Caza y machos

Mario Morales

Mario Morales

Uno de esos “conocimientos” tópicos incorporados desde la infancia en relación con la historia de la humanidad es que las comunidades de menor impacto ambiental, las de tipo paleolítico (independientemente de los momentos temporales o geográficos en que se produjeran) estaban constituidas por las Sociedades de Cazadores-recolectores. La caza suponía una actividad principal frente a una complementaria tarea recolectadora. La propia denominación establece este juicio y potencia esa asimetría.

Hace algo más de 30 años (da un poco de lástima reconocer cuánto tiempo llevan las cosas importantes estando escritas, igual que la necesidad de rescatarlas) Riane Eisler escribió un ensayo sobre el papel de la condición sexual en el desarrollo de la humanidad: “El cáliz y la espada”. Aquí anticipó que la visión que hasta entonces teníamos de dichas comunidades humanas parecía ser errónea. Ella interpreta que estas sociedades eran más bien de Recolectoras-cazadores. La palabra “Recolectoras” la escribo intencionadamente con mayúsculas y en femenino, mientras que “cazadores” se lee en minúscula y masculino.

La aportación de la caza en la dieta de la sociedad de Recolectoras-cazadores parece, en realidad, menor. Las partidas de caza abandonaban el poblado durante períodos de tiempo largos. Hasta obtener el éxito venatorio la partida consumía productos procedentes de la recolección y, una vez consumado, los cazadores ingerían grandes cantidades de carne de la pieza. Durante la vuelta se alimentarían también de lo capturado, que iría mermando en función de la distancia. De modo que la población expectante se beneficiaba de lo restante que, después de todo, bien podía haber quedado en cosa poca.

Así, la importancia de la caza en la economía real debe haber estado sobrevalorada.
Quizás sea éste otro buen momento para poner en duda la creencia, más que conocimiento, que defendía que la actividad cinegética (efectuada por hombres) tuvo una importancia troncal para la subsistencia y desarrollo de nuestra especie frente al complemento recolector (realizado por mujeres).
¿Porqué entonces se impone ese protagonismo de una tarea eventual sobre la actividad regular, en este caso respecto de obtención del alimento? ¿Por qué ese prestigio de la práctica de la caza frente, por ejemplo, a la recolección de espárragos o setas?

La manera de “entender la realidad” es una construcción mental (igual que la manera imperante que nos indica cómo tenemos que “construir el conocimiento”). Esta construcción es cultural, es decir, es aprendida por cada persona. Y cada modelo de entendimiento (cosmovisión) se extiende, precisamente, debido a la capacidad del aprendizaje. Esa construcción mental originalmente nace como la herramienta de creación del sistema de certezas personales y relaciones socio-ambientales. Pero dicha herramienta, y aquí está la cuestión, puede pasar a transformarse en un objetivo, como es la reafirmación de privilegios de una clase o un grupo determinado. Conseguido esto, además, por mecanismos lamentablemente simples.
La construcción de la cosmovisión patrista (patriarcal y patrilineal, según la terminología de Riane Eisler) ha sido posible gracias a la aplicación de ese método-objetivo. Este método no ha sido otro que determinar cierta manera de “entender la realidad” por parte de cada individuo. El objetivo, implacable e interesado, de instalar lo masculino como preferente se acepta gracias a una educación sesgada y propagandística. Este es el modelo patrista en el que se apoya, con vigencia evidente, nuestra historia y nuestro presente.

La caza, así, se constituye en una actividad representativa de la supremacía social y económica del género masculino cuando, como se ha visto, seguramente nunca fue otra cosa que un símbolo. La caza es el juego en el que los machos se otorgaron la importancia.

La montería es la modalidad paradigmática de ese símbolo. Ahí se reúne un elenco numeroso de representaciones simbólicas de dominio y desdén hacia el mundo de lo vivo, de superioridad y de hombría.. Potentes vehículos todo terreno de gran cilindrada, armas de fuego efectivas y precisas, abundante comida y no menos abundante bebidas de alto grado alcohólico, “piezas abatidas” (según el tecnicismo cinegético el animal se ha quedado en una “pieza” ) y primates superiores de cara a la cámara con aires orgullosos (una imagen análoga a aquella del gorila que golpea sus pectorales alternativamente con los puños), …

El desparrame de contaminantes como el plomo por la geografía española, el despilfarro de combustibles fósiles vinculados a una actividad de ocio, como la ineficiencia energética que implica utilizar máquinas todo terreno para transporte de personas habitualmente hasta el extrarradio de un pueblo, el consumo prescindible de materias primas derivado de la industria de armas y munición…son otras consideraciones que, siendo injustificables ambientalmente, no son el objeto de la perspectiva que pretende dar este escrito, que tantea el fenómeno de la caza como concepto antropológico. Aunque son impactos que deberían ser evaluados toda vez que somos suficientemente conocedores de los límites de las reservas planetarias de materias primas, de la vulnerabilidad de los sistemas naturales de restablecimiento de los daños, de la alteración de la dinámica climática,…

Tampoco pretende este texto analizar la justificación moral de utilizar la muerte como objeto lúdico, ni evaluar las consecuencias irremediables de este juego cuyo fin es producir muertos, y un muerto es siempre un muerto definitivo. Esto de la muerte es lo que tiene, que ni es reversible ni es renovable.
No es aquí donde se ha revisado el carácter impositivo de esta actividad de ocio que condiciona o incluso hace incompatible la práctica de otras, a menudo productivas y profesionales.

Tampoco es aquí donde se explicará que es absolutamente necesario el manejo de las poblaciones de animales herbívoros silvestres con criterios profundos, ni es el sitio en el que se verá la descripción de los métodos razonables para su control.
La pretensión era únicamente identificar hasta qué punto la caza puede estar constituyendo un baluarte más de un modelo machista que se niega a morir y que se oculta o se enroca en actividades aparentemente “tradicionales”.
Así que yo les digo a nuestros convecinos cazadores: cada vez que se produce o se defiende el hecho de la caza, en general de un modo inconsciente, se está generando un acto político en el que se actualiza y reproduce ese objetivo injusto e interesado según el cuál se valida la cosmovisión patrista.

Cada vez que se dispara una escopeta no solo se mata una pieza de caza, sino que se mata la esperanza del desmontaje de un modelo injusto.
Es hora de ir cambiando las ideas que nos han llevado a modelos erróneos. Tenemos la oportunidad de desmontar el paradigma machista, con la caza también.