Opinion · Ecologismo de emergencia

2017: el año en que los españoles descubrimos el cambio climático

Ecologismo de Emergencia

Termina 2017, un año en el que el cambio climático ha comenzado a mostrar su peor cara en España. Hasta ahora manejábamos sus posibles impactos en el territorio peninsular en base a lo que vaticinaban los diversos informes científicos, pero este año esos impactos se han hecho evidentes… y visibles.

Un 2017 que ha venido marcado por una brutal sequía, agravada por la mayor evaporación debido a la subida de las temperaturas y el aumento de los regadíos. Sufrimos la mayor sequía en 20 años, y es posible que la situación persista: con los embalses bajo mínimos, y a pesar de un otoño inusualmente seco, no ha habido ninguna restricción al regadío, cuya superficie aumentó en un 20% en los últimos años. El escenario puede volverse muy grave si se mantiene la situación la próxima primavera.

Y un 2017 en el que, sin haber terminado la primavera, ya sufrimos la primera ‘ola de calor’ del año: las temperaturas batían récords a comienzos de junio debido a la intensidad de la misma, y nos adelantaba lo que sería un verano atípico por las altas temperaturas.

El verano intenso de 2017 se ha alargado, por las altas temperaturas, hasta el mes de octubre. El mes en el que la tristeza llegó en nuestro país desde Galicia, en forma de un fuego feroz que arrasó el monte, provocando no sólo un desastre ecológico, sino también llevándose por delante la vida de varias personas. Y que nos hizo revivir la tragedia que, unos meses antes, ya se había producido en Portugal donde los incendios acabaron con la vida de 65 personas y arrasaron finalmente nada menos que 450.000 hectáreas, llegando también al entorno del Parque Nacional de Doñana. Aquí, en España los incendios han arrasado decenas de miles de hectáreas: 176.000, una cifra que duplica las medias de la última década.

Quizás haya sido a base de fenómenos extremos y de tragedias que el cambio climático ha dejado de ser tratado como una ‘teoría científica’ y empezado a reconocerse como una realidad aquí y ahora. Y también, tras mucho tiempo de marginación, ha dejado de ser una ‘nota al pie’ y ha comenzado a ocupar el debate político: la presión llevó por fin al Gobierno a ratificar (¡casi un año después de su aprobación!) el Acuerdo de París, o a anunciar la elaboración de una Ley de Cambio Climático (de la que aún no tenemos constancia que exista ni un borrador…). Incluso llevó al Presidente Rajoy a París a repetir la promesa de elaborar una Ley de Cambio Climático; sin embargo, a pesar de las promesas, su ausencia en la Cumbre del Clima de Bonn (y su trayectoria negacionista) ya le han situado lejos de quienes sí han decidido asumir el liderazgo global contra el cambio climático.

Pero Rajoy y su gobierno no lo son todo cuando hablamos de política (afortunadamente), y a mediados de diciembre se celebró en el Congreso de los Diputados, a iniciativa del Grupo Parlamentario Unidos Podemos-En Comú Podem-En Marea, el Foro del Clima. Un encuentro en el que unas 300 personas representantes de organizaciones sociales, ecologistas, sindicales o de consumidores se reunieron en el Congreso para aportar sus propuestas para una futura Ley de Cambio Climático y Transición Energética ambiciosa, para luchar de forma efectiva contra el mayor reto al que nos enfrentamos.

En materia energética hay que destacar el cierre definitivo de Garoña, un símbolo para el movimiento antinuclear y reflejo de una política energética que prima los intereses económicos sobre la seguridad de las personas y del medio ambiente. Por fin, la presión política y social, como ha reconocido el Ministro Nadal, hizo desistir al Gobierno de su intención de alargar la vida de la central alavesa, y ahora, con su cierre definitivo se abre el debate sobre el cierre progresivo del resto de centrales nucleares españolas.

Tampoco ha faltado trabajo político en defensa del bienestar animal. Cabe destacar en este sentido la prohibición de amputar el rabo a los perros que salió adelante a pesar del PP (y de los lobbies de la caza a los que defiende), en el marco de la aprobación (¡por fin!) del Convenio Europeo para la Protección de los animales de compañía. Además, también (¡por fin!) los animales han dejado de ser considerados cosas y ya tienen el estatus jurídico de seres sintientes.

Aunque 2017 ha sido duro en materia medioambiental, con muy poca voluntad política y demasiadas presiones económicas (hemos asistido, por poner un ejemplo emblemático, al inicio de la liquidación de una de las últimas leyes ambientales que quedaban en nuestro país, la Ley de Biodiversidad -o ‘Ley Narbona’- para defender ciertas especies invasoras, en defensa del interés del lobby de la caza), algunas noticias nos han dado esperanza de que el cambio es posible: el Congreso aprobó una proposición histórica para la protección del lobo ibérico en nuestro país; algunas Comunidades Autónomas están poniendo en marcha iniciativas para una gestión de residuos más sostenible (el SDDR), y los ayuntamientos del cambio (como Valencia y su impulso a la bicicleta, o Madrid con su Plan A contra la contaminación) están demostrando que se puede gobernar cuidando de las personas y el planeta.

La defensa del medio ambiente no sólo es difícil, sino en ocasiones arriesgada (el año pasado fueron asesinados más de 200 activistas), y la conciencia política aún es baja. Pero gracias al esfuerzo de muchas personas y colectivos, se van consiguiendo algunos avances importantes. 2018 será un año clave en el que, entre otras cosas, debe ver la luz una nueva Ley de Cambio Climático y Transición Energética. Y, además, estaremos aquí para contarlo.