¿Alemania como modelo?

02 Nov 2013
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Jordi Angusto
Economista crítico. Autor de “¿Y ahora qué?”

El pasado lunes, Rafael Poch, espléndido corresponsal de La Vanguardia en Alemania, nos informaba de un  nuevo aumento de la pobreza en el país campeón del euro. Más allá del porcentaje concreto, dicho aumento de la pobreza ilustra el modelo económico establecido voluntariamente en Alemania hace unos años y ahora impuesto a todo el continente mediante la mal llamada austeridad. Un modelo económico caracterizado por la desigualdad social y, como consecuencia, por la falta de demanda interna compensada con exportaciones.

En puridad se trata de un modelo de economía de guerra, donde en lugar de bombas se exportan artilugios, en la que vence quien más exporta y resulta vencido quien más importa; es decir, quien entra déficit y va acumulando una deuda externa para cuyo pago verá en entredicho su soberanía y su independencia.

¿Les suena?

La primera victoria alemana tuvo lugar en la periferia europea. El “armisticio”, en forma de rescate, nos exigió hacer como ella y en ello estamos, reconvirtiendo nuestra máquina económica para la economía de guerra: pobreza para nuestros ciudadanos y unas exportaciones crecientes. Hasta las grandes superficies comerciales españolas, hasta hace poco felices con las bajadas salariales, hoy se lamentan de la falta de consumo

En una nota anterior ya alertaba de la estupidez que supone la obsesión por el superávit exterior. Tanto o más que crecer a base de déficit. Una economía incapaz de equilibrar sus cuentas exteriores es una economía enferma y desequilibrada, siempre a un paso de la contracción y a otro de las burbujas especulativas; ya sea en calidad de deudor o de acreedor.

Por sus desmanes durante la primera mitad del S.XX, Alemania fue condenada… a ser feliz. Disuadida de gastar en armamento y generosamente financiada por los EUA, Alemania podía y debía mostrar su felicidad para que la vieran desde el otro lado del telón de acero. No deja de ser paradójico que con la caída del muro de Berlín, Alemania haya vuelto a las andadas y se haya enzarzado en esta nueva guerra económica.

Primero fue a por su mitad perdida, encandilándola con el cambio paritario del marco; algo que supuso matar en un solo día toda la industria del Este. Luego vino, y todavía sigue, el sometimiento de su propio pueblo, con una contracción salarial que implicó reducir brutalmente su participación en la renta nacional, desde cerca del 60% al poco más del 40% actual. Ahora nos ha tocado a nosotros, que decretamos contentos el fin de la recesión.

En todos los casos, la excusa habitual es la pérdida de competitividad que supuso el Estado del bienestar. Una competitividad que hay que recuperar por fuerza, y por la fuerza, para hacer frente al gigante asiático. Eso justifica sacrificar la equidad en pro de la eficiencia. Un falso mantra que los neocon repiten hasta el cansancio. Tanto, que hasta la izquierda se lo ha acabado creyendo.

Como suele, se trata de una mistificación a la que le dedicaremos unas líneas otro día. Hoy toca dejar bien claro que si la Alemania de Merkel es el modelo a seguir, bienvenida la desigualdad estructural y adiós al desarrollo armónico que esperábamos cuando decidimos formar parte integrante de Europa.


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