Tags: periodismo política televisiónPASCUAL SERRANO
Desde hace más de 30 años se elabora en Estados Unidos un magnífico trabajo denominado Project Censored (Proyecto censurado). Mediante la colaboración entre profesores y alumnos de la Universidad de Sonoma State de California, cada año se publica un informe que recoge los 25 temas más importantes que fueron ignorados por la prensa corporativa de Estados Unidos, entre otras, las cadenas de televisión Fox News, ABC, CBS y CNN, y los grandes periódicos de la categoría de The New York Times y The Washington Post. Pero, además de esto, el documento, que salió a la venta en Estados Unidos el 30 de septiembre en forma de libro, incluye una encuesta con lo que sus autores denominan “noticias basura” y “noticias engaño”. Consiste en la exposición y denuncia de las noticias que protagonizaron la actualidad del último año en Estados Unidos y que han supuesto claros e insultantes ejemplos de temáticas frívolas e intrascendentes o de historias sobre asuntos importantes, pero presentados y abordados de forma falaz.
El criterio de estos analistas es que el estilo y formato de entretenimiento y simplificación que domina nuestros medios de comunicación ha convertido la información que recibimos en la versión periodística de la comida basura de un McDonald’s. Basta echar un vistazo a nuestras televisiones y periódicos para comprobar el tremendo espacio en tiempo y en papel que ocupan los asuntos triviales y las banalidades sensacionalistas, es decir, las “noticias basura”. Como ejemplo del caso español, podemos recordar que un reciente sondeo de Sigma Dos mostraba que las discusiones referentes a la ex mujer del torero Jesulín de Ubrique, Belén Esteban, y su esposa actual, María José Campanario, habían ocupado en España nada menos que 4.000 minutos de la parrilla televisiva veraniega o, lo que es lo mismo, cerca de tres días enteros monotemáticos. Como resultado, sólo un 2,2 % de los encuestados se pronuncia afirmando “no saber de la cuestión”, mientras que en los sondeos de opinión sobre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy los indecisos rondan el 10%. Este es un claro ejemplo de para qué sirven las “noticias basura”: para desviar la atención de las temas importantes. La situación es similar en Estados Unidos, donde los analistas de Proyecto censurado citan asuntos como el sobrepeso de la cantante y actriz Jessica Simpson, la felicidad maternopaterna de la pareja Brad Pitt-Angelina Jolie o el perrito de Obama, situados a la cabeza de la agenda informativa, mientras que, simultáneamente, sus tropas morían en Afganistán o Irak junto a miles de civiles, la tortura era práctica cotidiana, se eliminaba el habeas corpus a los ciudadanos estadounidenses o engordaba la burbuja financiera.
En España, el día que tuvo lugar el golpe de Estado en Honduras un periódico inauguraba en su página web una encuesta que preguntaba a sus lectores cuál es el mejor disco de Michael Jackson.
Pero tampoco debemos olvidar las “noticias engaño”. Es lo que pudimos leer en las primeras páginas de la prensa del día 19 de junio de 2004, que titulaba a toda plana: “Europa ya tiene Constitución”, sólo porque los jefes de Estado habían llegado a un acuerdo, pero sin que los ciudadanos todavía se hubieran pronunciado. Asimismo, los medios llevan cinco años anunciando la democracia, la reconstrucción, los derechos de la mujer y la celebración de elecciones en Afganistán, sin que ninguna de esas cosas haya sucedido. Lo único que ha aumentado en ese país es la corrupción, el cultivo de opio y la riqueza del entorno político de Karzai.
“Noticias engaño” son muchas de las procedentes de Colombia, donde su Gobierno dedica grandes esfuerzos y dinero para intoxicar los medios, con muy buen resultado en la prensa internacional. En marzo de 2006 la prensa española se hizo eco del anuncio hecho por Álvaro Uribe de que un frente íntegro de la guerrilla de las FARC se rendía y entregaba al ejército sus armas y… ¡un avión Turbo Aerocomander! En sólo dos días se descubrió la verdad: los supuestos guerrilleros eran delincuentes comunes que llevaban años presos y que, al prestarse a ese circo, lograban beneficios penitenciarios. El avión había sido incautado tres años antes a unos narcotraficantes. Esta última versión, verdadera y definitiva, nunca llegó a los medios españoles.
El resultado final de toda esta basura y engaño es que en Estados Unidos, poco antes de la invasión de Irak, el 51% de sus ciudadanos estaba convencido de que Sadam Hussein había participado “personalmente” en los atentados del 11-S. Y en España, los estudios del Real Instituto Elcano muestran que el 75% de los encuestados no sabe cuáles son los países donde hay destinadas tropas españolas, y el 45% responde “no sabe no contesta” a la pregunta sobre la diferencia entre el Tratado de Lisboa y la fallida Constitución Europea.
Otras veces es el ritmo trepidante el que provoca que se dediquen primeras páginas a unas elecciones y si el recuento no está en las primeras 24 horas deja de prestarse atención, como sucedió con las presidenciales afganas del 20 de agosto. Mes y medio después los enviados especiales vuelven a casa porque a los medios ya no les importa el resultado ni si hubo fraude o no.
Es indiscutible que se hace necesario algún tipo de control de calidad de los medios si queremos que la ciudadanía esté informada. El artículo 10 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) establece el derecho a “recibir informaciones y opiniones”, y, en el caso español, nuestra Constitución es la primera en Europa que recoge el derecho a recibir una información “veraz”. Es evidente que no se está cumpliendo.
Pascual Serrano es periodista. Autor de ‘Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo’
Tags: comunicación educación sociedad televisión
Vicenç Navarro
Existe una amplia sensibilidad en la sociedad civil y en la vida política de nuestro país hacia los problemas que crea la contaminación ambiental. Esta sensibilidad ha generado una demanda popular para que las autoridades públicas, en nombre de todos, intervengan para evitar la contaminación atmosférica tomando medidas preventivas. Un tipo de contaminación que no tiene todavía mucha atención mediática en España y, por lo tanto, no ha tenido la suficiente prioridad por parte de la clase política ha sido un tipo de contaminación en la que la televisión es parte del problema. Me estoy refiriendo a la contaminación de valores tóxicos, es decir, valores que, distribuidos y promocionados a través de la televisión entre la población, crean patología. Los programas televisivos (y muchos otros medios también) promueven constantemente valores que son dañinos para la población. Entre ellos, los más destacados son la violencia, el racismo, el machismo, el erotismo manipulador, la competitividad darwiniana exagerada, el miedo e inseguridad y otros mensajes que la literatura científica ha mostrado claramente que crean gran número de patologías.
Según un análisis del contenido de los programas infantiles de las tres cadenas televisivas más importantes de EEUU (CBS, ABC, NBC), realizado por investigadores del Instituto de Higiene Mental de la Escuela de Salud Pública de The Johns Hopkins University, tales programas contienen un número muy elevado de actos violentos, mayor, por cierto, que el existente en los programas para adultos, los cuales presentan violencia física de una persona a otra en cantidades también consideradas excesivas. Tal estudio documentó también que existe una relación clara entre comportamientos violentos y el grado de exposición a programas televisivos violentos. La evidencia científica es incuestionable. Tales programas están contribuyendo a crear una cultura que fomenta la violencia, en la que esta se trivializa e incluso se presenta como atrayente y sugestiva. Otro ejemplo de promoción de valores tóxicos (es decir, que crean patologías) es el estudio llevado a cabo por investigadores de medios de información de la Universidad Pompeu Fabra, realizados en los años noventa para el Instituto de la Mujer de la Generalitat de Catalunya, que analizó la manera en que las cadenas televisivas en Catalunya proyectaban a la mujer en sus programas. Tal estudio, que nunca se publicó ni se distribuyó, mostraba una visión machista de la mujer, enfatizando una imagen de esta como objeto de deseo y placer para el hombre, acentuando su proyección erótica. Así, las presentadoras de programas televisivos, incluyendo los noticiarios, tenían que aparecer sexys, jóvenes y muy escotadas, contrastando con la manera más formal y discreta de vestir de los presentadores varones, que no aparecían nunca escotados. Esta situación no ha cambiado. Estos estereotipos –de lo que tienen que ser el hombre y la mujer– crean frustraciones y tensiones. Un estudio realizado por el Instituto de Higiene Mental de The Johns Hopkins University, antes citado, analizó la proyección de la mujer en las cadenas de televisión en varios países de América Latina, Europa y Norteamérica y mostró que a mayor machismo en la cultura de un país, más escotadas y sexys aparecían las mujeres en los programas de televisión (incluidas las presentadoras de noticiarios). Las más escotadas eran las de América Latina y el sur de Europa, y las que menos las del norte de Europa y de EEUU. Este estereotipo de mujeres como objeto de deseo crea patología. Y la evidencia de ello es abrumadora. Promueve una imagen de la mujer en la que se identifica belleza y atractivo con mujer joven, que atraiga eróticamente al hombre. Esta definición normativa crea gran frustración en aquellas mujeres (la mayoría) que no encajan en los parámetros de la norma de belleza. Un ejemplo más de tal contaminación tóxica es la competitividad darwiniana de muchos programas televisivos, que ensalzan al vencedor a costa de derrotar al perdedor.
Muchos programas que se definen como “programas basura” son, además de basura, nocivos y tóxicos. Soy consciente de que la respuesta a este artículo será que estoy exagerando el impacto de tales programas en la cultura popular. Pero la mejor prueba de que no exagero es que la propia industria televisiva cobra barbaridades para que aparezca un anuncio de sólo un minuto en los espacios televisivos. Estas reflexiones vienen a cuento de la publicación del cuarto informe anual del Código de Autorregulación de Contenidos Televisivos e Infancia, que cubre las denuncias recibidas sobre la programación infantil. Es sorprendente el escaso número de denuncias. En Cataluña, el número de denuncias es sólo de 125 al año, cuando, de haber una mayor concienciación del problema, debiera haber muchos más. En realidad, la Asociación de Telespectadores Asociados de Cataluña ha publicado un informe muy crítico sobre los programas televisivos, por su falta de sensibilidad hacia la adecuación de tales programas para los infantes y jóvenes. Dudo, sin embargo, que la autorregulación resuelva este problema. Lo que se requiere es un mayor intervencionismo público, que elimine tanta contaminación de valores. Las cadenas de televisión, sean públicas o privadas, utilizan el aire –un bien público– para su transmisión. De ahí que las autoridades públicas tengan toda la legitimidad para intervenir y proteger la salud e higiene mental de la población. Si es aceptable prohibir que se promueva fumar en los programas de televisión, debiera ser igualmente aceptable que se prohíban comportamientos y actitudes tóxicas que dañen la calidad de vida de nuestra población.
Vicenç Navarro es Catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra y profesor de ‘Public Policy’ en The Johns Hopkins University
Ilustración de Teo Peiró
Tags: política televisiónANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ
El pueblo soberano ha hablado. Una curiosa e interesante coincidencia ha convertido este fin de semana en una doble cita electoral. Chiquilicuatre irá a Belgrado representando a España en el concurso de Eurovisión 2008 por decisión popular. El sábado por la noche los espectadores bailaron, cantaron y eligieron. Al día siguiente, transformados en electores, también votaron, pero en silencio, casi de luto. No era un día para muchas bromas.
El resultado del concurso y del programa televisivo Salvemos Eurovisión puede que no salve a España del habitual y reiterado ridículo europeo al que nos tiene acostumbrados recientemente; pero ha significado la irrupción definitiva de la cultura iconoclasta y guasona del friki con tecnología hacker.
Recientemente los frikis ya han llegado a la política. Ariel Santamaría, al frente de la Coordinadora Reusenca Independiente (La Cori), ya ha ganado –de momento– un sillón consistorial en el Ayuntamiento de Reus disfrazado también de Elvis Presley. Con sus inseparables gafas oscuras, su tupé y su chiquichiqui Rockero, Ariel participa activamente de la vida municipal dando la nota pero no siempre desentonando en el conjunto. Algo tendrá Reus, que es la cuna de Buenafuente y de Santamaría. Y también la villa que ha acogido los inicios profesionales de Carles Francino, que dirige las mañanas de
la Ser; o los pinitos políticos de uno de Sus hijos más conocidos, Ernest Benach, que hoy dirige las otras mañanas y las tardes del Parlament de Catalunya en su calidad de presidente.
La presencia del cómico en política es un síntoma profundo de una respuesta cívica ante el hartazgo o la decepción. El anuncio de Eva hache, al inicio de su temporada televisiva, de presentarse a las próximas elecciones generales con el objetivo de desembarcar “a lo bestia” en la vida política española, ha sido sólo un tanteo oportunista de una estrategia de márketing, de momento. Pero ahí queda y da pistas.
Hay antecedentes de cómicos y presentadores que, aprovechando su popularidad mediática, decidieron probar suerte en la vida política. El cómico Colouche lo intentó en las presidenciales francesas de 1981. Y el humorista italiano Beppe Grillo, con sus iniciativas provocadoras en contra de los políticos, es un temible adversario mediático que zarandea a toda la clase política y es un fenómeno europeo en Internet. Una auténtica pesadilla para la política establecida. A los que le censuran la crítica mofa, les responde orgulloso que más risa (o pena) dan algunos de los políticos que tenemos. Y no le falta razón, lamentablemente.
Las posibilidades de los asaltos descarados y provocadores han sido probadas con éxito por Rodolfo Chiquilicuatre y su canción Baila el chiki-chiki, con letra de Santiago Segura. Otro niño malo que se ríe de todos (y de él mismo) con el éxito –en términos de audiencia, merchandising y taquilla– de su galería de personajes demenciales. Torrente alardea de “resultados” frente a los que contraponen éxito y calidad, audiencia y buen gusto.
Con la tecnología y la cultura de un hacker, Chiquilicuatre –y su troupe– han actuado como un gusano troyano (uno de los virus informáticos más peligroso) y han colado un producto de La Sexta en la mismísima gala de Televisión Española. Para ello, ha contado con la complicidad de las redes sociales y del gusto canalla que provoca romper los corsés de lo establecido, de lo aceptable, de lo razonable. Encontrar las grietas de los sistemas informáticos es muy parecido a encontrar las
de las instituciones públicas, por ejemplo. Un aroma de anarquía pacífica, de poder alternativo, excita estos retos.
Hay también una cierta sorna y guasa con los símbolos patrios de los que la canción de Eurovisión no se escapa. Son demasiados años de cita periódica con la argamasa del espíritu nacional: la selección y Eurovisión han configurado parte de nuestra arquitectura épica. El episodio de la frustrada –e innecesaria– letra del himno lo ilustra muy bien. Mientras hay quien se toma muy en serio, casi dramáticamente, los símbolos nacionales hasta hacerlos irrespirables, otros prefieren el sentido del humor, la desmitificación y la burla, si es necesario. Estoy seguro que derrotar a José Luis Uribarri y su trasnochado fervor por las “canciones de verdad” con intérpretes “con voz fuerte y música festivalera”, fue un aliciente más de la noche. Raffaella Carrà, más inteligente y profesional, con vena cómica, comprendió mejor el juego de roles y emociones de la noche.
Chiquilicuatre es un friki pero no es cutre. En su exitoso desafío hay habilidad tecnológica, mediática y profesional. Un actor con larga trayectoria y, detrás, una factoría de éxitos televisivos. Hay ingenio mordaz e irreverente actitud de quien dice no querer romper ni un plato pero lanza por los aires toda la vajilla de porcelana. El caradura descarado irrita a algunos, pero es el colega para una amplia generación hedonista, satisfecha y con ganas de jugar que tiene nuevas lógicas y nuevos ídolos.
Baila el chiquichiqui recuerda el estribillo de la popular Velvet Mornings y su “Triki, triki, triiiiiki, triiiki, triki, mon amour, triki, triki, triki, triiiiii” del inolvidable Demis Roussos. No sé si los serbios, después del desgajo de Kosovo, están para muchas bromas y, en su caso, si su sentido del humor balcánico coincide con el de Chiquilicuatre. Hay un fondo de provocación irónica en su reto de brillantina que conecta muy bien con el hastío y el cansancio creciente hacia la cultura (y la política) formal en nuestra sociedad. Hay ganas y necesidad de remover, agitar y subvertir los escenarios de lo previsible y propinar una burlesca bofetada en la cara del sistema. Los frikis han entrado ya en Eurovisión, quizás para no salvarla.
Antoni Gutiérrez-Rubí es asesor de comunicación
Ilustración de Álvaro Valino