La reforma laboral: una experiencia subjetiva

17 Dic 2013
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Beatriz Gimeno
Miembro del colectivo econoNuestra

Normalmente las personas que escriben acerca de economía o de política en los medios de comunicación  son personas que, a menudo, no padecen personalmente la degradación de las condiciones de trabajo en toda su intensidad. Eso no quita verdad a los análisis, pero es una característica de los mismos. Yo también escribo en los medios  pero mi medio de vida, mi único medio de vida,  es el salario que cobro por un trabajo que nada tiene que ver con mi trabajo intelectual o político. Soy una trabajadora corriente de una empresa pública y soy, además, desde hace muchos años delegada sindical. Y desde esta perspectiva quiero referirme a una cuestión que puede parecer secundaria ante asuntos que afectan a nuestra vida de manera tan determinante como el paro, la bajada de los salarios, la pérdida de derechos…pero que tiene que ver con todos ellos: el cambio que la reforma laboral del Partido Popular ha traído en las relaciones humanas entre empresarios y trabajadores/as, un cambio que no es una casualidad sino que es una consecuencia lógica y, al mismo tiempo, una condición previa, de la misma. El objetivo principal de la reforma laboral no es otro que el de desempoderar a los trabajadores y trabajadoras lo que implica, o incluso necesita, un desmpoderamiento también en lo personal, porque no es posible separar el cuerpo que trabaja del cuerpo que vive,  que respira, en el lugar de trabajo. Para ello, la reforma  no sólo ataca derechos materiales de todo tipo, no sólo provoca más paro, precariedad y bajada de salarios, sino que lo que ha hecho, visto desde dentro, es cambiar radicalmente algo intangible pero fundamental: las relaciones humanas, las que necesariamente tienen que establecerse entre empresarios/altos empleados (directores, jefes, consejeros delegados…) y trabajadores/as para convertirlas en relaciones estrictamente de clase. Esto es así porque la desposesión material tiene necesariamente que socavar también el sentido de la igualdad personal de manera que los poderosos puedan ver a los trabajadores como mercancía; de otra manera no siempre es fácil robarles todo. La reforma busca desempoderar absolutamente a los trabajadores frente al empresario, para lo que es imprescindible arrebatarnos no sólo la capacidad negociadora, sino también la dignidad y la autoestima. Es más fácil oprimir a gente cuya dignidad es constantemente pisoteada por el poder, naturalmente.

Trabajo en una empresa pública de un sector de los considerados estratégicos y que ofrece un servicio público necesario cuyo beneficio es social, no directamente monetarizable.
En esta empresa pública la degradación de las condiciones de trabajo no se ha producido aun de manera tan acusada como en una empresa privada pero lo que sí se ha producido ya (como paso previo a lo anterior) es la degradación de las relaciones humanas entre los que mandan y los que trabajamos por un salario. No tengo ninguna intención de idealizar las condiciones previas a la reforma pero lo cierto es que en una empresa pública como la mía, en la que la mayoría de los trabajadores/as son cuadros técnicos, existía cierta conciencia de igualdad básica entre directivos y empleados. Puede que la diferencia salarial entre el Consejero Delegado y el telefonista o la administrativa fuera muy grande, pero la telefonista o el administrativo tenían derechos, no podían ser tratados como cosas. Aunque con responsabilidades muy distintas y con diferente poder la protección de la negociación colectiva otorgaba a la representación sindical cierto poder en la defensa de los  derechos y, por tanto, de la dignidad de los trabajadores/as. Eso condicionaba las relaciones personales que eran, por lo general,  de respeto y reconocimiento mutuo. Esto no quiere decir que no hubiera en ocasiones, y en según qué empresas, enormes tensiones y flagrantes injusticias,  pero el marco colectivo imperante antes de la reforma otorgaba una mínima sensación de seguridad a los trabajadores  al obligar a los empresarios a negociar las condiciones de trabajo y esto ayudaba a desarrollar una autoconciencia de dignidad profesional y de autoestima personal.

Esto ha saltado hecho pedazos. En todas las empresas públicas después de la reforma laboral comenzó un proceso privatizador (de “externalización”, como lo llaman ellos) que busca desmontar el sector público para poder hacer negocio con él. Lo primero que había que hacer, y en mi empresa se hizo, fue cambiar a los directores y presidentes, personas hasta ese momento más o menos conocedoras o expertas en el objeto de la empresa y que, por tanto, eran capaces de gestionarla con eficacia, es decir, sabían lo que se traían entre manos. Impusieron a nuevos directores expertos únicamente en “finanzas” y que piensan que es lo mismo gestionar una fábrica de coches que la sanidad o la cultura y que piensan que es importante someter a los trabajadores/as a condiciones de trabajo lo más degradadas posible. Por eso, lo primero que han hecho estos recién llegados es aterrorizar a los trabajadores con amenazas y con medidas completamente arbitrarias que sirven para crear una enorme sensación de indefensión. No importa lo bien que trabajes, la dedicación que pongas, los años que lleves…no importa nada, el director, el jefe manda no sólo sobre el trabajo, sino que su poder se extiende a nuestras vidas. No importa tampoco que sea evidente que los nuevos gestores no tienen ni idea de que lo que están gestionando, lo que importa es que quede claro quién tiene el poder. Hacer que la empresa funcione bien no es su trabajo; en lo único en lo que son expertos es en rebajar los costes laborales (es decir, sueldos, derechos, condiciones de trabajo) al precio que sea, incluso aunque el servicio que se presta deje de existir como tal, aunque la calidad baje hasta mínimos. El único objetivo es vender la empresa a precio de saldo y ya con unos trabajadores baratos y asustados, a los que aun se podrá abaratar el salario un poco más. En medio desciende tanto la calidad del servicio que finalmente da lo mismo ofrecerlo que no. Y no nos engañemos, ganar dinero tampoco es un objetivo para ellos, porque ese dinero revertiría en la ciudadanía; lo que pretenden es que sean una ruina y así poder privatizar del todo, es decir, repartirse el negocio. En realidad lo que hacen es boicotear el trabajo bien hecho y así, el servicio que se ofrece. Y mientras se hace esto los responsables políticos mienten todo el tiempo; mienten con frases enfáticas acerca del futuro de una empresa que sólo quieren vender por trozos; mienten cuando aparecen en los medios diciendo que los cambios son imprescindibles para abaratar costes (mientras triplican los sueldos de los directivos) y mienten cuando afirman que se preocupan por el servicio que ofrece la empresa (servicio que convierten en uno de ínfima calidad).

Y en esta transición, yo, que como delegada sindical he tenido ocasión de tratar personalmente con los nuevos directores, me doy perfecta cuenta de que nos consideran mercancía intercambiable y sin valor y nos tratan literalmente como a cosas, cosas despreciables, además. Nos hablan con un permanente desprecio y chulería; es importante que sepamos quien manda, que les temamos, que se nos grabe el miedo, que sintamos el poder en la propia carne. Nos amenazan con frases del tipo: “Aquí se va a hacer lo que yo diga”, “Me da igual despedir a cien que a mil, a mí eso me la suda”,  “Los sindicatos me los paso por donde ya sabes” etc. Nos ningunean, se niegan a reunirse con nosotros, se saltan la ley sabiendo que esto no tendrá ningún tipo de consecuencia real, no nos reconocen como representantes de los trabajadores, ni siquiera nos reconocen como trabajadores y trabajadoras; hemos dejado de ser personas.  A la hora de abordar despidos o rebajas salariales no hay ninguna regla,  ni de eficiencia laboral o económica, ni de humanidad básica. Lo mismo da que intentemos introducir algún criterio: que no despidan a las personas mayores que tendrán más difícil encontrar otro trabajo, a quienes tienen hijos o hijas en edad escolar, a quienes tienen una discapacidad, a quienes tienen a su cargo personas dependientes o que no despidan a técnicos insustituibles sin los que el servicio no puede prestarse. Nada de eso es tenido en cuenta. Se despide supuestamente para rebajar costes pero ni siquiera eso es verdad; se hace para demostrar poder de clase y para atemorizar a la plantilla; cobre lo que cobre jamás se despide a un directivo. Se despide –o se amenaza-  a los que asisten a las asambleas, a los que pretenden hacer valer derechos adquiridos o a los que parecen confiar en los delegados sindicales; o bien, se despide sin más. Al fin y al cabo la arbitrariedad es consustancial al ejercicio del poder y es muy  útil para desactivar resistencias.

Los trabajadores y trabajadoras conocemos la verdad y seguimos yendo a trabajar cada mañana como quien acude al matadero, esperando el día que sobre nuestro cuello caiga la sentencia del despido o de una rebaja salarial que nos condene a una calidad de vida ínfima. Cada día veo más miedo, más resignación, la gente ya no se atreve siquiera a hablar entre ellos; les veo desconfiar del Comité de Empresa, su única herramienta de defensa, aunque es cierto que cada vez menos efectiva. El desprecio, la invisibilidad, perfectamente estudiada,  que los directores muestran hacia los sindicalistas se extiende entre gran parte de la plantilla a los que han hecho creer que tienen algo que ganar si se arriman donde conviene y si se callan.  En esta desposesión masiva que padecemos intentan robarnos también cada mañana nuestra dignidad. Eso es terriblemente doloroso. Personalmente, como trabajadora que solo tiene su salario para vivir, y como sindicalista, nunca me he visto en una situación como ésta, en la que están en juego no sólo mis derechos como trabajadora, mi medio de vida, sino mi vida entera, en el sentido de que tengo que luchar cada mañana por mantener intacto mi sentido de la dignidad personal y mi propia autoestima.

Desde luego que entre los dueños, los altos directivos, los poderosos y yo misma hay una cuestión personal. Cuando estos tipos, iguales a mí y a todos, pero autoinvestidos de no se sabe qué poder, se permiten despreciarnos, humillarnos, jugar con nuestras vidas, soy perfectamente consciente de que estamos metidos en  una guerra en la que hay dos bandos claramente definidos; que no nos cuenten cuentos, cada uno y cada una tiene que saber en qué lado se encuentra porque esa es la única manera de no estar completamente desnudo ante el poder, estar muchos, estar juntas.


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