¿Saben pescar los andaluces y los griegos?

Demasiadas veces escuchamos argumentos que insinúan que la causa de la pobreza y del desempleo es la pereza de los trabajadores. Lo vemos habitualmente con Grecia, con España, con los países de África o con la misma Andalucía. Esos análisis están impregnados del liberalismo más clasista y son tan simples como falsos.

En España trabajamos de media casi trescientas horas más al año que en Alemania, y en Grecia lo hacen más de seiscientas. Pero la productividad es mucho menor. Para explicar esto algunos recurren al tópico de que la cultura del trabajo es mucho menos eficiente en el sur. Vamos, que perdemos más el tiempo durante el horario de trabajo. Pero veamos por qué este argumento es generalmente falaz.

La productividad mide la relación entre el producto fabricado y el tiempo de trabajo. Así, un trabajador que fabrica diez cañas de pescar por hora es más productivo que otro trabajador que fabrica una caña de pescar por hora. Es fácil de comprender. Quizás es más habilidoso, tiene mejor experiencia o está más motivado. No importa, la cuestión es que es más productivo. Sin embargo, si además de fabricar cañas también fabrican sillas de madera la cosa se complica, porque no existe forma coherente para medir la productividad. Las cañas de pescar y las sillas no se pueden sumar. ¿Es más productivo el trabajador que fabrica diez cañas y cinco sillas o el trabajador que fabrica diez sillas y cinco cañas?

Es entonces cuando se recurre al dinero como unidad de medida. Es el atajo para sumar sillas y cañas de pescar. Imaginemos por ejemplo que un trabajador fabrica producción (sillas y cañas) que vende por 1.000 euros, mientras que otro trabajador fabrica producción que vende por 100 euros. Es evidente que, medido así, el primer trabajador es mucho más productivo que el segundo.

Lo que ocurre es que cuando medimos mediante el dinero distorsionamos todo. Porque los precios pueden variar por muchas razones sin que eso implique que los trabajadores hayan cambiado su actitud o habilidad. Por ejemplo, puede que exista una burbuja inmobiliaria y que las sillas sean muy demandadas para las nuevas casas. Eso hará que suba el precio de las sillas, de tal forma que dedicando las mismas horas de trabajo ahora los trabajadores que produzcan sillas sean más productivos (se obtiene más dinero por cada hora de trabajo). En definitiva, todo lo que altere los precios alterará la productividad de los trabajadores.

Así, en una economía en la que se producen cañas, sillas, azulejos, productos agrarios, etc. medir la productividad es aún más complejo y engañoso. Y si comparamos esa economía con otra que produce ordenadores, aviones, productos farmacéuticos y otros productos de alta tecnología, entonces tenemos un problema mayor. Sencillamente es incomparable. Es fácil de ver: fabricar un producto de alto valor añadido proporcionará más dinero por hora trabajada que fabricar un producto de bajo valor añadido. Si Albert Einstein fabrica una silla por hora será menos productivo que Albert Einstein fabricando un ordenador por hora. No es que Einstein sea más inútil, perezoso o incapacitado que Einstein, sino que fabrica productos con mayor valor añadido.

De ahí que aunque las razones del subdesarrollo económico son varias, la más importante es siempre la estructura productiva. Dicho de otra forma, lo que acaba siendo relevante es el tipo de producto que producimos y vendemos como economía. Un vistazo a los datos europeos nos permite comprobar que en Alemania el peso de la tecnología alta y media-alta es del 10,96%, mientras que en España es del 4,40% y en Grecia del 1,50%. Además, la economía alemana está mucho más industrializada que la de España o Grecia. Eso es compatible con la mayor intensidad en el trabajo de los trabajadores de España y Grecia.

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Es precisamente este diferencial en la estructura productiva lo que explica el mejor comportamiento comercial de Alemania y su propia fortaleza como economía. Así, no es tan relevante el comportamiento de los salarios, suban o bajen, como la estructura productiva. De hecho Alemania cuenta con salarios mucho más altos porque su estructura productiva se lo puede permitir. De lo que se deduce que la estrategia neoliberal de la moderación salarial no sólo es un error sino que además es ineficaz para resolver los problemas reales. La única solución pasa por reindustrializar y modernizar las economías del sur, lo que implicaría a su vez una mayor competencia en esos sectores. Eso es tanto como decir que esta Unión Europea, constituida bajo los preceptos de la teoría liberal de las ventajas comparativas, es un fracaso rotundo. Al menos para la mayoría social.

Y esto que sucede en el seno de la Unión Europea, donde se percibe con claridad economías de centro y economías de periferia, también sucede en la propia economía española. Hay regiones económicas como Cataluña, Navarra y País Vasco que cuentan con una estructura productiva más diversificada y más industrial, todo lo cual les permite no sólo tener mejor nivel de renta sino también mejores condiciones de trabajo y menor tasa de paro. La tasa de paro en Andalucía es del 36% frente a la del 23% de Cataluña y 16% del País Vasco.

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Así pues, cualquiera debería tener muy presente el tipo de estructura productiva de una comunidad política antes de utilizar desafortunadas metáforas sobre la pesca. Al fin y al cabo, aunque en el desarrollo de una economía operen tales cosas como los incentivos, la regulación y la motivación de los trabajadores, lo más relevante es siempre la estructura productiva. La estructura no es sólo una cuestión de los gobiernos sino también del escenario institucional en el que se insertan. España no podrá modernizarse nunca siguiendo las reglas de esta Unión Europea, y tampoco podrá hacerlo Andalucía si el gobierno de España se mantiene en esa camisa de fuerza. Hay que diseñar nuevas instituciones para que haya solución.

En el caso andaluz, la estructura productiva andaluza no sólo es típicamente subdesarrollada, con los sectores de bajo valor añadido siendo el motor económico. También muestra rasgos feudales, como la desigualdad de renta, riqueza y tierras y una enorme red clientelar, parasitaria y rentista, construida al calor de los gobiernos del PSOE durante treinta años. Las grandes empresas que operan en Andalucía han estado siempre muy cómodas con los gobiernos del PSOE, algo que puede explicar la incapacidad del PP para ser la alternancia política que es en otras regiones. De ese modo, el tipo de empresas que ha consolidado su posición en Andalucía ha remarcado su carácter rentista y parasitario de la administración pública y de las pequeñas y medianas empresas –a las que ha logrado subordinar y mantener en un régimen prácticamente de servidumbre.

Todo ello significa que Andalucía necesita una transformación profunda, política y económica. A mi juicio tal cosa pasa por la reindustrialización económica general del sur, el aprovechamiento de espacios productivos nuevos como el de la energía renovable, y desde luego la depuración política de las viejas y enquistadas instituciones políticas andaluzas. Esto es, decir adiós al parasitismo empresarial y político apuntalado por los gobiernos del PSOE y que ya tenía una larga historia en nuestra tierra.