¿Árboles? ¡No, gracias!

21 Oct 2017
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Mario Morales 

 

Casi estoy ya acostumbrado a percibir y a clasificar cualquier objeto, fenómeno o hecho ocurrido en el mundo dentro de dos categorías. Lo útil y lo inútil. He sido, como todos, pormenorizadamente instruido conforme a la propaganda ideológica del modelo sociopolítico imperante: el consumismo. Es una perversión productivista y onerosa que deviene de una visión materialista de lo vivo.
Una máxima de ese materialismo referida al uso de los recursos y la naturaleza en general, incluida la especie humana, es que “se tiene la sensación de que se produce cuando se destruye”. A mayor destrucción más producción. Cuando la realidad es exactamente la contraria. Ahí se nos mezclan las dos grandes cosmovisiones del siglo XX, el neoliberalismo y el comunismo. El primero apoyado en el materialismo capitalista y el segundo en el materialismo científico.

La pregunta “¿Para qué vale?” define las actuaciones del común de los ciudadanos.
Para qué vale un viejo, para qué vale una desempleada, para qué vale lo que ya está usado, para qué vale asociarse, para qué vale votar,…

Después del triunfo del consumismo, la gran revolución moderna, dudo si nos quedó algo de la cultura anterior. Suponiendo que a lo anterior se le pudiera llamar “cultura”. Urge definir este término, que en muchas ocasiones describe hábitos sociales frecuentemente exentos de altura, sabiduría, sensibilidad y creatividad. El fútbol es considerado como fenómeno cultural de masas, mientras que la música clásica también es cultura. Un poco de orden, por favor.

Traigo aquí un ejemplo más de esa “cultura” inculta de los hábitos y de esa búsqueda de “la utilidad” malvada. Hace un par de años fue talado el paseo de robles que flanqueaban la carretera comarcal que une las poblaciones de Logrosán y Berzocana, de la provincia de Cáceres, que atraviesa una zona de especial protección por sus valores ambientales. El “progreso” hacía necesario ampliar la anchura de esa carretera que une un pueblo de unos 2000 habitantes (presenta 1/3 de la población que disfrutaba hace 40 años) con otro de unos 400 (en este caso cuenta con solo ¼). “Todos de acuerdo. Unos pocos árboles no pueden parar el desarrollo”.

El año pasado el “árbol grande” de Barrado de 300 años murió como consecuencia del envenenamiento ocasionado por la introducción de glifosato en hendiduras practicadas a su pie.
Hay casos innumerables en los que los árboles son eliminados porque molestan. Molestan a particulares o molestan a lo público.

En el parque del Retiro de Madrid vive un Ahuehuete (Taxodium mucronatum) plantado en 1630, único superviviente de la tala del parque ejecutada por las tropas napoleónicas, gracias a que bajo él se ocultó una pieza de artillería. Todo muy necesario, claro.
Me llama la atención la ausencia de arbolado maduro en el entorno de las ciudades medievales españolas (como Toledo, Ávila, Cáceres,…), que hacen pensar que la inexistencia de árboles debía tener una explicación militar. Los árboles dan cobijo y eso es inaceptable frente al enemigo. No árboles, no cobijo. Lo desforestado es “tranquilizador”.

El árbol también es una molestia para la agricultura mecanizada, eso de girar el volante es un atentado al progreso. Y para la ganadería…”cuantos menos árboles, más hierba”
Creo que hay una visión compartida entre muchas de las gentes de la iberia centro y sur, que se ha vuelto ya subconsciente a base de imponerla. El anhelo de los paisajes libres de árboles y matorral. Esta ausencia se vincula con el concepto “limpio” (perversión del lenguaje donde “limpio” significa “muerto”, o, valga este otro ejemplo: echar herbicidas se llama “curar”, cuando debería decirse, “matar”). Fíjense la trascendencia de considerar inútiles a los árboles, matorrales o hierbas.

Nuevos tiempos necesitan nuevas palabras. Igual que hablamos de whatsapp, o de internet, debemos incorporar palabras que definan conceptos que no están descritos.
Me invento “Misodendría” (del griego antiguo “Misós” (odio), y “déndron” (árbol): Dícese del desprecio, incluso odio, que se tiene a los árboles. El materialismo engendra misodendría, por resumir.

*Nota: Para el funeral del Shōgun Tokugawa Ieyasu, una distinguida personalidad nipona, se plantó una avenida de 65 km de longitud con 13.000 Cedros japoneses. 400 años después todavía puede pasearse. Espero que la Administración Española no llegue a tener competencias viarias en Japón.

 

Mario Morales es biólogo y agricultor en una finca de agricultura biodinámica, “El rincón de los cerezos” en Berzocana, Cáceres

 


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