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Dominio público

Opinión a fondo

Una primavera en Praga

23 may 2008
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MICHAL AJVAZ

05-23.jpgEn mayo de 1968 en Checoslovaquia tuvo lugar la llamada Primavera de Praga: un intento de los comunistas reformadores por liberalizar el sistema que se manifestó con una cierta libertad en el terreno cultural –desaparición de la censura– y, parcialmente, desde la perspectiva actual, también en el de la política, si bien nunca se llegó tan lejos como para que se permitieran, por ejemplo, nuevos partidos políticos. A pesar de la contradicción que suponía el intento de crear democracia bajo un partido único, impuesto y no democrático por naturaleza, la gran mayoría de la sociedad apoyó al Gobierno y al movimiento reformista. Más que de ingenuidad, se trataba de realismo: todos sabíamos que lo que nos ofrecían los comunistas era el máximo que acaso permitiera la Unión Soviética. Pero cuando en agosto aparecieron los tanques se puso de manifiesto que no estaban dispuestos a permitir ni siquiera eso.

Para mí, aquella primera bocanada de libertad tuvo algo embriagador. Aquellos meses de la Primavera de Praga fueron una fiesta que brilló en el recuerdo con más intensidad aún a causa de los veinte años que habrían de seguirles bajo uno de los regímenes más inmundos de Europa, basado en la represión, la vil venganza, la corrupción, el chantaje y la mentira. Hoy recuerdo la Primavera de Praga como un tiempo de grandes esperanzas.

En mayo de 1968 era estudiante de primer curso de la Facultad de Filosofía en Praga. Ya en otoño del 67 tuvo lugar una suerte de antecedente, cuando a los continuos cortes de luz en las residencias universitarias respondieron los estudiantes con una manifestación espontánea al grito de “¡Queremos luz!” y “¡Queremos estudiar!” y detenida a golpes por la policía, que incluso entró en las residencias para continuar con el apaleamiento. El régimen se equivocó en gran medida al suponer que se trataba de una manifestación puramente política –al grito de “¡Queremos luz!” los policías respondían: “¡Ya sabemos qué luz queréis!”; la paranoia fue una de las señas del gobierno comunista en todas sus fases. Tras la manifestación se convocó una asamblea en la facultad en la que se aprobó la demanda de una investigación sobre la intervención policial y el castigo de los culpables. En caso de no ser atendida, tendría lugar una manifestación pacífica. El hecho de que los estudiantes amenazaran públicamente al régimen con una manifestación era, en la Checoslovaquia de la época, algo inaudito y que lo ponía en una situación incómoda. Recuerdo un acontecimiento absurdo que ocurrió entonces: la dirección de la facultad llamó a los padres de los estudiantes que eran miembros del Partido Comunista y les pidió que persuadieran a sus hijos. Aparentemente el Gobierno no pensaba acceder a las peticiones estudiantiles, pero los acontecimientos comenzaron a sucederse con rapidez: en enero de 1968 cayó el jefe de los comunistas, Novotný, y fue nombrado secretario del Partido el reformista Alexander Dubcek, con lo que comenzó la llamada Primavera de Praga.

Así llegaron las propuestas y las exigencias, si bien siempre bajo el realismo de la situación geopolítica del momento, de modo que aceptamos el llamado “socialismo democrático” como lo mejor a lo que en aquel momento se podía aspirar.

Se escribía bastante sobre los movimientos en París y Berlín, pero los universitarios checoslovacos teníamos otras preocupaciones y no entendíamos para nada qué pretendían esos estudiantes, ni nos interesaba especialmente. Por una parte, buscábamos puntos en común, y por otra, estábamos convencidos de que los dos movimientos buscaban fines opuestos y que los estudiantes parisinos luchaban precisamente por aquello contra lo que nosotros lo hacíamos, y viceversa

En un encuentro en Praga con miembros del grupo surrealista francés, en mayo de 1968, aquellos poetas y pintores hablaban con entusiasmo de las revueltas parisinas y de la revolución en Cuba ante un público sencillamente escéptico. Recuerdo que ante la pregunta de uno de ellos sobre los acontecimientos de París, un estudiante le respondió: “Nosotros hemos bebido veinte años de ese licor y no resulta tan sencillo emborracharse”.

En agosto llegaron los tanques soviéticos, la Primavera de Praga terminó, se estableció un régimen represivo que duró veinte años.

Si tuviera que decir qué significan para mí los años sesenta, diría que fue, ante todo, la época de la esperanza y del descubrimiento de la libertad. Ambas crecieron de un modo confuso y, en ocasiones, vistieron extraños trajes. En mi partida de nacimiento figura 1949, pero en realidad nací en los años sesenta. De hecho, aquellos años arden aún hoy en mi memoria.
En aquel entonces no se me habría ocurrido que fuera un hippie, pero ahora veo que todos nos volvimos un poco hippies y que incluso así hemos seguido toda la vida. Hasta mis libros son un intento por aclarar este sueño, por resolver esa información cifrada aunque ninguno transcurra en los años sesenta.

Está bien que los años sesenta nos enseñaran que hay que dudar de todo sistema y que hay que buscar un camino propio en todos los ámbitos de la vida, independientemente de las formas de Gobierno en apariencia dadas por supuestas, que hay que buscar y hallar lo prodigioso que de algún modo siempre se le escapa al orden establecido.

Y está bien que no se cumplieran aquellas exigencias soñadas, que todo el movimiento naufragara, puesto que este naufragio significó su gran victoria. Gracias a su derrota, aquello que torpemente intentaban expresar los distintos movimientos de los años sesenta y que ni siquiera ellos mismos comprendían se disolvió en la sangre de los individuos y de la sociedad, donde, hasta la fecha, pervive anónimamente.

Michal Ajvaz es novelista y poeta

Traducción de Enrique Gutiérrez Rubio

Ilustración de Javier Olivares 

También hubo en España ‘movida del 68′

22 may 2008
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MIRTA NÚÑEZ DÍAZ-BALART

05-22.jpgEl 18 de mayo de 1968, hace cuarenta años de aquello, el recital de Raimon en la Ciudad Universitaria madrileña sazonó de música y palabras la lucha antifranquista. Los centenares de estudiantes que se apiñaban en el patio de la Facultad de Económicas de entonces, hoy Facultad de Geografía e Historia de la UCM, hicieron coro a la lucha por la libertad, sumando su garganta a la protesta por la prolongada dictadura. Las vibraciones de aquella guitarra y de una voz profunda que decía “no” a la represión llegaron a los estudiantes durante generaciones.

Los jóvenes que vinimos después teníamos mitificados aquellos hechos. En ellos, la rebelión de los hijos de las clases medias mostraba que la España de los sesenta se iba alejando de la sumisión. La estela de muerte que dejaron los cuarenta había provocado un enmudecimiento masivo. La acogida del franquismo en el contexto internacional de la Guerra Fría permitió mirar más allá de la supervivencia y las universidades se sobrepusieron a los aprobados patrióticos del falangismo inicial.

Con esos ingredientes, se coció el despertar de la universidad que, en Madrid, tomó una dimensión pública y sonora.

La épica de la lucha en el marco universitario necesitaba un himno duro y esperanzador a la vez. Al Vent, una composición de años atrás, fue la bandera de una universidad efervescente. Una voz poderosa, acompañada por una guitarra desnuda de todo atributo, se hizo la enseña de la lucha política contra el régimen franquista. La emoción del cantante, con los centenares de voces que le acompañaban en plena ilegalidad, con la Policía rodeando el campus, fue musicada en la letra 18 de maig a la Villa.

El clandestino SDEUM, Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Madrid, trajo a la Complutense el eco de lo que ya se conocía en otras ciudades y lo convirtió en multitudinario. La universidad madrileña –como quedó evidenciado– no sólo estaba plenamente incorporada a la protesta, sino que, además, hacía suya la lengua catalana, desvistiendo otro de los disfraces del franquismo, que la presentaban como contraria a aquellas otras lenguas que habían estado largo tiempo prohibidas.

Centenares de contactos ocultos habían dado un fruto magnífico. Aquellos pequeños núcleos clandestinos lograron un acto ilegal multitudinario. Marta Bizcarrondo, recientemente fallecida, fue, como delegada cultural del sindicato estudiantil, quien tejió, junto a otros muchos, como Jaime Pastor, hoy profesor en la UCM, o Arturo Mora, tristemente desaparecido, aquellos hilos. Ángel Vegas, desde su posición de decano designado a dedo, mantuvo una actitud dialogante con unos estudiantes aguerridos que no sólo querían cambiar la Universidad sino el mundo. La oposición antifranquista, encabezada en Madrid por el PCE, brindaba la experiencia de su lucha en la clandestinidad.

La infantería militante daría sus mejores cuadros a los organismos del cambio: desde la Junta Democrática y la Platajunta, a toda la pirámide de la nueva sociedad que estaba germinando. Luego, vendrían otros recitales donde líderes, salidos de la cárcel o de la clandestinidad, pasarían a sentarse en las butacas. La memoria del cambio tiene en los conciertos de Raimon, en Madrid, Barcelona o Valencia, las muescas de la esperanza colectiva que acompañó la agonía del franquismo y los primeros años de la llamada Transición.

¿Tenía algo que ver lo que aquí ocurría con la efervescencia existente en Francia, México, Estados Unidos, Checoslovaquia, Berlín o Tokio, con fuertes estallidos políticos y sociales? La realidad española poco tenía que ver con el movimiento ciudadano contra la segregación racial o contra la guerra de Vietnam en EEUU, por más que ésta hubiese apadrinado la dictadura franquista en la ONU.

El Dubcek checoslovaco sacudió las conciencias sobre el colonialismo soviético. La matanza de la Plaza de las Tres Culturas en la Ciudad de México abrió los ojos del mundo a las dictaduras del mundo capitalista. ¿Contra qué se levantaban los estudiantes franceses, bien comidos y con una democracia consolidada, encabezada por el presidencialismo de De Gaulle?

La estela de la insumisión ante el capitalismo y la sociedad establecida, sus usos y costumbres, la protagonizaron jóvenes que, desde contextos muy diferentes, clamaban por un rechazo a lo existente. En España, sin duda, con un carácter plenamente político, pluripartidista, antidictatorial y democrático que no podía cuestionar ni partidos ni sindicatos, todos ellos clandestinos. ¿Qué CGT francesa se podía sumar públicamente a los acontecimientos cuando aquí sólo existía un único sindicato oficial? El mayo francés evidenció la erosión de los partidos y sindicatos en las democracias occidentales.

El cantante de Xátiva pondría la imagen y la voz a la protesta de los universitarios de toda España en favor de la libertad, y acompañaría sus pasos antes y después de la muerte del dictador. El 5 de febrero de 1976, una canción añadiría otras notas a la andadura iniciada hacia la ruptura política. Yo vengo de un silencio (Yo vinc d’un silenci) resumía en cuatro palabras la larga travesía por el desierto franquista.

Hoy, no se llaman recitales, sino conciertos. Muchos de los que participaron en alguna medida en ello no están entre nosotros, otros desempeñan cargos relevantes, la vida nos ha hecho caminar por caminos deseados y no deseados, con compañeros que se han ido perdiendo a lo largo de los años, pero la evocación de aquella comunión sonora, joven y combativa acompañó musicalmente con himnos civiles la lucha por las libertades en España.

Hoy vuelve Raimon a la Universidad Complutense. Aquel recital, que fue una muesca en la lucha por la libertad, sigue presente en estas palabras de Javier Maestro: “Nunca había asistido a un acto donde se viviese con tanta intensidad cada
canción, cada palabra, cada gesto”.

Mirta Núñez Díaz-Balart es profesora titular de la Universidad Complutense de Madrid e investigadora

Ilustración de Iker Ayestaran

Cuando era peligroso ser joven: México 1968

21 may 2008

NAIEF YEHYA

05-21.jpgEl 12 de octubre de 1968, fueron inaugurados los XIX Juegos Olímpicos en México, a los que mañosamente llamaron “los juegos de la paz”. Apenas diez días antes, grupos paramilitares, en particular el tristemente célebre batallón Olimpia, y tropas del Ejército llevaron a cabo una de la peores carnicerías de la historia del México posrevolucionario. La cifra oficial de muertos fue 20. Nunca se supo el número real de víctimas, muchos piensan que debió de estar alrededor de 300. Para quienes nacimos en la década de los sesenta, los acontecimientos de mayo del 68 fueron un rito iniciático temprano. A los cinco años, mi vocabulario se enriqueció con la palabra matanza, descubrí los gestos de angustia y conocí las expresiones de zozobra. Como tantas otras familias mexicanas de izquierdas en 1968, abrimos la puerta a la paranoia y adoptamos la derrota como una medalla que se portaba con orgullo. Obviamente, yo no entendía lo que estaba sucediendo, tan sólo sabía que el Ejército había disparado sobre los estudiantes, que se habían usado los tanques contra civiles desarmados, que ardían autos y autobuses en las calles.

Mucho menos podía entender lo que pasaba porque por aquel entonces me operaron de miopía en un pequeño hospital particular. No estoy seguro de si aún tenía los ojos cubiertos de vendas cuando tuvo lugar la balacera en la plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, un barrio caracterizado por grandes edificios multifamiliares situado en el centro de la ciudad de México. Un barrio que vivió una tragedia más durante el terremoto de 1985, cuando varios edificios sepultaron a cientos. Durante la convalecencia, mi madre me leía Moby Dick. El capitán Ahab quedó para siempre emparentado en mi imaginación con el liderazgo del Consejo Nacional de Huelga (CNH), el liderazgo del movimiento formado por estudiantes y maestros de las principales instituciones de educación superior del país: la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Politécnico Nacional, las escuelas normales, el Colegio de México, Chapingo, la Universidad Iberoamericana, el colegio La Salle y algunas universidades estatales.

En el imaginario de los manifestantes mexicanos, estaban presentes los eslóganes y la poética de mayo del 68 francés: “Bajo los adoquines, la playa”, “Seamos realistas, exijamos lo imposible”, “Está prohibido prohibir” y todos aquellos arrebatos que hacían subversiva a la incoherencia. Los huelguistas soñaban en grande con cambiar al mundo ,aunque la urgencia inmediata era que el Gobierno atendiera el pliego petitorio del CNH, el cual contenía tan sólo seis puntos pragmáticos y directos: libertad a los presos políticos, derogación del delito de disolución social, desaparición del Cuerpo de Granaderos, destitución de los jefes policiales, indemnización a los familiares de los muertos y heridos desde el inicio del conflicto, deslindamiento de responsabilidades de los funcionarios culpables de los hechos sangrientos. En cualquier caso, el movimiento estudiantil en México se convirtió en un símbolo relevante de lo que llamamos, para bien o para mal, la revolución cultural de 1968.

Antes de la masacre, la gente hablaba de las marchas, se discutía la represión y muchos estaban furiosos por la toma de las instalaciones de la universidad por parte del Ejército, otros tantos tan sólo temían la amenaza del comunismo. La propaganda oficial, aunque rústica, lograba su objetivo. Todo el mundo coincidía en creer que eran tiempos peligrosos para ser joven. Después del 2 de octubre, no se hablaba más. Las fuerzas del orden eran extremadamente convincentes en sus amenazas, en su brutal represión selectiva, en su uso de la tortura y la desaparición.

Durante años, me lamentaba por haber sido tan joven en 1968 y haberme perdido participar en ese momento histórico e irrepetible, en esa tragedia que no podía haber terminado de otra manera que en un pantano de sangre, ya que el Estado mexicano era incapaz de negociar o de entender que los problemas podían tener otra solución que la militar.

Tlatelolco fue el mito fundador de la identidad de mi generación, un episodio que descubrimos por jirones de historia, ya que no contábamos con gran cosa para conocer los hechos aparte de anécdotas, unos cuantos libros como Los días y los años, donde Luis González de Alba cuenta su participación en el movimiento y sus años en la prisión de Lecumberri; La noche de Tlatelolco, la recopilación de entrevistas de sobrevivientes por Elena Poniatowska, el testimonio de la desaparecida periodista italiana Oriana Fallaci, quien salió ilesa de la guerra de Vietnam para recibir tres impactos de bala en México (con lo cual los mexicanos pasamos a ser despreciados por ella antes que de dedicara lo mejor de su odio a los musulmanes) y la devastadora película El grito (1968), de Leobardo López Aretche, quien se suicidó un par de años más tarde. Aparte de eso, tan sólo nos quedaba la música que asociábamos con ese tiempo de tragedia, sacrificio y valentía: Hendrix, Joplin, Doors, Rolling Stones, Dylan. Figuras que entonces se veían tan distantes y mitológicas que ni podíamos soñar con que algún día tocarían en México.

Cuando entré por fin en la UNAM, me tocó participar en el movimiento estudiantil del 86. Aunque nunca estuve de acuerdo con la huelga, sí lo estaba con la necesidad de rechazar los planes de transformación de la universidad pública en una “institución de excelencia”, en modelo de universidades privadas. Nuestro movimiento, aunque logró detener los planes de la rectoría, fue también un fracaso, pero no fuimos víctimas de la represión armada del Estado. El partido en el poder, el PRI, aprendió a manipular, golpear con discreción y censurar sin necesidad del genocidio. Debo sentirme agradecido por la modernización del sistema político de México.

Recuerdo que en octubre del 68 mi madre me llevó a ver la esgrima, la gimnasia y los clavados durante los Juegos Olímpicos, como si nada hubiera sucedido. Finalmente, era el 68, el año de la Primavera de Praga, de la ofensiva de Tet, del asesinato de Martin Luther King, del atentado de Valerie Solanas contra Andy Warhol, del black power en el podio de medallistas olímpicos. Un año turbulento en que el capitán Ahab pudo haber sometido a su feroz ballena blanca.

Naief Yehya es escritor. Autor de Pornografía, sexo mediatizado y pánico mortal

Ilustración de Iván Solbes

Mayo 68: en busca del tiempo invertido

20 may 2008
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CONSTANTINO BÉRTOLO

05-20.jpgUbíquese donde lo han puesto. Si lo ponen en el lugar del muerto, pues sea el mejor muerto del mundo.

Alejandro Dolina

Hacer leña
Mayo del 68 empezó exactamente la mañana del 24 de febrero de 1965. Enfrente de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, un destacamento de las fuerzas de seguridad del Estado detuvo la marcha de cientos de estudiantes que, encabezados por los profesores Santiago Montero Díaz, José Luis López Aranguren, Aguilar Navarro, Enrique Tierno Galván y Agustín García Calvo, se dirigían agrupados y en silencio hacia el edificio del rectorado ubicado en las cercanías del barrio de Moncloa, para entregar un escrito en el que reclamaban libertades. Los profesores se adelantaron para explicar el objeto de aquella marcha pacífica. La respuesta fue una carga (decir brutal sería una redundancia) y un afanoso despliegue de los coches manguera antidisturbios que en aquel momento y de este modo hacían su entrada en la iconografía de la época.

Mayo del 68 acabó exactamente el 25 de noviembre de 1975. El fallecimiento tuvo lugar en los cuarteles de la ciudad de Lisboa, donde un golpe de fuerza de los militares contrarrevolucionarios desalojaron del poder al coronel Vasco Gonçalvez.
En el entretanto, la creación del clandestino Sindicato Democrático de Estudiantes Universitarios, el Mayo del 68 en París, el asesinato de Martin Luther King, la matanza de estudiantes mejicanos en la plaza de Tatlelolco, la declaración del Estado de Excepción por el gobierno franquista en enero de 1969, el asesinato de Enrique Ruano, el juicio de Burgos, el subidón de Carrero Blanco, el golpe de Estado contra Chávez (perdón, Allende) que el diario El País (perdón, ABC) había venido jaleando con premura, el juicio contra Marcelino Camacho y otros dirigentes de CCOO, el paso de cientos (pero menos) de universitarios y universitarias por los Tribunales de Orden Público, la flebitis de Franco, el acercamiento del PCE hacia la democracia cristiana de Ruiz Jiménez, la resurrección alemana del PSOE de Felipe González, la muerte de Moncho Reboiras en las calles de El Ferrol.

Si alguien confunde Mayo del 68 con las revueltas en París de mayo del 68 es que no sabe mirar o que el árbol quemado no le deja ver el bosque talado y vendido. También puede ser que su cerebro esté programado por el disco duro de un pensamiento (¿) periodístico que sólo obedece a la lógica de premios, aniversarios de cifra redonda, partidos del siglo, funerales, limpiar el culo del amo y espejuelos para repartir los fines de semana.
Del árbol caído
A su sombra y entre sus ramas, muchos se hicieron cabañas, cabañitas, chalets, urbanizaciones, OTAN de entrada no y carteles con obreretes en plan dibujos animados. Que se lo digan a la tropa de psiquiatras que, de no quitarse la antisiquiatría de la boca, pasó a asegurarse nóminas y plazas como jefes de servicio en los viejos y nuevos centros de salud. Que se lo digan a los arquitectos que, crecidos bajo el paraguas de las Asociaciones de Vecinos, entraron a saco y bolsa en los planes de remodelación mientras diseñaban el futuro de sus talleres de urbanismo. Que se lo digan a los abogados laboralistas que, después de apoyar los pactos de la Moncloa, pasaron a perpetrar las reconversiones industriales, desmontaron las empresas públicas y negociaron su venta a las empresas privadas. O a los profesores y penenes que, después de despotricar de los cargos vitalicios, accedieron a cátedras y prebendas por la vía de la famosa idoneidad. A los periodistas que, luego de escribir contra el amo, se pusieron a estrechar con prisa la mano que les daba de comer en los restaurantes de moda. A las decenas de lectores del Libro Rojo de Mao que se fueron a Ferraz para comprar el libro rosa del antes socialista que marxista. A las decenas de cuadros sindicalistas que estrenaron sede, sillón, catadura y primera residencia en algún adosado de Majadahonda. A las decenas de cuadros leninistas de las periferias nacionalistas que descubrieron lo importante que era dejar de tener razón en el momento oportuno. A las decenas de escritores que ganaron amañados planetas, plazas o nadales exhibiendo ante papá Mercado los sufrimientos y horrores padecidos durante sus engañadas militancias comunistas. Novelas de perdedores para disfrutar en el salón de la casa rehabilitada o en el singular caserón rural reconstruido con el sudor de la frente ajena.

Que se lo digan. No creo que les moleste. La guerra fría la tienen bien guardada en la nevera. Quizá sonrían paternales mientras se preparan a alcanzar, si el colesterol y la crisis inmobiliaria se lo permiten, el paraíso prometido de la jubilación bien planificada: debajo del capitalismo estaba la playa del Inserso. Que se lo digan, pero quién, si los derrotados fueron convencidos de que estaban equivocados, si Xirinachs, como ejemplo, murió solo, triste, acallado y final.

No perdieron el tiempo. Fueron realistas y canjearon lo imposible por los posibles. Gentes con posibles que se decía por antaño. Pronto descubrieron que aquello de la lucha de clases era el mal sueño de una noche de mayo. No, no hicieron leña del árbol caído. Ya antes habían arramplado con todas las ramas, todas las hojas, todas la raíces, y subastado las semillas.

Con aquel capital simbólico, cruzaron las puertas del capitalismo. Si miran para atrás, ven su propio fantasma.
–Había algo que sonaba a broma en su discurso, que parecía el de alguien que se burlaba un poco de su propio pasado.

–Amigo, no te equivoques, se reía de vuestro futuro.
Constantino Bértolo es editor

Ilustración de Patrick Thomas

Gabriel y la cultura de izquierda

19 may 2008
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MARIÀ DE DELÀS

05-19.jpgEn aquel reguero de protestas que marcaron el año 1968 hay algo de enigma histórico. Ya había ocurrido en 1848. Por distintas causas, en varios países de Europa estallaron entonces una serie de revoluciones sin relación aparente entre sí. Pero Carlos Marx demostró que tan dispares motines se ajustaban a un esquema común, y lo calificó de “primavera de los pueblos”.
¿Qué poseen en común las revueltas del 68? ¿Por qué, al mismo tiempo, se producen en sitios tan alejados como California, Tokyo, Inglaterra, Alemania, Polonia, Italia, Uruguay, París, España, Praga y México? ¿Por qué, como símbolo de una protesta universal, sólo ha quedado el “mayo francés”?
Con la lucidez que otorgan los cuatro decenios transcurridos, se puede afirmar que en aquel año 1968 entra en escena una categoría social hasta entonces desprovista de estatuto político: la juventud. Igual que en la segunda mitad del siglo XIX se inventó la infancia, y que en el periodo 1880-1920 se concibió la adolescencia, en los años 1960 se creó lo que llamamos juventud. O sea, una categoría social de contorno impreciso cuyos miembros tienen una edad correspondiente al periodo que va del fin de la adolescencia hasta la entrada en la vida activa. Y que coincide, en nuestros países, con los años de estudios superiores.
Los estudiantes eran antes unos señoritos. Existían como coartada (para la reproducción de la clase dominante) pero no como verdadera categoría social capaz de influir en la política. Eso cambia después de la Segunda Guerra Mundial. Se produce una masificación de la enseñanza superior. Y tremendos atascos a la entrada de las escasas universidades existentes. Surgen entonces dos causas comunes de malestar.
La primera tiene que ver con el estatuto del estudiante y la degradación de sus condiciones materiales de estudios. La segunda corresponde a su inscripción social y a la toma de conciencia de que lo que se le enseña sirve para reproducir el sistema de alienación y de dominación de clase que oprime a sus propios padres. Esa doble constatación –profesional y política– es la yesca que, una vez encendida, hará estallar la furia del estudiantado.
Hay que recordar que, gracias a la generalización del cine en color, del transistor y del tocadiscos, la cultura de masas vive entonces su gran esplendor. Y lleva ya más de un decenio difundiendo la figura del “joven rebelde”. Desde películas de gran éxito como Salvaje, con Marlon Brando, o Rebelde sin causa, con James Dean. Hasta canciones-protesta de Joan Baez o Bob Dylan (en España, Raimon) y de cantantes míticos como Elvis Presley, los Beatles, los Rolling Stones o Jimi Hendrix.
La gran crisis internacional de aquella época es la guerra de Vietnam. En 1968, Estados Unidos lleva ya seis años en ese lodazal donde más de medio millón de sus jóvenes soldados combaten, con unas pérdidas que sobrepasan los quinientos muertos por mes. Un conflicto muy impopular. Sobre todo en los campus universitarios donde, desde 1964, los estudiantes de izquierda vienen organizando monumentales manifestaciones con un inusitado eco internacional.
En América Latina, Ernesto Che Guevara, en plena lucha internacionalista en tierras bolivianas, en su “Mensaje a la Tricontinental” de abril de 1967 (antes de ser asesinado en octubre de ese mismo año), lanza su célebre consigna : “Crear dos, tres… muchos Vietnam”. Y las protestas de los estudiantes latinoamericanos se generalizan contra el imperialismo estadounidense. Aquí el compromiso es directamente político. Y muchos estudiantes, en Argentina, en Venezuela, en Uruguay, optan por la lucha armada y sus riesgos.  Violeta Parra les canta : “Me gustan los estudiantes / porque son la levadura / del pan que saldrá del horno / con toda su sabrosura, / para la boca del pobre / que come con amargura. / Caramba y zamba la cosa / ¡viva la literatura!”.
En cambio en Francia, la revuelta de los estudiantes en mayo del 68 no es tanto una rebelión política sino, sobre todo, una revolución cultural. Presenta apariencias políticas: jerga revolucionaria, consignas subversivas, barricadas, enfrentamientos con la policía, exhibición de iconos insurrectos (Lenin, Mao, Ho Chi Minh, Che Guevara). Pero en ningún momento los estudiantes se proponen seriamente la toma del poder, modo principal de llevar a cabo una revolución política, de modificar las estructuras de la propiedad y de cambiar la relaciones de dominación. El sibaritismo prevalece como lo muestra el eslogan: “La revolución cesa a partir del momento en que hay que sacrificarse por ella”.
Impregnados de marxismo, y más aún de freudismo, de surrealismo, de situacionismo y de espíritu libertario, nutridos de publicidad y adictos a la cultura de masas, los jóvenes insurgentes franceses elaboran en caliente (“en vivo”, diría la televisión) lo que podríamos llamar una pop-revolución (por alusión al pop-art). Esa creatividad, y el hedonismo que la impregna, es lo que les vale la simpatía universal.
Ponen en crisis la autoridad y todos los sistemas jerarquicos verticales: familia, escuela, Iglesia, Ejército, partido, fábrica, empresa. Ninguna de esas instituciones será ya nunca igual (piénsese en la descompostura del Partido Comunista). Despejan nuevos territorios, desconocidos por la política: feminismo, igualdad de géneros, liberación homosexual, ecología. Reclaman el derecho a la utopía (“¡La imaginacion al poder!”). Y anuncian (y denuncian) la inexorable tiranía de la sociedad de consumo (“Consumid más, viviréis menos”).
Mayo del 68 parecía responder al requerimiento de Marx de “transformar el mundo”. En realidad respondió al postulado de Rimbaud de “cambiar la vida”.

Marià de Delàs. D. R. Periodistas

Ilustración de Daniel Roldán 

Mayo del 68, una pop-revolución

18 may 2008
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IGNACIO RAMONET

05-18.jpgEn aquel reguero de protestas que marcaron el año 1968 hay algo de enigma histórico. Ya había ocurrido en 1848. Por distintas causas, en varios países de Europa estallaron entonces una serie de revoluciones sin relación aparente entre sí. Pero Carlos Marx demostró que tan dispares motines se ajustaban a un esquema común, y lo calificó de “primavera de los pueblos”.

¿Qué poseen en común las revueltas del 68? ¿Por qué, al mismo tiempo, se producen en sitios tan alejados como California, Tokyo, Inglaterra, Alemania, Polonia, Italia, Uruguay, París, España, Praga y México? ¿Por qué, como símbolo de una protesta universal, sólo ha quedado el “mayo francés”?

Con la lucidez que otorgan los cuatro decenios transcurridos, se puede afirmar que en aquel año 1968 entra en escena una categoría social hasta entonces desprovista de estatuto político: la juventud. Igual que en la segunda mitad del siglo XIX se inventó la infancia, y que en el periodo 1880-1920 se concibió la adolescencia, en los años 1960 se creó lo que llamamos juventud. O sea, una categoría social de contorno impreciso cuyos miembros tienen una edad correspondiente al periodo que va del fin de la adolescencia hasta la entrada en la vida activa. Y que coincide, en nuestros países, con los años de estudios superiores.

Los estudiantes eran antes unos señoritos. Existían como coartada (para la reproducción de la clase dominante) pero no como verdadera categoría social capaz de influir en la política. Eso cambia después de la Segunda Guerra Mundial. Se produce una masificación de la enseñanza superior. Y tremendos atascos a la entrada de las escasas universidades existentes. Surgen entonces dos causas comunes de malestar.

La primera tiene que ver con el estatuto del estudiante y la degradación de sus condiciones materiales de estudios. La segunda corresponde a su inscripción social y a la toma de conciencia de que lo que se le enseña sirve para reproducir el sistema de alienación y de dominación de clase que oprime a sus propios padres. Esa doble constatación –profesional y política– es la yesca que, una vez encendida, hará estallar la furia del estudiantado.

Hay que recordar que, gracias a la generalización del cine en color, del transistor y del tocadiscos, la cultura de masas vive entonces su gran esplendor. Y lleva ya más de un decenio difundiendo la figura del “joven rebelde”. Desde películas de gran éxito como Salvaje, con Marlon Brando, o Rebelde sin causa, con James Dean. Hasta canciones-protesta de Joan Baez o Bob Dylan (en España, Raimon) y de cantantes míticos como Elvis Presley, los Beatles, los Rolling Stones o Jimi Hendrix.

La gran crisis internacional de aquella época es la guerra de Vietnam. En 1968, Estados Unidos lleva ya seis años en ese lodazal donde más de medio millón de sus jóvenes soldados combaten, con unas pérdidas que sobrepasan los quinientos muertos por mes. Un conflicto muy impopular. Sobre todo en los campus universitarios donde, desde 1964, los estudiantes de izquierda vienen organizando monumentales manifestaciones con un inusitado eco internacional.

En América Latina, Ernesto Che Guevara, en plena lucha internacionalista en tierras bolivianas, en su “Mensaje a la Tricontinental” de abril de 1967 (antes de ser asesinado en octubre de ese mismo año), lanza su célebre consigna : “Crear dos, tres… muchos Vietnam”. Y las protestas de los estudiantes latinoamericanos se generalizan contra el imperialismo estadounidense. Aquí el compromiso es directamente político. Y muchos estudiantes, en Argentina, en Venezuela, en Uruguay, optan por la lucha armada y sus riesgos.  Violeta Parra les canta : “Me gustan los estudiantes / porque son la levadura / del pan que saldrá del horno / con toda su sabrosura, / para la boca del pobre / que come con amargura. / Caramba y zamba la cosa / ¡viva la literatura!”.

En cambio en Francia, la revuelta de los estudiantes en mayo del 68 no es tanto una rebelión política sino, sobre todo, una revolución cultural. Presenta apariencias políticas: jerga revolucionaria, consignas subversivas, barricadas, enfrentamientos con la policía, exhibición de iconos insurrectos (Lenin, Mao, Ho Chi Minh, Che Guevara). Pero en ningún momento los estudiantes se proponen seriamente la toma del poder, modo principal de llevar a cabo una revolución política, de modificar las estructuras de la propiedad y de cambiar la relaciones de dominación. El sibaritismo prevalece como lo muestra el eslogan: “La revolución cesa a partir del momento en que hay que sacrificarse por ella”.

Impregnados de marxismo, y más aún de freudismo, de surrealismo, de situacionismo y de espíritu libertario, nutridos de publicidad y adictos a la cultura de masas, los jóvenes insurgentes franceses elaboran en caliente (“en vivo”, diría la televisión) lo que podríamos llamar una pop-revolución (por alusión al pop-art). Esa creatividad, y el hedonismo que la impregna, es lo que les vale la simpatía universal.

Ponen en crisis la autoridad y todos los sistemas jerarquicos verticales: familia, escuela, Iglesia, Ejército, partido, fábrica, empresa. Ninguna de esas instituciones será ya nunca igual (piénsese en la descompostura del Partido Comunista).

Despejan nuevos territorios, desconocidos por la política: feminismo, igualdad de géneros, liberación homosexual, ecología. Reclaman el derecho a la utopía (“¡La imaginacion al poder!”). Y anuncian (y denuncian) la inexorable tiranía de la sociedad de consumo (“Consumid más, viviréis menos”).

Mayo del 68 parecía responder al requerimiento de Marx de “transformar el mundo”. En realidad respondió al postulado de Rimbaud de “cambiar la vida”.

Ignacio Ramonet es director de Le Monde diplomatique en español. Acaba de publicar, con Ramón Chao, París rebelde

Ilustración de Mikel Jaso 

Mayo del 68, ‘futuro anterior’

14 oct 2007
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AMADOR FERNÁNDEZ-SAVATER

14-10-07.jpgEn 2008 se celebrarán 40 años de Mayo del 68. ¿Por qué la sola perspectiva del aniversario suscita ya el fastidio? La memoria reactiva ha domesticado el recuerdo del acontecimiento reduciéndolo a una cuestión hormonal: se nos vende una revuelta generacional, estudiantil, cultural y parisina.

Hay consenso desde Houellebecq hasta Sarkozy pasando por el Bertolucci de Soñadores: el 68 fue un asunto de liberación de las costumbres. Unos miran aquello con nostalgia y piensan que modernizó nuestra sociedad favorablemente. Otros lo deploran porque consideran que ahí está la fuente del individualismo consumista contemporáneo.

Todos ellos ayudan a construir una memoria que pesa sobre el presente y a la vez lo justifica. La memoria pesa y aburre cuando apuntala el estado de cosas en lugar de sacudirlo, de inspirar e interrogar un presente de experimentación y luchas.
¿Qué se gana haciendo pasar el 68 por algo ya viejo? Pues que reaparecen de nuevo y se toman en serio las ideas verdaderamente viejas que aquel vendaval dejó tiritando: que la realidad se cambia por arriba, que los partidos políticos nos representan y promueven la democracia, que la política pasa por convencer y sumar, que los movimientos ciudadanos son simples lobbies que presionan a los poderes, etc.

Hay muchos aspectos en los que el 68 no simplemente es actual, sino que está por delante de nosotros como exigencia y desafío. Tal vez se puedan reunir algunos de ellos en la expresión acuñada por Michel de Certeau: el 68 como “toma de la palabra”. ¿Qué significa esto?

En el 68 se combatía contra el régimen de De Gaulle, pero también contra el Partido Comunista Francés y el sindicato CGT. La pelea no estaba entre izquierda y derecha, sino entre arriba y abajo. Por un lado, quien pretende vivir del trabajo ajeno o representarnos. Por otro, las prácticas políticas mediante las cuales nos volvemos capaces de hablar en nombre propio, pensar en primera persona y decidir por uno mismo, planteando colectivamente nuestros propios problemas.

En el 68 nunca se trató de hacer masa en un partido, sino de que proliferasen espacios donde liberar el intercambio horizontal de la palabra: fábricas recuperadas por sus trabajadores, comités de acción en los barrios, la calle resignificada como espacio de expresión política mediante manifestaciones, pintadas, carteles. El movimiento se desarrolla según la lógica del contagio y no bajo la lógica de la hegemonía típica de la política tradicional.

Numerosas iniciativas tras el 68 se plantearon como desafío actualizar esa potencia de la comunicación directa. Una de ellas fue el periódico Libération, cuya primera divisa decía que “la información viene del pueblo y vuelve al pueblo”. Se formaron grupos de lectores, se inventó la figura del redactor público, las mismas oficinas del periódico constituían un espacio de encuentro. “Queremos que los actores de un acontecimiento sean aquellos a los que consultamos, queremos que sean ellos mismos los que hablen”.

Esa voluntad de Libération no sobrevivió al fin de los ecos de Mayo, pero la explosión de la Red, unida a las nuevas formas de politización, permite actualizar esas líneas de experimentación.

Las condiciones de una toma de palabra han variado en dos sentidos al menos. En primer lugar, el 68 opuso la palabra al silencio (metro-curro-dormir). Hoy no hay silencio en ningún sitio. Nuestra atención es colonizada mediante el ruido: bombardeo de estímulos, saturación mediática de preguntas/respuestas dirigidas. Nuestra misma palabra es movilizada por el ruido. No se trata sólo de que los medios de comunicación nos mientan, como analiza Chomsky, sino de que definen nuestra actualidad: en torno a qué debemos pensar y en qué términos. Nos dicen lo que decimos, nos muestran lo que vemos y de pronto ya no nos escuchamos entre nosotros mismos al hablar. ¡Incluso nos proponen los comportamientos críticos a adoptar (pensemos en la quema de retratos del rey)!

En segundo lugar, la aparición de la Red hace estallar el monopolio tradicional de la palabra (televisión, prensa, etc.). Hoy es más fácil que nunca que los mismos que viven un acontecimiento hablen de él. El uso político de la Red ni siquiera está ya en manos de los activistas, sino de cualquiera. Lo hemos vivido durante momentos recientes de toma colectiva de la palabra: el no a la guerra, el 13-M, V de Vivienda (donde los blogs personales han sido decisivos). Reapropiarnos de la palabra significa también reapropiarnos de nuestros propios problemas. Durante una manifestación de V de Vivienda la primavera pasada, mientras transcurría el culebrón De Juana Chaos, alguien llevaba una pancarta que decía: “¿De Juana, para casa? ¡Y yo qué pasa!”

Sin embargo, la ‘nueva derecha’ lleva la delantera en la experimentación de nuevas formas de articulación entre medios tradicionales y la Red. Una mezcla muy poderosa de agit-prop y espacios de participación a la contra canaliza las frustraciones cotidianas de miles de personas, pero sólo reproduce hasta la náusea la realidad que nos asfixia: las dos Españas, el espectáculo de la política, el poder del mercado sobre nuestras vidas.

Frente a ello, puede existir la tentación de hacer lo mismo pero desde la izquierda. En ese caso seguiríamos teniendo la realidad partida en dos, el mismo acercamiento instrumental a los temas. ¿Puede un medio de comunicación empoderar a la opinión pública sin dar cancha a la lógica de bandos? Ello pasaría al menos por abordar problemas habitualmente desplazados (vivienda, precariedad, propiedad intelectual, etc.) y abrir espacios de comunicación directa donde sea posible el intercambio y la multiplicación. ¡Que la información del público vuelva al público!

Amador Fernández-Savater es coeditor de la revista Archipiélago y de la editorial Acuarela.