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Dominio público

Opinión a fondo

El espejo británico

09 feb 2010

LUIS MATÍAS LÓPEZ

02-09.jpgA veces, para ver de cerca hay que mirar lejos. La situación política y las elecciones en el Reino Unido, que se celebrarán probablemente el 6 de mayo, ofrecen analogías con la situación en España que merece la pena considerar.
En ambos países, hay gobiernos socialdemócratas y oposiciones conservadoras, y se dan más similitudes entre los primeros que entre las segundas. Al contrario que el PP de Mariano Rajoy, los conservadores de David Cameron no recurren al sistemático acoso y derribo, con el exabrupto y la descalificación como armas principales, para segar la hierba bajo los pies de Gordon Brown. Tienen tajo de sobra con las heridas de la recesión (que comienza a remitir), las rebeliones internas del laborismo y la incapacidad del líder de estos para levantar al partido del diván del psiquiatra.
Los sondeos prevén un relevo de Gobierno en Londres. Brown no goza de la limpieza de sangre que da ganarse el cargo en las urnas y su partido lleva más de 12 años en el poder. Parece llegada la hora de la alternancia, mecanismo de saneamiento clave en democracia. La situación es diferente en España aunque, según las últimas encuestas, Zapatero también lo tiene crudo. La crisis no le da tregua, pero a su favor juegan varios factores: que lleva menos de seis años en el poder, que tiene más de dos por delante para recuperar terreno, que su liderazgo en el PSOE es firme y que la alternativa del PP asusta a media España.
En el Reino Unido, las diferencias entre los dos grandes partidos ya no son lo que eran. Los tories han abjurado de las recetas más duras del thatcherismo y se apuntan a un difuso “conservadurismo compasivo”. En el otro bando, con el nuevo laborismo, Blair renegó de la tradición izquierdista del partido. Sin embargo, ante el varapalo que se vaticina, Brown intenta recuperar señas de identidad, si no para ganar sí al menos para evitar una derrota humillante. De ahí promesas como acabar por ley con la pobreza infantil en 2020 o reducir un 50% el déficit para 2014. Tiene razón Timothy Garton Ash: una cata de vinos a ciegas sobre políticas económicas, sociales y de seguridad de ambos partidos mostraría que el 80% de las mismas es intercambiable.
¿Ocurre lo mismo en España? A simple vista, no. Rajoy hace sonar las trompetas del Apocalipsis y promete revocar el entramado legislativo socialista que, según él, lleva el país al caos. El pasado muestra, sin embargo, que una vez en el poder el PP saca el pragmatismo del armario, pacta con los nacionalistas si lo necesita, no revoca avances sociales y no revoluciona la economía. Pese a la crispación actual, un relevo en La Moncloa no tendría por qué ser un tsunami.
Otra similitud es el progresivo de-
sapego popular hacia la política, manchada por una corrupción que en España afecta a casi todos los partidos, aunque su paradigma es el caso Gürtel, que se ceba en el PP. En el Reino Unido no hay metástasis, pero asquea la obscenidad que supone que muchos diputados abusaran de sus privilegios para llenarse el bolsillo.
Allá, y acá, hay un debate sobre el sistema electoral, aunque menos marcado en España, donde sólo lo promueve abiertamente el principal perjudicado, Izquierda Unida. Es una fórmula proporcional corregida que deja las listas en manos de las direcciones de los partidos, que suelen ver la discrepancia con malos ojos. Diputados y senadores tienen una relación más estrecha con las direcciones de los partidos que con los ciudadanos que les eligieron. Otra consecuencia es la dificultad de conseguir mayorías absolutas y la necesidad de formar Gobiernos minoritarios, lo que lleva a una cultura del pacto que tiene muchos detractores, pero también defensores convencidos de que ayuda a fortalecer la democracia y el consenso.
En el Reino Unido se elige un diputado en cada distrito: el que queda primero, gana. Eso permite Gobiernos sólidos, una relación sana y fluida entre diputados y ciudadanos y que el Ejecutivo tenga que negociar sus iniciativas con el grupo parlamentario. Sin embargo, el sistema, que facilita mayorías absolutas, provoca graves distorsiones.
He aquí un ejemplo, el de los comicios de 2005: con el 35,3% de los sufragios, los laboristas obtuvieron el 55,2% de escaños. En el extremo contrario, los socialdemócratas lograron el 22,1% de votos y sólo el 9,6% de diputados. Además, el trazado de los distritos favorece a los laboristas, lo que puede provocar otra anomalía: que los tories tengan más votos, pero menos parlamentarios. En teoría, es posible incluso la aberración de que un partido monopolice los Comunes si, en cada distrito, queda en primer lugar, aunque sea por tan solo un voto.
La cuestión es ahora sustancial, ya que no se descarta un hung parliament, con mayoría simple de los tories. Eso dejaría la llave del Gobierno en manos de los liberal-demócratas de Nicholas Clegg, los más perjudicados por el actual sistema, como le ocurre a Izquierda Unida en España. Por eso llevan décadas reclamando un sistema proporcional con listas abiertas.
La necesidad de la reforma ya se planteó en 2006 en el informe de un grupo de expertos, y la rescató hace poco un comité parlamentario. Brown sólo promete un referéndum sobre el voto alternativo, que mantendría los distritos uninominales, pero permitiría establecer preferencias sobre todos los candidatos y haría posible la elección de uno de ellos con mayoría absoluta. Un lío que sería largo de explicar. Y un parche que no toca el problema de fondo (la falta de proporcionalidad), que ni laboristas ni conservadores quieren resolver, pero que resurgirá si Clegg es clave para formar Gobierno. Él afirma que su partido no está en venta, pero en política todo depende del precio.
España no es el Reino Unido, pero ambos países deberían mirarse en el espejo del otro: los británicos, en busca de más proporcionalidad; los españoles, en busca de mayor cercanía entre políticos y ciudadanos.

Luis Matías López es periodista

Ilustración de Gallardo

Los retos contra la pobreza

16 ene 2010

GORDON BROWN

01-16.jpgCrisis impredecibles como la catástrofe de Haití de esta semana demuestran una vez más la fragilidad de la vida en nuestro planeta, pero también el instinto humano de ayuda a aquellos que lo necesitan.
La primera década de este milenio fue sorprendente en cuanto a que las preocupaciones sobre la pobreza mundial llegaron por fin a los titulares y captaron la atención de políticos y el público en general.
En los años inmediatamente posteriores al importantísimo acuerdo sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio, se realizaron grandes avances y se respiraba un gran optimismo.
Ahora, una convergencia de crisis (la de los mercados financieros globales y la del cambio climático) amenaza con invertir los logros recientes y finalizar una era de progreso que acababa de comenzar.
Para los países pobres, la crisis del cambio climático no es un problema abstracto que se mide en términos de generaciones futuras, sino una realidad cruda, apremiante y peligrosa.
Las catástrofes ecológicas matan ya a 1.000 personas cada día.
Se avecina una nueva emergencia de hambruna.
Mientras que la crisis del cambio climático ha ido haciendo mella lentamente, los efectos de la crisis financiera han sido tan repentinos
como severos.
Sin ánimo de minimizar el sufrimiento que la recesión mundial ha causado entre las familias de los países ricos, no hay margen de duda al afirmar que, en los países pobres, la crisis ha sido la diferencia entre la vida y la muerte.
Las consecuencias en estos últimos, perdurarán largamente tras la recuperación de las economías desarrolladas.
Hasta ahora, las pérdidas del comercio y la reducción de los ingresos han supuesto la retirada de miles de millones de libras de financiación para escuelas y hospitales.
Hablando en cifras, clara y llanamente, se estima que morirán 400.000 niños más al año y que millones de ellos, en edad escolar, crecerán sin haber aprendido a leer y escribir.
Por tanto, y con dos retos simultáneos y peliagudos que superar, los 12 meses próximos de 2010 serán, a mi entender, tan decisivos como los últimos diez años de la pasada década.
Nuestro empeño y nuestros esfuerzos deben enfocarse a cumplir nuestras promesas y buscar nuevas respuestas ante el cambio climático, así como a superar las dificultades económicas que podrían llevar a la pobreza y a la desesperación permanente a cientos de millones de personas.
En primer lugar, debemos persistir en el propósito de hacer que la pobreza pase a la historia. Gran Bretaña no sólo mantendrá su compromiso de ayuda en 2010, sino que lo incrementará.
Por eso, Reino Unido prepara actualmente leyes que le harán el primer país del mundo en dar garantías permanentes con el objetivo de alcanzar y mantener el 0,7% establecido por Naciones Unidas.
El resto de países deberán ser igualmente fieles a sus promesas; es de crucial importancia que garanticen que los fondos adicionales, urgentes y necesarios para equipar a los países en desarrollo con el fin de que estos sean capaces de adaptarse y mitigar los efectos del cambio climático, no saldrán de los presupuestos de ayuda.
Por supuesto, la ayuda por sí sola no constituye la solución total, pero con la disminución de los ingresos y el aumento de la demanda de servicios en los países en desarrollo, la ayuda puede desempeñar una función inestimable en el mantenimiento de escuelas y hospitales y en la provisión de una red de seguridad vital para los más desfavorecidos.
En las últimas semanas hemos visto en África el comienzo de un movimiento para abolir los honorarios que pagan los pacientes y crear un servicio de atención sanitaria similar al británico. Debemos apoyar estos esfuerzos que ofrecen esperanza a millones.
Los terribles acontecimientos en Haití esta semana nos recuerdan la necesidad de ayuda humanitaria para salvar vidas en emergencias, más allá de la ayuda al desarrollo. Reino Unido ya ha enviado grupos de especialistas y ha comprometido seis millones de libras esterlinas para iniciar la ayuda humanitaria. Somos conscientes de que será mucho más necesario cuando pasemos del auxilio a la recuperación.
En segundo lugar, debemos buscar fuentes de financiación innovadoras. Hasta ahora, hemos generado miles de millones de libras con la venta de bonos y las donaciones públicas, pero estoy convencido que de que es viable y posible obtener más.
El Fondo Monetario Internacional, por ejemplo, está estudiando la forma en que el sector financiero podría contribuir en mayor medida al pago de las cargas de la intervención gubernamental, incluyendo un impuesto a las transacciones financieras que supondría ingresos significativos si se consiguieran conciliar todos los pormenores.
En tercer lugar, debemos asegurarnos de que los países en desarrollo no sólo gestionen la crisis, sino que inviertan en el futuro. Tal y como ocurre en Reino Unido, invertir en educación es crucial para el crecimiento en el futuro. Por eso ,el presidente Zapatero y yo trabajaremos con Sepp
Blatter, de la FIFA, y con el presidente Zuma, de Sudáfrica, quienes se han comprometido, a través de la campaña 1GOL, a hacer de la educación para todos el legado del primer mundial de fútbol en África.
En cuarto lugar, debemos alentar la capacidad de los países en desarrollo de salir de la pobreza por sus propios medios. Existen, a través del G-20, nuevas oportunidades para aspirar a un crecimiento verdaderamente global, que incluya y beneficie a los países de rentas bajas.
Para este año, contamos con todos los medios internacionales que podamos desear para forjar el progreso y responder a las promesas que hicimos en Gleneagles en el cénit de la campaña Haz que la pobreza sea historia.
De crucial relevancia se presenta la Cumbre Mundial de la ONU en septiembre, de la cual el presidente Zapatero ha hecho una prioridad para el desarrollo de la presidencia europea.
Para cobrar impulso, necesitamos alcanzar pronto una determinación política del más alto nivel en este nuevo año. 2010 supondrá una prueba de la preocupación a nivel mundial por los más pobres y de su confianza en nosotros. Por conciencia y por propio interés, por el bien de ellos y por el bien nuestro, no podemos fallar. Debemos actuar ahora para devolverle al mundo entero su futuro y su esperanza.

Gordon Brown es primer Ministro del Reino Unido

Ilustración de Patrick Thomas

La ‘Tercera Vía’: el final de una estafa

04 ago 2008
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FERNANDO SCORNIK GERSTEIN

08-04.jpgLa popularidad del primer ministro británico se encuentra en caída libre: según recientes encuestas, el 78% de los ciudadanos cree que Gordon Brown está haciéndolo muy mal y el 59% cree que debería renunciar antes de las próximas elecciones generales. Según una reciente encuesta del Sunday Times, el apoyo a los tories es del 45% y solo del 25% para Brown. Si se celebraran elecciones ahora, los conservadores obtendrían 400 escaños, con una ventaja de 150 sobre todos los demás partidos.

¿Es Gordon Brown el único responsable de esta debacle? ¡Por supuesto que no! El primer ministro es la víctima propiciatoria –aunque no exenta de culpa, porque el participó– de esa gran estafa ideológica y práctica que fue la “tercera vía” anunciada por Tony Blair a bombo y platillo hace 10 años y que encandiló a tantos socialdemócratas europeos.
Veamos cuál es la herencia que ha dejado Tony Blair, según nos la resume el economista británico Fred Harrison, del grupo de Fulham. Para Blair, la tercera vía estaba destinada a revertir las injusticias en el Reino Unido, y uno de sus principales objetivos era mejorar las condiciones de vida de los niños. Sin embargo, cuando Blair dejó Downing Street después de 10 años, la posibilidad de los niños pobres de mejorar su situación era la misma que hace 40 años.

Otro objetivo era mejorar, mediante de ayudas especiales, a la tercera edad. No obstante, el 11% de los pensionistas (1,2 millones de personas) viven hoy en la extrema pobreza, mientras que el 21% (2,2 millones de personas) viven en condiciones de pobreza no extrema, pero pobreza al fin. Desde el año pasado hasta hoy las cosas han empeorado: otros 200.000 pensionistas se han precipitado a la pobreza y se calcula que otros 1,2 millones de personas no podrán ya pagar la calefacción de sus casas en 2010.

Respecto a la población trabajadora –la que está entre los niños y los ancianos–, la distancia entre pobres y ricos, desde luego, no se ha acortado bajo el Gobierno de Blair. En un extremo, el 11% de los hogares están clasificados como “nuclearmente pobres” (con ingresos bajos y privaciones materiales); el 16% de los hogares están clasificados como “pobres en la miseria” (simplemente excluidos de las normas habituales de la vida social); y, en el otro extremo, el 6% de los hogares participan de una riqueza exclusiva, lo que les permite también excluirse de la habitualidad social.

O sea, que al cabo de 10 años de Gobierno de Tony Blair ni se habían eliminado las enormes diferencias entre pobres y ricos ni estaba más cerca el Reino Unido de eliminar las causas de la pobreza. Y no sólo eso, sino que además la feroz especulación inmobiliaria y los precios estratosféricos de la vivienda han creado un foso insalvable entre los que quieren ser propietarios y los que ya lo son.

Pero, antes de finalizar su mandato, Tony Blair  –en un indudable acto de contricción– quería eliminar el impuesto sobre las rentas más bajas. Gordon Brown, como canciller del Tesoro, en cambio, incrementó las tasas del impuesto a los ingresos más bajos, pasando los beneficios a los ricos. Ahora, en la desesperación, Brown anuncia medidas sociales en educación y sanidad y –no podía faltar– impulsa recortes de derechos a los inmigrantes. Es más que dudoso que esas medidas puedan modificar sustancialmente las condiciones sociales y mejorar sus negras perspectivas electorales.

De medidas estructurales que impliquen verdaderamente una tercera vía entre el capitalismo liberal monopólico y el socialismo de Estado –entre las cuales estarían sin duda una reforma fiscal que acabe con la especulación inmobiliaria, grave las altas rentas y disminuya la imposición indirecta– no hay absolutamente nada.

Los socialistas españoles deben estudiar con cuidado lo sucedido en el Reino Unido para no caer en la trampa de pensar que se hacen reformas profundas solamente dando ayuda a los necesitados. Son imprescindibles reformas estructurales, y esto hay que tenerlo en cuenta “si se desea exportar pensamiento progresista”, tarea ahora encomendada por el presidene Zapatero a Jesús Caldera.

Si el pensamiento socialdemócrata desea diferenciarse de la derecha, no puede ser sólo en el área de los derechos civiles, la igualdad y la laicidad –muy importantes sin duda–, sino que debe añadirse un objetivo económico social distinto al de la derecha. Hasta ahora, la izquierda europea no ha producido nada en este sentido. Se limita a sostener los mismos planteamientos económicos de la derecha pero “con más contenido social”. Cuando la sociedad vote a un partido de izquierdas espera más que eso y tiene derecho a obtenerlo.

Fernando Scornik Gerstein es abogado, de la International Union for Land Taxation and Free Trade
y miembro del grupo de Fulham en el Reino Unido 

Ilustración de Jaime Martínez