La obstinación de las políticas neoliberales

18 Abr 2013
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José Fernando Pérez Oya
Socio-economista, B.A. y M.A. por Oxford. Experto en el Consejo Económico y Social de Naciones Unidas entre 1958 y 1990

Empecemos haciendo una breve referencia a Euroframe: un marco internacional en el que se celebran reuniones conjuntas de Instituciones Europeas de Investigación Económica independientes de sus respectivos estados para presentar y debatir problemas de interés regional. Su última reunión tuvo lugar en Kiel en junio pasado y tuvo como temas la crisis del euro y  las medidas políticas  monetarias y fiscales adoptadas. A esta reunión asistieron instituciones provenientes de Austria, Finlandia, Francia, Alemania (con dos instituciones), Irlanda, Italia, Holanda, Polonia y Reino Unido. La ausencia de España era flagrante. Debemos destacar la trascendencia de Euroframe, pues en la reunión se han enfrentado posiciones muy dispares que señalan la falta de acuerdo que existe entre economistas de prestigio evidente en cuanto concierne a las medidas seguidas o a seguir en el ámbito europeo, su alcance, su eficacia o inoperatividad, el origen de los desequilibrios que se intentan corregir, su justificación teórica o empírica, su sostenibilidad a corto o largo plazo etc.

La inexistencia de una posición común, o siquiera convergente, hace cada vez más difícil una necesaria y cada vez más urgente coordinación de las políticas económicas que puedan favorecer a todas las naciones de la zona y no a unas pocas o a una a expensas de las más necesitadas de solidaridad. Las discusiones de Kiel acaban de ser publicadas por la francesa OFCE en el Nº 27 de su revista Debates and Policies. Nuestros responsables políticos, tanto del infausto gobierno como de los grupos opositores se beneficiarían mucho de su conocimiento. Deseo poner énfasis en mi posición personal: el resultado de los enfrentamientos teóricos y éticos ha sido una victoria de las posiciones contrarias a las medidas restrictivas y de austeridad hoy prevalecientes, y mi casi total acuerdo con los argumentos presentados por Catherine Mathieu y Henri Sterdyniak. Estos concluían su intervención afirmando que: “Lo urgente hoy día no es fortalecer una disciplina presupuestaria que recorta de modo ciego los déficits, si no poner en tela de juicio las tendencias —tales como la globalización financiera, el deseo mercantilista de acumular excedentes, o alcanzar una negativa distribución de los ingresos— que provocan que muchos déficits sean percibidos como necesarios para sustentar la producción”. Por desgracia las reuniones del ECOFIN (ministros de finanzas de la Unión Europea) se han convertido en lo que Krugman ha llamado “congresos de la ignorancia”  y Jörg Bibow en el “disparate fiscal” impuesto por Alemania.

Las estimaciones realizadas últimamente para el FMI por varios estudiosos indican que cuando se precisa un ajuste presupuestario, es preferible alcanzarlo gradualmente y no por mor de una reducción rápida y agresiva de los desequilibrios. La consolidación presupuestaria será tanto más violenta y complicada cuanto más profundamente se sitúe un país en el bache de la recesión. Se acepta por fin, que los multiplicadores de cálculo del gasto público son muy superiores a los observados en el caso de la presión fiscal.

Los datos disponibles permiten corroborar lo anterior. La opción de países como Francia, Finlandia y Bélgica es un ejemplo de esta política menos lesiva; mientras que el caso de España es una desastrosa prueba de lo contrario. En efecto, España está “cumpliendo” (con algunas contabilidades creativas o mentirosas) a un ritmo que ha supuesto alcanzar un ajuste negativo tres veces superior a lo que debería de haber sido si cumpliese las obligaciones impuestas por el tratado TSCG (Tratado sobre la Estabilidad, la Coordinación y la Gobernanza). Hubo quien creyó que la enorme suma de aportaciones y de datos disponibles podrían modificar los objetivos perseguidos por la Troika. Ello no es así: la obstinación en el error permanece y solo se han apreciado pequeños signos de relajación (plazos más amplios en algunos objetivos) en el caso de Portugal.

¿En qué consisten los multiplicadores presupuestarios? Cuando el Estado gasta digamos 100 unidades suplementarias, el impacto positivo sobre el crecimiento es superior a 100 unidades, sean estas las que fueren. Cuando se produce un descenso en los gastos del Estado superior a 100 el impacto negativo sería superior a 100. Del extenso análisis de la revista Previsions Nº 125 (realizado por el “Observatorio Francés de Coyuntura Económica”, OFCE) destacaremos varios elementos: el primero, es el que, según estos investigadores, la mayoría de los dirigentes políticos europeos y sus asesores estimaban que estos multiplicadores eran débiles. Si esto era así, un esfuerzo de restricción presupuestaria tiene poco impacto sobre el nivel de actividad.

La historia del cálculo de los multiplicadores presupuestarios ha sufrido muchos avatares, propiciados siempre por los cambios de coyuntura, la intervención de las instituciones y las estructuras de cada país. Un ejemplo, particularmente relevante, nos lo ofrece el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su revista Perspectivas Mundiales. Hasta hace poco tiempo, el FMI estimaba que estos multiplicadores se situaban aproximadamente en un 0,5% para la mayoría de los países desarrollados y tras la recesión que sufrimos, oscilaban entre un 0,7% y un 1,7%.

Lo más sorprendente para un observador sin prejuicios es advertir que muchas de estas rígidas políticas coexisten con una amplia indefinición de las medidas que podrían promover ciertos objetivos. Ver por ejemplo las vacilantes declaraciones del BCE y de sus portavoces y las respuestas incoherentes de los mercados.

Desde el año pasado, el BCE se ha dotado de la capacidad de intervenir en el mercado secundario de la deuda soberana a través del de las “transacciones monetarias directas” (OMT) pero la ha hecho de modo caprichoso basado en la presión que se quería realizar sobre un determinado Estado. Evidentemente, si se quisiera alcanzar una cierta estabilidad regional, hubiera sido preferible cuantificar desde qué punto intervendrían los enormes poderes del BCE para evitar que se permitiese un desfase excesivo entre las primas nacionales fijando un límite claro que castigase la especulación de los mercados. Hoy por hoy, tenemos que lamentar esta extraña combinación de las políticas económicas europeas entre su obstinada rigidez, que nos conduce a un “rigor mortis” y la vacilación o capricho en los mecanismos y objetivos perseguidos.

La fábula de la confianza

Xavier Timbeau nos ofrece en un reciente artículo varios esquemas de teorizaciones económicas. Una sería la de los ultra-liberales, seguidores de Barro y de su fe ciega en el mercado y la “equivalencia” mal llamada “ricardiana”; otra, la propugnada por Krugman, a la que éste llama “fábula de la confianza”. En ella, los mercados financieros provocan un auto-reforzado círculo vicioso, al hacer más cara la financiación de los presupuestos, lo que provoca la bancarrota del país, la anulación o impago de las deudas, o una ruptura a la argentina. Timbeau señala agudamente que la creencia en una salida por “austeridad” refuerza una actitud insolidaria, dentro de las instituciones europeas.

Las teorizaciones prevalecientes entre los economistas neoclásicos, de la llamada tendencia dominante, atribuyen las dificultades actuales de la globalizada economía mundial a errores desafortunados. Toporowki nos recuerda que tanto Friedman como Lucas o Wojnilover ven en las dificultades de la actividad económica decisiones “incorrectas” y, más concretamente, decisiones tomadas sobre política monetaria y financiera.

Dentro de estas teorizaciones me parece particularmente nefasta la tomada basándose en las “expectativas racionales” y el equivalente “ricardiano” que aboca a la defensa de una especie de quietismo inerte. Este quietismo no es socialmente neutro, puesto que supone no alterar el “estatus quo” y hacer que las relaciones interclasistas de poder continúen inalteradas. En agudo contraste con lo anterior encontramos múltiples trabajos inspirados por posiciones marxistas ( como la sustentada recientemente en un artículo de María N. Ivanova en la Review of Radical Political Economy) que destacan que Marx se oponía a culpabilizar de las crisis a la especulación financiera ya que aquellas se originaban en la esfera real de la producción y el intercambio.

Personalmente creo que no existe entre la mayoría de los dirigentes económicos una toma de conciencia de que ciertas decisiones fueron propiciadas por un error (que sería colosal) en la estimación de los multiplicadores. Prefiero pensar que las decisiones corresponden a un Consenso de Berlín, sucesor del Consenso de Washington, que impone a los países más pobres una política clasista de bajos salarios y de desindustrialización, favorable a un Hegemón regional o a nuevas formas de múltiples imperialismos estratificados hegemónicamente. No sabemos a lo que puede conducirnos esta obstinación clasista, pero nos gusta recordar que el gran teórico de los movimientos cíclicos, Irving Fisher, nos recordaba en 1933 que una prolongada debacle podría conducirnos a alguna “forma de revolución social, que no aguardase a nuevas elecciones”.

Cada vez se escucha más la voz de aquellos economistas que, como el que escribe, rechazan la pérdida de soberanía que conllevó la entrada de algunos países en la UE, tras Maastricht y la posterior adopción del Euro. Como ejemplo de lo anterior transcribimos una frase de Lapavitsas que dice: “Continuar siendo miembro de la “Eurozona” está creando unas condiciones insostenibles que están empujando hacia la salida de la Unión Europea a muchos países miembros”. Pero como nos decía Antonio Machado: “La esperanza es una consecuencia de la acción, no al contrario”.


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