Opinion · EconoNuestra

Fragmentación política y elecciones europeas

Fernando Luengo
Profesor de economía aplicada de la Universidad Complutense de Madrid, miembro de la asociación econoNuestra y coautor del libro “Fracturas y crisis en Europa”, Clave Intelectual-Eudeba, 2013
Lucía Vicent
Miembro de FUHEM Ecosocial y de la asociación econoNuestra

El panorama político europeo se ha tornado más complejo e imprevisible. En los últimos años, han irrumpido partidos, algunos de índole nacionalista y otros con un marcado carácter xenófobo, que en su mayor parte se sitúan fuera del arco político tradicional. El nuevo mapa político, que en algunos países ya ha adquirido tonos relevantes y amenazantes (por ejemplo, la consolidación de partidos de extrema derecha o con un claro perfil racista, en el Norte y el Sur), podría consolidarse en las próximas elecciones al Parlamente Europeo. No sólo contribuye a fortalecer las inercias centrífugas, sino que, y esto es muy importante, ofrecería una articulación y un altavoz a esas inercias.

Su evolución futura es imposible de predecir, pero, con toda seguridad, en un contexto de incertidumbre, colisión de intereses, bajo o nulo crecimiento, en una situación que ha instalado en la precariedad o directamente en la pobreza a amplios segmentos de la población, jugarán un papel, ya lo están jugando, en la escena política europea. Algunas de estas opciones han conseguido entrar en los parlamentos de varios países, con un número significativo de escaños, capitalizando una parte de la frustración y la fatiga que existe entre la ciudadanía. Las próximas elecciones europeas podrían ser un nuevo hito en esta reconfiguración del mapa político comunitario.

No hay que perder de vista que estos partidos y agrupaciones, nuevos en su mayoría, reclaman salir o incluso disolver la moneda única. Tampoco hay que desdeñar otras propuestas políticas, éstas básicamente situadas en el espacio político más o menos tradicional de los países más avanzados y que han terminado por impregnar y contaminar una parte importante del debate público y del tejido social.

Se trata de voces que, con el argumento de que los países del sur han vivido por encima de sus posibilidades y que están dilapidando recursos comunitarios, procedentes sobre todo de los ricos, reclaman que los gobiernos de turno se centren de manera prioritaria en los asuntos de sus ciudadanos, que se establezcan límites estrictos a las transferencias destinadas a las economías periféricas, sometiendo el uso de estos recursos a una estricta condicionalidad, que se reduzca el presupuesto de Bruselas y que se renacionalicen algunas de las políticas comunitarias. En definitiva, menos y no más Europa, y al mismo tiempo una Europa menos redistributiva.

Ciertamente, estamos ante planteamientos políticos de signo bien distinto, que se articulan y expresan de muy diferentes maneras, pero que podrían reforzarse en una situación como la actual y la que se abra en los próximos años. Nos encontramos, pues, ante una deriva política que, con unas dinámicas economías tan profundamente inestables, no sólo supone una amenaza para la supervivencia de la unión monetaria; también puede contribuir a enquistar en Europa una situación de degradación económica y social de imprevisibles consecuencias políticas.