidades de los actos que atenten contra la normativa internacional. Si eso se hiciera, si a causa de su evidente presunción de criminalidad se llevara ante tribunales internacionales a los responsables de cualquier acto bélico, ¿qué político se atrevería a dar la orden de defender su país invadiendo otro?, ¿qué militar firmaría el bombardeo de una ciudad?
No soy tan inocente como para pensar que algo así sea posible: nada más lejos de los planes de cualquier programa político real de la actualidad. Lo terrible no es que con las guerras se destape tan frecuentemente el carnicero que llevamos dentro. Lo terrible es que ni siquiera en las democracias nos sintamos responsables de ello. Giovanni De Luna establece en su obra relaciones inquietantes: la relación que existe entre un niño tirando piedras a un tanque y un joven con un cinturón de bombas atado al pecho, por ejemplo. Podemos apagar la televisión, simplemente, cuando el niño que lanza piedras se encuentra a miles de kilómetros, pero deberíamos haber aprendido que, cuando el joven estalle en pedazos, la cosa se puede complicar. Dependiendo, claro, del apacible escenario que elija para hacerlo.
Javier Azpeitia es escritor y editor. Su última novela es Nadie me mata