No es la economía, es el capitalismo

16 ago 2013
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Beatriz Gimeno

Miembro del colectivo econoNuestra

 

El otro día, en la cafetería de mi empresa, la gente comentaba indignada los últimos despidos y la  manera en que han bajado nuestros salarios y nuestros derechos laborales y sociales. Se despide a personas que ganan 700 euros al tiempo que se contrata a varios  “super ejecutivos” a razón de 10000 euros al mes, por ejemplo. En fin, nada que no sepamos todos a estas alturas. Las quejas se prolongaron hasta que yo pronuncie, sin intención,  la siguiente frase: “bueno, así es como funciona el capitalismo”. Fue como si hubiera hablado de poner una bomba en una estación de metro. A mí alrededor se produjo un silencio, hubo risitas y gente que me llamó “radical”. Algunas personas, de las que un momento antes protestaban, manifestaron su desacuerdo; según ellos, una cosa es quejarse de cómo estamos ahora por culpa de unos mangantes, y otra muy distinta meternos en radicalismos. Yo no había dicho qué es lo que hay que hacer con el capitalismo, si hay que acabar con él, reformarlo, conformarse o procurar enriquecerse. Sólo manifesté que “esto”  tiene un nombre que es el que yo había pronunciado. Pero para la mayoría de la gente “esto”, el capitalismo (simplificando mucho ya que hay muchos tipos de organización capitalista) es como el oxígeno, vivimos en él pero no lo percibimos. Así, el capitalismo no es percibido como un sistema concreto, sino como la realidad, la única posible. No se nombra porque no es necesario, se puede reformar, se puede ajustar aquí o allá, pero no hay alternativa, lo es todo. Naturalmente que esa invisibilidad es, quizá, su mayor éxito.

La mayoría de mis compañeros y compañeras de trabajo no aceptan que la desigualdad, la injusticia, es consustancial al funcionamiento del capitalismo; en realidad no dedican ni un solo pensamiento a esto. Por lo general, los votantes de los partidos de izquierdas que no cuestionan el capitalismo tienden a pensar que la crisis se debe a que unos cuantos, los más poderosos, no se han comportado como debieran, se han comportado como unos ladrones; es decir, los que mandan tienen que ser castigados y  sustituidos por otros. El problema han sido las personas codiciosas. Los votantes de derechas, por el contrario, piensan que la culpa de la crisis la tiene una especie de ola indefinida que, como un maremoto, nos ha pasado por encima; y reparten culpas: los mercados se han desbocado, hemos gastado más de lo que teníamos, los socialistas no supieron ahorrar en época de bonanza, se ha gastado a lo loco en ayudas públicas etc. Unos piensan que el estado tiene que ser más solidario con los más débiles, otros piensan que cada uno es responsable de sí mismo etc. Pero en general, la mayoría piensa que la culpa de la crisis la tiene “la economía”, así, en general, como si la economía fuese una fuerza de la naturaleza a la que se puede dirigir un poco siempre que se respeten las leyes que le son propias, leyes a las que estamos sujetos los humanos y, por ende, los políticos. Como si no pudiera existir otro tipo de organización económica. El capitalismo se ha naturalizado, no está en discusión, ni siquiera se conoce que pudiera estar en discusión.

La mayoría de la gente asume que las políticas económicas tienen que ser diseñadas teniendo en cuenta “estas” leyes económicas que son como las mareas, fijas e inevitables. Asumen que hay un margen de actuación, que es el que se ofrecen a manejar los partidos políticos, pero las leyes económicas “son las que son”. Por supuesto que las formas de producción y distribución de la riqueza quedan fuera de cualquier posibilidad de crítica o debate. Toda opinión que se manifieste en ese sentido es rápidamente colocada en un lugar que se sitúa fuera del sentido común;  en un lugar radical (en el sentido de violento y peligroso). Se admiten discusiones acerca de cómo organizar la economía siempre que las propuestas se mantengan dentro de un marco no cuestionable, el del capitalismo. La política es la profesión que trata de manejar como puede a una economía desbocada. Se omite que desde la política se puede plantear una organización económica y social radicalmente distinta; pero para hacerlo de manera democrática tiene primero que conseguir que la mayoría de la gente pueda siquiera imaginarlo.

Podemos decir sin miedo a exagerar que existe una auténtica conspiración de silencio para que la gente no ponga nunca en cuestión el marco político institucional que precede a esta organización económica. Dentro de esa conspiración silenciosa, la palabra “capitalismo” jamás es siquiera mencionada en la televisión o en los periódicos, no aparece en las discusiones ni en los análisis políticos, ni siquiera a favor, simplemente no existe. Hace mucho que los partidos con representación parlamentaria que se llaman a sí mismos de izquierda dejaron de nombrar al capitalismo, renunciaron a explicarlo, no digamos ya a cuestionarlo. La mayoría de los analistas políticos que escriben en medios generalistas hacen sus análisis sin hacer referencia ninguna al marco o al sistema y analizan simplemente aspectos coyunturales. Y lo hacen además investidos de una autoridad que se disfraza de ciencia, de verdad absoluta y que no se puede poner en cuestión. Se pueden discutir algunas reglas de funcionamiento económico, los principios fundamentales  del capitalismo no están en discusión.

Recuerdo hace muchos años, yo era una niña, un programa de debate político que me impactó mucho. En él intervenía Marcelino Camacho, el histórico líder de CC. OO. Camacho criticaba, con mucho fundamento, el funcionamiento de la economía capitalista, mientras a su alrededor una jauría de políticos, sindicalistas y opinadores, de derechas y de izquierdas, sacerdotes en todo caso del discurso hegemónico, no se molestaban siquiera en debatir sus propuestas, sino que se limitaban a ridiculizarle presentando sus palabras, sensatas, como una locura, como una antigualla; como propias de un político de otra época y que había perdido la cabeza. La estrategia de la ridiculización en la más efectiva porque nos lleva a todos a la autocensura. El otro día en el trabajo se me fue la lengua, pero en general, si no estoy en “lugar amigo”, no se me ocurre decir lo que dije, exponerme de esa manera.

Los discursos anticapitalistas quedan así relegados a circuitos minoritarios y siempre vigilados, sobre los que se extiende la acusación de “radicalismo” (en el sentido antes dicho de violento).  o bien a ámbitos muy expertos, académicos, sin influencia real en la mayoría. Las posibles opiniones críticas, las dudas que pudieran crecer en la gente corriente, en la gente no experta, simplemente desaparecen. En este momento no hay ningún tipo de relato político al alcance de la mayoría de la gente que ponga nombre al sistema político-económico que nos gobierna, que explique su funcionamiento real, que incluya una historización básica (no ha existido siempre, no tiene por qué existir siempre) o que presente alguna alternativa que parezca factible.

Y me gustaría recordar (se olvida con mucha facilidad) que desde que los poderosos del mundo se vieron obligados a conceder el gobierno de los asuntos públicos al sufragio universal la cuestión básica para ellos no es otra que cómo conseguir que el 99% de la población (que viviría mejor con políticas fuertemente redistributivas, con políticas no capitalistas) avale con su voto la imposición de políticas contrarias a sus intereses. Para conseguirlo hay toda una maquinaria ideológica que incluye, entre otras cosas,  el control de los medios, de los discursos públicos, de la enseñanza, de la academia… una maquinaria poderosa que ha necesitado de la invisibilización del propio concepto de capitalismo, de la mera posibilidad de nombrarlo. Como bien sabemos las feministas  nombrar el armazón invisible y naturalizado sobre el que se levanta un sistema de opresión es básico; es de hecho el primer paso para desmontarlo. Mis abuelos, personas con una educación formal muy básica, pero sindicalistas antifranquistas criticaban al capitalismo con una naturalidad que hoy es muy difícil encontrar no sólo en gente con mucho mayor nivel educativo, sino incluso en  sindicalistas o políticos  profesionales.

Por eso creo que es necesario hacer un esfuerzo cotidiano para volver a visibilizar y a nombrar el capitalismo, por desnaturalizarlo, sacarlo del ámbito de los expertos y ponerlo en el debate público; sin duda es el momento de retomar en las conversaciones habituales conceptos como lucha de clases, plusvalía, explotación, propiedad privada, distribución de la riqueza… porque siguen siendo útiles para explicar la realidad y así poder oponerse a ella y cambiarla. Y porque nos están machacando, así de simple.


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