Opinion · EconoNuestra

El placer de ser explotados

Miguel García
Miembro de EconoNuestra

Precariedad es el enésimo nombre con el que se conoce a la cara menos amable de este sistema, al sencillo y doloroso fenómeno de la explotación del hombre por el hombre; tan antigua como él. Y tan multifacética. No miente del todo el discutible dicho popular que habla del oficio más antiguo del mundo, pues refleja algo sin duda ancestral: la difuminada en nuestros días —que no extinta— explotación de género. Ni lo hacen quienes avisan del coste inasumible de la osadía humana, insaciable en la explotación de cuanto ecosistema habita.

Pero supongo que muchos lectores ya estarán realizándose, como es lógico, la siguiente pregunta: ¿Explotación humana en Europa y en el siglo XXI? ¿Y además placentera? Habrá quien se sienta contrariado, pero solo cabe un gran sí por respuesta. Es cierto que en el lenguaje al uso actual por explotación solo se conoce a la versión más salvaje de la misma, con el rostro de un niño cosiendo nuestros balones o ensamblando nuestros teléfonos en interminables jornadas. Sin duda eso es explotación, y sin duda es inadmisible, pero más allá de la preocupante inmunización que provoca su constante repetición prototípica en los medios de comunicación —y que merecería un artículo aparte—, es necesario un esfuerzo por recuperar el ahora olvidado significado tradicional del término explotación.

Hubo un tiempo donde la economía admitía que el valor de todo lo producido provenía del trabajo humano incorporado. Esta tesis en origen no es de Marx aunque sea generalizado pensarlo, sino de David Ricardo, alguien al que la economía convencional tiene en mucha mayor estima que al pobre Carlos, y es considerado con justicia uno de los clásicos, al igual que Adam Smith, padre oficioso de la economía y que por cierto, también desarrolló una teoría laboral del valor. Marx, eso sí, fue capaz de ir un paso más allá al preguntarse por qué deberían los “proletarios” permanecer en esta situación: el beneficio no es más que la parte no retribuida en forma de sueldo de todo el valor producido mediante su trabajo colectivo. ¿No debería repartirse equitativamente el producto social?

Y esa es la historia de por qué quizá se abandonó la economía política tradicional. Preguntas incómodas. Una tarta que producimos entre todos y que se comen unos pocos.

Explicar por qué sí es verdad la tesis de que la única fuente de todo lo producido es el trabajo humano, no cambió ni cambia el orden establecido de las cosas es a su vez explicar por qué se puede denominar placentero a este fenómeno de recibir la parte contratante de la primera parte —como diría otro Marx— de lo que trabajas. Para ello, es necesario atender al quizá primer problema de la economía española: el paro. Para nuestra incomodidad, sobrevivir no es gratuito y dado que la forma en la que es remunerada la actividad a la gran mayoría de las personas es a través de un salario mensual, no te queda “más remedio” que vender tu capacidad de trabajo mes a mes para poder llevar una vida digna. Digamos que ésta es aun así la versión edulcorada de la historia.

Con un desempleo juvenil acercándose al 60%, cuando en una familia cualquiera de la actualidad,  un hijo o hija encuentra un empleo es una “placentera bendición”, por más que este sea en unas condiciones de máxima precariedad que ni se acerquen al mileurismo. ¿De verdad pensamos que el valor que aporta un ingeniero puede ser de 800 euros al mes? Tienta el ser demagógico y comparar con las retribuciones de otros que de generar algo, difícilmente sea valor.

Nos quitaron el mono azul con el que conquistamos nuestros derechos sociales y nos pusieron de traje, para móvil en mano enterarnos por streaming de cómo nos los van robando. Y hay quien confundió el cambio de la forma con el fondo, o es que quizá dejo de interesar mirar tan profundo, lo único cierto es que detrás de los fuegos de artificio de las nuevas tecnologías y la ciudadanía cosmopolita sigue habiendo una realidad difícilmente omisible: consumimos porque producimos, producimos porque trabajamos…y es más que discutible como se produce el reparto de ello. Aquí a la democracia ni se la ve ni se la espera.

La economía convencional, aun sesgada, en esto sigue siendo clara como el agua: como trabajadores no somos personas, somos una variable llamada “L” —del inglés labour—, cuyo salario llamado “W” —del inglés wage— los empresarios desean minimizar. Éramos y somos. Somos y ¿seremos?

Ser conscientes de la explotación no implica ni mucho menos ser un revolucionario trasnochado; bien lo supo la socialdemocracia en su momento, y bien lo supieron y lo saben gran parte de los grandes empresarios, y si no, que le pregunten a Warren Buffet. Ser consciente de la explotación tiene ese añejo olor a la ahora muerta “conciencia de clase”, aquella que permite saber cuál es el lugar que ocupas y por qué luchas. Nadie habló ex ante de hasta dónde era necesario extender las demandas sociales, pero al menos, has de saber por qué estas luchando. Y parecemos haberlo olvidado.

Recuperar la explotación no es alzar folclóricamente la bandera roja, ni sentirse explotado es tampoco avergonzarse de una situación de opresión. Sentirse explotad@ es sentirse participe del sudor y el esfuerzo que ha construido todas y cada una de las maravillas con las que nos deleita nuestra civilización y que por desgracia, muchos no participan de su fruto. Cada vez más. Economía en estado puro, al menos hasta que unos tipos extremadamente inteligentes —o que al menos, de matemáticas y marketing algo sabían— decidieron “olvidarse” de la economía que no tenía miedo a indagar en la distribución de lo producido. ¿El por qué lo hicieron? Hace ya mucho tiempo de eso…