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Dominio público

Opinión a fondo

La(s) familia(s) española(s)

02 ene 2011
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PILAR ESCARIO

Desde que en la Constitución de 1978 se cambiaron los principios básicos sobre los que se asentaba la familia española, se abrió una nueva etapa en la que empezaron a regir otros valores, como el de la libertad e igualdad en las relaciones personales y en todos los ámbitos de la vida social. Fue un cambio histórico que transformó el concepto de matrimonio basado en la autoridad del hombre y sometimiento de la mujer, sustituyéndolo por otro centrado en la igualdad de derechos entre los miembros de la pareja. El solo hecho de establecer el principio de igualdad tuvo un gran impacto sobre la familia y, muy especialmente, para la vida de las mujeres. Otro cambio trascendental de la Constitución del 78 fue la igualdad de los hijos respecto a sus padres, acabándose así con la discriminación de los hijos no matrimoniales, considerados ilegítimos; desde esa fecha, todos tienen los mismos derechos, estén o no casados sus padres. Estos cambios abrieron las puertas a nuevas formas de convivencia y de modelos de hogares familiares. La pluralidad familiar se ha ido extendiendo como uno de los avances de mayor calado en nuestra sociedad, hasta entonces marcada por una tradición patriarcal, organizada jerárquicamente en torno al poder del varón y bajo la influencia secular de una Iglesia defensora de los valores arcaizantes de la esencia familiar. Las distintas formas de convivencia dentro o fuera del matrimonio, con la incorporación de las parejas de hecho, han traído consigo el aumento de los hogares unipersonales, parejas sin hijos y parejas del mismo sexo.

Esta diversidad de formas de convivencia flexibiliza las conductas y permite cambios frecuentes, sin que sean traumáticos, por la propia voluntad de los miembros de la pareja, que ya cuentan por anticipado con la posibilidad de variar de fórmula y no tener que cargar con la imposición de que el compromiso tenga que durar para siempre, “hasta que la muerte nos separe”. Frente a la idea de un matrimonio de por vida, sin posibilidad de escape, predomina la renovación constante del compromiso individual. La pareja sostenible se asienta hoy sobre otros valores: el respeto mutuo, el afecto y el deseo de permanecer juntos por encima de obligaciones exógenas al acuerdo voluntario interpersonal. Aunque la familia nuclear –pareja con hijos– es la más habitual, va perdiendo terreno frente a otras formas de convivencia, como son los hogares con un solo progenitor y con hijos o los de una pareja sin hijos. Este es el sistema que más diferencia a la sociedad española actual respecto al pasado, así como el número creciente de hijos nacidos fuera del matrimonio, que se duplicó en la última década al pasar de un 14,5% en 1998 a un 37,7% en el 2008 (Eurostat).

En un entorno de crisis como el que nos rodea, se puede afirmar que la familia no figura entre las múltiples organizaciones que la están sufriendo. No hay crisis de familia. Ya inició su proceso de transformación con la transición democrática y demostró su imparable trayectoria hacia un cambio de valores sobre los que ya no hay vuelta atrás; se ha llegado a un punto de no retorno que la sociedad ha ido aceptando sin traumas. Desde los divorcios, hasta las parejas sin papeles o del mismo sexo, se ha ido desactivando la presión de las instituciones, los compromisos forzosamente sine die. Vivir el momento adquiere cada vez más importancia; la inmediatez del instante revaloriza las relaciones personales frente a la permanencia de los lazos de la misma. La urgencia de lo inmediato sobrevalora el presente y compensa la incertidumbre y la inseguridad del largo plazo (Alberdi).

La familia ha cambiado, y la de nuestra generación se parecerá cada vez menos a la del futuro, entre otras cosas, por los cambios sociodemográficos. En este sentido, algunos expertos advierten de que, con el envejecimiento de la sociedad –y en particular la española–, se pasará a una estructura familiar más extensa verticalmente: un número creciente de personas pasará parte de su vida en sistemas familiares que integrarán más de cuatro generaciones y la relación padre/madre-hijo puede durar más de ocho décadas, a lo que habrá que añadir el ingrediente de la reducción de la población: más generaciones y menos parientes; eso sí, a elegir de todo tipo y color.

Desde esta perspectiva, ¿quién puede garantizar la permanencia de la familia siguiendo los cánones que han estado vigentes hasta ahora? De entrada, y según se ha visto, ya no se puede hablar de familia sino de familias. No es creíble argumentar hoy en día que la familia que reza unida permanece unida y que sólo la pareja estable, siguiendo el modelo institucional, salva a la mujer de malos tratos. El compromiso interpersonal de cada pareja reside en su reducto más íntimo, donde se negocian los sistemas de relación y de convivencia.

La violencia contra la mujer está ligada a la consideración del modelo de mujer que se desprende de la familia patriarcal; las agresiones contra las mujeres no son fruto de momentos de frustración o tensión consecuentes de la vida en común, sino del intento de mantener a la mujer como propiedad del hombre.

La violencia contra la mujer en el seno de la familia ya la señaló Simone de Beauvoir, quien mostró una gran preocupación por que no se investigaba suficientemente este hecho al considerarse un problema particular y no social. Al hablar hoy de estas dos vertientes, la que nos hiere más es la social, pero la que deja su huella más profunda es la que se oculta a los ojos de la sociedad y a los recuentos estadísticos, dentro o fuera del matrimonio.

Pilar Escario es psicóloga

Una empresa llamada Iglesia

12 jul 2010
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DONNA LEONilustracion.jpg

Hola! ¿Hay alguien ahí? ¿Hay alguien despierto? ¿Alguien está escuchando? Les aseguro que, al leer esas protestas horrorizadas por la avalancha de revelaciones sobre los abusos cometidos por curas católicos con niños (¿y qué significa esa palabra en términos reales, físicos, es decir, qué se hizo, dónde se hizo y cuántos años tenía el niño?), uno se pregunta dónde ha estado metido el resto del mundo desde hace décadas. Estuviesen donde estuviesen, no escuchaban a ese amigo que en la cena hablaba de lo largas que tenían las manos los religiosos de los colegios a los que iban de pequeños, ni hacían caso a sus amigos católicos cuando se reían de cómo los curas que oían sus confesiones infantiles insistían en que describiesen al detalle sus primeras experiencias sexuales. Ni prestaban atención a los periódicos de los últimos 20 años, ya que siempre ha habido noticias de ese estilo, al menos para quien quería leerlas.

Conque no perdamos el tiempo fingiendo que nos sorprende que algunos curas lleven décadas violando niños, ¿vale? En cambio, y ya que la Iglesia se irá por la tangente y gritará que pretenden atacar a la Santa Madre Iglesia siempre que alguien sugiera que el actual Papa lo sabía y le daba igual, llevemos la cuestión a un terreno donde podamos estudiarlo con claridad y pongámoslo en la sección económica del periódico, pues se trata de un desastre empresarial.

La Iglesia es, a fin de cuentas, una empresa. La gente le da dinero y es fiel a la marca a cambio de un producto, lo cual proporciona empleos a millones de personas y beneficios a sus accionistas y ejecutivos. El primer objetivo de una empresa, como el de una ameba o un paramecio, es la supervivencia; luego vienen los beneficios.

Pensemos que el actual Papa es el presidente de esta empresa. No era la elección más popular, pero llevaba algún tiempo en la junta directiva, no desentonaba y era fiel al producto. Sin embargo, al poco de trasladarse al mejor despacho, salieron a la luz unas embarazosas fotos en las que aparecía en uniforme militar (y todos sabemos de qué ejército), y luego un molesto periódico italiano lo llamó “Pastore Tedesco”; además, su acento alemán hace que cuando exhorta a la gente a pensar en “l’importanza del bene” suene como si dijese “l’importanza del pene”.

Después, como les sucedió a nuestros amigos de la industria tabaquera, llegaron los problemas de verdad. Bueno, pues habrá que aprender de nuestros amigos estadounidenses, negarlo todo, hacer que los médicos digan que los cigarrillos son inofensivos y cuestionar las motivaciones de quienes sugieren que podría haber conexión entre el tabaco y el cáncer. Y, cuando se demuestre que es una mentira criminal, cambiemos a marcas light, pero sigamos fabricando cigarrillos y seduciendo a los jóvenes para que fumen. La Iglesia actuó igual: lo negó todo (al tiempo que compensaba con miles de millones a quienes contaban aquellas terribles mentiras sobre los bondadosos padres) y cuestionó las motivaciones de quienes denunciaron a los hombres que habían abusado de ellos. Podemos esperar que antes o después la Iglesia siga el mejor modelo empresarial y admita que dar un poder ilimitado sobre los niños a hombres que renuncian a tener relaciones sexuales normales con adultos quizá no sea la mejor forma de protegerlos. Ardo en deseos de ver cómo se manifestará esa marca light: ¿mujeres curas?

En cuanto a Ratzinger (qué nombre tan desafortunado para un ejecutivo destinado en un país latino), no olvidemos que hablamos de una multinacional que en todo momento acata las órdenes de su presidente y que es él quien manda. Mientras sigue a salvo en su despacho, aparentemente indemne, sus secuaces condenan a la oposición, pero, igual que aquellos caballeros que el rey de Inglaterra envió a matar a Santo Tomás de Canterbury, han ido demasiado lejos y han dejado huellas. Algunos equiparan con la propaganda nazi contra los judíos las críticas al Papa por no haber puesto fin a la violación sistemática de niños. ¿Cómo? O fíjense en esta perla pronunciada durante la Semana Santa: el Santo Padre, como Jesús, ha vivido su semana de Pasión. Bueno, ya que los amigos del Papa han sacado el tema de Jesús, veamos qué opina Él (que, se supone, es el director ejecutivo de la empresa) sobre los “abusos” a niños (y sigo sin saber qué abarca exactamente ese término): “Y a quien ofenda a uno de esos pequeños que creen en mí, más le valdría que le atasen una rueda de molino al cuello y lo arrojasen al mar”. (Marcos, 9:42). Lástima que el Vaticano estuviese tan ocupado haciendo comparaciones con el nazismo que no se paró a pensar en esa frase.

En cuanto al futuro, la marca de la Iglesia católica lleva siglos obteniendo reconocimiento y fidelidad (a veces con la ayuda del fuego y la espada), conque no debemos engañarnos y pensar que este alboroto va a suponer diferencia alguna. Basta con esperar. Basta con sentarse, irse por la tangente, negarlo todo y pagar a quien haga falta para que la gente lo olvide, antes o después. Como las amebas, las empresas han de adaptarse para sobrevivir, y eso hará la Iglesia, bajo la iluminada tutela de Ratzinger. Los paquetes de cigarrillos llevan mensajes que advierten de sus riesgos, pero me temo que habrá que esperar mucho para que se coloquen mensajes similares a la entrada de los colegios religiosos, por muy necesarios que los consideren algunos.

Donna León es escritora

Traducción de Tamara Gil Somoza

Ilustración de Gallardo