Réquiem por una dehesa desamparada

Beatriz del Hoyo

Mario Morales

 

 

Parece que la domesticación representa un fenómeno tan antiguo como la humanidad. Tanto
es así que bien se puede decir que se trata de una cualidad humana. Domesticación significa
textualmente “meter en casa”. La especie humana lleva milenios metiendo en casa a los seres vivos
que le rodea, y en sentido amplio, no discrimina especies vegetales, animales e incluso
microorganismos.

El hecho de domesticar supuso, tal como decía con entusiasmo el agrónomo francés Xavier
Florín, un acto de generosidad humana. Así, por ejemplo, la humanidad resolvió imprimir
cualidades humanas (como la docilidad o la sociabilidad) a multitud de especies animales mientras
que esa misma humanidad asumió como suya la solución de problemas o vicisitudes propias de
dichos animales, como simplificar el acceso a alimentos en épocas de penuria o facilitar la crianza
de sus retoños. Saint-Exupéry puso en boca del zorro esa necesidad de diálogo entre especies con
un sentido “¡Domestícame!” que enterneció al Principito.

Hombres y animales en comunicación. Una realidad indiscutible que entenderán bien
quienes convivan con otras especies.

Debemos defender ese trato sutil, sublime y puramente humanista con otras especies. La
lengua francesa nos ilumina cuando para describir los animales domésticos que aquí llamamos
“Ganado” ella utiliza “Elevage”, palabra que comparte origen con, “Elevar”. Es tanto como acercar
a animales y plantas a lo humano, “humanizar”.

Como digo la especie humana lleva en interrelación ambiental, como no podía ser de otro modo,
toda su existencia. La domesticación nos es más evidente con el reino animal por compartir con éste
más cercanía genética. Pero es justo recordar como domesticaciones otras realidades que suelen
pasar desapercibidas, como la de las levaduras del pan y cerveza, vino y queso, yogures y kéfires,
cultivos de hongos…Pero es en el mundo vegetal en el que la dimensión del diálogo ha sido
extraordinaria. Cientos, seguramente, miles de especies vegetales han sido objeto de algún tipo de
domesticación, más o menos intensa.

Quizás no sea descabellado pensar que no ha habido lugar ni especie que no haya sentido la
intervención humana con su necesidad de domesticación, dada la intensa y continuada presencia de
nuestra especie en el continente europeo.

Así, por ejemplo, hay especialistas que consideran que la composición y distribución de
nuestras masas forestales autóctonas no se deben exclusivamente a condicionantes ecológicos sino
que ese estado es el derivado, precisamente, de un manejo secular con una intencionalidad nada
azarosa. Parece que éste es el caso concreto de la encina en el suroeste ibérico. Lejos de tratarse de
una especie en exclusiva silvestre ha existido una tarea humana ancestral de selección positiva de
las bellotas más dulces. Por siembra de aquéllas a lo largo de generaciones el paisaje debe haberse
visto condicionado.

Pero toda domesticación, como se ha visto, exige a la persona una responsabilidad frente a
lo domesticado.

Es posible que lo que llamamos dehesa fuera en origen precisamente ese paisaje constituido
por unas encinas sembradas, elegidas, seleccionadas y cuidadas debido a unas cualidades fruteras
determinadas.

La domesticación habitualmente reduce la rusticidad, y el proceso de “frutalización” de la
encina hizo recaer en la especie humana la responsabilidad de proveer a estas encinas elegidas de
unas condiciones más exigentes que la de los árboles más rústicos.

Hagamos la prueba de entender la dehesa como un cultivo de encinas.
¿Y qué es lo que requiere un árbol cultivado frente a otro bravío? Básicamente hay que asegurarle
agua y alimento.

El manejo ancestral de la dehesa implicaba una dinámica agroganadera hoy perdida.
Sobre la finca o parcela se efectuaba una división de la superficie en cuarteles. En ellos se actuaba
según “año y vez” de modo que se cultivaba un año y al siguiente no (barbecho). Entre ellos tenían
destacada importancia los cereales y las especies leguminosas, conocidas enriquecedoras del suelo.
Siempre estaba cultivada la mitad de la finca. El cultivo exigía el estercolado y suponía unas labores
de manejo del suelo que en la práctica eliminaban el exceso de agua (alzado en invierno), o bien
retenían la existente (binado de junio y terciado de verano). Además de este modo se mejoraba la
estructura y la fertilidad del suelo de toda la parcela.
El elemento animal, en forma de ganado, ocupaba la mitad no cultivada mientras que la
hierba se mantenía verde (de otoño a junio), y seguidamente los animales abandonaban la finca
hacia los agostaderos (transhumancia), de donde volvían en otoño, momento en el que ya había
hierba verde de nuevo en la finca.

¿Pero cuál es entonces la situación actual de las dehesas? Se ha abandonado la vocación
diversa de la dehesa y su uso se ha reducido hasta constituir una suerte de depósito de ganados.
Cerdos, vacas, ovejas o cabras que pasan todo el año en el mismo espacio, de manera que el terreno
no se recupera de la compactación provocada por el pisoteo de los animales. No hay alzado, ni
binado ni terciado, no hay estercolado no hay por tanto ni mejora de estructura del suelo ni de su
fertilidad. Compactación, mineralización, desertificación.

Comienzan a aparecer noticias y opiniones preocupadas, y es que las encinas se mueren.
Espanta ver fotos aéreas que en tan solo unas decenas de años muestran la reducción a la mitad de
la densidad de encinas.

Y en un perfecto ejercicio de búsqueda del culpable nos ponemos a mirar quién ha sido.
Y nos ponemos las gafas de no ver lo importante. Los enemigos más terribles suelen ser diminutos,
nos dicen. Y encontramos a los presuntos malvados. Insectos como la mariposa Lagarta, el
escarabajo Longicorne,…pero finalmente la responsabilidad máxima del desastre recae sobre un
hongo Phytophthora cinnamomi. Y,¿ahora qué?. Pues ahora a luchar contra el hongo. Y surgen los
problemas…el hongo está en todas partes, afecta a docenas de especies vegetales, es muy difícil de
combatir…

Rudolf Steiner sostenía que “allá donde está el problema, está la solución”.
Y yo me pregunto: ¿cuándo nos cambiaremos, de vez en cuando, las gafas de ver lo urgente por las
de ver lo importante?¿Cuándo buscaremos en nuestra cercanía el origen de los desarreglos?

La dehesa se muere porque las encinas se mueren, y las encinas se mueren porque lo que
hoy nos parece una dehesa ya no es una dehesa, es un campo con encinas. Y ellas nos avisan con su
muerte y nos cuentan que el manejo que estamos haciendo es erróneo.

Como hacemos habitualmente, podremos echar la culpa de nuestros problemas a algo que
suele estar muy lejos o ser de difícil manejo. Pero la muerte de la dehesa es un caso más en el que
miramos para otro lado, en el que renunciamos a practicar a una visión de conjunto, y en el que no
nos reconocernos como los responsables de los desastres, en especial cuando estos desastres son
incomprensiblemente necios.

La encina fue, quizás, el primer árbol frutal ibérico. Se le ha cuidado durante milenios, hasta
que hace unos pocos años se nos olvidó que cuando alguien domestica algo adquiere la
responsabilidad de acompañarlo y de “elevarlo”.

La encina está abandonada a su suerte, su pastor se ha retirado. Sin pastor el rebaño de
ovejas no tiene posibilidad de supervivencia. La dehesa sin el amparo humano tampoco.

Las encinas se mueren de soledad, de soledad humana. Les falta su principito. Uno que sí las
domesticó, y que les dió la espalda.

Quizás ellas lo sepan.

 

* Mario Morales es biólogo y agricultor en una finca de agricultura biodinámica, “El rincón de los cerezos” en Berzocana, Cáceres